Part 19
--Sin duda, repuso el puritano; pero nada hay tan peligroso como las máximas banales. Así es como siempre han muerto la libertad,--con palabrotas. La propiedad no es un interés, es un derecho. El interés jeneral es una palabra elástica y vaga, que puede cubrir las pretensiones mas injustas á la vez que las mas lejítimas. Antes de invocarlo, comenzad por definirlo.
--Nuestras leyes han definido la cuestion, dijo Humbug. Para nosotros no hay sino cuatro causas de espropiacion: un camino, una calle, un ferro-carril, un canal. Pero aunque seamos por excelencia un pueblo municipal, y aunque la ciudad sea soberana en lo que le concierne, no obstante, la propiedad es cosa tan santa, que antes de tocarla es menester que la lejislatura del Estado intervenga; ella es la que aprueba la traza y la que autoriza la espropiacion, mediante indemnizacion prévia. Para todo el resto: escuela, hospicio, casa municipal, Iglesia, la ley coloca el derecho particular primero que un interés que en resumidas cuentas no viene á ser sino el de una corporacion ó el de un barrio. A dónde iriamos á parar con vuestro sistema doctor? Me despojarian de la herencia de mi padre, me arrebatarian mis recuerdos, se reirian de mis afecciones, turbarian la mas santa de las propiedades, y para qué? Para edificar un teatro ó una fonda.
--Cómo! esclamé, en una república donde el pueblo manda, osais defender esas viejas máximas feudales?
--Señor, dijo Brown, vos no entendeis jota de libertad. Cuanto mas democrático es un pais, tanto mas necesario es que el individuo sea poderoso y sagrada su propiedad. Nosotros somos un pueblo de soberanos; todo lo que debilita al individuo nos conduce á la demagojia, es decir al desórden y á la ruina; todo lo que fortifica al individuo nos conduce á la democracia, reino de la razon y del Evanjelio. Una nacion libre es una nacion en la que cada ciudadano es dueño absoluto de su conciencia, de su persona y de sus bienes; el dia en que, en lugar de hablarnos de nuestros derechos individuales, nos hablen del interés jeneral, adios de la obra de Washington; seremos una muchedumbre y tendremos un amo.
--Señores, dijo el Coronel, que se interesaba mediocremente en nuestros debates, no hay nada mas á la órden del dia, está levantada la sesion. Os pido perdon de dejaros, añadió. Dicen que hay malas noticias de la guerra, estoy impaciente por saberlas.
Nada que me disgustaba acabar con el puritano y su áspero lenguaje; pero, por mi desdicha, habíale caido en gracia, ó mejor dicho, el hombre habia formado quizá el glorioso proyecto de convertirme á su fanatismo.
--Doctor, me dijo, tengo que pediros un servicio. Acabamos de fundar en este barrio un _instituto de obreros_[56]. Habrá una biblioteca, un museo de modelos, dos salas de dibujo, un gabinete de lectura, en una palabra, todo lo que hace la utilidad de un Club de esa especie. Los mismos obreros son los que proveerán á los gastos de entretenimiento; lejos de nosotros el pensamiento de erijirnos en bienhechores, turbando en lo mas mínimo la obra de la libertad. No debilitar jamás ni la dignidad ni la responsabilidad de aquellos á quienes beneficiamos, es la primer regla de la caridad. Pero hay gastos de fundacion que son considerables, la bolsa de nuestros trabajadores no basta para ellos; necesitamos diez mil dollars por lo menos. Para obtenerlos, hacemos lecturas públicas y pagodas. Everett el clásico nos ha prometido su concurso, así como el elocuente Sumner. Espero que tendremos al filósofo Emerson y al poeta Longfellow. Por mi parte daré una leccion, en la que mostraré que reahabilitando el trabajo y levantando al obrero, el Evanjelio ha creado al mismo tiempo la riqueza y la libertad modernas. Vos no rehusareis el uniros á nosotros. Dos lecturas sobre la hijiene de los recien nacidos, por el sábio médico del hospicio de la Providencia, nos atraerian todas las madres, y nos valdrian cuatro-cientos dollars por lo menos.
--Teneis la autorizacion del Gobierno? le dije.
