Oriente

Part 5

Chapter 53,790 wordsPublic domain

Las necesidades de la vida impulsan de pronto á Leopoldo á una resolución digna de nuestros tiempos. Despiértase en él una avidez de empresario. Un día, el pequeño Amadeo, ante los ojos llorosos de la madre, que ve próxima una separación, contémplase en un espejo, ridícula y graciosamente vestido como un gran señor, con casaca galoneada, blanca peluca de corte y una espadita al costado. Va á correr el mundo con su padre y su hermana, dando conciertos, y empieza sus peregrinaciones penosas de corte en corte, durmiendo en malas posadas ó en palacios de potentados _dilettanti_; teniendo que tocar unas veces ante reyes, y otras ante muchedumbres que discuten con Leopoldo el precio de la entrada. En la corte de Viena, le tratan como un príncipe y juega con la archiduquesa María Antonieta, futura reina de Francia. En Versalles le besan y lo adormecen sobre sus grandes faldas las beldades amigas de Luis XV. En Italia, la muchedumbre fanática de Nápoles, asombrada de su precocidad, cree que el músico niño ha hecho pacto con el diablo y le obliga á tocar quitándose una pequeña sortija que lleva, á la que atribuye la superstición un poder mágico. En Milán compone una ópera á los nueve años, dirige la orquesta la noche del estreno, y el público le saca en hombros, gritando: _¡Eviva il maestrino!_

Muere el padre; la hermana, simple compañera de ejecución musical, vuelve al lado de la madre; Mozart, hecho ya hombre, se ve sumido en la obscuridad que llega de pronto para los artistas precoces, cuando pierden el encanto de la infancia. Empieza entonces su vida en Viena de luchas y miserias. Es un innovador, y la corte prefiere á los músicos italianos que llenan la capital austriaca. El mismo emperador le aconseja pedantescamente que imite al primer músico de la época, el hoy olvidado Sallieri. Para vivir, escribe sus graciosos _minuettos_, por unos cuantos florines, cada vez que un gran señor da un baile en su palacio. Los rivales abusan de su carácter bondadoso y dulce, acosándolo con insultos, dificultando su trabajo con toda clase de intrigas. Entre la nube de músicos y poetas de todos los países, caída sobre Viena por la atracción que ejerce una corte aficionada á las artes, encuentra pocos amigos. Su dulce debilidad sólo halla apoyo y consuelo en el español Vicente Martín, un músico procedente de Valencia, autor de óperas olvidadas y que figura en la historia de la música como inventor del vals. También son sus amigos el italiano Daponte, abate bohemio y licencioso, que escribe los versos de sus _libretos_ en plena embriaguez, y un alemán feo, sombrío y malhumorado, incapaz de intrigas y de numerosos afectos, llamado Luis Beethoven.

Las óperas que escribe gustan á lo más selecto del público, pero no le dan dinero. Cuando se casa con Constanza Wéber, sus amigos Martín y Daponte van á visitarle en su pobre casita, al día siguiente de la boda, y le encuentran bailando con la mujer.

--Hace tanto frío y la leña cuesta tan cara, que nos calentamos así--dice el maestro sonriendo.

Y continúa el baile, moviendo su cuerpo débil, elegante y gracioso, que hacía de él uno de los más distinguidos danzarines de la época.

En Praga, con el estreno de _Don Juan_, empieza para él la celebridad. Tiene dos hijos, su mujer puede reunir algún dinero; los empresarios le piden nuevas obras; la corte fija su atención en él y le encargan misas ó contradanzas... y cuando el bienestar entra en la casa, se introduce igualmente la muerte siguiendo sus pasos.

Un día, un señor vestido de negro y de aspecto siniestro llega á la vivienda de Mozart, y entregándole como adelanto una bolsa llena de oro, le encarga que escriba cuanto antes una misa de muertos.

