Obras dramáticas de Eurípides (2 de 3)
Part 7
¿Y cómo pensabas cuando yacías mísero en los infiernos?
TESEO
Encontrábame más abatido que otro cualquier hombre.
HERACLES
¿Y cómo dices que los males me humillan?
TESEO
Prosigamos nuestro camino.[159]
HERACLES (_desprendiéndose de los brazos de su padre_).
Adiós, anciano.
ANFITRIÓN
Adiós, hijo.
HERACLES
Que sepultes a los míos como te he dicho.
ANFITRIÓN
Y a mí, ¿quién me sepultará, ¡oh hijo!?
HERACLES
Yo.
ANFITRIÓN
¿Cuándo volverás?
HERACLES
Cuando entierres a mis hijos.
ANFITRIÓN
¿Cómo, pues?
HERACLES
Desde Tebas te llevaré a Atenas. Pero cuida tú de depositar a mis hijos en su última morada. ¡Triste encargo, en verdad! Nosotros, que deshonramos a nuestra familia, seguiremos a Teseo como perdida navecilla. Se engaña el que apetece el poder o las riquezas y las prefiere a los buenos amigos.
EL CORO
Alejémonos de aquí llenos de tristeza y derramando abundantes lágrimas, que hemos perdido a nuestro mejor amigo.
ELECTRA
ARGUMENTO
Egisto y Clitemnestra, asesinos de Agamenón, esposo de esta y rey de Argos y Micenas, después de su muerte casaron a su hija Electra con un labrador, hombre oscuro, para no exponerse a su venganza ni a la de sus hijos, y hasta quisieron matar a Orestes, hermano de Electra, salvándose solo merced a la fidelidad de un viejo servidor de su padre que lo llevó a la Fócida, al palacio de Estrofio, rey de esta región y padre de Pílades. Ya hombre, el dios Apolo le ordenó que vengase a Agamenón, y con este objeto penetró en el territorio argivo, llegando a la pobre morada en donde vivía su hermana Electra, virgen aún, merced al respeto que a su elevada alcurnia profesaba su esposo. Como era tan grande la pobreza de este matrimonio, Electra aconsejó a su esposo que buscase al servidor de su padre que salvó a Orestes, pastor entonces de ricos rebaños a las orillas del Tanao, para que trajese algunos presentes a aquel y a su compañero Pílades. Vino, en efecto, el anciano, y habiendo reconocido a Orestes por una cicatriz que tenía en la frente, concertáronse los cuatro (el anciano, Electra, Orestes y Pílades) para asesinar a Egisto y Clitemnestra. Casualmente había salido Egisto al campo a ofrecer a las ninfas un sacrificio, y presentándosele sus mortales enemigos, a quienes no conocía, como si fuesen extranjeros tesalios, tomaron parte en aquella religiosa ceremonia, siendo invitados por Egisto, que muere, mientras se celebraba, a manos de Orestes. Quedaba todavía otra víctima: la madre de sus asesinos. Electra, para atraerla a su casa, fingió que había dado a luz un niño, y lo participó a su madre para que viniese. Así sucedió, y sus propios hijos clavaron en ella sus puñales matricidas.
Entonces se aparecen los Dioscuros, hermanos de Helena y Clitemnestra, y ordenan a Pílades que se lleve a la Fócida a Electra, casándose con ella y dando a su esposo el labrador una libra de oro, y que Orestes se encamine a Atenas a ser juzgado en el Areópago, en donde Apolo será su defensor.
