Paris en América

Part 15

Chapter 153,918 wordsPublic domain

Una reflexion me devolvió el valor. Por muy atrasados que los Yankees estén, decia yo para mis adentros, no son del todo bárbaros. En Francia, en el hogar de la civilizacion, tenemos cuarenta mil leyes que se contradicen; haga lo que haga, la autoridad acaba siempre por encontrar quien le dé la razon; quién sabe si en los Estados-Unidos no hay tambien un _Boletin de las leyes_? Consultaré un abogado.

Bajemos, dije al _attorney_. El tribunal ha de estar abierto: Humbug nos juzgará. Si pierdo mi pleito, sabré al menos á qué atenerme respecto á esta decantada libertad americana con que me aturden. ¡Chistosa libertad por cierto es la de un pueblo donde la autoridad, es decir, la nacion hecha hombre, se inclina ante la decision de un juez de paz!

En la calle hallamos al cuácaro, siempre impasible. A una señal de Fox, siguiónos en silencio. Marta acercóse á mí suspirando.

--Amo, dijo, en este mismo empedrado fué donde nos caimos el otro dia tu hija y yo.

¡Oh poder de una palabra! A estas sencillas palabras mis ideas se trastornaron: ¡Susana, Susana mia, tú eras quien perturbaba mi conciencia! Cierto, yo tengo una fé política á prueba de las locuras modernas; con la cabeza en el cadalso, sostendria contra todo el mundo que la autoridad no se equivoca jamás,--que está perdida si se deja discutir. Que un caballo, y hasta un cristiano se rompa el pescuezo en un empedrado mal tenido, es una desgracia; ¡pero qué importa! ¡Los caballos pasan, los principios quedan! El interés general está arriba de esas miserias del interés particular.--Hé ahí el dogma conservador que me han enseñado; yo lo profeso, y sin embargo, cuatro dias antes, la vista de mi hija herida habíame hecho olvidar mi símbolo. Yo tambien, en mi loca cólera, hubiera querido encontrar delante de mí un funcionario responsable, y si lo hubiese tenido habria obrado como aquel miserable cuácaro, salvo la memoria de dos mil quinientos francos. ¡Qué débil es nuestro corazon, y cuan infestados no estamos del veneno republicano!

Humbug estaba en su gabinete; entramos en él, Marte no se habia separado de su bien amado. ¿Era este un nuevo enemigo conjurado contra mí?

--Buen dia doctor, gritó Humbug apenas me vió á lo lejos. Muy bien os sienta á vos el honrar con vuestra presencia mi modesto tribunal. Nunca se enseñará demasiado á los hombres á respetar la justicia, hermana de la relijion:

_Dicite justitiam moniti et non temmere Divos_.

--Señor majistrado, le dije, no es un amigo sino un litigante quien comparece ante vos.

--Un pleito, dijo él á su vez, frunciendo su tupido entrecejo. Habeis olvidado la sábia leccion de nuestros padres? Para poner ó aceptar un pleito, se necesitan seis cosas: _primo_,--una buena causa; _secundo_, un buen abogado; _tertio_, un buen consejo; _quarto_, buenas pruebas; _quinto_, un buen juez, y _sexto_, una buena suerte. Reunir todas estas condiciones es cosa tan casual, que yo aconsejo á todo el mundo el atenerse á esta máxima del Evanjelio. “_Si alguien quiere pleitear contra tí para quitarte tu vestido, dale todavia tu manto._” Ganareis con ello la tranquilidad de espíritu, y ademas de esto los gastos de justicia.

Mientras que Humbug firmaba algunos papeles, apercibí en un rincon á Seth y á Marta en gran discusion. Las pocas palabras que cojia al vuelo no me permitian entender su diálogo. Seth hablaba de _insulto_, de una buena ocasion, de _arreglos de familia_. Marta suspiraba y jesticulaba, hablaba de _honradez_ de _Biblia_ y de _casamiento_. Era visible que los dos tórtolos se picoteaban. Bravo Marta, ella al menos habia tomado á lo sério esa Biblia que leía todos los dias. Su fidelidad doméstica triunfaba de su amor, y quizá tambien no la disgustaba asegurarse antes del casamiento de quien seria el dueño de casa.

--Escojed, pues, dijo ella, apartándose del cuácaro con un jesto de impaciencia.

