Part 24
--No hay jendarmes! esclamó. Pues no exijo mas, y digo vecino, que si no estais loco de atar, que echen abajo á Charenton. No los he visto nunca de vuestro calibre; no hay jendarmes! Porqué no decis inmediatamente: no hay ejército, no hay infanteria, no hay caballeria, no hay artilleria, no hay jenerales, ni coroneles, ni capitanes; aquella sociedad se compone de paisanos ó Iroqueses, una sociedad nunca vista.
--Coronel, le dije, durante sesenta años la América no ha tenido necesidad de ejército; cuando la paz y la Union se restablezcan, licenciará el que tiene, porque como decis, aquella sociedad se compone de paisanos.
--Basta jóven, dijo frunciendo el ceño. Respetad mi bigote blanco. Tengo buen jénio, voto vá á sanes! Pero tengo ensartado algunos por haber charlataneado muchísimo menos de lo que vos lo habeis hecho durante un cuarto de hora.
--Efecto del opio, dijo Olybrius. Cómo han de vivir sin jendarmes ni ejército? Podrian á cada hora del dia reunirse en la calle, ó en otra parte, hablar de política, criticar al gobierno, salir armados y qué sé yo.
--En efecto, señor, repuse, todo eso se hace y la paz no es turbada. Los ciudadanos libres, y acostumbrados á la libertad saben conducirse por sí mismos. Cuando hay necesidad, la ley está ahí, basta un oficial de policia y un juez para mantener ó restablecer el órden.
--Basta, dijo Reynard, lanzándole una mirada á Olybrius. Doctor, estoy convencido.
--Y la medicina, dijo el solemne imbécil, dando vuelta su caja de rapé entre los dedos, cómo es ejercida en ese pais de cucaña?
--Precisamente, respondí, es una de las cosas que me ha llamado mas la atencion; las mujeres, la practican, y con éxito.
--Arre! dijo el coronel, ojalá hubiera tenido de mayor un guardapiés, cuando estuve tres meses echado de espaldas en Constantina con una bala en la pantorrilla! Habria dado todos los medios por una médica.[67] Y vaya un _calembour_!
--Por supuesto que esa no es la única profesion que las mujeres ejercen; se han apoderado de la enseñanza; ellas son las que educan á la jóven América.
--Eso debe hacer lindos soldados, dijo el coronel. Hé ahí una escuela donde deben enseñar á darse de trompadas, primer aprendizaje de la guerra y de la civilizacion! Qué produce esa educacion? Tenderos y modistas.
--Produce seiscientos mil voluntarios que se baten como héroes.
--Vamos, vamos, dijo el coronel, no me reciteis el diario. Hace dos años que mi gaceta me habla todos los dias de esos famosos conscriptos que corren unos tras de otros sin alcanzarse jamás. Ah! si yo estuviera allí, solo con mi 14ᵒ de infanteria lijera, cómo me divertiria, satisfaciendo los votos del gobierno. Estoy harto de América; pido que me hablen de otras revoluciones, para variar un poco y divertirme.
--Coronel, supongo que no defendeis la esclavitud.
--Un bledo se me dá de vuestros morenitos; pero en cuanto á vuestros Americanos los exécro. Es una turba de pobretes y demócratas que está dando el peor ejemplo á la Europa y echando una mancha á la civilizacion. Así deseo que el Norte se trague al Sud, y que se ahogue tragándolo. Hé ahí mi política, y hay muchos otros de mi opinion, voto vá á sanes!
--Señor, me dijo Olybrius, levantándose con majestad, permitidme reasumir en algunas palabras vuestra conversacion. Las contestaciones de estos señores, vuestros amigos y vecinos,--contestaciones llenas de sentido y de verdad, han debido convenceros de que vuestro cérebro no se halla en estado normal. Una sociedad sin administracion, sin ejército, sin jendarmes, la libertad salvaje de rezar, de pensar, de hablar, de obrar cada cual á su manera, es á no dudarlo, convendreis en ello, una de esas abominables pesadillas que solo el opio puede producir. Vuestro sistema no duraria un cuarto de hora siquiera; es la negacion de todos los principios y de todas las condiciones de esa civilizacion que hace la unidad de nuestra gran nacion. Constituyendo una administracion jerárquica y centralizada,--la sabiduria de nuestros padres hace mucho tiempo que ha elevado á la Francia al primer puesto, enseñándoles á los Franceses que la libertad es la obediencia. Nuestra gloria y nuestra fuerza estan ahí, no lo olvideis querido cófrade, y volved en vos. Esas ideas anárquicas que turban vuestro cérebro, que jamás entrarán en una cabeza francesa, os dicen suficientemente que estais enfermo y tanto mas, cuanto que no lo sentís. Es urjente que os cuideis; añado que solo un tratamiento enérjico puede devolveros la posesion de vos mismo y la calma que habeis perdido.
