Paris en América

Part 17

Chapter 174,022 wordsPublic domain

Caí en mi asiento á la manera de un Titan fulminado. El presidente, convertido en apóstol de teorias que hacen descender la acusacion al nivel de la defensa; el presidente, desertor de nuestras filas y haciéndose cómplice del abogado, era el último golpe! Si esto es lo que los yankees llaman justicia, yo no la conozco ni por el forro. Recorred la Europa civilizada, y no hallareis allí nada semejante.

--Muy bien, me dijo el escelente Humbug, para darme un poco de valor. Hablais como un senador; pero con demasiado celo solamente. Moderaos, mi buen amigo, hareis mas efecto.

No habia salido todavia de mi sorpresa cuando llamaron á los testigos; esperaba que solo el presidente los interrogára de concierto conmigo. Esperanza vana! El presidente era una estátua impasible; frente á él, el acusado guardaba el mismo silencio. Cuando quise interrogarle, un grito jeneral me enseñó que, segun la ley yankee, no hay favor sino para los pícaros. Cualquiera que hubiera visto al majistrado y al acusado inmóviles y mudos, habría dicho que ajenos á lo que pasaba en la audiencia, eran los jueces del campo. Los combatientes, ó mejor dicho las víctimas, eran los testigos, entregados á la merced del abogado, interrogados, desmentidos, vituperados, hostigados por un hombre sin carácter público y que no tenia otro título sino defender la dudosa inocencia de un pícaro envejecido en el crímen. En aquel trastorno de todas las ideas recibidas, cualquiera habria tomado al acusado por un testigo, á y los testigos por acusados.

Una de las preguntas hechas por Fox me pareció tan impertinente, que me opuse á que el testigo contestára.

--Con qué derecho? esclamó Fox, siempre furioso.

--Olvidais le dije, que no os debo cuenta de ningun jénero: soy aquí el representante del Estado.

--Qué nueva químera es esa? repuso, con su insolencia habitual, en este recinto no hay Estado. Aqui no hay lugar sino para la justicia, admirablemente representada por la imparcialidad del majistrado y la sabiduría del jurado. Vos, sois tan abogado como yo. Yo represento al acusado, vos representais al querellante, á quien la sociedad os da por sosten. Vos no teneis un solo derecho que no me pertenezca á mí,--asi como yo no tengo un solo privilejio que vos no podais revindicar. Si de otra manera fuesen las balanzas de la justicia no serian de buena ley y la acusacion seria mas fuerte que la defensa; á qué estaria reducida la libertad del ciudadano?

--Señor presidente, dije, tambien es esa una de las teorías consagradas por vuestros precedentes?

--Señor attorney jeneral, repuso con tono pesaroso, vuestra pregunta me sorprende. En un pais libre puede acaso ponerse en duda la igualdad de la defensa y de la acusacion?

No me quedaba mas recurso que callarme; dejé á Fox torturar á los testigos á su gusto. Una sola cosa me consoló. No hay abuso que, al lado de mil inconvenientes, no lleve aparejado alguna pequeña ventaja. Habituado desde la infancia á las rudas pruebas de la vida pública, los testigos no se dejaban intimidar por la aspereza de las preguntas que se les dirijian. En aquel duelo de palabras, Fox no siempre llevaba la mejor parte. Es verdad que tenia la piel dura; cada vez se levantaba con nueva rabia. Jamás se ha defendido la libertad de un hombre con una enerjía mas desesperada.

Entre los testigos figuraba Seth el cuácaro, personaje importante en Montmorency, por su calidad de posadero. Seth le tenia mala voluntad al abogado desde el lance de por la mañana, y así sus contestaciones envolvian una malicia que me hizo sonreir apesar de mi mal humor.

--Conoces al acusado? preguntó Fox.

--Sí, dijo el cuácaro, le conozco por su desgracia y por la mia.

--¿Te atreverias á afirmar bajo juramento, que es un mal hombre?

--No he dicho nunca que le hubieran acusado de ser un mal hombre, repuso el amigo Seth con la mayor dulzura.

--¿Qué interés tenia en robar un carruage con caballos?

--Ninguno, que yo sepa, dijo el cuácaro. Hubiera hecho mejor en comprarlos y no pagarlos, á la manera de los honorables _gentlemen_. Quizá no tenia el crédito de ellos.