--Por quien soy, doctor, os digo que os ireis derecho al paraiso, contestó el porfiado. A fuerza de cuidar niños os habeis puesto como ellos; no podeis caminar sin andadores. Qué autorizacion se necesita para ilustrar á los hombres y hacerles el bien?
--Comó! esclamé, podeis dar cursos públicos y hablar de política á los obreros sin que el Gobierno intervenga?
--Seguramente, dije, si olvidamos nuestros deberes, la ley está ahí, y la justicia con ella; eso basta.
--No, eso no basta; el Estado no puede abandonar al primer advenedizo el derecho de hablar á los hombres. Esa ciencia de parada, esa instruccion á medias le inspira al pueblo una ambicion desastrosa; es poner al pais y aun á la relijion en el mismo peligro.
--Una media luz vale mas que la noche, reino de los apetitos y de las pasiones, dijo Brown, y por otra parte, cómo se ha de hallar el dia si no se le busca? Es menester que hablemos al pueblo, y que nos pongamos sin cesar en relacion con él. Para nosotros, demócratas y cristianos, hay ahí una cuestion de vida ó muerte; lo que mata las repúblicas, es la ignorancia; ilustrad al pueblo si temeis al despotismo. Lo que mata la relijion es una fé que no razona; ilustrad al pueblo si temeis la infidelidad. Necesitamos luz en todo y para todo. Si el cristianismo es una fábula, que caiga; si es la verdad que reine. Creeis que nosotros los pastores, somos algunos charlatanes que viven del error y de la credulidad?
--Calmaos, respondí, y no coloquemos tan alto la cuestion. Me concedereis que dando á los obreros un punto de reunion, fundais un club en el que serán amos.
--Sin duda, puesto que estarán en su casa.
--Y no veis que á la primer querella con los patrones ese club se convertirá en un foco de coalicion?
--Si los obreros quieren coaligarse, dijo friamente aquel fanático, quién se los puede impedir? Los que venden su trabajo tienen tanto derecho como los que se lo compran. Es un trato que se hace con entera libertad.
--Pero señor, esclamé indignado de aquella estupidez, vos predicais la anarquía.
--Señor, me dijo con su brutalidad ordinaria, vos hablais un lenguaje que no es el de la América. La anarquía es la invasion de la libertad ajena, no la defensa de su propia libertad.
Creedme, añadió alzando al cielo unos ojos inspirados, la cultura del alma es la salud de las democracias cristianas; ellas no viven sino por la educacion. Dejad que los obreros léan, se instruyan y discutan: educadlos, segun el sentido admirable de la palabra, levantadlos hasta nosotros, levantaos vosotros mismos con ellos, y no tendreis que temer ni coaliciones, ni comunismo ni todas esas locuras que espantan al viejo continente. Son enfermedades que la ignorancia enjendra; á nosotros toca curarlas, doctor. _Sursum corda_, hé ahí mi divisa.
--La acepto con toda mi alma, repuse arrebatado por la fogosidad de aquel inspirado, contad conmigo.
Una vez solo con Humbug, preguntéle si venia conmigo á la instalacion de Dinah.
--Tengo interés en no faltar, doctor Paradoja, me dijo con sonrisa maligna; me divertís mucho con vuestras magníficas teorías. Cuanto mas os oigo tanto mas aprecio la grandeza de nuestras instituciones.
--Gracias por el cumplimiento, le contesté, parece que mis elojios de la centralizacion os hacen el efecto de una demostracion de la libertad _per absurdum_; debiais ser mas caritativo mi buen amigo, y pensar que hay en la tierra otros paises que la América.
--Os veo venir, me dijo, fanático de la unidad latina, piadoso adorador de la Francia. Yo tambien amo á los Franceses; los nietos de La-Fayette son para mi hermanos; pero perdóneme ese pueblo injenioso, si le digo que hace sesenta años que persigue un problema insoluble. Poner la libertad en una carta, y el despotismo en la administracion es querer caminar atado de piés y manos; todo el talento del mundo reunido no lo conseguiría.
--Deveras, repuse sonriendo de aquella vanidad. Véamos, hombre práctico, decidnos pues lo que falta á los Franceses para elevarse hasta la civilizacion de los Yankees.
