Part 23
--Ya veis, dijo, lo que hacen de París. Viejas casas, antiguos recuerdos, todos esos restos de un pasado bárbaro caen bajo el martillo de los demoledores y son reemplazados por calles rectas y palacios nacidos de ayer. Es magnético; un Parisiense mismo se pierde en él. Antes de diez años París será una ciudad completamente nueva: el teatro, la posada y el café del mundo entero. Eh bien! partiendo de las mismas ideas, he concebido un proyecto mas atrevido y hermoso; pongo á toda la Francia en París. La provincia está muerta,--ya no hay ni Auberneses, ni Gascones, ni Saboyardos; ya no hay ni siquiera Franceses. Todos somos Parisienses.
--La obra es grande, continuó; se trata de fortificar y de concentrar la unidad nacional, que deja mucho que desear; pero el medio es de los mas simples; prolongo el _boulevard_ de Sebastopol, de un lado hasta Bayona, del otro hasta Dunkerque; llevo la calle de Rivoli, de una punta hasta Brest, de la otra hasta Niza. De paso, derribo todo, á fin de que nada embarace la linea recta. Qué perspectiva! Qué horizonte! Y el gasto es nada! Las espropiaciones no costarán caro, el aumento de precio de los terrenos será enorme, porque siempre se estará en París. Todas las ciudades no serán ya sino suburbios.
En medio de la via coloco un ferro carril; de ambos lados hago construir casas con arqueria, á fin de que los pedestres no sufran ni la lluvia ni el lodo; coloco teatros de trecho en trecho y cafés en todas partes. París se vuelve asi el paseo del jénero humano. Eso no es todo, llamo á las artes en mi socorro para dar estilo á mis construcciones. En la estremidad de ese _boulevard_ de doscientas leguas del lado de Bayona, erijo una estátua de ciento veinte pies: la gloria; en la otra estremidad hácia Dunkerque: la victoria. Al fin de la calle de Rivoli, hácia Brest: un grupo de guerreros; abajo, hácia Niza, ninfas ofreciendo laureles. En el centro, finalmente, es decir, hácia Bourges, establezco un Walhalla, un panteon jigantesco. Una columna ó mas bien una pila inmensa formada de cañones superpuestos, elevará hasta las nubes una especie de Minerva con pica, casco y coraza. Esa será la Francia, reina de las artes, de la civilizacion y de la paz. Al rededor de la columna dispongo un vasto pórtico coronado de granadas y de obuses que estallan; en el interior coloco las estátuas de todas nuestras glorias nacionales: Duguesclin, Dunois, Condé, Turenne, Hoche, Kléber, Masséna, Murat, &a; arriba establezco estátuas simbólicas, cada una de veinticinco pies de alto. De un lado la Guerra protejiendo la industria y las artes; del otro la Conquista llevando al estranjero la libertad; en el centro la Fortuna y la Belleza coronando la valentía. Eso será noble y grandioso, tendremos asi monumentos patrióticos que inmortalizen un siglo y engrandezcan el espíritu de veinte jeneraciones. La inmensidad en la uniformidad, qué ideal!
Los griegos, respondí, hacian, me parece consistir la belleza en la proporcion y la variedad.
--Los Franceses no son Griegos, esclamó él; somos Romanos; nada nos place como la enormidad y la simetría; lo jigantesco es lo bello.
Suspiré, bajé la cabeza y no contesté.
--Eh bien, doctor, volveis á caer en el silencio? Qué pensais de mi proyecto?
--Pienso, le dije, alzando los hombros, que vengo de un pais donde se ocupan de levantar hombres en lugar de levantar piedras y de construir monumentos. Los pórticos, las columnas, los arcos de triunfo, las estátuas, forman en el horizonte una hermosa perspectiva; pero hay algo mas hermoso, mas grande, algo mas vivo que esparce en la mas estrecha calle la mas esplendorosa luz, y que hace del antro mas sombrio un palacio: es la libertad.
--Vamos, repuso, con su tono de autor irritado, con que vuelven á venir vuestras mariposas negras; siento que mi presencia es indiscreta.
Se levantó, y le dejé marcharse. Qué habia de hacer con aquel loco? Oí que hablaba con mi mujer en el salon, y percibí el nombre de Olybrius, y las palabras:--“daos prisa, es tiempo.” Qué significaban aquellas palabras? No hice caso de ellas, y fué mal hecho. Es menester desconfiar siempre de los necios.
