Part 20
Despues de la poesía, vino la elocuencia. Un niño, de cabellos relucientes, se levantó, puso los piés en escuadra, y con voz animada entonó un himno á la gloria de la América:
“Amigos y conciudadanos!
“Estais apenas en la infancia, y sin embargo sois ya el primer pueblo del mundo. Cuál es el héroe del último siglo, el mas grande hombre, el mejor, el amigo de su pais y de la libertad? El universo contesta: Jorje Washington, un Americano. Cuál era el primer físico? Franklin, un Americano. El mas gran teólogo? Jonatan Edwards, un Americano. Cuál es el mas grande jurisconsulto del siglo XIX? El juez Story, un Americano. Cuáles son los primeros oradores de nuestra edad? Claye, Webster, Everett, Sumner, todos ellos Americanos. Cuáles son los primeros historiadores? Prescott, Bancroft, Lothrop-Motley, Ticknor, Americanos. Cuál es el primer naturalista? Jacobo Audubon, un Americano. Cuáles son los mas grandes moralistas y los verdaderos sábios de nuestros tiempos? Channing, Emerson, Parker, todos ellos Americanos. Cuál es el primer novelista de nuestros tiempos? Mme. Beecher Stowe,[58] una Americana. Cuáles son los grandes inventores? Whitney, que ha imajinado la máquina para pelar el algodon; Fulton que ha creado el buque á vapor; Morse, que ha hallado el telégrafo eléctrico; Maury, que ha trazado en los mares rutas infalibles, todos ellos Americanos.
“Valor pues, hijos de los Puritanos; el porvenir es vuestro. Antes de que el siglo acabe sereis cien millones de hombres; qué será frente á vosotros la Europa, subyugada y dividida? La naturaleza os ha dado los mayores lagos, los mayores rios, los mas hermosos puertos; teneis tierras fecundas, y en cantidad inagotable. Vuestras minas de carbon son tan grandes como la Francia. La industria os ha dado mas ferro-carriles, mas buques á vapor, mas buques de todas clases que todos vuestros rivales juntos. Vuestros hombres son los mas bravos, los mas atrevidos, los mas injeniosos del universo; vuestras mujeres las mas bellas de la creacion. Valor pues, raza bendita del cielo! el mundo es tuyo, porque eres á la vez el pueblo mas cristiano y mas libre.”
--Querido amigo, dije á Humbug, entre todas las virtudes que enseñais á vuestros santitos, contais la modestia?
--Un poco de indulgencia, doctor, repuso con tono embarazado. Cuando se educan niños, es bueno forzar un poco el patriotismo. Es el medio de que mas tarde no se enseñorée el egoismo. Confieso, por lo demas, que la vanidad es nuestro lado flaco; nuestro prodijioso crecimiento nos enloquece y nos hace cometer mas de una falta. Pero que nos arroje la primera piedra aquel que no haya pecado. John Bull está á convencido de que, _par droit de naissance_,[59] es el rey de los mares; y estoy seguro que en Francia se repite en todos los tonos que los Franceses son el primer pueblo de la tierra, y que el mundo no tiene ojos sino para admirarlo.
--Qué diferencia, esclamé. La Francia es la Francia!
--La América es la América, repuso riendo. Todos los cristianos están imbuidos de la misma locura; no hay disparate á que no pueda ser arrastrado un pueblo, gritándole con aplomo “Ingleses robad esa provincia, sois Ingleses! Franceses, batíos á troche y moche, sois Franceses! Americanos, sed insolentes con la Europa, sois Americanos?” El orgullo nacional, es la bandera roja que se tiende al toro cuando se quiere hacerle caer en un lazo agachando la cabeza. Amigo querido, demos á manos llenas la educacion, difundamos por todas partes la luz si no queremos que el pueblo sea el eterno juguete de los charlatanes que se burlan de sus mas nobles pasiones y de sus mejores instintos.
