Paris en América

Part 10

Chapter 103,915 wordsPublic domain

Eran las cuatro cuando nuestra caravana tomó de nuevo el camino de París. Con gran sorpresa mia cerraban con barras de hierro las puertas y las ventanas de la hosteria, como si la casa estuviese de duelo. Era un modo singular de festejar la aproximacion del domingo; pero en aquel pais, hecho al reves de los demas, es prudente no asombrarse de nada. El amigo Seth venia con nosotros á la ciudad; montaba un fornido caballo, al que hacia sombra con su ancho sombrero. A su lado sobre un jumento tordo, de larga cola, trotaba Marta, erguida, derecha, severa y majestuosa como un carabinero. Eran dos batidores que marchaban delante de nosotros para anunciar á los transeuntes nuestra entrada triunfal.

Encontré al pacífico cuácaro, en la primera barrera querellándose con el receptor.

--Os digo, gritaba este último, que no pasareis sino cuando hayais pagado el derecho. Sois dos; necesito veinte y cuatro centavos y no doce.

--Amigo, respondia el hostelero, haces mal en calentarte la sangre; eso no es de un hombre racional ni de criterio. Mira tu tarifa, no me pidas mas de lo que la ley te permite exijir, de otro modo te harás culpable del crímen de concusion.

--Hé ahí la tarifa, repuso furioso el del peaje; leed vos mismo, insoportable charlatan! Ocho centavos por caballo, cuatro centavos por hombre; ¿está esto claro ó nó?

--Muy claro, dijo el cuácaro; asi tomo por testigos á estas respetables personas, que he pagado tus doce centavos.

--Y aquella mujer, dijo el receptor, señalando á Marta que trotaba adelante.

--Y bien, repuso Seth, con su imperturbable gravedad, esa mujer no es un hombre, su jumento no es un caballo, luego ella no te debe nada.

Con lo que partió al galope, dejando atónito al encargado del peaje.

--Espero, dije al receptor, que levantareis un proceso verbal contra de ese imprudente.

No, señor inspector, respondió; perderíamos nosotros. Es uno de esos pillastres astutos que haria pasar un carruaje con cuatro caballos hasta por sobre nuestras leyes, sin ser nunca multado. Tiene de su parte la letra de la tarifa.

--El espíritu de la ley lo condena, repuse; su pretension es absurda.

--Entre nosotros, señor, respondió el buen hombre, la ley no tiene espíritu. No se conoce sino el testo. Si el juez interpretára la ley, se dice, seria lejislador; el derecho y el honor de los ciudadanos no tendrian ya garantia.

--Ignorantes! esclamé. ¿No les han enseñado ni el _a_, _b_, _c_, de toda legislacion! Cuando hay duda en un asunto entre el fisco y un particular ¿no aprovecha la duda al fisco, que representa el interés general?

--Nunca, señor, dijo el encargado del peaje. Siempre se sentencia á favor del ciudadano. Es necesario que el señor fisco tenga dos veces razon para ganar su proceso.

--Qué hacer con semejante salvajismo? Me encojí de hombros y dí al cochero la órden de continuar su camino.

Al entrar á la ciudad creí que la habrian cambiado en mi ausencia. Las calles y las plazas estaban desiertas; tras de nosotros se estendian gruesas cadenas que impedian la circulacion. Las ventanas ofrecian un estraño espectáculo: veíanse en todos los balcones botas alineadas en batalla y presentando las zuelas á los transeuntes, si es que habia transeuntes. Siguiendo con la vista dos de aquellas botas; concluí por apercibir unas piernas humanas, despues un cuerpo caido, y en fin, un cigarro, cuyo humo azulado subia al cielo. No podia esplicarme que delito se castigaba con tan cruel suplicio; Zambo á quien interrogué diestramente, me enseñó que era el placer ó la moda. Todos los sábados á la tarde, el Yankee trata de darse una aplopejia; algunas veces llega á conseguirlo. Cuánto mas prudentes no somos nosotros, los franceses, que en nuestras salas de espectáculos no nos esponemos nunca sino á un principio de asfixia.

