Part 1
NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
En la versión de texto sin formatear las palabras en itálicas están indicadas con _guiones bajos_; mientras que las palabras en versalitas se han escrito en mayúsculas. Además, una letra precedida por el signo “^” indica que esa letra es un superíndice. Por ejemplo ^e representa la letra “e” en tamaño más pequeño que la escritura del resto del texto y se encuentra ligeramente por encima de la línea de escritura. En la obra original aparecen letras o conjunto de letras con un signo diacrítico que muestra una línea horizontal (macrón) en la parte superior de esas letras. Algunos de esos signos no pueden representarse en la versión sin formatear y en consecuencia están representados con la marca [=texto]; es decir que ese signo representa la palabra “texto” con una línea horizontal superior sobre dicha palabra.
El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española, vigentes cuando la presente edición de esta obra fue publicada. En referencia a lo mencionado precedentemente, cabe destacar que palabras como “vio”, “fue”, “dio”, por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido respetado. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.
Lo mencionado en el párrafo precedente fue el criterio utilizado para el texto escrito por el autor de la obra. Sin embargo, el texto citado de otros autores en esta obra, fue revisado controlando que la ortografía coincidiese con la que aparece en la imagen utilizada para llevar a cabo la transcripción. En consecuencia, es posible detectar para una misma palabra inconsistencias en la ortografía usada en otra parte del texto.
En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.
La cubierta del libro fue creada por el transciptor y se ha agregado al dominio público.
Errores evidentes de impresión y de puntuación en el texto escrito por el autor han sido corregidos.
El Índice de capítulos y una Fe de Erratas incluidos al final de la obra han sido mudados al principio.
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Orígenes de la novela Tomo I
Nueva Biblioteca de Autores Españoles bajo la dirección del Excmo. Sr. D. Marcelino Menéndez y Pelayo.
[Ilustración]
Orígenes de la novela
Tomo I
Introducción. Tratado histórico sobre la primitiva novela española
por
D. M. Menéndez y Pelayo
de la Real Academia Española.
[Ilustración]
Madrid Librería Editorial de Bailly/Baillière é hijos Plaza de Santa Ana, núm. 10. 1905
ÍNDICE
PÁGINA INTRODUCCIÓN I
I. Reseña de la novela en la antigüedad clásica, griega y latina III
II. El apólogo y el cuento oriental.--Su transmisión á los pueblos de Occidente, y especialmente á España.--El cuento y la novela entre los árabes y judíos españoles XV
III. Influencia de las formas de la novelística oriental en la literatura de nuestra Península durante la Edad Media.--Raimundo Lulio.--D. Juan Manuel.--Fray Anselmo de Turmeda.--El Arcipreste de Talavera LXXI
IV. Breves indicaciones sobre los libros de caballerías.--Su aparición en España.--Ciclo carolingio (_Turpín_, _Maynete_, _Berta_, _Reina Sevilla_, _Fierabrás_, etc.). --Influencia de los poemas italianos (_Reinaldos de Montalbán_, _Espejo de Caballerías_, etc.).--Asuntos de la antigüedad clásica (_Crónica Troyana_).--Novelas grecoorientales (_Partinuplés_, _Flores y Blancaflor_, _Clamades y Clarimonda_, _Pierres y Magalona_, etc.). --Novelas varias (_Oliveros de Castilla y Artús de Algarbe_, _Roberto el Diablo_, etc.).--El ciclo de las Cruzadas en la _Gran Conquista de Ultramar_ (_El Caballero del Cisne_).--Otras novelas de los siglos XIV y XV.--El ciclo bretón en España (_Tristán_, _Lanzarote_, _Demanda del Santo Grial_, _Baladro del Sabio Merlín_, _Tablante y Jofre_).--Carácter exótico de toda esta literatura CXXV
V. Aparición de los libros de caballerías indígenas. --_El Caballero Cifar._--Orígenes del _Amadís de Gaula_.--Libros catalanes de caballerías: _Curial y Guelfa_, _Tirante el Blanco_.--Continuaciones del _Amadís de Gaula_.--Ciclo de los Palmerines.--Novelas caballerescas sueltas.--Libros de caballerías á lo divino.--Libros de caballerías en verso.--Decadencia y ruina del género á fines del siglo XVI CLXXXVI