Despues del posadero, vino el turno de la sirvienta; era esta una gordiflona rubia, de aire cándido y alegre; pero que no carecia de uñas y de pico, como toda hija de los campos.

--Vos pretendeis, dijo el abogado, que reconoceis al acusado; afirmais que os ha dirijido amenazas en términos mas que inconvenientes.

--Sí, señor, murmuró poniéndose colorada.

--Hablad mas alto, dijo Fox, los señores jurados no os oyen.

--No puedo, repuso toda turbada.

--Sí, podeis; haced como yo, gritad.

--Vos, es diferente, repuso, es vuestro oficio; desde chiquito os han acostumbrado á ello.

--Vos afirmais continuó Fox, que el acusado se ha servido de palabras abominables, tan abominables, señores jurados, que el pudor me impide repetirlas en público.

--Si, señor, dijo la muchachona, poniéndose cada vez mas colorada.

--Muy bien, repetid esas palabras á la corte y al jurado.

--Señor, dijo ella, irguiéndose, si vuestro pudor no os permite reproducir esas palabras, no comprendo como es que podeis suponer que el mio me lo permita.

--Muy bien, repuso Fox sin desconcertarse; el jurado apreciará. Habeis dicho que el acusado hablaba como un descarado. ¿Sabeis lo que es hablar como un descarado?

--Lo sospecho, repuso, mirando al abogado de tal manera que la asamblea se puso á reir y que Fox abandonó el testigo.

Agotada la lista de los testigos, tomé yo la palabra; la cólera me hacia elocuente, lo sentia, y así me abandoné al placer de declamar. En una requisitoria que merecia ser estenografiada, hice la historia completa de aquel bandido. Le cojí del lecho para no dejarle sino ante el tribunal, donde iba al fin á recibir un justo castigo. Primero, le pinté á los tres años, como uno de esos niños malditos que no han hecho jamás sonreir á su madre; en seguida, le acompañé á la escuela, le mostré perezoso, mentiroso, pendenciero, preludiando al patíbulo con sus robos de nueces y ciruelas en los árboles del camino. Por una fortuna inaudita, habia hallado entre los testigos, á tres de sus honrados camaradas, que veinticinco años antes habian hecho el merodeo con aquel futuro pícaro. De la escuela pasé al taller, y allí tracé un retrato horrible del hombre que debia parecérsele. Hice contra la embriaguez, _ese veneno criminal_, un trozo que arrebató al auditorio; estaba todavia á diez años del crímen, y el acusado era ya hombre perdido en la opinion del jurado. Despues de mi discurso, la única cosa que debia sorprender, era que el acusado no hubiera muerto á su padre. No dudaba que aquel malvado tuviera el alma parricida; y así lo dije al jurado; pero el cielo le habia ahorrado al muy pillo el mayor de todos los crímenes; ¡el miserable tenia la felicidad de ser huérfano!

Mientras que el auditorio estaba suspenso de mis labios elocuentes, miré al acusado que se torcía bajo el látigo de mis palabras vengadoras. Herido por mis reproches, incapaz de resistir á sus remordimientos violentamente despertados, levantóse, é interrumpiéndome:

--Presidente, dijo con voz ronca, si esto debe durar mucho tiempo así, es bastante para mí, me confieso culpable. Prefiero estar cinco años preso, antes que escuchar á este caballero.

--Desdichado, dijo Fox, ¿habeis pensado en ello? Retirad esas palabras funestas.

--No, no, dijo, este caballero me fastidia; daria mi cabeza por hacerlo callar.

--Acusado, dijo el presidente, reflexionad antes de hacer una declaracion que os pierde. Pensad que si renovais friamente esa confesion, solo me resta pronunciar vuestra condena.

--Os doy las gracias, mi presidente dijo, sois un digno majistrado; vos no pisoteais á un pobre gusano que se halla en desgracia. Qué quereis, no tengo suerte; si me cayera de espaldas me romperia el pescuezo. Despues de todo, yo he robado, que justicia sea hecha. Pero ¿qué tiene que hacer este caballero con lo que le he dicho á mi madre ó he hecho en la escuela cuando era muchacho?

