Paris en América

Part 22

Chapter 223,974 wordsPublic domain

--Señor, le dije, vuestras paradojas me fatigan.

--Paradojas! esclamó. Vos no sois de vuestro tiempo, doctor Rococó; leed vuestros grandes historiadores y vuestros grandes políticos, estudiad la cuestion de las razas, y vereis que la moral no es hoy dia sino la fisiolojía.

Yo tengo una gran dulzura natural, todos la reconocen, escepto mis amigos íntimos, quienes, segun el uso, no ven sino mis defectos; pero que se pongan en mi lugar y comprenderán que ha podido faltarme la paciencia. Colgado de los cabellos durante seis horas, llevado no sé donde, por no sé quién, eran bastantes contrariedades para todavia tener la de no ser de la misma opinion en política.

--Señor, dije secamente á mi enemigo, llevaos á otra parte vuestro lindo espíritu. No puedo rogaros que salgais, pero os declaro que en adelante no os escucharé.

--Y cómo hareis, repuso, con voz burlona.

--Una palabra mas, esclamé, es un insulto de que me dareis una esplicacion.

--Un duelo en estas _serenas_ alturas, dijo el brujo, eso seria orijinal; reflexionaré; mientras tanto vos me escuchareis de grado ó por fuerza, os desafio á que os separeis de mí, dejándome burlado.

--Vos no sabeis, le contesté, haciendo rechinar mis dientes,--vos no sabeis de lo que es capaz un Francés.

--Lo creo capaz de todas las locuras, repuso Jonatás, escepto las locuras imposibles.

--Imposible! esclamé,--esa palabra no es francesa.

Mas pronto que el rayo, saqué de mi balija un par de tijeras, y corté la mecha de cabellos que me ponia en manos de aquel miserable.

Caí inmediatamente, jirando de derecha á izquierda como una pandorga que desciende. En el primer momento, alegre y contento como estaba de la reconquistada libertad, no me inquieté de aquel descenso rápido, la reflexion me vino cuando oí el mujido de las olas y los silvidos de aquilon. Era muy tarde; el mar se abrió para recibirme en sus abismos, y menos dichoso que Jonás, me rechazó sobre la onda jadeante y helado. No perdí el valor, y me puse á nadar con un ardor desesperado.

Hacer quinientas leguas de aquella manera primitiva era mucho; pero la casualidad podia hacer que me encontrase con algun vapor en aquella gran ruta del oceano, y cobré aliento. Miraba á lo lejos, buscando alguna luz, y no veia sino tinieblas, cuando el horrible fantasma, dispuesto á arrebatarme, se dejó caer sobre mí como una golondrina que levanta una mosca de la superficie del agua.

--Doctor, me dijo fisgando, espero que el baño os habrá refrescado la sangre; volvamos á tomar la discusion donde la dejamos.

Primero muerto, que escuchar tus detestables sofismas, esclamé, y cerrando el puño, le asesté á mi enemigo un golpe tan terrible que todos los huesos de mi mano sonaron. Dí un grito de dolor y........

CAPITULO XXX.

Lo mas corto del libro y lo mas interesante para el lector.

....Me desperté en mi cama.

CAPITULO XXXI.

Algunos inconvenientes de un viaje á América.

Al salir de aquel peligro, ó de aquella pesadilla, no sé como decir, necesité algun tiempo para reconocerme. Dónde estaba? En qué pais me habia echado mi verdugo. Las cortinas de la cama estaban cerradas,--las abrí; el cuarto sombrío y mudo; era aquello el silencio y la media luz que rodean á un enfermo. Cuando mis ojos se habituaron á la oscuridad miré á mi alrededor y ví una mesa cubierta de papeles, de libros, de folletos, apilados al azar; una biblioteca llena de libros encuadernados á la rústica, en pasta y media pasta, parados los unos y atravesados los otros; una masa de mamotretos, que se alzaba desde el suelo formando una pirámide bamboleante que á cada instante amenazaba derrumbarse; todo estaba en su lugar, y no habia que dudarlo, me hallaba en mi gabinete! en Paris, en Francia,--de vuelta al fin de mis carabanas. Lo diré? Aquella vuelta al centro de la civilizacion me hizo un mediocre placer; habíale tomado gusto á la libertad.