Como este mismo asunto ha servido a Esquilo y a Sófocles para la composición de dos tragedias, es conveniente que los estudiosos las comparen entre sí y noten las diferencias que las caracterizan. Así lo ha hecho Aug. Guill. Schlegel,[160] cuyo juicio acerca de la de Eurípides es el siguiente:
«La tragedia de Eurípides es un singular ejemplo de poético, o más bien dicho, de absurdo antipoético; sería difícil exponer todas las faltas y contradicciones que contiene. ¿Por qué, verbigracia, engaña Orestes a su hermana tanto tiempo, sin darse a conocer? ¿Por qué abrevia el poeta tan fácilmente su trabajo, prescindiendo sin escrúpulo de sus invenciones, como sucede con el labrador, de cuyo paradero nada se sabe después que llega el anciano con los presentes? En parte quiso Eurípides dar a su tragedia novedad, en parte le pareció inverosímil que Orestes matase al rey y a su esposa en la misma ciudad, y por evitarlo ha sido aún más inverosímil. Lo trágico de esta obra no es suyo propio, sino de la fábula, de sus predecesores, de la tradición primitiva. Su plan no es tampoco de tragedia, sino de un cuadro familiar, en la significación que tiene hoy esta palabra. Los efectos de la miseria de Electra hacen una impresión lastimosa; el poeta ha descubierto su secreto en la grata exposición que ella hace de su triste estado. Todos los móviles de la acción son extremadamente superficiales y evidencian que no parten del convencimiento íntimo del autor; es inexplicable que Egisto conmueva con su generosa hospitalidad y Clitemnestra con la compasión que muestra a su hija: la acción, después de cumplida, remata desgraciadamente en deplorable arrepentimiento, el cual es de tal especie que, sin ofrecer sentido moral, puede tan solo calificarse de acceso ligero de moralidad. De los cargos que dirige al oráculo de Delfos nada queremos decir. Como en toda la composición se revela este espíritu, no puedo comprender qué objeto se propusiera Eurípides al escribirla, a no ser casar bien a Electra y hacer feliz al viejo labrador en premio de su continencia. Yo desearía, en verdad, que se verificase el enlace de Pílades, y que el labrador recibiese una cuantiosa suma de dinero; así todo acabaría como una comedia ordinaria, a satisfacción de los espectadores. Advertiré, para que no se me tache de injusto, que la ELECTRA es quizá la peor tragedia de Eurípides. ¿Fue acaso su afán de novedades la causa que lo impulsó a escribir este absurdo? Sin duda sentía que dos predecesores de tal fama se le hubiesen adelantado. Pero ¿qué necesidad tenía de medirse con ellos y escribir una ELECTRA?».
De acuerdo enteramente con este juicio de Schlegel, no obstante la complacencia con que señala todos sus defectos, sin indicar siquiera una belleza, solo debemos advertir que hasta el mismo Hartung, que rechaza la crítica de Schlegel, viene después a confirmarla, pues en su introducción a esta tragedia se limita, sin defenderla, a dar algunas reglas a los escolares que se dedican al estudio del griego.
En cuanto a la época de su representación, solo podemos atenernos a las indicaciones que hace el poeta en el texto, siguiendo a M. de Boissonnade, a Theod. Berghius (en su libro _De reliq. aut. comœd._, pág. 50), y a Théob. Fix en su _Chronologia fabularum Euripides_, página XI. En efecto, los Dioscuros (versos 1329-1337), dicen así:
νὼ δ᾽ ἐπὶ πόντον Σικελὸν σπουδῇ σῴσοντε νεῶν πρῴρας ἐνάλους. διὰ δ᾽ αἰθερίας στείχοντε πλακὸς τοῖς μὲν μυσαροῖς οὐκ ἐπαρήγομεν, οἷσιν δ᾽ ὅσιον καὶ τὸ δίκαιον φίλον ἐν βιότῳ, τούτους χαλεπῶν ἐκλύοντες μόχθων σῴζομεν. οὕτως ἀδικεῖν μηδεὶς θελέτω μηδ᾽ ἐπιόρκων μέτα συμπλείτω.
Por tanto, en atención a estas clarísimas alusiones que se hacen a la funesta expedición de Sicilia, al espíritu filosófico irreligioso de toda ella, al descuido de su versificación y a las faltas que hemos señalado más arriba, es de presumir que se representara hacia la olimpiada 91, 4.
