Part 6
Junto á ella duerme el _rey de Roma_, el _Aiglon_, el joven paliducho, soñador y vacilante, que Napoleón dió al mundo, como esas ramas faltas de savia que echan los árboles gigantescos cansados de producir. La sangre de la madre atrajo sobre su cabeza el eterno infortunio de la dinastía austriaca. Sus ojos, al abrirse á la luz, vieron en torno de él, como servidores, á los hombres más poderosos de la época: brazos que conquistaban reinos se emplearon en pasear su infancia; el imperio de Europa figuraba en su canastilla al nacer; los primeros guerreros del mundo sentían rodar lágrimas por los canos mostachos al contemplar su retrato en los nevados campamentos de Rusia; y sin embargo, cuando le sorprendió la muerte en las habitaciones de Schoenbrunn (un palacio en el que se instaló su padre como conquistador y que habitó él como nieto pobre, portador de un apellido odioso), este engendro triste del genio y la sangre rancia sólo dejó como recuerdo de su paso por el mundo un melancólico vals. La última vez que le vió el pueblo de Viena fué mandando un piquete en el entierro de un general obscuro. ¡El hijo de Napoleón escoltando el cadáver de un militar sin nombre, que más de una vez habría corrido ante su padre!...
Un ataúd aislado, junto á una pilastra, guarda otra tragedia. El nombre de _Queratarus_, que figura en la inscripción latina de la tapa, hace surgir el recuerdo de Méjico y la fantástica tentativa de un imperio americano, derrumbada al estampido de un fusilamiento. En esta caja está Maximiliano I y último de Méjico, que llevó al otro lado de los mares el destino fatídico de su familia.
El pensamiento abandona el fúnebre subterráneo para esparcirse por el mundo, y abarca á los innumerables archiduques errantes sobre la tierra, como si quisieran huir de las glorias terrenales de su familia, que equivalen á una maldición, y olvidar un apellido famoso, que parece atraer la muerte ó la locura. El fantástico Juan Ort desaparece como un héroe de novela en la punta más avanzada de la América meridional; otro archiduque vive como un labriego en una isla del Mediterráneo; otro reniega de su apellido para ser capitán mercante; otro más se casa con una cómica, ansioso de aplebeyarse y que todos olviden su origen... La desesperación ó la locura guían los pasos de estos descendientes de la más católica y rígida de las monarquías.
La familia se deshace. ¡Quién sabe la suerte de su vasto imperio, simple expresión geográfica, sin cohesión de razas ni de espíritu, que lógicamente debe fraccionarse, dando vida á organismos más homogéneos!
La densa humedad del subterráneo, su vulgar desnudez, cargada de hedores de corrupción y moho, me hace ansiar la vuelta á la luz y al aire libre.
Al llegar arriba, el capuchino mira su reloj, y espontáneamente me indica qué templo debo escoger para oir misa.
--Cuando usted vuelva á España--añade con tono insinuante--, si ve usted á la reina...
--¡Gracias! No la conozco, no la trato...--digo modestamente, ante su mirada de asombro.
Y al irme, para agradecerle sus molestias y que no pierda el alto concepto que tiene de los españoles (¡los primeros de los católicos!), le alargo una peseta austriaca.
XIII
¡Hermoso Danubio azul!...
De Viena á Budapest se va en cuatro horas por el tren y en trece horas por el Danubio. Escoger entre ambos modos de locomoción no ofrece duda para los más de los viajeros. Sin embargo, yo me embarqué á las siete de la mañana en un vaporcito, frente al muelle del Prater, y dije adiós á Viena, envuelta todavía en las neblinas del amanecer.
_¡Hermoso Danubio azul!_... como cantan en el famoso vals. Lo de azul es una exageración patriótica del músico Strauss, pues yo no lo he visto de tal color un solo instante, ni en los muelles de Viena, de reciente construcción, ni en las revueltas de su curso, que forma más de cien islas, ni en las inmediaciones de Budapest, donde muge al tropezar con altivos y negros promontorios, que son como estribaciones avanzadas de los montes Karpatos. Su color es un blanco gris y luminoso, semejante al reflejo del acero pulido.