CAPITULO XXXII.
Una familia Parisiense.
Por fin levantéme, acicaléme, pero no sin echar de menos mi casita de América. No tenia baño donde reposar mis miembros fatigados, ni fuego en mi cuarto ni agua caliente; los franceses no han comprendido todavía que la primera de las libertades domésticas,--consiste en tener uno todo á la mano, sin necesidad de nadie. Fué menester que tirára la campinilla sin cesar, y á cada campanillazo se me presentó un lacayo solemne y estirado que me miró desde arriba de su corbata blanca, y me sirvió con majestuoso desdén. Oh, mi pobre zambo, dónde estabas tú? Tú eras uraño y ridículo, pero me amabas.
Una vez afeitado me miré al espejo, esperimentando algun placer de encontrar mi cara de otro tiempo; no es que fuera linda, pero estaba habituado á ella; nada hay tan incómodo como buscarse uno bajo una máscara estraña. En el comedor hallé á mi mujer y á mi hija que me esperaban con una inquietud mal disimulada. Jenny bordaba un tapiz, para tener alguna habilidad; Susana festonaba, y de vez en cuando fijaba en mi sus ojos tristes y azorados. Sentéme á la mesa, y almorcé con escelente apetito. Ocho dias de emocion y de agua pura me hacian saborear con delicia un almuerzo francés, y mi viejo vino de Burdeos. Volvía á hallar la patria; mi corazon volvía á sentir su antiguo calor; y tenia ideas poéticas, cosa que no me habia sucedido en Massachusetts.--Oh, patria mía! Yo te amo como un enamorado ama á su querida, riñéndola siempre, pero deseándole siempre todas las bellezas y todas las virtudes. Oh, mi Francia querida! tu tienes mas de un defecto de educacion, pero la naturaleza te ha tratado como á niño mimado. Nada vale la dulzura de tu cielo, la riqueza de tus mieses, la hermosura de tus frutas, el calor de tus vinos. Cuando la fiebre de las revoluciones no te enloquece, tus hijos son políticos, amables, injeniosos; tus hijas son mas listas que sus maridos. Qué te falta pues, para ser la nacion del mundo mas noble y feliz? Solo esa libertad de que te burlas, y que no conoces!
--En que piensas, Susana mia?
--En nada, mi buen padre.
--Deveras? pues un pajarito me dice que la señorita piensa en su mas antiguo amigo.
--No digo que no, padre mio.
--Bien! hija mia, es menester desterrar esos malos pensamientos. Estoy tan bien de salud que solo me ocupo de tu felicidad. Y á propósito, hija mia, cuando te casas?
Jenny se levantó como si un resorte la hubiera empujado, Susana se puso colorada hasta lo blanco de los ojos.
--Dejémonos de niñerias, esclamé. Susanita, pronto tendrás veinte años, y no eres una de esas tontuelas que al nombre de marido se ponen á bisquear, mirándose la punta de la nariz. Si tu corazon ha hablado, dímelo; tengo plena confianza en tí, amiga mia; adopto de antemano el yerno que me has elejido.
Susana, dijo mi mujer, con voz conmovida, traeme de mi cuarto un poco de lana para mi tapiz, y esto diciendo, le hizo una señal de intelijencia, que, traducida en buen francés quería decir: “déjanos solos.”
En cuanto Susana salió, Jenny estalló.
--Daniel, dijo, sois cruel. Qué os ha hecho esa niña?
--Cómo! no puedo preguntarle á mi hija si ama?
--Mi hija, repuso Jenny, no ama á nadie, señor.
Es una niña honesta, que hará lo que ha hecho su madre: esperará al dia de su casamiento, para amar al esposo que sus padres le escojan.
--Al dia de su casamiento? esclamé. Es un poco tarde. Si el amor no entra la primera noche, al dia siguiente hallará la puerta cerrada. Dejar su felicidad á la eleccion de sus padres es peligroso. La mujer se casa para sí, no para su madre. El deber es una bella cosa, pero no reemplaza esa primera y santa ternura de un corazon que se ha entregado libremente.
--No sé de donde sacais esas vuestras doctrinas, dijo Jenny con tono seco; me parece que debiérais respetar vuestra casa para no traer á ella esas tristes paradojas.