--Veamos, veamos, respondió Seth, un poco de calma.

Y esto diciendo, acercóse tranquilamente á Fox, que no tuvo trabajo en demostrarle que para un hombre prudente hay siempre beneficio en perder una mujer y ganar un pleito.

El escribano anunció que la hora de la audiencia habia sonado.

Entremos, dijo Humbug; doctor, os doy el primer turno. Los pleitos son como las muelas enfermas; es menester librarse de ellas lo mas pronto posible; una vez arrancadas, pronto se las echa en olvido.

--En qué consiste, preguntéle, que hay tan poca jente en la sala? yo creia que en un pais libre la justicia era el gran asunto de los ciudadanos.

--Querido doctor, repuso el juez de paz, veis esos tres taquígrafos que preparan su papel y su pluma? Os diré, pues, como lord Mansfield en otra ocasion: “El pais está ahí.” Estad tranquilo, antes de dos horas todo París se ocupará de vuestro pleito. La publicidad de la justicia es la publicidad de los diarios. Suprimid el extracto y sereis juzgado en secreto, estrangulado entre dos puertas aunque haya trescientas personas de por medio. El foro de un pueblo de treinta millones de almas, el nuestro, es el diario. Merced á él, el menor litigante, el mas oscuro criminal, tiene por juez, por testigo y abogado, al pais entero. La prensa, mi buen amigo, creédselo á un viejo periodista, es la única garantia de la justicia y de la libertad.

En estas palabras de Humbug, yo no ví sino una cosa, ese diabólico tablero que iban á levantar en la calle, á fin de divertir á todo París, con mi mala ventura. Para librarme de tal fastidio, tomé una heróica resolucion. Perderé mi pleito, me dije, pero pondré á los que se rien de mi parte.

Iba á hablar; pero Fox ya habia leido sus conclusiones y comenzado su alegato.

--Hay, dijo ajitando su brazo del lado mio, hay ciertos hombres, que sin jenio, sin talento, sin capacidad; pero aflijidos por una ambicion ridícula ó por una comezon mal sana, mendigan el sufrajio popular, imajinándose que las funciones públicas son hechas para satisfacer su pueril vanidad.

Este exordio me bastaba; curábame poco de que imprimieran lo que pudiera venir en seguida.

--Permitid, le dije....

--No me interrumpais, esclamó con su mas agria voz, y poniéndose en jaque como un gallo cuyas plumas se encrespan, no me interrumpais, volvió á repetir.

--Perdonad honorable _attorney_, repuse yo, antes de pleitear es menester que haya un proceso, aquí no lo hay.

--Señor juez, continué, nombrado inspector desde hace cuatro dias, podria escusarme con la novedad de mis funciones, y acusar á mi predecesor de una neglijencia de que yo no soy culpable; pero Dios no permita que un oficial público, un mandatario del pueblo incurra en semejantes chicanas. El cargo obliga; yo quiero ser el primero que dé el ejemplo del respeto á la ley. Me reconozco responsable de un accidente que lamento, es pues inútil que ataqueis á un hombre que no sueña en defenderse siquiera.

--Muy bien esclamó el cuácaro, incapaz de contenerse. Amigo Daniel, tú eres un funcionario segun el corazon de Dios: un Booz, un Samuel; dame los quinientos _dollars_ ó una fianza bastante y me declaro satisfecho.

--Un poco de paciencia, repliqué yo; estoy pronto á pagar sobre tablas toda indemnizacion lejítima; pero no quiero discutir siquiera esa indemnizacion. Defiero el juramento á mi adversario; que este buen cuácaro sea el que por sí mismo fije la cifra del daño que le he causado.

--No acepto, gritó Seth, furioso y turbado, me gusta mas pleitear; mi abogado me habia prometido un éxito completo. Un cuácaro presta acaso juramento? Daniel, no lees el Evanjelio? Cristo ha dicho: “No jures en manera alguna, ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque esta le sirve de escabel á sus pies; ni por Jerusalem.”

--Basta, dijo Humbug; acabe ahí ese _canto_ inútil. No se te pide que digas en presencia de Dios, y como Cristo lo enseña: _esto es_ ó _esto no es_. Entra en tu conciencia, piensa en tu salud. Te exijo la verdad, toda la verdad, solo la verdad. Con todo lo cual, Dios te ayude.

