Part 18
--Seth, repuso, no me abrumes; no seré en adelante una carga para vos. Susana me ha proporcionado un puesto de maestra de escuela en un arrabal donde nadie me buscará. Viviré de mi trabajo, solo te pido poder ir una vez por semana á abrazar á mi madre y volver á ver nuestra casa.
En medio de las escenas familiares, nada hay tan embarazoso como la presencia de un tercero; me retiré con Humbug, cuando en el fondo de la primera pieza, en un rincon oscuro, apercibí á Fox, que contemplaba un grabado ahumado. Era el retrato de _Monarca_ hijo de Eclipse, vencedor del Derby en 1812. Confundir á un pícaro y gozar de su confusion es un doble placer; así no me hice el menor escrúpulo en saherir al calumniador.
--No os creía tan aficionado al _Turf_, le dije. Despues de cincuenta años los laureles del _Monarca_ le impiden hablar al mas célebre abogado de Massachusetts, qué maravilla! vamos, si es cosa de ponerlo en los diarios.
--Por piedad, Doctor, murmuró él, hacedme salir.
Su rostro estaba tan alterado y su voz tan débil que en verdad me dió lástima.
No le creía capaz de tantos remordimientos. Hé ahí, pensaba yo cuan mal se juzga á las jentes. Imajínase que los abogados no son sensibles sino por cuenta de otros. Qué error!
Iba á entrar en el cuarto para pedirle á Seth la llave que habia guardado, cuando el cuácaro salió bruscamente, seguido de su hermana toda descabellada y á quien rechazaba con desprecio. Susana lloraba á lágrima viva; Humbug intentó interponer algunas buenas palabras; todos estábamos conmovidos; Fox solamente habia vuelto á su admiracion por _Monarca_; inmóvil y mudo, hubiérase dicho que queria hundirse en la pared.
--Te lo repito de nuevo, gritó el cuácaro procurando desasirse de las manos crispadas que le detenian de su vestido, las últimas palabras: “Tú no volverás á esta casa sino del brazo de un marido.” Puesto que ese bello desconocido te ha prometido casamiento, házle que cumpla su palabra.
--Es un pleito, esclamé; vamos, dichoso vengador de la inocencia, vamos, maese Fox, hé aquí el momento de mostraros.
Si un rayo hubiera caido á mis piés, no me habria espantado como la esplosion que se siguió á mi impertinente chanza. Apenas fijó Dinah sus ojos en el abogado, se enderezó como una loca riendo y llorando á la vez:
--Gabriel, gritó, mi Gabriel! Hélo aquí, hermano mio, hélo aquí!
No comprendí una palabra de aquella tempestad que acababa de desencadenar; el cuácaro era mas intelijente. Mientras que Dinah se echaba al cuello de su Gabriel, Seth hacia jirar sobre su regaton la vara de verga; y acercándose á Fox que palidecia visiblemente:
--Amigo, le dijo, con tono poco tranquilizador, vuelve en tí y esplícate: espero.
Entre las ternezas de la hermana y las amenazas del hermano, el abogado ponia una cara tan aflijida que me alegré de ello. El hombre natural es un animal malo; no vasta el Evanjelio para hacernos amar á nuestros enemigos.
Humbug era mejor cristiano que yo.
--Señores, dijo con voz grave y dulce; creo que ha llegado mi turno. En un negocio tan delicado, la última palabra pertenece al majistrado:
_Nec Deus intersit, nisi dignus vindice nodus_ _Inciderit._
Querido Fox, no dudo de vuestras intenciones. Si os pidieran consejo en semejante caso, sin duda responderíais que un pleito por ruptura de promesa tendria para el abogado contra quien lo entablaran las mas enojosas consecuencias; seria no solo una pérdida de fortuna, sino la ruina de una clientela, hasta la obligacion quizá de cambiar de pais. ¿No es esa vuestra opinion?
--Sí, murmuró Fox suspirando.
--¿Tendré necesidad de agregar, continuó el exelente Humbug, tendiéndole la percha al ahogado,--tendré necesidad de agregar,--que un hombre como vos no tiene que inquietarse de esas consideraciones, por graves que sean? ¿Que le basta haber empeñado su palabra para cumplirla, no es verdad?