--Pero, mi buena amiga, en todos los paises del mundo las jóvenes escojen sus maridos. Ved la América!
--Somos Iroqueces? interrumpió mi mujer.
--Ved la Inglaterra, la Alemania, la España misma; allí se casan con el que aman, y no veo que los matrimonios sean menos felices que en París.
--Vos no teneis sentido comun, Daniel.
--Es decir, señora, que entre nosotros dos hay alguno á quien la preocupacion, le ciega y que razona torcidamente.
Sí, señor, con la diferencia que vos sois el único de vuestra opinion, y que en Francia todo el mundo piensa como yo.
Ah! murmuré, hé ahí mi tirano, el señor _todo el mundo_; vuelvo á hallarlo en mi casa, y no hay duda, mi mujer valia mas en América!
Discutir era inútil, disputar odioso; recurrí á un recurso que le faltaba á Sócrates; encendí mi pipa, y me puse á soñar.
La paz no duró mucho tiempo. Enrique entró en el cuarto y vino á abrazarme tímidamente. Miré á mi hijo, y me costó reconocerle. Ya no era mi ardiente voluntario, siempre dispuesto á partir á la India ó á la guerra,--era un lindo mozalvete con cara de muñeca. En el medio de la cabeza tenia una raya á guisa de mujer; añadid una camisa bordada, un cuello parado, una cinta escocesa de corbata. Vamos, parecia una mujer de paletot; toda su persona tenia no sé qué de gracioso, de delicado y de indolente.
--De dónde vienes querido? le dijo su madre.
--De lo de mi peluquero, mamá.
Su peluquero! Mi hijo tenia necesidad de un peluquero! Yo le contemplaba como á una curiosidad.
Has estado en el picadero, esta mañana? continuó Jenny.
--Sí, mamá, y en la sala de armas.
--Muy bien, dije, esos ejercicios viriles me gustan. Es menester que un jóven sepa andar á caballo, nadar, boxear, tirar el florete y la pistola; es menester que el hombre civilizado combata sin cesar la dulzura de una vida que le enerva; pero, mi querido Enrique, eso no es todo, es menester tambien adoptar alguna profesion. Tienes diez y seis años; eres un hombre. Qué piensas hacer?
--Pobre amor mio! esclamó Jenny, dejadlo gozar de sus bellos años; todavia no es bachiller.
--Pues bien, que se haga bachiller!
--Tengo tiempo, papá, dijo Enrique, bostezando. El año que viene me darás un repetidor.
--Para qué? preguntéle.
--Todo el mundo toma repetidores, dijo Jenny encojiéndose de hombros. Ved al hijo de M. Petit, el banquero. No sabia nada, era un idiota. En tres meses un hombre del oficio le ha metido toda una enciclopedia en la cabeza; ha asombrado hasta á sus mismos examinadores.
Y tres meses despues era tan ignorante como el primer dia.
--Qué importa? dijo Jenny, era bachiller; es un título que conduce á todo.
--Sed pues bachiller, hijo mio, y no esperes el año próximo; quiero que á los diez y siete años tengas una profesion.
--Antes debe estudiar derecho! dijo mi mujer.
--Sí, paseándose tres años en el Bosque y en otras partes, salvo una enfermedad crónica que se llama el exámen. No quiero que pierda tontamente tres años, los mas bellos de la vida, en la ociosidad, ó en tristes placeres! Que Enrique adopte primero una profesion, y en seguida que estudie derecho sériamente. Habla, hijo mio, qué profesion escojes?
--La que querrais papá, respondió abrazando á su madre. Jenny se sonrió como diciéndole: paciencia, hijo mio, tu padre no tiene sentido comun.
--No tienes ningun gusto, ninguna vocacion? pregunté á Enrique.
--No, papá, eso os toca á vos. En quedandóme, en París, pudiendo montar á caballo y divertirme con mis amigos, todo me es igual.
--Hijo querido, como nos ama! dijo Jenny alizándole los cabellos.
--Divertirte! esclamé, quién te ha inspirado semejantes principios? Amigo mio; no estamos en la tierra para divertirnos. El trabajo es la órden de Dios, el freno de nuestras pasiones, la gloria y la felicidad de la vida. En América no hay un solo hombre que á tu edad no se baste á sí mismo, que no tenga el sentimiento de su deber y de su dignidad.
