Orígenes de la novela, Tomo III

Part 4

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La prueba en contrario vino dos años después, y pareció perentoria á todos los que no tenían opinión cerrada sobre el asunto. El Sr. D. Manuel Serrano y Sanz, empleado de la Biblioteca Nacional entonces, y ahora dignísimo catedrático de Historia en la Universidad de Zaragoza, tropezó, entre otros procesos de la Inquisición de Toledo (que hoy se guardan en el Archivo Histórico Nacional), con uno formado en 1525 contra Alvaro de Montalbán, el cual declara bajo juramento tener una hija llamada Leonor Alvarez, _muger del Bachiller Rojas, que compuso á Melibea, vecino de Talavera_. Y cuando los inquisidores autorizaron al Montalbán para nombrar defensor, «dixo que nombraba por su letrado al _Bachiller Fernando de Rojas, su yerno, vecino de Talavera, que es converso_».

Justamente satisfecho el Sr. Serrano con tan importante hallazgo, publicó íntegro el proceso, acompañado de otros documentos que dan nueva luz sobre la familia de Rojas[18]. La identificación del personaje no podía ser más completa. La celebridad de su libro era tal, que iba unida á su nombre, y su suegro le invocaba como un título de honor: «el bachiller Rojas, que compuso á _Melibea_».

Tampoco ocultaba su condición de judio converso, que parece recaer sobre su propia persona y no meramente sobre su familia, pues entonces se hubiera dicho que venía «de linaje de conversos», según la formula usual. Conjetura el Sr. Serrano que su madre pudo ser cristiana vieja, y que de ella tomaría su apellido, que en la Puebla de Montalbán, en Talavera y en otras partes del reino de Toledo era de gente hidalga, al paso que no figura en los padrones conocidos hasta ahora de los judíos de aquella tierra. Pero con la anarquía que entonces reinaba en materia de apellidos y la frecuente mezcla de sangre entre gentes de ambas estirpes, poca seguridad puede haber en esto. Lo único que resulta averiguado es que el nombre del autor de la _Celestina_ debe añadirse desde ahora á la rica serie de nombres preclaros con que la raza hebrea ilustró los anales literarios y científicos de nuestra Península[19].

Resulta del proceso que Leonor Alvarez, mujer del bachiller Rojas, contaba en aquella fecha treinta y cinco años. No consta la edad de su marido, pero siendo ya autor de la _Celestina_ en 1499, y viviendo todavía en 1538 según datos que parecen fidedignos, puede conjeturarse que tenía bastante más edad que su mujer, y por mi parte no encuentro inverisímil la de cincuenta años ó poco más, en que se fija el Sr. Serrano[20]. A esto se objeta que una obra maestra como la _Celestina_, que arguye tan profunda experiencia de la vida, no puede atribuirse á un joven recién salido de las aulas, por precoz que se le suponga. Pero el autor de la _Celestina_ era positivamente un genio, y con el genio no rigen las reglas comunes. La intuición puede suplir á la experiencia en tales hombres. No hablemos de los grandes poetas líricos muertos en la flor de sus años, porque la poesía lírica tiene algo de juvenil en su esencia. No es preciso recordar tampoco los portentos de precocidad de Pascal, porque el espíritu geométrico se desenvuelve en condiciones que nada tienen que ver con las experiencias de la vida. Pero buscando en nuestra propia literatura, y muy cerca de nosotros, ejemplo bien adecuado, ¿quién no sabe que toda la obra crítica y satírica de Larra, no superada en nuestra lengua durante el siglo XIX, y á la cual nadie negará amarga y honda penetración social, fué escrita antes de los veintinueve años?

