Obras selectas de la celebre monja de Mejico, sor Juana Ines de la Cruz

Part 17

Chapter 173,737 wordsPublic domain

Estoy muy cierta y segura que si Vmd. con los discursos vivos de su entendimiento formase y pintase una idea de las perfecciones divinas [cual se permite entre las tinieblas de la fe] al mismo tiempo se veria ilustrada de luces su alma, y abrasada su voluntad, y dulcemente herida del amor de su Dios, para que este Señor, que ha llovido tan abundantemente beneficios positivos en lo natural sobre Vmd. no se vea obligado á concederla beneficios solamente negativos en lo sobrenatural, que por mas que la discrecion de Vmd. los llame finezas, yo los tengo por castigos; porque solo es beneficio el que Dios hace al corazon humano, previniéndole con su gracia, para que le corresponda agradecido, disponiéndole con su beneficio reconocido, para que no represada la liberalidad divina, se los haga mayores. Esto desea á Vmd. quien desde que la besó, muchos dias ha, la mano, vive enamorada de su alma, sin que se haya entibiado este amor por la distancia ni el tiempo, porque el amor espiritual no padece achaques de mudanzas, ni le reconoce el que es puro sino es hácia el crecimiento. Su Majestad oiga mis sùplicas y haga á Vmd. muy santa, y me la guarde en toda prosperidad. Deste convento de la Santísima Trinidad de la Puebla de los Angeles, y noviembre 25 de 1690.

B. L. M. de Vmd. su afecta servidora. _Filotea de la Cruz._

_Respuesta de la poetisa á la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz._

Muy ilustre señora, mi señora:

No mi voluntad, mi poca salud y mi justo temor han suspendido tantos dias mi respuesta. ¿Qué mucho si al primer paso encontraba para tropezar mi torpe pluma dos imposibles? El primero [y para mí el mas rigoroso] es saber responder á vuestra doctísima, discretísima, santísima y amoresíma carta. Y si veo que si preguntado el Angel de las escuelas Santo Tomas de su silencio con Alberto Magno, su maestro, respondió: _Que callaba, porque nada sabia decir digno de Alberto_; ¿Con cuanta mayor razon callaría yo, no como el Santo, de humildad, sino que en realidad es no saber algo digno de vos? El segundo imposible es saber agradeceros tan excesivo como no esperado favor de dar á las prensas mis borrones; merced tan sin medida, que aun se le pasara por alto á la esperanza más ambiciosa y al deseo más fantástico, y que ni aun, como ente de razon, pudiera caber en mis pensamientos, y en fin, de tal magnitud que no solo no se puede estrechar á lo limitado de las voces, pero excede á la capacidad del agradecimiento, tanto por grande como por no esperado, que es lo que dijo Quintiliano: _Minorem spei, majorem benefacti gloriam per eunt._ Y tal que enmudecen al beneficio.

Cuando la felizmente estéril para ser milagrosamente fecunda madre del Bautista, vió en su casa tan desproporcionada visita, como la Madre de el Verbo, se le entorpeció el entendimiento y se le suspendió el discurso, y así, en vez de los agradecimientos, prorrumpió en dudas y preguntas: _Et unde hoc mihi?_ ¿De dónde á mí viene tal cosa? Lo mismo sucedió á Saul cuando se viò electo y ungido rey de Israel: _Numquid non filius ego sum de minima Tribu Israel &. cognatio mea inter omnes de Tribu Benjamin? Quare igitur locutus es mihi sermonem istum?_ Así yo diré: ¿De dónde, venerable señora, de dónde á mí tanto favor? ¿Por ventura soy más que una pobre monja, la más mínima criatura del mundo y la más indigna de ocupar vuestra atencion? Pues _Quare locutus es mihi sermonem istum? Et unde hoc mihi?_ Ni al primer imposible tengo más que responder, que no ser nada digno de vuestros ojos, ni al segundo más que admiraciones en vez de gracias, diciendo que no soy capaz de agradeceros la más mínima parte de lo que os debo. No es afectada modestia, señora, sino ingenua verdad de toda mi alma, que al llegar á mis manos impresa la carta, que vuestra propiedad llamó _Atenagórica_, prorumpí [con no ser esto en mí muy fácil] en lágrimas de confusion, porque me pareció que vuestro favor no era más que una reconvencion que Dios hace á lo mal que le correspondo, y que como á otros corrige con castigos, á mí me quiere reducir á fuerza de beneficios, especial favor de que conozco ser su deudora, como de otros infinitos de su inmensa bondad; pero tambien especial modo de avergonzarme y confundirme, que es más primoroso medio de castigar, hacer que yo mesma, con mi conocimiento, sea el juez que me sentencie y condene mi ingratitud. Y así, cuando esto considero, acá á mis salos suelo decir: _Bendito seais vos, Señor, que no solo no quisisteis en manos de otra criatura el juzgarme, y que ni aun en la mia lo pusisteis, sino que le reservasteis á la vuestra, y me librásteis á mí de mí y de la sentencia que yo misma me daria; que forzada de mi propio conocimiento, no pudiera ser ménos que de condenacion, y vos la reservásteis á vuestra misericordia porgue me amais más de lo que yo me puedo amar._

