Part 7
--Se os convertirá, viejo pecador, respondió Fox riendo.
--¡Gran noticia en la Bolsa! dijo M. Eujenio Rose, volviendo á entrar.
--El empréstito mejicano ha sido retirado, dijo Humbug, ya lo sabemos.
--Pero lo que no sabeis es que el intendente ha presentado su renuncia, y que se propone á M. Little para reemplazarlo.
--¡De veras! dijo Fox; eso no es posible. M. Little no me ha dicho ni una palabra; dudo aun que sus numerosos negocios le permitan desempeñar ese importante puesto.
--Escelente Fox! esclamó Humbug, si tiene la inocencia de un cordero! Vos vereis, abogado honrado, como M. Little se decidirá á ese gran sacrificio.
--Pero nosotros somos jentes delicadas, dijo Truth, y por nuestra parte, no le impondremos una carga tan pesada; combatiremos su eleccion.
--¿Y por qué? esclamó Fox.
--Ese, dijo Humbug, ese es el secreto de la comedia; no se pregunta.
--De manera que, replicó Fox, os encontramos siempre contra nosotros, virtuosos puritanos, raza orgullosa é insaciable; pero que me condene si no vengo algun dia á quemaros en vuestro avispero, abejones inútiles que no sabeis sino fatigarnos el oido con vuestros odiosos zumbidos!
--Fox, amigo mio, dijo Humbug, no pongais mi paciencia y mi brazo á prueba: os haré pasar por la ventana.
Fox no esperó una amenaza cuya ejecucion era demasiado cierta; por mi parte, salí, conmovido y turbado con todo lo que habia escuchado. La razon y la educacion me decian que la prensa es una arma cargada contra el poder y la sociedad; veinte veces los mas sábios ministros me han inoculado esta verdad preciosa; pero por otra parte, estaba impresionado por lo que habia de grande y de jeneroso en la conducta de Truth, de bravo y de decidido en el papel de Humbug. Tomar á pecho la causa de las gentes honradas contra todos los bribones, de que rebalza el mundo, estar todos los dias de caza, y perseguir sin descanso el robo, la injusticia la mentira, es algo sin embargo. Un pueblo que cuenta con tales hombres no es un pueblo vulgar.
--Bah! díjeme espantando los escrúpulos vanos, esta es una escepcion. Lo mas acertado será suprimir los diarios; se dirá que es suprimir el remedio y no el mal; pero cuando el mal no tiene remedio, uno se resigna; si uno se muere, al menos muere sin quejarse. Es una gran ventaja... para los médicos.
Iba á esa altura en mis reflexiones, cuando, del medio de la calle salió una voz que me llamó,--la voz de Susana. Se aproximaba en un _cabriolet_ de dos ruedas, dirijido por Marta. El caballo era seguro, y Marta era una muchacha prudente que se servia mas de las riendas que del látigo; pero en el ángulo de la calle de Taitbout y de la calle de Helder, me equivoco, en la esquina de la sétima y octava avenida, hay un terrible empedradito, hecho, segun creo, por algun veterinario interesado, porque, hace diez años, no se pasa un dia sin que se caigan en él los caballos. El corcel de Marta estaba predestinado: al aproximarse á mí, la pobre bestia se arrodilló de repente; Marta fué arrojada por encima de la cabeza del caballo, Susana cayó en mis brazos, y del choque me echó en tierra, rodando ella conmigo por el suelo.
Me levanté furioso y cubierto de polvo. Susana tenia el rostro arañado; Marta estaba ensangrentada.
--¿Estais herida, Marta? esclamé.
--No, señor, no es nada, dijo; la diestra del Eterno me ha sostenido; no tengo sino la punta de la nariz estropeada.
Y hénos á ambos ocupados en desencillar y levantar el caballo.
Cuando el caballo fué puesto al tiro--Pardiez! esclamé, es una verguenza que una administracion municipal consienta hace diez años un rompe-cabezas semejante, á mi puerta, en la calle mas frecuentada de la ciudad. ¡Y de rabia me entré á la oficina del diario!
--Doctor ¿qué teneis? dijo Humbug siempre riendo; habeis comenzado ya vuestra lucha electoral con Fox. A juzgar por vuestro traje, no habeis salido bien parado.
