Paris en América

Part 16

Chapter 163,860 wordsPublic domain

Tras él, dos _policemen_, conducian á un hombre de gran estatura, flaco, de cara desencajada, de ojos ardientes y aire de jugador que ha arriesgado su vida parando á una carta, y que ha perdido. Dejóse caer en el asiento de los acusados, y se ocultó la cara entre ambas manos.

--Señor, dijo el banquero, esta mañana han presentado en mi casa esta letra de dos mil dollars, que pongo sobre vuestro escritorio. Mi cajero, que es un mozo intelijente, vos lo conoceis, Humbug, no hallando este pago indicado en el cuadro de vencimientos, ha tenido la idea de traerme el billete, no obstante la insignificancia de la suma. El nombre del jirante, los endoces, mi aceptacion, todo es falso. Desde esta mañana, ya se han presentado tres veces con billetes semejantes, que han tenido cuidado de no dejarme. Es un golpe combinado entre cierto número de pícaros. Han calculado que me nombrarian intendente municipal, que hoy estaria ausente y que mi cajero no se atreveria á rechazar jiros con mi firma al pié. He cojido al señor; ahora toca á la justicia descubrir sus cómplices.

--Acusado, dijo Humbug, teneis algo qué contestar? Ved que se tomará nota de todas vuestras palabras, y que se hará uso de ellas en contra vuestra; reflexionad antes de hablar.

--Por ahora, nada tengo que decir, murmuró el acusado.

--Entonces me obligais á enviaros ante la corte de _assises_ por falsario, añadió Humbug con voz conmovida. Podeis presentar dos fianzas de cinco mil dollars cada una? De lo contrario me veré obligado á poneros preso.

--Veré de encontrar fiadores, respondió el acusado.

--Muy bien. Subid en carruaje con dos _policeman_, y ved á vuestros amigos. A vuestro regreso, iremos con vos mismo á inspeccionar vuestros libros, tomando otras precauciones del caso.

--Vais á dejar en libertad á ese falsario? le dije á Humbug. No veis que tiene cómplices, que los advertirá y lo que es mas, no veis que se escapará?

--La ley, respondió el juez, no establece la prision preventiva sino para los crímenes que llevan aparejados la pena capital. En todo lo demas, se remite á la discrecion del juez. Por qué quieres que le quite á ese hombre el medio de defenderse? Será para que comparezca como víctima ante la corte de _assises_, y para que el interés se adhiera, no al robado, sino al ladron? Serán necesario pruebas, espertas averiguaciones; puede esto, hacerse á tientas en ausencia del acusado? No tiene acaso el acusado el derecho de discutir y criticar todos los cargos amontonados contra él? La instruccion criminal, no es una pena, es la averiguacion de la verdad.

--Con vuestra falsa humanidad, esclamé, desarmais la sociedad; no es así como yo entiendo la justicia.

--Cómo la entendeis pues? preguntó Humbug.

--Permitidme una comparacion, repuse. En la sociedad lo mismo que en un bosque, hay aves de rapiña y animales de presa; son los enemigos que la policia y la justicia buscan constantemente para cazarlos. La policia los acecha, la justicia los espera al paso; el majistrado, cazador hábil, abate y destruye esa ralea maldita. Pedidle al lobo una fianza, ofrecedle un salvo conducto al zorro, vereis qué se hacen los carneros y los pollos.

Protejer á las jentes de bien, es el primer deber de la justicia; á los malos no les debe sino castigo y esterminio.

--Caro amigo, dijo Humbug, vuestras bromas son crueles.

_Quænam ista jocandi_ Sævitia.