PERSONAJES
UN COLONO _de Micenas._ ELECTRA, _hija_ } Y } _de Agamenón._ ORESTES, _hijo_ } PÍLADES (_personaje mudo_). CLITEMNESTRA, _viuda de Agamenón y ahora esposa de Egisto._ CORO DE MUJERES _de Micenas._ UN ANCIANO. UN MENSAJERO. LOS DIOSCUROS (_Cástor y Pólux_).
La acción es en el campo, no lejos de Argos.
Se ve en la escena una pobre y rústica casa, de la cual, al romper el día, sale el colono.
EL COLONO
¡Oh Argos,[161] antigua ciudad y corriente del Ínaco,[162] desde el cual Agamenón navegó en otro tiempo hacia los campos troyanos llevando la guerra en mil naves! Muerto Príamo,[163] que reinaba en Ilión, y tomada la ínclita ciudad de Dárdano, volvió a Argos y depositó en los elevados templos[164] muchos trofeos de bárbaros. Y aunque allí fue, en verdad, afortunado, pereció en su palacio por engaño de su esposa Clitemnestra,[165] y a manos de Egisto, hijo de Tiestes. Y al morir dejó el antiguo cetro de Tántalo, y Egisto reina en esta tierra, casado con su esposa, la hija de Tindáreo. De los herederos de su nombre que quedaron en su patria al navegar hacia Troya, a saber, Orestes y Electra, el primero, en gran peligro de muerte por el odio que le profesaba Egisto, fue llevado ocultamente por un viejo servidor de su padre al palacio de Estrofio, en la Fócida, para educarse en él, y la mano de Electra, que permaneció en el hogar paterno, fue solicitada por los próceres griegos cuando llegó a la pubertad. Pero Egisto la retenía en su palacio y no la dio a ninguno, temiendo que engendrara hijos argivos, vengadores de Agamenón; hasta quiso asesinarla, muy receloso que, de otra cualquier manera, se enlazase a algún hombre ilustre, y fue salvada por su madre, que si tuvo un motivo aparente[166] para asesinar a su esposo, no se atrevió, temerosa del escándalo, a ensañarse en sus hijos. Tal fue la razón que movió a Egisto a ofrecer un premio al que matase al hijo desterrado de Agamenón y a casarme con Electra. Aunque mis padres fueron ciudadanos de Micenas (que en esta parte a nadie envidio, pues mi linaje es preclaro, aunque carezca de bienes, causa de mi oscuridad), la entregó a un esposo poco distinguido, para no exponerse a tanto peligro. Porque si la poseyese un hombre poderoso por su dignidad, lo excitaría a vengar el asesinato impune de Agamenón, y el castigo alcanzaría a Egisto. Yo puedo decir, poniendo a Afrodita por testigo, que jamás manché su lecho, y que todavía permanece virgen. Sería para mi vergonzoso empañar el lustre de estos hijos de varones opulentos, y deploro, aunque solo sea su pariente en el nombre, que el desdichado Orestes, si vuelve alguna vez a Argos, contemple el miserable consorcio de su hermana. Quien dijere que soy un necio, porque he recibido una virgen en mi hogar y continúa inmaculada, sepa que la continencia no es joya de las almas pervertidas, y que el que así pensare será el verdadero necio.
ELECTRA (_llevando un cántaro en la cabeza_).
¡Oh negra Noche, madre de los dorados astros (que me ves llevando en mi cabeza este cántaro para llenarlo de agua de la fuente, no obligada por la pobreza, sino para probar a los dioses la injuria que me hizo Egisto,[167] y quejarme a mi padre en el seno del vasto éter)! Porque la malvada hija de Tindáreo, mi madre, me expulsó de su palacio por complacer a su esposo, tratándonos a mí y a Orestes como si no fuéramos sus hijos, mientras daba otros a Egisto.
EL COLONO
¿Por qué, ¡oh infortunada!, te fatigas por mi causa, pasando trabajos, educada antes con regalo, y no descansas a pesar de mis ruegos?