--Lo que tengo, dije, es que es abominable que haga diez años que se deje un empedrado en semejante estado, es que mi caballo acaba de rodar, es que mi hija está herida en el rostro, es que la cocinera casi se ha muerto; estoy furioso, quiero quejarme, pido justicia. Estamos en Paris en América, la obtendré. La publicidad pondrá á todo el mundo de mi parte. Dadme una pluma y tinta, voy á dirijiros una carta severa, en que trataré á la administracion como merece.
--Aquí teneis lo que deseais, dijo Humbug; y además un dollar.
--¿Un dollar? ¿Para qué?
--Pagamos siempre un dollar á los que nos traen un _hecho diverso_; no os hagais de rogar, doctor; guardadlo y ponedlo en un cuadro con la fecha. El os recordará que la prensa es la voz de todos, y que habeis comprendido esta gran verdad el dia que habeis sufrido.
--Humbug, respondí, esas palabras que lanzais al viento con vuestra lijereza ordinaria, tienen mas alcance de lo que pensais; no las olvidaré. Por la mañana cuando lea el diario, cada queja me recordará un sufrimiento que mañana puede ser el mio, un mal que puedo cortar ó evitar, asocíandome al grito público.
--Bravo! doctor, sois un gran filósofo. Cuando se abren vuestros ojos, gritais: _Et lux facta est_. No importa eso; pronto os apercibireis de otra verdad no menos grande: que en resumidas cuentas la libertad de la prensa no aprovecha sinó á las jentes honradas. Basta esto para enseñarnos cuales son sus enemigos.
CAPITULO XII.
Una candidatura en América.
Todas estas discusiones me habian perturbado. Cierto, yo no tenia la debilidad de renegar la fé política que me han dado los maestros de mi infancia; tengo horror á los renegados. Cuando uno se ha criado en el error, si la conciencia quiere que uno salga de él, el honor quiere, que uno persista; es el honor lo que siempre escucha un Francés. Me habria hecho descuartizar antes que confesar que esos Yankees tenian razon. Pero, en el fondo del alma, sentia que habia perdido mi primera inocencia; me habia servido de la prensa y no tenia ya derecho á sonrojarme. Descontento de mi mismo, dormí con sueño ajitado; así, cuando me desperté, era de noche todavia. Los sofismas de Truth y de Humbug habian penetrado en mi ánimo, como flechas en las carnes; buscaba en mi cama, respuestas que no encontraba, cuando de repente, en medio de la oscuridad y del silencio, oí una voz que me llamaba desde la calle. Era la voz de mi hija, un padre no se engaña.
Ponerme mi bata, correr á la ventana, fué cosa de un segundo; me incliné para ver en la oscuridad de la noche. Mi cabeza tropezó con no sé qué obstáculo que estalló. Al instante una luz espléndida me deslumbró; gritos de alegria saludaron mi aparicion. La calle estaba llena de gente, un cartel inmenso cubria toda la casa; y mi cabeza metida dentro de una O jigantesca, daba á los pasantes un espectáculo ridículo. Papá, permaneced ahí, decia Susana, saltando sobre sus lijeros pies y batiendo palmas: todo París leerá el cartel. _Green for ever_ repetian los Yankees mientras corrian. _A very good trick_[25] agregaban riendo hasta mostrar sus grandes dientes.
Me vestí apresuradamente y bajé á la calle. París no era si no un inmenso cartel; los candidatos de todos los colores: azules, rojos, blancos, amarillos, verdes, rosados; ostentaban sobre las paredes sus servicios y sus virtudes. Mi casa estaba consagrada al verde. El nombre de Green se estendia en mayúsculas de tres pies de alto; frente á mi, la imprenta habia subido hasta las nubes un inmenso cuadro, en el que se leia:
CIUDADANOS DE LA PRIMERA CIUDAD DEL MUNDO.
_¡Nada de banqueros! ¡Nada de abogados! ¡Nada de escaladores del poder!_
Nombrad al hijo de sus obran:
_¡Al patriota jeneroso! ¡Al comerciante heroico! ¡Al buen padre de familia! ¡Al hijo de París!_
¡Nombrad al honrado y virtuoso GREEN!!!
