Orígenes de la novela, Tomo III
Part 5
La cuestión de Rodrigo Cota es diversa y merece más atento examen. Rodrigo Cota de Maguaque, llamado comúnmente _el Tío_ ó _el Viejo_, para distinguirle de un deudo suyo á quien llamaron _el Mozo_, era un judío converso de Toledo, que afectó, como otros muchos, odio ciego y feroz contra sus antiguos correligionarios, y recibió por ello dura lección de otro poeta judío, Antón de Montoro[39]. Á Cota han sido atribuídas con leve fundamento diversas producciones anónimas del siglo XV, tales como las _Coplas de la Panadera_, el escandaloso y sucio libelo titulado _Coplas del Provincial_ y la célebre sátira política _Coplas de Mingo Revulgo_. Pero aun suponiendo que fuera suya esta alegórica y revesada composición, que para los mismos contemporáneos tuvo necesidad de comento, más perdía que ganaba en títulos para ser considerado como autor de la _Celestina_, obra sencilla y humana, y por eso eternamente viva, la cual nada tiene que ver con una sátira política del momento, ingeniosa sin duda, pero todavía más afectada que ingeniosa, especialmente en la imitación del lenguaje rústico. La verdadera joya poética que debemos á Rodrigo Cota es el _Diálogo entre el Amor y un Viejo_, inserto en el _Cancionero General_ de 1511. Fuera de las _Coplas_ de Jorge Manrique, no hay composición que venza á ésta en toda la balumba de los cancioneros del siglo XV. Y no vale sólo por su espléndida ejecución, por sus bellezas líricas, por la elegancia y el brío de muchos de sus versos, sino también por su contenido, que es intensamente dramático. No se trata de un mero contraste ó debate, de los que tanto abundan en las escuelas de trovadores, sino de una verdadera acción, de un drama en miniatura, con tema filosófico y muy humano: el vencimiento del Viejo por el Amor y el desengaño que sufre después de su mentida transformación. Quien imaginó este coloquio en verso, anterior sin duda á las églogas de Juan del Enzina, no era indigno de haber escrito algunas páginas de la _Celestina_, pero no sabemos siquiera que cultivase la prosa. Nos falta todo punto de comparación, y hay mucha distancia entre un sencillo diálogo de dos personajes alegóricos y una visión del mundo tan serena y objetiva como la que admiramos en la inmortal _Tragicomedia_.
Cota y Rojas fueron contemporáneos, aunque no de la misma generación; los dos procedían de estirpe hebrea; los dos nacieron y vivieron en el reino de Toledo: el uno en la Puebla de Montalbán, el otro en la capital misma, de la cual sólo dista cinco leguas aquella villa. En 1495 debía de haber muerto ya, puesto que su nombre no consta en la _Lista de los inhábiles de Toledo_ (es decir, de los conversos) _y cantidades que cada uno pagó por su rehabilitación_, pero su apellido se repite mucho: María _Cota_, mujer de Pero Rodriguez de Ocaña; Inés y Sancho _Cota_, hijos del doctor _Cota_, Rodrigo _Cota_, joyero[40]. En la misma lista están el suegro de Rojas, Alvaro de _Montalbán_, y otros conversos de su apellido. ¿Cómo no suponer relaciones entre personas de la misma raza y que habían corrido los mismos peligros y sufrido las mismas exacciones pecuniarias? ¿Tan difícil le hubiera sido á Rojas poner en claro esa atribución á un antiguo correligionario suyo, á quien pudo muy bien conocer y tratar, puesto que hay versos de Cota posteriores á 1472?
La tradición de Cota prosperó más que la de Juan de Mena, y son varios los escritores del siglo XVI y principios del XVII que la repiten, especialmente los toledanos, que encontraban motivo de orgullo en tal compatriota. Así Alonso de Villegas, en los metros que sirven de dedicatoria á su _Comedia Selvagia_, impresa en 1554:
Sabemos de _Cota_ que pudo empeçar, Obrando su ciencia, la gran _Celestina_; Labróse por Rojas su fin con muy fina Ambrosia, que nunca se puede estimar.