Si hay lobos entre los pobres humanos, lo que estoy lejos de negar, por lo menos tienen la misma piel que las ovejas; antes de matar al salteador, es menester reconocerlo. Esa obra requiere una mano mas delicada que la del cazador. La justicia, no es bajo otro nombre, sino la sociedad, madre de todos los ciudadanos; hasta la condenacion, ella cree en la inocencia de sus hijos. Esa confianza maternal no es una palabra vana; es una ternura activa que proteje y sostiene al acusado, sin abandonarle un momento. Vos creis sin duda que es el jurado quien castiga el crímen; desengañaos. La instruccion se hace entre nosotros de una manera tan franca, tan libre, tan jenerosa, que á decir verdad es el culpable el que se condena á sí propio, aceptando la expiacion. Seguid nuestras cortes de _assises_, vereis que lo que desarma al acusado, es la misma dulzura de nuestros procedimientos judiciales. Si se le ataca, se subleva; si se le insulta, se ultraja; el orgullo y la cólera sostiene al malvado lo mismo que al hombre de bien. Pero justificarse cuando solo los hechos acusan, esponer uno simplemente su conducta, dar cuenta de sus acciones, es el privilejio de la inocencia. Nada espanta á un criminal como el sentirse solo cara á cara consigo mismo,--teniendo por testigo y por jueces al presidente que lo proteje y al jurado que lo acusa. Así lo mas frecuente es que concluya confesando su falta ó encerrándose en un silencio obstinado lo que equivale á una confesion. Lo que vos llamais la debilidad de nuestras leyes, es lo que hace su virtud y su hermosura.

No entiendo una palabra de vuestra filantropia quimérica, le contesté; no es asi como se entiende y se practica la justicia........

En Kharkoff, entre los cosacos! interrumpió Humbug riendo; ya lo creo, esos caballeros no son cristianos.

Son cristianos como yo, repuse, pero........

Buenos dias mi juez, gritó, mientras encerraban en el palco á un hombre de figura violácea, con unos ojos tan resaltantes como los de una langosta de mar y una voz asmática y ronca: soy yo, Paddy, no me reconoceis?

Dos veces, en cuatro dias, es demasiado, dijo Humbug.

Escusad, mi majistrado, dijo el acusado, señalando á los _policeman_,--estos señores tienen la culpa. No tienen piedad con los pobres. Ayer, domingo, salgo para pasearme tranquilamente, llevando en la mano una botella de jinebra, á la manera de un cristiano que no quiere ponerse furioso por no haber hallado que beber en un dia sábado. Encuentro á este gran diablo allá, le pregunto políticamente el camino del hospital. “Lo tienes en la mano, me contesta.”--Esto, dije, enseñándole mi botella, es el consuelo de mi vida.--“Es tu enemigo repuso él.”--Eh bien, _policeman_ es menester amar á vuestros enemigos. Esto diciendo bebo á mi salud, y tropieso con Patricio O’Shea, un compatriota hijo de la verde Erin, muy enemigo de los Sajones. El domingo no encuentra uno un amigo sin boxear un poco con él: cosa de risa, no es verdad, mi juez? Todavia no sangrábamos cuando el _policeman_ me atrapa del hombro diciéndome: “Tienes tres _dollars_ qué pagar?” No, mi bolsillo tiene un agujero y mi mujer no lo ha compuesto.--“Si no tienes con qué pagar la multa, añade, porqué te bates?”

_Policemen_, le contesté, teneis razon; cada cual debe divertirse segun sus medios,--con lo que me largo de bracero con Patricio, siempre amigos. Pero hé aquí que Patricio se pone á embromarme sobre las últimas elecciones; es demócrata.--“Tu juez, dijo, (era de vos,mi majistrado, de quien hablaba), no vale un píto; en cuanto al doctor se asegura que es brujo.”

Como era natural le cierro la boca de un puñetazo; él me lo devuelve; yo le doy una sancadilla, y sas tras, doy con él en tierra:--Te ahorco, le dije, si no confiesas, y le aprieto el pescuezo para que confiese.

Para que confiese qué, preguntó Humbug.

Qué, mi juez! que vos valeis un pito y que el doctor no es brujo.

Paddy, repuso Humbug, con aire serio, os damos las gracias por vuestra buena opinion respecto de nosotros; pero por haberos emborrachado y peleado en la calle tendreis que pagar diez _dollars_.

Diez _dollars_! esclamó el borracho, de dónde quereis que los saque?

Si no los encontrais de aquí á mañana, cinco dias de prision os dejarán chancelado.

--Y mi mujer, y mis hijos? murmuró Paddy.

--Ayer fué cuando debiste pensar en ellos, repuso el juez; hoy es ya tarde.