Perdonad, señora mia, la digresion, que me arrebató la fuerza de la verdad; y si la he de confesar toda, tambien es buscar efugios para huir la dificultad de responder, y cuasi me he determinado á dejarlo al silencio; pero como este es cosa negativa, aunque esplica mucho con el énfasis de no esplicar, es necesario ponerle algun breve rótulo para que se entienda lo que se pretende que el silencio diga; y si no, dirá nada el silencio, porque este es su propio oficio, _decir nada_. Fué arrebatado el Sagrado Vaso de Eleccion al tercer cielo, y habiendo visto los arcanos secretos de Dios, dice: _Audivi arcana Dei, quæ non licet homini loqui._ No dice lo que vió; pero dice que no lo puede decir; de manera que aquellas cosas que no se pueden decir, es menester decir siquiera _que no se pueden decir_, para que se entienda que el callar no es no haber que decir, sino es no caber en las voces lo mucho que hay que decir. Dice San Juan (_Cap. 21 v. 25_) que si hubiera de escribir todas las maravillas que obró nuestro Señor Jesucristo, no cupieran en todo el mundo los libros; y dice Vieira sobre este lugar que en solo esta cláusula dijo mas el Evangelista, que en todo cuanto escribiò; y dice muy bien el Fénix lucitano (pero cuándo no dice bien, aun cuando no dice bien?), porque aquí dice San Juan todo lo que dejó de decir, y expresó lo que dejó de expresar. Así yo, señora mia, solo responderé que no sé responder, solo agradeceré diciendo que no sé agradeceros, y diré [por breve rótulo de lo que dejo al silencio] que solo con la confianza de favorecida y con los valimientos de honrada me puedo atrever á hablar con vuestra grandeza. Si fuere necedad, perdonadla; pues es alhaja de la dicha, y en ella ministraré yo mas materia á vuestra benignidad, y vos dareis mayor forma á mi reconocimiento.

No se hallaba digno Moises, por balbuciente, para hablar con Faraon, y despues el verse tan favorecido de Dios le infunde tales alientos, que no solo habla con el mismo Dios, sino que se atreve á pedirle imposibles: _Ostende mihi faciem tuam_ (_Exod. Cap. 33. v. 13._) Pues así yo, señora mia, ya no me parecen imposibles los que puse al principio, á vista de lo que me favoreceis; porque quien hizo imprimir la carta tan sin noticia mia, quien la intituló, quien la costeó, quien la honró tanto, siendo del todo indigna por sí y por su autora, ¿qué no hará? ¿qué no perdonará? ¿qué dejará de hacer, y qué dejará de perdonar? Y así debajo del supuesto de que hablo con el salvoconducto de vuestros favores, y debajo del seguro de vuestra benignidad, y de que me habeis, como otro Asuero, dado á besar la punta del cetro de oro de vuestro cariño, en señal de concederme benévola licencia para hablar y proponer en vuestra venerable presencia; digo que recibo en mi alma vuestra santísima amonestacion de aplicar el estudio á libros sagrados, que aunque viene en trage de consejo, tendrá para mí sustancia de precepto, con no pequeño consuelo de que aun ántes parece que prevenia mi obediencia vuestra pastoral insinuacion, como á vuestra direccion, inferido en el asunto y pruebas de la misma carta. Bien conozco que no cae sobre ella vuestra cuerdísima advertencia, sino sobre lo mucho que habreis visto, de asuntos humanos que he escrito; y así lo que he dicho no es mas que satisfaceros con ella á la falta de aplicacion que habreis inferido [con mucha razon] de otros escritos mios; y hablando con mas especialidad, os confieso con la ingenuidad que ante vos es debida, y con la verdad y claridad que en mí siempre es natural y costumbre, que el no haber escrito mucho de asuntos sagrados no ha sido desaficion, ni de aplicacion la falta, sino sobra de temor, y reverencia debida á aquellas Sagradas Letras, para cuya inteligencia yo me conozco tan incapaz, y para cuyo manejo soy tan indigna; resonándome siempre en los oidos, con no pequeño horror, aquella amenaza y prohibicion del Señor á los pecadores como yo: _Quare tu enarras justitias meas, &. assumis testamentum meum per os tuum?_ [_Ps. 49. v. 16._]

