Orígenes de la novela, Tomo III
Part 7
La primera cuestión es insoluble hasta ahora. El único pasaje que puede dar alguna luz sobre ella se encuentra en el _auto_ tercero, y ha sido interpretado de tan varios modos, que unos infieren de él que la _comedia de Calisto_ es posterior al año 1492, otros que debió de ser escrita en 1483 y otros que no puede fijarse con precisión fecha alguna. Veamos de qué se trata: «El mal y el bien, la prosperidad y adversidad, la gloria y pena, todo pierde con el tiempo la fuerça de su acelerado principio. Pues los casos de admiración venidos con gran desseo, tan presto como passados, olvidados. Cada dia vemos novedades, y las oymos, y las passamos y dexamos atrás: disminuyelas el tiempo, fazelas contingibles. ¿Qué tanto te maravillarias, si dixesen: la tierra tembló, o otra semejante cosa, que no olvidasses luego? Assi como: elado está el rio, el ciego vee ya, muerto es tu padre, un rayo cayó, _ganada es Granada_, el rey entra oy, el turco es vencido, eclipse hay mañana, la puente es llevada, aquel es ya obispo, a Pedro robaron, Ines se ahorcó. ¿Qué me dirás sino que a tres dias passados o a la segunda vista, no hay quien dello se maraville? Todo es assi, todo passa desta manera, todo se olvida, todo queda atrás».
El sentido general de estas palabras de Sempronio no puede ser más claro. Todas las cosas, por admirables que parezcan al principio, dejan de causar maravilla con el tiempo y con el hábito. Pero los ejemplos que se traen para probarlo ¿son de cosas pasadas ó futuras? Evidentemente lo segundo, cuando se trata de hechos concretos como la conquista de Granada, el vencimiento del turco, la entrada del rey; no de cosas genéricas y que en todo tiempo acontecen, como «muerto es tu padre[61], un rayo cayó, aquél es ya obispo, á Pedro robaron, Ines se ahorcó». No creo que _ganada es Granada_ sea una frase proverbial, que lo mismo pudo emplearse antes que después de la conquista, y que sólo alude á la dificultad de la empresa. No es regla segura tampoco el que la acción de una obra ficticia haya de coincidir con los datos de la cronología histórica, pero el señor Foulché nota con razón que esta coincidencia es general en las obras antiguas.
Entendido el pasaje de esta manera, sólo nos autoriza para decir que la _Celestina_ fué escrita antes de la rendición de Granada (2 de enero de 1492) y cuando todavía se consideraba ésta como un acontecimiento remoto. La guerra había comenzado en 1482. Su término venturoso no pudo presagiarse con claridad antes de la toma de Málaga en 1487, Ó más bien hasta la rendición del rey Zagal en Baza (1489). La resistencia de la capital se prolongó todavía dos años.
El Sr. Foulché-Delbosc, que por su tesis contra Rojas propende á exagerar la antigüedad de la _Celestina_, la hace remontar hasta 1483, conjeturando que la alusión al vencimiento del turco es una reminiscencia del sitio de Rodas en 1480; que «la puente es llevada» debe de referirse al hundimiento de uno de los arcos del puente de Alcántara en Toledo, que fué reparado en 1484; que el eclipse de sol puede ser el de 17 de mayo de 1482, y finalmente, que la frase «aquél ya es obispo» hace pensar en don Pedro González de Mendoza, que comenzó á ser arzobispo de Toledo en 1482. La tal frase es de lo más vago y genérico que puede darse, y á nadie cuadra menos que al gran Cardenal de España, que ya en 1452 era obispo de Calahorra y la Calzada, que en 1468 lo fué de Sigüenza y en 1473 arzobispo de Sevilla. ¿Qué podía tener de insólito, ni qué estupor había de causar á nadie el que llegase á ocupar la silla primada un varón de extraordinarios merecimientos, tan poderoso además por su linaje, riqueza y sabiduría política, que llegó á ser llamado en su tiempo el tercer Rey de España?