Mi victoria era completa. Vencido por mi elocuencia mas que por sus remordimientos, el culpable confesaba su crímen. Para colmo de felicidad, Fox, cuya lengua audaz yo temia, no podia ni contestarme siquiera. Faltaba, pues, únicamente que la justicia y la autoridad cumpliesen con su deber.

Levantada la sesion, uno de los jurados vino donde yo estaba y me estrechó la mano. Era un orador célebre, un espíritu lleno de recursos que, mas de una vez en las Cámaras, habia derrotado á sus adversarios teniendo estos razon. Tal sufrajio agregaba á mi triunfo, un gran esplendor; asi fué que en vano procuré disimular mi alegria por tan gloriosas felicitaciones.

--Estoy encantado de vuestro injenioso descubrimiento, me dijo mi nuevo amigo. En la primera ocasion que se me presente me propongo imitaros y espero ser tan feliz como vos. Tomar á un hombre al nacer, apoderarse en su jérmen del vicio, del error, de la preocupacion describiendo é interpretando su largo desarrollo, eso es admirable. No creo que haya persona alguna que pueda salir intacta de esa revista histórica; siguiendo vuestro proceder me siento capaz de demostrar que Caton era un malvado y Sócrates un atéo.

--Yo no he inventado nada, le dije con modestia; vos me lisonjeais.

--No, me dijo; en este pais jamás se ha razonado de esa manera sutil. Es una lójica nueva que os hace el mayor honor. Los yankees son jentes groseras, que persiguen el crímen y no al hombre; para vos el hecho material no es nada, el hombre es todo. Si no hay prueba suficiente de la atrocidad que se le imputa, poco importa; ha sido capaz de cometerla? la presuncion está en contra de él y por otra parte es probable que haya cometido muchas otras. Hé ahí lo que yo llamo una buena justicia, una justicia que proteje á la sociedad y que solo se inquieta del bien público. Sois americano de oríjen?

--Esta brusca pregunta os sorprende, continuó sin averiguar la causa de mi sorpresa. Perdonad mi indiscrecion; mi madre era francesa y á ella le debo ciertas ideas que no han entrado jamás en una cabeza sajona. Esas ideas se acercan mucho á las vuestras, y me inspiran las mas vivas simpatias por la orijinalidad de vuestro talento.

--Así, por ejemplo, para mí el Estado es todo; y á pesar de la estúpida charla de ignorantes moralistas, sostengo que no se puede poner en balanza el interés de todo un pueblo y el pretendido derecho de un mísero individuo! Soy socialista en el buen sentido de la palabra, el Estado antes que el individuo! Los yankees, al contrario, espíritus limitados, méollos estrechos, han traido de Inglaterra una preocupacion egoista y salvaje. Si un juez le falta al respeto á una vieja gitana, si un _attorney_ jeneral pierde la paciencia acusando á un pícaro, ó trae á maltraer á un asesino--en el acto sale un sajon que grita hasta desgañitarse que se viola la gran Carta, y que se ultraja á la humanidad. Y en el acto una multitud imbécil acude á la voz del que ladra, haciendo al rededor del majistrado un ruido semejante al de los perros que siguen un caballo al galope. Diríase que es un pueblo de ladrones, donde cada cual tiene miedo de ir al dia siguiente ante la corte de _assises_, y que defiende la libertad de los demás en el interés de la suya propia. Gracias á la solidez de mis principios, yo entiendo la justicia de otra manera. Veo con placer que hay en América dos hombres de la misma opinion. Nadie es un santo cuando aparece ante el jurado, y yo prefiero mandar tres inocentes al patíbulo antes que dejar escapar veinte pícaros. Soy un hombre sólido; tocad aquí; entre los dos reformaremos la educacion de este pueblo monótono que no tiene sino una palabra en la boca: Libertad!

Despidióse de mí apretándome la mano de la manera mas cordial; pero cosa estraña, sus elojios me desagradaron y mi triunfo comenzó á asustarme.

--Si habré ido demasiado lejos, pensaba. Si me habré dejado arrebatar por el ardor de la persecucion, á la manera de un cazador que solo oye su pasion? Yo no me he engañado, desde que el culpable confiesa su crímen; pero las armas de que me he servido han sido lejítimas? Le es permitido todo á la justicia? El acusado no tiene ningun derecho al respeto?