El cuácaro se rascó la cabeza y miró á su abogado con aire lastimoso. Fox permaneció mudo. Seth se volvio, y viendo á Marta de pié y silenciosa cerca de él, palideció y se puso á balbucear. Su conciencia, su interés, su amor, sostenian una terrible batalla; y es menester decirlo para honor del cuácaro, el interés no llevaba la mejor parte.

--Aquí está el memorial, dijo él, los hechos son exactos, pero naturalmente en el precio algo se puede rebajar. Las baras no eran nuevas; sin embargo será necesario componerlas. Cinco dollars, no es mucho, no es verdad, Marta?

La muchachona hizo una señal con la cabeza como la estátua del comendador en la Opera de D. Juan.

--Pongamos cinco _dollars_, repuso el cuácaro con tono lamentable. El caballo ya estaba maltratado, pero la llaga ha vuelto á abrirse. Esto vale muy bien cinco _dollars_, no es verdad, Marta?

--Para mí, continuó, no pido nada; pero mi pantalon está roto y he perdido mi dia. Pongamos diez _dollars_, no te parece Marta?

--Y el abogado, gritó Fox, vas á olvidarlo?

--El abogado, repuso el cuácaro, dichoso de descargar el furor de su avaricia contra alguien; el abogado es un tonto que me ha dado un mal consejo. Cinco _dollars_, en pago de diez palabras inútiles, es demasiado, qué dices Marta?

Y los ojos de Seth resplandecieron viendo que su bien amada echaba á la risa el percance de Maese Fox.

--He aquí los veinticinco _dollars_, dije yo á mi turno, felicitándome de quedar á mano á tan poca costa.

--Ah! Marta, esclamó el cuácaro, que ruina es la conciencia. Seguro estoy de que no la tienen las jentes que hacen fortuna, y si la tienen no se sirven mucho de ella que digamos.

--Silencio, hijo de Belial! dijo Marta; bendito sea el cielo que me ha colocado cerca de tí.

--Bravo! doctor, me dijo Fox haciendo una respetuosa reverencia, sois pasablemente artéro, y no es poca dicha para nosotros que no seais abogado.

--Pues estais equivocado, cófrade, repuse yo sonriendo, soy del oficio.

--Como así? dijo Humbug.

--Hace algunos años hice una memoria de medicina legal á propósito de las mujeres que dulcifican indefinidamente el carácter de sus maridos, á fuerza de láudano discretamente administrado. Esto me valió un díploma de la universidad de Kharkoff; soy abogado y doctor en derecho entre los cosacos.

Cófrade, dijo Humbug, con tono solemne, hacedme el honor de sentaros á mi lado, y vosotros, señores estenógrafos, no olvideis este hecho maravilloso. Un médico, doctor en derecho de la universidad de Kharkoff, es cosa que no se vé sino en América. Estoy seguro de que en toda la vieja Europa no se hallaria un fénix semejante al que poseemos en París....en Massachusetts. Kharkoff, señores, no lo olvideis, Kharkoff!

CAPITULO XXIII.

La audiencia de un Juez de Paz.

Sentéme al lado de Humbug, teniendo cuidado de echarme respetuosamente para atrás; y mientras despachaban asuntos civiles sin importancia, me puse á examinar la sala y los actores.