Fariceos esclamé, al fin os sorprendo. Con que teneis dos pesos y dos medidas. Gracias á su dinero, el rico puede permitirse todos los vicios; el pobre tiene que espiar en prision el único crímen que no perdonais: la miseria. Es eso equidad? Para un mismo delito, yo no admito sino una misma pena; encerrad á todos los culpables ó no encerreis á nadie. La justicia no es sino otro nombre de la igualdad.

--Dichosos lójicos, dijo Humbug, admirables conductores de los pueblos! se os importa poco matar la libertad, con tal de conducirla en linea recta al abismo. El dia en que los astutos verdugos hicieron morir bajo el látigo á los nobles y á las mujeres, sospecho, sublime doctor de Kharkoff, que vuestro corazon palpitaria, esclamando: Gran victoria de la igualdad!

--No, no, repuse á mi vez; tengo horror al despotismo; quiero la igualdad que eleva, y no la igualdad que rebaja; pido que á los siervos se les trate como á nobles,--no á los nobles como á siervos.

--Muy bien, amigo mio, repuso el juez; pero aquí es donde comienza la dificultad. Hay siempre un punto en el que, á menos de imitar á Procusto, el mas perfecto de los lójicos, no llegareis nunca á la igualdad.

Nuestras viejas leyes Sajonas, que vos encontrais duras, y yo hallo justas y suaves, siempre cuidan de tratar bien á la libertad. Escepto los crímenes atroces, ellas atacan la bolsa,--no á la persona culpable. Si el verdadero medio de contener al hombre arrastrado por la pasion es ponerle delante la responsabilidad que le espera, nada vale lo que las penas pecuniarias; creed en la esperiencia. Hay paises donde el adulterio es una gracia; la falta de fé un juego permitido; el duelo una proeza que honra hasta el malvado. Entre nosotros, no se seduce ni á la mujer ni á la hija del vecino, ni se mata á las jentes para reparar la injuria que se les hace. Por qué? Por la muy prozaica razon de que cada una de esas amables locuras cuesta quince ó veinte mil _dollars_. Nadie tiene interés en arruinarse para ser la fábula de la ciudad, y lo que es peor aún, un objeto de burla.

--Tal es la ley, cuya fuerza y sabiduria ha consagrado un uso diez veces secular. Pero qué hacer cuando el condenado no tiene nada? Debe dársele al pobre un privilejio de impunidad, sacrificar la libertad por amor á la uniformidad? Nuestros antepasados han decidido y nosotros hemos conservado su máxima: _El que no puede pagar con su bolsillo paga con su piel: luat cum corio_. Entre nosotros la multa es la regla, la cárcel la escepcion. Porqué? Porque la libertad es el principio; y á decir verdad, la cárcel no es sino un medio de ejecucion contra un deudor insolvente. Qué veis de injusto en todo esto?

--No veo la igualdad, repuse.

--Pues bien, doctor, sois ciego. Hay dos especies de igualdad: la una, que no conviene á las sociedades humanas,--es la igualdad material y brutal que no toma en cuenta ni la edad, ni el rango, ni la fortuna. Las mismas penas en condiciones iguales, es la igualdad absoluta, es decir, la suprema injusticia. La otra igualdad es la que proporciona el castigo,--no segun la definicion del delito, que no es sino una palabra, sino segun el acto mismo y segun la persona del culpable. Al rico una fuerte multa, al pobre una multa suave, y en defecto de paga algunos dias de prision,--es una ley en la que tanto la justicia y la igualdad verdaderas se encuentran consultadas no menos que la libertad.

--Paddy! esclamé llamando al borracho que levantó hácia mi sus grandes ojos con asombro: tomad estos diez _dollars_, buen hombre, idos en paz á vuestra casa, y no volvais á pecar. Hé ahí mi respuesta, añadí, volviéndome hácia Humbug: es una protesta contra la iniquidad de vuestras leyes.

Es la justificacion de su escelencia, respondió él. Si por amor á la igualdad, hubiéramos establecido la prision como pena de la embriaguez, qué socorro hubiérais podido prestarle á esa interesante víctima? La multa, por el contrario, tiene el gran mérito que las almas tiernas pueden siempre correjir la dureza de nuestros juicios. Y digan lo que digan los lejistas, esa raza de corazon empedernido, cuando hay lucha entre la caridad y la justicia, es bueno que la última palabra se diga en favor de la caridad.