En aquel momento sonó el reloj; era la hora del recreo. Corrí al patio, y hallé al amable Naaman, convertido en capitan de una nueva milicia. Tres ó cuatrocientos niños estaban formados en columna, las mujeres de un lado y los varones de otro. Abrieron una puerta vidriera que daba al patio, colocaron en ella un piano, y hé aquí á Susana y á Dinah, tocando á cuatro manos la marcha de Oberon. Al punto se desplegan las columnas en órden; se salta, se corre y se hace alto cadenciosamente; la cadena se hace y se deshace con una precision admirable. Era aquello una mezcla de danza y de jimnástica que encantaba los ojos, algo de noble, de atrevido y de gracioso á la vez. No era así como los Griegos ejercitaban á la juventud? Por primera vez comprendí como era que Platon colocaba la danza y la música entre los primeros deberes del ciudadano. Yo estaba deleitado, y á no haber sido un resto de vergüenza y mi barba griz, de buena gana hubiera tomado parte en aquel _ballet_[60] militar. Por qué no habia de haber danzado con los niños? No lo hacian los espartanos?
--Mi jóven amigo, dije á Naaman, esto es encantador; mi corazon se regocija ante este espectáculo, pero sacadme de una duda. Dónde estoy? Dónde me han conducido? Esta casa elegante, estas mesas de un lujo esquisito, estos hermosos libros forrados en badana, todo esto, pertenece sin duda á una escuela particular, donde no se reciben sino niños ricos. Quién es el director de este bello establecimiento?
--Siempre festivo doctor, dijo el bello pastor. Estais en la escuela primaria de la duodécima circunscripcion, barrio tercero. Tenemos ochenta casas de esta especie en nuestra buena ciudad de Paris y no es bastante.
--Muy bien; pero cómo puede el hijo del pobre proveer á los gastos de esta enseñanza costosa?
--De dónde venís? esclamó Naaman. No sabeis que la educacion es gratuita? No habeis nunca mirado vuestra cuota de impuestos? Nosotros somos los hijos de esos puritanos que, á penas desembarcaron en la árida roca de Plymouth, abrieron escuelas para combatir á Satanás,--que es el verdadero nombre de la ignorancia. Lo que hay de diabólico en nosotros,--es la bestia; lo que hay de divino, es el espíritu. La escuela es nuestro amor y nuestra debilidad; asi ella es el mas grueso capítulo de nuestro presupuesto, como la guerra ó la marina es el de los pueblos civilizados. Aquí, en nuestro Massachussetts el gasto de la escuela es poco mas ó menos la cuarta parte de nuestros gastos generales; en el pequeño Estado de Maine, monta á la tercera parte, lo que seria para la Francia un presupuesto de cuatrocientos á quinientos millones.
--Gran Dios! dije para mis adentros, si estas jentes no son locos, qué es lo que somos nosotros.--Decidme, señor Naaman, quien vota esos fondos, y como son administradas vuestras escuelas.
--El voto es comunal, respondió; es el conjunto de los habitantes el que fija la cifra del impuesto; es quizá el único gasto que aumenta todos los dias con aplauso de los que lo pagan. Sobre este punto no hay partido en América; todas las comuniones, todas las opiniones rivalizan para hacer de nuestras escuelas el establecimiento mas rico y mejor dotado del pais.
--Y naturalmente, dije, cada comunion quiere dominar en él.
--No, repuso; esto os asombrará quizá, ninguna influencia de Iglesia entra en estos muros. Cada leccion comienza por la Oracion Dominical y una lectura de la Biblia, pero sin ser acompañada de ninguna refleccion. La enseñanza es cristiana por el espíritu de nuestros maestros; no es católica ni protestante. Damos aquí á nuestros hijos el medio de buscar la verdad, les armamos contra la ignorancia, les preparamos á combatir el buen combate; en cuanto á la enseñanza dogmática, está reservada á la iglesia y á las escuelas del domingo. Así es como evitamos el perturbar esas jóvenes conciencias, y no obstante como habituamos á nuestros hijos á considerarse todos como hermanos en Jesu-Cristo.
--Bien; pero quién os responde de los maestros?