--Una sola cosa, dijo, con la mayor seriedad. En todos sus sistemas han olvidado la pieza esencial, sus políticos se parecen á Sam el distraido.
--Quién es Sam el distraido?
--Era el mensajero de mi aldea, dijo alegremente Humbug. Un muchacho lleno de penetracion y de malicia, osado hasta la temeridad, económico hasta la avaricia, exacto hasta la minuciosidad,--vamos, la gloria y el honor del Connecticut. Solo tenía un defecto,--que perdia la memoria. Un dia que tenia que distribuir mas de cincuenta paquetes en el camino, viéronle á cada paso inquieto y ajitado.--“Me he olvidado de algo, decia, pero qué es lo que he olvidado?” Al fin llegó al pais, y hé aquí sus hijos que salen á recibirle.--“Buenos dias, papá, dónde está mamá?”--Dios mio! gritó Sam, pegándose en la cabeza,--“hé ahí lo que me faltaba, he olvidado mi mujer!”
Es lo mismo que les pasa á los Franceses: tomad al azar una de esas constituciones que les han fabricado por docenas,--hallareis en ella al Estado y sus derechos, al individuo y sus derechos; pero falta....
--Qué falta? esclamé.
--La sociedad, respondió Humbug. A un lejislador Francés nunca se le ha ocurrido que la sociedad, es decir, la asociacion bajo todas sus formas, la libre accion de los individuos reunidos,--tuviera un puesto en la vida política de la Nacion. Nosotros los Americanos le damos el mas ancho dominio: el comun, la Iglesia, el hospicio, la escuela, la educacion superior, las ciencias, las letras. Cada asociacion es para nosotros una especie de familia agrandada,--y todas esas asociaciones, elevándose gradualmente forman otras tantas hiladas que arrancan del individuo para llegar al Estado. La América no es, hablando en verdad, sino una reunion de familias, que hacen por sí mismas sus negocios. Hay algo de esto en Francia? Allí solo se vé una cosa,--la administracion, inmenso pólipo que echa en todas partes sus brotes, que en todo se enreda, que todo lo toma y lo sofoca:
_Monstrum horrendum, immane, ingens, cui lumen adeptum._
El pais está cortado en dos partes; de un lado el poder, con todos los recursos de una centralizacion formidable,--de otro una muchedumbre que obedece mas ó menos voluntariamente. De ahí todas las revoluciones que destrozan ese hermoso país, de ahí su eterno absorto. Ora debilitan la autoridad y la reducen á la impotencia, y creyendo agrandar la libertad, no llegan sino á la anarquía; ora se echan en el exeso opuesto, y estrechan todos los vínculos, y creyendo servir al órden, no llegan sino á lo arbitrario. Deplorable espectáculo el de un noble pueblo, que no sale del abismo sino para caer nuevamente en él!
--Y el remedio, querido amigo? Quién sabe si el carácter nacional no es la causa de ese mal éxito perpétuo?
--No creo, dijo Humbug, que haya pueblos nacidos para servir, no esceptúo ni á los negros; por otra parte no veo que la Francia haya hecho nunca un mal uso de la asociacion. Gracias á la administracion, que sobre-nada despues de todas las revoluciones, y se enriquece en cada naufrajio,--hánles rehusado siempre á los franceses esa apacible libertad, que atempera y predomina sobre todas las demas. Diez veces les han dado un voto que no les servia de nada; pero el cuidado de sus propios negocios todavía lo espera. Reyes durante una hora, hánles rehusado desde el dia siguiente hasta la facultad de obrar y hablar. Bajo tales condiciones la esperiencia no está hecha; la soberanía no es la libertad. Con la primera el pueblo no conquista frecuentemente sino el derecho de perderse; con la segunda, vive, crece y tiene en sus manos su fortuna y su honor. Cuando los franceses hayan hecho el ensayo de gobernarse por sí mismos, podrá condenárseles; hasta entonces nadie tiene el derecho de acusarlos. La Fayette, cuyos escritos leemos nosotros, al paso que quizá son desdeñados en Francia, reclamaba hace cincuenta años esa vida libre, esas reuniones libres que hacen nuestra grandeza. Si yo tuviera el honor de ser su compatriota,--hé ahí la herencia que quisiera revindicar. El que á los franceses enseñe que la centralizacion los esclaviza, que solo la asociacion puede salvarlos, ese hombre habrá arrancado por siempre jamás el jérmen de las revoluciones, plantando en fin en una tierra jenerosa el árbol que no nunca se secará. Y, con mas seguridad que Arquimedes podrá gritar: _Eureka_; porque habrá hallado simultáneamente dos tesoros mas preciosos que todas las riquezas del mundo,--la libertad y la paz.