No habia estrado para que el majistrado quedára mas alto que el justiciable; una simple barra de madera separaba al tribunal y al público. Humbug estaba sentado detrás de un gran escritorio, y á su lado escribía el _clerc_ ó escribano. Frente al juez habia una especie de palco con reja destinado al acusado; un poco adelante del acusado habia una mesa para el querellante y los testigos. Nada mas. Lo que aumentaba la simplicidad del espectáculo, era que nadie llevaba traje especial. Humbug estaba de frac negro, sentado y con el sombrero puesto; los abogados no tenian ningun distintivo particular. Allí no se veían ni capelo, ni toga, ni pelucas. Aquel pueblo primitivo tiene una fé tan injénua en la justicia, que cree en ella sin ceremonias. Siéntese en todas partes la grosería puritana. Añadid que habia un puesto de honor para los estenógrafos. Ellos son los que representan al pueblo, vijilando á sus majistrados y juzgando á la justicia. Oh democrácia! y son esos tus trofeos? Y sin embargo, no hay un pais donde se lleve mas lejos el respeto á la ley y la confianza en el majistrado. Es una de esas rarezas que prueban hasta la última evidencia que el Sajon ha sido creado para la libertad, así como el Francés para la guerra y el Aleman para las cóles, el jamon y la filosofía. Suponer que tan fuerte alimento conviene á todos los estómagos fué la locura de nuestros padres. Los pobres, no adivinaron en su ignorancia que hay razas _individualistas_ y razas _centralistas_ (qué dos lindas palabras!), las unas hechas para cernirse solitariamente en el espacio á la manera del Milano; las otras para vivir en rebaños y ser esquiladas como los carneros. La política, la relijion, la filosofía, la libertad, son cuestiones de historia natural, variedades que distinguen al _homo civilizatus_ entre todas las bestias de dos ó de cuatro patas. Admirable descubrimiento! Eterno honor de los grandes injenios de nuestros tiempos.

Así que hubo terminado la lista de los pleitos civiles, hicieron entrar á un acusado en el palco. Era un jóven pálido, de largos cabellos y aire afeminado é impudente. Interpelado por Humbug, dijo su nombre y su domicilio y que pleiteaba _no culpable_.[50] Sentóse en seguida, y pasando la mano por los bucles de sus cabellos, miró á sus acusadores con desdeñosa sonrisa.

--Señor majistrado, dijo un _policemen_[51], teneis delante de vos á uno de los mas hábiles rateros de la ciudad; entre la multitud donde le hemos aprehendido habian cortado seis bolsillos en un cuarto de hora. Al fin hemos cojido á este pícaro, que no nos era desconocido; en el forro de su frac tenia estas grandes tijeras; pero en sus bolsillos no hemos hallado nada.

--Hay algun otro testigo, alguna otra prueba? preguntó el juez.

--Nó, señor majistrado.

--Entónces, haced salir á ese _gentleman_[52], y otra vez procurad ser mas hábiles.

El ladron saludó á Humbug, y se retiró tranquilamente, como un hombre que no ha dudado un punto de su absolucion.

--Cómo! le dije yo á Humbug, así soltais á ese pícaro?

--Sin duda, no hay cuerpo de delito.

--Pero, y la mala reputacion de ese miserable, y esos bolsillos cortados y esas tijeras? Qué! no son pruebas?

--Nó, repuso Humbug; esas son simples presunciones. Es muy probable que ese hombre haya entrado entre la multitud para robar; pero la ley que castiga el crímen no castiga la intencion. Ella deja lugar á la hesitacion, al miedo, á los remordimientos. Si fuéramos á condenar á las gentes por sus intenciones, cuál es el hombre de bien que no habria merecido ser colgado diez veces en su vida? Y por otra parte, si le dais al juez el derecho de leer en el alma del acusado, qué es la justicia humana, sino una hipócrita arbitrariedad? El acto culpable deja de constituir el delito, y es el capricho ó la preocupacion del majistrado el que lo constituye.

--Dichoso pais, esclamé, donde la ley proteje al ladron.

--Mas proteje al inocente contestó Humbug.

--Con vuestro sistema de inquisicion, quién escaparia á los ódios privados ó á las venganzas políticas? Con vuestro derecho de interpretacion, qué juez no estaria espuesto al error y al arrepentimiento? Temis es ciega, amigo mio,--ni oye, ni siente. Si quereis que obre, echad en su balanza un cuerpo de delito, alguna cosa material, pesada, que haga inclinar el platillo; pero presunciones, intenciones, recuerdos enojosos, nada de esto tiene peso.

_Sunt verba et voces, prætereaque nihil._

En aquel momento, una especie de hércules vestido de _policeman_, entró en la audiencia, asiendo del cuello á un hombrecito que jesticulaba como un diablo en una pila de agua bendita; no garantizo la exactitud de la comparacion. El jigante empujó vigorosamente al enano en el palco; en seguida, acomodándose el frac, cuyo cuello se habia roto, y limpiándose la cara toda arañada:

--Ved lo que hay, señor majistrado, dijo con voz jadeante; es un rebelde lo que os traigo.