Pero hermoso sí que lo es el célebre río, de una belleza majestuosa, imponente y algo salvaje, que bien merece los versos y los suspiros de violín dedicados á su gloria.
Cerca del puente del Brünn transbordamos á un vapor grande, y empieza la navegación río abajo, moviendo el buque las ruedas en una corriente veloz que acelera su marcha.
¡Famoso viaje! Sobre la cubierta agrúpase una multitud pintoresca y abigarrada, que parece resumir el amontonamiento de pueblos del imperio austriaco: gitanas bronceadas, envueltas en mantones y con un pañuelo sombreando los ojos de brasa, lo mismo que las que se ven en Madrid cerca del puente de Toledo; aldeanas con blancas camisetas de mangas de farol y faldellín corto y hueco, como el de las bailarinas, que al menor descuido deja ver la carne sonrosada y maciza más allá de las medias atadas bajo las rodillas; campesinos húngaros de fiero bigote y encintado sombrerillo, moviendo al andar los pantalones blancos de campana y la blusa ceñida por una faja multicolor; soldados azules con las piernas ajustadas en un _colant_ que les da aspecto de gimnastas, y mezclado con todo este mundo un revoltijo de fardos, cestos, cuerdas y maletas, un oso y varios monos de una banda de bohemios y una cantidad regular de perros enormes, que se espeluznan y enseñan los dientes cada vez que llega hasta nosotros un ladrido de las lejanas orillas.
El vapor danubiano es un arca de Noé por el amontonamiento de personas, animales y lenguajes. Cada grupo habla diferente idioma, y sin embargo, de la proa á la popa no hay quien entienda una palabra de francés, ni menos de español. El capitán, lobo fluvial de rudas maneras, sabe que existe en el mundo un pueblo italiano, y conoce vagamente de su lengua hasta media docena de palabras: esto es todo. En el comedor del barco, donde sólo entran los contados pasajeros de primera, los dos criados puestos de frac sonríen estúpidamente, encogiendo los hombros, y hay que emplear con ellos el más universal de los _esperantos_, el idioma de la seña. En la cubierta, el pasaje, abigarrado y movedizo como un coro de ópera, me habla con palabras extrañas, y yo contesto con la misma sonrisa de los mozos del comedor.
El Danubio, al alejarse de Viena, ensancha su superficie y toma un aspecto más majestuoso, libre ya de las cadenas de piedra en que le aprisiona la gran ciudad. En ambas orillas se extiende una ancha faja, deshabitada, desnuda de cultivos y arboleda, sin otra vegetación que espesos juncos, cañas y matorrales enmarañados. Es el terreno reservado á las crecidas del gran río, que éste invade durante el invierno. De vez en cuando, agítase la silvestre vegetación y surgen de ella, como espantados por los bramidos del buque, rebaños de toros blancos ó de color de canela, con los cuernos enormes, pero tímidos y mansos como vacas.
Más allá de este Danubio en seco, los bosquecillos, de árboles delgados, pero de apretado follaje, dejan ver en sus claros campos, de intenso cultivo, granjas en torno de las cuales agítanse hombres y mujeres vestidos de blanco, aldeas de casitas rojas, agrupadas en torno de la iglesia, como una pollada alrededor de la madre.
El curso del río, uniforme y grandioso, se bifurca y parece borrarse al través de innumerables islas. Vamos por canales que tienen muchos kilómetros de longitud. Las orillas están próximas; se oyen los gritos de los labriegos en los campos, el ladrido de los canes, el canto de un gallo, el tintineo de las campanas en las aldeas. Una de ellas se llama Essling, otra se llama Wagram. Las dos no son más que dos puñados de casitas, y sin embargo, sus nombres corren por el mundo, figuran esculpidos en uno de los arcos de triunfo más grandes de la tierra, y han servido para bautizar grandes bulevares de París.