Tiré la campanilla, Jenny entró en puntas de pié, y me preguntó en voz baja si habia llamado.

--Sin duda, querida amiga, la dije; dadme luz, por piedad, este cuarto es una tumba.

Jenny entreabrió las cortinas y llamó á Susana, que asomó muy despacio la cabeza á la puerta, y se detuvo para mirarme con ojo inquieto.

--Y bien, señorita, la dije alegremente, no besais hoy á vuestro padre?

En lugar de echarse en mis brazos, acercóseme con paso tímido y me tomó la mano llorando.

--Cómo os sentís, papá? murmuró.

--Muy bien, hija mia, salvo la fatiga y la emocion del viaje.

--Ah! dijo Susana.--Ah! dijo Jenny.

Habia en aquel grito un acento tan estraño, que alternativamente miré á mi mujer y á mi hija; sus rostros estaban alterados.

--Qué teneis? les pregunté. Qué tengo que pueda alarmaros?

--Amigo mio, dijo Jenny, os ruego que guardeis silencio, así lo ha recomendado el doctor Olybrius.

--Quién es el doctor Olybrius? No es ese fátuo que ha hecho un grueso volúmen sobre la “Cuaresma considerada bajo el punto de vista de la hijiene y de la navegacion”. Qué hay de comun entre ese pedante de sacristia y yo?

--Daniel, repuso Jenny, con tono seco, el doctor Olybrius es el médico que todo el mundo consulta. Hace ocho dias que tiene por vos los cuidados de un cofráde y de un amigo.

--Ocho dias! grité sentándome en la cama. Estais soñando, hija querida? Cómo puede haberme cuidado en Paris vuestro doctor, siendo así que estábamos en América?

--Escuchadme, Daniel, dijo mi mujer con voz conmovida, escuchadme sin interrumpirme; va en ello vuestra salud, vuestra vida quizá.

--El mártes pasado, hace ocho dias, habeis vuelto á casa en un estado deplorable. Habiais consultado no sé qué charlatan; y si he de creerle al doctor, aquel hombre os ha hecho tomar una pocion de opio, ó de hatchis que debia mataros. La fuerza de vuestra constitucion, nuestros cuidados quizá os han salvado. Toda la semana habeis estado en un letargo completo ó en un delirio espantoso. Habeis tenido visiones terribles, que mas de una vez nos han hecho temer por vuestra razon. Hoy volveis á delirar, el doctor Olybrius lo habia predicho; pero añadiendo que esta vuelta á la salud exijía los mayores cuidados; que, segun todas las apariencias, necesitaríais de algun tiempo para sacudir todos vuestros sueños y acostumbraros de nuevo á la vida real, y que en una crísis semejante el reposo y el silencio eran de absoluta necesidad.

Al oir aquello miré á mi vez con espanto á mi mujer. Qué significaba aquella fábula, referida con tanta seguridad? Yo estaba seguro de haber estado en América; un cérebro Francés jamás habria imajinado lo que yo habia visto; por otra parte, el delirio es incoherente y no deja recuerdos. Pero si Jenny habia estado en Francia mientras yo vivia en Massachusetts, quién era pues, esa Jenny Americana, á quien estrechaba con tanta ternura sobre mi corazon? Sería bígamo sin sospecharlo? Habia dos Susanas y dos Enriques, el uno en Paris de Francia y el otro en Paris de América? Era yo doble? Tenia una sola alma en dos cuerpos? Qué confusion! Qué caos!

Maldito Jonatás! murmuré, que el diablo te lleve, y al espiritismo contigo! Vaya un lindo embarazo en el que me encuentro!

De repente la verdad me hirió, y me reproché el haber escuchado á mi mujer, siquiera un instante. No me habia dicho Jonatás que solo yo conservaria la memoria, y que mi familia se haría Yankee de nacimiento? Todo se esplicaba de la manera mas natural; Jenny era el juguete de una ilusion. Si alguien soñaba en mi casa no era yo, era mi mujer. Esta reflexion tan simple me volvió el valor y mi dignidad.