--Sí, dijo el abogado suspirando de nuevo; siempre he amado á Dinah: lo que me detenia, son dificultades que....
--Que ya no existen, interrumpió Humbug. Hénos á todos de acuerdo. Esto vá á concluir como en las buenas comedias: amor, lágrimas é intrigas en los primeros actos, y por desenlace casamiento.
Fox abrazó á Dinah de bastante mala gana, y le tendió la mano al cuácaro; Dinah, ruborizada de placer, corrió hácia Susana.
--Amiga querida, la dijo, á tí debo mi felicidad. Y á tí tambien hija mia, díjole á la niñita, que ya palidecia de celos.
--Todo está muy bueno, dijo Seth, que ya se iba á las nubes. Pero puesto que estamos aquí y que tenemos al señor juez de paz, nada impide que se estienda el acta de casamiento sobre tablas.
--Con mucho gusto, dijo Humbug; la señorita Susana nos servirá de escribano.
Decir y hacer fué todo uno; yo creía que semejantes uniones no eran buenas sino en el teatro, donde se deshacen entre telones; suponia que el último tabelion estaba encajonado hacia mucho tiempo; pero en América se está siempre tan apurado que se ha conservado la vieja usanza. Una vez de acuerdo los enamorados, no hay necesidad de parientes ni de notario. Dos sí pronunciados ante un juez de paz os casan hasta la eternidad. La voluntad es todo,--la formalidad nada. Aquellas jentes no tienen el gusto de la ceremonia.
Con qué placer salí de aquella casa donde habia entrado con el corazon turbado! Paddy hizo una cosecha de dollars como para perder la cabeza durante todo una semana. Jamás la calle del _Laurier_ se habia visto favorecida por tan honrada y alegre compañia. Yo presidí el cortejo con mi Susana, la cual daba la mano á su pequeña protejida; Humbug y Seth formaban la retaguardia; entre nosotros caminaba la nueva pareja,--Dinah, risueña como la aurora, Fox, cabisbajo.
Honteux comme un renard qu’une poule aurait pris.
Mas cuando somos felices muy pronto se bebe un poco de verguenza. Si el imprudente habia jugado al amor con demasiada lijereza, de qué modo era castigado por su falta? Casándose con una mujer encantadora. A este precio inocentes conozco yo que se harian criminales.
Era menester preparar á la madre de Dinah para la vuelta de su hija; era menester tambien que Fox anunciára su casamiento á sus amigos, disponiendo su casa. Mientras llegaba el gran dia, Susana se llevaria consigo á Dinah; á mi me estaba reservado el papel de padre y de tutor: la dichosa tontera que habia hecho me daba algun derecho á ello.
Devolvióse á Fox un resto de libertad de que no podia abusar, y toda la comitiva hizo alto en mi casa; aquello fué una fiesta, nunca se comió mas alegremente. Marta abria una boca como un horno, y suspiraba como un volcan admirando y sirviendo á su cuñada; Susana y Alfredo tenian siempre alguna cosa que decirse al oido; solo Dinah era admitida como tercero en aquellos misterios, en que se reia sin cesar. Seth devoraba cuanto habia sobre la mesa, con la satisfaccion de un hombre que ha terminado un gran negocio y que come en casa ajena. Humbug, que apesar de su enorme vientre, comia poco y no bebia mas que agua, se desquitaba de su sobriedad citandome los mas alegres versos de Horacio, este otro bebedor que cantaba en ayunas los placeres de la embriaguez:
Nunc es bibendum, nunc pede libero Pulsanda tellus.
En cuanto á mí, recojido en mi mismo, me sentia gozoso, alegre y feliz como un niño. Pero nada puede dar la medida del contento y animacion de mi Jenny. No podia estarse quieta, iba, venia, llenaba todos los platos con _roast beef_[55], papas, jamon, pastel, queso, frutas y tortas, derramaba á torrentes la cerveza escocesa, el Madera y el vino del Rhin, para todos los hombres tenia una palabra amable, y una caricia para todas las mujeres. Un casamiento! era para ella lo mismo que haberse sacado la loteria grande. Si en la Biblia habia algun versículo que Jenny mirase como divinamente inspirado entre todos, era la gran palabra que Dios le dirije á la primer pareja en el Génesis: _Creced y multiplicaos, diseminaos por la tierra y la sujetad_. La exelente mujer no era ni Americana ni protestante á medias. El celibato era á sus ojos un crímen, ó por lo menos una enfermedad que no se podia curar demasiado. Si la hubieran dejado, no habria consentido ni un soltero en la tierra; me imajino que habria acabado por casar al Papa con la Italia.
