Obras dramáticas de Eurípides (2 de 3)

Part 8

Chapter 84,113 wordsPublic domain

¡Ah! No hay señal cierta para conocer la nobleza,[182] porque los ingenios de los mortales suelen padecer extrañas perturbaciones. Yo vi a un hijo de ilustre padre que no lo era, y después a hombres honrados hijos de otros malvados, y pobreza de espíritu en un opulento, y grandeza de ánimo en un miserable. ¿Quién, pues, podrá distinguirla y juzgar rectamente? ¿Atenderá a las riquezas? Sin duda será mal juez. ¿Se decidirá por los que nada poseen? La pobreza tiene sus inconvenientes; la necesidad obliga a veces a ser malo. ¿Apelará a las armas? ¿Pero quién, mirando una lanza, podrá testificar de la bondad del que la lleva? Lo mejor es abstenerse de juzgar. Este hombre, no distinguido entre los argivos, ni de familia ilustre, sino un pobre labrador, es, sin embargo, excelente. ¿No sabréis vosotros, los que os alucináis con falsas imágenes, llamar nobles a los hombres ateniéndoos a su índole y costumbre? Estos gobiernan bien las ciudades y las familias, y los ricos sin seso son estatuas del ágora. Un brazo robusto no resiste mejor la lanza enemiga que uno débil, pues la verdadera fuerza es la energía y el valor natural. (_A Electra_). Por esta razón, ya presente, ya ausente el hijo de Agamenón, que nos manda, aceptemos la hospitalidad que nos ofrecen; entrad, pues, ¡oh siervos! Más quiero que me hospede un pobre atento que un rico. Alabo la recepción que este hombre nos ha hecho, aunque exigiera quizá más si, feliz tu hermano, me trajese a una casa también feliz. Quizá venga él, que Apolo ha pronunciado sus oráculos; las adivinaciones humanas solo compasión me inspiran. (_Retíranse Pílades, Orestes y los servidores, que entran en la casa_).

EL CORO

La alegría, ¡oh Electra!, fortalece ahora mi corazón más que antes; acaso la fortuna, que tan tristemente ha caminado hasta ahora, se detenga y nos favorezca.

ELECTRA

¿Cómo te has atrevido, ¡oh desgraciado!, a recibir en tu casa tan ilustres huéspedes, conociendo tu pobreza?

EL COLONO

Porque si, como parecen, son nobles, ¿no lo agradecerán, ya coman bien, ya mal?

ELECTRA

Puesto que erraste, siendo tanta tu miseria, ve en busca del anciano servidor de mi padre que, desterrado de la ciudad, guarda el ganado en las orillas del río Tanao,[183] límite de la tierra argiva y del suelo espartano, y dile que venga y traiga presentes para los extranjeros. Se alegrará y dará gracias a los dioses de que viva el joven a quien salvó en otro tiempo. Del palacio paterno y de nuestra madre nada recibiremos, que no habría tan mala nueva para ese miserable como la de saber que vive Orestes.

EL COLONO

Iré, pues que te agrada, en busca de ese anciano; pero llégate a casa y prepara lo necesario. Como quiera, encontrará cualquier mujer abundante alimento. De lo que estoy seguro es de que, al menos, tenemos lo bastante para saciarlos un día. Cuando pienso en estas cosas siempre recuerdo lo que valen las riquezas para ofrecer la hospitalidad y curar el cuerpo si lo ataca alguna dolencia; pero con poco se satisface la necesidad de cada día, porque, estando harto, lo mismo es el rico que el pobre.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Ínclitas naves, que arribasteis un día a Troya con innumerables remos, danzando entre coros de nereidas, mientras que el delfín, apasionado de la flauta,[184] envolvía las cerúleas proas llevando al hijo de Tetis, a Aquiles de pies ligeros, y al rey Agamenón a las orillas del Simois, que riega los campos de Ilión.