Esta farsa democrática divertia á Susana; M. Alfredo Rose estaba á su lado, con el venerable boticario y sus otros ocho hijos. Enrique bailaba de contento como un niño que se encanta con el barullo; por mi parte tengo poco gusto por esas orjias populares: una frase las reasume: _Mucho ruido para nada_.
--Vecino, me dijo el farmacéutico, ved ahí á nuestro capitan que vá al fuego; espero que nos dareis una mano; la oposicion es poderosa; no triunfaremos sino á fuerza de palabras y de accion.
--Querido señor Rose, le respondí, con vuestro permiso, permaneceré en casa. En todo esto no tengo interés alguno. Soy un gran señor que tiene para dirijir sus asuntos un cierto número de intendentes que paga, sin tomarse siquiera el trabajo de elejirlos; lo que pasa entre mi jente no me concierne, ¿qué es un intendente municipal de Paris? Un caballero con casaca bordada que casa á las solteronas y á las viudas inconsolables, y que dos veces al año sube en carroza de gala para saludar al señor Prefecto y comer en la casa municipal. Esos si que son grandes honores, y por lo tanto, nunca se les compra demasiado caro; pero, ¿qué me importa eso á mí, simple particular, que no tengo mas privilejio que pagar un presupuesto que no voto? Y no sé á quien representa un intendente; pero de cierto no es á sus administrados. Así, pues, que lo nombre quien quiera; yo soy médico y no me incomodo por nada.
Por toda respuesta M. Rose me agarró el brazo y me tomó el pulso.
--Terrible doctor, me dijo, qué malos ratos me dais con vuestras eternas bromas; os he creido con el cerebro trastornado. Ciudadano de un pais libre, ¿es á vos á quien hay necesidad de decir que hoy dia están en juego nuestros mas grandes intereses? ¿No es el intendente el primer personaje de la ciudad, el representante de nuestras ideas y de nuestros deseos? Policia, mercados, calles, escuelas, no es el intendente acompañado de nuestros consejeros, el que arregla todo, con la soberana voluntad que nuestro voto le confiere? Si tiene superiores en el Estado, ¿los tiene en la ciudad? ¿Recibe órdenes de alguien? ¿No es él nuestro brazo derecho, nuestro órgano, nuestro ministro; no es á nosotros solos á quienes responde de sus actos y de su presupuesto? ¿Y quereis que semejante eleccion nos haga permanecer indiferentes? Por mi parte me preocupo muy poco de lo que hacen en Washington los señores charlatanes elocuentes del Oeste ó del Sud; pero Paris, es mi bien, es cosa mia; es la tumba de mi padre, es la cuna de mis hijos. Amo todo en Paris, hasta sus berrugas y sus manchas, amo sus viejas calles donde he jugado en mi infancia, amo sus nuevos _boulevards_, grandes arterias de la civilizacion, amo sus iglesias góticas que me hablan del pasado; amo sus esplanadas y sus escuelas que me hablan del porvenir. Para mi es, que cuarenta jeneraciones han enriquecido este pedazo de tierra; hay en esto una herencia que he recibido de mis padres, y que quiero trasmitir á mis hijos, despues de haberla embellecido. No permito que sin mi voluntad se toque una piedra ni una institucion de mi querida ciudad, de mi verdadera patria. ¡Soy Parisiense, Paris es mio!
--Rose! amigo mio! esclamé, sois el Ciceron de los boticarios; pero la elocuencia tiene el privilejio de decir lo contrario de la verdad. No es sériamente que hablais de confiar á uno de nosotros, á un simple ciudadano la policia de semejante _Pandemonium_; se necesita aquí una mano firme é independiente que nos conduzca á pesar nuestro.
--Papá, dijo Susana, porqué mortificais así al bueno de M. Rose? vos sabeis bien que el intendente es el que elije los _policemen_; vos mismo habeis hecho nombrar al que cuida vuestra calle.
--¿Quizá tambien, agregué con aire de lástima, haceis votar los impuestos municipales por los que los pagan?
--Sin duda, dijo Rose, ¿quién es el que tiene derecho á votar un gasto si no es el que lo sufre?