Una vez en casa, me entraron deseos de concluir alegremente aquel dia feliz; rogué á Susana y á Enrique que cantaran mi aire favorito: _Lá ci darem la mano_, del D. Juan. Susana me miró y palideció.

--¿Qué tienes? hija querida, esclamé; ¿estás enferma?

--Padre, respondió, vuestro pedido es lo que me aterra. ¿Quereis amotinar la ciudad bajo nuestras ventanas? ¿Quereis perder nuestra reputacion? ¿Olvidais que ha principiado el sábado y que nada debe turbar el reposo del Señor?

--Buen Dios, me dije, ¿á caso al transportarnos á América, el traidor de Jonathan nos habrá cambiado en judíos?--Perdon, hija mia, dije á Susana, he sufrido una distraccion; los sucesos del dia me hacen perder la memoria! Anda á buscar mi gran Hipócrates, de la biblioteca; no me disgustará hacer descansar mi cabeza leyendo un poco de griego. No hay nada mas refrescante.

Por toda respuesta, Susana se sentó sobre mis rodillas, pasó su mano por mi frente y me abrazó.

Pobre padre, dijo, ¡cuán fatigado está! Ved, mamá, ha olvidado que la noche del sábado no se lee sino la Biblia.

Decididamente, yo era judio sin saberlo. Lo que me hizo dudar un poco, fué que al abrir la Biblia de la familia, encontré en ella los Evanjelios y pude leer en San Marcos que _el sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado_. Esta palabra me hizo reflexionar, pero para no herir á nadie, guardé para mí mis reflexiones, y dejando á las dos mujeres sumidas en su piadosa lectura bajé al jardin.

La tarde estaba hermosa, los árboles exhalaban la frescura de su vejetacion naciente, el sol se ponia en una nube de oro: todo invitaba á soñar.

Me sentia cansado, entré en mi kiosco chino, me eché sobre el divan y encendí un cigarro. Habia á un lado una butaca rústica que no servia de nada, coloqué mis piernas en el respaldar, y me apercibí para mi verguenza de que la moda americana tenia mucho de buena.

Descansaba oculto detras de las persianas del kiosco, los ojos fijos maquinalmente en Zambo, que, en un rincon del jardin, machacaba pedazos de asperon para limpiar los cuchillos. El pobre muchacho estaba enteramente ocupado de su trabajo, cuando Marta salió de la cocina, como una araña que se lanza sobre una mosca.

--Hijo de Cham, dijo, quitándole el martillo de las manos, ¿qué haces ahí?

--Vos lo veis, señorita Marta, rompo piedras.

--Desgraciado, esclamó ella, violas el sábado! Zambo huyó con aire lastimero, pasó cerca de mi retiro suspirando; en seguida apercibiéndose de que el gato de la casa habia cojido un pericote!

--Cuidado, Pachá, le dijo resongando, si tú cazas ratas durante el sábado, te colgará Marta el lunes.

Reia todavia de la tonta figura del negro, cuando dos personas vinieron á sentarse en un banco que estaba colocado delante del kiosco, y tan cerca de mí; que no perdí una sola palabra de sus discursos. Reconocí al amable Seth, que aprovechaba la soledad, el sábado y la noche para hacer un sermon á la bella Marta.

--Querida hermana, decia con una gravedad grotesca y escuchándose cada una de sus palabras, hay tres cosas que me admiran sobre manera. La primera, es que los niños sean tan bobos que tiren piedras y palos á los árboles, con el objeto de bajar las frutas; si los niños se estuvieran quietos, llegaria dia en que las frutas caerian por si solas. Mi segunda admiracion, es que los hombres, en jeneral, y los americanos en particular, sean bastante locos y bastante malos para hacerse la guerra y matarse entre ellos; si se estuvieran quietos, todos se moririan naturalmente. La tercera y la última cosa que me admira, es que los jóvenes sean bastante irracionales para perder su tiempo corriendo tras de las muchachas con quienes quieren casarse, si se quedáran en sus casas é hiciéran fortuna, serian las jóvenes las que irán en busca de ellos. ¿Qué dices á esto Marta?

--Seth, digo que tienes la sabiduria del rey Salomon, pero que tambien tienes su vanidad.

--Marta, esclamó el cuácaro con voz enternecida, tienes tanto injenio como belleza.