A pesar mio estos pensamientos me ajitaban. La idea de la venganza pública no me satisfacía ya. Entreveía vagamente una doctrina mas pura, doctrina que sometía la justicia humana á los preceptos del Evanjelio; y decía en mis adentros: para el cristiano toda debilidad es santa, toda miseria sagrada,--con el niño, con la mujer, con el pobre y hasta con el culpable, la autoridad debe desconfiar de su fuerza y temer el tener demasiada razon.

CAPITULO XXV.

Dinah.

Al salir de la audiencia encontré al cuácaro que me felicitó por mi habilidad; este cumplimiento me hizo un placer mediócre. Humbug, al contrario, no me dijo nada; hubiera preferido sus reproches; creo que en aquel momento su cólera me habria hecho bien.

Fox me esperaba en la calle; sus rasgos contraidos, sus ojos brillantes, revelaban una pasion que ya no puede contenerse.

Debeis estar satisfecho, gritó de lejos en cuanto me vió. Habeis obtenido un triunfo, una victoria que os honra. Espero no ser el último que os haga justicia. No faltará un diario que glorifique la elocuencia y la doctrina del señor _attorney_ jeneral. Un Jeffries, en América, es un mónstruo nunca visto, que no se verá nunca; es menester admirarlo cuanto antes.

--Por lo demas, añadió, furioso de mi silencio y cerrando los dientes,--lo ocurrido no me asombra. No hay nada tan cruel como las jentes que tienen pesares domésticos, es una raza sin piedad.

--Pesares domésticos, dije alzando los hombros. Habeis perdido el juicio, señor Fox; habeis olvidado la persona con quien hablais?

--De veras! repuso recalcando, me parece que hablo con el dichoso padre de la muy amable Susana.

La cara de aquel hombre me espantó; su risa diabólica me heló hasta en la médula de los huesos.

--Callaos, le dije, os prohibo pronunciar un nombre que todos deben respetar.

--Vá! contestó con desdeñosa sonrisa, vaya una severidad fuera de lugar.

--Miserable, esclamé cojiéndole del cuello, esplícate ó te deshago aquí mismo.

--Señores, dijo el abogado procurando desacirse, os hago testigos de esta violencia. Señor Humbug, vos me hareis justicia!

--Sin duda, dijo el majistrado. Pedidme indemnizacion de daños y perjuicios por esa respuesta un poco viva, os acordaré un dollar. Pero si el doctor os reclama á su vez tres ó cuatro mil dollars, os prometo no perdonaros ni un centavo. Será para mí un placer castigar la calumnia.

--La calumnia! esclamó Fox, echando espuma de rábia. A donde vá todos los dias esa preciosa señorita, cuyo nombre no puede pronunciarse? Tengo yo la culpa, de que todas las mañanas, cuando vá al palacio, se la vea introducirse misteriosamente en una de las casas menos respetables de la ciudad? A quien puede visitar en la célebre calle del _Laurier_ la honorable hija del honorable _attorney_ jeneral? Hace algunas horas que yo la he visto entrar allí; supongo que allí estará aun porque ordinariamente se detiene bastante rato. Acusadme ahora de calumnia, doctor, será un escándalo divertido; me vengaré.

Caí en brazos de Humbug. Mi hija insultada! mi Susana difamada! El golpe era demasiado terrible, demasiado violento para un padre. Mi vista se nubló; mi cuerpo temblaba, y el dolor y la cólera me ahogaban. Por fin lloré,--lágrimas de rábia y de desesperacion, que sin dulcificar mi pena, me devolvieron un poco de imperio sobre mis sentidos y me permitieron hablar.

--Señor, dije á Fox, la calle del _Laurier_ está á dos pasos de aquí; vais á seguirme. Humbug, vos vendreis conmigo. Señor Seth, no me abandoneis; sobre todo no dejeis que ese hombre huya, es menester que justicia sea hecha, y justicia se hará.

--Tranquilízate, amigo Daniel, repuso el cuácaro, los tres te acompañaremos. Recalcó sobre estas últimas palabras: _los tres_, miró al abogado de piés á cabeza, y, arremangándose sus puños, se puso á blandir en el aire una vara de verga que tenia en la mano.