ELECTRA
Te miro como a un amigo, y eres para mí tan venerable como un dios, porque no me insultaste en mis desdichas. Dulcísimo consuelo es para los mortales encontrar alivio en su desgracia, como yo en ti. Conviene, por tanto, que aun sin mandármelo, y a medida de mis fuerzas, te ayude en el trabajo para que sea menos molesto, y sufrir contigo cuando tú sufres; que si fuera de casa tienes ocupación bastante, yo debo cuidar de ella para que, al regresar cansado, nada te falte. (_Retíranse en dirección opuesta, y al poco tiempo aparecen Pílades y Orestes_).
EL COLONO (_alejándose_).
Anda, pues, si te agrada, que la fuente no está lejos; yo, así que amanezca, llevaré al campo los bueyes, y sembraré la tierra, que el perezoso, aunque siempre tenga en los labios el nombre de los dioses, no ganará el sustento sin fatiga.
ORESTES
Para mí, ¡oh Pílades!, eres el más leal de los hombres, y al mismo tiempo mi amigo y huésped, y tú solo permaneces fiel al desdichado Orestes, que tanto sufría por causa de Egisto, asesino de mi padre y cómplice de mi depravada madre. Vengo al territorio argivo por orden secreta del dios Apolo, sin saberlo nadie, para castigar con la muerte a los asesinos de Agamenón. Esta noche he visitado su sepulcro, y llorado allí, y ofrecídole las primicias de mis cabellos,[168] y derramado sobre el altar la sangre de una oveja, ignorándolo los tiranos que dominan en este pueblo. Pero mis pies no pasarán las murallas, que vengo aquí con dos objetos: para refugiarme en otro país, si algún espía me conoce, mientras busco a mi hermana (que, según dicen, se ha casado y ya no es virgen), y para verla y participarla mis proyectos de venganza y saber con certeza lo que sucede en la ciudad. Ahora, pues, que la aurora muestra su rostro refulgente, dejemos esta senda; algún labrador o alguna esclava podrán vernos, y entonces preguntaremos si mi hermana habita en estos parajes. En efecto, se acerca una esclava, que en su rasurada cabeza trae un cántaro de agua de la fuente; sentémonos y averigüemos de ella, si podemos, algo de lo que nos trae a esta región. (_Ocúltanse detrás de un matorral. Llega Electra con el cántaro de agua_).
ELECTRA
_Estrofa 1.ª_ — Apresura tus pasos, que ya es hora; entra, entra lamentándote. ¡Ay de mí, ay de mí! Engendrome Agamenón y pariome Clitemnestra, la odiosa hija de Tindáreo, y las gentes me llaman la desdichada Electra, con razón, es verdad, por los duros trabajos que sufro y por mi triste vida. ¡Oh padre, tú yaces en la morada de Hades, degollado por tu esposa y por Egisto!
_Mesodo_.[169] — Anda, pues, quéjate como siempre; disfruta de tus tristes goces.
_Antístrofa 1.ª_ — Apresura tus pasos, que ya es hora; entra, entra lamentándote. ¡Ay de mí, ay de mí! ¿En qué ciudad, en qué casa sirves, ¡oh hermano miserable!, dejando en el hogar paterno a tu hermana, mujer infeliz, presa de acerbos dolores? ¡Oh Zeus, Zeus, ven a librar a esta mísera de tantos males; ven a vengar el cruelísimo asesinato de un padre; ven alguna vez a Argos!
_Estrofa 2.ª_ — Baja esta carga de mi cabeza para dar a mi padre quejas nocturnas, con voz clara, lamentos, cantos, fúnebres plegarias. ¡Oh padre, que yaces enterrado!; oye mis sollozos de cada día, mientras desgarro con las uñas mi cuello y lastimo mi cabeza sin cabellos para llorar tu muerte.
_Mesodo._ — ¡Ah, ah!, redobla tus golpes; como si el canto del cisne llamase a las ondas del río a un padre carísimo, asesinado en dolorosos lazos,[170] así yo te lloro, ¡oh mísero Agamenón!