--Querida mia, le dije á Jenny, no os fieis en las apariencias. Vuestro Olybrius es un tonto; yo no he estado nunca enfermo, la prueba la teneis en que mi pulso no tiene mas que sesenta y cinco pulsaciones, en que me muero de hambre, y en que, con vuestro permiso, voy á levantarme y á almorzar. Por toda respuesta mi mujer se anegó en lágrimas: es un modo de razonar que Aristóteles ha hecho mal de olvidar; representa un gran papel en la retórica conyugal: un marido exitado está medio vencido.

Susana, como hija bien criada no dejó de encarecer á su madre, y se colgó de mi pescuezo sollozando: Papá! gritó, mi papacito, no os hagais daño, esperad al doctor.

--Le esperaré de pié, y no en ayunas, repuse; por lo demas, hijos mios, no quiero aflijiros. Soy médico, y os doy mi palabra de honor de que me siento muy bien; si mi asercion no basta haced subir á mi vecino Rose; él es médico y antes de poco os habrá tranquilizado.

La transaccion fué aceptada, entrando muy luego Rose con una cara tan séria y tan solemne que me reí en sus barbas.

--Buen dia, mi viejo amigo, le dije, tendiéndole la mano.

--A qué debo esta honra, señor doctor, respondió sentándose en mi poltrona.

--Tened la bondad de tomarme el pulso, y decidles á estas señoras si no estoy en perfecta salud.

Tomó mi brazo, contó gravemente las pulsaciones de la arteria, y, volviéndose hácia Jenny, con aire asombrado, dijo:

--Si me fuera permitido dar una opinion, me atreveria á decir que este pulso está regular, y hasta un poco débil, como el de un hombre que no ha comido. La crísis ha pasado, si la ha habido, que no me atrevo á afirmarlo. Creo, añadió desarrugando la frente, que un pollo frio y algunos vasos de vino de Burdeos están naturalmente indicados; es una prescripcion que, enfermo ó nó, el señor doctor puede aceptar.

Las dos mujeres salieron para ordenar mi comida; Rose, se levantó y acercándoseme con el dedo en la boca:

--Confesad, doctor, dijo en voz baja, que en adelante no volvereis á jugar con el láudano?

--_Tu quoque?_ esclamé. Querido señor, el opio nada tiene que hacer en este negocio; he sido magnetizado.

--Bueno, dijo: con que vos, doctor, un hombre de fondo, un espíritu fuerte, creeis en el magnetismo, cuando la Academia de medicina le rehusa el derecho de ciudad?

--Ha sido necesario ceder á la evidencia, repuse suspirando. Teneis en mi una víctima de esa deplorable invencion. Me han transportado á América.

Rose retrocedió pálido y confuso.

--Sí, repuse, me han transportado á América, con mi casa y mi calle. Allí os he visto á vos, Sr. Rose; erais allí un patriota, un bravo, un capitan de zuavos.

--Callaos, en nombre del cielo, dijo, callaos, si otro que yo os oyera!

--Dudais de mi palabra? le dije, necesitais pruebas?

--No quiera Dios que os dé un desmentido, esclamó el boticario; hemos servido juntos en las filas de la Guardia Nacional, os tengo por un caballero y sentiria mucho que os sucediera nada desagradable. Escuchad el consejo que me dicta el respeto que os tengo. Sed prudente; sed discreto. Habeis estado en América, sea; vos lo decis, yo lo creo; pero en vuestra casa todos creen lo contrario. Sois el único de vuestra opinion. Por consiguiente, ya sabeis el proverbio:

_Quand tout le monde a tort, tout le monde a raison_[64].

Si os obstinais en hablar de ese viaje magnético, temo que los incrédulos se venguen á su modo, y que os hagan pasar por un hombre que....

Se detuvo, puso uno de sus dedos sobre mi frente, agachó la cabeza y me miró con aire compasivo.

--Cómo! esclamé, os imajinais por ventura que tengo trastornado el cérebro?

--Sin duda que no; no sé á qué atenerme, pero quién puede detener á las imajinaciones demasiado vivas? vuestra aventura es tan estraordinaria, que seria prudente que solo vos guardárais el secreto de ella.

--Señor Rose, repuse, sentaos y hablemos, vereis que jamás he tenido la cabeza mas sana. Cómo están vuestros nueve hijos?

--Muy bien, contestóme, os doy las gracias; todos están ya colocados inclusive mi Benjamin.

--Alfredo, no es verdad?