--Señores, dijo Fox con risa sardónica, estoy á vuestras órdenes. Notad, os lo suplico, que no soy yo quien se empeña en un paso que dará que sentir á cierta persona. Aun es tiempo de deteneros; yo no soy cruel; pero os prevengo que una vez dentro de esa casa, no saldré de ella, cualesquiera que sean vuestras súplicas y vuestras lágrimas, sino con la firme resolucion de decir cuanto haya visto.

--Vamos, señor, le dije, me importa un bledo vuestra piedad. Yo caminaba como un beodo apoyándome en el brazo de Humbug.

--Sospechar de tí, Susana mia y con mi consentimiento, nunca, jamás! Creo en tu pureza como en la de los ánjeles; pero la seguridad de aquel hombre me turbaba. Temia un golpe imprevisto, una emboscada, un lazo, qué sé yo? Ay de mí! cuando se ama, no se tiene coraje sino para sí mismo.

--Esta es la casa, dijo Fox, y aquí teneis al propietario. Levanté la cabeza; la casa tenia una mala apariencia. Una entrada sombría y húmeda, unas paredes negras, unos cristales rotos reemplazados por pedazos de papel, unos arambeles en las ventanas, eran mas que pobreza,--eran el desórden y la suciedad del vicio. Susana en aquella guarida! era imposible.

En el umbral de la puerta estaba un hombre despechugado. Tenia las manos en los bolsillos del pantalon, fumaba su pipa y miraba á los pasantes, con toda la insolencia de un pillastre, desocupado. Al vernos, alzó su sombrero desfondado y echándose sobre mí me tomó las dos manos con una ternura que me hizo horror. Era Paddy, medio borracho, hediendo á vino y tabaco.

--Buen dia, mi salvador, gritó; cuánto os agradezco que vengais á ver á un amigo. Entrad, señores; si un vaso de ginebra no os asusta, encontrareis con quien hablar.

--Paddy, le dije, os pertenece esta casa?

--No, mi salvador, contestó riendo; si este palacio fuera mio, ha tiempo que lo hubiera bebido. Pertenece á mi mujer; es lindo, no es verdad?

--Alquilais cuartos amueblados? le dije, mostrándole un cartelon.

--Para serviros doctor.

--A quién alojais en esta casa? preguntó Humbug con tono severo. Parroquianos de mi tribunal?

--Mi juez, dijo el borracho tartamudeando,--no soy bastante rico para ser severo; á la fortuna se la toma cuando se la halla, y á la virtud se la atrapa cuando se puede.

--Quién vive en el cuarto del primer piso, preguntó el abogado con aire picarezco.

--Que te importa á tí, charlatan? respondió el borracho. Eres tú quién pagas?

--Contestad, dijo Humbug; no olvideis que estais delante de un majistrado.

--Nada tengo que temer, dijo el Irlandés muy conmovido.

Debeis comprender, mi juez, que, en un cuarto de tres dollars por semana, y pagados de antemano no puede vivir sino jente honrada. Es una dama la que vive en el primer piso; y añadió á media voz, una linda dama, dulce, política, poco exijente, la perla de la casa.

--A quién recibe? continuó Humbug, que me veía palidecer.

--Perdonad, mi majistrado; aquí no estamos en la audiencia. La América es un pais libre, y en pagando, cada cual hace lo que quiere. Si alguien pasa por esa puerta, no se le mira; y si se le mira no se le vé.

--No os hagais el ignorante, dijo Fox. Pensad que tengo hecho poner en la cárcel á mas de uno que valia mas que vos. Hace una hora, he visto entrar en esta avenida á una jóven rubia, con vestido de seda negra y sombrero de paja; á dónde iba?

Paddy, intimidado, acercóse á mi implorando mi socorro.

--Amigo mio, le dije, tened la bondad de contestar, seguro de que no tenemos ninguna mala intencion; yo recompensaré vuestra complacencia.

--Mi salvador, dijo, para vos yo no tengo secretos; me habeis socorrido en mis trabajos y soy Irlandés, está dicho todo. Me arrojaria al fuego por vos.

--En nombre del cielo, murmuré dándole algunos dollars, hablad, me estais haciendo morir.

--En bien, doctor, repuso, todos los dias á la misma hora esa señorita rubia viene á ver á la jóven que vive en el primer piso. Ahora está arriba.

--Me parece que mi presencia es inútil, dijo Fox con tono irónico; el _attorney_ jeneral ya no tiene necesidad de mis servicios.