--Gracias, doctor, gritó Paddy, deshaciéndome los dedos entre sus manos; voy á beber á vuestra salud; el primero que se atreva á decir que sois brujo, lo aplasto, á fé de cristiano.

--Ved ahí un hombre correjido, dijo Humbug. Ahora si no hay nada mas á la órden del dia levantemos la sesion.

De allí volvimos á mi gabinete, donde encontramos al Presidente de la corte, de _assises_ en una gran ajitacion.

--Os esperaba, le dijo á Humbug: héme aquí en un gran embarazo. El jurado está reunido, el _attorney_ jeneral me falta á su palabra. Me escribe que está en cama, retenido por tales dolores de entrañas que le es imposible levantarse.

--Entrañas.... un _attorney_ jeneral! Eso es inverosímil, esclamó Humbug.

--Amigo mio, no riais, y socorredme, dadme alguien que pueda reemplazar á nuestro acusador público.

--Tomad á este querido Daniel, dijo el juez, siempre dispuesto á reir. Es el hombre que buscais. Abogado y doctor de la universidad de Kharkoff. Un prodigio de gravedad, de inflexibilidad, de legalidad y de sentimentalismo. Teneis ahí en una sola persona,--un Coke, un Mansfield, un Erskine y demás.

--Venid pronto señor, dijo el presidente, tomándome el brazo; vos me salvais la vida.

--Permitid, le dije........

--No, no, interrumpió él, no escucho nada. Nada de falsa modestia; sois doctor, eso basta.

Al mismo tiempo, Humbug me cojió del otro brazo; lleváronme á la sala, presentáronme al jurado, y me instalaron sin haber podido soplar una palabra. Humbug se puso despues de mi, y riéndose de mi percance, me mostró en el banco de la defensa á Fox estupefacto, que me miraba cerrando los ojos.

--No habia como desdecirse; la suerte que se burlaba de mi me condenaba á representar una nueva comedia: _el attorney por fuerza_.

CAPITULO XXIV.

Un attorney jeneral.

Querido lector! Os ha empujado alguna vez al agua por sorpresa, una mano traidora, y sin saber nadar? Pues bien, entonces podeis haceros una idea de mi triste situacion. No me sentia en estado de decir dos palabras seguidas, pero retirarme hubiera sido ridículo; no habria habido bastantes silvidos para mi en toda la ciudad; resolví pues, armarme de paciencia y sostener mi papel hasta el fin.

Saqué mi cartera, arranqué de ella algunas hojas y me puse á escribir de memoria algunas de esas bellas fraces que no dicen nada; pero que hacen el mayor efecto, cuando se las coloca á propósito en una improvisacion cuidadosamente preparada. Armado así, esperé la batalla, con la firmeza de un soldado que va al fuego, diciéndose que hará pié.

El primer acusado que condujeron era un malvado abominable, que habia envenenado lentamente á su mujer, despues de haberle dictado un testamento; el crímen era flagrante y las pruebas irrecusables, de manera que el miserable ni siquiera tentó defenderse.

--Me defiendo _culpable_, murmuró con voz trémula, pálido el rostro y ojos de loco. La muerte, pido la muerte. Que me quiten la vida.

La asamblea quedó en profundo silencio.

Levantéme majestuosamente, puse mi lente á caballo sobre mi nariz, tosí tres veces, y teniendo mis apuntes en la mano izquierda, mientras movia mi brazo derecho cadenciosamente, comencé con voz baja y lenta:

“Señor presidente, señores jurados:

“_Nemo auditur perire volens_, no se escucha al que quiere morir, es una de las grandes y saludables máximas que nos ha legado la profunda sabiduria de nuestros venerables antepasados, sabiduria bien superior á la loca ciencia y á la orgullosa razon de las jeneraciones de hoy dia; _nemo auditur perire volens_ es una máxima que no ha sido inventada solamente, para protejer al culpable contra su propia desesperacion, sino para asegurarle á la sociedad la justa satisfaccion de una venganza lejítima.