--¡Tendreis un lindo presupuesto! ¡Hé ahí un bonito modo de juntar millones! Y cuando abrís calles nuevas, ¿consultais tambien á los habitantes, á fin de conjurar contra vosotros el egoismo de los intereses privados?
--¿A quién se consultaria entonces? preguntó el inocente boticario; supongo que las calles son hechas para nosotros, y nuestros intereses privados forman, reuniéndolos, el interés jeneral.
--Perfectamente! perfectamente! esclamé riendo: todos han mamado la misma leche. Buen Dios! qué necesario seria embutir á martillazos en estos cerebros estrechos las grandes ideas de la civilizacion moderna! Si viesen los milagros de la centralizacion, comprenderian al fin que nuestros negocios nunca son mejor manejados que cuando pasan sin nuestra voluntad, á manos de aquellos que no tienen en ellos el menor interés! Y las escuelas, agregué, son tambien los padres de familia los que votan el impuesto y fijan la cifra del gasto? Tendria curiosidad de conocer el total.
--El gasto de las escuelas, dijo M. Alfredo, apurado por hacer admirar su erudicion, todo el mundo lo vota; la educacion es la deuda comun; todos se hacen un honor en contribuir. Antes de ayer se estableció el impuesto de 1862: son dos dollars por cabeza, sin contar lo que dá el Estado.
--Diez y seis millones de francos votados por un millon y seiscientos mil habitantes de Paris, para las escuelas de la gran ciudad! esclamé; eso jamás se ha visto y nunca se verá: es imposible.
--Papá, repuso vivamente Susana; puesto que Alfredo lo dice, debe ser verdad.
--Pues entonces, mis queridos amigos, dije á mi vez, es necesario aullar como los lobos. Si nuestros negocios son verdaderamente nuestros negocios, si Paris es nuestro y no del Estado; si votamos y consumimos nosotros mismos nuestro dinero, cosas todas increibles, enormes, contrarias á la esperiencia y al buen sentido, yo cedo á la locura comun! Un Parisiense que no es un estranjero en Paris, un Parisiense que tiene voto en el capítulo municipal, un Parisiense que habla y que se le escucha, es un fénix que no se vé sinó en América. Vamos á votar, y viva Green, intendente de Paris.... en Massachusetts!
--Viva Green! gritó toda la pandilla, dirijiéndose á la tienda del especiero.
--Papá, dijo Susana, abrazadme antes de partir. Sabeis, agregó al oido, que vuestro nombre figura en la lista?
--¿Qué lista, hija mia?
--La lista de los oficiales municipales. En el _París Telegraphe_ un comité de electores os propone, como inspector de calles y de caminos, al lado de M. Humbug á quien quieren nombrar juez de paz. Ved papá; y del bolsillo de su delantal sacó la señorita el diario. Qué pais aquel donde una jóven enamorada lée el diario y se interesa en las elecciones!
Tomé el _París Telegraphe_; mi nombre escrito en grandes carácteres y acompañado de un elojio conveniente, figuraba en cabeza de la lista. Esto me hizo un efecto singular. Criticar al poder haga lo que haga, es cosa que entiendo, soy Parisiense. Vituperar y rezongar contra nuestros amos, es la única parte de libertad que el mismo gran rey no ha podido quitarnos: es el consuelo y la venganza de nuestro ócio político. Pero, administrar y mandar, obrar en vez de gritar, salir de la oposicion para encontrarla á su frente, y reducirla al silencio á fuerza de celo y de éxito, era para mi una perspectiva desconocida y encantadora; la ambicion comenzaba ya á filtrar en mi corazon. Pensaba que la víspera habia sido severo con Humbug (un diario es una influencia), y que quizá habia hablado demasiado rudamente á Rose y á sus hijos: eran diez electores!.... Asi me apresuré á abrazar á Susana, y, corriendo hácia el boticario entablé con él una conversacion confidencial sobre unas píldoras admirables, inventadas por mí, píldoras destinadas á hacer una revolucion en la práctica, no menos que la fortuna del médico que las ha imajinado y del farmaséutico que las venda. Un extracto concentrado de manzanilla es un remedio heróico que sana en ocho dias la incurable y dolorosa enfermedad de las jentes de ingenio, la dispepsia. Yo aguardaba para la academia de medicina las primicias de este maravilloso descubrimiento; hacia diez años que tenia principiada mi memoria; pero cuando la ambicion nos invade, adios prudencia! La gloria académica dejaba de deslumbrarme; la inspeccion de las calles me abria la carrera política,--era candidato!