--Porqué no decis inmediatamente que estoy loco y que es menester encerrarme?
Olybrius suspiró, tomó una narigada de rapé con el índice y el pulgar, la aspiró lentamente, y me miró con aire contrito.
--Pobre amigo, dijo, estais gravemente atacado, pero yo os salvaré, sí, os salvaré aun á vuestro pesar.
Sentía que la cólera tronaba en mi corazon, y me contenia á duras penas.
--Señor, le dije, acabemos esta comedias; hace mucho tiempo que dura y estoy fatigado.
Olybrius se puso colorado hasta las orejas.
--Señor, dijo, engrosando la voz, vos lo tomais en un tono singular.
--No os incomodeis, querido doctor; os dariais un ataque de aplopejía.
--Doctor Daniel, díjo rechinando los dientes, yo no sufro inpertinencias. Sabe usted con quien habla, mi hombrecito?
--Sí, con un hombron, con un tonto.
--Caballero, dijo, olvida usted que tiene delante un hombre condecorado por todos los soberanos de Europa?
--Deveras! esclamé, tengo visto muchos. Oid su historia. Se hace empastar en marroquin colorado un volúmen de necedades, se le depone en la embajada, y no pasa mucho tiempo sin ser nombrado comendador ó caballero del Hipopótamo ó del Cóvidor. Cruces! es la limosna que los príncipes arrojan á los mendigos de la literatura.
--Sabeis señor, repuso, Olybrius, echando espuma de rabia sabeis que á los treinta y dos años he sido nombrado miembro de la academia de medicina por unanimidad.
--Pardiez! repuse, ahora veo que tengo mas razon de lo que creía. Si hubiérais tenido talento habriais tenido enemigos; os hubieran hecho esperar hasta los cincuenta años y no habriais sido recibido sino por un voto de mayoria. Los tontos no ofuscan á nadie, y así entran á la academia como en un molino.
Habia ido demasiado lejos, lo comprendia. El coronel reía á descostillarse; pero Reynard me miraba de una manera estraña, y Olybrius se ahogaba. Ví el momento en que cambiándose los papeles, era el enfermo quien iba á sangrar al médico. El abogado tenia sin duda oro potable en su gasnate; dos palabras dichas al oído de Olybrius le devolvieron al imbécil toda su serenidad. Una sonrisa diabólica iluminó los pliegues de su rostro. Se acercó al coronel, le pegó en el hombro, y le llevó á un rincon, siempre seguido de Reynard, su fiel consejero.
Esa manera de obrar, ese conciliábulo, tenido en mi casa y sin mí, me pareció estraño. Me paseaba á grandes pasos, próximo á estallar, cuando Olybrius salió sin saludarme. Reynard, al contrario, me hizo una profunda reverencia. El coronel se me acercó con aire alegre. Sus ojos brillaban.
--Sabeis, dijo, frotándose las manos, que lo habeis puesto de lo lindo al parroquiano?
--He hecho mal? respondí.
--No digo eso, repuso Saint Jean; me habeis dado un gran placer, voto vá á sanes. Detesto esos paisanos que se hacen cubrir de decoraciones sin haber jamás arriesgado sino la piel de otros; pero, entre nos, el hombre no vá contento! Es natural, no es verdad? Dice que le habeis insultado; exije que le deis una satisfaccion.
--Yo? esclamé.
--Estad tranquilo, dijo el coronel, le he hecho entender la razon, y he arreglado el negocio.
--Muy bien.
--Os batís.
--Qué nos batimos? dije muy asombrado. Y cuando?