CAPITULO XXVI.
La caridad.
Al dia siguiente, á la hora de almorzar, senti mi corazon muy aliviado. Dinah á mi derecha, Susana á mi izquierda me daban el aire de un patriarca en medio de sus hijos. Desde que me hago viejo, nada me place tanto como ver á mi al rededor esas jóvenes fisonomias, frescas como el dia que nacen, rientes como la esperanza. Ay de mi! Porqué no podremos apartarles las escabrosidades del camino! prestarles esa esperiencia que la vida nos vende tan cara y que de nada nos sirve!
Mi mujer no hacia las cosas á medias. Puesto que yo habia adoptado á Dinah, y que Fox se casaba con ella, Fox era el protejido de Jenny! Por consiguiente, habíale puesto su cubierto al lado de su bien amada.
Por lo demás, entró sin el menor embarazo con un ramillete blanco en la mano y abrazó á su prometida con aire vencedor. Cuando la cólera crispaba la cara puntiaguda del abogado no era hermoso; tierno y galante era horrible; hubiérase dicho una serpiente enamorada. Dinah no pensaba así; en vano yo le decía las cosas mas amables, no tenia ojos sino para su otro vecino. Raquel habia admirado menos á Jacob, cuando éste daba vuelta en el desierto la piedra del pozo para abrevar las ovejas de Laban. Las mujeres tienen en el mas alto grado el instinto de la propiedad, y de todas las propiedades la que mas les llega al alma es un marido. Pero al paso que una Francesa es una ninfa cazadora que una vez atrapado el pájaro no se acuerda mas de él,--la Americana se apodera de su marido con toda la aspereza y todo el celo de un paisano francés que se ha casado con la tierra. Es su bien, es su cosa; el desgraciado se convierte en un pájaro enjaulado, en un esclavo doméstico; pero pájaro acariciado sin cesar y esclavo cuyos mas mínimos deseos se adivinan. Los americanos abusan de tal suerte de su independencia fuera de casa, que en volviendo á ella ya no tienen voluntad. Ese yankee que hace consistir su gloria y su orgullo en no cederle á ningun hombre, no es en su casa mas que un marido benigno que oye á su mujer y se complace en obedecerla; suave con los débiles es intratable con los fuertes. Aquel pueblo tiene el espíritu al revés, no hace nada como nosotros.
Fox queria salir con Dinah para hacer algunas compras para el casamiento, Susana se opuso á ello.
--Señor abogado, dijo, lo siento mucho, Dinah me pertenece. La hemos hallado un puesto de maestra de escuela y está comprometida por seis meses; hoy debe comenzar sus funciones y no puede faltar á su palabra. Dentro de algun tiempo me será fácil reemplazarla y podré dejárosla toda una semana, hoy no es posible.--Papá, añadió, contamos con vos para nuestra instalacion.
--Querida hija, la dije, no olvides que yo tambien tengo deberes que llenar en el hospicio de la Providencia, y que estoy en descubierto. Ese pleito de ayer....
--Eso no es nada, dijo Susana; id inmediatamente á ver á vuestros enfermitos; nuestra escuela está en la calle Federal, cerca de la de los Noyers; os esperamos á medio dia.
Llegado que hube al hospicio, pregunté por el director; era este una mujer, la maestra de Susana, la célebre señora Hope, doctor en medicina y profesor de hijiene, y vaya otro contrasentido de esos que no se hallan sino en los Estados-Unidos. Por lo demás era una respetable matrona, que me acojió como á un cofrade, comenzando inmediatamente la visita conmigo.
El hospicio era un modelo; no he visto en ningun pais una instalacion tan perfecta. Vastos salones con un pequeño número de camas, anchamente espaciadas; nada de cortinas, mucho aire, discreta luz, silencio, limpieza esquisita, nada de ese olor rancio y nauseabundo que hace del hospital un objeto de repugnancia, y muchas veces una residencia envenenada.
