Paris en América

Part 2

Chapter 23,979 wordsPublic domain

Cuando volví en mi, era de dia--Mi hijo cantaba á toda voz el _Miserere_ del _Trovador_; mi hija, discípula de Thalberg, ejecutaba con incomparable _brio_ las variaciones de Sturm sobre un aire variado de Donner. A lo lejos, mi mujer reprendia á la sirvienta, que la respondía á gritos. Nada habia cambiado en mi pacífica morada,--las angustias de la noche eran un vano sueño; libre de esos terrores quiméricos, podia seguir una dulce habitud, soñar despierto, mientras esperaba el almuerzo.

A las siete, segun costumbre, el sirviente entró en mi habitacion y me entregó el diario. Abrió la ventana, y entreabrió las persianas; el resplandor del sol y la vivacidad del aire me hicieron el efecto mas agradable. Volví la cabeza hacia la luz, ¡horror!--los cabellos se me erizaron, ni fuerzas tuve para gritar.

Estaba en mi presencia un negro, riente y alegre, con dientes como teclas de piano, y dos enormes lábios rojos que le cubrian la nariz y la barba. Enteramente vestido de blanco, como si temiera no parecer bastante negro, el animal se me aproximó, sacudiendo su cabeza crespa y revolviendo sus enormes ojos.

--El amo ha dormido bien; dijo cadenciosamente, Zambo está contento.

--Para disipar esta pesadilla cerré los ojos; mi corazon palpitaba á punto de romperme el pecho; cuando me atreví á mirar,--estaba solo. Saltar de la cama, correr á la ventana, tocarme los brazos y la cabeza, fué cosa de un segundo. En frente de mí habia una série de casitas alineadas como casuchos de naipes, tres imprentas, seis diarios, carteles por todas partes, el agua desperdiciada desbordando en las acequias. En la calle jentes atrafagadas, silenciosas, corriendo con las manos en los bolsillos, sin duda para ocultar en ellos, los revolvers; ni ruido, ni gritos, ni paseantes, ni cigarros, ni cafées, y hasta donde alcanzaba mi vista no se veia un solo ajente de policía, un solo jendarme. ¡No habia remedio! estaba en América, desconocido, solo, en un pais sin gobierno, sin leyes, sin ejército, sin policia, en medio de un pueblo salvaje, violento y codicioso. ¡Era hombre perdido!

Mas abandonado, mas desolado que Robinson despues de su naufrajio, me dejé caer sobre un sillon que inmediatamente se puso á hacerme bailar. Levantéme temblando, me buscaba en el espejo, ¡ay! y no me encontraba. Estaba frente á mí un hombre flaco, de frente calva, sembrada de algunos cabellos rojos, con el rostro descolorido, rodeado de flamíjeras patillas que caian hasta los hombros. ¡Hé ahí lo que la malignidad de la suerte hacía con un Parisiense de la Chaussée-d’Antin! Estaba pálido, mis dientes rechinaban y el frío me llegaba á la médula de los huesos. Séamos hombres, esclamé, tengo una familia y el nombre francés que sostener. Es necesario recobrar sobre mis sentidos el imperio que pierdo. La adversidad es la que hace los héroes!

Quise llamar; no habia campanilla: apercibí un boton de cobre que empujé á la ventura. De repente apareció Zambo, como esos diablos que salen de una caja, y sacan la lengua al saludar.

--Fuego, grité, traed me fuego, quiero una gran lumbre en la chimenea.

--¿El amo no tiene fósforos? dijo Zambo, mostrándome los avíos de encender sobre la chimenea. ¿El amo no puede agacharse? agregó con tono irónico. En seguida dando vueltas á un tornillo en la parte inferior de la chimenea y aplicando un fósforo á la leña de fundicion, hizo rutilar mil lenguas de fuego.

--¡Es permitido, ¡buen Dios! esclamó al salir, incomodar al pobre negro que está tomando el sol?

--Pueblo salvaje, murmuré yo, aproximándome al fuego y reanimándome al sentir su calor suave é igual; pueblo salvaje, que no tiene ni palas, ni tenazas, ni fuelles, ni carbon, ni humo; pueblo bárbaro que no conoce siquiera el placer de atizar el fuego. Dar vueltas á un tornillo para encender, estinguir ó arreglar el fuego, es verdaderamente la obra de una raza sin poesía, que no deja nada á lo imprevisto, y que tiene miedo de perder un minuto, porque el tiempo es dinero.