D. Tomás Tamayo de Vargas, que nació en Madrid, pero puede considerarse como hijo adoptivo de la imperial ciudad, consigna en su inédita bibliografía _Junta de libros, la mayor que España ha visto en su lengua hasta el año de 1624_[41], una curiosa tradición local, que valga lo que valiere merece recogerse, por ser tan pocos los testimonios antiguos sobre la _Celestina_: «Rodrigo Cota, llamado _el Tío_, de Toledo, _escribió estando en Torrijos debaxo de unas higueras, en la casa de Tapia_, el acto primero de _Scelestina_, Tragicomedia de Calisto e Melibea, libro que ha merecido el aplauso de todas las lenguas. Alguno ha querido que sea parto del ingenio de Juan de Mena, pero con engaño, que fácilmente prueba la lengua en que está escripto mejor que la del tiempo de Juan de Mena».
La indicación no puede ser más precisa, pero por lo mismo infunde recelo. Tamayo de Vargas era un erudito al uso de su tiempo, novelero y algo falsario, ó por lo menos patrocinador de falsos cronicones y antiguallas supuestas. Pudo hacerse eco de un rumor vulgar, que acaso se refería á Rojas y no á Rodrigo de Cota; pudo inventarlo él mismo en obsequio y lisonja á los toledanos ó á los vecinos de Torrijos. Con escritores tales es menester gran cautela. Sin duda por eso D. Nicolás Antonio, que los conocía á fondo, y que manejó la _Junta de libros_, ingiriéndola casi entera en su _Bibliotheca Nova_, se guardó mucho de copiar esta y otras especies.
Con la única excepción acaso de Lorenzo Palmyreno en sus _Hypotiposes clarissimorum virorum_[42], todo el siglo XVI creyó en la veracidad de las palabras de Rojas y aceptó la _Celestina_ como obra de dos autores. El voto más importante es el del autor del _Diálogo de la lengua_: «_Celestina, me contenta el ingenio del autor que la començo, y no tanto el del que la acabó._ El juicio de todos me satisfaze mucho, porque sprimieron, á mi ver muy bien y con mucha destreza, las naturales condiciones de las personas que introduxeron en su tragicomedia, _guardando el decoro d'ellas desde el principio hasta el fin_»[43].
Precisamente por haber guardado ese _decoro_ ó consecuencia de los caracteres desde el principio al fin, que señala con fina crítica Juan de Valdés, parece difícil admitir en el plan y composición de la _Celestina_ más mente ni más ingenio que uno solo.
Tal es el sentir unánime de la crítica moderna, con una sola excepción que yo recuerde, muy respetable por cierto[44], y apoyada en ingeniosos argumentos, que no han logrado convencerme. En este punto sigo opinando como opinaba en 1888, cuando la tesis del autor único de la tragicomedia distaba mucho de ser tan corriente como ahora.
Prescindamos de la divergencia entre los dos textos de la _carta_ al amigo y atengámonos sólo al segundo. La misma incertidumbre con que el bachiller Rojas se explica, diciendo que unos pensaban ser el autor Juan de Mena y otros Rodrigo de Cota, si no basta para invalidar su testimonio, le hace por lo menos muy sospechoso, puesto que en cosa tan cercana á su tiempo no parece verisímil tal discrepancia de pareceres. Toda la narración tiene visos de amañada. ¿Quién puede creer, por muy buena voluntad que tenga, que _quince_ actos de la _Celestina_ primitiva, es decir, más de las dos terceras partes de la obra, hayan sido escritas ni por un estudiante, ni por un letrado, ni por nadie, en _quince días_ de vacaciones, cuando hasta por la extensión material parece imposible, y lo parece mucho más si se atiende á la perfección artística, á la madurez y reflexión con que todo está concebido y ejecutado, sin la menor huella de improvisación, ligereza ni atolondramiento. ¿Qué especie de sér maravilloso era el bachiller Fernando de Rojas, si hemos de suponerle capaz de semejante prodigio, inaudito en la historia de las letras?