_Antístrofa 2.ª_ — Tú lavaste por última vez tu cuerpo en el lecho acerbísimo de la muerte. ¡Ay de mí, ay de mí, ¡oh padre!, herido por cruel segur y por crueles asechanzas a tu vuelta de Troya! Tu esposa no te recibió con guirnaldas ni coronas, que la cuchilla de dos filos de Egisto te causó grave ofensa, y así conservó mi madre su adúltero amante. (_Entra el coro de mujeres argivas_).
EL CORO
_Estrofa 3.ª_ — ¡Oh Electra, hija de Agamenón!; llegué, por fin, a tu rústico albergue... Ha venido un hombre oscuro, un montícola de Micenas de los que se alimentan de leche, anunciando a los argivos que prevengan el sacrificio para dentro de tres días, y que todas las vírgenes se reúnan en el templo de Hera.
ELECTRA
No me engalanan resplandecientes vestidos, ¡oh amigas!, ni ostento dorados collares, ni asisto a los coros de doncellas argivas, danzando con pie ligero, que, desgraciada, son las lágrimas mis coros, las lágrimas mis cuidados cotidianos. Mira si mi cabeza descuidada y mis rasgados vestidos convienen a la hija del rey Agamenón, el que tomó a Troya en otro tiempo.
EL CORO
_Antístrofa 3.ª_ — Poderosa es Hera. Ya que he venido, recibe este palio,[171] que tejí para ti, y estos adornos dorados que aumentan la nativa gracia. ¿Crees acaso que bastan tus lágrimas, si no veneras a los dioses, para vencer a tus enemigos? Serás feliz, ¡oh hija!, no gimiendo, sino orando con frecuencia.
ELECTRA
Ningún dios oye los clamores de la infeliz Electra, ni se acuerda de los sacrificios que ofreció mi padre. Lloro al que ya murió; a Orestes, que vive errante, hollando miserable extraña tierra, acaso esclavo, cuando es hijo de ínclito padre. Verdad es que yo habito en una pobre cabaña, atormentando mi alma el destierro del hogar paterno y morando en sus ásperas rocas, mientras mi madre, casada con otro, duerme en lecho nupcial, manchado con la sangre de su esposo.
EL CORO
Helena, hermana de tu madre, fue causa de muchos males que afligieron a los griegos y a tu linaje.
ELECTRA
¡Ay de mí, oh mujeres!; dejemos ya los lamentos; ciertos extranjeros, ocultos aquí cerca, salen de repente de su emboscada; huye tú por esa senda, que yo me refugiaré en mi cabaña, y escaparemos de estos criminales. (_Orestes le sale al encuentro_).
ORESTES
Detente, ¡oh desdichada!; no temas.
ELECTRA (_cayendo ante la estatua de Apolo que está a la puerta de su cabaña_).
¡Oh Febo Apolo,[172] ruégote suplicante que me salves!
ORESTES
Más bien que a ti, mataría a otros más odiosos.
ELECTRA
Vete, no toques a quien no debes.
ORESTES
A nadie podría tocar con mejor derecho.
ELECTRA
Pero ¿por qué te ocultas armado cerca de mi cabaña?
ORESTES
Detente y oye, y pronto pensarás como yo.
ELECTRA
Sea, pues; cedo porque eres más fuerte.
ORESTES
Te traigo noticias de tu hermano.
ELECTRA
¡Oh mensajero muy amado!; ¿está vivo o ha muerto?
ORESTES
Vive; quiero darte primero alegres nuevas.
ELECTRA
Que seas feliz; que los dioses premien palabras tan gratas.
ORESTES
Tal es mi deseo: que los dos seamos dichosos a un tiempo.
ELECTRA
¿En qué país vive ese mísero desterrado?
ORESTES
Sufre, y no obedece las leyes de una sola ciudad.[173]
ELECTRA
¿Carece acaso del sustento cotidiano?
ORESTES
Aunque no le falte, siempre es pobre un desterrado.
ELECTRA
¿Qué te encargó para mí?
ORESTES
Que averiguara si vives, y cuáles son tus males.