VI. Novela sentimental. Sus orígenes: Influencia de Boccaccio y Eneas Silvio.--Juan Rodríguez del Padrón (_El siervo libre de amor_).--Diego de San Pedro (_Cárcel de Amor_, _Tratado de Arnalte y Lucenda_). --_Cuestión de amor_, de autor anónimo.--Juan de Flores (_Grisel y Mirabella_, _Grimalte y Gradissa_). --Otras novelas del mismo estilo.--Juan de Segura (_Proceso de cartas de amores_).--Hernando Díaz (_Historia de los amores de Peregrino y Ginebra_). --Novela bizantina de aventuras.--Influencia de Heliodoro y Aquiles Tacio.--Alonso Núñez de Reinoso (_Clareo y Florisea_).--Jerónimo de Contreras (_Selva de aventuras_) CCXCIX
VII. Novela histórica: _Crónica del rey don Rodrigo_, de Pedro del Corral.--Libros de caballerías con fondo histórico.--Novela histórico-política: el _Marco Aurelio_ de Fray Antonio de Guevara.--Novela histórica de asunto morisco: _El Abencerraje_, de Antonio de Villegas.--Las _Guerras civiles de Granada_, de Ginés Pérez de Hita.--Libros de geografía fabulosa.--_Viajes del infante D. Pedro_ CCCLII
VIII. Novela pastoril.--Sus orígenes.--Influencia de la _Arcadia_, de Sannazaro.--Episodios bucólicos en las obras de Feliciano de Silva.--_Menina e Moça_, de Bernardim Ribeiro.--_Diana_, de Jorge de Montemayor. --Continuaciones de Alonso Pérez y Gil Polo.--_El Pastor de Fílida_, de Luis Gálvez Montalvo.--Otras novelas pastoriles anteriores á la _Galatea_ CDXI
Adiciones y rectificaciones DXIX
ERRATAS QUE SE HAN NOTADO
PÁGINA LINEA DICE LÉASE
XVI 42 (nota 2.ª) Bentey Benfey
XXII 14 Bocaccio Boccaccio (La misma errata se repite en algún otro lugar).
│ 12 a ti te lo acomiendo a ti lo acomiendo CXII <─│ 16 atrevesase atravesase │ 22 de mi comadre a casa de mi comadre │ 27 ahora agora
CXXXVII 1 que difiere y difiere
CCLXIII 10 _enmendada_ _emendada_
CCLXV 42 _Cuento de Verano_ _Cuento de Invierno_
│ 7 _Cristalión_ _Cristalián_ CCLXXX <─│ 10 _D. Cirongilio de _D. Cirongilio de Francia_ Tracia._
CCCLIII 1.ª de la D. Aureliano Fernández D. Aureliano nota 1.ª Fernández-Guerra.
CCCLXXXIV 25 Teccin Temin
CDXI 30 Monsalvo Montalvo
INTRODUCCIÓN
Dedicó la _Biblioteca de Autores Españoles_ tres de sus primeros volúmenes á Cervantes y á los novelistas anteriores y posteriores al que fué y es monarca del género en la literatura del mundo. Aquella colección de narraciones amenas y libros de pasatiempo pudo parecer suficiente en la época en que salió á luz, cuando apenas comenzaban á despertar los estudios hispánicos largo tiempo aletargados, y era forzoso introducir al público con hábil parsimonia en el conocimiento de una literatura que tenía tan olvidada. Pero hoy que las exigencias, no ya de los eruditos, sino de los meramente aficionados y curiosos, son mucho mayores; hoy que libros antes ignorados ó desdeñados son perseguidos con afán y alcanzan altísimo precio, que no siempre es rasgo de ostentación en sus compradores, sino testimonio del interés que despiertan y de la importancia que se les concede para elevados fines de cultura histórica, no puede menos de sentirse la necesidad de ampliar ésta como las demás secciones de la _Biblioteca_ de Rivadeneyra con obras que por uno ú otro concepto no deben ser omitidas ni postergadas en nuestra historia literaria, y que siendo de difícil adquisición rara vez llegan á manos del investigador estudioso. Á tal fin responde el suplemento que en varios volúmenes nos proponemos hacer de la colección de novelistas, dedicando el mayor espacio, como es justo, á los del siglo XVII, muy imperfectamente representados en aquel vasto repertorio de las letras patrias. Pero antes de llegar á ellos, todavía hemos creído indispensable recoger en un tomo algunas producciones de fines del siglo XV y del siglo XVI, que son, á nuestro juicio, dignas de tenerse en cuenta en un estudio sobre la novela anterior á Cervantes. Y aun hubiéramos ampliado el número de ellas si los límites en que hemos tenido que encerrarnos por inevitable condición editorial no nos hubieran obligado al sacrificio de alguna muy curiosa y que ya teníamos dispuesta para la imprenta.
