Part 11
Salí del convento y entré á algunos pasos de allí en la iglesia episcopal. Era la misa católica, menos bien dicha y peor cantada. A la hora de la plática, un ministro subió á una larga tribuna; tenia bajo el brazo un gran cuaderno que colocó delante de él y comenzó á hojearlo lentamente. Era un manuscrito de sermones para todos los domingos y todas las fiestas del año. Cuando el predicador hubo encontrado el discurso que buscaba, se puso sus espejuelos y en tono monótono comenzó su lectura, en medio de la profunda atencion de la asamblea. La que habia escojido, era la eterna encarnacion y la consubstanciacion del Verbo, uno de esos misterios que desafian la intelijencia humana, y ante los cuales los fieles tienen que inclinarse. Pero, nada espanta la audacia de un teólogo; con un testo, una definicion y dos silojismos, convertiria á San Pablo y suprimiria la fé.
A juzgar por el silencio que reinaba, el auditorio estaba edificado. Jenny tenia los ojos fijos en el lector y no perdia una palabra. Se hubiera dicho que comprendia hasta las citas latinas, griegas y aun hebraicas, de que la disertacion estaba rellena; no creia que la escolástica tuviese tantos encantos. Yo me marché despues del primer punto; tengo horror á esas discusiones estériles. Si se me quisiera demostrar lo que es indemostrable, me harian escéptico. Acepto el misterio; el me rodea por todas partes. En la naturaleza como en mi alma, siento el infinito que me invade, pero mi razon me dice que puedo sentirlo y no conocerlo, yo que no soy sino un átomo perdido en la inmensidad. Yo no veo la mano que me sostiene, y que sostiene tambien los mundos; me abandono á ella y la adoro. Para darse á nosotros, Dios no nos dice que lo comprendamos, nos pide que lo amemos. Pasando por delante de los Metodistas pensé en Zambo y entré por curiosidad. La reunion era numerosa y estaba bastante animada. Las negras, cubiertas de oro y de alhajas, ostentaban en los bancos la inmensa anchura de su velámen y los torbellinos de sus miriñaques; los negros cantaban con voz justa y quejumbrosa, alabando á Dios con todo el ardor de los corazones amantes. El ministro, un negro de elevada estatura y de figura respetable, tomó la palabra y pronunció un sermon que me instruyó y me conmovió. Donde habia recibido aquel negro la educacion teolójica, lo ignoro; era un antiguo esclavo, que la bondad de Dios, decia, habia rescatado de una servidumbre menos dura y menos vergonzosa que la del pecado; pero aquel esclavo habia sufrido y reflexionado: era un hombre! La vida le habia enseñado lo que no se aprende en la escuela; su lenguaje enérjico y familiar iba recto al corazon. Apercibíase uno de ello en los estremecimientos del auditorio.
Al comenzar, hizo el elojio del metodismo, relijion bendecida del Señor, decía, á juzgar por las conquistas que hacía cada dia. Enumeró estensamente el número de fieles y las riquezas de las iglesias. Cuatro millones de comulgantes, doce mil pastores, diez y seis mil templos, setenta y tres millones de propiedades, tal era el fruto de un celo que no se dormia. A la vieja Europa, que somete la Iglesia al Estado y la tiene en perpetua minoridad, él opuso la jóven América, que deja á los cristianos asi el cuidado de su culto como el de su conciencia. La libertad, decia, cuando está santificada por la relijion, hace milagros que el viejo mundo, enterrado en sus preocupaciones, no verá nunca. La Inglaterra, tan orgullosa de su opulencia, corrompe sus obispos, rodeándolos de un lujo pagano, y degrada á sus vicarios condenándolos á una miseria sin dignidad, mientras que en las Iglesias vivas de los Estados-Unidos, la jenerosa piedad de los fieles rodea de bienestar y de respeto á un ministro que todo lo debe á su grey. Un príncipe se cree un nuevo Constantino cuando por casualidad elije y dota una capilla: solo los metodistas del Norte han construido cuatrocientas cincuenta iglesias en el año de 1860. Los pobres negros de la calle de las Acacias tratan mejor á su capellan que lo que lo hacen los reyes de Occidente.