Hace próximamente un siglo, un hombrecillo de levitón plomizo y pequeño tricornio, montado en una yegua blanca, encontró magníficos estos campos para hacer pelear, en condiciones ventajosas, á los miles de hombres que le seguían, contra otros miles de hombres que intentaban defender sus familias y sus medios de vida, ó sea lo que se llama la patria. Aquí ocurrieron las famosas batallas que aseguraron á Napoleón su dominio sobre Austria. Nada recuerda en las tranquilas aldeas estos sucesos _gloriosos_ que las hacen inmortales. Un perro de pastor ladra sobre una altura que tal vez sirvió de pedestal durante unas horas al gran conductor de pueblos. Un rebaño blanco rumia la hierba en el mismo suelo que conmovieron hace noventa y ocho años, con pataleos de rabia ó de agonía, numerosos rebaños de hombres. Brilla el acero de unas guadañas en los campos, cortando algo que no puedo ver, pero que seguramente sirve para el sustento de la vida y es producto de la corrupción de quince ó veinte mil hombres que se mataron sin conocerse y sin odiarse.
En las alturas inmediatas al río, van apareciendo, fuera del dédalo de islas, viejas iglesias góticas, ruinosos castillos, pueblos con antiguas fortificaciones. Es el Austria venerable y heroica, que data de las correrías de los turcos, y logró contener y esterilizar ante los muros de Viena el empuje oriental, librando al centro de Europa de una invasión que hubiese cambiado el curso de la Historia. Sobre una colina elévase una pirámide de tierra, de 19 metros, llamada el _Hütelberg_, que conmemora la expulsión definitiva de los otomanos. Su nombre proviene de que la tierra la llevaron los habitantes de los alrededores en sus sombreros (_hüte_).
Al llegar á la desembocadura del Morava en el Danubio, acaba el territorio austriaco y empieza el de la autónoma Hungría, que tiene por rey al emperador de Austria, pero se gobierna aparte, con toda la altivez de un pueblo de vieja historia.
Hasta Budapest, todas las poblaciones de la ribera del Danubio tienen un nombre alemán y otro magyar.
Presburgo, la segunda ciudad húngara, que un tiempo fué la capital, la llaman los magyares Pozsony. Su catedral, donde antiguamente se coronaban los reyes de Hungría, levanta por encima de los tejados una aguja de piedra con calados que transparentan el azul del cielo.
Gran movimiento de personas y fardos en el muelle de desembarque. Frente al vapor suena una alegre música. Es una orquesta de zíngaros, negros y melenudos, que saludan á los pasajeros, haciendo sonar sus instrumentos, al mismo tiempo que ruedan los ojos y sonríen con una expresión inquietante, como si la música les inspirase proposiciones deshonestas. Son los violinistas de los cafés de París, los famosos _tzíganos_ de todos los restaurants elegantes del mundo, pero al natural, sin casacas rojas ni peinado brillante de pomada, servidos en su propia salsa de andrajos y suciedad. No llegan á diez y parecen una orquesta enorme por el terreno que ocupan y la _autoridad_ con que tocan.
En primera fila están los pequeños, abiertos en extensa guerrilla y casi ocultos tras el violín; mucho más lejos, los padres, y todos tocando la _cazarda_, de ritmo desigual, endiablado y loco, con el busto echado atrás, el vientre saliente y la mirada perdida en lo alto, como si fuesen á desmayarse á impulsos de desconocida voluptuosidad. Es la actitud tradicional, el gesto de Rigo, que trastornó algo más que el seso á la inflamable princesa de Caramán-Chimay.
Al alejarnos de Presburgo ó de Pozsony, la navegación adquiere una hermosura monótona; siempre ante la proa una extensión de río enorme, con el horizonte cerrado por una revuelta, que lo convierte aparentemente en mansa laguna. En las riberas se ven colinas cubiertas de cepas, que producen los vinos rojos de Hungría y el famoso _Tokay_, ó enormes peñones, cuyas cimas coronan castillos arruinados.