Nadie puede poner reparos á la elección que con su acostumbrado buen gusto y fino conocimiento de la literatura castellana hizo D. Buenaventura Carlos Aribau de las obras que forman el antiguo tomo de _Novelistas anteriores á Cervantes_. No hay una sola que pueda rechazarse, y como escogidas en géneros distintos dan idea bastante completa del mundo vastísimo á que pertenecen. _La Celestina_, obra esencialmente dramática, pero escrita para la lectura y no para la representación, no podía faltar en un cuadro de la novela, en cuyos progresos influyó de modo tan decisivo, y á la cual transmitió el poderoso instrumento de la observación realista y el arte insuperable del diálogo. Las dos grandes novelas picarescas del siglo XVI, _Lazarillo de Tormes_ y _Guzmán de Alfarache_, acompañadas de sus continuaciones, son, y no podía menos, el fondo principal del libro. La novela corta imitada de los maestros italianos y el cuento ó anécdota fugitiva tienen su representación en el _Patrañuelo_, de Timoneda, y en su _Sobremesa ó Alivio de caminantes_. La novela de aventuras al gusto bizantino, mezclada con elementos caballerescos, puede estudiarse en el _Clareo y Florisea_, de Alonso Núñez de Reinoso, y en la _Selva de aventuras_, de Jerónimo de Contreras. Y, finalmente, la novela histórica, enteramente indígena como la picaresca, hace alarde de su gracia infantil en el delicioso cuento de _El abencerraje_, atribuido á Antonio de Villegas, y en las _Guerras civiles de Granada_, de Ginés Pérez de Hita.
Nada sobra, por consiguiente, en este tomo, al cual antecede un prólogo de Aribau que es joya de buen decir y sana crítica, y documento de erudición nada vulgar para los días en que fué compuesto. Pero es evidente que algo falta, y el mismo Aribau confiesa estas omisiones y procura dar la razón de ellas, prometiendo subsanarlas en el curso de la _Biblioteca_ que entonces comenzaba. Esta promesa fué cumplida por lo tocante á los _Libros de Caballerías_, cuyo gran número, vasta mole y especial carácter imponían un estudio separado, que realizó con gran conciencia y doctrina bibliográfica D. Pascual de Gayangos, persona la más competente acaso que en toda Europa podía encontrarse para tal empresa. Pero los demás vacíos quedaron sin llenar, faltando entre otras cosas las novelas pastoriles, salvo la _Galatea_ y la _Arcadia_, que figuran, respectivamente, en los tomos de Cervantes y Lope de Vega. Hubiera sido excesivo, en verdad, dedicar un volumen entero á este género falso y empalagoso, en que la insipidez del fondo sólo está compensada por las galas del buen decir y los destellos de la fantasía poética; pero no parecía justo que se echase de menos en una biblioteca de autores españoles la obra capital y más antigua de nuestra novela bucólica, la _Diana_, de Jorge de Montemayor, ni que dejase de ir acompañada de la continuación de Gil Polo, preferida por el gusto de muchos y célebre por la lindeza de los versos que contiene; elogio que debe extenderse á _El pastor de Fílida_, de Luis Gálvez Montalvo, que Cervantes manda guardar como joya preciosa.
Grave omisión hubiera sido también la de la _Cárcel de Amor_, de Diego de San Pedro, y la _Cuestión de Amor_, de autor anónimo, pues aunque escritas en tiempo de los Reyes Católicos, no deben considerarse como producciones de los tiempos medios, sino como muestra de un género nuevo, la _novela sentimental_ y _amatoria_, de la cual puede encontrarse algún germen en _El siervo libre de amor_, de Juan Rodríguez del Padrón, pero que tiene durante el siglo XVI su principal desarrollo. Contemporáneas de la _Celestina_, la _Cárcel_ y la _Cuestión_, no hay motivo para relegarlas al tomo de los prosistas del siglo XV, de cuyo estilo tanto se apartan.