Es el testamentario de un gran señor fallecido en el campo, pero á Mozart, roído por la tisis y perturbado por las supersticiones que acompañan á toda enfermedad, le parece que el hombre vestido de negro es la misma Muerte que viene á anunciarle su próximo fin, y se lanza á escribir la famosa _Misa de Requiem_ convencido de que se estrenará en sus propios funerales. ¡Las noches de cruel insomnio, con la certeza de que toda nota trazada es un segundo menos de vida, de que avanza el temido final con cada nueva hoja añadida á la partitura, amontonando sobre el pentagrama lágrimas y melancolías!... Su vida iba extinguiéndose así como avanzaba su obra. Casi moribundo, quiso oirla, y con un esfuerzo supremo cogió en sus manos el papel del tenor.

Un discípulo se sentó al piano; otros se encargaron de las diversas partes de la obra; Mozart, hundido en un sillón, con el papel ante los ojos, cantaba con una voz trémula y dulce, como el cisne de las leyendas antes de morir. Al llegar al _Lacrimosa_, su voz se cortó con un gemido.

--¡No, no puedo más!

Y echó la cabeza sobre el respaldo, para no levantarla nunca, entre las lágrimas de amigos y discípulos, y los alaridos de Constanza, que, al fin, podía dar expansión á su dolor.

Al día siguiente fué el entierro, día tempestuoso y gris que arrojaba sobre Viena un verdadero diluvio.

Gran concurrencia en la casa mortuoria: todos los músicos de Viena, algunos grandes señores de la corte y delegaciones de la Masonería, agradecida á Mozart por su _Cantata de los fracmasones_, que aun se toca en muchas logias.

El fúnebre cortejo emprendió la marcha bajo la lluvia torrencial. El agua saltaba furiosa sobre los rojos paraguas de ballena; los zapatos de hebillas y las negras medias de los acompañantes hundíanse en los arroyos fangosos. Hay que conocer Viena, enorme ciudad, para darse cuenta de lo penoso de una marcha hasta el cementerio, por calles interminables. En una esquina se quedaba un grupo del cortejo, diciéndose que ya había acompañado bastante al difunto camarada en un día como aquel; más allá desertaban otros; las carrozas de los señores habían desaparecido; los más valientes y más fieles llegaron hasta las afueras. Total, que al anochecer, con los caballos chorreando y á un paso vacilante, en la penumbra del crepúsculo, llegó al cementerio un coche fúnebre... sin que lo siguiese nadie.

Algunas semanas después, cuando la viuda quiso saber dónde estaba el cuerpo de Mozart, nadie supo contestarle. Ninguno del cortejo había presenciado el entierro. Los sepultureros no supieron explicarse, ni pudieron nunca ponerse de acuerdo. ¡Se entierra tanta gente durante un solo día en una ciudad enorme!... La Nada tragó para siempre el cuerpo del maestro, y la Duda le sirvió de lápida mortuoria. Se sabe de cierto que sus restos están en el cementerio viejo de Viena, y esto es todo.

La ciudad de Salzburgo ha convertido en museo la vieja casa del maestro de capilla Leopoldo Mozart, donde nació el prodigioso compositor. El _Mozarteum_ contiene en sus pobres habitaciones, de techo bajo y pavimento de vieja madera, todos los recuerdos de la vida del maestro: instrumentos, retratos, vestidos y hasta cartas. En una vitrina figura un cráneo... ¡El cráneo de Mozart! El catálogo no lo asegura, pero el conserje lo afirma bajo su palabra, y los más de los visitantes admiran la cúpula ósea bajo la cual nacieron tantas bellas melodías.

Si el alma es inmortal y se entera de lo que ocurre en este mundo, tal vez á estas horas algún antiguo mozo de cordel de Viena estará riendo en el Paraíso, al ver que atribuyen á su pobre calavera la paternidad del _Don Juan_.

XI

Viena la elegante

Desde Munich á Viena los hombres del pueblo, y aun muchos burgueses, bien sean bávaros ó austriacos, muestran todos tres aficiones comunes: aman el canto, se agujerean las orejas para llevar pequeñas monedas á guisa de pendientes, y no pueden usar un sombrero sin adornarlo con una pluma ó un grupo de flores silvestres.