--Bravo, Humbug! esclamé, estais elocuente. Pero mi buen amigo; si fuérais á contar semejantes fábulas á Paris, en Francia, os silvarian como á un soñador, esto es, sino os encerraban como á un sedicioso, en medio á los aplausos de la moderna Atenas.
--Eso no me sorprenderia, dijo; los atenienses de otro tiempo tenian un filósofo que la Pitia proclamaba ser el mas sabio de los hombres, y fué por esto que se dieron prisa en matarlo. Los sapientes de la Agora, las jentes prácticas acusaban á Sócrates de ser un revolucionario y un atéo. Qué es hoy dia de la memoria de esos grandes hombres de estado que habian salvado la patria, y que naturalmente se hacian pagar sus servicios? Un ciudadano no se detiene ante esos obstáculos miserables; defiende la verdad con una tenacidad invencible, señala el escollo, grita hasta que la corriente lo ahoga; salva algunas veces á las jentes á pesar de ellas, y nada espera sino de la posteridad. El reconocimiento es la virtud del porvenir.
Singular pueblo! murmuré, entre estos almaceneros las convicciones son pasiones, al paso que entre nosotros, pueblo heróico y teatral, las pasiones y los intereses son las que...... guardé para mi el resto de la reflexion.
CAPITULO XXVII.
La escuela.
Charla que charla llegamos á la calle Federal. Frente á nosotros, sobre un montecillo que dominaba la ciudad y la campaña, alzábase altivamente un edificio de grande apariencia,--una torre cuadrada flanqueada de dos alas. Si hubiera estado en un pais civilizado, habria dicho: “Es la caserna de la jendarmería ó la casa de la prefectura.” En aquel pueblo sin policía y sin gobierno, era el palacio del Abcdé,--era la escuela! Una nacion puede ser juzgada por sus monumentos.
--Y bien, doctor, me dijo Humbug, cómo hallais el palacio de nuestra juventud?
--Muy hermoso exteriormente, le contesté; pero muy mal arreglado. Veo allá arriba unos muchachones de quince años y unas chiquillas de poco mas ó menos que entran todos á un tiempo; eso no es propio. En toda escuela bien organizada se separan los dos sexos; es una precaucion de la que parece no teneis idea siquiera.
--Dos entradas para niños que van á estudiar en la misma sala, dijo Humbug? Para qué?
--En la misma sala! esclamé, pensais en ello? Es el colmo de la inmoralidad.
--No veo de inmoral sino vuestra imajinacion, repuso Humbug riendo. Nuestros niños, querido doctor, son niños honestos; entre nosotros no se halla sino:
_Virgines lectas, puerosque castos._
La escuela es una gran familia, en la que no hay sino hermanos y hermanas que se disputan el premio del estudio. De dónde sacais vuestras horribles ocurrencias?
--Entónces, mi buen amigo, los Yankees son ánjeles, machos y hembras.
--Y la Europa repuse, con sus veinte siglos de experiencia, no es mas que una vieja chocha que no sabe, ni lo que hace ni lo que dice.
--Querido doctor, dijo Humbug, los ingleses han comenzado por burlarse de nosotros; hoy dia nos imitan. Dentro de diez años no habrá en Inglaterra una sola escuela en que los dos sexos no estén juntos. En cuanto á los otros pueblos de Europa, su educacion ha sido clerical durante tanto tiempo que para despojarse de sus preocupaciones necesitarán mas de un dia. Nosotros no educamos ni frailes, ni soldados; preparamos hombres á la vida comun. Porqué, pues, no hacer la escuela á imájen de la familia y de la sociedad?
--Vosotros sois unos imprudentes! esclamé; jugais con el fuego.