Esta pregunta y el ver que aun á los varones doctos se prohibia el leer los Cantares hasta que pasaban de treinta años, y aun el Génesis, este por la obscuridad, y aquellos porque de la dulzura de aquellos epitalamios no tomase ocasion la imprudente juventud de mudar el sentido en carnales afectos, compruébalo mi gran padre San Gerónimo mandando que sea esto lo último que se estudie, por la misma razon: _Ad ultimun fine periculo discat Canticum Canticorum, ne si in exordio legerit sub carnabilus verbis spiritualium nuptiarum Epithalamium, non intelligens, vulneretur._ (_S. Hic. Ep. ad Let. ante finem._) Y Séneca dice: _Feneris in annis haut clara est fides_. (_Sen. de Benefic._) Pues ¿cómo me atrevería yo á tomarlo en mis indignas manos, repugnándolo el sexo, la edad y sobre todo las costumbres? Y así confieso que muchas veces este temor me ha quitado la pluma de la mano, y ha hecho retroceder los asuntos hácia el mesmo entendimiento de quien querian brotar; el cual inconveniente no topaba en los asuntos profanos, pues una heregía contra el arte no la castiga el Santo Oficio, sino los discretos con risa y los críticos con censura; y esta, _justa, vel injusta, timenda nos est_, pues deja comulgar y oir misa, por lo cual me da poco ó ningun cuidado, porque segun la mesma decision de los que lo calumnian, ni tengo obligacion de saber, ni aptitud para acertar: luego si lo yerro, ni es culpa ni es descrédito, pues no tengo posibilidad de acertar _y ad impossibilia nemo tenetur_. Y á la verdad, yo nunca he escrito sino violentada y forzada, y solo por dar gusto á otros, no solo sin complacencia, sino con positiva repugnancia, porque nunca he juzgado de mi que tenga el caudal de letras é ingenio que pide la obligacion de quien escribe, y así es la ordinaria respuesta á los que me instan (y mas si es asunto sagrado): ¿Qué entendimiento tengo yo? ¿qué estudio? ¿qué materiales? ¿ni qué noticias para eso, sino cuatro bachillerías superficiales? Dejen eso para quien lo entienda, que yo no quiero ruido con el Santo Oficio, que soy ignorante y tiemblo de decir alguna proposicion mal sonante, ó torcer la genuina inteligencia de algun lugar. Yo no estudio para escribir ni ménos para enseñar, que fuera en mí desmedida soberbia, sino solo por ver si con estudiar ignoro ménos. Así lo respondo, y así lo siento.

El escribir nunca ha sido dictámen propio, sino fuerza agena, que les pudiera decir con verdad: _Vos me coegistis_. Lo que sí es verdad, que no negaré (lo uno porque es notorio á todos, y lo otro aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor á la verdad) que desde que me rayó la luz de la razon, fué tan vehemente y poderosa la inclinacion á las letras, que ni agenas reprehensiones (que he tenido muchas) ni propias reflexas (que he tenido no pocas) han bastado á que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí; su Majestad sabe porqué y para qué, y sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento, dejando solo la que baste para guardar su ley, pues lo demas sobra (segun algunos) en una mujer; y aun hay quien diga que daña. Sabe tambien su Majestad que no consiguiendo esto, he intentado sepultar con mi nombre mi entendimiento, y sacrificarle solo á quien me le dió, y que no otro motivo me entró en religion, no obstante que al desembarazo y quietud que pedia mi estudiosa intencion, eran repugnantes los ejercicios y compañía de una comunidad; y despues en ella, sabe el Señor, y lo sabe en el mundo quien solo lo debió saber, lo que intenté en órden de esconder mi nombre, y que no me lo permitió, diciendo que era tentacion; y así seria. Si yo pudiera pagaros algo de lo que os debo, señora mia, creo que solo os pagara en contaros esto, pues no ha salido de mi boca jamás, excepto para quien debió salir. Pero quiero que con haberos franqueado de par en par las puertas de mi corazon, haciéndoos patentes sus mas sellados secretos, conozcais que no desdice mi confianza lo que debo á vuestra venerable persona y excesivos favores.