Los pequeños chambergos de felpa verde ó acaramelada, con el ala caída sobre el bigotudo rostro, están siempre rematados por enhiestas plumas de gallo, que se cimbrean junto al cogote. El pueblo de la Baja Alemania siente una gran simpatía por el Tirol y sus pintorescos montañeses, únicos que en días de desgracia para la patria supieron resistir á la invasión napoleónica, imitando á los guerrilleros españoles.

La _tirolesa_, canción robada al gorjeo de los pájaros, hace oir sus trinos desde Munich á Viena, en caminos y ferias, teatros y montañas. En el _Theresien-Wiese_, de Munich, extensa explanada frente á la estatua de Bavaria, se verifica á fines de verano la feria anual de los tiroleses, y de la mañana á la noche trina el ruiseñor, canta el mirlo y gorjea la alondra, no con notas vagas, sino intercalando en sus escalas versos que hablan de amores y luchas en las montañas verdes, coronadas de nieve.

La música es una necesidad para los pueblos de la Baja Alemania. Cuando se les ve de cerca se comprende que las estatuas de grandes compositores, compatriotas suyos, llenen calles y plazas. No hay café que no tenga orquesta, ni restaurant al aire libre sin banda militar. En Munich, el público de las cervecerías canta á coro, acompañado por los violines y chocando los bocks como los bebedores de Goethe en el _Fausto_. En Viena, la patria de Strauss y de Suppé, el vals lánguido y elegante ó la marcial retreta suenan en todos los establecimientos públicos.

El catolicismo austriaco es el más armonioso de la cristiandad papal. Una simple misa rezada en la catedral de San Esteban, ó en cualquier otro templo de Viena, es en los domingos un verdadero concierto. Suena el órgano un ligero preludio, como para dar el tono; los fieles, hombres, mujeres y niños, tiran del librito que les sirve de guía para recordar los versos de los himnos, y la misa se desarrolla en medio de un coro de centenares y aun de miles de voces, sin que ni una sola desentone, siguiendo todas instintivamente el ritmo, sin necesidad de dirección, con un ajuste maravilloso. Las voces graves acompañan con artísticas disonancias el canto femenino ó infantil, y este coro, de música difícil, suena durante una hora como el del mejor teatro de ópera.

En Viena, la música es algo nacional, que constituye el orgullo del pueblo. Las bandas de los regimientos austriacos son verdaderas orquestas. Cuando Austria dominaba la Alta Italia, los patriotas venecianos y milaneses ocultábanse en sus casas para no ver á los abominables invasores; pero así que sus bandas sonaban en las calles, abrían instintivamente las ventanas, confesándose que los malditos _tedescos_ manejaban como ángeles sus instrumentos.

Viena ha visto ella sola nacer más obras musicales de fama universal que todo el resto del mundo. En modestas callejuelas vecinas al Palacio Imperial y al teatro de la Ópera, vivieron Mozart, que escribía _minuettos_ originales para cada baile que se celebraba en Viena, y Beethoven, que componía una cantata por cada victoria de los ejércitos aliados, ó producía todas las semanas algo nuevo para los conciertos y fiestas de los grandes plenipotenciarios, arregladores de Europa, en el famoso Congreso de 1815.

Viniendo de Alemania, se presenta Viena como una ciudad encantadora, resumen de toda clase de bellezas y elegancias. Las tiendas de modas del imperio germánico, en su deseo de aislar á Francia creándola el vacío, pretenden ignorar que existe un París, al que las mujeres de todo el mundo piden el último tipo de elegancia. _Modelo de Viena_, dicen en los escaparates alemanes las etiquetas de los sombreros y vestidos.