--Pero, continuó con una mezcla de agudeza y de injenuidad, ese ministro, tan bien rentado, debe pagar á los negros, que lo han elejido, una deuda que los capellanes de los príncipes no siempre chancelan. Esa deuda, es la verdad. Oid lo que la verdad me obliga á deciros. El negro tiene el corazon fácil y la mano liberal; eso es bueno, eso es cristiano, pero algunas veces lleva tan lejos su jenerosidad, que pone en peligro su alma. Nunca, direis vosotros, hemos oido semejante cosa. Se nos repite que el cristiano espone su alma cuando cede á la avaricia, cuando se abandona á la codicia; pero, ¿quién ha enseñado nunca que el hombre se pierde por exeso de jenerosidad? Hermanos mios, yo os diré cual es esa libertad pérfida; es la misma que poneis en práctica en la iglesia en el momento en que escuchais el sermon.
Si yo condenase la cólera ó la coqueteria, la borrachera ó la licencia ¿guardaria cada uno de vosotros para sí esta leccion? ¿se aprovecharia de ella?--Bien, diria uno de esos hombres que se alimenta con aguardiente, reconozco ese retrato del bebedor; es de Samuel, mi primo, de quien habla el ministro. Vaya borracho, toma todo para tí. Bien, diria una de esas bellas Madianitas que, por enriquecerse con un traje nuevo, impulsa á su marido á mentir y á engañar. El ministro tiene razon de desenmascarar los vicios de mis vecinas. Tomad señorita Debora! Recojed, señora Ichabod! Todo es para vosotras, coquetas, nada es para mí. Asi es, hermanos mios, que de mis palabras vosotros no reservais nada para vosotros mismos; el primer tercio se lo dais al prójimo, el segundo á vuestros amigos, el último á vuestro marido ó á vuestra mujer. Hé ahí el modo como la enseñanza del Señor es estéril, ved como perdeis vuestra alma por exeso de generosidad. Cristo es jeneroso, pero de otra manera; es un avaro que toma todo para sí: nuestros pecados, nuestras miserias, nuestras debilidades, nuestros sufrimientos; por eso lo vemos sobre la cruz, con la cabeza inclinada, respirando apenas como un hombre agoviado de dolor.
¿Cuando, pues, hermanos mios, cuando le reclamaremos la parte del peso que nos corresponde?
¿Cuando aliviaremos de esa carga á nuestro Redentor y á nuestro amigo, á Cristo, muerto por el esclavo y por el pecador?
A este llamamiento la asamblea se arrodilló, y, en medio de las lágrimas, una formidable _Aleluya!_ se alzó hasta el cielo. El movimiento fué admirable; me entristeció. No soy ni aristócrata ni plantador; creo que el negro no es un mono, puesto que tiene manos y que habla; pero, despues de lo que acababa de oir, comenzé á sospechar que el negro era un hombre como yo, y quizá mejor cristiano; este pensamiento me dió miedo. ¡Zambo, hermano mio! Jesu-Cristo muerto por esas cabezas crespas! era mas de lo que podia soportar mi orgullo.
--Si eso es cierto, decíame al salir, qué clase de crimen es la esclavitud! Esa guerra cívil que arruina al Sud, ¿no será el castigo con que Dios hirió á Cain?
CAPITULO XVIII.
Un chino.
Eran las once y media, Truth debia predicar á medio dia; apresuré el paso para llegar á buena hora á la asamblea congregacionalista, pero no pude resistir al deseo de visitar el templo chino. Tenia curiosidad de ver como habian acomodado el cristianismo los hijos de Confucio en un pais donde reina la anarquia relijiosa, madre de todas las demas. Una voz secreta me decia que un viejo pueblo gastado tendria mas tino y mas sabiduria que la jeneralidad de los protestantes.
Al entrar, lanzé un grito de disgusto. Estaba en una pagoda budista frente á mi, en lo alto de una plataforma, en un nicho tallado y torneado estaba un espantoso figuron de madera pintado y dorado, con las piernas cruzadas. Era Buddha, con su vientre enorme, su cabeza calva, su chichon en la frente, sus grandes orejas y sus ojos tamaños. Cierto, soy liberal y me vanaglorio de ello. Hace treinta años que estoy suscrito al _Constitutionnel_, y no he cambiado desde entonces ni mas ni menos que mi diario. Como el, y sin saber porque, odio al jesuita, que es el distintivo de los espíritus fuertes; pero servirse de la libertad para entronizar la idolatria, eso es demasiado! Acepto el luteranismo, el calvinismo, el judaismo y hasta el islamismo, con tal que no salga de Arjelia; pero ir mas lejos ya no es liberalismo, es paganismo. Tanto valdria volver al culto de Mithra.