Luego que me hube alentado, pensé en mi tocador. Tenía delante de mí, una mesa de jacaranda atestada de cabezas de cisnes de cobre y de otros adornos de mal gusto; pero adornada de esas porcelanas inglesas que regocijan la vista por la riqueza del colorido y del dibujo. Habia sobre esta mesa, y en profusion, cepillos, esponjas, jabones, vinagres, pomadas, etc., pero ni una gota de agua. Oprimí de nuevo el boton; Zambo entró mas atufado que á la salida.

--Agua caliente y fria para vestirme; pronto, estoy de prisa.

--Esto es demasiado, esclamó Zambo; el amo no puede dar vueltas á la llave del agua fría y á la llave del agua caliente que están en el rincon? Palabra de honor: esto es echarlo á uno; mi no puede continuar sirviendo á un amo que no vé jota. Y salió dándome con la puerta en los hocicos.

--Agua caliente á todas horas y en todas partes, es cosa cómoda; pero es el invento de un pueblo que no piensa mas que en su _confort_; gracias á Dios, nosotros no hemos llegado á este punto. Pasarán un siglo ó dos antes que la noble Francia descienda á este esmero de molicie, á este aseo afeminado.

Nada refrezca tanto las ideas, como el hacerse la barba. Despues de haberme afeitado, me encontré otro; comencé hasta á reconciliarme con mi cara larga y mis dientes de adelante. Si tomara un baño, dije para mis adentros, acabaria de calmarme,--podria afrontar, con mas coraje, la vista de mi mujer y de mis hijos: ¡ay de mí! quien sabe si no están mas cambiados que yo!

Llamé:--Zambo se presentó de nuevo, con el rostro descompuesto.

--Amigo mio: ¿dónde hay un establecimiento de baños en la ciudad? Enseñadme el camino.

--Un establecimiento de baños, amo, ¿para qué?

Me encojí de hombros.--Imbécil, para bañarse, por lo menos.

--El amo quiere tomar un baño, dijo Zambo, mirándome con una sorpresa mezclada de espanto. ¿Es para eso que el amo me hace venir desde el fondo del jardin?

--Sin duda.

--Esto es demasiado, gritó el negro tirándose de las motas. Cómo! hay una sala de baño al lado de cada dormitorio, y el amo hace subir á Zambo para decirle: “Mi amigo, ¿dónde puede uno bañarse?” No se burla uno así de un americano.

Empujando una puertita oculta bajo la tapicería, el negro me hizo entrar en un gabinete elegante, donde habia una bañadera de mármol blanco.

--Vamos, Zambo, murmuré con tono furioso y cómico á la vez, dá vuelta la llave para el _Amo_: llave del agua fria, llave del agua caliente; revuelve el baño, pon las sábanas á calentar; haz de nodriza, Zambo; el _amo_ no sabe servirse de sus manos.

No tenía otra cosa que hacer sinó callarme, dejaba á Zambo exhalar su furia y no queria que me sacara la lengua; pero, en mis adentros, maldecia estas horribles casas americanas, moradas insociables, verdaderas prisiones, de las que no se puede salir, puesto que en ellas se encuentra á la mano, todo lo que en Paris tenemos el placer de ir á buscar fuera de casa, á mucho precio, es cierto, pero muy lejos.

CAPITULO IV.

En casa.[10]

Una vez fuera del baño sin haber conseguido calmarme, descendí muy pensativo la escalerita que conduce al piso bajo. ¿Qué habian hecho de mi casa? ¿Bajo qué máscara iba yo á encontrar á mi familia? Entré al comedor, no habia nadie; pasé al salon, ni un alma. Mientras esperaba, me entretuve en mirar las dos habitaciones, con el objeto de habituarme al aspecto de mi nuevo alojamiento.

El comedor, además del alfombrado, tenia por único adorno un viejo y pesado aparador de jacarandá cargado de tasas de la China y de teteras de metal inglés, mas brillante que la plata. En frente al armario, habia tres grabados mediocres. Al centro, Penn tratando con los indios bajo el álamo de Sthakamaxon; á la derecha el retrato de pié de Washington con su caballo y su negro; á la izquierda, la imájen del soberano _pro-tempore_, el honrado y viejo Abád, en otras palabras, el honorable Abraham Lincoln, antiguo constructor de cercados,[11] presidente, hoy dia de los Estados Unidos.