¿Qué inconveniente puede haber para admitir que la _Celestina_ sea obra de un estudiante? Nada hay en ella que él no hubiese podido observar directamente: no hay un solo personaje, ni el gentil mancebo Calisto, ni su enamorada Melibea, ni Celestina y sus alumnas, ni los criados de Calisto, ni el rufián Centurio, que salga de los límites del mundo en que él vivía. Tipos como aquéllos debían de encontrarse á cualquier hora en Toledo y en Salamanca. Además, el ambiente de la _Celestina_ tiene algo de universitario. La obra de Rojas, á pesar de su originalidad potente, es una comedia _humanística_, cuyos lances recuerdan los de las comedias latinas compuestas por los eruditos italianos del siglo décimoquinto: filiación que procuraré poner en claro más adelante. Estas obras se leían en nuestras universidades, y alguna de ellas logró los honores de la reimpresión para uso de nuestros escolares[21]. El medio, pues, era perfectamente adecuado para la elaboración de la _Celestina_, á la cual prestó sus elementos la realidad castellana, y sus formas la tradición clásica en consorcio con la Edad Media.

No es un desatino, aunque lo den á entender doctos filólogos, que llegan á tachar de «inverisímil ignorancia» á los que opinamos lo contrario, el decir que las expresiones «mi facultad», «mi principal estudio», pueden aplicarse lo mismo á un estudiante que «á un hombre provisto de un empleo ó que ejerce una profesión»[22]. A la facultad de Derecho pertenece lo mismo el que la aprende que el que la enseña ó la practica: todos ellos pueden decir con igual razón «mi facultad», «mi principal estudio». _Jurista_, según el diccionario vigente, es «el que _estudia_ ó profesa la ciencia de las leyes». Estudiante _jurista_ se dijo siempre en nuestras aulas, para distinguirle del estudiante teólogo ó de cualquier otra clase de estudiantes.

Además, aquellas _vacaciones_ en que dice haber acabado su obra, ¿qué pueden ser sino vacaciones universitarias? Entonces no había vacaciones de tribunales, y aun éstos apenas comenzaban á organizarse, ni consta que Rojas ejerciese más oficio público que el de alcalde mayor de Talavera en sus últimos años. Los _socios_ que «estaban en sus tierras» serían otros estudiantes ó bachilleres como él. Quizá una detenida exploración en el archivo de la Universidad de Salamanca podría resolver definitivamente este punto, en que bien podían ejercitarse los eruditos de aquella ciudad, que por no sé qué siniestro influjo empieza á olvidar demasiado la investigación de su gloriosa historia.

En Salamanca digo, porque es para mí casi seguro que estudió allí, y allí se graduó de bachiller en Jurisprudencia, en fecha ignorada, pero anterior de fijo á 1501, cuando ya usa ese título en los versos acrósticos. No había más que dos Estudios de Leyes en todo el territorio de la corona de Castilla, y el de Valladolid estaba más lejos de Talavera ó de la Puebla que el de Salamanca y tenía menos nombradía que él[23].

Esta sospecha raya poco menos que en certidumbre cuando se repara en aquellos tres versos:

Yo vi en _Salamanca_ la obra presente: Movíme á _acabarla_ por estas razones: Es la primera que estó en _vacaciones_...