Porque aquí no se trata de aquellas atropelladas fábulas que Lope de Vega se jactaba de haber lanzado al mundo _en horas veinticuatro_. Esto en Lope mismo tenía que ser la excepción y no la regla. Él no habla de todas, sino de algunas: «más de ciento», modo de decir hiperbólico sin duda (como hipérbole debe de haber también en lo de las horas), pero que, aun tomado á la letra, no sería la mayor sino la menor parte de un repertorio que contaba ya en la fecha en que el _Arte Nuevo_ se imprimió (1609) «cuatrocientas y ochenta y tres comedias». Poseyó Lope en mayor grado que ningún otro poeta el genio de la improvisación escrita; pero sin recelo puede afirmarse que ninguna de sus buenas comedias fué compuesta de ese modo. Harto se distinguen unas de otras, aunque en las mejores hay tremendas caídas y en las más endebles algún destello de aquel sol de poesía que nunca llega á velarse del todo por las nubes del mal gusto. Y además, Lope era un artista dramático, un hombre de teatro, á quien el aplauso popular estimulaba á la producción sin tasa, y con quien colaboraba inconscientemente todo el mundo. ¡Cuán diversa la posición de Rojas, que no veía delante de sí modelos, ni público en torno suyo, ni podía entrever más que en sueños lo que era la dramaturgia representada, ni podía sacar su arte más que de las entrañas de la vida y de su propio solitario pensamiento; empresa mucho más difícil que hilvanar comedias con vidas de santos ó con retazos de crónicas, como solía hacer Lope en los malos días en que la inspiración le flaqueaba.
Grandes poetas románticos, que pertenecen en algún modo á la familia de Lope, se han gloriado también de esos alardes de fuerza. Sabido es de qué manera explicaba Zorrilla el origen de _El Puñal del Godo_, escrito en dos días; pero su relato es tan descabellado, que apenas se le puede dar crédito[45]. Víctor Hugo afirmó que había compuesto el _Bug-Jargal_ en quince días; pero su maligno comentador Biré, que le ha ido siguiendo paso á paso en toda su carrera literaria, prueba de un modo irrefutable que ese _Bug-Jargal_ no era la novela que conocemos ahora, sino un esbozo de ella, un cuento muy breve (de 47 páginas), publicado en un periódico (_Le Conservateur Littéraire_), y que pudo ser cómodamente escrito por su joven autor en quince días, y aun en menos, sin que haya en ello nada de extraordinario[46].
Y además, la _Celestina_ no es el _Bug-Jargal_, ni _El Puñal del Godo_, ni una de las comedias que Lope olvidaba después de escritas. Pertenece á una categoría superior de arte, en que todo está firme y sólidamente construído; en que nada queda al azar de la improvisación; en que todo se razona y justifica como interno desenvolvimiento de una ley orgánica; en que los mismos episodios refuerzan la acción en vez de perturbarla[47]. No es la perfección del estilo la maravilla mayor de la _Celestina_, con serlo tanto, sino el carácter _clásico_ é imperecedero de la obra, su sabia y magistral contextura, que puede servir de modelo al más experto dramaturgo de cualquier tiempo. La locución es tan abundante, fluye con tan rica vena, que no parece haber costado al autor grandes sudores. Su corrección es la del genio que adivina y crea su lengua: no es la corrección enteca y valetudinaria del estilo académico, sino la expansión generosa de un temperamento artístico, la plétora sanguínea de los grandes escritores del Renacimiento, cuando todavía la secta de la _difícil facilidad_ no había venido á encubrir muchas impotencias. Pero ni ese estilo, ni mucho menos la concepción á que sirvió de instrumento, son compatibles con la leyenda de los quince días, que á mis ojos es una inocente broma literaria, un rasgo que hoy llamaríamos humorístico. Los _quince días_ fueron sugeridos por los _quince auctos_, ni más ni menos.