--Seth, respondió Marta, siempre sofocada, tú no piensas en lo que dices.

--Y tú Marta, repuso el otro, no dices todo lo que piensas.

--Bravo! dije para mí; en América se aman. Es un modo de aprovechar el sábado, que no se me habia ocurrido. Este pueblo de mercaderes que todo lo calcula, y que no vive sino para enriquecerse, se ha condenado al descanso forzoso una noche por semana, á fin de pagar en ese dia la deuda de la juventud y del amor. Veamos como hará su declaracion Maese Seth.

Despues de mil rodeos, el cuácaro enamorado llegó á la palabra que, segun todas las apariencias, era esperada hacia mucho tiempo.

--Marta, dijo lanzando un profundo suspiro, Marta, ¿me amas?

--Seth, respondió la buena cristiana, ¿no nos está ordenado amarnos los unos á los otros?

--Si, Marta, pero lo que te pregunto, ¿es si tú sientes por mi algo de ese sentimiento particular que el mundo llama amor?

--No sé que responder, balbuceó la tímida paloma; siempre he tratado de amar igualmente á todos mis hermanos, pero, si es necesario confesártelo, Seth, á menudo cuando me he replegado sobre mi misma, he pensado que en esa afeccion jeneral, tú tomabas mucho mas de lo que te pertenece.

La confesion estaba hecha, no habia como desdecirse; oí, así lo creo, un besote que sellaba los esponsales cuando Marta lanzó de repente un grito de espanto y se trepó sobre el banco. Un perro enorme, un terra-nova, habíase lanzado bruscamente en medio del coloquio amoroso. Me levanté y apercibí en la sombra los dientes blancos de Zambo. El tunante reia á carcajadas; él era el que por vengarse de la cuácara, habia abierto la puerta de la casa y lanzado sobre Marta aquel tercero importuno, que la habia aterrado. Aunque me gustaba poco el cuácaro, no pude dejar de admirar su firmeza y su dulzura. Lejos de tener miedo del perro, le llamó y sacando de su bolsillo un pedazo de azúcar, lo ofreció al animal, que se dejó fácilmente seducir y acariciar.

--Amigo, dijo el santo varon, hablando al perro que lo miraba moviendo la cola, has venido á perturbarme en el momento mas dulce de mi vida; otro que yo te hubiera castigado, muerto ó habria tenido derecho de hacerlo; yo te haré ver la diferencia que hay entre un cuácaro y la jeneralidad de los hombres. Por toda venganza, me contentaré condarte un nombre feo.

Con lo que halagando al perro que saltaba tras de él para obtener un nuevo pedazo de azúcar, Seth condujo políticamente al animal hasta la puerta; en seguida cerrando de golpe la verja, gritó con todos sus pulmones: _¡Al perro rabioso! ¡al perro rabioso!_

En un abrir y cerrar de ojos desaparecieron todas las botas de las ventanas; millares de cabezas miraban y amenazaban al enemigo; las piedras, los palos, los muebles llovian como granizo sobre el animal; un tiro lo echó por tierra antes que llegára al estremo de la calle; cayó para no levantarse mas, lanzando un aullido que repercutió en lo íntimo de mi corazon.

Furioso agarré á Seth por el cuello y lo eché fuera.

--Miserable, le dije, no sé qué me contiene de gritar: _Al cuácaro rabioso!_ para hacerte matar como ese pobre animal.

--Amigo Daniel, respondió maese Seth recojiendo su sombrero, nos volveremos á encontrar.

Y se marchó friamente.

--Subid á vuestro cuarto, señorita, dije á Marta. ¿Qué haceis á esta hora en el jardin?

--Dios mio, señor, dijo ella sollozando, yo no hacia nada malo: buscaba un yerno para mi madre!

Me ahogaba de cólera: Ah! esclamé, cuántas jentes hay que se dicen y que quizá se creen virtuosas que obran como aquel cobarde hipócrita! Se tienen por hombres honrados y santos por que no tocan á su enemigo, pero lo hacen á un lado, dándole un feo nombre. Calumnia! calumnia! tú no eres sino la forma del asesinato en los pueblos que hacen alarde de su civilizacion: ¡Verguenza para los miserables que se sirven de esa arma envenenada, siquiera sea para matar á un pobre perro!