En la pagoda no habia sino dos niños, dos horribles chinitos, colocados á cada lado de la plataforma. A la manera de tostadores de café, cada uno de ellos daba vueltas á un cilindro horizontal, orlado ó mas bien mechado de una multitud de papelitos. Era un culto enteramente nuevo para mi.
El ruido de mis pasos hizo salir de una celda vecina á una especie de monje. Su túnica rojiza y remendada, sus piés desnudos, su cabeza afeitada, sus ojitos torcidos, su cutis amarillo y arrugado le daban el aspecto de una vieja disfrazada de capuchino; era un bonzo. Acercóse á mi, y sin hablar me tendió un plato de madera; puse en él una limosna para librarme de aquel mendigante.
--Gracias, hermano, me dijo en escelente inglés. Que el divino Fó,[31] recompense tu caridad. Ojalá, que en la otra vida, no renazcas jamás bajo las facciones de una mujer ó de un chacal.
Y dejándome suspenso el bonzo con su singular bendicion subió al altar, sacó de un pequeño armario algunos pedazos de papel plateado ó dorado, y los quemó bajo la nariz del ídolo.
--¿Qué haceis ahí? le pregunté.
--Hermano, respondió, acabo de cambiar la moneda de diez _centavos_ en lingotes de oro y plata, y los he ofrecido al señor de la verdad.
--Vuestros lingotes son de papel, y no valen dos ochavos.
--¿Qué importa? dijo el monje, Fó mira la intencion, no el metal.
--Ah! si nuestros ministros de hacienda fuesen Chinos! iba á esclamar; pero guardé para mi esa refleccion temeraria, y pregunté al bonzo que hacian aquellos niños, cuyo brazo era infatigable.
--Ruegan por el mundo entero, respondió. En cada uno de esos papeles está escrita la sílaba sagrada; y diciendo esto, se prosternó gritando: OM! OM! OM! Cada uno de esos cilindros lleva un millar de esas santas divisas y hace cincuenta revoluciones por minuto, tres mil por hora, setenta y dos mil de sol á sol. Son pues, ciento cuarenta y cuatro millones de oraciones, las que se elevan cada domingo de solo este templo. Durante la semana hay muchas mas, hago dar vuelta mis cilindros á el vapor; pero el domingo, en este pais de infidelidad, hasta las máquinas observan el sábado, y me veo reducido á las manos de estos niños. Me dió horror la necia credulidad de aquel idólatra.
--¿Cómo os sufren en una tierra cristiana? esclamé. Si existiera todavia la fé en Israel, haria mucho tiempo que os habrian esterminado, sacerdotes de Baal.
--Porqué no nos han de soportar, respondió el bonzo con voz tranquila; la libertad es como el sol, luce para todo el mundo. Los Americanos envian misioneros á la China ¿porqué los Chinos no han de enviar misioneros á América? Dicen que la Francia ha hecho la guerra al hijo del Cielo solo por vengar la muerte de algunos frailes legalmente asesinados por nuestros mandarines; agregan que ha restablecido en Pekin la iglesia católica cerrada tanto tiempo há; maldigo la sangre derramada por ambas partes, mi relijion tiene horror al asesinato y no conoce mas armas que la paciencia y la dulzura; pero bendigo la libertad conquistada, y pido que les haga tan buen provecho á los chinos como á los franceses.
--¿Una pagoda en los campos Eliseos?
¿Figurones oficiales?--Buen hombre, estais loco: en Paris, no necesitamos Chinos. Tenemos bastantes........ de porcelana.
--Me parece, continuó el monje con una calma ridícula, que los derechos son recíprocos. Si es bello, si es justo abrir una capilla en Pekin ¿porqué ha de ser injusto abrir una pagoda en Paris, y predicar libremente la libertad?