ELECTRA
Tú mismo observas mi cuerpo descarnado.
ORESTES
Enflaqueciéronlo los dolores para hacerme gemir.
ELECTRA
Y cortados los cabellos, sin rizos que me adornen.
ORESTES
¿Sientes acaso la ausencia de tu hermano y la muerte de tu padre?
ELECTRA
¡Ay de mí! ¿Qué prendas serán para mí más caras?
ORESTES
¡Ay, ay! ¿Cuáles son, a tu juicio, los sentimientos de tu hermano?
ELECTRA
Ausente, no presente, nos ama.
ORESTES
¿Por qué habitas aquí, lejos de la ciudad?
ELECTRA
Estoy casada, ¡oh extranjero!, en funesto matrimonio.
ORESTES
Deploro la suerte de tu hermano. ¿Quizá con alguno de Micenas?
ELECTRA
No, seguramente, como mi padre hubiera deseado.
ORESTES
Explícate para decirlo a Orestes.
ELECTRA
Vivo en esta casa lejos de él.[174]
ORESTES
El que habita en ella debe ser algún cavador o boyero.
ELECTRA
Un hombre pobre, aunque noble y piadoso conmigo.
ORESTES
¿Qué especie de piedad es la suya?
ELECTRA
Jamás subió a mi lecho.
ORESTES
¿Su castidad es sobrehumana, o hija del desprecio?[175]
ELECTRA
No ha querido deshonrar a mis padres.
ORESTES
¿Y cómo no se alegró de casarse contigo?
ELECTRA
Sabe que el que me dio a él en matrimonio no tenía derecho de hacerlo, ¡oh extranjero![176]
ORESTES
Ya entiendo; teme que Orestes lo castigue.
ELECTRA
Sin duda; pero además es hombre humilde.
ORESTES
Noble es su conducta y digna de premio.
ELECTRA
Si regresa alguna vez el ausente.
ORESTES
¿Y cómo lo consintió tu madre?
ELECTRA
Las mujeres, ¡oh extranjero!, aman más a los esposos que a los hijos.[177]
ORESTES
¿Qué objeto se propuso Egisto al injuriarte así?
ELECTRA
Que tuviese hijos tan oscuros como su padre.
ORESTES
¿Para que no te vengasen?
ELECTRA
Tal fue su propósito, y ojalá que lo expíe.
ORESTES
¿Sabe acaso el esposo de tu madre que permaneces virgen?
ELECTRA
No, se lo hemos ocultado.
ORESTES
¿Y estas amigas tuyas que nos escuchan?
ELECTRA
A nadie dirán tus palabras ni las mías.
ORESTES
¿Qué hará, pues, Orestes, si viene a Argos?
ELECTRA
¿Lo preguntas? Son palabras ociosas. ¿No han llegado ya las cosas al extremo?
ORESTES
¿Pero cómo dará muerte a los asesinos de su padre?
ELECTRA
Osando imitarlos.
ORESTES
¿Y te atreverías a asesinar con él a tu madre?
ELECTRA
Con la misma segur con que asesinaron a Agamenón.
ORESTES
¿Podré decirlo a él? ¿Estás decidida?
ELECTRA
Moriría de gozo si derramara la sangre de mi madre.[178]
ORESTES
¡Qué placer para Orestes si nos oyese!
ELECTRA
Y yo no lo conoceré si lo veo, ¡oh extranjero!
ORESTES
Nada tiene de extraño, separándoos tan jóvenes.
ELECTRA
Solo uno de mis amigos podría reconocerlo.
ORESTES
¿Quizá el que, según dicen, le salvó la vida?
ELECTRA
Sí, el ayo de mi padre, ya muy anciano.
ORESTES
¿Sepultaron a tu padre después de muerto?
ELECTRA
Sí, arrojándolo del palacio.