--Sí, dijo sonriendo, un lindo mozo de veinticuatro años. Qué gusto para un padre haber colocado al fin á toda su familia, y haberla colocado bien.

--Qué hacen todos vuestros hijos? Contadme eso, vecino; hablad incrédulo; aseguraos que tengo el corazon y el espíritu mas jóvenes que á los veinte años.

--El mayor, dijo, es el único que me ha dado algunos pesares. Era el retrato de su difunta madre. Porfiado, ambicioso, con ideas siempre suyas, y no queriendo cederle á nadie me tenia siempre inquieto. Así, he me visto reducido á hacerlo entrar en la escuela politécnica, de donde ha salido siendo uno de los primeros. Podia tener un hermoso puesto en los tabacos, pero es un caballo arisco que no hay como enfrenar. El caballero ha corrido el mundo con invenciones en su bolsillo; es hoy dia director de una usina y pretende que hace fortuna. Dios lo quiera! Pero la industria es un oficio pérfido; solo despues de haberse uno muerto puede tener la seguridad de haber salido bien. Ese niño me inquieta siempre.

--Mis otros hijos, educados cuidadosamente por mí, no me han dado sino alegrias. Han recibido una educacion literaria, y gracias á protecciones hábilmente empleadas, á todos les he colocado en la administracion. Tengo dos en las aduanas, dos en los derechos reunidos; otros dos son receptores, el octavo está en las aguas y bosques; en cuanto á mi Alfredo, hélo secretario particular de un prefecto,--en el camino de las grandezas. Antes de dos años si le consigo algunas recomendaciones, será consejero de prefectura con mil ochocientos francos de sueldo.

--Cómo! esclamé, vos, Rose, un patriota habeis hecho de vuestros hijos dependientes, cuando podiais abrirles una carrera independiente y hacerlos ciudadanos?

--Doctor, repuso el boticario, he seguido el consejo y el ejemplo de las jentes de talento. Si el servicio del Estado no es brillante, es seguro. No se tienen inquietudes ni fatigas, si hay alguna fortunita, se trastea en la bolsa para mejorarla; procura uno casarse con una mujer que tenga un lindo dote, y padres que no sean muy jóvenes; vive uno tranquilamente y envejece á su gusto con una buena jubilacioncita, en el fondo de alguna ciudad de provincia.

--Es la vida de una ostra.

--Las ostras son dichosas, repuse, es lo principal. ¿Sed fabricante, comerciante, armador? La revolucion os arruina el dia menos pensado; despues, es un gobierno fuerte que hace la guerra sin preveníroslo. ¿Y los impuestos que aumentan todos los dias, y las crísis, y la competencia? Todo se conjura contra el hombre que trabaja. Nuestra sociedad no es hecha para él. Loco es aquel que corre semejantes aventuras, cuando nada hay tan cómodo como vivir tranquilo y honrado sirviendo á su pais. ¡La Administracion es la Francia! Que los republicanos y los delicados ladren cuanto quieran, por mi parte prefiero que mis hijos estén con los que comen, no con los que son comidos.

--Y para llegar ahí habeis necesitado solicitar, estirar la mano.

--Sí, dijo riendo, se han hecho algunas bajezas. He caminado á derecha é izquierda, he implorado, he adulado, pero me he salido con la mia que es lo esencial. No abrais esos ojazos, doctor: he hecho lo que hace todo el mundo. No por eso soy menos patriota, y dejo de estar en la oposicion; estoy en el centro izquierdo, con toda la Francia, y me glorío de ello, sea dicho entre nos, pero cuando el porvenir de mis hijos está de por medio, pongo en el bolsillo mis opiniones, las cuales no me sirven de nada.

--Para encontrarlas en un dia de revolucion, ¿no es verdad? le dije con ironia.

--Sin duda, repuso con tono plácido. Se sirve al Gobierno, pero no se pierde uno por él. Una de las grandes ventajas de la administracion consiste en que las revoluciones le aprovechan; cada quince años hay una crísis, ¡dichoso aquel que se encuentra en situacion de poder atrapar el buen número!

--Sois un sábio, señor Rose.