Prosiguiendo en la narracion de mi inclinacion (de que os quiero dar entera noticia) digo que no habia cumplido los tres años de mi edad, cuando enviando mi madre á una hermana mia, mayor que yo, á que se le enseñase á leer en una de las que llaman _Amigas_, me llevó á mí tras ella el cariño y la travesura; y viendo que la daban leccion, me encendí yo de manera en el deseo de saber leer, que engañando, á mi parecer, á la maestra le dije: _Que mi madre ordenaba me diese leccion_. Ella no lo creyó, porque no era creible; pero por complacer al donaire me la dió. Proseguí yo en ir y ella prosiguió en enseñarme, ya no de burlas, porque la desengañò la esperiencia, y supe leer en tan breve tiempo, que ya sabia, cuando lo supo mi madre, á quien la maestra lo ocultó por darle el gusto por entero y recibir el galardon por junta; y yo lo callé creyendo que me azotarian por haberlo hecho sin órden. Aun vive la que me enseñó, Dios la guarde, y puede testificarlo. Acuérdome que en estos tiempos, siendo mi golocina la que es ordinaria en aquella edad, me abstenia de comer queso, porque oi decir que hacia rudos, y podia conmigo mas el deseo de saber que el de comer, siendo este tan poderoso en los niños. Teniendo yo despues como seis años ó siete, y sabiendo ya leer y escribir, con todas las otras habilidades de labores y costuras que deprenden las mujeres, oi decir que habia Universidad y escuelas en que se estudiaban las ciencias, en Méjico; y apénas lo oi cuando empecé á matar á mi madre con instantes é importunos ruegos sobre que, mudándome el trage, me enviase á Méjico, en casa de unos deudos que tenia para estudiar y cursar la Universidad. Ella no lo quiso hacer (é hizo muy bien); pero yo despiqué el deseo en leer muchos libros varios que tenia mi abuelo, sin que bastasen castigos ni reprensiones á estorbarlo; de manera que cuando vine á Méjico se admiraban, no tanto del ingenio, cuanto de la memoria y noticias que tenia, en edad que parecia que apénas habia tenido tiempo para aprender á hablar. Empecé á deprender gramática, en que creo no llegaron á veinte las lecciones que tomé; y era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las mujeres (y más en tan florida juventud) es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cortaba de él cuatro y seis dedos, midiendo hasta dónde llegaba ántes, é imponiéndome ley de que si cuando volviese á crecer hasta allí no sabia tal ó tal cosa, que me habia propuesto deprender en tanto que crecia, me lo habia de volver á cortar, en pena de rudeza. Sucedia así que él crecia y yo no sabia lo propuesto, porque el pelo crecia á priesa y yo aprendia de espacio, y con efecto le cortaba en pena de la rudeza; que no me parecia razon que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era mas apetecible adorno. Entréme religiosa, porque aunque conocia que tenia el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales) muchas de las repugnantes á mi genio, con todo, para la total negacion que tenia al matrimonio, era lo ménos desproporcionado y lo más decente que podia elegir, en materia de la seguridad que deseaba de mi salvacion; á cuyo primer respecto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola, de no querer tener ocupacion obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros. Esto me hizo vacilar algo en la determinacion, hasta que alumbrándome personas doctas de que era tentacion, la vencí con el favor Divino, y tomé el estado que tan indignamente tengo. Pensé yo que huia de mi misma; pero ¡miserable de mí! trájeme á mí conmigo, y traje mi mayor enemigo en esta inclinacion que no sé determinar si por prenda ó castigo me dió el Cielo, pues de apagarse ó embarazarse con tanto ejercicio que la religion tiene, reventaba como pólvora, y se verificaba en mí el _privatio es causa appetitus_.

Volví (mal dije, pues nunca cesé), proseguí, digo, en la estudiosa tarea (que para mí era descanso en todos los ratos que sobraban á mi obligacion) de leer y más leer, de estudiar y más estudiar, sin mas maestro que los mismos libros. Ya se ve cuan duro es estudiar en aquellos caracteres sin alma, careciendo de la voz viva y esplicacion del maestro; pues todo este trabajo sufria yo muy gustosa por amor á las letras; si hubiese sido por amor de Dios, que era lo acertado, cuánto hubiera merecido! Bien que yo procuraba elevarlo, cuanto podia, y dirigirlo á su servicio, porque el fin á que aspiraba era á estudiar Teología, pareciéndome menguada inhabilidad, siendo catòlica, no saber todo lo que en esta vida se puede alcanzar, por medios naturales, de los divinos misterios, y que siendo monja y no seglar debia, por el estado eclesiástico, profesar letras; y mas siendo hija de un San Jerónimo y de una Santa Paula, que era degenerar de tan doctos padres ser idiota la hija. Esto me proponia yo de mi misma, y me parecia razon; si no es que era (y esto es lo más cierto) lisonjear y aplaudir mi propia inclinacion, proponiéndola como obligatorio su propio gusto; con esto proseguí dirigiendo siempre, como he dicho, los pasos de mi estudio á la cumbre de la sagrada teología; pareciéndome preciso, para llegar á ella, subir por los escalones de las ciencias y artes humanas, porque ¿cómo entenderá el estilo de la reina de las ciencias, quien aun no sabe el de las ancillas?