Á nuestro juicio, todas las dificultades del preámbulo tienen una solución muy á la mano. El bachiller Fernando de Rojas es único autor y creador de la _Celestina_, la cual él compuso íntegramente, no en quince días, sino en muchos días y meses, con toda conciencia, tranquilidad y reposo, tomándose luego el ímprobo trabajo de refundirla y adicionarla, con mejor ó peor fortuna, que esto lo veremos luego. Y la razón que tuviese para inventar el cuento del primer acto encontrado en Salamanca no parece que pudo ser otra que el escrúpulo, bastante natural, de no cargar él solo con la paternidad de una obra impropia de sus estudios de legista, y más digna de admiración como pieza de literatura que recomendable por el buen ejemplo ético, salvas las intenciones de su autor, que tampoco están muy claras[48]. Este mismo recelo ó escrúpulo le movió acaso á envolver su nombre en el laberinto de los acrósticos y á llenar de sentencias _filosofales_ el diálogo de la comedia, queriendo con esto curarse en salud y prevenir todo escándalo. Si no se acepta esta explicación, que acaso no cuadra con la gran libertad de ideas y de lenguaje que reinaba en Castilla á fines del siglo XV, y no queremos suponer al bachiller Rojas más tímido de lo que realmente era, dígase que la invención del primer acto fué un capricho análogo al que solían tener los autores de libros de caballerías, que rara vez declaran sus nombres verdaderos, y en cambio fingen traducir sus obras del griego, del hebreo, del caldeo, del armenio, del húngaro y de otros idiomas peregrinos[49].
La igualdad, diremos mejor, la identidad de estilo entre todas las partes de la _Celestina_, así en lo serio como en lo jocoso, es tal, que á pesar de la respetable opinión de Juan de Valdés, repetida por muchos sin comprobarla, no ha podido ocultarse á los ojos de la crítica, desde que ésta comenzó á ejercitarse directamente sobre los textos y á desconfiar de los argumentos de autoridad. Moratín declara en sus _Orígenes del teatro español_ que «quien examine con el debido estudio el primer acto y los veinte añadidos, no hallará diferencia notable entre ellos, y que si nos faltase la noticia que dió acerca de esto Fernando de Rojas, leeríamos aquel libro como producción de una sola pluma»[50].
D. José María Blanco (White) afirmó resueltamente, en un discreto artículo de las _Variedades ó Mensajero de Londres_, que «toda la _Celestina_ era paño de la misma tela», y que «ni en lenguaje, ni en sentimientos, ni en nada de cuanto distingue á un escritor de otro, se halla la menor variación»[51]. ¿Sería esto posible, aun suponiendo que entre la composición del primer acto y de los restantes no mediaran más que veinte ó treinta años, cuando precisamente estos treinta años fueron de total renovación para la prosa castellana, en términos tales que un libro del tiempo de los Reyes Católicos se parece más á uno de fines del siglo XVI que á otro del reinado de D. Juan II, con la sola excepción del _Corbacho_? Rojas está á medio camino de Cervantes, y sin embargo una centuria entera separa sus dos producciones inmortales.
Ni Fernando Wolf[52], ni Lemcke[53], ni Carolina Michaëlis[54], ni otros eminentes hispanistas de los que más á fondo han tratado de la historia de nuestras letras, admiten que el primer acto de la _Celestina_ sea de distinta mano que los restantes. La impresión general de los lectores está de acuerdo con ellos. Por mi parte no temo repetir lo que escribí hace veinte años: «El bachiller Rojas se mueve dentro de la fábula de la _Celestina_, no como quien continúa obra ajena, sino como quien dispone libremente de su labor propia. Sería el más extraordinario de los prodigios literarios y aun psicológicos el que un continuador llegase á penetrar de tal modo en la concepción ajena y á identificarse de tal suerte con el espíritu del primitivo autor y con los tipos primarios que él había creado. No conocemos composición alguna donde tal prodigio se verifique; cualquiera que sea el ingenio del que intenta soldar su invención con la ajena, siempre queda visible el punto de la soldadura; siempre en manos del continuador pierden los tipos algo de su valor y pureza primitivos, y resultan ó lánguidos y descoloridos, ó recargados y caricaturescos. Tal acontece con el falso _Quijote_, de Avellaneda; tal con el segundo _Guzmán de Alfarache_, de Mateo Luján de Sayavedra; tal con las dos continuaciones del _Lazarillo de Tormes_. Pero ¿quién será capaz de notar diferencia alguna entre el Calisto, la Celestina, el Sempronio ó el Pármeno del primer acto y los personajes que con iguales nombres figuran en los actos siguientes? ¿Dónde se ve la menor huella de afectación ó de esfuerzo para sostenerlos ni para recargarlos. En el primer acto está en germen toda la tragicomedia, y los siguientes son el único desarrollo natural y legítimo de las premisas sentadas en el primero».