_Antístrofa 1.ª_ — Pero las nereidas, al dejar las riberas de la Eubea, llevaban las cinceladas armas que labró Hefesto en sus dorados yunques,[185] y buscaron a Aquiles por el Pelión y las altas y sagradas arboledas del Osa,[186] y por las grutas de las ninfas, testigos de sus amores, en donde el centauro Quirón[187] educó a este sol de la Grecia, hijo de la marina Tetis y veloz auxiliar del Atrida.

_Estrofa 2.ª_ — Contome cierto griego que volvió de Troya al puerto de Nauplia, que en tu escudo, ¡oh hijo de Tetis!, estaban esculpidos estos signos, terror de los frigios: en el cerco, Perseo volando sobre los mares con sus talares alígeras, mostrando la cabeza ensangrentada de la Gorgona, con Hermes, nuncio de Zeus, rústico hijo de Maya,[188] y en el centro el Sol resplandeciente con sus alados caballos, y los coros etéreos de astros, las Pléyades,[189] y las Híades, formidables a los ojos de Héctor. En su casco de áureas figuras, las Esfinges,[190] oprimiendo entre sus garras su famosa presa; en la loriga, que protege su cuerpo, la leona Quimera,[191] de rápido curso, respirando llamas, y en sus uñas el caballo Pegaso de Pirene.

_Antístrofa 2.ª_ — Por último, en su mortífera lanza una cuadriga de fogosos caballos, envueltos en oscuro polvo. Al rey de tales guerreros mataste, ¡oh Tindáride!, mujer malvada, a tu mismo esposo, y los dioses en castigo decretarán tu muerte, y algún día, sí, algún día veré correr la sangre por tu cuello. (_Llega el viejo ayo de Agamenón_).

EL ANCIANO

¿En dónde, en dónde está mi dueña y veneranda virgen, la hija de Agamenón, que eduqué en otro tiempo? De arduo acceso es esta casa para los pies de un anciano, lleno de arrugas. Preciso es, sin embargo, ver a mis amigos, a pesar de mi encorvado cuerpo y vacilantes rodillas. ¡Oh hija!, ya que te veo junto a tu casa; tráigote este tierno cordero del rebaño de mis ovejas, y guirnaldas, y enjutos quesos, y este tesoro añoso de Dioniso, que perfuma el ambiente, escaso, en verdad, pero de dulce sabor cuando se vierte en la copa. Que alguno lo lleve a la casa para los huéspedes, mientras yo enjugo con mis vestidos las lágrimas que derraman mis ojos.[192]

ELECTRA

¿Por qué lloras, anciano? Después de tanto tiempo, ¿renuevan mis males tus dolores, o gimes por Orestes, mísero desterrado, y por mi padre, que en vano educaste en otro tiempo para ti y para tus amigos?

EL ANCIANO

Vanamente, es verdad; no puedo menos de llorar, que de paso visité su sepulcro, y solo derramé abundantes lágrimas, prosternado en tierra, y ofrecí libaciones del vino que he traído para tus huéspedes, y deposité alrededor del túmulo ramos de mirto; y en la misma pira vi vellón de negra oveja, y sangre recién vertida, y rizos de una rubia cabellera. Me admiré, ¡oh hija!, de que hubiese osado ningún hombre acercarse al túmulo, y no será ningún argivo, sino acaso tu hermano, que ha venido ocultamente, y ha tributado al mísero sepulcro de tu padre los honores debidos. Mira los cabellos de que hablo y compáralos con los tuyos, por si son como estos, cual suele suceder entre hermanos.

ELECTRA

No es de sabio lo que hablas, ¡oh anciano!, si crees que mi animoso hermano ha vuelto y se esconde por miedo de Egisto. Además, ¿cómo han de ser iguales los rizos de ambos, cuando los unos serían de un hombro noble, educado en la palestra, y los otros de una mujer que se peina con frecuencia?[193] Es, pues, imposible lo que pretendes, que encontrarás, ¡oh anciano!, muchos cabellos parecidos, aunque no sean parientes los que los llevan.

EL ANCIANO

Compara al menos su huella, examina los pasos impresos, a ver si el pie es igual al tuyo, ¡oh hija!