Además estos argumentos son contraproducentes ó se quiebran de sutiles. Si alude Sempronio á hechos pasados, hay que contar entre ellos la toma de Granada, es decir, todo lo contrario de lo que se pretende demostrar. Por consiguiente, no hay prueba alguna, ni indicio siquiera, de que la _Celestina_ fuese compuesta entre los años 1482 y 1484. Más natural es creerla del último decenio del siglo, y este parecer es conciliable con cualquier interpretación que se dé á las palabras de Sempronio, y con lo que podemos conjeturar acerca de la edad de Rojas.
Es tal la ilusión de realidad que la _Tragicomedia_ produce, que ha hecho pensar á algunos que puede estar fundada en un suceso verdadero, y ser históricas las principales figuras. Sin llegar á tanto, sospechamos que hay algunas alusiones incidentales á cosas que el tiempo ha borrado. Aquellas horribles palabras de Sempronio á Calisto en el aucto I: «Lo de tu abuela con el ximio, ¿hablilla fué? testigo es el cuchillo de tu abuelo», ocultan probablemente alguna monstruosa y nefanda historia en que no conviene insistir más. Acaso la venganza del judío converso se cebó en la difamación de la _limpia sangre_ de algún mancebo de claro linaje, parecido á Calisto. También tiene visos de cosa no inventada (y sobre este pasaje me llamó la atención el Sr. Foulché-Delbosc) aquella _venida del embaxador francés_, á quien engañó dándole gato por liebre la pícara Celestina del modo que Pármeno lo cuenta en su famosa descripción de la vida y hazañas de su madrina (acto I).
Desde antiguo se supuso personaje real á la famosa hechicera y se enlazó su recuerdo con tradiciones locales de Salamanca, donde suponían muchos que pasaba la acción del drama. Ya se consigna esta especie en uno de los escritos médicos del famoso _Amato Lusitano_ (Juan Rodríguez de Castelo Branco), que terminó sus estudios en aquella Universidad el año 1529. Habla en su comentario á Dioscórides de una fábrica de cola animal que había en Salamanca, junto al puente del Tormes y no lejos de la casa de Celestina, mujer famosa de quien se hace mención en la comedia de Calisto y Melibea: «_non procul a domo Celestinae mulieris famosissimae et de quale agitur in comoedia Calisti et Melibeae_»[62]. Sancho de Muñón, que era natural de Salamanca y puso en la Atenas castellana el teatro de su _Tragicomedia de Lisandro y Roselia_ (1542), da á entender que Celestina la barbuda vivió allí y también su discípula y heredera Elicia[63]. El doncel de Xérica, Bartolomé de Villalba y Estaña, en _El Peregrino Curioso_, obra terminada en 1577, cuenta que unos estudiantes le mostraron la casa de Celestina. «Y ansi baxaron por la puente que es larguísima, y de ahí dieron en las _Tenerías_, donde con gran chacota dixo uno de ellos al Pelegrino: «veis aquí la segunda estacion; esta dicen ser _la casa de nuestra madre Celestina_, tan escuchada de los doctos y tan acepta, de los mozos tan loada». A lo cual riendo respondió nuestro Pelegrino:
«Reverenciar se debe la morada De quien el mundo tiene tal noticia, Mujer que es tan heroyca y encumbrada ¿Qué discreto no quiere su amicicia? De todos los estados es loada, Y más de los cursados en milicia: Filosofo dichoso y bien andante Quien retrató una madre ansí elegante[64]».
Nueve años después, la casa estaba arruinada, al decir de Bernardo González de Bovadilla, estudiante de aquella insigne Universidad, en su libro _Ninfas y Pastores de Henares_[65], pero en cambio se enseñaba la torre de Melibea. «Se fueron (los pastores) a pasear y a mostrar a Florino las cosas memorables que hay en la famosa Salamanca; conviene á saber: los insignes teatros de donde salen los eminentes varones para gobernar el mundo y tener a la republica en pacífico estado, los reales y innumerables colegios de doctos y letrados hombres, la cueva cegada donde dicen haberse leido la nigromancia, _la nombrada y poco vistosa torre de Melibea y la derribada casa de la vieja Celestina_, los pasatiempos y recreaciones del humilde Tejares, etc.»[66].