Por primera vez hallé reunidas todas las condiciones que la hijiene reclama no menos que la caridad.
Al llamado de la señora Hope acudió un escuadron volante de jovencitas. Sus vestidos negros, sus delantales levantados, y sus gorras blancas dábanles un falso aire de hermanas de caridad. Eran las internas del hospicio, los futuros doctores con faldas de la libre América. Siguieron mi clínica con la mayor atencion; hízome mucho efecto la sencillez de sus espiraciones, cuando me esponian el estado del enfermo, y el cuidado con que tomaban nota de mis palabras y de mis prescripciones; pero como tenia demasiado buen sentido para tomar á lo sério aquel ensayo quimérico; preguntéle á la buena señora Hope que esperanza se prometia de aquella singular educacion.
--Creo, me dijo, que llegarémos á una gran reforma. Estas jóvenes discípulas que han estado dos años en el hospicio de la Maternidad, el año que viene irán á la clínica de las mujeres; haremos de ellas verdaderos médicos.
--Bravo! esclamé, para nosotros barbas grises será encantador el vernos cuidados por Hipócrates de diez y ocho años con miriñaques y encajes.
--No, me contestó, nosotros no nos ocuparemos de vosotros, señores. Pero el parto, el cuidado de los recien nacidos, las enfermedades y la locura de las mujeres, correrá de nuestra cuenta; eso nosotros lo entendemos mejor que vosotros. A vosotros se os dejará la cirujia y los casos estraordinarios; pero todo lo que una madre ó una mujer no os confia sino con pesar, lo tomaremos para nosotras; se os espulsará de un dominio que vosotros habeis usurpado. Introduciremos el pudor en la medicina; la preocupacion gritará segun su costumbre, pero las mujeres, los padres y los maridos estarán con nosotros, y la victoria será nuestra; no lo creeis asi doctor?
Qué se ha de responder á un fanático, sobre todo cuando ese fanático es una mujer, es decir un ser débil por naturaleza, aflijido por una obstinacion orgánica? Corté la discusion y continué mi visita. Las enfermedades no eran graves y los pequeños enfermos de tan tiernos y prudentes cuidados que poca cosa me quedaba que ordenar. Solo tuve que hacer una operacion y de poca importancia. Abrí en el cuello de un niño un absceso de carácter maligno, y mal colocado. La lijereza de la mano, la gracia y la elegancia de la cura son la gloria de nuestra escuela de París; asi obtuve un gran éxito cerca de mis jóvenes discípulos; mi vendaje, con sus repliegues injeniosos fué dibujado en el acto, y el dibujo colocado como modelo en la sala de las operaciones. Lo digo en verdad, viendo tanta intelijencia, tanta bondad y atencion, hubo momentos en que estuve por admitir que las mujeres sirven para algo mas que para dar tisana á los niños. _Todo esto no anda muy mal_, hubiera dicho Montaigne, _pero qué! ellos no usan pantalones_.
Hice á tiempo esta reflexion, y lo digo en honor mio, permanecí fiel á la antigua relijion de la facultad. Vivan las novedades en política, en ese terreno son inocentes, pero en saliendo de él viva la preocupacion! La prueba de que es saludable, es que tiene en su favor la mayoria y que á los novadores se les lapida. Hallé pues, encantadoras á aquellas jóvenes heréticas, pero la herejia era abominable, y no cedí.
Terminada la visita pasé al consejo de administracion; la señora Hope me acompañó, sentándose entre nosotros sin que su presencia llamára la atencion de nadie. Entre los _trustees_ ó administradores, hallé algunas caras conocidas: á Rose el boticario, al bravo Coronel Saint John, al amable Humbug, y á Noé Brown, el insoportable puritano. La directora fué quién habló primero; espuso en buenos términos, y con las pruebas en las manos, la insuficiencia de la casa y la necesidad de comprar un jardin del vecindario para el uso de los convalecientes. Cuando ella terminó, preguntáronme mi opinion.
--Apruebo en todo esa excelente idea, dije, y estoy convenido de que dirijiendo y haciendo recomendar á la administracion una memoria tan neta y tan bien hecha, obtendriamos de aquí ocho ó diez años esa mejora urjente.