Empiezo á arrepentirme de la larga navegación. Cae la tarde. El sol no es ya más que un charco de oro, que parece hervir en el horizonte entre montones de nubes negras. Su agonía se refleja en el Danubio, poblando de impalpables peces de fuego las aguas que rebullen en torno de las paletas de las ruedas. La fatiga de una navegación entre orillas que parecen siempre iguales, como si el río se repitiese á cada revuelta, empieza á apoderarse de mí. ¡Qué mala idea venir por el río! Fatal afición á lo raro, que hace preferir los viajes difíciles siempre que sean extraordinarios y no los hagan los demás.
Una isla cierra el horizonte. Entramos en un canal entre ella y la orilla. En la ribera opuesta, sobre una altura, empiezan á surgir blancos grupos de caserío y torres puntiagudas.
¡Budapest!... Nunca he experimentado sorpresa tan grande. La decepción de poco antes se cambia en alegría. Bendita idea la de venir por el Danubio y llegar embarcado á la capital de los magyares. Budapest es sencillamente la ciudad más hermosa de Europa al primer golpe de vista. No lo digo yo: lo afirman todas las guías y todos los viajeros.
Á la derecha del río, Buda, la ciudad antigua, extendiendo sobre una cadena de alturas sus recuerdos históricos. En la ribera izquierda, Pest, la población enorme, donde están los edificios recientes y las industrias modernas. Enormes puentes colgantes unen una orilla á otra, siendo como el guión que junta el nombre doble de la ciudad: Buda-Pest.
Nos detenemos en la isla Margarita, que parte al río en una regular extensión antes de penetrar éste entre las dos ciudades.
En una colina inmediata, rodeada de jardines, existe una pequeña mezquita de forma octógona. Llama la atención este templo musulmán, blanco y escrupulosamente cuidado, en el católico Budapest, que ostenta junto al Danubio la iglesia de San Matías, semejante á un castillo.
La mezquita guarda bajo su blanca cúpula la tumba de Gül Baba, santón turco, que sus compatriotas juzgaron sacrílego llevarse á Constantinopla al evacuar á Budapest. La obligación de conservar en buen estado la tumba del santo musulmán, figura en un artículo del Tratado de paz de Carlowitz, entre Austria y Turquía, en el siglo XVII, y los austriacos respetan el antiguo compromiso.
Esta huella de la dominación turca me hace recordar que estoy ya en las puertas del imperio de Oriente.
XIV
La ciudad de los magyares
De noche parece Budapest una población de ensueño. La doble ciudad refleja en el Danubio--que tiene cerca de medio kilómetro de anchura--los fuegos de su espléndida iluminación. Desde los muelles de Pest, que es la más grande por estar en el llano, se contempla enfrente á Buda, enroscando sus rosarios de luces de gas por las sinuosidades de las colinas y sembrando las rocas de faros eléctricos, que brillan como lunas.
Por las negras aguas pasan las linternas de los vaporcillos invisibles, borrando momentáneamente, con el remolino de su marcha, los temblones reflejos de las luces de los muelles.
De los cafés, que brillan como bocas de horno en la orilla opuesta, llegan á intervalos, con los soplos de la brisa, suspiros de violines ó el rugido metálico de una banda militar. En los paseos, campesinas de la Galitzia austriaca ó de Transilvania, con trajes pintorescos, que recuerdan las invasiones turcas ó las guerras de María Teresa, van de restaurant en restaurant, llevando sobre el vientre grandes cestos de frutas. La sandía, casi desconocida en los pueblos del centro de Europa, se muestra aquí y parece sonreir amigablemente con su purpúrea y redonda boca, anunciando que el Oriente está cerca. Los violines bohemios suenan tras los verdes arbustos de las terrazas, y las canciones melancólicas de Rumania sorprenden con sus palabras de origen latino, que hacen recordar al glorioso español Trajano, fundador y civilizador de dicho pueblo.
De vez en cuando truena el suelo de los muelles y pasa un carruaje tirado por caballos húngaros, incomparables animales que marchan siempre al trote largo, como si éste fuese su paso natural, y unen el vigor y la corpulencia á la esbelta ligereza del corcel árabe.