Una tradición tan vieja y constante algún respeto merece; pero examinada atentamente la _Celestina_, nada se ve en ella que convenga á Salamanca más que este pasaje, que puede haber sido el único fundamento de una localización caprichosa: «Tiene esta buena dueña al cabo de la ciudad, _allá cerca de las tenerías, en la cuesta del río_, una casa apartada, medio cayda, poco compuesta e menos abastada». Tenerías cerca del río había en otras partes, y lo que nunca ha podido verse en el Tormes son los _navíos_ de que habla Melibea: «Subamos, señor, al açotea alta, porque desde allí goze de la deleytosa vista de los navios» (Aucto XX). Si de lo material se pasa á lo moral, parece muy raro que en una comedia salmantina no se hable ni una sola vez de la Universidad y que ninguno de los personajes sea estudiante. Véase, por el contrario, cuánto los hace intervenir en la suya Sancho de Muñón. No me contradigo al decir esto, y afirmar en otra parte que la _Celestina_ es una obra _humanística_ y de ambiente universitario, porque esto recae sobre los procedimientos literarios y sobre el fondo de la comedia, no sobre la circunstancia material del lugar de la escena. Calisto, Pármeno y Sempronio no son estudiantes, pero hablan y piensan como tales: la indigesta pedantería de Melibea y la extraña y abigarrada ciencia de que hace alarde Celestina son más verisímiles en una ciudad literaria que en otra parte. Creo que en Salamanca recogió Rojas los principales documentos humanos para su obra, pero si hubiese querido dar á entender que la acción pasaba allí no habría dotado á la ciudad de un río navegable, ni hubiese dejado de hacer alguna alusión á sus escuelas.
La única ciudad de la Corona castellana desde cuyas azoteas pudiera disfrutarse de la vista de un gran río y de embarcaciones de alto bordo era Sevilla, y por esta sola razón sostuvo el canónigo Blanco que la _Celestina_ pasaba en su tierra[67]. Pero bien leída la _Celestina_, nadie encontrará en ella indicios de que su autor conociese la región meridional de España y el habla de sus moradores, ni se hubiese fijado en las costumbres andaluzas, todavía más pintorescas entonces que ahora y tan distintas de las que él había visto en el reino de Toledo y en las aulas de Salamanca. Compárese á Rojas con Cervantes en este punto, y se palpará la diferencia. Pintores eminentemente realistas uno y otro, no difieren mucho en la factura, y, sin embargo, los mejores cuadros de Cervantes, hasta cuando pinta las arideces de la llanura manchega, tienen algún reflejo de la luz de Sevilla, al paso que el bachiller Rojas permaneció cruda y netamente castellano, con cierta sequedad y amargura muy ajena del tono blando y misericordioso de la sátira de Cervantes.
Queda una tercera hipótesis, la del Sr. Foulché-Delbosc, que fija en Toledo el escenario de la _Celestina_. Pero aquí nos encontramos también con la dificultad del río navegable. Nunca desde una azotea de Toledo han podido verse navíos, ni esto puede pasar como una licencia poética. La tentativa grandiosa, pero desgraciadamente efímera, de navegación del Tajo hasta su desembocadura en Lisboa pertenece al reinado de Felipe II. Hubo, sin duda, proyectos anteriores, alguno del tiempo de los Reyes Católicos, pero no autorizaban á un escritor para dar por cumplido lo que no llegó á ser ni intentado siquiera.
Si se prescinde de los _navíos_, resulta que en Toledo concurren casi todos los pormenores topográficos citados por Rojas: las tenerías junto al río; los nombres de las parroquias de San Miguel y la Magdalena y de alguna calle como la del Arcediano, si es que realmente se la puede identificar con una antigua plaza del mismo nombre. De la calle del Vicario Gordo, mencionada también en la obra, nadie da razón hasta ahora. Pármeno refiere haber servido nueve años en el monasterio de Guadalupe, que pertenece á la diócesis de Toledo, aunque situado en Extremadura.