--Al instante,--_sobre la marcha_, como se decia en el rejimiento.
--Es muy peligroso dejar enfriar estas cosas. Por haber esperado veinticuatro horas he perdido diez ocasiones. Mi carruaje está abajo; podemos partir; tengo pistolas exelentes, os gustarán. A treinta pasos he hecho saltar la oreja de un caballerito, que me miraba de reojo so pretesto de que era visco. Vamos, amigazo, los momentos son preciosos. Adelante, voto vá á sanes!
--Dentro de un momento soy con vos.
--Vais á abrazar á vuestra mujer é hijos? mal sistema! eso enternece y la mano tiembla despues. Nada de adioses trájicos; bebed un vaso de Madera y fumad dos cigarros; eso retempla la moral y le dá nervio al antebrazo.
--No tenia ninguna necesidad de exitar mi valor; la cólera me arrebataba. Entré en el salon, Jenny pálida y muda estaba allí con sus hijos abrazados; todo lo habian oído.
--Partís con el doctor? me dijo Jenny con agonizante voz.
--Sí, querida amiga; probablemente estaré ausente algunos dias.
--Volvereis pronto? dijo; en seguida se detuvo como asustada.
--Sí, respondí, volveré pronto si Dios lo quiere. Dejadme abrazaros á todos antes de partir.
--Adios, mi querido Enrique; recuerda mis consejos. Nada han hecho para darte voluntad, es una gran desgracia; las pasiones toman en nuestra alma el lugar que la voluntad no ocupa. Hazte convicciones razonadas y un carácter enérjico; así es uno hombre. Toma una profesion independiente; no esperes la fortuna sino de tí mismo. No inclínes la cabeza ante nadie, no tengas que ruborizarte ante Dios, y no te inquietes del porvenir. La felicidad no está en las cosas de la tierra, si no en la alegria de una buena conciencia; la verdadera grandeza es la de un hombre honrado, que se ha elevado por el trabajo y la virtud. Adios, sé cristiano y ciudadano; recuerda que para dominar el egoismo que nos devora, hay dos fuerzas invencibles: el amor de Dios y el amor de la libertad.
Adios, mi Susanita, escoje tú misma tu marido. No mires ni la posicion ni el dinero, mira el corazon, en él está la única riqueza que nada tiene que temer del tiempo ni de los azáres. Toma sobre todo un hombre á quien estimes y que piense como tú; ten orgullo del padre de tus hijos. El amor se vá, la confianza y el respeto quedan en el hogar, y con el tiempo llegan á ser algo mas dulce y santo que el amor. Cuando tengas hijos, deja espandir sus almas; no les enseñes la cruel sabiduría de esa sociedad que todo lo reduce al interés; déjalos soñar, como su abuelo, aunque como él deban sufrir. Los mas desgraciados aquí abajo no son los que lloran.
--Adios mi querida Jenny, perdonadme si os he ofendido y permitidme que os dé un último consejo. Vosotras las Francesas, teneis demasiado espíritu y penetracion; para ser dichosas es necesario mas simplicidad. Por qué salir siempre? el mundo no puede ofreceros sino ajitacion y fastidio. Recordad lo que ha dicho San Pablo: “El hombre no ha sido creado para la mujer, pero la mujer ha sido creada para el hombre.” Casaos con vuestro hogar, daos por placer el hacer la voluntad de vuestro marido, y por último sed la reina de esa colmena donde Dios os ha colocado: en ella está la felicidad que buscais fuera, y que os espera en vano en una casa desierta. Ah, mi Jenny, porque no hemos nacido en América,--allí residian el amor y la felicidad!
Mi mujer estaba muy ajitada; lloraba, pero al oír mis últimas palabras se retiró de mis brazos, sollozando cuando la abrazé. Enrique recibió mis caricias con aire frio y embarazado; solo Susana se colgó de mi cuello y me inundó con sus lágrimas.
Volví á abrazarlos á todos, y partí para no volver mas. Bajar la escalera, subir en el carruaje donde el coronel me esperaba con sus pistolas, fué asunto de un instante. Pregunté á Saint Jean á donde íbamos.