ELECTRA

¿Cómo se ha de imprimir la huella de los pies en la endurecida tierra? Y aunque así fuera, nunca es igual la de dos hermanos, si son varón y hembra, sino mayor la del primero.

EL ANCIANO

¿Y no podrías reconocer, si estuviese de vuelta, la tela que tejiste con tu lanzadera, y en la cual lo oculté en otro tiempo para salvarlo de la muerte?

ELECTRA

¿Ignoras que yo era jovencilla cuando huyó Orestes de este país? Y aunque la hubiera tejido, ¿cómo, siendo entonces niño, tendría ahora el mismo vestido, a no ser que crezca con el cuerpo? Así, pues, o algún peregrino se cortó el cabello, observando el abandono del sepulcro, o algún argivo, favorecido por las tinieblas.

EL ANCIANO

¿Pero en dónde están los huéspedes? Quiero verlos y preguntarles por tu hermano. (_Salen de la casa Pílades y Orestes con su séquito_).

ELECTRA

De mi morada salen con pies ligeros.

EL ANCIANO

Y en verdad que parecen nobles, aunque la sola apariencia sea indicio falaz, pues muchos, nobles de aspecto, son villanos. Voy, sin embargo, a saludarles.

ORESTES

Salve, ¡oh anciano! ¿De cuál de tus amigos, ¡oh Electra!, es esta sombra?

ELECTRA

Es el que educó a mi padre, ¡oh huésped!

ORESTES

¿Qué dices? ¿El que ocultó a tu hermano?

ELECTRA

El que lo salvó, si de él queda algo.

ORESTES

¡Hola! ¿Por qué me mira como si examinara una obra curiosa de plata cincelada? ¿Me confunde con alguno?

ELECTRA

Acaso se alegra; creyéndote igual a Orestes.

ORESTES

Varón amado en verdad; ¿con qué objeto da vueltas?

ELECTRA

Yo misma me admiro, ¡oh huésped!, observándolo.

EL ANCIANO

¡Oh amada hija Electra!, da gracias al cielo.

ELECTRA

¿Por qué? ¿Está presente o no?

EL ANCIANO

Y acepta el rico tesoro que un dios te ofrece.

ELECTRA

He aquí cómo imploro a los dioses. ¿Pero qué dices, anciano?

EL ANCIANO

Mira con atención a este hombre muy amado, ¡oh hija!

ELECTRA

Temo, ya hace rato, que no está cabal tu juicio.

EL ANCIANO

Lo pierdo, en efecto, viendo a tu hermano.

ELECTRA

¿Qué extrañas palabras has proferido?

EL ANCIANO

Que veo aquí a Orestes, hijo de Agamenón.

ELECTRA

¿En qué señal te fundas que me inspire fe?

EL ANCIANO

En una cicatriz junto a la ceja que se hizo en otro tiempo persiguiendo contigo un cervatillo en el palacio paterno, y cayendo al suelo ensangrentado.[194]

ELECTRA

¿Qué dices? Veo, en efecto, esa señal.

EL ANCIANO

¿Y dudas abrazarlo?

ELECTRA

Ya no, ¡oh anciano!, pues me ha convencido la prueba que adujiste. ¡Oh, por fin viniste, por fin te vuelvo a ver inesperadamente!

ORESTES

¡Y al cabo también te encuentro!

ELECTRA

Cuando jamás lo hubiera pensado.

ORESTES

Ni yo tampoco.

ELECTRA

¿Aquel Orestes eres tú?

ORESTES

Tu solo compañero si, como el pescador, saco una vez la red que pienso echar. Confío, sin embargo, en que así sucederá, o no merecen fe los dioses, si los crímenes han de ser superiores a la justicia.

EL CORO

Llegaste, llegaste, ¡oh día tardío!; luciste, mostraste el astro que alumbra a la ciudad, desterrado antes del hogar paterno, y que ahora viene errante. Un dios, algún dios nos trae la victoria, ¡oh amiga!; levanta las manos, esfuerza el habla, implora a los dioses para que tu hermano entre en la ciudad con favorables auspicios.