Pero es el caso que algunas de estas cosas no son peculiares de Toledo: tenerías junto al río había también en Salamanca (como hemos visto), é iglesias de San Miguel y de la Magdalena allí y en Sevilla, aunque creo, por las razones expuestas, que Rojas no pudo pensar más que en una ciudad castellana. ¿Y por qué en una ciudad determinada? ¿No pudo crear, como suelen hacer los novelistas, una ciudad ideal, con reminiscencias de las que tenía más presentes, es decir, Salamanca y Toledo? El haber puesto una circunstancia que es imposible en ambas mueve á creer que no quiso concretar demasiado el lugar de la acción, para lo cual tendría muy buenas razones; que no es el cuento de Calisto y Melibea de los que pueden achacarse á personas particulares, moradoras de cierto pueblo, sin que padezca no leve mengua su buena fama y la de su apellido.
Poco nos importa todo esto. La _Celestina_ no es obra local, sino de interés permanente y humano. Los datos sencillísimos de su fábula: una pasión juvenil, una tercería amorosa, una doble catástrofe trágica, han podido reproducirse infinitas veces. En esta parte Rojas no inventó ni quiso inventar nada, porque su arte, antítesis radical de los libros de caballerías, no estribaba en quiméricas combinaciones de temas incoherentes. Tomó del natural todos sus elementos y extrajo el jugo y la quinta esencia de la vida.
Pero aunque su obra sea directamente naturalista y deba tenerse por un original dechado de pasmosa verdad y observación encarnizada y fría, no puede desconocerse que la armazón ó el esqueleto de la fábula, y aun la mayor parte de los personajes, y por de contado las sentencias y máximas que pronuncian, tienen abolengo próximo ó remoto en la literatura clásica, y en sus imitadores de la Edad Media y del Renacimiento, y en algunas obras también de nuestra propia literatura. La investigación de las que en este sentido pueden llamarse fuentes de la _Celestina_ daría materia para un libro entero, del cual ya existe un excelente capítulo, el relativo á los «antecedentes del tipo celestinesco en la literatura latina»[68]. Aquí nos limitaremos á lo más esencial, insistiendo en lo menos sabido.
La influencia clásica fué reconocida, aunque en términos vagos, por Aribau. «Sin parecerse la _Celestina_ á ninguna de las obras de la antigüedad, en toda ella trasciende un olor suavísimo de lectura y meditación sobre los mejores modelos»[69]. No se parece, en efecto, á ninguna; pero tiene rasgos sueltos de muchas, y algo, capital á mi juicio, que procede de fuente conocida.
No doy grande importancia á los nombres históricos, geográficos y mitológicos; pedantería harto fácil y común á todos los autores de aquel tiempo, pero merecen más atención las citas positivas de varios clásicos que hay esparcidas por el libro y la traducción ocasional de alguna frase ó sentencia. Desde las primeras líneas del prólogo nos encontramos con el filósofo Heráclito y la exposición bastante clara de un principio capital de su sistema físico: «Todas las cosas ser criadas á manera de contienda ó batalla, dize aquel gran sabio Eráclito en este modo: _Omnia secundum litem fiunt_».
Más adelante nos da noticias del pez _echeneis_, que parecen tomadas de Aristóteles, Plinio y Lucano, pero que realmente lo han sido del Comendador Hernán Núñez en su glosa á Juan de Mena: «Aristótiles y Plinio cuentan maravillas de un pequeño pece llamado Echeneis... Especialmente tiene una, que si llega á una nao ó carraca, la detiene que no puede menear, aunque vaya muy rezio por las aguas; de lo cual haze Lucano mencion diciendo:
_Non puppim retinens, Euro tendente rudentes, In mediis Echeneis aquis_...
«No falta allí el pece dicho _Echeneis_, que detiene las fustas cuando el viento Euro estiende las cuerdas en medio de la mar»[70].
Del texto de la _Tragicomedia_ sólo recordaré unos cuantos lugares, dejando lo demás para quien emprenda el comentario perpetuo que tal obra merece. La madre Celestina, en el aucto IV, cita con precisión un verso de Horacio, sin nombrarle: «¿No has leydo que dizen: _verná el dia que en el espejo no te conozcas_». El lírico latino había escrito (Od. IV, carm. X, v. 6.):
_Dices, heu! quoties te in speculo videris alterum_...