--Daniel, dijo Jenny, con una impaciencia visible, por qué lo atormentas así cuando no trata sino de agradarte? Esperad un poco; hará lo que hace todo el mundo.
--Es decir que no hará nada.
--Tendrá un puesto.
--Eso es lo que yo decia, repuse indignado de aquella debilidad maternal. Un puesto, hé ahí la gran palabra, mi hijo será empleado!
--Todo el mundo lo es hoy dia, dijo mi mujer. Mostradme un hijo de familia que haga otra cosa! A qué singularizaros?
--Qué! le dije á Enrique, no preferirias ser el artesano de tu fortuna, y deber tu posicion solo á tu trabajo y á tu talento? La independencia es acaso nada? No quieres ser abogado, médico, fabricante, comerciante?
--Por qué no le propones que sea almacenero? dijo Jenny, con un desden que me hirió.
--Muy bien, señora! Pezar azúcar por su propia cuenta, es cosa vergonzosa; pero cerrar cartas y empaquetar recibos por cuenta del gobierno, es noble y glorioso! Y, para llegar ahí, es menester rogar, solicitar, renegar sus opiniones y adular á personas cuya mano no se tomaria.
--Todo el mundo hace otro tanto, dijo Jenny. Os creis mas sabio y virtuoso que todo el mundo?
--Oh, preocupacion! preocupacion! esclamé. Pablo-Luis[65], tú teniais razon: somos un pueblo de lacayos!
Yo estaba furioso, me paseaba á grandes pasos por el cuarto, y daba de puñetazos sobre la mesa; Enrique bajaba la cabeza, y callaba Jenny estaba pálida, y apretando los lábios me seguia con los ojos.
--Daniel, me dijo, acabad, os lo suplico, esta escena ridícula; ya sabeis que soy incapaz de resistir á semejantes emociones. Cuando reflexioneis á sangre fria, espero que oireis la voz de la razon.
En este momento no sabeis lo que decis.
--Señora, la dije, paréceme que en presencia de mi hijo esas palabras están fuera de lugar; faltais al respeto que me debeis.
--Amigo mio, contestó, vos estais enfermo.
--Basta! esclamé; esa piedad es impertinente. Os haré ver lo que es un jefe de familia. A pesar de vuestras preocupaciones y de vuestras desesperaciones, obligaré á mi hija á que se case por inclinacion, y á mi hijo á que escoja una profesion de su gusto,--una profesion independiente.
--Daniel, sois un loco, dijo Jenny cruzando las manos.
--Señora yo tengo mi buen sentido, y os enseñaré que soy el amo de mi casa.
--Está loco! gritó mi mujer anegándose en lágrimas y echándose en brazos de Enrique, que se puso á llorar á su vez.
En aquel momento abrieron la puerta de par en par, y una voz anunció al señor doctor Olybrius.
CAPITULO XXXIII.
El Doctor Olybrius.
Entró, lo veo aún.... Una frente calva, con sus correspondientes mechas de cabello rojo, flotando de derecha á izquierda, unos anteojos de oro, una sonrisa beata, una triple barba perdida en las profundidades de una ancha corbata, un frac verde, con una cinta que ostentaba los colores del arco iris,--todo anunciaba al tonto que ha tenido buen éxito. Detrás de él caminaban como dos corchetes, el abogado Reynard, que, con sus ojos de garduña, parecia buscar siempre un agujero para ocultarse en él, y el grueso Coronel Saint John, apoyado en su muleta, y arrastrando su vientre y su gota. Qué me queria aquel cortejo grotesco? Ay Dios! iba á saberlo á espensas mias.
--Buen dia, hermosa dama, dijo Olybrius, tomando la mano de mi mujer y posando en ella sus lábios; os habeis repuesto de vuestras fatigas y emociones? Cuidaos señora, cuidaos; el corazon es el órgano débil en las mujeres; no os dejeis asesinar por vuestra sensibilidad.
--Buen dia, doctor, continuó con aire de caballero, tendiéndome una mano que no me atreví á rehusar; cuánto me alegro de veros en pié. Así, es en calidad de amigo y no de médico como me presento. Lo he dicho á estos señores, que, como vecinos, venian á saber de vuestra salud, y que no se atrevian á entrar conmigo.
--Buen dia, señor Lefebvre, dijo el Coronel. Carambola que hemos estado enfermos! Pero la caja es buena; estoy muy contento de veros; voto á sanes!