--Un hombre de sentido simplemente, repuso con orgullosa modestia. Ved por ejemplo á mi Alfredo; ha hecho estudios admirables; ha obtenido el primer premio de discurso francés en el gran concurso. Si le hubiera escuchado se habria hecho abogado, bella carrera, pero larga, difícil, laboriosa y que ahora no conduce á nada. Al paso que con su injenio, su buen porte y un poco de manejo, ese muchacho no necesita sino dos ó tres buenas oportunidades para ser subprefecto en diez años, prefecto en quince y quizá senador.

--Ay, Dios! esclamé, oís ese ruido en la calle?

Rose corrió á la ventana.

--No es nada, dijo, es un caballo que ha rodado y un hombre que ha salido por las orejas.

--Estoy perdido: ¡tendré que pagar otros quinientos dollars!

--¿Qué teneis, querido señor? dijo el boticario, confuso con mi miedo. Un desconocido que se rompe el pescuezo en la calle, es cosa que se vé todos los dias, ¿qué mal puede haceros? es una desgracia de que no puede acusarse á nadie.

--Eso atañe, al menos, á vuestra administracion, le dije, volviendo en mí y pensando que ya no estaba en América.

--La administracion nunca es responsable, repuso Rose con tono chusco. Ella nos cuida á todos á nuestro riesgo y peligros.

--Hay un inspector.

--Sin duda, dijo, pero el inspector depende del prefecto, y este depende del gobierno, el cual no depende sino de Dios y de su espada. Como decía mi difunto padre hay tres casos fortuitos y sin remedio: naufrajio, incendio y hechos del príncipe. Hoy dia contra el naufrajio y el incendio hay el seguro; contra los hechos del príncipe nos resta lo que tenian nuestros abuelos,--la resignacion.

--Las cosas no andan así en................

Rose me miró, yo me mordí los lábios y callé.

--Por lo demas, continuó el boticario, pronto os vereis libre de ese detestable empedrado, que van diez años, hace la desesperacion de los cocheros; el mes que viene os espropian.

--¿Qué me espropian?

--¿No lo sabeis? repuso; la informacion está abierta hace ocho dias.

--Me opongo, reclamo.

--¡Reclamar! ¿y para qué? dijo con aire paterno. Querido vecino, conoceis sin duda la historia de la olla de barro y de la olla de hierro. No os encapricheis, es inútil y algunas veces perjudicial; tratad con la administracion, os dará por vuestra casa un precio razonable, ¿qué mas quereis?

--No quiero que me echen de la casa de mis padres; pero tengo los diarios, escribiré.

--¡Los diarios! dijo el boticario. Ojalá los suprimieran á todos. De qué nos sirven hace diez años. En otro tiempo, bajo el último reinado, le decian las verdades á los ministros,--era divertido; hoy dia no sé que enfermedad les han inoculado, están mudos como peces. No son sino avisos. Tengo acaso necesidad de pagar cincuenta francos por año porque me manden á domicilio el prospecto de todos los negocios sucios, cuyas perfecciones se decantan á cinco sueldos la línea. Si yo fuera gobierno, obligaria á los diarios á decir la verdad; de lo contrario, me basta el _Monitor_, y todavia!

--Y sois liberal?

--Liberal y francmason, hasta la muerte, dijo, levantando la mano con grotesca seriedad. Hace cuarenta años que mi _Credo_ no ha variado jota. Viva nuestra inmortal revolucion y el Imperio que ha llevado hasta Moscow los gloriosos principios de 89! Abajo los aristócratas y los emigrados. Abajo los Jesuitas, que son la causa de todas nuestras miserias! No soy enemigo de la relijion, el pueblo la necesita, pero quiero curas patriotas y honrados. Odio á la pérfida Albion, maldigo al autócrata Ruso, quiero que la Francia liberte á todos los oprimidos: Polacos, Húngaros, Valacos, Servios, Maronitas, Italianos y Negros. Por lo demas, amo la paz y las artes; nunca tendremos de sobra para nuestra primera escena nacional, la comedia francesa, donde he aplaudido al señor Talma, en _Sila_:

_J’ai gouverné sans peur et j’abdique sans crainte._

Quiero un gobierno fuerte y patriótico, que escuche á los hombres honrados y haga callar á los abogados y á los charlatanes. Quiero un ejército que le haga frente á la Europa, una marina que desafie á la Inglaterra, canales y ferro-carriles por todas partes; quiero que el gobierno le dé trabajo y pan al obrero. Quiero ademas un pequeño presupuesto y pocos impuestos. No entiendo que el Estado engorde con los sudores del pueblo. Hé ahí mi símbolo; es el de todo buen Francés.