ORESTES
¡Ay de mí! ¿Qué has dicho? Tormento es para un hombre sentir demasiado los males ajenos. Habla, sin embargo, para que, instruido, lleve a tu hermano tristes nuevas que debe, no obstante, oír. La compasión, que no afectaría a un hombre grosero, aflige en ciertos casos a los más cultos, pues no carece de peligro la sabiduría de los sabios si pasa los límites ordinarios.[179]
EL CORO
Iguales son nuestros deseos,[180] ¡oh extranjero!, desde que te he oído. Lejos de la ciudad, ignoro esas desdichas, y ya anhelo saberlas.
ELECTRA
Hablaré si conviene, y conviene sin duda, contar a un amigo mis infortunios y los de mi padre. Ya que me instigas a declarártelos, ¡oh extranjero!, suplícote que los refieras a Orestes, pues también le alcanzan, y que, en primer lugar, sepa cuál es mi traje, cuánto mi desaliño, bajo qué techo habito yo, nacida en regia morada; yo he de tejer mis peplos (o andar desnuda, careciendo de vestido) y traer el agua del río; no tomo parte en los coros ni en las sagradas fiestas, y huyo de las demás mujeres, siendo virgen; huyo de Cástor, que es de mi linaje, y con el cual me desposaron mis padres antes que volase al cielo.[181] Y mi madre se sienta en el trono entre despojos de troyanos, y la sirven esclavas asiáticas, cautivas de mi padre, que prenden sus palios frigios con broches dorados. Pero la negra sangre de Agamenón mancha todavía el pavimento, y su asesino se sirve de sus carros, empuñando gozoso en sus ensangrentadas manos el cetro con que rigió a los griegos. No se acuerdan de su sepulcro, ni le ofrecen libaciones, ni ramos de mirto, ni en la pira presentes de ningún género. Pero el esposo de mi madre, el ínclito Egisto, según dicen, orgulloso con su amor, insulta al sepulcro y arroja piedras al marmóreo monumento de mi padre, y se atreve a proferir contra nosotros estas palabras: «¿Dó yace el niño Orestes? Si lo sabe, ¿por qué no te defiende?». Tales injurias sufre ausente. Suplícote, pues, ¡oh extranjero!, que así se lo digas, pues muchos lo desean, siendo yo su intérprete, y mis manos, mi lengua, mi alma contristada, mi cabeza, mis cabellos y su propio padre; es vergonzoso que él aniquilara a los frigios y que Orestes no pueda matar a un solo hombre, cuando es joven e hijo de tan famoso padre.
EL CORO
Veo al que llaman tu esposo cansado del trabajo, que se apresura a llegar a su morada.
EL COLONO
¿Quiénes son esos extranjeros que están a la puerta? ¿Qué motivo los trae a mis umbrales? ¿Me necesitarán acaso? Indecoroso es para una mujer conversar con hombres jóvenes.
ELECTRA
¡Oh carísimo!, nada sospeches de mí; sabrás lo que sucede; estos extranjeros me traen nuevas de Orestes. Dispensadme vosotros estas palabras.
EL COLONO
¿Qué dicen? ¿Vive y ve la luz?
ELECTRA
Vive, según aseguran, y al parecer no mienten.
EL COLONO
¿Y se acuerda de su padre y de tus desdichas?
ELECTRA
Así lo creo, pero poco puede un desterrado.
EL COLONO
¿Y qué nuevas traen de su parte?
ELECTRA
Los envía para averiguar mis males.
EL COLONO
Algunos sabrán ya por sí mismos al verte; de los demás les habrás informado.
ELECTRA
Ya los conocen; nada les he callado.
EL COLONO
Más valiera llevarlos primero a casa. Id a ella, y recibiréis por tan alegres nuevas la hospitalidad que yo puedo daros; llevaos allá su equipaje, ¡oh siervos!, y no os opongáis a mi propósito, pues venís de parte de un ser querido al hogar de quien lo ama; y aunque pobre, no será villana mi conducta.
ORESTES
¿No es este, ¡oh dioses!, el hombre que respeta ocultamente tu virginidad, no queriendo ofender a Orestes?
ELECTRA
Llámanle el esposo de esta desgraciada.
ORESTES