--Perdon, dije yo á Humbug; supongo que no vais á juzgar sobre tablas un delito flagrante cometido fuera de la sala.

--Por qué nó? repuso el juez, sorprendido de mi pregunta.

--Y las formas, esclamé. Comenzad por poner á ese hombre preso, dejad que la policia levante un sumario, en seguida haced deponer una queja, sobre esa queja proceded á una fria y séria instruccion; hecho esto, fiscalizad esa misma instruccion, para no dar cabida al error, ni á la pasion. Tomad quince dias, tomad un mes, tomad tres meses, si es menester, el tiempo no es nada; pero observad las formas; ellas son las garantias de la libertad.

--Estad tranquilo, doctor; vamos á hacer la instruccion en la audiencia, en público, con el pais por testigo. Semejante luz disipa todo error y toda pasion.

_Solem quis dicere falsum Audet._[53]

El acusado tendrá todas las garantias que pedis, salvo la prision preventiva, en la que supongo no tiene tanto interés como vos.

--Pues es el caso, continuó el _policeman_, que yo llegué ayer de mi provincia, y que haciendo esta mañana mi primera ronda, acudió á mí este señor muy apurado, respirando apenas y colorado como una remolacha--“_Policeman_, me gritó; al fin os encuentro! Pronto, pronto, socorro; hay necesidad de vos. “Qué hay?” le contesté. “Hay, respondió, que van á cometer una muerte abominable, si vos no os interponeis. Veis aquel jentío que se revuelve; allí hay un hombre que apalea su mujer con un garrote. Escuchad, gritan al asesino! Corred pronto, evitad una desgracia.”

--Y quién es ese particular? le pregunté yo.

--“No es grande, me contesta, pero es un salvaje.” Bueno le dije, he visto peores aun.

Abreviad, dijo Humbug.

--Voy á acabar, mi majistrado; corro y me abro paso por entre la muchedumbre, que no se movia; el hombre estaba allí, descargando sendos garrotazos sobre la cabeza de su mujer.

--Le habeis arrestado?

--No, mi juez, dijo el hércules rascándose la oreja y bajando la voz; era.... era Polichinelle.

--Continuad, dijo Humbug mordiéndose los lábios, mientras que el público reía de buena gana á la vez que el acusado.

--Sí, mi majistrado. Vuelvo á mi puesto, un tántico contrariado, como era natural. Y entonces llegan todos los pilluelos de la ciudad, encabezados por el señor, y silvando á cual mas. “_Policeman_, me gritan, os llaman; al asesino! al matador! Polichinelle mata su mujer!” Yo me dije: “Me han jugado una farsa, la ley no la prohibe; he caido en el lazo, callémonos; es menester que uno pague su aprendizaje.” Sigo caminando pacíficamente, como si nada hubiera pasado, cuando este señor, que á lo que parece le han pagado para que divierta la ciudad, se planta delante de mí, y me dice en alta voz: “Te conozco, te conozco, tú eres un ladron, un asesino!” Yo, le grito. “Sí, tú, me contesta. Ciudadanos, os pongo á todos por testigos y jueces. Decid si no ha muerto un Ourang-outang para robarle la cara?”

--Muy bien señor, le dije, ahora me toca á mí: eso es un insulto, tengo la ley en mi favor. Seguidme ante la justicia. Quiere huir, y le detengo del cuello; él me contesta con una trompada en la cara; le tomo, pues, en mis brazos y aquí está sin rotura. No hay mas!

El acusado se levantó muy corrido, declaró que no negaba los hechos, y se escusó de su resistencia, diciendo que no habia creido que cometia un delito jugando como Polichinelle.

--Os equivocais, señor, contestó Humbug con tono chocarrero. Si conociérais mejor á vuestro digno modelo, sabriais que despues de cada una de sus proezas se le pone preso en una caja cuidadosamente cerrada. Seré menos severo con vos; todo no os costará sino diez _dollars_ de multa, y diez _dollars_ por los perjuicios causados á este bravo _policeman_. Dadle las gracias por su bondad, que si hubiera apretado los dedos erais hombre muerto.

El hombrecito sacó de una grasienta cartera algunos billetes, que de bastante mala gana dió al escribano; salió suspirando, saludado afuera por los silbidos de la multitud que aplaudia al _policeman_. Esta vez Goliat habia batido á David; es cierto que habia hecho entrar á la justicia en juego.