ORESTES

Sea así, pues; gozaré en este momento de sus abrazos, y después me entregaré de nuevo a ellos. Pero tú, anciano, que tan a tiempo llegas, dime de qué modo podré castigar al asesino de mi padre, y a mi madre, su cómplice e impía esposa. ¿Tengo en Argos algunos amigos fieles? ¿Cómo la fortuna nos han abandonado todos? ¿A quién podré hablar de noche o de día? ¿Qué camino seguiré para caer de repente sobre mis enemigos?

EL ANCIANO

¡Oh hijo, eres desdichado y no tienes un solo amigo! Pocos, por puro afecto, comparten nuestros bienes y nuestros males. Tú (que has perdido todos los tuyos y con ellos toda esperanza) ten muy presente que de ti solo depende recuperar tu palacio paterno y tu ciudad.

ORESTES

¿Y qué haremos para conseguirlo?

EL ANCIANO

Matar al hijo de Tiestes y a tu madre.

ORESTES

He venido a recoger esta palma;[195] pero ¿cómo lograrlo?

EL ANCIANO

Si penetras dentro de las murallas no lo conseguirás, aunque lo desees.

ORESTES

¿Están guardadas por centinelas y armados satélites?

EL ANCIANO

Así es; te teme, sin duda, y no duerme tranquilo.

ORESTES

Piensa, pues, lo que debemos hacer.

EL ANCIANO

Escúchame; algo se me ocurre.

ORESTES

¡Ojalá que sea feliz la idea y yo la apruebe!

EL ANCIANO

Cuando venía hacia aquí encontré a Egisto.

ORESTES

Con atención te escucho: ¿en dónde lo viste?

EL ANCIANO

Cerca de estos campos, en los pastos de sus yeguadas.

ORESTES

¿Qué hacía? Vislumbro una esperanza en mi desesperación.

EL ANCIANO

Según me pareció, preparaba una fiesta a las ninfas.

ORESTES

¿Por los hijos que ya tiene, o por los que espera?

EL ANCIANO

No sé más que lo dicho, que se ceñía para sacrificar toros.

ORESTES

¿Con cuántos hombres? ¿Estaba solo con los esclavos?

EL ANCIANO

No estaba presente ningún argivo, sino algunos siervos.

ORESTES

¿Podrá descubrirme alguno si me ve, ¡oh anciano!?

EL ANCIANO

Son gentes de su servicio que jamás te vieron.

ORESTES

Si vencemos, ¿estarán de nuestra parte?

EL ANCIANO

Propio es de siervos, y útil a tu propósito.

ORESTES

¿Cómo podré acercarme a él?

EL ANCIANO

Si vas adonde sacrifica ahora...

ORESTES

Según parece, está en los campos próximos al camino.

EL ANCIANO

Probablemente te invitará al banquete cuando te vea.[196]

ORESTES

Amarga invitación será, sin duda, si los dioses quieren.

EL ANCIANO

Piensa lo que has de hacer después, según lo que ocurra.

ORESTES

Hablas con prudencia. Y mi madre, ¿en dónde está?

EL ANCIANO

En Argos; pero vendrá pronto a la cena.

ORESTES

¿Por qué no ha acompañado a su esposo?

EL ANCIANO

Temiendo las murmuraciones del pueblo, se ha quedado en su palacio.

ORESTES

Ya entiendo: recela que, como siempre, su conducta infunda sospechas en sus súbditos.

EL ANCIANO

Así es: la aborrecen por su impiedad.

ORESTES

¿Cómo mataré a los dos a un tiempo?

ELECTRA

A mi cargo queda la muerte de mi madre.

ORESTES

La fortuna nos favorecerá en todo.

ELECTRA

Este anciano nos servirá a ambos.

EL ANCIANO

Cierto; pero ¿cómo piensas asesinar a tu madre?

ELECTRA

Ve, ¡oh anciano!, y di a Clitemnestra que he dado a luz un hijo varón.

EL ANCIANO

¿He de decir que recientemente, o que hace algún tiempo?