Otras manifestaciones que prepararon el advenimiento de la novela de costumbres, aunque no puedan confundirse con ella, reclamaban también algún lugar en esta colección de libros de pasatiempo. Me refiero al diálogo satírico-moral, á imitación de Luciano y de Erasmo, género importantísimo en la literatura del Renacimiento y que fué, á no dudarlo, la expresión más avanzada del libre espíritu aplicado á la crítica de la sociedad, y el arma predilecta de todos los innovadores teológicos, políticos y literarios. El padre y maestro de esta sátira _lucianesca_ en España es Juan de Valdés, pero como quiera que las obras selectas de este gran prosista han de formar parte de la presente biblioteca, no van incluidos en este tomo ni el _Diálogo de Mercurio y Carón_ ni el de _Lactancio y un arcediano_. Figuran, en cambio, dos obras del andante humanista Cristóbal de Villalón; una su famoso _Crotalon_, que ahora aparece purgado de muchos errores con que antes se había impreso, y otra cierto _diálogo_ inédito de _Las transformaciones de Pitágoras_, que puede considerarse como el embrión de aquella vasta galería satírica. Obra en cierto modo análoga á las anteriores, aunque contiene menos elementos novelescos y la sátira es mucho más clemente, inofensiva y mesurada, son los _Coloquios_ satíricos de Antonio de Torquemada, libro de muy apacible lectura por lo sabroso de la dicción y por las raras noticias que ofrece de usos y costumbres de su tiempo. Y no hemos querido separar de ella el _Coloquio pastoril_ con que termina, obra entre dramática y novelesca. De buen grado hubiéramos incluido también otra muy semejante, los _Coloquios matrimoniales_, de Pedro de Luján, y no hubiéramos dejado en olvido la ingeniosa novela alegórica de Loyola, _Viaje y naufragios del Macedonio_, pero habrán de quedarse para mejor ocasión con otros libros análogos, no menos raros ó interesantes que los anteriores.
Tales son las obras que en este tomo se ofrecen á la consideración del lector. Pero antes de discurrir particularmente sobre ellas, debemos apuntar algunas consideraciones acerca de la novela española del siglo XVI, no limitándonos á las que ahora reimprimimos, sino abarcando el cuadro general, para que mejor se entienda el valor y significación de cada una, y remontándonos, como es forzoso, á los orígenes del género, para explicar la evolución de sus formas, si bien procederemos en esto con la mayor sobriedad posible.
I
RESEÑA DE LA NOVELA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA, GRIEGA Y LATINA.
Género tan antiguo como la imaginación humana es el relato de casos fabulosos, ya para recrear con su mera exposición, ya para sacar de ellos alguna saludable enseñanza. La parábola, el apólogo, la fábula y otras maneras del símbolo didáctico son narraciones más ó menos sencillas, y gérmenes del cuento[1], que tiene siempre en sus más remotos orígenes algún carácter mítico y transcendental, aunque este sentido vaya perdiéndose con el transcurso de los tiempos y quedando la mera envoltura poética. Narración mucho más grandiosa, y compañera también de las primitivas civilizaciones, es la epopeya, teogónica primero y después heroica, divina al principio y humana luego, pero representación entonces de una humanidad más excelsa y vigorosa que la de las edades históricas. En estos géneros espontáneos se agota la actividad estética de las razas vírgenes y de los pueblos jóvenes, y salvo la poesía lírica, ninguna otra forma del arte literario coexiste con ellos. La novela, el teatro mismo, todas las formas narrativas y representativas que hoy cultivamos, son la antigua epopeya destronada, la poesía objetiva del mundo moderno, cada vez más ceñida á los límites de la realidad actual, cada vez más despojada del fondo tradicional, ya hierático, ya simbólico, ya meramente heroico. La novela, considerada como representación de la vida familiar, puede insinuarse en la epopeya misma. ¿Qué es la _Odisea_ sino una gran novela de aventuras, en la mayor parte de su contenido? Pero los naufragios y trabajos del protagonista, los detalles domésticos más menudos, están envueltos en una atmósfera luminosa y divina que los ennoblece y realza, bañándolos de pura y serena idealidad. La categoría estética á que tal obra corresponde es sin duda superior á la de la ficción novelesca, que más ó menos se caracteriza siempre por el predominio de la fantasía individual, por el libre juego de la imaginación creadora. La epopeya tiene raíces mucho más hondas, que descienden á lo más recóndito del alma de los pueblos; es cosa venerable y sagrada, que oculta misterios étnicos y genealógicos, emigraciones y sangrientos conflictos de razas y gentes, ascensión del espíritu humano á la vida religiosa y civilizada, símbolos medio borrados de una revelación primitiva y de verdades eternas. Nacida en un período de viva y fresca intuición y de religioso terror ante los arcanos de la Naturaleza misteriosa y tremenda, que apenas comenzaba á levantar una punta de su velo, la poesía épica, contemporánea de los primeros esfuerzos y de las primeras conquistas del trabajo humano, no domina la realidad, sino que es dominada y sobrepujada por ella. La personalidad del poeta no existe: yace abismada y sumergida en el espíritu colectivo, del cual es eco sonoro; su nombre es un mito más, que se confunde con los nombres de sus héroes. No hay obra sin autor, es cierto; pero el nombre de autor, en el sentido que la literatura le ha dado, es el que menos cuadra al poeta épico, que hasta cuando logra la perfección de la forma, como por privilegio estético de su raza aconteció á Homero ó á los poetas homéricos, la alcanza por instinto semidivino, que no excluye el aprendizaje técnico transmitido por generaciones de _aedos_ y rapsodas, pero que aleja toda sombra de artificio literario y parece una comunicación inmediata y continua de la esencial belleza de las cosas reflejada en la mente del poeta.