--El Directorio de educacion, dijo Naaman; directorio elejido libremente por todos los ciudadanos del mismo comun, y que tiene sobre él el directorio central del Estado. Esas asambleas reunen los hombres mas considerables del pais. Es una gloria ser llamado á vijilar la educacion; nuestros mejores ciudadanos, los Horacio Mann, los Bernard, han rehusado un puesto en el Senado Federal por permanecer de directores de nuestras escuelas en Massachussetts y en Connecticut.
--Es posible? esclamé.
--Qué tiene de sorprendente? repuso el jóven ministro. Creeis que en un pais como el nuestro se anda preguntando qué es lo que hace la grandeza de las naciones? En una República, en un Estado donde el pueblo es soberano, es menester vencer la ignorancia ó ser muerto por ella; no hay término medio: Para educar á un pueblo que cree en la verdad y que la ama, nuestros políticos no han hallado sino un medio,--ilustrarlo: esto es, hacer del mas insignificante ciudadano un hombre bastante instruido para que no lo engañen, bastante prudente para gobernarse á sí mismo.
--Y habeis resuelto el problema?
--Sí, dijo, el problema fué resuelto el dia en que tuvimos escuelas tan bien atendidas y tan completamente gratuitas, que ningun padre se atrevió ya á rehusarnos sus hijos. Cuando el comun dá todo, hasta los libros, el papel y las plumas, quién sería bastante loco ó suficiente culpable para no aprovecharse de la munificencia nacional, y condenar sus hijos á la ignorancia y la miseria?
--Supongo, le dije, que la educacion es obligatoria. Despues de semejantes sacrificios, el Estado tiene derecho de obligar á las jentes á instruirse. El no puede sufrir brutos en la sociedad.
--Hemos rechazado toda coaccion, repuso el jóven pastor. No porque háyamos dudado de nuestro derecho; pero hemos tenido miedo de adherir á un beneficio una idea odiosa. La multa y la prision harian odiar nuestras escuelas; dejamos esas durezas para los gobiernos que se curan mas de la obediencia que del amor de los ciudadanos. Hacer á la educacion universal es toda la cuestion, y hemos llegado á ese fin exelente sin tocar la libertad. Nuestras escuelas, abiertas á todos los niños hasta de edad de diez y seis años, seducen y atraen aun á los mas rebeldes. En la Nueva Inglaterra, no hallareis un solo ciudadano, nacido en el pais, que no haya recibido instruccion de nosotros.
--Bravo! esclamé, hé ahí una obra que hace el mayor honor á los cristianos de América.
--La política gana con ello, no menos que la religion, repuso; hemos llegado á un resultado que debe sorprender á los modernos. Mediante la perfeccion de nuestras escuelas, hemos restablecido, sin saberlo, la educacion comun, tan querida de los antiguos. Nuestra enseñanza es bastante elevada para preparar al hijo del rico á entrar al colejio; es bastante simple para no asustar al hijo del pobre, bastante sustancial para ponerle en estado de ocupar su puesto en la sociedad, sin que nunca tenga que ruborizarse de su ignorancia. Aquí es donde toda la juventud (comprended bien esta palabra; toda la juventud), viene á aprender la lectura, la escritura, la aritmética, la jeometria y el dibujo. Añadimos un poco de jeografia, de historia, de física y de química; y no tememos hablarles de moral y de política á esos niños. Esplicámosle la constitucion de su pais; son ciudadanos. Gracias á la riqueza y solidez de nuestras lecciones, el hijo del millonario viene á instruirse al lado del peon irlandés. Apercibo allí á una de las hijas de Green, jugando con la hija de una pobre vendedora de frutas de la calle de los Nogales. Aquí es donde reina la verdadera igualdad, la igualdad en todo, la igualdad que eleva; aquí se fomenta el patriotismo y el amor á la libertad. Formar una jeneracion, es formar un pueblo; hé ahí nuestra divisa, hé ahí lo que hace de nuestras escuelas un lugar querido de todos y sagrado para todos.
--Eso es bueno y grande, esclamé; pero perdonadme un escrúpulo final. Instruyendo así á los hijos del pueblo, no temeis inspirarles á la vez una ambicion perversa? No os parece que echais en la sociedad hombres descontentos de su suerte,--llenos de deseos y necesidades superiores, á su condicion?