ELECTRA

Di que ha llegado el momento de purificarme.[197]

EL ANCIANO

¿Y qué tiene que ver esto con su muerte?

ELECTRA

Cuando sepa que he sufrido los dolores del parto, vendrá sin falta.

EL ANCIANO

¿Por qué? ¿Crees que se cuida acaso de ti, hija?

ELECTRA

Sin duda, y llorará al recordar la humilde condición de mis hijos.

EL ANCIANO

Quizá llore; pero tratemos de nuestro asunto.

ELECTRA

Si llega a venir, morirá sin remedio.

EL ANCIANO

Y entrará por las puertas de tu casa.

ELECTRA

Y entonces será fácil que descienda al Orco.

EL ANCIANO

¡Que yo muera después de verlo!

ELECTRA

Lo primero que has de hacer es servir a este de guía.

EL ANCIANO

¿Adonde Egisto sacrifica ahora a los dioses?

ELECTRA

Busca después a mi madre, y dile lo que te he encargado.

EL ANCIANO

Creerá oírlo de tus mismos labios.

ELECTRA

Ahora te toca a ti, Orestes: la suerte ha decidido que mates primero a Egisto.

ORESTES

Allá voy, si alguien me enseña el camino.

EL ANCIANO

Yo te llevaré, y no de mala gana.

ORESTES

¡Oh Zeus, tronco de mi linaje,[198] vengador nuestro; compadécete de nosotros, que hemos sufrido males deplorables!

ELECTRA

¡Apiádate de tus descendientes!

ORESTES

¡Y tú, Hera, que presides en los altares de Micenas, danos la victoria si pedimos justicia!

ELECTRA

¡Déjanos vengar a mi padre!

ORESTES

¡Y tú, padre mío, que en los infiernos moras, infamemente asesinado, y soberana Tierra, a quien tiendo mis manos, socorre, socorre a estos tus hijos muy queridos! ¡Ven, Agamenón, y acompáñente en nuestra ayuda todos los muertos que contigo aniquilaron a los frigios, y cuantos detesten a los execrables asesinos! ¿Lo oíste, tú que has sufrido tales horrores de mi madre?

ELECTRA

Sé bien que todo lo oye mi padre, pero es hora de obrar. Y te recuerdo que Egisto ha de perecer, porque si vencido, por hado fatal, cayeres, también yo moriré; y no se dirá que vivo, pues herirá mi cabeza cuchilla de dos filos. Voy a mi hogar a realizar mis proyectos, porque si de los tuyos viniese buena nueva, toda la casa saltará de júbilo; si sucumbes, sucederá lo contrario. Esto te digo.

ORESTES

Ya comprendo.

ELECTRA

Preciso es que pruebes tu valor. (_Vase Orestes_). Vosotras, ¡oh mujeres!, indicadme con claridad las tumultuosas alternativas de este combate. Yo esperaré empuñando cortadora espada; jamás se vengarán de mí mis enemigos, ni vencida injuriarán ni afrentarán mi cuerpo.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Famosa es la antigua tradición, según la cual Pan, protector de los campos, que espira dulcísonos versos,[199] trajo en mimbres donosamente tejidos una hermosa cordera de vellón dorado, amamantada por su tierna madre en las montañas de la Argólida, y subiéndose en las gradas de piedra, exclamó: «Al ágora, al ágora,[200] ¡oh habitantes de Micenas!: venid y veréis terribles prodigios de felices tiranos».

_Antístrofa 1.ª_ — Y los coros llenaban el palacio de los Atridas, y se descubrían los dorados templos, y ardía el fuego en las aras de la ciudad de los argivos, y la flauta de Lotos, servidora de las musas, daba suavísimos sonidos, y se entonaban gratos cantos en honor del dorado cordero y de Tiestes. Seducida por él la esposa amada de Atreo en oculto lecho, llevó a su palacio el prodigio, y volviendo al ágora, dijo en alta voz que era suya la cornígera corderilla de maravilloso vellón dorado.