Reynard no hizo ningun juramento, pero en el tono mas melífluo me hizo un cumplimiento tan ambiguo, que me hirió sin saber por qué.
--Cómo os sentís? me dijo Olybrius.
--Muy bien, contesté.
--Tanto peor, dijo él, eso no es natural,--prueba que el veneno no ha salido del todo. Despues de ocho dias de estragos causados por el ópio, debiérais estar medio muerto, sin pulso y sin voz.
--Es de hierro, dijo el Coronel. Sopla! qué carabinero habria sido.
--Querido cofrade, dije á Olybrius, vuestro diagnóstico os ha engañado. Mi caso es tan estraordinario, que en vuestro lugar cualquiera otro sábio se hubiera olvidado de su latin. No he sido envenenado con ópio; he sido magnetizado y transportado á América, de donde he vuelto esta noche.
--Arre! con la bola, esclamó el Coronel; yo he mandado un rejimiento de gascones, que no tenia compañero para la charla y la guerra; pero la palma es vuestra!
--Querido cofrade, dijo Olybrius, con voz agridulce, yo sé siempre lo que digo. Los hechos están ahí; nada hay tan brutal como un hecho. Que vos os imajineis haber estado en América, eso no me sorprende, es efecto del ópio; pero yo que os he cuidado ocho dias y ocho noches, afirmo que habeis estado en carne y huesos en vuestra cama, y que no habeis salido de París.
--Señor, contesté, vengo de un pais donde reina la verdad en toda su estension. Allí he adquirido horror á las mentiras oficiales y no oficiales; creed lo que os plazca, yo no puedo deciros sino una cosa: en cuerpo ó en alma, no sé en cuál de los dos, he pasado ocho dias en América.
--Efecto del ópio, dijo Olybrius, sacando su caja de rapé y saboreando una narigada. El cérebro no está despejado, la ilusion persiste. Querido señor, es menester reaccionar con vuestra razon, de lo contrario los lóbulos cerebrales se harán el teatro de un desórden grave y persistente. En semejante caso, vos lo sabeis, el primer remedio es desechar una idea fija, creyendo las cosas bajo la palabra del médico. Vos no habeis es-ta-do en A-mé-ri-ca, añadió, escandiendo cada una de esas palabras con tono imperioso.
--Señor, le dije, me permitireis que me quede con mi opinion.
--Daniel, esclamó mi mujer desolada, en nombre del cielo no insistais, ved que os perdeis!
--Válgame Dios, querida amiga, repuse sonriendo, y con qué voz me dices eso. Me parece que oigo á la pobre Rachel en el papel de _Roxane_:
_Ecoutez Bajazet! je sens que je vous aime,_ _Vous vous perdez; gardez de me laisser sortir._
Por toda respuesta Jenny alzó los brazos al cielo, y tomando á Enrique de la mano huyó del cuarto ocultando la cabeza en su pañuelo.
--Mil bombas! dijo el Coronel, por qué aflijís á vuestra mujer! Qué diablo! se puede mentir para ser agradable á las damas. No sois francés, con mil de á caballo!
--Querido vecino, dijo el abogado hablando á media voz, como si comenzára un alegato,--razonemos. Si habeis estado en América, debeis haber visto aquel país en detalle, debeis conocerlo á fondo; si habeis soñado, no podeis tener al respecto, sino ideas incompletas, confusas, y, para decirlo todo de una vez, quiméricas. Permitidme que os dirija algunas preguntas que os conducirán á la vida real, y que os permitirán que os convenzais por vos mismo de la falsedad ó verdad de vuestras impresiones.
--Hablad, señor, os escucho.
--Durante vuestra estadía en América, habeis visto á las jentes tirarse de pistoletazos en la calle? Han colgado á dos ó tres personas por dia, en virtud de esa ley de la linterna, de esa _Lynch Law_, cuyo nombre nos han tomado los Americanos, y quizá la idea?
--Señor, contesté, dejad á los diarios esas faramalladas. Los Americanos son cien veces mas pacíficos y civilizados que nosotros. Hasta el duelo es allí desconocido.
--Arre! dijo el Coronel, eso es demasiado. Existe acaso un pais donde no se batan? Entonces en ese convento no hay sino relijiosas del Sagrado-Corazon?
--Efecto del opio, dijo Olybrius; todo se vé color de rosa.