--Esa es una vieja objecion, que desde hace mucho tiempo no tiene curso en América. Vuestros temores serian fundados, si nosotros abandonáramos á nuestros hijos desde que salen de la escuela; pero pensad que nuestra sociedad y nuestro gobierno son dos escuelas que no se cierran jamás. Y, ademas, todos los hombres ilustrados que tenemos se hacen un honor y un placer en instruir á los ciudadanos. Ved sino nuestras paredes cubiertas de avisos; no hay noche en que no haya alguna lectura pública, literaria, científica. La luz nos innunda; es menester ser dos veces ciego para quedarse ignorante. Al lado de esa enseñanza libre, colocad la Iglesia, siempre activa, y esas mil reuniones en las que ricos y pobres se encuentran asociados sin cesar, para obras de propaganda y de caridad. Agregad la vida política que remueve todas las ideas y fecundiza todas las almas. Finalmente, y en primera línea, poned la prensa; es decir, la palabra pública que no se agota nunca. No hay una Iglesia, una asociacion, un cuerpo, un individuo que no tenga su diario; hasta los niños tienen el suyo: el _Child’s Paper_, fundado hace cuatro años, tiene ya cien mil lectores, el mas viejo de los cuales no cuenta quince años. Quién puede resistir á esa marea que siempre sube? Quién puede escapar á esa oleada de civilizacion que empuja á la humanidad hácia un porvenir mejor?
--Así, sois un pueblo de sábios?
--No, dijo sonriendo. La erudicion como las artes en hija de las naciones viejas, todavia no la poseemos. Nosotros somos unos advenedizos; necesitamos un siglo quizá antes de tener esos ócios que permiten una cultura desinteresada; pero me atreveré á decirlo,--somos el pueblo menos ignorante que haya visto el sol. Mirad á nuestro alrededor; aquí no hay paisanos, sino arrendatarios; aquí no hay jornaleros, sino artesanos. Al salir de su herreria, el obrero se pone un frac negro, y vá á escuchar una lectura sobre Washington ó sobre los descubrimientos de Livingston, en Africa. Su vecino, el joyero, irá á trabajar en una escuela de dibujo, ó seguirá un curso de química. Apesar de sus manos ennegrecidas, ambos son unos caballeros; aman los placeres del espíritu tanto como vos podeis amarlos. Id al Oeste, entrad en alguna _log house_[61] perdida en el fondo de los bosques; sereis recibido por la mujer del azadonero; la vereis amasando el pan ó batiendo la manteca. Esperad la noche, esa misma mujer se pondrá al piano, hablará con vos de política, de moral, y quizá de metafisica. La lectura del _Cocinero Perfecto_ no le impide el apreciar á Emerson, ni el saborear á Channing. No damos á todos la riqueza material, aunque el bienestar sea mas fácil de conquistar en América que en todo otro pais; pero á todos les ofrecemos esa riqueza que no teme el orin, ni á los ladrones; ponemos al alcance del pobre esos goces intelectuales que, en toda edad y condicion, son una fuerza y un consuelo. Haciendo eso, creemos cumplir con la palabra divina, llevar los hombres á Dios, cultivando su espíritu y su corazon.
Yo miraba aquel hombre con una emocion de que no era dueño; jamás he visto brillar en una cara humana tanto entusiasmo y tanta fé. Para Naaman la ciencia y la relijion eran un doble nombre de la verdad; ambas llenaban su corazon; á entrambas las amaba con el mismo amor.
--Amigo, esclamé, me habeis vencido. Héme aquí como San Pablo en el camino de Damasco, herido por la luz y escuchando la voz que me grita: “Es duro dar coces contra el aguijon.” Me rindo, mis ojos se abren; veo y admiro la grandeza de este pais. Qué vida intensa! El corazon, el pensamiento, todo está en accion; nada de inconvenientes, nada de barreras! el hombre es dueño de su destino; tiene la felicidad y la virtud en sus manos. Aquí no hay mentira oficial,--la verdad es quien reina; nada de preocupaciones, ni de trabas, en todas partes resuena el grito de un pueblo embriagado de esperanza: Adelante! adelante hácia un mundo donde la miseria será curada, donde la fuerza será abatida; donde el espíritu reinará. Estoy orgulloso de ser ciudadano de este hermoso pais. Viva la libertad! vivan los Estados Unidos! viva la gran república!