_Estrofa 2.ª_ — Pero entonces, entonces torció Zeus el brillante rumbo que siguen los astros, la luz del sol y el rutilante rostro de la Aurora; la ardiente llama encendida en el cielo descendió por las llanuras del occidente; las nubes, llenas de agua, se encaminaron a la constelación ártica, y el seco domicilio de Amón,[201] careciendo de rocío y privado por Zeus de las bienhechoras lluvias, aparece desde entonces árido y desierto.

_Antístrofa 2.ª_ — Así dicen; pero yo doy poco crédito a esos insólitos giros del ardiente Sol, que, por castigar a los hombres, abandonó su dorado asiento en daño de ellos. Fábulas en verdad formidables a los mortales y útiles para mantener vivo en los hombres el culto de los dioses.

¿Por qué no te has acordado de ellas, tú, que mataste a tu esposo, madre de ínclitos hermanos? Callad, callad; ¿no habéis oído, ¡oh amigas!, un grito, o me engaña la fantasía, como si escuchase (_Se detiene y escucha_) el trueno infernal de Zeus?[202] Más claros son ya estos clamores. (_Llamando en alta voz_). Electra, nuestra dueña, sal de tu casa.

ELECTRA (_saliendo de su casa_).

¿Qué hay, amigas? ¿Cómo se muestra nuestra fortuna en esta lucha?

EL CORO

Solo sé que he oído el gemido de un moribundo.

ELECTRA (_escuchando_).

Yo también; desde lejos, es verdad, pero lo he oído.

EL CORO

De lejos viene la voz; pero es, sin embargo, clara.

ELECTRA

¿Será de algún argivo este gemido, o de alguno de mis amigos?

EL CORO

No lo sé; es un clamor confuso.

ELECTRA

Me anuncias que debo suicidarme; ¿por qué me detengo?

EL CORO

Aguarda hasta conocer tu suerte.

ELECTRA

No es posible; hemos sucumbido; ¿en dónde están los mensajeros?

EL CORO

Vendrán; no es fácil matar a un rey.

EL MENSAJERO (_que llega corriendo_).

Preclara victoria, ¡oh vírgenes de Micenas!, hemos alcanzado; sepan todos mis amigos que Orestes ha vencido, y que Egisto, asesino de Agamenón, yace postrado en tierra; pero demos las gracias a los dioses.

ELECTRA

¿Quién eres tú? ¿Cómo he de creer lo que me dices?[203]

EL MENSAJERO

¿No recuerdas que soy uno de los servidores de tu hermano?

ELECTRA

¡Oh tú, el muy amado!; no te conocí de miedo; ya sé quién eres. ¿Qué dices? ¿Murió el odioso asesino de mi padre?

EL MENSAJERO

Murió; dos veces te he dicho lo que tanto deseas saber.

ELECTRA

¡Oh dioses, y tú, Justicia, que todo lo ves, al fin venciste! Pero explícame todos los pormenores de la muerte del hijo de Tiestes.