--Y la libertad, le pregunté, no la veo en vuestro programa?

--Os equivocais, repuso. No os he dicho que queria un gobierno enérjico, una administracion que pulverice todas las resistencias individuales? El dia en que el Poder, comprendiendo sus verdaderos intereses, os obligue á ser libres, tendremos libertad y se la impondremos al universo.

--Qué entendeis por la libertad? le pregunté.

--Vecino, dijo, hé ahí una pregunta, que prueba lo sana que teneis la cabeza. Hay una cáfila de necios que gritan libertad! libertad! sin ver el lazo que les tienden el fanatismo y la aristocracia. No quiero esas falsas libertades que solo son el privilejio de la riqueza y de la supersticion. Patriota, amigo de las luces, no quiero una libertad relijiosa provechosa solo para los sándios. Para que el pueblo sea libre es menester embozalar á los frailes. No quiero una libertad de asociacion, únicamente buena para los capuchinos; no quiero que en nombre de la caridad se corrompa al pobre con limosnas políticas, dándole un pan envenenado. No quiero una libertad de educacion que entregue nuestros hijos á los Jesuitas. No quiero una libertad departamental que reconstruya el federalismo provincial; no quiero una libertad comunal que resucite el despotismo del señor y del cura, haciéndonos siervos y villanos. Mejor es la mano del Estado que esos derechos anárquicos, de que abusarian las jentes inquietas, los aristócratas, los fanáticos y los gazmoños. Estoy con el pueblo, viva la igualdad!

Miraba con terror á aquel honrado Beociense, y decia para mis adentros,--pensar que antes de mi viaje á América yo estaba en ese grado de inbecilidad! Yo tambien ponia mi patriotismo en la igualdad de la servidumbre; yo tambien hacia consistir la libertad pública en la destruccion de todas las libertades particulares, como si despues de ese anonadamiento quedára otra cosa que el brutal mecanismo de la administracion. Jonatás! Jonatás! maldito brujo! Porqué me has hecho estranjero en mi pais, porque no trasportas á América á todos los franceses, por ocho dias siquiera?

--Y bien, vecino, dijo el boticario, sorprendido de mi silencio, qué pensais de mis principios? No soy un hombre del siglo? No soy un patriota y un Francés en toda regla? No son esas las doctrinas que vos habeis defendido siempre?

--Es verdad, repuse, pero al hacer la enumeracion de todas las libertades de que tenemos miedo, no veo bien las que nos quedan.

--Bah, me dijo, vos os chanceais. Y la libertad de la panaderia, es acaso nada? Y el sufrajio universal, no es todo? En la hora del escrutinio es cuando se reconoce á los hombres que no adulan jamás al poder. Hace cuarenta años puedo hacerme esa justicia, que nunca he votado sino con la oposicion. Pueden hacerme mil pedazos,--no cederé.

--Mientras tanto, os dejais espropiar sin decir una palabra.

--Entre nos, la cosa me fastidia, repuso el boticario. Pero qué quereis, no soy sino un individuo. Como ciudadano desafio á los tiranos; como simple potentado no he de ir á ponerme mal con la administracion, de la que tengo necesidad todos los dias. Por otra parte, los principios están ahí; el interés privado debe ceder ante el interés jeneral. Pensad que si la conservarán, vuestra casa desbordaria dos centimetros al menos de la alineacion jeneral. Quién sufriria semejante defecto de simetría? Nosotros los Parisienses hemos nacido con el compás en los ojos. No habria pasante á quien no lo chocára esa enormidad y que no gritára hasta desgañitarse contra nuestra edilidad.

--Sí, dije, los derechos no son nada, la linea recta es todo.

--Señor, dijo el boticario, no hableis mal de la linea recta; me dariais mala idea de vuestras luces y de vuestro gusto.

--Mucho debeis amar el camino mas corto de un punto á otro, puesto que le haceis sin pesar, el sacrificio de vuestra industria.

--Si lo amo? dijo; escuchadme, vecino, os haré una confidencia, que estoy seguro os encantará, como ya ha encantado á todos mis amigos.

Soy todo orejas, como hombre que lo que mas desea es convertirse.