Mi voz fué ahogada por un redoble de tambor seguido de timbales retumbantes. Dos zuavos entraron en la escuela; el uno corrió hácia Susana y le tomó cariñosamente las manos,--Alfredo; el otro me saltó al cuello,--era mi Enrique.
Padre, me dijo, los del Sud han pasado el Potomac; Washington está amenazado; movilizan nuestras milicias, llaman á los voluntarios; esta noche partimos. Venid pronto,--mi madre os espera.
CAPITULO XXVIII.
La partida de los voluntarios.
Seguido de mis hijos, salí de aquella apacible morada, donde al fin habia sorprendido el secreto de la grandeza norteamericana. La ciudad habia cambiado de aspecto; las casas estaban embanderadas. En cada ventana, el estandarte federal, ajitado por el viento, desplegaba sus fajas rojas y azules y sus treinta y cuatro estrellas como una protesta muda en favor de la union. Acá y allá, un inmenso cartelon anunciaba el desastre del ejército federal, y llamaba á los ciudadanos á socorrer la patria en peligro. Batallones armados marchaban por las calles al son de clarines y tambores. Las Iglesias estaban llenas de voluntarios que invocaban el Dios de sus padres antes de marchar al combate. En todas partes, los cantos guerreros se mezclaban á los himnos relijiosos; padres, madres y hermanos acompañaban á los jóvenes milicianos animándoles. Tomábanse las manos, lloraban y se abrazaban, alzando los brazos al cielo. Era aquello el fervor de una cruzada!
Llegué á mi casa muy ajitado. Como buen parisiense, he vivido y crecido en medio de los tumultos y de la guerra civil; son recuerdos que me entristecian, pero allí, en aquel entusiasmo que empujaba á todo un pueblo á las armas, habia algo de tan noble y de tan grande, que me sentí exaltado.
Ni los peligros que Enrique y Alfredo afrontaban me daban miedo; una voz secreta me impelia á partir con ellos. No tenia yo tambien, un hogar y una familia que defender? La América, donde poseía esos bienes tan queridos, no era mi patria?
A mi puerta hallé á todo un rejimiento de zuavos formado de los voluntarios del barrio. El viejo coronel Saint-John habia sido izado sobre un caballo blanco, y el bravo veterano olvidaba sus reumatismos y sus heridas para guiar á los jóvenes al combate. Al lado del coronel, Rose, vestido de capitan, marchaba acompañado de sus ocho hijos y de cuatro hermosos jóvenes hijos de Green. Fox, convertido en teniente, estaba en medio de un grupo; peroraba, jesticulaba, y no respiraba sino sangre y carniceria. Su cuello postizo y su tabaquera no se armonizaban muy bien con su uniforme, y en cualquiera otra ocasion me hubieran hecho reir; pero hablaba con tanto fuego, que le hallé el aire marcial. Habia en él otra cosa que un soldado de profesion; era un ciudadano decidido á morir por su pais.
--Vecino, me dijo Rose, contamos con vos; toca á los viejos dar el ejemplo. Necesitamos un cirujano para nuestro rejimiento de zuavos, y os han nombrado por unanimidad; solo nos falta vuestro consentimiento.
--Lo teneis, esclamé; sí, mis buenos amigos, parto con vosotros; allí estaremos para velar por nuestros hijos, y cuando necesario sea, haremos fuego con ellos. Viva la Union! Viva la Patria!
Este grito fué repetido en todas las filas, y á él se mezcló el de ¡viva Daniel! ¡viva el mayor! Las aclamaciones de aquella brava juventud, me hicieron cosquillas hasta en el fondo del corazon; entré en mi casa la frente altiva y la miraba brillante. Una vida nueva se despertaba en mi alma,--yo era feliz!