Sempronio nos advierte (aucto VIII) que «las yras de los amigos suelen ser reintegracion de amor». Es sentencia muy sabida de Terencio en la _Andria_ (v. 556): «_Amantium irae, amoris integratio est_». Pármeno, tan leído como su compañero, traduce, embebiéndolos en el diálogo, cuatro versos del prólogo de las sátiras de Persio (8-11):
_Quis expedivit psittaco suum Xαῗρε Picasque docuit verba nostra conari? Magister artis ingenîque largitor Venter, negatas artifex sequi voces._
«La necessidad e pobreza; la hambre, que no ay mejor maestra en el mundo, no ay mejor despertadora e abivadora de ingenios. ¿Quién mostró á las picaças e papagayos ymiten nuestra propia habla con sus _harpadas lenguas_[71], nuestro órgano e boz, sino esta?» (Aucto IX).
En boca de Pleberio (aucto XX) encontramos el «_degeneres animos timor arguit_» de Virgilio (_Æn._, IV, 13): «á los flacos coraçones el dolor los arguye». Y en su lamentación repite el «_Cantabit vacuus coram latrone viator_» de Juvenal (Sat. X, 22): «como caminante pobre que sin temor de los crueles salteadores va cantando en alta boz».
Éstos y otros pasajes[72], que sin esfuerzo notará cualquier humanista, pertenecen á lo más sabido y vulgar de las letras clásicas, y por lo mismo parecen indicar reminiscencias escolares muy frescas. Horacio, Virgilio, Terencio, Juvenal y Persio eran de los autores que se leían más en las aulas. Acaso las frecuentaba todavía el autor ó había salido de ellas poco antes.
Pero entremos en otro género de imitaciones más dignas de consideración. El primer esbozo del carácter de la tercera de ilícitos amoríos (con puntas y collares de hechicera) puede encontrarse en la vieja Dipsas, que figura en una de las elegías de los _Amores_ del lascivo poeta de Sulmona (Lib. I, eleg. VIII):
_Est quaedam, quicumque volet cognoscere lenam, Audiat, est quaedam, nomine Dipsas, anus_...[73]
Dipsas tiene rasgos comunes con Celestina. El primero es la intemperancia báquica (_Lacrimosaque vino lumina_), de la cual procede su nombre (_ex re nomen habet_), y por la cual el poeta, en sus maldiciones, la desea perpetua sed:
_Dî tibi dent nullosque lares, inopemque senectam; Et longas hiemes, perpetuamque sitim._
(v. 113-114).
Otro, y más característico, es la pericia en las artes mágicas, el poder de la hechicería, que no se limita aquí á la preparación de filtros amorosos ni al conocimiento de las virtudes arcanas de ciertas yerbas, sino que domeña la naturaleza con infernal señorío, torciendo el curso de las aguas, disponiendo á su arbitrio de la tempestad y de la calma, enrojeciendo la faz de la Luna y haciendo que derramen sangre las estrellas[74]. No falta, por supuesto, el vuelo nocturno y la evocación de los muertos:
_Evocat antiquis proavos atavosque sepulchris, Et solidam longo carmine findit humum._
Por robusta que fuese la credulidad de los contemporáneos de Fernando de Rojas, no era fácil que á una bruja castellana pudieran atribuirse tales portentos. Sólo de la _necromancia_ ha quedado algún rastro en la relación que Celestina hace de las diabólicas artes de la madre de Pármeno[75]. En todo esto puede verse también el recuerdo de las Canidias y Saganas de Horacio y del libro de Apuleyo, que está expresamente citado en la _Tragicomedia_ (aucto VIII): «En tal hora comiesses el diacitron, como _Apuleyo el veneno que le convirtió en asno_».
Pero no son la embriaguez ni la hechicería las notas capitales de la Celestina española; en lo que emula y supera á la Dipsas ovidiana es en el oficio que ambas ejercen de concertadoras de ilícitos tratos, y en la pérfida astucia de sus blandas palabras y viles consejos:
_Haec sibi proposuit thalamos temerare pudicos; Nec tamen eloquio lingua nocente caret._
(v. 19-20).