No lo sé, dijo; seguimos el carruaje de Olybrius, creo que nos lleva á Saint-Mandé, á algun jardin particular. Desde que han desfigurado Vincennes y el Bosque para hacer Parques ingleses, no hay donde divertirse. Batíos en una avenida que dá vuelta; apartad todas esas jentes que os siguen la pista pisando vuestras pisadas. Nos falta un campo cerrado en Paris; es una vergüenza para el viejo honor francés, voto vá á Sanes.
El coronel estaba monótono y se repetia mucho; me apresuré á ofrecerle un cigarro que le tapó la boca, y, hundiéndome en un rincon del carruaje, seguí la moda francesa que consiste en reflexionar cuando ya no es tiempo. A mi edad, y por una causa semejante, aquel duelo era una locura, á la que me habia dejado arrastrar por un tonto brutal. Iba decidido á no contestar al fuego de Olybrius; pero eso no me justificaba. Necio de mi que no habia sido capaz de resistir á una estúpida preocupacion! En aquel momento si, que recuerdos y remordimientos me trasportaban á América! Volvia á ver las dulces y leales fisonomías de aquellos buenos y sincéros amigos que me habian elevado hasta ellos. Truth, Humbug, Naaman, Green, Brown mismo sonreian á mi alrededor, y con ellos toda aquella familia Americana que hacia la alegria de mi corazon, sin olvidar á Marta ni á Zambo. Qué diferencia entre los dos paises! El Paris en que estaba me parecia una ciudad estranjera, las calles de mi infancia habian desaparecido, y con ellas mis recuerdos; mis vecinos me parecian ignorantes, vanidosos, egoistas; sus actos, su lenguaje, todo era convencional; nada habia en ellos de verdad ni de simplicidad. En ocho dias, pasados en Massachusetts, respirando la atmósfera de la libertad, habia vivido mas que en Paris durante cincuenta años. Mis ojos se habian abierto, el viejo hombre habia desaparecido; mi patria estaba allí donde me amaban, allí donde vivia; mi alma volaba al otro lado del Océano.
Absorto en aquel fantaséo no volví en mí sino al bajar del carruaje. Estábamos en el patio de una gran casa, con ventanas de reja,--algo parecida á un convento, á un colejio ó á una cárcel. En el fondo habia un jardin que Reynard me designó como lugar del combate, invitándome á entrar en él, mientras arreglaba con el coronel y dos amigos todas las condiciones del duelo.
Avancé sin desconfianza; de repente cerraron la reja tras de mí; volvíme, cuatro hombres vigorosos me cojieron de piés y manos; resistí como un furioso, grité, ahogaron mi voz. En un abrir y cerrar de ojos fuí llevado á una sala baja, echado, sujetado y atado en un sofá. En seguida todo se puso á dar vuelta delante de mi con una increible celeridad; una masa de agua helada cayó sobre mi cabeza, y me desmayé.
CAPITULO XXXIV.
Un loco.
_Saint-Mandé, casa del Doctor Olybrius._
20 de Abril de 1862.
--Hay tres clases de personas que la ley desdeña, abandonándolas á la administracion: las jóvenes, los locos y los periodistas. Pero, cualquiera que sea su maldad (hablo de los periodistas), ó su falta, conceptúo que esos miserables no son indignos ni de justicia ni de piedad. Si son culpables, por qué no se les juzga? Si son desgraciados, por qué se les trata como á culpables? Es una cuestion que recomiendo á los filántropos en disponibilidad. Hermoso es sin duda rescatar chinitos; salvar del fuego á las viudas de Malabar que siguen á sus esposos hasta la muerte (el ejemplo podria llegar á ser contajioso), pero se me ocurre que quizá no seria malo defender á la humanidad en Francia, y darle las garantias del derecho comun, á pobres criaturas, víctimas de la educacion, del nacimiento ó de la sociedad. Y vaya otro sueño que debo guardar para mi, sino quiero esponerme de nuevo á las duchas ó á la sangre.
--Mi suerte está fijada; he jugado contra la preocupacion una partida peligrosa,--he perdido. Un tonto que se intitula médico, me ha declarado loco; mis buenos amigos han confirmado con placer la sentencia de la ignorancia. Héme encerrado y para siempre. Podré apagar en mi cérebro esta llama que lo ilumina? Podré renegar la verdad? Nó! he conocido la libertad, he probado con el borde de los lábios esa miel que embriaga, he entrevisto el eterno ideal, soy un loco! no quiero sanar.