¿Cómo sin lógica sabria yo los métodos generales y particulares con que está escrita la Sagrada Escritura? ¿Cómo sin retórica entenderia sus figuras, tropos y locuciones? ¿Cómo sin física tantas cuestiones naturales de las naturalezas de los animales, de los sacrificios, donde se simbolizan tantas cosas ya declaradas, y otras muchas que hay? ¿Cómo si el sanar Saul al sonido del arpa de David fué virtud y fuerza natural de la música, ó sobrenatural que Dios quiso poner en David? ¿Cómo sin aritmética se podrán entender tantos cómputos de años, de dias, de meses, de horas, de hebdómadas tan misteriosas como las de Daniel, y otras para cuya inteligencia es necesario saber las naturalezas, concordancias y propiedades de los números? ¿Cómo sin geometría se podrá medir el Arca Santa del Testamento y la ciudad de Jerusalen, cuyas misteriosas mensuras hacen un cubo con todas sus dimensiones, y aquel repartimiento proporcional de todas sus partes, tan maravilloso? ¿Cómo sin arquitectura el gran templo de Salomon, donde fué el mismo Dios el artífice que dió la disposicion y la traza, y el sabio rey solo fué sobrestante que la ejecutó, donde no habia basa sin misterio, columna sin símbolo, cornisa sin alusion, arquitrave sin significado; y así de otras sus partes, sin que el mas mínimo filete estuviese solo por el servicio y complemento el arte, sino simbolizando cosas mayores? ¿Cómo sin grande conocimiento de reglas y partes de que consta la historia se entenderán los libros historiales? ¿Aquellas recapitulaciones en que muchas veces se pospone en la narracion lo que en el hecho sucedió primero? ¿Cómo sin grande noticia de ambos derechos podrán entenderse los libros legales? ¿Cómo sin grande erudicion tantas cosas de historias profanas de que hace mencion la Sagrada historia? ¿Tantas costumbres de gentiles? tantos ritos? tantas maneras de hablar? ¿Cómo sin muchas reglas y lecciones de Santos Padres se podrá entender la oscura locucion de los profetas? Pues sin ser perito en la música ¿cómo se entenderán aquellas proporciones musicales y sus primores que hay en tantos lugares, especialmente en aquellas peticiones que hizo á Dios Abrahan por las ciudades, de que si perdonaria habiendo cincuenta justos? y de este número bajó á cuarenta y cinco que es _sesquinona_, y es de _mi_ á _re_; de aquí á cuarenta, es _sesquioctava_, y es como de _re_ á _mi_; de aquí á treinta, que es _sesquitercia_, que es la del _diatessaron_; de aquí á veinte, que es la proporcion _sesquialtera_, que es la del _diapente_; de aquí á diez que es la _dupla_, que es el diapason; y como no hay mas proporciones armónicas, no pasó de ahí. Pues ¿cómo se podia entender esto sin la música? Allá en el libro de Job le dice Dios: _Nunquid conjungere valebis micantes stellas pleyades, aut gyrum Areturi poteris dissipare? Nunquid producis Luciferum in tempore suo, &. Vesperum super filios Terce consurgere facis?_ Cuyos términos, sin noticia de astrología, será imposible entender. Y no solo estas nobles ciencias, pero no hay arte mecánica que no se mencione. Y en fin, como el libro que comprende tonos los libros, y la ciencia en que se incluyen todas las ciencias, para cuya inteligencia todas sirven; y despues de saberlas todas (que ya se ve que no es fácil, ni aun posible) pide otra circunstancia mas que todo lo dicho, que es una continua oracion y pureza de vida, para impetrar de Dios aquella purgacion de ánimo é ilustracion de mente que es menester para la inteligencia de cosas tan altas; y si esto falta, de nada sirve lo demas.