¡Hé ahí, esclamé, los jénios protectores de mi nuevo hogar, del hogar de un francés educado en el culto de la fuerza y del éxito! Un cuácaro pacífico, un jeneral que pudiendo ser emperador del Nuevo Mundo, se rebaja hasta el punto de ser el primer majistrado de un pueblo libre, un artesano que llega á ser abogado á fuerza de trabajo, y por casualidad.--Presidente de su pais,--tales son los héroes de la América. En esta tierra semi-salvaje la moral de los paisanos es la misma de los grandes hombres. ¿Qué puede esperarse de una nacion que tiene semejantes preocupaciones? ¡No es ella, por cierto, la que le dará un César al mundo! En la sala habia un piano de palisandra, un escritorio recargado de papeles y una biblioteca llena de libros. Tres ó cuatro Biblias figuraban entre las obras de Francisco Quarles, de Bunyan, de Jeremías Taylor, de Law, de Jonathan Edwards, de Channing, toda jente muy honrada sin duda; pero cuyos nombres leia por vez primera. No pasé adelante: la teolojía me desagrada hasta en las noches de insomnio. Seguian algunos historiadores y moralistas, Franklin, Emerson, Marshall, Washington-Irving, Prescott, Bancroft, Lothrop-Motley, Tiknor; á continuacion algunos romances sérios, y una multitud de poetas ingleses, americanos, alemanes, y hasta españoles. ¿Y la Francia dónde estaba? Ay! por todo representante de la patria no encontré mas que un Telémaco, con la pronunciacion figurada ó mas bien desfigurada en inglés. Y pensar que un dia para celebrar quizá el natalicio de su padre, mi hija, mi querida Susana, me recitaria con sus lábios seductores el: _Calepso ne povait se connsolére diou départe d’Youlis!_ Despechado arrojé el libro y pasé al jardin: era un pedacito de tierra rodeado de cuatro paredes, cubiertas de yedras y madreselvas; sembrado de lilas, rosales y flores desconocidas; en el fondo habian un invernáculo pequeño y un kiosco chinesco; abrigo cómodo para tomar el té, fumar un cigarro ó contemplar las estrellas. En el jardin no habia nadie, si se esceptúa á Zambo, tendido como una estátua de bronce sóbre una mesa de mármol blanco. El negro roncaba con el rostro vuelto hácia el sol y cubierto de moscas, descansando de las crueles mortificaciones que yo le habia causado. El bribon se aprovechaba de estar á mi servicio, para no hacer nada y dormir á pierna suelta.

Comenzaba á intrigarme este paseo solitario en los dominios de la Bella del Bosque durmiente; iba á despertar á Zambo para tener el placer de reñir con un cristiano, cuando escuché voces que salian del bajo piso, ó como dicen los Franco-Americanos en su patria, del _basement_, palabra que faltará durante mucho tiempo al diccionario de la Academia.

Despues de haber descendido algunos escalones, apercibí al fin en una espaciosa cocina á dos mujeres, que no sintieron el ruido de mis pasos, tan atareadas estaban. Una de ellas, la que me daba la espalda, pero á quien reconocí por la voz, era mi querida Jenny, la madre de mis hijos; la otra, á quien recien iba á conocer, enorme criatura, rubia, de cinco piés y ocho pulgadas de estatura, y con aspecto mas bien de granadero escocés que de hija de Eva, era Marta, la cocinera, natural de Pensylvania, y _tunkeriana_ ó _tunkerista_ de relijion, cosa parecida á cuácara; escelente persona que resongaba á toda hora y no tenía mas defecto que tratar de pagano ó de publicano á cualquiera que usára botones en el vestido ó en la levita. Para esta alma exaltada, el símbolo del cristianismo no era la cruz, era el broche.

A juzgar por la gravedad de las dos mujeres, y por las palabras que con tanta vivacidad cambiaban, llevaban á cabo en aquel momento una gran obra culinaria. Jenny (¿era en efecto madama Lefebvre?) ataba dentro de una servilleta, una masa disforme de reposteria, colocándola con cuidado en una cacerola llena de agua. Marta, á su vez, encerró la preciosa vasija en un horno de hierro, colocado en un costado de la cocina. Era de construccion monumental, con pisos como una casa, y no sé cuantos cajoncitos y alacenas de donde se escapaba el vapor. Horno para cocer, lavadero, asadores, sartenes, agua y aire calientes, y cuanto es necesario, todo se encontraba en este horno mónstruo, que tenia una inscripcion, á manera de arco de triunfo:

_G. Chilson’s cooking Range Boston_[12].