Jenny, anegada en lágrimas, se echó en mis brazos sin intentar siquiera conmover mi coraje. Parecíale muy natural que el padre acompañara al hijo, y que solo las mujeres se quedáran en la casa. Susana estaba no menos resuelta; veíase en su palidez que se hallaba profundamente conmovida; sus labios rogaban y sus ojos se alzaban al cielo; pero no dijo una palabra que pudiera turbar á Alfredo, pareciendo ocupada unicamente en preparar nuestra partida. Mujeres queridas! ellas tambien comprendian el deber y amaban la patria.
Algunas horas bastaron para procurarme un uniforme de cirujano. Rose me regaló una balija exelente; compré revolvers, un sable, un caballo, y á las tres estuve pronto; debiamos partir á la noche.
Hasta entonces no habia reflexionado, la furia Francesa me habia arrebatado. Pero en el momento de dejar aquella casa, en la que tantos dias felices y tan bien aprovechados habia pasado,--esperimenté no sé que tristeza; parecíame que una vez partido no volveria. Y si volvia, volverian conmigo mi Enrique, y aquel Alfredo al que ya amaba como á un hijo?
Procuraba deshechar aquellos tristes pensamientos, que, siempre rechazados, me asaltaban sin cesar, cuando el viejo coronel entró en mi casa. Su vista me hizo bien; era uno de esos bravos soldados, pródigos de su sangre, aváros de la ajena; no podiamos tener un jefe mas honorable ni mas seguro.
--Coronel, le dije despues de haber recibido sus felicitaciones,--hénos solos, puedo hablaros sin rebozo. Aquí para entre nosotros, decidme, qué caso haceis de estas nuevas levas? Bella cosa es el entusiasmo, pero qué es al lado del ejercicio y de la disciplina? Apesar del valor de esos buenos jóvenes, esos batallones se desharán al primer fuego.
--Paciencia, mayor, repuso el veterano. Yo soy menos severo que vos, y sin embargo he hecho la guerra toda mi vida. Dos meses, detras de los fuertes de Washington cambiarán esos voluntarios en soldados. La disciplina es mucho sin duda, pero es un oficio al alcance del mas ignorante. Lo que no se dá, es el corazon, la fé, el amor á la patria. Ahí es donde está el resorte supremo por mas que digan los que arrastran sable. Para manejar la bayoneta es menester un brazo vigoroso y hábil; pero el alma es la que hace la fuerza del brazo. Algunos años de guerra y de sufrimiento bastan para hacer la educacion de un pueblo y poner á los dos enemigos en el mismo punto. Entonces queda la enerjía moral; ella es la que tiene la última palabra; y, es por esto que los mejores ejércitos son los que se componen de ciudadanos.
--Perdonadme, coronel, le dije, creia que nada valia lo que los viejos soldados.
--Error; repuso Saint John. En una revista ó en una parada, es posible; en la guerra es distinto. Buenos cuadros, soldados jóvenes y jenerales viejos,--hé ahí lo que se necesita. Para marchar sin quejarse, para obedecer sin murmurar, para desafiar el peligro, alta la cabeza para marchar á la muerte sonriendo,--no hay sino la juventud. Cuanto mas intelijente, piadosa y patriótica es esa juventud, tanto mas se puede contar con ella. En la vieja Europa se tienen otras ideas; allí reina todavia la preocupacion y la adoracion de la fuerza bruta. Aquí, la civilizacion nos ha ilustrado. La victoria pertenecerá siempre al jeneral que, en el momento decisivo, eche sobre un punto dado mayor número de batallones. Pero en condiciones iguales, un soldado jóven y patriota valdrá mas que un mercenario envejecido en el oficio. Ved la guerra de Crimea; ciertamente que los veteranos rusos é ingleses se han batido bien; pero á quien pertenece la corona? A los conscriptos franceses, esos heroicos hijos arrancados al arado por un dia, paisanos la víspera, ciudadanos al dia siguiente! Hé ahí nuestro modelo, hé ahí tambien lo que haremos de nuestros jóvenes americanos.
--Pero no teneis jenerales, le dije; vuestro pais es una tierra pacífica que, hasta el presente, ha producido mas agricultores y comerciantes que Césares.