--Los Franceses tienen todavia mas talento del que se atribuyen. Aprisionar á las jentes que piensan, que razonan y hablan, es un golpe de mayoria cuyo éxito es infalible. Donde está la fuerza, allí está la opinion. Adelante, dichosos carneros! ramonead en silencio; decios balando que sois los reyes del mundo; no son vuestros pastores los que os rehusarán ese inocente placer. Divertíos, gozad de la vida, nada teneis que temer; los insensatos están bajo de llave, turbarian vuestra quietud; cuantos mas son los sabios tanto mas se rie.
--Mi mujer no viene á verme; es tan sensible! la piedad la mataria! Qué me importa de mis hijos. Pobre Enrique, podria darle mi enfermedad, y entonces linda fortuna haria! Y tú, Susana, te amo demasiado para hacerte llorar. Las lágrimas de una hija es la única prueba que puede conmover á un mártir.
--Mis vecinos no me han olvidado. Rose me escribe que mi aventura no le ha sorprendido. Reconoce en ella la mano de los Jesuitas; mi mujer iba con demasiada frecuencia á misa! Ha hallado el rastro de un vasto complót tramado por los reverendos padres; ellos son, dice, los que empujan el Norte sobre, el Sud, los que mueven la Europa y preparan la caida del Sultan. Todas las revoluciones son obra de ellos; ellos son la causa de todas las miserias; su diario le ha revelado ese misterio de horror é iniquidad. Rose es un hombre sensato, puesto que se pasea por la calle,--yo soy un loco puesto que estoy encerrado!
--Hé aquí una carta del coronel. El bravo Saint-Jean se escusa de haber ayudado á mi arresto sin saberlo.
--Ha querido, dice, cortarle las orejas á Olybrius, el pillo se ha negado á la operacion. El coronel añade que si ha cometido alguna falta está pronto á repararla. Para quitarme el derecho de quejarme, me ofrece que nos levantemos mútuamente la tapa de los sesos. El juego no es igual; no puedo aceptar su amable proposicion. Saint-Jean me habla de política; la guerra estalla para él en todas partes al acercarse la primavera, y su alegria es inmensa. Es un soldado: está convencido de que los hombres han venido al mundo para matarse unos á otros. Si las madres, al través de angustias infinitas, educan á sus hijos hasta veinte años,--es para enviarlos al matadero. El coronel está libre; es un hombre razonable, yo soy un loco!
Leamos el diario; no soy sino un espectador que, desde su palco enrejado, mira la comedia y á los actores de su tiempo. Usemos del único derecho que me resta,--silvemos.
“Acaba de aparecer una nueva obra de Mr. Reynard, nuestro gran orador, nuestro célebre publicista. Este libro, que no puede dejar de abrirle al autor las puertas de la academia de ciencias morales y políticas, se intitula _La Unidad_. Mr. Reynard demuestra de una manera invencible que todos los sufrimientos y todas las revoluciones de la Francia son debidas á una causa única: la debilidad de la centralizacion. Hoy dia que los caminos de hierro y los telégrafos han suprimido la distancia, la Francia, el pais modelo, puede hallar al fin una constitucion que le permita realizar sus grandes destinos. El autor reune el poder espiritual y el poder temporal en las mismas manos,--admirable secreto para acabar con todas esas disenciones que destrozan al mundo hace quince siglos; suprime los consejos municipales, los consejos jenerales, las cámaras, la prensa, y todos esos medios de oposicion, escusables quizá en una época crítica, en una edad de lucha y de transicion, pero que ya no tienen razon de ser en un siglo orgánico como el nuestro, y con la primer raza centralista del globo. Un solo hombre, un Papa civilizador, colocado en el hogar del Estado, teniendo en su gabinete el nudo de la red telegráfica, gobernará toda la Francia por su infalible é irresistible voluntad. Organo de la soberania popular, será la democracia personificada,--la nacion hecha hombre. Desde ese momento nada podrá trabar ya el progreso; todas las divisiones habrán cesado; todas las cabezas de la anarquia habrán caido de un solo golpe.