--Señor, le dije, con jesto amenazador, os confundiré por vuestras indignas sospechas.

Ay Dios! yo hablaba asi para engañarme á mí mismo; no sabia que creer, estaba desesperado. Humbug me tomó de la mano, y entré con él en aquella caverna lo mismo que un hombre que corre en busca de la muerte.

La puerta del primer piso estaba abierta. Habia una pieza de entrada y una especie de cocina, sin cortinas ni muebles. Me detuve para tomar aliento, contando los latidos de mi corazon. Seth se aseguró de que el abogado nos habia seguido; cerró en seguida la puerta sin ruido y puso la llave en su bolsillo. Nada teniamos ya que temer de los importunos.

Yo no estaba en estado de hablar; hice seña á mis compañeros de permanecer en su puesto y penetré sijilosamente hasta la entrada del segundo cuarto.

Frente á mí, y dándome la espalda estaba una mujer recostada en un viejo sofá, y á sus pies, sentada en un taburete de paja una niñita. Al lado de esta, Susana tenía la Biblia en la mano y leía piadosamente lo que sigue, que era escuchado con atencion.

“Me han cargado de iniquidades y en su cólera me han aflijido con sus persecuciones.”

“Mi corazon se ha turbado en mi interior, y el temor de la muerte se ha apoderado de mi.”

“He temblado de horror y me he envuelto en las tinieblas.”

“Y he dicho: quién me dará alas como á la paloma para poder volar y reposarme?”

“Me he alejado huyendo y he permanecido en la soledad.”

“Espero á Aquel que me ha salvado de mi abatimiento y del temor de mi espíritu, y de la tempestad.”

--Oh Susana mia! esclamó la desconocida, despues de Dios tú eres quien me salva la vida. Cuánto bien me hacen tus palabras! tú, al menos, tú no me has abandonado.

Me olvidas á mi, dijo la niña.

No, mi queridita, repuso la jóven; tú eres la única que en la Escuela del Domingo se ha apercibido de mi ausencia; y, en mi familia, quién se acuerda de mi?

La niña saltó al cuello de su maestra y las tres mujeres se abrazaron llorando.

Será que hay contajio en las lágrimas? Será que la emocion era demasiado fuerte para mi? no lo sé; pero fuera dolor ó placer, el hecho es que al contemplar aquella escena no pude contener mis sollosos.

--Padre mio, esclamó Susana, vos aquí! porqué casualidad?

--Querida mia, la dije estrechándola contra mi corazon y procurando ocultar mis lágrimas,--los padres son cariñosos; hay dias en que no tienen que arrepentirse de averiguar donde van sus hijas.

--La curiosidad es un feo defecto, dijo Susana, amenazándome con el dedo. Un padre bien enseñado le diria á su hija:--La señorita me permite acompañarla?--Y sin hacerse rogar, la señorita tomaria el brazo de su padre, como yo lo hago ahora; le conduciria ante una pobre jóven que tiene necesidad de apoyo, y le diría, haciéndole una linda reverencia:--Doctor Smith, os pido vuestra amistad para mi querida Dinah.

--Señor, dijo la estranjera, tomándome las manos, bendecidla, es mi ángel salvador.

Habíase levantado al hablar y la sonrisa asomaba de nuevo en su pálido rostro, cuando de repente lanzó un grito terrible, y volvió á caer en el sofá, toda temblorosa y bajando la cabeza.

El cuácaro estaba delante de ella y cruzados los brazos mirábala con aire furioso.

--Perdon, hermano mio, murmuraba la infeliz, ten piedad de mí!

--Así es como cumples tu palabra! dijo Seth; tu madre te cree en camino para California; te ha bendecido al partir; será menester que te retire su bendicion?

--Seth, dijo la jóven anegada en lágrimas, partí, pero el valor me faltó: tengo necesidad de mi madre y de los que me aman.

--Dí pues, que tenias necesidad de verlo y de perderte.

--No, no, gritó ella, soy una muchacha honrada, él no sabe que estoy aquí, no lo sabrá nunca. Solo he visto á mi buena Susana.

--Y qué quieres hacer? repuso el cuácaro con una dureza que me lastimó. Tú lo sabes, en casa ya no hay pan para tí.