Si fuera posible colocar juntos á París y Viena, para abarcarlos en una sola ojeada, es seguro que la capital austriaca saldría vencida de la comparación. Pero Viena está muy lejos, y para llegar á ella hay que atravesar las ciudades alemanas, con sus mujeres vestidas como institutrices pobres, de malfachada gordura, y que para colmo de desdicha, por un patriótico orgullo de su exuberante maternidad, raramente usan corsé.

Por eso la elegancia de Viena causa mayor impresión, desde el primer momento, que la que se siente en París cuando se llega á éste procedente de España ó de Italia.

Hay que confesar también que las vienesas son físicamente superiores á las parisienses, y su fama universal de belleza no es usurpada. La española hermosa es muy superior á la vienesa; pero en las calles de Viena se encuentra mayor número de mujeres guapas que en las calles de Madrid. Las nuestras las vencen por la calidad, pero ellas son superiores por la variedad y el número.

Austria es la verdadera frontera de la Europa central... y _europea_. Más allá, hacia el Oriente, están acampados pueblos que, aunque de aspecto semejante al nuestro, son de origen asiático y han sido depositados en el lugar que ocupan por el oleaje de las invasiones. Por dos veces llegó la avalancha turca hasta el pie de los muros de Viena. Los doscientos y pico de pueblos que constituyen hoy el imperio austriaco, con su carnavalesca variedad de colores, lenguas, trajes y costumbres, unos rubios, como los germanos más septentrionales, otros obscuros ó amarillentos, cual las tribus del interior de Asia, han producido con sus cruzamientos extraños tipos de belleza. En esta tierra ha ocurrido el último choque de Oriente y Occidente. Hasta aquí llegó el supremo empujón del Asia invasora, y como núcleo de un pueblo perdido en las remotas lobregueces de la historia, viven en Austria los _tzíganos_ ó bohemios, de los que son ramas sueltas los gitanos y _romanicheles_ que vagan por Europa.

Conjunto de mil caracteres extraños á su raza, es la mujer vienesa. Su color resulta incierto. Puede ser morena y de ojos de brasa como una gitana, ó rubia y de mirada azul como si hubiese nacido en Berlín. Es devota como una española, y al mismo tiempo alegre como una italiana, y elegantemente desenvuelta cual la parisién. La blanca piel de las razas del Norte no tiene en ella la fría pasividad germánica, pues parece caldeada por la voluptuosa sangre de la odalisca.

El amor no la enloquece, á juzgar por los conflictos de su vida, que se reflejan en el teatro y la novela.

El lujo, el deseo de parecer aun más hermosa la dominan tan imperiosamente, que en su alma no queda espacio para otras pasiones.

En Viena todos visten bien, hombres y mujeres. En ninguna capital de Europa se ve á la gente mejor presentada. Los hombres parecen recién salidos de la tienda del sastre. Las mujeres elegantes son incontables. Todas, aun las más modestas, si son hermosas, parecen escapadas de las láminas de un periódico de modas.

Algunas son ricas; una gran parte sólo gozan de cierto bienestar; la inmensa mayoría son pobres, como en los demás países. ¡Y sin embargo, Viena, por lo mismo que es una ciudad elegante, resulta muy cara y exige grandes gastos para el sostenimiento de lo superfluo!...

La emperatriz Elisabeth, asesinada en Ginebra, odiaba á Viena, donde había pasado la mayor parte de su vida. Para no verla, iba errante por Europa, viviendo tan pronto en las islas griegas como en las montañas suizas, hasta que la hirió el puñal anarquista en las riberas del Leman.

--Viena...--decía con indignación--. ¡La ciudad bella y engañosa! ¡El lugar más corrompido de la tierra!...

Hoy la soberana de las tristezas errantes, la infatigable lectora de Heine, poeta de las inmensas amarguras, se pudre en el panteón imperial, con todas sus decepciones y protestas.