“Desde que se entra en el detalle, es imposible no ser seducido por la simplicidad del sistema. Es el sello de las grandes invenciones. En adelante ya no habrá en Francia sino una alma y un pensamiento. El pais entero será una gran é injeniosa mecánica, conducida y regulada por un solo motor. Quién podrá turbar esa gran armonía formada por una sola nota? Un mismo despacho repetido en los cuarenta mil comunes, transformará á cuarenta millones de ciudadanos de la noche á la mañana.--Trabajad, dirá el telégrafo, y en el acto habrá trabajo para todo el mundo.--Sed instruidos, y la ignorancia cesará.--Sed virtuosos, y la Bolsa se cerrará.--Sed dichosos, y nuestra dicha se hará.
“Es increible que la humanidad haya vivido tanto tiempo sin realizar este maravilloso descubrimiento, que inmortalizará el nombre de Mr. Reynard. Pero qué! el vapor es de ayer; y el telégrafo de hoy dia! Por lo demas, nuestros reyes han tenido el sentimiento de esa verdad que un hombre de jénio pone en evidencia ahora. Sin inquietarse jamás del derecho de la justicia, nuestros soberanos han derribado las resistencias que les embarazaban; es por esto que la historia admira á los Francisco I, á los Richelieu, á los Luis XIV, y á los Napoleon. San Simon ha entrevisto esa bella reforma; pero la gloria de ser su profeta, pertenece sin disputa al ilustre y profundo Reynard. No hay un solo Francés que no le envidie su descubrimiento y su éxito.”
--Ay Dios! pensaba, Mr. Reynard se pasea y va donde quiere; se le admira y se le envidia, es algo mas que un filósofo, es un grande hombre, y yo........ yo soy un loco!
--Qué veo? El nombre de mi verdugo. Qué ha podido hacer este intrigante? leamos:
“La Academia de Medicina ha recibido ayer una comunicacion del mas alto interés. Una de nuestras reputaciones médicas, el célebre doctor alienista Olybrius, ha leido una memoria sobre el espíritu, el jénio y la locura. Ha demostrado que, por efecto del nudo simpático, que une en nosotros las funciones del cérebro con las del estómago,--es este último órgano el que, en último resorte, produce y domina todas esas fuerzas nerviosas que la vulgaridad llama _facultades_. El espíritu es una neuroma, el jénio una gastritis crónica y la locura una gastritis aguda. En apoyo de su sistema el doctor ha citado un ejemplo de los mas curiosos,--teniendo actualmente en sus manos un preciosísimo sujeto para sus esperimentos. Es un cierto doctor F...., que, en su locura, se imajina que ha sido transportado á los Estados-Unidos, habiendo permanecido allí toda una semana. Hay en el delirio de este pobre hombre una mezcla de alucinaciones, de recuerdos y de ideas orijinales, que el doctor Olybrius sigue y observa con el mayor cuidado. La enfermedad es aguda en el mas alto grado; el sabio Olybrius no desespera de reducirla al estado crónico, trasformándola á fuerza de sangrias y de dieta, y mediante una alimentacion habilmente sistemada. Si lo consigue, el problema está resuelto. De un loco curado á medias se hará un hombre de jénio. En el acto que termine la esperiencia, el sabio alienista presentará el sujeto á la Academia. Es escusado llamar la atencion sobre las consecuencias de esta prodijiosa invencion. La Francia carece de grandes hombres, cuando nada le sería mas fácil que fabricarlos y suministrarlos al mundo entero. En Charenton solo, hay tres mil enfermos que con un buen réjimen, y en menos de seis meses, podrian ser transformados en poetas, músicos y artistas de toda especie. Hay allí cientos de Mozarts y Rafaeles ignorados.
“Esta lectura salpicada de rasgos picantes y de palabras injuriosas, ha sido escuchada en profundo silencio, frecuentemente interrumpido por lisonjeros murmullos. No se tiene mas talento que el doctor Olybrius; oyéndolo hubimos de temer por su salud, pero nos tranquilizamos viendo la solidez de sus músculos y el vigor de sus pulmones.”
--Triple necio! esclamé; menos necio sin embargo que los que te escuchan! Tu eres un sabio, un académico, un filósofo, y yo, que te silvo, yo soy un loco!