Despues del caballero de madame Polichinelli, desfilaron delante de nosotros los infalibles de la policía correccional: mendigos, vagabundos, borrachos, calaveras, pendencieros, caballeros de industria, jugadores y otros pillos; era aquello un cuadro vivo de todas las miserias y de todos los vicios. Viendo la rapidez y seguridad con que Humbug instruía y juzgaba cada asunto, viendo sobre todo como el condenado aceptaba sin quejarse, un castigo previsto,--me reconcilié con el modo de actuar de los americanos. La publicidad de la instruccion criminal podría muy bien ser uno de esos descubrimientos modernos que suprimen el tiempo. Apoderándose en su primer fuego de las palabras de todas las partes, en lugar de coagularlas en un papel que no conserva de ellas ni el sonido ni el sentido; poniendo frente á frente acusados, acusadores, testigos y abogados, el juez americano condensa en algunos instantes la verdad, que entre nosotros se evapora muchas veces en los mil canales que la enfrian. Hacer buena y pronta justicia sin menoscabar la libertad,--hé ahí el problema que estos Yankees han resuelto. La ciencia nos ha engañado á nosotros,--la casualidad les ha servido á ellos.

Habia un punto, sin embargo, sobre el cual me quedaba algun escrúpulo. Le pregunté á Humbug si no estaba espantado de su poder. Tener asi en sus manos la fortuna, el honor, la libertad de tantos acusados, disponer de todo ello por sí solo,--es una responsabilidad terrible.... No valdria mas dividirla?

--Nó, repuso Humbug, se opone á ello el interés de la justicia. Formar un tribunal de tres ó cuatro jueces, no es multiplicar la responsabilidad, es dividirla; el acusado pierde en ello su mejor garantia. Siendo solo y estando bajo las miradas del público, me parece que Dios me mira; siento toda la santidad del deber que desempeño. Cuantos mas cofrades tuviera, tanto menos comprometido me creeria. Qué es una tercia, una quinta, una segunda parte de responsabilidad? Y si el juicio es inícuo ó cruel, con quién se entenderá la opinion?

--Sin embargo, le dije, ved el jurado.

--Es el ejemplo que iba á citaros, me dijo. En este pais la mayoria es soberana; el número, es el que hace la ley en todo. Solo la justicia está fuera de esta condicion. El acuerdo de once jurados, no puede arrebatarle al acusado ni la vida, ni el honor; basta la abstencion de un solo hombre para tener en jaque su veredicto. De dónde proviene esto? Es que aquí hay una cuestion moral,--no un problema de aritmética; la voz que absuelve tiene mas peso quizá que las once que condenan. Así, lo que el lejislador pide, no es la mayoria,--es la unanimidad. Lo que él necesita, no es una responsabilidad dividida en doce partes,--son doce responsabilidades. En esto no hay, como lo veis, ni apariencia de escepcion; es siempre la misma regla; pero reforzada: unidad de juez, ámplia y completa responsabilidad.

Este razonamiento me sorprendió, siempre había creido que la unanimidad del jurado era uno de esos viejos restos de barbárie feudal, que nos divierten á espensas de la Inglaterra, haciéndonos sentir mejor nuestra superioridad. Humbug turbaba la serenidad de mi fé. En vano traia á mi memoria las sábias palabras de Montaigne: “Oh! que dulce, que muelle y que santa cabecera es la ignorancia y la falta de curiosidad para reposar en ella una cabeza bien hecha!” La duda es como la lluvia, ningun viajero se escapa de ella. Franceses! quereis guardar ese lejítimo orgullo, esa pura satisfaccion de vosotros mismos, que hace vuestra fuerza y vuestro placer? Pues no perdais nunca de vista vuestras veletas!

Un movimiento que se hizo en el auditorio,--movimiento seguido de un largo murmullo, nos anunció la llegada de un personaje importante. Un hombre gordo se adelantó majestuosamente, la cabeza levantada, medio cerrados los ojos, soplando á cada paso, sin mirar á nadie. Llegado que hubo á la mesa de los demandantes, saludó á Humbug con un jesto familiar y aire de proteccion. Era el banquero Little, en cuyas hinchadas mejillas se leía la insolencia de sus veinte millones.