--Bonzo estúpido, esclamé arrebatado por un celo santo; ¿te atreves á hablar de verdad? ¿No sientes que tu doctrina es una mentira, y tu culto una idolatría? Si lo ves, eres un charlatan á quien es necesario castigar; si no lo ves,--el primer deber del Estado, es cerrarte la boca, para que con tu ignorancia no le eches á perder sus súbditos. La libertad del error, es la libertad del veneno, de la tea y del puñal; solo la verdad tiene el derecho de hablar.
--Yo creia, dijo el Chino, que en Francia y en Inglaterra habia muchas iglesias cristianas, y hasta sinagogas judias.
--Sin duda, que en Francia mismo el Estado paga todos los cultos reconocidos; porque la Francia, has de saberlo buen hombre, está á la cabeza de la civilizacion, ya se trate de libertad relijiosa como de todas las demas libertades.
--El estado, continuó el bonzo, ¿reconoce entonces tres ó cuatro verdades relijiosas que se combaten y destruyen mutuamente? Para los cristianos, por ejemplo, Jesus es un Dios: ¿qué es para los judios?
--Amigo mio, dije á aquel bárbaro, tengo lástima de tu ignorancia. Si tu pudieras comprender lo que es la verdad oficial, sabrias que ella vive de contradicciones. Es el sueño de Hegel realizado. La tésis y el antítesis se mezclan y se confunden en una sintesis admirable.
El bonzo abrió sus pequeños ojos y alzó la cabeza hácia el cielo. Era visible que las grandes concepciones de la Europa civilizada no podian entrar en aquel estrecho cérebro. Hubiera creido que habia menos distancia entre un filósofo aleman y un Chino. Reproduje mi demostracion bajo otra forma, es decir que cambié las palabras, sin inquietarme de las cosas: es el verdadero modo de adelantar una discusion.
--La verdad que proteje el Estado, dije al infiel, no tiene nada de comun con la verdad vulgar. Es una verdad grande, comprehensiva, que abraza todas las comuniones nacidas de la Biblia, nuestro libro sagrado. El judaismo, el cristianismo y hasta el islamismo son ramos de aquella relijion primitiva, tan antigua como el mundo y que tiene de su parte el número, la moral, la civilizacion. Fuera de esas Iglesias, que se dividen el universo, no hay sino idolatría y barbárie. Convertiros á cañonazos, es nuestro derecho y nuestro deber. La verdad jermina en los surcos sangrientos que abre la guerra; el Dios de los cristianos es el Dios de los ejércitos, _Dominus Sabaoth!_
--Tú no eres Yankee, esclamó el fanático, cuyo ojos brillaron de repente con un resplandor estraño. Te observo desde que estás aquí. En la figura del Sajon hay algo del toro y del lobo; en la tuya hay algo del mono y del perro. Tienes miedo de la libertad, hablas de lo que no sabes y haces frases. Tú eres Francés!
Y viéndome mudo de sorpresa:--¿Te atreves, dijo, á hacer del número la prueba de la verdad?--El número, le tenemos de nuestra parte. ¿Cuántos sois vosotros los católicos? Ciento treinta millones. ¿Cristianos? Trescientos millones á lo mas. Nosotros somos quinientos millones de budhistas; nuestra fé se estiende de Kamschatka hasta el mar Blanco, ella dulcifica las tribus salvajes, encanta á los Chinos y á los Japoneses, es decir, á pueblos civilizados ya, en un tiempo en que la Europa era un bosque y la América un desierto. ¿Hablas de antiguedad? Pero ¿sabes acaso que en tiempo de Alejandro el budhismo habia tenido ya sus concilios, y que las inscripciones del rey Azoka, grabadas en las rocas de la India predicaban al universo la limosna y el sacrificio? ¿No sabes que el judaismo es una reforma de la relijion alterada por los bracmanes, y que los Vedas, los libros santos de nuestros antepasados, remontan á los primeros dias del mundo?--Dejemos á un lado el número y la duracion: son quizá accidentes felices. ¿Cuál es la relijion que ha predicado primero la pobreza voluntaria, la abnegacion y la caridad? ¿Ignoras tú que Fó ha tenido quinientas cincuenta existencias, y que en cada una de esas encarnaciones se ha sacrificado? El se ha convertido en cordero para el tigre, en paloma para el halcon, en liebre para el cazador hambriento. ¿No has leido la historia de Vesavantara, dando por caridad sus hijos y su mujer? ¿No somos nosotros la única comunion que por horror al asesinato, se abstiene de la carne y de la sangre de los animales? ¿Yo, no tengo un filtro ahí para beber mi agua, á fin de economizar la vida de algun arador invisible? De vosotros los cristianos se dice, que vuestra historia relijiosa no es sino una série de querellas, de guerras y de carnicerias. Víctimas hoy dia, mañana sois verdugos. Entre nosotros, los budhistas, no hay sino mártires. En dos mil cuatrocientos años, nuestra sangre ha sido derramada mas de una vez, se nos ha espulsado de la India; pero nuestras manos se han conservado puras. No tenemos nada que borrar de nuestros anales; ¿qué relijion puede decir otro tanto?