Fatigado de mi elocuencia solitaria, me acosté, pero no sin pensar en la triste jornada que me prometian para el dia siguiente los primeros placeres del sábado naciente: Cuánto echaba de menos la franca alegria de los domingos parisienses. Franceses, esclamé, pueblo amable y caballeresco, deja á las naciones groceras que se glorifiquen de su industria febril y de su libertad fatigante. Arroja lejos de tí á esos indómitos demócratas, á esos soñadores melancólicos, que si los escucháras, harian de tí un rival del Inglés y del Americano. Amigo del vino, de la gloria, y de las bellas, tu lote es el mejor. Deja el imperio del mundo á esos trabajadores descoloridos que toman la vida á lo sério; conserva tu incorrejible y encantadora lijereza. Diviértete, francés; has la guerra y el amor; olvida el mundo y la política; que si reflexionas, no volverás á reir.

CAPITULO XVII.

Viaje en busca de una iglesia.

Al dia siguiente, me levanté al amanecer. Un hombre público debe dar el ejemplo, y no me disgustaba hacer admirar á los Yankees el celo y la vijilancia de su nuevo edil. Mi paseo fué largo, el empedrado me pertenecia. Seguia con ojo celoso á todos esos pasantes que encajonaban el paso en hilera como los patos, y que cavaban un surco en mis veredas. La anarquía reina en la calle; cada uno vá donde quiere y como quiere: es un escándalo; no comprendo porque no se hace una ley para obligar á las jentes á caminar segun el deseo del gobierno. A la Francia, reina del órden y de la decencia, es á quien toca correjir el último abuso.

Al llegar á casa, ví á Zambo, vestido de negro como un _gentleman_, con chaleco, corbata, medias y guantes de reluciente blancura. Parecia una gaviota. Apenas me reconoció, corrió á mí, ajitando impaciente los brazos.

--Amo, gritó, todo el mundo está en los oficios: despachaos, se os espera.

Y me puso en la mano un gran libro forrado en zapa y cerrado con broches de plata.

--¿Las señoras están en misa? le pregunté.

--¡En misa! dijo con aire asombrado. Mi ama es cristiana!

--Imbécil! ¿acaso los católicos son turcos?

--Amo, se dice que los papistas son como los paganos de Africa; tienen sus _vaudous_.

--Qué cosa es un _vaudou_?

--Amo, es un buen diocesito que uno mismo se hace, y que no es el verdadero buen Dios.

--¿Sois bastante nécio, esclamé, para creer que los católicos adoran á un ídolo? Eso queda para vuestros salvajes del Senegal.

--Amo, dijo él abriendo tamaños ojos, los papistas rezan á estátuas; yo los he visto con ambas rodillas dobladas ante ellas.

--¿Y no habeis comprendido que lo que se invoca no son esas piedras, sinó los santos, de los cuales las estátuas son la imájen?

--No soy un sabio, amo, dijo el negro con aire contrito: pero el ministro, que sabe todo, nos ha prevenido á menudo que no hagamos lo que los papistas, que adoran ídolos.

--Oh predicadores! esclamé, en todas partes sois los mismos! Nada es mas fácil que conocer la fé católica: basta abrir un catecismo; pero el ódio no quiere ilustrarse; lo que le es necesario, es ultrajar la mas grande comunion del globo. Continuad esa obra abominable, digna de vuestro padre, el diablo. No seremos nosotros, los católicos, nosotros vuestras víctimas, los que hagamos uso para vosotros de esas represalias terribles de la calumnia. La verdad nos basta. Todos saben que Lutero y Calvino son dos pícaros que, por ambicion y codicia, han perdido al espíritu humano, embriagándolo de orgullo y de libertad. La mentira ha enjendrado la reforma; la reforma ha enjendrado la filosofia; la filosofia ha enjendrado la revolucion; la revolucion ha enjendrado la anarquía; la anarquía ha enjendrado............

--Amo, dijo Zambo, incapaz de comprender mi santa cólera; si los papistas son cristianos, tanto mejor, me alegro de ello.

--¿Por qué tanto mejor?