En calles y jardines siguen sonando las valses; las enaguas revolotean en las aceras con rítmica marcha que deja tras los graciosos pies una estela de perfumes; los lujosos carruajes, tirados por caballos húngaros, corren por las avenidas del Prater; á la entrada del célebre paseo, en el _Wurst el Prater_ ó «Prater del Polichinela», el buen pueblo, satisfecho de su emperador, baila y se emborracha con cerveza, esperando la noche para fabricarle nuevos súbditos al soberano, y por encima de los tejados de Viena suenan á todas horas las campanas de cien iglesias y conventos, lo mismo que en una ciudad española.

XII

El subterráneo de los emperadores

El fraile capuchino, un arrogante mocetón de barba rubia, agita sus brazos blancos y fuertes fuera de las mangas del hábito, al mismo tiempo que me habla en alemán. La expresión negativa de su voz me hace comprenderle. Es domingo, y hasta el día siguiente no se abre el Panteón Imperial. Estoy en la sacristía del _Capuzinekirche_, templo en cuya cripta reposan los cadáveres de los emperadores de Austria.

--El caso es que mañana no podré volver--digo yo por contestar algo al fraile.

--¿Es usted francés?--balbucea él en dicho idioma, al mismo tiempo que sonríe, mirando á una de mis solapas, en la que llevo la roseta de la Legión de Honor, como si tuviese cierta satisfacción en molestarme.

--No señor; soy español.

Su rostro parece iluminarse. El azul de sus ojos toma una ternura acariciadora.

--¡Ah, español!...

Puede correrse Europa entera sin que la condición de español despierte en hoteles y ferrocarriles otro interés que la vaga curiosidad que inspira un país novelesco y lejano. Pero allí donde se tropieza con un fraile, bien sea italiano, francés, alemán ó austriaco, la nacionalidad española atrae inmediatamente la más graciosa de las sonrisas, como si España fuese el pueblo feliz elegido de Dios, algo así como las doce tribus depositarias del Arca Santa, que no tenían otro quehacer que alabar al Señor y engullirse el maná caído del cielo.

--¡Español! ¡español!--repite en su francés balbuciente el hermoso capuchino.

Y después de descolgar una llave, me invita con bondadosa protección á seguirle por los corredores que conducen al Panteón Imperial. Siendo español, soy católico de primera clase y nada puede negárseme.

De pronto se detiene para decirme con amigable confianza, como si hubiese encontrado un nuevo parentesco entre los dos:

--La reina de usted es de Viena. La conozco mucho... y á su madre, la señora archiduquesa, también. Nos distinguen mucho á los capuchinos.

Cruzamos otro pasadizo y vuelve á detenerse para comunicarme sus impresiones.

--Yo he estado en España; un día nada más. Fui á Lourdes y pasé á San Sebastián para ver á la reina. Me regaló un pequeño Cristo muy milagroso: el Cristo de... de...

Y se calla, con el pensamiento embrollado y la lengua torpe, no pudiendo recordar el nombre de la famosa imagen y mirándome con ojos suplicantes para que eche una mano á su memoria.

--No sé--murmuro algo avergonzado de mi escandalosa ignorancia--. ¡Hay tantos allá!... ¡Tantos!...

El también adopta un tono vago, como si contemplase una bella y remota visión.

--¡España! Mucho gusto en volver á verla... ¡Pero tan lejos!

Hace girar una llave de luz eléctrica y descendemos por una escalera, recta y abovedada como un túnel, cubierta de azulejos blancos. Al final de ella entramos en unas cuevas mal enjalbegadas, con un resplandor gris de bodega que penetra por los tragaluces. Unas cuantas verjas oxidadas; dos tumbas monumentales con estatuas yacentes, y en todas las cuevas del imperial subterráneo cajones de cinc, muchos cajones, unos ciento cuarenta, con breves rótulos en la tapa superior y esparcidos al azar, lo mismo que los bultos depositados en un almacén. Un olor nauseabundo de humedad de siglos y podredumbre encerrada, apesta el ambiente. Este es el último asilo de los orgullosos emperadores de Austria, que han reinado sobre media Europa y dado reinas á la otra media.