--Vuestro Evanjelio anuncia una doctrina admirable; lo sé y no juzgo de la fé de los cristianos por su conducta. Las palabras y los sufrimientos de Cristo me han conmovido hasta lo íntimo del corazon. Pero me han criado en otras ideas: me he consagrado hace veinte años á una vida de pobreza que me sostiene y me consuela. Como vosotros, los cristianos, he conservado la fé de mis padres; como vosotros, no puedo acusar á mis abuelos ni de mentira ni de error. ¿Cuál de nosotros se engaña? ¿Cual de nosotros tiene la verdad de su parte? Lo ignoro, y no deseo sinó ilustrarme. Concluyamos con el reinado de la violencia, acabemos con la ignorancia y el desden; demos pleno curso á todas las creencias; dejemos á la razon hacer la obra que Dios le ha confiado.--A la luz del dia desaparecen todas las sombras. Abandonada á si misma, la relijion que venga de los hombres se deshará como la nieve: la que venga del Cielo se elevará como una encina y cubrirá la tierra con sus ramas. Abrid el mundo á la palabra: tengo fé en la libertad; porque tengo fé en la verdad.
--Tú no eres sino un Chino, le dije; y alejándome con un paso majestuoso, dejé á aquel miserable confundido con mi superioridad.
CAPITULO XIX.
Un sermon congregacionalista.
Cuando llegué á la asamblea, aun no habian comenzado los oficios. Nada hay tan triste como un templo protestante. Solo bancos de encina, ensambladuras que oscurecen los muros; nada de cuadros, nada de flores, nada de luces; algo descolorido y de melancólico que hiela los sentidos. Diríase que es un culto hecho para los ciegos. Me engaño, habia un adorno: era un gran carton sobre el cual estaba escrito con cifras enormes el número 129.
La iglesia estaba llena; pero de una multitud muda. Inmóvil en su asiento y absorto en su libro negro, cada fiel oraba, como si estuviera solo en el mundo con Dios. Nada de ruido, ni de sillas que se mueven: nada de ese encantador cuchicheo y esas reverencias entre las damas, que se felicitan de hacer admirar su piedad y su vestido; nada de ese desórden amable que hace que nuestras iglesias se asemejen á un salon de buena sociedad: aquello era el silencio de un bosque.
Por fin el Ministro entró. Una armonia mas suave que el suspiro del viento sobre la ola alzóse inmediatamente de todos los bancos. Hombres, mujeres, niños, todos cantaban con toda el alma, con un ardor y un ímpetu infinitos. Por vez primera, sentí, que la forma natural de la oracion, es el canto. Admirado de mi silencio, un vecino me mostró con el dedo la cifra misteriosa y me ofreció su libro de cánticos en el que estaba marcada la música. Se cantaba el salmo 129, ó mejor dicho, una imitacion cristiana de esa plegaria sublime que la Iglesia católica ha adoptado para los oficios de los muertos. Para llamarla por su nombre, era el _Deprofundis_, grito de esperanza y de amor, cuya costumbre nos oculta su belleza.