Dudo que el mismo Satanás, con los recursos de que dispone, haya inventado nunca una hornaza mejor calentada que esta.

Cuando todo estuvo en su lugar, despues de haber movido y alineado un ejército de calderos y calentadores, volvióse mi mujer, dando un grito de placer al verme.

--Buenos dias, amor mio, me dijo, creo que habeis pasado una buena noche. ¿Veis vuestros preparativos? es un _pudding_ como aquel que encontrásteis tan bueno, dias pasados. Acabo de pisarlo y amasarlo yo misma. Sé mejor que Marta, lo es de vuestro gusto. Espero que estareis contento como yo y que me recompensareis todo el trabajo, ó mas bien todo el placer que me tomo por serviros.

Diciendo esto, acercóseme cuanto pudo poniéndome la frente. ¡Cosa rara! era mi mujer, y, sinembargo, no era ella. El mismo rostro, las mismas facciones, salvo la punta de la nariz que habia enrojecido un poco; pero no sé que de límpido y de tranquilo en la mirada, de dulce en la palabra, de afectuoso en la fisonomia, que jamás habia notado en nuestros tiempos matrimoniales del viejo París. Me sentia amado, cuidado, esto hará retozar mi corazon. Por eso, sin inquietarme de la presencia de Marta y de mis veinte años de casado, abrazé tiernamente á Madame Lefebvre, quiero decir, Mistriss Smith. Perdonadme esposos parisienses, ¡yo estaba en América!

--Marta, dijo mi mujer quitándose un delantal de cocina, y bajando su vestido de seda, que habia suspendido, atándolo por detrás. Marta, ireis á casa de Mr. Green. Su último café no era bueno, era del Brasil, á mi marido no le gusta sino el de Mauricio, escojed un grano pequeño y redondo, que yo misma lo tostaré. He visto en el mercado las primeras fresas, comprad algunas, lo suficiente para poner dentro de una de esas tortas que haceis tan bien y que mi marido y mis hijos comian con tanto placer el año pasado. Decidle á Hoffman el floricultor que en todas partes hay claveles, escepto en nuestro jardin, y que mi marido espera las tres variedades nuevas que me ha prometido. No olvideis tampoco los lirios que he escojido para Susana, y los jeránicos para Enrique. En fin, tomad en la libreria, el último discurso del reverendo doctor Bellows, _sobre el estado de la nacion_. Es una obra elocuente y patriótica y mi marido nos la leerá esta noche, ¡él que lee tan bien! Esto nos divertirá á los niños y á mí!

¡Cuán débiles somos! sentiame atraido y encantado por esta música nueva, en la que á cada compás aparecia mi nombre y el de mis hijos. En París, en Francia, eran otras notas, las que yo oía. Mi mujer tenia todas las virtudes; pero su estremada modestia me hacia la vida un poco insoportable. _Hacer lo que todo el mundo_, era la divisa de Madame Lefebvre: Dios sabe, lo que me costaba el no diferenciarnos. Para estar hospedados _como todo el mundo_, habitábamos un departamento, á ciento diez escalones de altura, en un hotel, digno de un príncipe, es cierto, y cuyo portero tenia un sirviente y un limpia suelos. Para estar servidos _como todo el mundo_ teniamos un lacayo, enorme pícaro borrado y embustero, gran bribon con pantalones de pana y chaleco rojo, que me costaba muy caro y me servia en todo al revés, no dejándome vestir, ni comer ni beber á gusto. Para vestirnos _como todo el mundo_ necesitaba mi mujer y mi hija, trajes de un precio loco, crinolinas que ocupasen cada una, una carroza entera, no dejándome lugar sino en el pescante. En fin para figurar _donde vá todo el mundo_, tenia yo que andar trás las invitaciones, y sonreir á jentes que despreciaba en mi corazon, con el mas soberano desprecio. Era la práctica. El buen tono queria que se adorára á la fortuna y que se arruinára uno por aparecer. Por mi parte, buen cuidado tenia de no separarme de la buena sociedad. Hubiera sido una orijinalidad: vicio de pésimo gusto, que la Francia deja á los Ingleses.