No por eso creemos que deba localizarse en aquella ciudad la escena de la _Tragicomedia_. Pero dejando en suspenso este y otros puntos relativos á la composición de la obra, continuemos recogiendo los pocos vestigios que de su paso por el mundo dejó el bachiller Fernando de Rojas. No da mucha luz la causa inquisitorial de su suegro Alvaro de Montalbán. Es uno de tantos procesos contra judaizantes, en que pueden adivinarse de antemano las acusaciones y los descargos. La familia había dado un regular contingente á los registros del Santo Oficio, que había desenterrado y quemado los restos del escribano Fernando Alvarez de Montalbán y de su mujer Mari Alvarez, padres del procesado Alvaro. El cual declara tener setenta años, antes más que menos, y haber sido ya _reconciliado_ hacía más de cuarenta, por comer el _pan cenceño_[24] y entrar en las _cabañuelas_[25] y hacer otras ceremonias judaicas. El promotor fiscal le acusa de hereje y apóstata, no sólo por los actos dichos, sino por haber sembrado proposiciones de mala doctrina, dudando, como los saduceos, de la inmortalidad del alma: «Item, que despues acá, con poco temor de Dios y en menosprecio de la religion cristiana, hablando ciertas personas cómo los plazeres deste mundo eran todos burla, e que lo bueno era ganar para la vida eterna, el dicho Alvaro de Montalvan, creyendo que no ay otra vida despues desta, dixo e afirmó que acá toviese el bien, que en la otra vida no sabia sy avia nada». Un Iñigo de Monzón, vecino de Madrid, que había conocido á Alvaro en casa de su hija Constanza Núñez, mujer de Pedro de Montalván, _aposentador de Sus Magestades_, no sólo fué testigo de este cargo, sino que añadió otros bastante graves para la ortodoxia del procesado: «Preguntado en qué posesion es avido e tenido el dicho Alvaro de Montalvan en esta dicha villa e en los otros lugares donde dél se tiene noticia, dixo que en vezes ha estado en esta dicha villa, en la perrochia de san Gines, en casa del dicho su yerno, más de dos años, y el uno a la contina puede aver tres años, e que en el dicho tiempo que aqui estovo nunca le veya en misa los domingos ni fiestas, sino es alguna vez que yva con su hija, y que en entrando en la yglesia se sentava en un poyo cabizbaxo, y que asy se estava sin sentarse de rodillas ni quitarse el bonete; e no se acuerda ni parava mientes si adorava el Santo Sacramento, pero acuerdase que murmuravan muchas mugeres en la yglesia de verle asy syn devocion y syn verle rezar ni menear los labrios; e que otras vezes se metia en una capilla, donde estava hasta que se acabase el ofiçio, sentado; y que en el dicho tiempo tampoco le vió comulgar ni confesarse, e que preguntandole este testigo con sospecha al dicho cura, le dixo que con él no se habia confesado ni comulgado». El cura de San Ginés atenuó algo los términos de esta delación; y no se pasó adelante en la prueba testifical, sin duda porque en la Puebla (como dijo el mismo cura) apenas había persona que no tuviese nota de _reconciliada_. Las confesiones del reo, que prometió vivir de allí adelante como buen cristiano, y sin duda también su avanzada edad, mitigaron algo el rigor de la sentencia, que se redujo finalmente á asignarle su casa por cárcel, con obligación de traer el sambenito sobre todas sus vestiduras, y las demás penitencias en tales casos acostumbradas.

El bachiller Fernando de Rojas no vuelve á ser mencionado en el proceso de su suegro más que una vez sola, cuando le designó como abogado. Los inquisidores dijeron que no había lugar y que nombrase _persona sin sospecha_, y él nombró al licenciado del Bonillo.

Ya en 1517 había figurado _el bachiller Fernando de Rojas_ entre los testigos de abono y descargo en otro proceso inquisitorial contra Diego de Oropesa, vecino de Talavera, acusado también de judaizante. Ni el triste percance de su suegro, ni los buenos oficios que generosamente prestaba á los de su raza, parecen haberle hecho personalmente sospechoso, si hemos de dar crédito á las noticias que en el primer tercio del siglo XVII recogió en su _Historia de Talavera_, inédita aún[26], el Licenciado Cosme Gómez Tejada de los Reyes, escritor juicioso y fidedigno en las tradiciones locales que conserva, y mucho más próximo á Rojas que nosotros, aunque no fuese coetáneo suyo. Este pasaje, descubierto por Gallardo y dado á conocer por Cañete con una errata substancial[27], dice así en su integridad:

«Fernando de Rojas, autor de la _Celestina_, fábula de Calixto y Melibea, nació en la Puebla de Montalban, como él lo dize al principio de su libro en unos versos de arte mayor acrósticos; pero hizo asiento en Talavera: aquí vivió y murió y está enterrado en la iglesia del convento de monjas de la Madre de Dios. Fué abogado docto, y aun hizo algunos años en Talavera oficio de Alcalde mayor. Naturalizóse en esta villa y dejó hijos en ella. Bien muestra la agudeza de su ingenio en aquella breve obra llena de donaires y graves sentencias, espejo en que se pueden mejor mirar los ciegos amantes que en los christalinos adonde tantas horas gastan riçando sus feminiles guedejas. Cumplió bien sus obligaciones en aquel género de escrevir, con que pueden entender tantos autores modernos de libros de entretenimiento y de otros, que no consiste la arte y gallardía de decir en afectadas _culturas_, todo ruido de palabras que atruenan el viento y lisonjean el oido, mas no hieren el alma porque les falta solida municion: vano estudio, indecente, infructuoso, que solamente á ingenios semejantes deleita, y a ninguno enseña ni mueve[28]. Vienen medidos a Fernando de Rojas respecto de otros autores aquellos dos versos de Marcial, hablando de Persio comparado a Marso:

_Saepius in libro memoratur Persius uno Quam levis in tota Marsus Amazonide_;

y lo que admira es que siendo el primer auto de otro autor (entiéndese que Juan de Mena o Rodrigo de Cota) no sólo parece que formó todos los actos vn ingenio, sino que es _individuo_[29]. El mismo ejemplo tenemos en nuestro tiempo en los dos hermanos Argensolas, Lupercio y Bartolomé, insignes poetas, dos padres de un solo hijo, que sus metros más dicen unidad que similitud».

Prescindiendo del elogio de la _Celestina_, que es uno de los más curiosos de un tiempo en que ya comenzaba á olvidársela, nada hay en la sencilla noticia de Tejada que pueda infundir sospechas al más escéptico, ni que esté en contradicción con los pocos documentos originales que poseemos. Es cosa sabida (por declaración del mismo Rojas y por testimonio de su suegro), que era abogado, y sin gran temeridad se le ha podido llamar _docto_, pues no hemos de suponer ignorante y cerril en su _principal estudio_ á quien era capaz de componer por mera recreación la _Celestina_. Que se naturalizó en Talavera está confirmado por todos los documentos, pues ya aparece como vecino de aquella ciudad en 1517, y á ella se refieren todas las noticias posteriores de su vida, que alcanzan hasta 1538. Consta que aquel año ejerció en Talavera desde el 15 de febrero al 21 de marzo el cargo de alcalde mayor, sustituyendo al Dr. Núñez de Durango[30]. Si Cosme Gómez escribía de memoria, pudo equivocarse en cuanto á la duración del cargo, pero esta no es variante de transcendencia. Lo del enterramiento en la iglesia del convento de monjas de la Madre de Dios era caso de notoriedad pública y no podía inventarse. Finalmente, es ciertísimo que Fernando de Rojas dejó descendencia. El testamento de su cuñada Constanza Núñez, descubierto por el benemérito y malogrado D. Cristóbal Pérez Pastor en el archivo de protocolos de Madrid, nos ha dado á conocer el nombre de una hija del poeta, Catalina de Rojas, casada con su primo Luis Hurtado, hijo de Pedro de Montalbán[31]. Y probablemente no fué única: en el archivo de la parroquia del Salvador, de Talavera, que está próxima al convento de la Madre de Dios, se encuentran partidas bautismales de 1544, 1550 y 1552, referentes á varios hijos de _Alvaro de Rojas_ y de _Francisco de Rojas_, casado este último con Catalina _Alvarez_, patronímico que llevaba también la mujer de nuestro autor. La razón de los tiempos y el no conocerse por entonces otros Rojas en Talavera, puede inducir á sospechar que el _Alvaro_ y el _Francisco_ eran hijos del bachiller; lo que no parece dudoso es que pertenecían á su familia.