--De qué administracion hablais? preguntó el Coronel, que presidia por derecho de antiguedad.
--Hablo de la administracion jeneral de los hospicios.
--Qué mónstruo es ese? dijo Humbug riendo. Brown, es el nombre de algun nuevo Leviathan?
--Tregua á las chanzas, dije á Humbug; supongo que este hospicio depende, como todos los demas, de una gran administracion protectora y centralizadora: Es el Estado, es la Ciudad, es una corporacion la que regla, vijila y organiza la caridad? poco importa; lo evidente es que siempre se depende de alguna de esas cosas.
--Hé ahí, dijo el grosero Brown, que es lo contrario de la verdad. Gracias á Dios! nosotros no dependemos de nadie. Hénos aquí reunidos para aliviar la miseria, ponemos en comun nuestra buena voluntad, nuestro tiempo y nuestro dinero, sometemos nuestros estatutos al Estado, que hace de nosotros una corporacion; hecho esto, quién puede tener derecho á mezclarse en nuestros negocios? Es un crímen la calidad? Es una carga política ó municipal? Yo soy cristiano y socorro á los pobres á mi manera, quién puede pues, inmiscuirse en esto, que es para mi uno de los primeros deberes? Acaso se gana el cielo por procuracion?
--Permitid, le dije; nadie os prohibe que deis vuestro dinero; jamás tirania alguna llevó su crueldad hasta ahí. Pero el derecho de fundar un hospital es otra cosa; si al primero que se le presentase le concede la facultad de abrir esos asilos, á qué desórden no iriamos á parar! Pronto tendriamos hospicios homeopáticos, y que sé yo!
--Hospicios homeopáticos? dijo Rose, hay tres en la ciudad, y va á fundarse el cuarto, qué mal hay en eso?
--Rose, amigo querido, esclamé, sois vos un boticario ortodoxo, quién semejantes monstruosidades profiere?
--Querido Doctor, repuso Rose, nosotros no sabemos ni en relijion siquiera, lo que es una ortodoxia oficial. Dejámosle á cada cual el derecho de buscar á Dios, segun su conciencia. Obrando de buena fé, no podemos ser mas rigurosos con la salud del cuerpo que con la del alma. Por otra parte, mi buen amigo, ambos somos augurios, y sabemos á que atenernos sobre la medicina oficial y las píldoras ortodoxas.
--Sea! repliqué; proclamad la libertad del charlatanismo y del envenenamiento; ya nada me asombra en esta república, que debiera poner en su bandera la divisa de la abadia de Theleme: _Haz lo que quieras_; pero os hablaré en nombre de la utilidad y del buen sentido. Con vuestro sistema de _dejad hacer_, cuántos hospicios teneis?
--Unos cien, cuando mas, dijo la señora Hope. La cifra me asombró; no creia en esa fecundidad de la caridad anárquica, mas no habia agotado mis razonamientos.
Unos cien hospicios! esclamé; señores no olvideis esa cifra admirable; si ella hace honor á los cristianos de París en Massachusetts, preguntaos, como hombres prácticos, lo que esa multiplicidad, la que esa concurrencia debe fatalmente producir. Empleos dobles, pérdida de dinero; aquí, superabundancia; alli, ausencia completa de socorros; despilfarro y pobreza. Suponed, al contrario, que una vasta administracion reune esos hilos dispersos, y concentra esas fuerzas estraviadas; colocando en la cúspide de la pirámide á un hombre vijilante, activo, económico: en el acto reina el órden, y con el órden todos los beneficios de la unidad! Jerarquias médicas, clínicas regulares, enseñanza disciplinada, caja central, farmacia central, en una palabra un verdadero imperio: el imperio de la caridad, con su jefe, sus ministros y sus súbditos. No es un sueño; ese ideal, es una verdad en los paises que están á la cabeza de la civilizacion. Gracias á la maravillosa potencia de la centralizacion yo afirmo que con un pequeño número de grandes hospicios y una organizacion vigoroza, me seria fácil duplicar el número de camas de vuestros enfermos, sin gastaros un dollar mas.