De esta _elocuencia_ da muestra Dipsas queriendo sobornar á la amada del poeta en un razonamiento que recuerda mucho los coloquios de Celestina con Areusa y aun con la misma Melibea:
_Scis, hera, te, mea lux, juveni placuisse beato: Haesit, et in vultu constitit usque tuo_... .......................................................... _Ludite, formosae: casta est, quam nemo rogavit, Aut, si rusticitas non velat, ipsa rogat._ .......................................................... _Labitur occulte, fallitque volubilis aetas; Ut celer admissis labitur amnis aquis._
(v. 23-24; 43-44; 48-49).
Tal es el tipo de la _Lena_ romana, ligeramente bosquejado por Ovidio y Propercio.
En el teatro clásico tiene otros precedentes de más consideracion la fábula española. No los disimula Alonso de Proaza en sus octavas encomiásticas:
No debuxó la cómica mano De Nevio ni _Plauto_, varones prudentes, Tan bien _los engaños de falsos siruientes Y malas mugeres_ en metro romano. Cratino y Menandro y Magnes anciano Esta materia supieron apenas Pintar en estilo primero de Athenas Como este poeta en su castellano.
Claro es que Magnes y Cratino, poetas de la antigua comedia ateniense, eran meros nombres para Rojas y su panegirista. Poco menos debía de pasarles con Menandro, cuyos fragmentos no fueron impresos hasta 1553, y de quien sólo en años muy recientes nos han revelado los papiros egipcios algunas comedias más ó menos incompletas[76]. Pero Menandro, á quien toda la antigüedad consideró como el más exquisito poeta de la comedia nueva[77], vivía indirectamente en sus imitadores latinos, especialmente en Terencio. Tanto él como Plauto eran familiares al bachiller Rojas, según puede colegirse por varios indicios. Ya Aribau se fijó en los nombres de algunos personajes, que evidentemente están tomados de las comedias latinas, donde desempeñan papeles análogos. _Pármeno_[78] (que se interpreta _manens et aditans domino_) aparece en el _Eunuco_, en los _Adelfos_ y en la _Hecyra_. En esta misma comedia y en la _Andria_ interviene _Sosia_, todavía más conocido por la parte chistosísima que desempeña en el _Anfitrión_ de Plauto. El nombre de _Crito_ se repite tres veces en el teatro de Terencio (_Andria_, _Heautontimorumenos y Phormio_). _Traso_ es el soldado fanfarrón rival del joven Fedria en el _Eunuco_, y probablemente la idea de llamar _Centurio_ á un rufián ha sido sugerida por la misma comedia (v. 775), en que se pregunta por un _centurión_ llamado Sanga: «Vbi _centurio_ est Sanga, _manipulus furum_?» La madre de Melibea (acto IV) dice que va á visitar á la mujer de _Cremes_. Tres viejos de Terencio (_Andria_, _Heautontimorumenos_, _Phormio_) y un adolescente (_Eunuchus_) tienen el nombre de _Chremes_. Otros nombres de la _Tragicomedia_ parecen forjados á similitud de éstos[79].
Si en la imposición de los nombres lleva Terencio la ventaja, en otras cosas de la _Celestina_ se revela más el estudio de Plauto. Á él hay que referir probablemente el título definitivo de la obra que primeramente había llamado su autor _comedia_. La voz _tragicomedia_ (más bien _tragicocomedia_) es una invención jocosa del poeta latino en el prólogo de su _Anfitrión_. Mercurio, que le pronuncia, dice á los espectadores:
«Voy á exponeros el argumento de esta tragedia. ¿Por qué arrugais la frente? ¿Porque os dije que iba á ser tragedia? Soy un dios, y puedo, si quereis, transformarla en comedia, sin cambiar ninguno de los versos. ¿Quereis que lo haga así ó no? Pero, necio de mí, que siendo un dios no puedo menos de saber lo que pensais sobre esta materia! Haré, pues, que sea una obra mixta, á la cual llamaré _tragico-comedia_, porque no me parece bien calificar siempre de comedia aquella en que intervienen reyes y dioses, ni de tragedia á la que admite personajes de siervos. Será, pues, como os he dicho, una _tragicocomedia_».