No es únicamente el testimonio de Cosme Gómez el que afirma la atribución de la _Celestina_ á Fernando de Rojas. Hay otro más antiguo y que estaba ya indicado años antes del hallazgo de los procesos de Toledo. Al tomar posesión de su plaza de número en la Academia de la Historia, leyó el inolvidable D. Fermín Caballero, en 1867, un precioso discurso sobre las _Relaciones geográficas_ que los pueblos de Castilla dieron á Felipe II desde 1574 en adelante, contestando al interrogatorio redactado por Ambrosio de Morales. No se olvida D. Fermín de consignar que «del bachiller Fernando de Rojas, _coautor_ de la famosa _Tragicomedia_, hace referencia la respuesta de su lugar natal, la Puebla de Montalbán»[32]. Y así es, en efecto, salvo lo de _coautor_, que no es frase del documento, sino gratuita afirmación del ilustre académico, que en eso seguía la opinión más corriente en su tiempo. Para los naturales de la Puebla, como para Álvaro de Montalbán, Rojas era único autor de la _Tragicomedia_. Mandaba el capítulo 37 del interrogatorio que se especificasen «las personas señaladas en letras, armas y en otras cosas que haya en el dicho pueblo, ó que hayan nacido ó salido de él, con lo que se supiere de sus hechos y dichos señalados». El bachiller Ramírez Orejón, clérigo, que fué, en compañía de Juan Martínez, ponente (como hoy diríamos) de esta Relación, contesta que «_de la dicha villa fué natural bachiller Rojas, que compuso a Celestina_»[33].

Aclarado ya, aunque no tanto como nuestra curiosidad desearía, el enigma personal del Bachiller, que por tanto tiempo ha fatigado en inútiles disquisiciones á la crítica[34], entremos en las cuestiones verdaderamente graves y difíciles que se refieren á la composición del libro. Estas cuestiones se han complicado con la aparición de los ejemplares en diez y seis actos. Antes no se disputaba más que sobre el acto primero. Ahora no basta preguntar: el bachiller Rojas, ¿es autor único de la _Celestina_? sino que la interrogación debe formularse así: el bachiller Rojas, ¿es único autor de los diez y seis actos que conocemos por las ediciones de Burgos y de Sevilla? ¿Se le deben atribuir también los cinco actos interpolados en las ediciones de 1502, y conocidos con el nombre de _Tractado de Centurio_? ¿Le pertenecen asimismo las variantes y adiciones que se introdujeron en los demás actos del texto refundido?

En absoluto rigor crítico la cuestión del primer acto es insoluble, y á quien se atenga estrictamente á las palabras del bachiller ha de ser muy difícil refutarle[35]. Él afirmó siempre en la carta «á vn su amigo», en los versos acrósticos y en el prólogo, que no había hecho más que continuar una labor ajena. Los elogios que hace del primer autor son tan enfáticos que superan á todo lo que han dicho los más exaltados panegiristas de la _Celestina_:

Jamas yo no vide en lengua romana, Despues que me acuerdo, ni nadie la vido, Obra de estilo tan alto e sobido, En tusca, ni griega, ni en castellana. No trae sentencia, de donde no mana Loable á su auctor y eterna memoria...

Él no ha hecho más que _dorar con oro de lata_

El más fino tíbar que vieron sus ojos, Y encima de rosas sembrar mil abrojos.