--Porque Jesucristo murió por todos aquellos que lo invocan; él salvará á los papistas así como á los otros cristianos.

--Zambo, amigo mio, le dije con un desden supremo por tanta sencillez, vos no sereis teólogo jamás. Id á vuestra iglesia: no os retengo. ¿Dónde están las señoras?

--Mi ama, respondió, está en la iglesia episcopal[30] con toda la gran sociedad de la ciudad. La señorita está en el templo de los presbyterianos.

--¿Con su hermano, sin duda?

--No, amo, con el hijo de M. Rose. M. Enrique está en la iglesia de los baptistas.

--Muy bien, dije lanzando un suspiro; y vos, Zambo, vais sin duda á juntaros á Marta?

--No, no, amo, esclamó: la señorita Marta es tunkeriana, yo, soy metodista. Nosotros, los pobres negros, que los blancos rechazan de sus templos, nosotros somos todos de la misma relijion.

--Comprendo, teneis una iglesia negra y un cristianismo de color. Id, amigo mio, y orad al Cristo á vuestro modo. En medio de esas sectas enemigas que se arrebatan los jirones del Evanjelio, el Señor reconocerá á los suyos. Mientras que Zambo se alejaba á grandes pasos, yo caminaba lentamente, con la cabeza agachada. El descubrimiento que acababa de hacer me aterraba. Mi casa, mi refujio en todos los sufrimientos, no era sino una Babel,--la madriguera de todas las herejías. El marido católico, la esposa anglicana, la hija presbiteriana, el hijo baptista, la sirvienta cuácara, el doméstico metodista; cada uno con una fé diferente y esperanzas contrarias! ¡Qué confusion! ¡Qué anarquía! ¡Tenia el infierno en mi hogar! Y sin embargo, Jenny me amaba con pasion, los niños no estaban contentos sinó á nuestro lado, la servidumbre me respetaba: yo no veia á mi alrededor sinó semblantes contentos y plácidos. Cada uno leia la Biblia á su modo, cada uno tenia su símbolo particular, y apesar de esto nadie reñia. En ninguna parte la unidad, en todo el amor, y la concordia. Era un desmentido dado á las ideas de mi infancia, un misterio que confundia mi razon.

--No, me dije, no consentiré ese desorden moral. Hay ahí una paz mentida; esas flores me ocultan el abismo. Si esto continúa, estoy perdido. En mi casa, ó todos piensan como yo, ó se callan; necesito la uniformidad. No importa que yo sea un cristiano mediocre; soy católico, en cuerpo y alma, en la Iglesia, en el Estado, en la familia no debe reinar sino una sola ley, una sola voluntad. Si es necesario, emplearé rigores saludables; atemorizaré á mi mujer, amenazaré á mis hijos, espulsaré á los sirvientes; sacrificaré todo por imponer la obediencia ó el silencio. Soy Francés, ¡viva la unidad!

En medio de aquellas sabias reflexiones pasaba el tiempo. Daban las diez cuando entré á la calle de las Acacias. Era una inmensa via que, en majestad y en lonjitud, no le iba en zaga á la calle de Rivoli, con esta diferencia que, de cien en cien pasos, un monumento griego, bisantino ó gótico elevaba altivamente hácia el cielo su campanario ó su cruz. En un pais donde cada uno se hace su relijion, es natural tropezar á cada paso con una iglesia.

No era fácil reconocerse en aquel dédalo. Me dirijí á una buena mujer que caminaba cerca de mi, con su libro en la mano; la rogué me indicára el templo de los congregacionalistas.