Desempeñábamos, gracias á mi mujer y á sus sabios consejos, con decencia, asi lo creo al menos, un rol difícil. Las jentes que nos veian en el bosque en todo tiempo, y á la misma hora debian hacernos justicia. Me atrevo á decir que sosteniamos nuestro rango en París, y que llevábamos con honor la vida mas ocupada que pueda imajinarse: hariamos veinte visitas todas las mañanas, y no faltábamos á ninguna reunion. Todo esto era bueno; pero--¿es necesario que lo confiese? en un pais salvaje, mi naturaleza ruda recobraba su poder. Estaba contento porque ya no oia hablar de _todo el mundo_. Me gustaba que mi mujer no se ocupase mas que de mí, y no viese nada mas allá de su marido, de sus hijos y de su casa. Me sentia rey de mi morada y estaba tan contento con mis súbditos que al subir la escalera, pasé mi braso al rededor de la cintura de Jenny, y abracé á mi mujer por segunda vez; lo que la hizo ruborizarse prodijiosamente:

--_For shame, mister Smith_[13], murmuró con un tono que me hizo creer que ella y yo habiamos rejuvenecido veinte años.

CAPITULO V.

Sin dote.

Mientras que Zambo se cansaba de dormir, y mi mujer y Marta preparaban la mesa y servían el almuerzo, púseme á leer el _Paris-Telegraphe_, enorme y barato diario que llevaba por lema estas palabras estúpidas: _The world is governed too much_: el mundo está demasiado gobernado. El tono grosero de esta hoja me desagradó. ¡A Dios gracias!--á nosotros nos dan mejor educacion.--No es á nosotros, á quienes un gobierno protector del buen gusto, dejaria tomar la odiosa costumbre de llamar: _un chat, un chat, et Rollet un fripon_.

¿Quién creeria, por ejemplo, que el _Paris-Telegraphe_ se atreviera á herir con el epíteto de ladron y hasta de asesino á un millonario honrado que, por un error, escusable sin duda, habia suministrado al ejército del Norte unos sesenta mil pares de calzado, cuyas suelas eran de carton y habian resistido mal á la humedad de los vivacs? ¡Y haga uno negocios en un pais, donde se respetan tan poco las grandes especulaciones!

Todo el diario estaba escrito en ese tono deplorable. Nada escapaba á las invectivas de aquel folletinista insolente, de aquel gacetero miserable. Tal ley era abominable porque trababa la libre accion de los ciudadanos; tal majistrado era un Jeffries ó un Laubardemont, porque hacia caer en un lazo inocente al pícaro que se fiaba en la justicia; tal municipal era un Verrés ó un nécio, porque concedia á accionistas bien entendidos un monopolio ventajoso para todo el mundo, como son siempre todos los monopolios. Tomaos la molestia de gobernar á los hombres, para recibir diariamente semejantes vejaciones.

Pamfletista desgraciado, me dije yo, si hubieses tenido el honor de vivir en el pueblo mas amable y mas ilustrado de la tierra, sabrias desde que naciste, que criticar la ley, el juez ó el funcionario, es crímen de lesa-majestad social. La infalibilidad de las autoridades, es el primer dogma de un pueblo civilizado. Maldito sea el inventor del diario, y sobre todo, del diario libre y barato! La prensa es como el gas; una luz que os quema la vista, al mismo tiempo que os envenena.

--¿Porqué no se sirve el almuerzo? pregunté bruscamente á mi mujer, con el objeto de disipar estas ideas desagradables--¿En dónde están los niños? ¿Porqué no bajan?

--Han salido, amigo mio, y no tardarán en volver. Enrique pronuncia esta noche su primer discurso en la _Academia de los jóvenes lectores_; y ha querido asegurarse de la sonoridad de la sala, antes de hablar en público.

--¿Sobre qué tema perorará esta noche nuestro Ciceron de diez y seis años?

--Hé aquí un borrador, dijo Jenny, pasándome con el orgullo de una madre un papel lleno de palabras sub-rayadas, de interjecciones, de pausas y de esclamaciones.

El título, escrito en grandes caractéres, me pareció mas respetable que claro.

DE LA MORALIZACION DE LAS MUJERES, CONSIDERADAS COMO EDUCADORAS DEL JÉNERO HUMANO.

--Cuélgate, Querubin, esclamé yo; ¡el mundo se acabará á fuerza de virtud! A los diez y seis años, si en algo pensábamos nosotros, no era por cierto, como el señor mi hijo, en la moral....