--Estoy convencido, dijo Humbug. Con su talisman, el doctor es capaz de rehacer el mundo, estirpando de él todos los desórdenes de la libertad. Pido que por el mismo voto, se pongan en sus manos, las fábricas de tejer, las fundiciones, los astilleros y demas. Con usinas centrales, y una jerarquia de injenieros, no dudo que la produccion se doblará, disminuyendo todos los gastos.
--Sois insoportable, le dije, me tomais por un comunista? Creeis acaso que ignoro que en industria esa unidad es una quimera?
--Por qué? repuso el eterno burlon. Por ventura en industria la centralizacion no produce forzosamente la economia de las fuerzas, la regularidad de la produccion, la jerarquia y la disciplina del trabajo?
--Sin duda, repuse, pero ese es el lado pequeño de la cuestion. Esa uniformidad mecánica destruye la ley moral de la produccion. Qué significa esa regularidad ficticia, si ella destruye el ojo del amo, si anonada el esfuerzo individual, el interés privado, la libre competencia? Una gota de agua al lado del océano. Lo que yo os propongo al contrario....
Es exactamente la misma cosa, interrumpió Humbug con vivacidad. Interés privado, esfuerzo individual, libre competencia, todos esos móviles que apreciais tan bien, son igualmente los móviles de la caridad; es menester agregar la abnegacion que solo vive de la libertad. Si el Estado ó el comun se encarga de socorrer á los pobres en reemplazo mio, si esa enorme mecánica me desembaraza de la primera de las virtudes, pagaré arrugando el ceño un impuesto mezquino, y todo estará dicho. Pero dejad á mi cargo el cuidado de la miseria, y las dulzuras de la limosna, y os daré hasta mi último cobre. Yo me curo poco de los otros hospicios de la ciudad, no los conozco; pero este es mio,--esos niños, los amo como si Dios me los hubiera dado á mi solo. Cuando he terminado mi dia, cuando me siento triste y fatigado, aquí es donde vengo; en medio de mis pequeños protejidos es donde olvido mis pesares. Preguntad á estos caballeros lo que cuesta la caridad voluntaria. Calculando por bajo les costará el décimo de su renta; apuesto á que si el Estado nos tomára una veintésima parte, todos gritariamos á la tiranía! Concedo que habrá dinero despilfarrado y fuerzas perdidas, pero lo que se debe ver es el fin, y afirmo con las pruebas en la mano, que la caridad individual es tres y cuatro veces mas fecunda que la caridad organizada. Vuestro sistema, caro doctor, arroja sin cesar, entre la voluntad y el acto, un obstáculo que todo lo hiela. Nosotros no somos paralíticos,--dejadnos obrar, ved lo que un pueblo gana con la libertad. Bajo el punto de vista político, el Estado tiene el mayor interés en dejarnos la práctica de la mas amable y sociable de las virtudes; bajo el punto de vista económico hace un excelente negocio; multiplica los socorros y los estudia y sirve á la vez á la ciencia y á la humanidad.
--Señores, dijo el Coronel, me parece que nos alejamos mucho de la cuestion. Nos piden veinte mil dollars por mejorar y agrandar nuestro hospicio; no tenemos sino una cosa que hacer: suscribamos y dirijamos una carta de suscricion á nuestros sócios. Yo que no tengo hijos y que he adoptado esos pequeñuelos, doy el ejemplo, y me suscribo por mil dollars.
La lista pasó de mano en mano: cuando llegó á mí, hice lo mismo que Rose,--me suscribí por cincuenta dollars.
--Permitidme una reflexion final, dije al Consejo. Veo que compramos, mediante diez mil dollars un jardin de poca estension, no es muy caro?
--Es el doble de su verdadero valor, repuso la señora Hope, pero el propietario no quiere deshacerse de él por menos.
--Pues es gracioso! esclamé. Un propietario que coloca su conveniencia y su egoismo sobre el interés de los pobres! eh! Señores, es menester espropiarlo; no fomenteis con vuestra debilidad una odiosa especulacion.
--Doctor Smith, dijo Brown, frunciendo las cejas, eso si que es comunismo de primera clase.
--Vaya, vaya, repuse alzando los hombros, acaso el interés particular no debe ceder al interés jeneral?