--Decid color de carbon de piedra, dijo el Coronel. Arre! Pues si yo estuviera en aquella barraca, á todos les daria de bofetones para ver si tienen corazon en el vientre.
--Hay un gobierno en América, dijo el abogado, ó al menos habeis encontrado por casualidad el rastro de él?
--Señor, dije, hay el mas hermoso de los gobiernos: el que administra menos; el que á los ciudadanos deja mayor libertad para gobernarse á sí mismos.
--Efecto del opio! repuso Olybrius. Quién no sabe que la América es una anarquía viva?
--Señor, dije impacientado, daos el trabajo de ir á los Estados Unidos; hallareis allí un Gobierno Central, treinta y cuatro Estados particulares, treinta y cinco Senados[66] y treinta y cinco Cámaras de Representantes. No puedo suponer que sean salvajes los que han imajinado semejantes combinaciones.
--Arre! dijo el Coronel, treinta y cinco nidos de abogados y de charlatanes. Si semejantes locuras fueran posibles, yo haria espresamente el viaje, para hacer saltar por la ventana esas treinta y cinco nidadas!
--Presenten armas, _pré-pá_; y todos los pájaros echan á volar; entonces si que se tiene un gobierno que no se enfurruña.
--Hay ministerios? repuso el abogado con su voz menos aguda.
--Sin duda.
--Un Ministerio, de Cultos, por ejemplo?
--No, las Iglesias son sociedades independientes. Cada cual puede abrir un templo sin tener nada que temer de la ley.
--Es imposible, dijo el abogado. Seria entregar la sociedad á las intrigas de los frailes y á todos los odios relijiosos. Habria todos los dias una San Bartolomé.
--Señor, respondí, la cosa puede ser imposible, pero existe; y añado que en ningun pais hay mas tolerancia y caridad.
--Efecto del opio! dijo Olybrius.
--Y no solo la Iglesia es libre, continué, animándome, sino la escuela y el hospicio tambien. Cada cual puede enseñar, cada cual puede aliviar la miseria sin necesidad de tenderle la mano al gobierno, ni de dirijirse á la policia como si tratára de allanar un lugar sospechoso.
--Es un sueño, dijo el abogado, es materialmente imposible.
--Efecto del opio! dijo Olybrius.
--Doctor Olybrius, esclamé, si alguien tiene una idea fija en este momento, me parece que no soy yo.
--Yo no tengo idea, doctor Daniel, repuso, pongo por testigos á estos honorables señores; me basta hacer constar que hasta ahora no nos habeis dicho una palabra que tenga sentido comun.
--Hay un consejo de Estado en América? repuso el abogado, que tenia toda la tenacidad de un juez de instruccion.
--No, señor, la justicia basta á todo, la administracion está sujeta á ella.
--Qué quimera! dijo Reynard, un pueblo no viviria seis meses sin esa admirable separacion de poderes, que hace la gloria de nuestra inmortal Constitucion. Suponed que la salud del Estado exije que os pongan preso sin forma de juicio, qué harian en vuestro pais de Hurones?
--Qué harian? El procedimiento está marcado. Emplazarian al audaz que se colocára sobre las leyes y le condenarian á unos cien mil francos de daños y perjuicios.
--Y los prefectos, no pensais, que entonces seria un empleo inútil.
--Los prefectos, repuse, no los hay.
--No hay prefectos, esclamó riendo; con que no hay prefectos? Qué quereis que hagan los ciudadanos, sino se obra por ellos.
--Buen Dios, repuse, harán por sí mismos sus propios negocios. No habeis pensado en ello todavia, señor hombre de Estado?
--No, dijo secamente, yo no pienso sino en las cosas posibles. Quién dirije allí el espíritu público, y les enseña á los ciudadanos á pensar?
--Nadie.
--Qué! no hay directorio en la prensa?
--No, señor. En aquel pais de Hurones, como vos lo llamais, cada cual dice é imprime lo que quiere, bajo la exclusiva garantia de la justicia y de la ley. Los diarios son considerados allí como un beneficio. Se les favorece y multiplica en todas direcciones. No se les exije fianza, no pagan timbre,--nada, nada impide que la luz se esparsa, nada traba la libertad.
--Sopla! dijo el coronel; vaya un pais donde tendrá que hacer la jendarmeria.
--Allí no hay jendarmes, señor coronel.