Claro es que este se escribió cuando no se conocían más que _Celestinas_ en veintiún actos. El Sr. Foulché-Delbosc, que está enteramente de acuerdo conmigo en lo que toca á la cuestión del primer acto y de los quince siguientes[55], ha planteado con mucho tino un nuevo y más interesante problema, que afecta á la integridad de la _Celestina_, aunque por diverso modo. ¿Pertenecen al autor primitivo las adiciones introducidas en 1502 (acaso antes)? ¿Pueden atribuírsele los cinco actos nuevos ó sea el _Tractado de Centurio_? El Sr. Foulché-Delbosc sostiene resueltamente que no. Su argumentación es brillante y especiosa; pero en materias de gusto tales alegatos nunca pueden convencer á todos, por mucho que sea el ingenio y la sutileza del abogado. La crítica literaria nada tiene de ciencia exacta, y siempre tendrá mucho de impresión personal.
Para mí las adiciones son de Rojas, aunque muchas de ellas empeoren el texto. Prescindamos de la inverisimilitud de que nadie, en vida del autor, se hubiese atrevido á alterar tan radicalmente su obra, sin que él de alguna manera protestase; porque esta razón, que sería de mucha fuerza para la literatura moderna, pierde valor tratándose de los primeros años del siglo XVI y aun de épocas muy posteriores. Todavía en la centuria siguiente las obras dramáticas eran objeto de la más desenfrenada piratería: Lope, Tirso, Alarcón, Calderón vieron impresas muchas de sus comedias en forma tal que no acertaban á reconocerlas. Cualquier librero que compraba á histriones hambrientos unas cuantas copias de teatro, llenas de gazafatones y desatinos, formaba con ellos una parte _extravagante_, y la echaba al mundo atribuyendo las comedias á quien se le antojaba. Si esto sucedía en tiempo de Felipe IV, imagínese lo que podía pasar en tiempo de Rojas, cuando apenas comenzaba á existir la salvaguardia del _privilegio_.
Pero las interpolaciones de 1502 tienen tal carácter, que cuesta trabajo ver en ellas una mano intrusa. Afortunadas ó desgraciadas, son enmiendas de autor, que se propone mejorar su libro y condescender con el gusto común de los que le importunaban para que «se alargasse en el proceso de su deleyte destos amantes».
Líbreme Dios de negar las ventajas de la corrección y de la lima. Rodrigo Caro volvió tres veces al yunque la _Canción de Itálica_ antes de encontrar la forma definitiva y perfecta de aquella oda clásica. Moratín, cuyo gusto era tan severo, y en quien llegó á ser monomanía el furor de las correcciones, mejoraba comúnmente sus obras; pero no siempre el último texto de sus comedias aventaja en todo y por todo á los anteriores. Hartzenbusch escribió tres veces _Los Amantes de Teruel_, y la última versión supera notablemente á la primitiva, aunque algo ha perdido de su juvenil frescura. Pero, ¿cuántos ejemplos grandes y chicos presenta la historia literaria de obras estropeadas por sus propios autores, con retoques que la posteridad ha desdeñado, ateniéndose á la lección primera? ¿Quién se acuerda hoy de la _Gerusalemme Conquistata_ del Tasso? Para nadie que no sea erudito de profesión existe más _Gerusalemme_ que la _Liberata_. ¿Quién no se duele de ver estropeados los mejores versos de Meléndez en la edición póstuma, que había preparado él mismo? ¿Quién no aplica la misma censura á la última colección que de sus versos líricos y dramáticos hizo doña Gertrudis Avellaneda? Más cerca de nosotros, Tamayo, digan lo que quieran sus panegiristas, sacrificó muy bellos rasgos de su _Virginia_ en aras de una corrección fría y seca, de que en sus últimos años se había prendado.