--Somos padres de familia, repuso Humbug; sabemos por esperiencia que para dulcificar el corazon, formar el carácter, é inspirar ideas jenerosas nada vale tanto como esa primera comunidad de trabajo y de estudio:
_Emolit mores, nec sinit esse feros._
--Lo que es imprudente, insensato,--es la pretendida sabiduría de la vieja Europa. Separar los niños y las niñas, enseñarles desde la primera edad que ambos están en un peligro misterioso, turbar y exitar sus jóvenes imajinaciones, y echar despues de repente y en el momento mas difícil en el mundo de los hombres ardientes y temerarios, á mujeres inquietas, tímidas, sin defensa,--es una verdadera locura; pido perdon de ello á vuestra gravedad, mi querido doctor. Vuestra educacion claustral es un dique que detiene y aumenta todas las pasiones; nuestra educacion comun habitúa nuestros hijos á amarse como hermanos y á respetarse mútuamente.
--Es posible, esclamé, que los peligros de vuestro sistema no os abran los ojos?
--Preguntádselo á nuestros maestros, repuso: no hallareis uno solo que no esté orgulloso de nuestras escuelas mistas. Es una invencion Americana,--una invencion que nos hace honor. Como siempre hemos tenido confianza en la naturaleza humana y en la libertad; como siempre nos hemos congregado. En ninguna parte la instruccion es mas fuerte, ni tan moral, mas grande que en nuestra querida institucion. La emulacion entre ambos sexos es un aguijon sin par. Por niño que sea, el hombre se avergüenza siempre de ceder el primer lugar; la mujer es paciente, y tiene la intelijencia mas abierta; en estos primeros estudios que no tienen nada de abstractos, ella es siempre la que sale triunfante. Pero ese no es sino el lado pequeño de la cuestion. Las niñas ganan con nuestro sistema, tanto en carácter y voluntad, como los hombres en corazon. Aprenden á conocernos, y, sea dicho entre nos, mi buen Daniel, nosotros no somos peligrosos sino en tanto que no se nos conoce. Siendo respetadas, las niñas se respetan á sí mismas; siendo libres se dan el lugar que las conviene; y en las recreaciones, por ejemplo, una prudencia natural las separa de sus compañeros. En cuanto á los jóvenes, ellos adquieren en nuestras escuelas esa delicadeza de sentimientos, esa política caballeresca que solo la sociedad de las mujeres puede darles. Qué hay mas salvaje y brutal que el colejial inglés, abandonado á sí mismo y á la tiranía de sus mayores? Habeis leido á _Tom Brown_? dá vergüenza de la civilizacion. Preferiría vivir entre los Pieles-Rojas antes que con colejiales como Eton ó Rugby. Entre nosotros, al contrario, todos los jóvenes crecen juntos; á los diez y seis, á los veinte años, sus relaciones son tan simples, tan fraternales como cuando se hallaban en los mismos bancos. Mas de un casamiento se hace entre esos antiguos camaradas de escuela; la estimacion, la amistad hacen nacer el amor y le sobreviven. La Europa, vuestro ídolo, ha imajinado algo tan cristiano y perfecto?
--Es un sueño, dije.
--Entrad, incrédulo, repuso Humbug; vereis que ese sueño es una verdad.
--Una palabra todavia, le dije. Todos esos niños son santos, por supuesto. Pero dónde hallareis hombres capaces de educar esas falanjes celestes? Cuál es el maestro que puede animar á la vez la timidez de vuestras niñas, y dulcificar la turbulencia de vuestros niños? Dónde ha de hallarse ese fénix que, en cada comun, responda del honor y de la virtud de vuestros hijos?
--Entrad, repuso Humbug; vereis desempeñando su tarea á Dinah, vuestra protejida, y á vuestra querida Susana quizá.
--Estais loco, esclamé, pegando en el suelo con mi baston; es á una mujer de veinte años á quién le confiais hombres que ya tienen barba en la cara? Lindo jeneral para tal ejército; como lo respetarán!