N’entends-tu pas mes cris au fond de cet abîme? O mon Dieu, je meur loin de toi! Écoute-moi, Seigneur je confesse mon crime, Pardonne-moi! pardonne-moi! Si d’une exacte main tu calculais l’offense, Qui subsisterait devant toi? Mais c’est toi qui toujours nous offre ta clémence, Aussi je m’assure en ta foi. Oui! je prends pour appui ta parole éternelle, Mon âme espère ton amour; Et je l’attends, mon Dieu! comme la sentinelle Attend la naissance du jour. Courage donc, mon âme! Il est là-haut un père Qui te regarde en ta prison; C’est lui qui d’Israêl rachète la misère, C’est lui qui paiera ta rançon.[32]
Concluido el canto, Truth tomó la palabra.
De Maistre tiene razon en definir así al ministro protestante: _Es un caballero vestido de negro que dice cosas bastante honestas_; jamás hombre alguno ha tenido menos apariencia sacerdotal que mi pobre amigo. Ni traje que lo distinguiera de su grey, ni tribuna alta que le permitiera dominar el auditorio: hablaba de pié, con una familiaridad enteramente fraternal. Hubiérase dicho que exprofeso se rehusaba los recursos de la elocuencia. Esa voz que truena y que se dulcifica, ese brazo que llama la venganza ó invoca el perdon, esas manos juntas levantadas hácia el Cielo, esos ojos que buscan á Dios y se iluminan á su vista, todas esas bellezas del arte cristiano, Truth las ignoraba. Apenas movia la mano, apenas alzaba la voz, y sin embargo, habia en aquella palabra sencilla no sé que armonia que conmovia todas las fibras del corazon. Jamás ese velo del lenguaje que oculta siempre la idea, fué mas leve ni mas diáfano. No era todavia un orador lo que se oía; era un hombre y un cristiano. Según una frase banal, Truth hablaba _como todo el mundo_, es decir, como cada cual quiere hablar: y como nadie lo hace. Pertenece solo á las grandes almas el espresar familiarmente los grandes pensamientos. El arte, que no es mas que una imitacion, no puede ir hasta allí.
Hé aquí, poco mas ó menos cual fué su discurso. ¿Pero cómo describir el tono de aquella voz conmovida? Las palabras se hielan en el papel: son flores marchitas que pierden el color y el perfume. Ensayemos sin embargo de dar una idea de aquella enseñanza, que me hizo una impresion profunda, tanto mas, cuanto que en aquel modo libre de tratar el Evangelio habia una audacia y una novedad, que me sorprendieron y asustaron.
JUAN XVIII, 37, 38.
_Entónces Pilatos le dijo: “¿Conque tú eres rey?” Respondió Jesus: “Y si es como dices, yo soy Rey.” “Yo para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad: todo aquel que es de la verdad, escucha mi voz.”--Pilatos, le dice: ¿Qué es la verdad? Y cuando esto hubo dicho, salió......_
CRISTIANOS, HERMANOS MIOS:
Entre los nombres que Cristo ha tomado sobre la tierra, no hay ninguno que aparezca tan amenudo como el de _Verdad_. Delante de Pilatos, en la hora suprema, Jesus se declara Rey; pero de un reino que no es de este mundo, el reino de la verdad. La víspera de su muerte, en su última comida con los discípulos, les deja en adios esta gran palabra: _Yo soy el camino, la verdad, y la vida. Nadie viene al Padre sino por mi_[33]. En otros términos, si queremos traducir á nuestras lenguas modernas aquella forma hebraica: _Yo soy la verdad viva que conduce á Dios_.
_La verdad viva_ ¿comprendeis el sentido y el alcance de esas palabras? ¿No hay muchos entre vosotros para quienes la verdad no es mas que la relacion de las cosas entre ellas, una ecuacion, una cifra, una abstraccion? No es para algunos, solo una palabra vacia de sentido, un sinónimo de la opinion que cambia y se destruye sin cesar? Cuántos son los sábios que espontáneamente dirian con Pilatos “_¿Qué es la verdad?_ ¿La paradoja de ayer, el error de mañana?” Lo único cierto es el interés de la hora presente. Agradar al César, gozar, y no preocuparse del dia siguiente, es la suprema filosofia de las jentes que cuentan morirse enteros. No consintamos esa vuelta del escepticismo pagano. Seria condenar nuestro espíritu á la servidumbre, nuestro corazon á todas las corrupciones, á todas las cobardias. Como en los primeros dias del Evanjelio _busquemos la verdad, la verdad nos emancipará_[34].