Siendo tan frecuentes estos ejemplos, no hay motivo para creer que las intercalaciones de Rojas dejen de ser auténticas por ser desacertadas. Luego veremos que no siempre lo son, y que perderíamos mucho con perder algunas de ellas.
Estas alteraciones pueden estudiarse sin trabajo alguno, ya en el importante estudio del Sr. Foulché-Delbosc, que las ha recogido y clasificado antes que nadie, ya en la reciente y muy cómoda edición de la _Celestina_, en que el Sr. D. Cayo Ortega ha distinguido, poniéndolas entre corchetes, todas las frases añadidas en el texto de veintiún actos.
Supresiones hay muy pocas é insignificantes. Todas ellas juntas suman treinta y cinco líneas, según el cálculo del Sr. Foulché.
Las adiciones son de dos clases: unas recaen sobre el texto antiguo, otras constituyen actos nuevos. De las primeras, que llegan á 439 líneas, hay poco que decir, porque casi todas obedecen al mismo sistema.
Una de las mayores novedades de la _Celestina_ (aunque tuviese algún precursor), y una de las que más debieron contribuir á su éxito, fué el empleo feliz y discreto de los refranes, proverbios y dichos populares. Ya el primitivo diálogo estaba sembrado de ellos, pero en la refundición hay abuso: tiene razón el Sr. Foulché. Parece que el autor ha querido darnos un índice paremiológico ó verter todo el del Marqués de Santillana. Generalmente son repeticiones excusadas de lo que ya estaba bien dicho. «Señor (dice Sempronio en el acto VIII), no es todo blanco aquello que de negro no tiene semejanza». «_Ni es todo oro quanto amarillo reluze_», se añade en el texto de 1502. Decía Celestina en sus diabólicos consejos á Areusa: «Una ánima sola ni canta ni llora; un frayle solo pocas veces le encontrarás por la calle; una perdiz sola por maravilla vuela». Y en la edición refundida continúa así: «_un manjar solo presto pone hastío; una golondrina no hace verano; un testigo solo no es entera fe; quien sola una ropa tiene presto la envejece_» (Acto VII).
Claro que esta retahila no puede aplaudirse, y menos tomada como procedimiento habitual, pero ¿por ventura era infalible el gusto de Rojas? ¿Es intachable el texto de diez y seis actos? ¿Por qué no hemos de suponer que dormitó alguna vez, á pesar de su maravilloso instinto, un hombre que no había nacido en la edad de la crítica ni tenía más consejero que su propio discernimiento? ¿No era fácil que cayese en la tentación de recargar lo que un artista de tiempos más cultos, aunque de menos lozanía, hubiese probablemente cercenado como vicioso?
La repetición de los refranes en formas diversas ofende más, porque casi siempre es superflua. Pero en las sentencias añadidas hay cosas muy notables, que sólo el primitivo autor ó alguno que valiese tanto como él era capaz de escribir.
Sirvan de ejemplo estas enseñanzas morales del acto IV, que nada pierden de su valor por estar puestas en boca de la _madre_ Celestina: «Aquél es rico que está bien con Dios; más segura cosa es ser menospreciado que temido; mejor sueño duerme el pobre que no el que tiene de guardar con solicitud lo que con trabajo ganó y con dolor ha de dexar. Mi amigo no será simulado y el del rico sí; yo soy querida por mi persona, el rico por su hacienda; nunca oye verdad, todos le hablan lisonjas a sabor de su paladar; todos le han envidia; apenas hallarás un rico que no confiese que le seria mejor estar en mediano estado ó en honesta pobreza. Las riquezas no hazen rico, mas ocupado; no hazen señor, mas mayordomo; más son los poseidos de las riquezas que los que las poseen; a muchos traxeron la muerte, a todos quitan el placer y a las buenas costumbres ninguna cosa es más contraria. ¿No oiste dezir: durmieron su sueño los varones de las riquezas, y ninguna cosa hallaron en sus manos?»