CAPITULO XIII.
Canvassing[26].
¿Habeis estado enamorado, caro lector? os acordais cuán vivo era vuestro corazon, cuán ardiente vuestra mirada, cuán rápido vuestro pensamiento, cuán lijera la vida: en aquellos dias felices? Pues bien, entonces sabeis lo que es un candidato. A cincuenta pasos de distancia, á pesar de mi mala vista, reconocia electores que nunca habia visto; encontraba en un rincon de mi mollera la historia de una porcion de jentes á quienes jamás habia hablado, y no solamente su historia, sino la de sus mujeres, de sus hijos, de sus padres, de sus abuelos y de sus primos segundos. Echaba á diestra y siniestra promesas y apretones de mano. Familiar con los pequeños, modesto con los grandes, yo enderezaba todos los entuertos y componia todas las calles. Ciceron, implorando el consulado, no era ciertamente ni mas elocuente, ni mas jeneroso, ni mas afable que yo.
Green se unió á nuestro cortejo; era, puede créerseme, un candidato bastante pobre. Los electores que lo habian puesto en camino no habian tenido buena mano; sin salir de la calle, les hubiera sido fácil elejir otro mejor. Un especiero no ha recibido esa alta educacion social que permite jugarse con los hombres y las cosas. Ninguna adulacion á la multitud, ninguna de esas promesas que se quedan en el fondo del escrutinio, ninguna de esas agradables mentiras que son los fuegos artificiales de ordenanza de todas las elecciones. Green era frio y tímido como un comerciante que hace un negocio, y que pesa cada compromiso. Cuando habia estrechado la mano de un elector diciéndole: _Haré lo que pueda_, ó, _la posicion es dificil_, ó, _nombrad á M. Little, si lo juzgais mas capaz_, ya le parecia que su papel estaba hecho. A los reproches afectuosos que le dirijia, me contestaba en un tono glacial: Mi conciencia no me permite hacer mas; no puedo ofrecer mas de lo que he de cumplir. ¡Conciencia en un candidato! era un escrúpulo de almacenero! Cuando se quiere hacer fortuna, se encierra la conciencia con doble llave la víspera de la eleccion, y no siempre se la saca al dia siguiente. En Francia todo el mundo sabe esto.
Hubiérame muerto de fastidio en esta procesion electoral, si no nos hubiera acompañado el enorme y alegre Humbug. Siempre sobre el quien vive, siempre pronto á la respuesta, seguíanle la pista por las risas que dejaba en pos de sí. No siempre era agradable la acojida que nos hacian; en sus odios como en sus amistades, el Sajon muestra una ruda franqueza; la sal americana no es la sal ática. Pero Humbug era un admirable jugador de pelota: no habia broma que no recibiera devolviéndola del primer voleo. Una vez, tocados por él no volvian mas.
--Green, candidato! es una verguenza, decia un egoista de semblante pálido y de facciones consumidas. ¿Figuraos al especiero en el consejo de la ciudad? Cuando toquen la campanilla, responderá: _Ya van, ya van, haced que os despachen._ Que se vaya al infierno, él y todo su séquito!
--Al infierno, dijo Humbug! ¿qué le diremos á tu padre el fallido? que estás en tu tercera quiebra esperando la cuarta.
--Green, candidato! reponia un dependiente de novedades, dandy de botas barnizadas que á cada palabra hendia el aire con su inocente varita; Green, un almacenero que no es capaz de distinguir un asno de un caballo!
--No tengas cuidado, hijo mio, dijo Humbug, se te reconocerá entre mil.
--Bella respuesta, y digna de un hombre que vive de su injenio.
--Si no cuentas mas que con ese capital para vivir, no llegarás, hijo mio, á ser tan gordo como yo, respondió Humbug, continuando su camino en medio de las risas de la multitud.
Entramos al Hotel de la Union; nos habian señalado á su dueño como uno de los electores influyentes de la ciudad. Pero en su casa, si el buen hombre llevaba las riendas, era su mujer la que le mostraba el camino. A la primera frase de Green, la fogosa matrona le cortó la palabra:
--Maldita sea la política, dijo.