El subterráneo de los Capuchinos era sólo para la tumba de María Teresa, hembra gloriosa que vale en la historia por todos los emperadores de Austria. Pero después de muerta ella, sus descendientes han venido á sumirse en la nada cerca de su tumba, y faltos de espacio para tener mausoleo propio, están encerrados en ataúdes de plomo y de cinc, pudriéndose en su propia corrupción, sin el contacto de la madre tierra, que limpia y consume al envolvernos en su caricia.

La dinastía imperial de Austria, como si pretendiese vencer á la muerte, se resiste á desaparecer en las entrañas del suelo, y está como de cuerpo presente dentro de su panteón. Es algo semejante á su imperio, que en la geografía política representa un cuerpo enorme que un día vivió, pero cumplida ya su misión, abruma á Europa con la pesadez de un cuerpo muerto, en que se notan próximas descomposiciones, origen de nuevas vidas.

Este vulgar subterráneo, almacén sin grandeza de la muerte, con sus cajas metálicas, feas y pesadas, tiene, sin embargo, un ambiente trágico.

Una implacable maldición parece gravitar sobre esta familia todopoderosa, la más católica y la más venerable de todas las reinantes. Por ella conserva el Vicario de Dios una enorme parte de Europa.

La revolución protestante hubiese arrebatado á Roma sus mejores Estados espirituales, á no ser por la casa de Austria. Los reyes de España, después de largas guerras, sólo pudieron conservar fiel al Papado la católica Bélgica. Los emperadores de Austria, con la espada implacable de Wallestein y los horrores de la guerra de los Treinta Años, mantuvieron sumisos al Pontífice enormes Estados.

Este buen servicio á la causa de Dios ha sido pagado al pueblo austriaco con toda clase de derrotas, hasta el punto de que sus ejércitos, con ser muy valientes, parecen sin otra misión en la historia que la de ser vencidos por franceses, alemanes é italianos. Sus monarcas han sido objeto de toda clase de infortunios, como si el Todopoderoso les distinguiese con especial antipatía.

La cripta de los Capuchinos recuerda los subterráneos de las terroríficas novelas de Ana Radcliffe, donde cada tumba encierra una tragedia, vagando entre ellas espectros ensangrentados. En menos de un siglo se han amontonado en este lugar los despojos de las más tristes historias.

Dos féretros de plomo, cubiertos de coronas, rasgan, con la brillantez de los colores de sus cintas y el oro de sus franjas, la penumbra gris del subterráneo. Uno de ellos guarda los restos de la emperatriz Elisabeth, la esposa del emperador actual, asesinada en Ginebra. Vagaba por el mundo de riguroso incógnito, como una viajera cualquiera. Nadie la conocía; ella misma deseaba olvidar su rango de emperatriz; transcurrían años sin que volviese á sus dominios; pero sin embargo, la fatalidad, que respeta á los monarcas ostentosos rodeados de la pompa de su investidura, hizo que una mirada feroz se fijase en la modesta viajera, vestida de negro.

En la otra caja está su hijo Rodolfo, el heredero de uno de los más grandes Estados de Europa, muerto misteriosamente en un drama de alcoba, como un protagonista de «Crónica de sucesos», dejando, al abandonar el mundo, la duda entre un suicidio voluntario, una monstruosa amputación ó un asesinato bestial, perpetrado en la locura de la embriaguez.

Unos ataúdes, sin adorno, oxidados por los años, encierran los dos últimos pensamientos de Napoleón. En uno está María Luisa, graciosa y casquivana archiduquesa, esposa del primero de los guerreros modernos, entregada cobardemente por su padre á un sublime advenedizo, ansioso de ennoblecerse históricamente tomando mujer de la casa austriaca, antiguo y acreditado centro de exportación de reinas. Ser esposa amada de un Napoleón, sentir en sus sienes la mayor de las coronas, y al llegar la hora de las gloriosas desgracias y las tristezas ennoblecedoras, abandonar al marido sin un recuerdo, ahogando su memoria con amorcillos vulgares y muriendo en un ridículo principadillo italiano... ¡qué final puede hallarse más triste!