Afecta desdeñar los quince actos por él escritos: «el fin baxo que le pongo»; obra, al fin, de _quince días_ de vacaciones, en que anduvo algo «distraído de los derechos». Sus _mal doladas razones_ irán distinguidas de las del antiguo autor con una cruz en la margen al fin de la primera _cena_. Ha de advertirse que ni en la edición de Burgos ni en la de Sevilla (1501) aparece tal cruz, ni el texto está dividido en _cenas_ ó escenas, sino en _auctos_, como en todas las restantes. Un humanista como Rojas, que da tan seguras pruebas de conocer el teatro de Plauto y Terencio, no podía ignorar que tanto en la comedia latina como en la moderna son cosa muy diferente actos y escenas. En la _Celestina_ misma algunos actos pueden dividirse en escenas, atendiendo á las mutaciones de lugar y á las entradas y salidas de los personajes[36]. Pero es lo cierto que el bachiller, por inexperiencia acaso del vocabulario teatral, usaba promiscuamente las dos palabras, puesto que en las ediciones de 1502 la carta termina de este modo: «acordé que todo lo del antiguo auctor fuesse sin diuision en vn _aucto o cena_, incluso hasta el segundo _aucto_, donde dize: Hermanos míos...». No hay duda, pues, que la primera _cena_ coincidía exactamente con el primer acto, y es la parte que Rojas da por ajena.

Este acto es ciertamente más largo que ningún otro de la _Tragicomedia_, aunque no con la desproporción que se ha dicho. En la edición más reciente ocupa treinta y ocho páginas, pero no es corto el _aucto dozeno_, que pasa de veinticuatro. Quizá cuando el autor comenzó á escribir no pensaba en dar á su obra el desarrollo que luego tuvo, y creyó poder encerrar toda la materia en un solo acto. Lo que sí llama la atención, y lo consigno lealmente por lo mismo que soy partidario acérrimo de la unidad de autor en la _Celestina_, es que el primer acto fué el único que se salvó de adiciones y retoques en la refundición de 1502, como si Rojas hubiera tenido escrúpulo de poner la mano en obra que no le pertenecía. Hay algunas variantes, pero son puramente verbales. Hubiera sido demasiado candor en Rojas dar con su propio texto armas contra la supuesta existencia de otro autor. Inventada ya la fábula, tenía que sostenerla con algún color de verisimilitud.

Pero ¿qué autor era ése á quien tanto admiraba? En la primera redacción de la _Carta á un su amigo_ no nombra á nadie, ni hace conjetura alguna: se limita á decir que la obra llegó anónima á sus manos. En la segunda es más explícito y consigna la atribución por unos á Juan de Mena y por otros á Rodrigo Cota.

Nadie ha tomado en serio la primera, á excepción del editor barcelonés de 1842, que tuvo el capricho de estampar en la portada los nombres de Mena y Cota, ligándolos con la conjunción _y_, como si hubiesen sido colaboradores en la tragicomedia[37]. Juan de Mena fué un poeta superior dentro de su género y escuela, y en cierto modo el mayor poeta del siglo XV, pero su prosa es francamente detestable, llena de pedanterías, inversiones y latinismos horribles, que le hacen digno émulo de D. Enrique de Villena, cuyas huellas procuró seguir. Basta haber leído una página cualquiera del _Omero romanzado_ ó de la _Glosa_ que hizo á su propio poema de la _Coronación_, para comprender que era incapaz de escribir ni una línea de la _Celestina_. De esa _Glosa_ decía el Brocense que, «allende de ser muy prolija, tiene malísimo romance y no pocas boberias (que ansi se han de llamar): más valdría que nunca pareciesen en el mundo, porque parece imposible que tan buenas coplas fuesen hechas por tan avieso entendimiento»[38].

Esta incapacidad de Juan de Mena para usar otro lenguaje que el métrico debía de ocultársele menos que á nadie á Fernando de Rojas, verdadero progenitor de nuestra prosa clásica, á quien no llega ningún escritor del siglo XV y superaron muy pocos del siguiente. ¿Cómo hubiera podido creer ni por un momento que era obra de Juan de Mena la que dice haber tenido entre manos? Este rasgo es uno de los que hacen dudar de su absoluta sinceridad. Puso á bulto el nombre del poeta cordobés, porque era una grande autoridad literaria en su tiempo y se le citaba para todo, y el mismo Rojas estaba empapado en sus escritos, como lo declaran de un modo palmario algunos pensamientos é imitaciones de detalle que en la _Celestina_ se encuentran, como veremos después.