--Nada mas fácil, querido señor, respondió la vieja con una amable sonrisa. Es un poco lejos, pero con mis indicaciones llegareis sin trabajo. No hagais caso de las iglesias que estan á vuestra izquierda; el templo de los congregacionalistas está á vuestra derecha. Contad los campanarios, no podeis equivocaros. La primera iglesia, añadió, con la volubilidad de una mujer que recorre su rosario, la primera iglesia es San Pablo, la capilla católica; la segunda, el convento de las Ursulinas; la tercera, la iglesia episcopal; la cuarta, el convento de capuchinas; la quinta pertenece á los baptistas, la sesta á los Holandeses reformados; la sétima á los luteranos; la octava á los negros metodistas; la novena es la sinagoga judia; la décima es el templo chino. Vedla allí con su doble techo, y sus campanillitas. Una vez allí, no tendreis mas que descender; encontrareis los memnonitas; despues de los memnonitas, los Alemanes reformados, despues de los Alemanes reformados, los amigos ó cuácaros, despues de los cuácaros los presbiterianos; despues de los presbiterianos, los moravos, despues de los moravos los blancos metodistas; despues de los blancos metodistas; los unitarios, despues de los unitarios los unionistas; despues de los unionistas, los tunkerianos. Contad en seguida cuatro iglesias la que se intitula por exelencia de los _cristianos_, en seguida la iglesia libre, despues la de Swedenborg, y en fin, la de los universalistas; tendreis por todo veinte y tres templos ó capillas; el vijésimo cuarto monumento, que poco mas ó menos está á la mitad de la calle, es la iglesia congregacionalista.

Despues de haberme recitado esta retahila sin tomar aliento, la hada me hizo una graciosa reverencia y continuó su camino.

--Pardiez! me dije, si el diablo perdiera su relijion (supongo que en el infierno tienen alguna razon para creer en Dios) la encontraria en esta calle. Hé ahí un pais donde el ministerio de cultos no debe ser una prebenda! En Francia, donde el Estado no tiene mas que cuatro relijiones (no cuento la Arjelia), la administracion tiene algunas veces sus horas dificiles; pero aquí ¿cómo se hará para repartir el presupuesto y poner en paz á treinta Iglesias, que cada una tira por su lado, y que sin duda, se celan y se escomulgan cristianamente? Es este un problema que no me encargo de resolver. Viva la España! hé ahí un pueblo fiel á la tradicion y que ha conservado los verdaderos principios! El pais es un damero donde cada cosa tiene su casilla, donde el cuerpo y el alma son igual y uniformemente administrados. Gracias al matrimonio de la Iglesia y del estado, todo es fácil. Se tiene un obispo lo mismo que se tiene un prefecto, un cura lo mismo que se tiene un intendente; los funcionarios espirituales ó temporales tienen su puesto señalado en los mismos cuadros y marchan al mismo paso. Nacimiento, bautismo, educacion, comunion, conscripcion, confesion, impuestos, prensa, defuncion, entierro, todo se dá la mano. La iglesia es la autoridad, la autoridad es la iglesia. Se excomulga á los desertores y á los periodistas, se condena á galeras á los heréticos. El pueblo, ese eterno niño, es conducido de grado ó por fuerza, y sin que él se entrometa, al punto que le han escojido, sin consultarlo. Policia admirable que hacia la felicidad de la cristiandad antes que el abominable Lutero hubiese desencadenado al mismo tiempo la libertad relijiosa y la libertad civil, doble peste de la que el mundo no se curará? Desde que se ha dejado á los hombres el cuidado de su alma y de su vida, no hay ya ni relijion ni gobierno.

Llegué al convento de las Ursulinas, y entré. Encontrar de nuevo el culto de mi pais, era aproximarme á la Francia de la que me alejaba un hado celoso. La iglesia es otra patria; por lo menos, el destierro no nos espulsa de ella.

La capilla era pequeña, pero estaba ricamente decorada. En el fondo del santuario, bajo un palio de paño rojo bordado de oro, una madona de mármol tenia al niño Jesus en sus brazos, y lo miraba con la ternura inefable de una Vírjen que acaba de dar á luz al Salvador. Plantas raras, flores desconocidas, manojos de lilas blancas rodeaban el altar que resplandecia de luces. El órgano dejaba correr sus vagas armonías; el incienso se elevaba en nubes atravesadas por un rayo de sol, mientras que detrás de una reja, cubierta por una cortina, las relijiosas y las niñas cantaban con voz dulce y lenta: _Inviolata, integra et casta est Maria_. En un instante, y como en un sueño, volví á ver mi juventud que habia huido, mis amigos que habian desaparecido; cai de rodillas, y lloré. No, no es idolatría la relijion que llega al corazon por los sentidos: ¿porqué, pues, nuestro cuerpo no ha de servir al Señor lo mismo que nuestra alma?