--Maldita sea la hostería, respondió Green haciendo un profundo saludo á la señora.
--José, gritó la imperiosa Juno, insultan á vuestra mujer, se os ultraja, y os quedais ahí como un imbécil. Teneis sangre de pavo en las venas.
A esta voz terrible, José se quedó suspenso, abriendo tamaños ojos. En la calle creo que el bravo hostelero nos hubiera estrechado la mano de buena gana: su ancha cara, su lábio pendiente, su gran vientre, no anunciaban un rayo de la guerra; pero, en presencia de su mujer, juzgó prudente enfurecerse. Llevar la guerra al esterior, era el medio de conservar la paz en la plaza.
--Que venga, ese hermoso candidato, gritó con un vozarron que trataba de hacerlo malo, tengo á su servicio un cabestro para colgarlo.
--Muchas gracias, mi buen amigo, le dijo Humbug con tono almibarado, tendríamos escrúpulos de privaros de ese mueble de familia.
Hénos á todos riendo mientras huiamos de aquel antro de Polifemo; pero estaba cortada la retirada. En el umbral de la casa, la señora, erguida como un centinela armado, detuvo á Humbug, y temblando de cólera:
--Sabeis quien soy yo, le dijo.
--Quién no os conoce y no os admira, repuso Humbug, enderezándose con fatuidad, sois una niña encantadora, que no habeis llegado todavia á la edad de la discrecion.
Con lo que la saludó, dejando á la digna matrona mas muda y mas boba que la mujer de Loth en su última transformacion.
Estas no eran sino escaramuzas; habian reuniones públicas donde se discutian los títulos de los candidatos; allí se daba la batalla y se decidia la victoria. Habia llegado el momento de separarnos; era necesario que cada uno contribuyera con su persona. Me asignaron el _Liceo_. Entré en aquel inmenso salon, donde se ajitaba una muchedumbre inquieta. En el acto me reconocieron, y llamaron, todas las miradas se fijaron en mi; el miedo me cojió, de buena gana habria renunciado á esa candidatura fatal que me entregaba al público. Ay de mí! era demasiado tarde.
En frente á mí, un hombre trepado sobre un tablado hablaba y jesticulaba con estrema vivacidad; escuchábanle en silencio, y en seguida lanzaban hurrahs y gruñidos terribles: asi es, como se aplaude y se silva entre los Sajones. Aquel tribuno popular que sublevaba á su albedrio las pasiones de la multitud, era el abogado del banquero Little, era Fox, nuestro enemigo.
Apesar de maldecir al perillan, me veia obligado á reconocer en él cierto talento de que abusaba. Sério á la vez que chocarrero, tenia un modo de hacer el elojio de sus adversarios que los ponia en ridículo, un modo de ponderar sus candidatos que los realzaba á los ojos de todos. Concluyó por una rápida enumeracion de las riquezas que los bancos esparcian en América. Little se convirtió en un Júpiter que caia en lluvia de oro sobre el seno de una nueva Danae. A la voz del abogado, los caminos de hierro, los canales, los vapores vinieron á agruparse en torno del banquero para hacerle un cortejo electoral, mientras que con un jesto desdeñoso el orador nos mostraba al especiero nadando en su melaza ó confundido con la cuenta de sus sardinas y de su bacalao. Amigos de la paz, esclamó concluyendo, ¿nombrareis por jefe de la ciudad á ese fabricante de fósforos químicos cuya mercancia se encuentra en todos los incendios? Amigos de la libertad, ¿elijireis á ese vendedor de bacalao que alimenta á los esclavos del Sud, y que quebrará mañana si sus clientes, emancipados por nuestro valor, dejan de tomarle su mercancia envenenada? No, jamás descendereis á esa verguenza. Por mi parte, Yankee _pur sang_, amigo de la patria, orgulloso de todas nuestras glorias, antes que dar mi voto á ese hombre, preferiria mas bien votar por.... Se detuvo, guiñando el ojo y bajando la voz.... por el que, en su piedad universal, nuestras mujeres llaman _un pobre anjel caido_; no os lo nombraré.