Cuando los esplendores del sol disuelven el negro misterio, moteado de luces, que envuelve á la doble ciudad, se muestra ésta monumental y grandiosa. En el moderno Pest, los grandes hoteles, los edificios del Estado, los templos de diversas religiones y los establecimientos de enseñanza, asoman sus masas arquitectónicas por encima del caserío. En el antiguo Buda, ciudad de alturas, hay una larga colina, que es como el Capitolio del pueblo magyar, pues la extensa meseta soporta los principales monumentos de su vida política. Sobre la ondulada cresta, cubierta de profundas manchas de jardinería, está el San Matías, templo del siglo XV, fortificado como un castillo. Á sus naves tuvo que venir á coronarse, como rey de Hungría, el actual emperador de Austria, entre las corvas cimitarras de los señores magyares, vestidos con el dolmán tradicional, haciendo sonar las espuelas de sus botas de cuero rojo, y ondulando sobre su gorro de húsar el blanco penacho sujeto con un joyel.
Al lado de San Matías extiende sus innumerables cuerpos arquitectónicos el _Királyi palota_, palacio real, en el que no ha vivido ningún rey desde hace más de un siglo, pero que no por esto respetan menos los húngaros como un símbolo de su relativa independencia. Ochocientas sesenta habitaciones tiene este palacio, que comenzó á construir María Teresa, todas lujosas, todas deshabitadas, y muchas de ellas con muebles modernísimos que nadie ha usado. El palacio, con su ostentosa frialdad de mansión vacía, tiene algo de tumba; pero los húngaros lo adoran, viendo en él una prueba de que en nada dependen del grandioso alcázar que se alza en el corazón de Viena.
El palacio real, el Parlamento y la Academia, son los tres orgullos de los ciudadanos de Budapest. Los rudos señores magyares, que en el campo llevan aún una vida casi feudal, que no poseen otra ciencia que la hípica, educando los caballos en los pantanos inmediatos al Danubio, y cuando quieren obsequiar á un compatriota ilustre, pianista ó poeta, le regalan... _un sable de honor_, hablan de la Academia de Budapest con el respeto supersticioso que inspira lo desconocido. La Academia húngara es una institución particular, fundada hace años por el conde Szechenyi, quien la instaló en lujoso palacio y la legó un excelente museo.
Compuesta de trescientos miembros, se dedica, según los estatutos que dictó su fundador, al estudio de la historia y la lengua húngaras, y al de todas las ciencias, menos la Teología. Su biblioteca la forman medio millón de volúmenes; su museo de Pinturas tiene mil cuadros, de los cuales unos cincuenta (los mejores) son de la escuela española, figurando á la cabeza cinco de Murillo.
Pero de todos los edificios públicos, el que más entusiasma á los magyares es el Parlamento. Los hijos y nietos de aquellos húngaros revolucionarios que en 1848 fundaron la República, presidida por Kosuth, ya que no pueden lanzarse al campo sobre veloces caballos de batalla, vestidos con su uniforme tradicional de húsar y blandiendo el corvo sable contra los opresores austriacos, se han refugiado en el Parlamento, el _Uj Orszaghaz_, como en un lugar de combate, donde dan expansión á sus resentimientos históricos.
El edificio, de construcción reciente, es digno de la importancia que atribuyen los húngaros á la vida parlamentaria, última manifestación, por el momento, de su antigua rebeldía.
Visto este palacio por primera vez, asombra é intimida con su grandeza. Examinado más despacio, parece un disparate arquitectónico, una fanfarronada de piedra, con centenares de habitaciones y alas enteras que para nada sirven. El deseo de los húngaros fué poseer un Parlamento más grande que el de Viena y todos los del mundo; algo que por su inmensidad estuviera en relación con la importancia de sus aspiraciones políticas, y construyeron como gigantes.
El palacio ocupa una superficie de 15.000 metros cuadrados; su cúpula central tiene 106 metros de altura; su coste ha sido de 36 millones de coronas.