--Amigo mio, me dijo Jenny.... Su voz me detuvo de golpe, y tan á tiempo que me mordí la lengua á la mitad de una palabra, y me sentí ruborizar á pesar mio.

--Amigo mio, continuó mi mujer, que no se habia apercibido de mi turbacion: creo que se prepara un cambio en la situacion de Enrique. Todos los dias me repite, que hace mucho tiempo que está á nuestro cargo y que esto debe fastidiar al gobernador....

--¿Qué significa eso de gobernador?

--¿No lo sabeis? es el nombre amistoso que nuestros hijos dan á su padre. En dos palabras, Enrique quiere tomar una profesion.

--Paciencia, señora Smith, tenemos tiempo. Ese cuidado me toca á mí.

--Amigo mio, nuestro hijo ha cumplido ya diez y seis años: todos sus camaradas tienen una posicion, es necesario que se abra camino. Conversad con él sobre esto: tiene completa confianza en vos, y nadie puede dirijirlo mejor.

Púseme á pasearme de un lado á otro, mientras mi mujer miraba por la ventana, si volvian ya nuestros hijos.

¡Oh hijo mio!--decíame yo,--si, el cuidado de establecerte me pertenece. Hace mucho tiempo que todo lo he dispuesto para tu éxito. No fué inútilmente que diez y seis años há, escojí para padrino tuyo á mi amigo Regelman, entonces subjefe; y hoy dia jefe de oficina en el Ministerio de Hacienda, Seccion de Aduanas. Si, mi querido Enrique, de antemano, sin saberlo tú, eres candidato para pretender el supernumerariato del Ministerio de Hacienda. Dentro de dos dias serás bachiller; y dentro de tres años, si pasas felizmente tres ó cuatro concursos y eres protejido vigorosamente, _tu Marcellus eris!_--Te veo ya, sub-jefe, á los treinta y cinco años, disfrutando de dos mil cuatrocientos francos, y condecorado como lo fué tu padrino; te veo como tu modelo, dulce, humilde, político, complaciente con tus jefes; severo, tieso, majestuoso con tus subordinados; y elevándote de grado en grado hasta la direccion del personal. A los cincuenta años, si nada engaña á la orgullosa ilusion de un padre, tu serás el terror y la esperanza de diez mil fracs verdes. ¡Qué fortuna! ¡y qué porvenir!

--Ahí está Enrique, esclamó mi mujer, que habia permanecido en la ventana. Conversa con M. Green.--Estoy segura que le pide un buen consejo,--algo mas quizá.

--¿Qué decis, querida mía?--¿Green, el especiero? ¿Mi hijo conversa con esa jentuza?

--¡Jentuza! replicó mi mujer con aire de sorpresa. M. Green es un hombre honrado, un buen cristiano, respetado universalmente. _Vale_ trescientos mil dollars, y hace el mejor uso posible de su fortuna que debe á su trabajo.

¡Perfectamente! esclamé yo. Bienaventurado pais en donde los especieros son millonarios, dan consultaciones como los abogados, sino dan colocaciones, como los ministros. Solicite pues, mi hijo, á S. E. el Sr. de las ciruelas en conserva y de la Melaza. Pero, llamad á Susana; supongo que no espera nada del honorable M. Green.

--Susana, está en su leccion de hijiene y de anatomía.

--De anatomía, ¡gran Dios! Mi hija, á los diez y nueve años, aprende anatomía--¡Si tambien disecará!

--¿Qué teneis, amigo mio?--repuso mi querida mujer, con una tranquilidad que me volvió el alma al cuerpo. Susana tendrá hijos algun dia. ¿Quereis que los crie y los cuide á tientas, sin conocer su constitucion? ¿No habeis repetido cien veces en su presencia que el estudio del cuerpo humano, hace parte indispensable de toda buena educacion?

--¿Cual es el médico á cuya prudencia se confia el cuidado de enseñarla anatomía á las jóvenes?

--Es la señora Hope, una de nuestras celebridades médicas.

--¡Mujeres médicos! ¡Oh Moliére! ¿donde estás? Qué ¿en este pais hecho al revés de los demas, no son los hombres los que cuidan á nuestras madres, á nuestras esposas é hijas? Son tambien mujeres las que partean á las señoras de la buena sociedad? Eso no se hace en parte alguna; eso es indecente, señora Smith,--¡indecente!