EL MENSAJERO

Después que salimos de aquí, entramos en el camino trillado por los carros, junto al cual estaba el ínclito príncipe de Micenas tejiendo coronas de tierno mirto. Al vernos dijo: «Salve, ¡oh huéspedes!; ¿quiénes sois?, ¿de dónde venís?, ¿en dónde habéis nacido?». Orestes respondió: «Somos de la Tesalia, y vamos al Alfeo[204] a adorar a Zeus Olímpico». Al oírlo Egisto replicó: «Hoy me acompañaréis a la cena, porque sacrificaré bueyes a las ninfas, y mañana temprano saltaréis del lecho y llegaréis al término de vuestro viaje. Pero entremos en la casa». Mientras decía esto nos guiaba a ella, y nosotros le seguíamos, no pareciéndonos bien rechazarlo. Ya dentro, dijo: «Tráiganse baños cuanto antes a estos huéspedes, para que se acerquen al altar y al agua lustral». Orestes le contestó así entonces: «Nos hemos purificado en las ondas puras de un río; pero si es lícito a los extranjeros sacrificar con los ciudadanos, ¡oh Egisto!, preparados estamos, y no nos opondremos, ¡oh rey!». Acabada esta plática, y dejando las lanzas los servidores que formaban su guardia, todos pusieron manos a la obra. Unos traían el vaso lustral, otros los cestos, otros encendían el fuego y ponían los vasos alrededor del hogar, y todos hacían gran ruido en el edificio. El esposo de tu madre derramaba la salsamola[205] en las aras, profiriendo estas palabras: «Ninfas que habitáis en las rocas, que yo os sacrifique muchas veces bueyes, y que mi esposa, la hija de Tindáreo, que está en el palacio, sea, como yo ahora, afortunada en cuanto emprenda, y desdichados mis enemigos». (Aludía a ti y a Orestes). Pero mi señor hacía votos contrarios, no, en verdad, en voz alta, para recuperar su patrimonio. Egisto tomó del cesto un cuchillo recto; cortó los pelos del novillo, echándolos con su mano derecha en el fuego; hirió a la víctima en los lomos al levantarla los sacrificadores, y dijo a tu hermano: «Los tesalios, entre otras artes insignes, se envanecen de ser maestros en despedazar un toro y domar caballos. Toma el acero, ¡oh huésped!, y prueba que la fama no miente cuando así habla de los hijos de Tesalia». Orestes cogió en sus manos el bien templado cuchillo dórico;[206] sujetó el manto con el broche, y echándolo hacia atrás, eligió por sacrificador a Pílades, e hizo que se apartasen los demás servidores; y tomando un pie del novillo, descubría sus blancas carnes extendiendo la mano, y despojaba sus lomos de la piel en menos tiempo que tarda el jinete en recorrer dos veces el estadio.[207] Abría después las entrañas, y Egisto, recibiéndolas en su mano, las examinaba con cuidado porque faltaba el lóbulo en los intestinos, y así esta falta como el cuello de la vejiga de la hiel, presagiaban desdichas al que las escudriñara. Contrajo, pues, su rostro y, al observarlo, le preguntó mi dueño: «¿Por qué te entristeces?». «¡Oh huésped! —replicó—; temo fuera de aquí alguna asechanza; el hijo de Agamenón es mi más mortal enemigo, y también de mi familia». Él respondió: «¿Temes asechanzas de un desterrado, reinando tú en la ciudad? ¿No me dará alguno un cuchillo ftío, en vez del dórico,[208] para que, acabada la exploración, celebremos el banquete, después de abrir el pecho de la víctima?». Entonces Egisto se apoderó de las vísceras pectorales y se puso a examinarlas; mas al bajar la cabeza, tu hermano, levantándose sobre la punta de los pies, le descargó un golpe, rompiéndole las vértebras y tirando en tierra cuan largo era su cuerpo palpitante, que se revolcó en su sangre. Enteráronse sus servidores y tomaron las armas, y todos ellos, muchos en número, atacaron a los dos; pero los detuvo el valor de Pílades y Orestes, vibrando sus armas, y el último dijo: «No vengo como enemigo contra esta ciudad ni contra mis servidores; yo soy el mísero Orestes, que ha castigado al asesino de su padre. No me matéis, vosotros que sois mis antiguos súbditos». Contuviéronse ellos al oírlo, y fue reconocido por cierto anciano que sirvió en su palacio. Regocijáronse entonces, y al punto lo coronaron. A buscarte viene, a enseñarte la cabeza, no de la Gorgona, sino de Egisto, a quien aborreces; su sangre paga con triste usura la derramada por él en otro tiempo.

EL CORO

_Estrofa._ — Prepara los pies para la danza, ¡oh amiga!, como el potrillo que salta con gracia en el aire. Tu hermano trajo una corona de más valor que la ganada en lucha victoriosa a las orillas del Alfeo.[209] Pero canta el himno triunfal en mi coro.

ELECTRA

¡Oh luz, oh crines de los cuatro caballos del Sol, oh tierra y tinieblas, que antes me envolvíais!; ahora están mis ojos libres y clara mi vista desde que sucumbió Egisto, el asesino de mi padre. Ea, amigas; con las galas que guardo en mi casa, coronaré la cabeza de mi hermano vencedor.