El exterior, mezcla de gótico y bizantino, ofrece cierta semejanza con San Marcos de Venecia, pero considerablemente amplificado. Su interior tiene algo que recuerda las doradas filigranas del decorado árabe.
--Esto se parece á la Alhambra--afirman con irresistible convicción los húngaros entusiastas, que jamás han estado en España ni han visto del palacio árabe más que alguna tarjeta postal.
Nada tienen de la Alhambra sus salones; pero algunos recuerdan vagamente las cámaras del Alcázar de Sevilla.
Bajo la gran cúpula central, al término de una escalinata de mármol construída para colosos, está la rotonda de oro y mármoles polícromos titulada Salón del Trono. En ella, al abrirse el Parlamento, se reunen á escuchar el discurso del invisible rey de Hungría, que vive en Viena, los 450 individuos de la Cámara de Diputados y los 300 de la Cámara de los Señores, todos vistiendo el uniforme nacional, cargados de cordones, con cinturón y collares de pedrería, la pelliza flotante sobre un hombro, el sable haciendo sonar las losas con el tintineo de su vaina de bronce, prolijamente cincelada; la mayoría con ojos belicosos, prontos á tirar del acero, como sus remotos abuelos se presentaron á la abandonada emperatriz de Austria para gritar: _¡Moriamo pro regem nostrum Maria Teresa!_; pero éstos si desean morir por alguien, es por la independencia de Hungría.
El partido llamado independiente cuenta con más de la mitad de los individuos del Parlamento, acaudillados por el hijo de Kosuth, el héroe magyar. Los amigos incondicionales de Austria no llegan á cincuenta. Los misioneros viven gracias á la desdeñosa protección del partido de la independencia, que aun no cree llegada la hora de moverse, por miedo á la Alemania aliada del emperador austriaco. Cuando muera el anciano rey de Hungría ó cuando surja un conflicto en Europa que distraiga las fuerzas de la Triple Alianza, los húngaros harán indudablemente algo más que asistir á las sesiones de su Parlamento.
Mientras tanto, procuran dar á éstas la mayor amenidad posible, para entretenimiento del pueblo magyar, y que no se pierda la tradicional acometividad de la raza.
Los húngaros no son hermosos, arrogantes y bigotudos, como los pintan generalmente, con sus uniformes de fiesta. Los hay pequeños, con una amarillez asiática, pómulos salientes y mirada salvaje, que parecen verdaderos kalmucos. Las tradiciones magyares hablan de Atila como de un héroe del país, y atribuyen á los hunos la fundación de Buda. En el techo de uno de los salones del Parlamento aparece el temible guerrero «Azote de Dios», en compañía de Wotan, Sigfrido y demás héroes mitológicos.
Cuando los diputados magyares se enfurecen contra el gobierno, tratan su magnífico palacio como una ciudad tomada por asalto. Rompen bancos y pupitres en el salón de sesiones y arrojan los pedazos á la cabeza del presidente del Consejo y sus ministros, si éstos son tan inocentes que aguardan á pie firme la contundente rociada.
Después se restaura el mueblaje, se reparan las estatuas descabezadas, se muestran más blandos y tolerantes los amigos de Austria, y... hasta que llegue la hora en que las escenas interiores del Parlamento se repitan fuera, á lo largo de las riberas del Danubio, donde piafan los caballos salvajes, y los pastores, con capas de pieles, hablan de la corona de San Esteban y de los héroes de su raza, desde el valeroso rey Matías Corvino hasta el abogado Kosuth, convertido en general, que dijo adiós á la patria y prefirió morir en suelo extranjero, tras larga y obscura ancianidad, antes que verla gobernada por austriacos.
EN ORIENTE
XV
Los Balkanes
El tren deja atrás Kiskörös, patria de Petofi, el famoso poeta húngaro, y la ciudad de Carlowitz, célebre por su tratado de paz entre Austria y Turquía y por ser cuna del poeta servio Branko Radichevié.