“Sí, señores, cuando un crímen execrable ha sido cometido; cuando nuestra admirable ciudad, rejuvenecida por el esplendor de esas gloriosas construcciones que hacen honor infinito al jénio prodijioso de nuestra hábil y sábia edilidad; cuando, decía, nuestra ciudad, Roma moderna, mil veces mas bella y mas grande que la Roma de los Césares, se despierta al amanecer, terrificada por la noticia imprevista de uno de esos horribles atentados que revelan una depravacion incalificable, fruto intoxicado de una civilizacion que las revoluciones y el periodismo han corrompido; entonces, entonces, señores, la justicia, que vela siempre, debe cumplir una mision sagrada, mision tan difícil como grandiosa. En defecto de una palabra fácil, en defecto de esa elocuencia majistral, gala de tantos de mis ilustres cólegas, que no nombro, teniendo en consideracion su exesiva modestia, los magistrados que al menos se inspiran en su conciencia traen á este recinto su enérjica conviccion, su humilde y firme abnegacion á la causa del órden, de las leyes y de la sociedad.

“Aquí, señores jurados, se dá un grande y hermoso espectáculo, aquí vuelve á empezar en todos sus detalles, una trajedia, dolorosa sin duda para las jentes honradas, pero necesaria á la espiacion del crímen y á la edificacion del pais entero. En este drama espantoso, el libertinaje hace la esposicion, la avaricia llena el segundo acto, el veneno es su nudo, la instruccion, por su maravillosa habilidad, precipita las terribles peripecias, y así llegamos al desenlace fatal y próximo. Ese desenlace vengador, está en vuestras manos, señores jurados, vuestro veredicto no es dudoso. Abrumado, por el peso de su falta, vencido por la justicia, el culpable ha confesado todo; ahí está ante vosotros agobiado, herido por los remordimientos. Su condena está escrita sobre su frente malvada, como lo está en vuestros nobles corazones.

“Que no crea que esa confesion forzada pueda librarle de la afrenta que ha merecido. En vano aparta su cabeza criminal, en vano aleja sus lábios impuros del cáliz amargo que su crímen execrable le ha preparado; la ley ciega y muda, la ley justamente inexorable, la ley santamente implacable, quiere que apure hasta las heces su maldad. Su suplicio es el castigo del pasado y la leccion del porvenir.”

--Basta, por Dios, basta, me dijo Humbug tirándome el faldon de mi frac: _Res sacra miser_[54], amigo mio.

Dejadme pues, le dije, con un jesto de impaciencia. La acusacion nada tiene que hacer con la humanidad.

--“Es á nosotros, continué animándome, es á nosotros, ministros de la vindícta pública, es á nosotros representantes de la sociedad ultrajada, es á nosotros á quienes incumbe el penoso y santo deber de sofocar hasta las palpitaciones de nuestro corazon de hombre, es á nosotros á quienes toca remover ese fango y dominar invencibles desagrados, es á nosotros....”

¡Imprudente! al hacer un jesto magnífico, alcé los brazos, abrí entrambas manos, y hé aquí que todos mis papeles caen en tierra y mi elocuencia con ellos; me agaché para recojer todo junto, pero el acusado aprovechándose de aquella casualidad desgraciada, se levantó bruscamente, diciendo:

--Señor Presidente, ¿hasta cuando sufrireis que el _attorney_ jeneral, juegue conmigo como un gato con un raton? La ley dice que sois el abogado del acusado; por qué dejais insultar mi miseria. Espero la sentencia, y no veo qué ganais con prolongar mi suplicio.

--Tiene razon, dijo un jurado mal enseñado, estamos aquí para hacer justicia no para oir un sermon.

Quise hablar; el presidente me detuvo haciéndome una seña con la mano, y cubriéndose, pura y simplemente pronunció la sentencia del culpable, y la pena de muerte. No hubo ni resúmen, ni palabras bien sentidas, ni leccion dada al acusado, ni al jurado, ni al público, nada que aumentára la solemnidad de aquella escena palpitante de interés. Antes por el contrario, todo se hizo con una familiaridad de mal gusto y como pactando con el culpable.