--Todavia una preocupacion del viejo mundo, querido doctor. Nada mas natural en un jóven que ama á su madre que respetar á una mujer; lo que no lo es,--es obedecer á un maestro que amenaza y castiga. La fuerza influye poco en el corazon de un niño; cuanto mas jeneroso es, tanto mayor es su resistencia; contra lo que no tiene defensa, es contra la dulzura y la afeccion. En este punto tambien, la esperiencia dá un desmentido á la antigua sabiduria, que no es sino un viejo error. Son las jóvenes de la Nueva Inglaterra las que, con una abnegacion de misioneros, se consagran á vivir entre la corrupcion del Sur ó en las soledades del Oeste, con el objeto de educar á las almas jóvenes, y darlas á la verdad y á Dios. Tenemos maestros, como los mejores que pueda haber; pero nuestros mas bien dotados institutores, escollan allí donde una jóven Yankee hace maravillas. La infancia pertenece á la mujer; es una ley natural que hemos tenido el mérito de reconocer y de aplicar.
--Amen, contestó, alzando los hombros; vamos á admirar esas tímidas ovejas y esos dóciles corderos, conducidos por una pastora no menos inocente que su rebaño.
Entré de mal humor en la sala grande; y sin embargo de no poder sufrir la sin razon,--lo confesaré con vergüeuza, apenas puse el pié en el santuario me sentí seducido.
Me hallaba en una vasta pieza, donde el aire y el dia entraban por unas anchas ventanas; las paredes eran de una limpieza esquisita, y estaban adornadas de trecho en trecho sea de cartas mudas, sea de cuadros de historia natural, sea de figuras de física y de jeometria. Cada niño tenia su pupitre, aislado por cuatro varillas que se cruzaban á su alrededor. Sentado delante de esa mesa barnizada, que brillaba como un espejo, solo, y sin vecino; el escolar es maestro de sí mismo; si se distrae, si no trabaja, solo sobre él recae toda la responsabilidad. El institutor colocado en un estrado, vijila de una mirada esas largas filas de pupitres, colocadas unos tras de otros. Vijilancia poco necesaria en un pueblo ambicioso donde cada cual quiere instruirse para llegar á la fortuna y al poder! Los vicios de los Americanos les sirven á ellos mas de lo que á nosotros nos sirven nuestras virtudes.
Dinah estaba ocupada en una pieza vecina. El maestro de la sala grande era mi Susana. En aquel momento la señorita enseñaba la jeometria á siete ú ocho muchachones que, déboles esta justicia, escuchaban como buenos niños á su amable maestra.
--Venid, mi buen padre, dijo Susana toda gozosa; tomad esa tiza, demostradnos las propiedades del cuadrado de la hipotenusa.
Hacer una demostracion me habria sido difícil; habia sido demasiado bien educado en la Universidad de Francia, para entender de jeometria; todo lo que recuerdo sobre el particular se reduce á una vieja cancion que, quizá tararean todavia al rededor de la Escuela _Politécnica_ con la tonada de _Calpigi_.
_Le carré de l’hypoténuse_ _Est égal, si je ne m’abuse,_ _A la somme des deux carrés,_ _Faits sur les deux autres cotés._[57]
Dejé pues á mi Susana trazar sobre la pizarra el triángulo, rectángulo A. B. C., levantar sobre cada lado un cuadrado &a., &., y me retiré á fin de que mi hija no tuviera que avergonzarse de la ignorancia paternal.
En una de las salas chicas (lo menos habia ocho,) Dinah interrogaba, sobre los rios grandes y pequeños de la Francia á unos niños de nueve á diez años. Sorprendíme de su memoria y de su ciencia, yo Francés, que, si me hubieran interrogado sobre la América, no habria podido ofrecer en cambio á aquellos jóvenes eruditos sino el Mississipi, el Hudson y el Potomac, únicos cursos de agua de que me hayan hablado. Verdad es que la América nos interesa poco, al paso que la Francia, reina de las letras y de las artes, debe interesar prodijiosamente á los Americanos. Es la admiracion de los bárbaros por la civilizacion!
Despues de la geografía vino la lectura en alta voz, y la declamacion. Un hombrecito de nueve años se levantó, y sin timidez ni descaro, nos recitó uno de los pasajes mas poéticos del _Hiawatha_ de Longfellow. Aunque el jóven prodijio, gangueaba un poco, vicio comun en América, díjonos aquel pedazo con una gran precision de tono y verdadero sentimiento; hay actores célebres que no se han elevado nunca hasta esa altura.