Tales momentos no pueden menos de ser fugaces en la vida de la Humanidad. Cuando nace la literatura propiamente dicha, es decir, el arte reflexivo de la composición y del estilo, obra enteramente personal, y que coincide en todas partes con el advenimiento de la prosa, principal instrumento del discurso humano y de la cultura científica, la epopeya muere ó por lo menos se transforma. Unas veces se combina con la poesía lírica, como vemos en las odas triunfales de Píndaro, tan llenas todavía de mitos y de recuerdos heroicos; otras presta su metro y sus formas á la didáctica, y es maestra de la vida en Hesiodo, ó intérprete del pensamiento filosófico aplicado á la interpretación del enigma de la Naturaleza, como en la poesía _física_ de Empédocles y Parménides; otras se convierte de _narrativa_ en _activa_, y los héroes y las divinidades de la epopeya, conservando todavía su grandioso y sobrenatural prestigio, pisan las tablas de la escena trágica y pronuncian las aladas palabras que en su boca ponen Esquilo y Sófocles. Y no paran aquí las transformaciones del genio homérico, que es á modo de río inagotable para el pensamiento y el arte de la Hélada, pues también la Historia crece á los pechos de la epopeya, y al despojarse de la forma métrica no abjura de su origen, ni de la pasión á lo maravilloso, ni de la candorosa y patriarcal ingenuidad del relato, que hacen de Herodoto un poeta épico, tan lejano del tipo de historiador político que hallamos en Tucídides.
La novela, última degeneración de la epopeya, no existió, no podía existir en la edad clásica de las letras griegas. Pero elementos de ella hubo sin duda, y pueden encontrarse dispersos en otros géneros. Aparte de los apólogos esópicos y de las fábulas _libycas_, que son género de muy remoto abolengo y más oriental que griego, fué peculiar de aquella cultura en su mayor grado de refinamiento sabio el _mito filosófico_, que unas veces es metamorfosis ó interpretación de un mito religioso y otras veces parábola ó alegoría libremente imaginada para exponer alguna doctrina metafísica ó moral. De este género de mitos es maestro prodigioso Platón en el _Timeo_, en el _Protágoras_, en el _Critias_, en el _Fedro_, en el _Convite_ y en tantos otros diálogos. Á veces estos mitos tienen notable desarrollo poético, como el de _Her el Armenio_ en el libro X de la _República_ (que sirve al filósofo para exponer sus ideas acerca de la vida futura), y la leyenda geográfica de la isla Atlántida, que probablemente oculta una verdad histórica desfigurada por la tradición y acomodada por Platón á un sentido político.
Desprovistas de tal sentido y de cualquier otro que no fuese el de la curiosidad y mero deleite, conoció la antigüedad helénica gran número de narraciones fabulosas históricas y geográficas, muchas de ellas de origen oriental, asirio, persa ó egipcio, como las que de buena fe sin duda recogió Herodoto de boca de los intérpretes de Memfis, y todas las maravillas que contenían los libros de Ctesias, frecuentemente citados por Diodoro Sículo. Basta leer el satírico y ameno tratado de Luciano sobre _el modo de escribir la Historia_ para comprender á qué punto llegó el furor de mentir en los historiadores de la decadencia, incluso en los que escribían de cosas de su tiempo, como los biógrafos de Alejandro. Prescindiendo de los mitógrafos de profesión, como Apolodoro, que al fin recogían leyendas antiguas, aunque muchas veces las exornasen y amplificasen, no puede omitirse que las relaciones de viajes apócrifos á países apenas conocidos ó á tierras enteramente fabulosas llegaron á constituir un género, al cual corresponden la _Pancaya_, de Evhemero; la _Isla Afortunada_, de Iámbulo; el libro de Hecateo de Abdera sobre las costumbres de los Hiperbóreos, y otras varias expediciones imaginarias, de las cuales es chistosa parodia la _Historia verdadera_, del mismo Luciano.