--Condenado, dijo el presidente, en adelante no espereis nada de la misericordia de los hombres, no os resta sino implorar la justicia de Dios. ¿Cuántos dias necesitais para arreglar vuestros negocios y poner en órden vuestra conciencia?

--Bastarán tres dias, repuso, tengo prisa de acabar.

--¡Eh bien! contestó el presidente, dentro de cinco dias á contar de la hora presente, comparecereis ante el único juez que puede perdonaros.

El condenado saludó al presidente con respeto y salió, lanzándome una mirada que me turbó. ¿No habia yo cumplido con mi deber? ¿Debe uno piedad hasta á los asesinos?

Introdujeron al segundo acusado. Era este un pícaro descarado, que habiendo salido de la cárcel dos dias antes se habia hecho culpable de fractura, de robo y de tentativa de asesinato. Habia roto las ventanas de una casa de Montmorency, amenazando á una desgraciada sirvienta que la cuidaba y robádose todo, inclusive el carruaje y los caballos.

La cara de aquel pícaro bastaba para hacerlo condenar. Era la maldad en persona. Veíase en él á un hombre para quien la sociedad no era mas que un enemigo, y que tenía tanto desprecio por la ley como odio por el majistrado; en una palabra, una de esas bestias salvajes que es menester matar para no ser devorados por ella.

--Acusado, dijo el presidente, ¿os defendeis culpable ó no culpable?

La pregunta es diestra, repuso el ladron, con audaz indiferencia. ¿Culpable ó no culpable? Ni vos ni yo podemos saberlo antes de haber oído á los testigos.

Señores jurados, esclamé, ¿tenemos acaso necesidad de oír mas? Retened esa confesion. Hay ejemplo de que un inocente haya hesitado un instante en proclamar su no culpabilidad? Solo un bandido de profesion puede tener semejante descaro. Ved si ese miserable no lleva el sello del crímen impreso en su cara impudente.

--Protesto contra esa teoria, esclamó el defensor del acusado. Aquella voz perruna me hizo estremecer: una vez mas la irónica fortuna me ponia en frente de Fox, mi eterno enemigo.

--Sí, continuó, protesto y protestaré siempre, contra una doctrina que jamás ha sido recibida en los tribunales de la libre América. Vos no teneis el derecho de torturar las palabras de un acusado para sacar de ellas una condenacion. Vos no teneis el derecho de interpretar su porte, su jesto, el tono de su voz para deducir de ello su culpabilidad. Si permitido fuera invocar esos signos falaces que la pasion esplica á su antojo, ¿quién escaparia á la elocuencia de los señores _attorneys_ jenerales? ¿Calla el acusado? son los remordimientos que le abruman, el silencio es una confesion.--¿Protesta con calma? es un descarado, el descaro es una confesion.--¿Se exalta, se chancea? es un insolente que ultraja la justicia; el insulto es una confesion. La debilidad, la enerjía, la humildad, el orgullo, las lágrimas, las cóleras, todo es confesion para los espíritus mal dispuestos, que solo ven las cosas de un lado. Eh! señores, comenzad por establecer los caractéres físicos de la virtud y del crímen. Cuando la ciencia haya realizado los sueños de Labater, condenareis á las jentes por su cara; hasta entonces dejad á los decidores de buena ventura, ese arte pérfido y peligroso. La justicia no conoce sino los hechos, no discute sino los hechos, no falla sino sobre los hechos. Ahí está su seguridad y su grandeza. Que el señor _attorney_ jeneral guarde su talento para mejor ocasion. Pasemos al exámen de los testigos.

--Señor Presidente, esclamé yo, solo por respeto á la corte, es que he sufrido hasta el fin la impertinencia de esas palabras; un _attorney_ jeneral no tiene lecciones que recibir de un abogado, requiero....

--Calma, señor, dijo el majistrado. A la defensa le es permitido todo salvo la injuria; las palabras del honorable abogado no esceden en nada el derecho de sus funciones. En cuanto á su doctrina es la que nuestros precedentes han consagrado. En todas nuestras compilaciones encontrareis esos principios que yo me hago un honor en profesar.