Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3)

Part 2

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No puede negarse que son graves algunos de los que le atribuyen, sobre todo cuando se compara con Sófocles y Esquilo. La idea del destino, que domina en sus obras, no tiene ya la grandeza que se observa en las del primero ni segundo. En las tragedias de estos es un ser superior a todo lo divino y lo humano, que cuida del orden moral en el cielo y en la tierra, y cuando amenaza trastornarse, y sus fuerzas chocan entre sí y están a punto de destruirse, restablece con sus decretos el equilibrio, y restituye al mundo moral su calma y su armonía. En las obras de Esquilo, y desde sus primeros versos, se nota que ese dios misterioso es el protagonista de la acción; que todo lo llena con su poderoso influjo, y que el hombre y los dioses, el espíritu y la materia, son en sus manos dóciles instrumentos. En las de Sófocles no aparece en primer término con ese aspecto sombrío que se advierte en las de Esquilo; pero a poco que se busque se halla en todas partes: por él se explican todas las principales peripecias, los caracteres de los personajes lo anuncian, y la catástrofe es siempre su obra. En Eurípides, al contrario, solo se muestra mientras el poeta no halla medio de hacerlo desaparecer; los dioses no se cuidan de obedecerlo; su influjo no se hace sentir siempre, y como hemos dicho ya, en ocasiones ni aun poder divino se le atribuye, mirándolo tan solo como la simple y vana casualidad. Los personajes de Esquilo son sublimes y muy superiores a los hombres; ideales los de Sófocles, o como debieran ser, y reales los de Eurípides. Los dos primeros respetan el carácter tradicional de los héroes, sin hacerlos perfectos, porque entonces no habría verdadero argumento, pero sin rebajarlos ni escarnecerlos. Eurípides, al contrario, cuando no nos ofrece a Heracles como a un héroe brutal y glotón; a Orestes y su hermana Electra como a dos insignes y despreciables criminales; a Menelao como a un esposo débil y cobarde, nos presenta a Dioniso engañando alevemente a Penteo para que lo despedacen las bacantes; a Apolo como a un seductor vulgar, y al mismo Zeus, soberano del Olimpo, como a un dios injusto unas veces, y de escaso poder otras. Parece que protesta contra esas creencias sencillas y saludables que se conservan en el pueblo; que las ridiculiza con gusto, y que lo invita a dudar de todo, cuando tan poco respeto le merecen tradiciones consagradas por los años. Solo tiende a producir efecto, aunque sea momentáneo, al paso que sus dos predecesores dejan una impresión perpetua, que crece y se desenvuelve con más vigor después de sentida. No los preocupa tanto la pasión como a Eurípides, ni interviene en sus cuadros sino como uno de los elementos que dan realce a los demás, no como el principal y el que descuella en primer término. Cuando hablan sus personajes, no pronuncian sentencias dogmáticas en estilo pretencioso; ni _juran con la lengua, no con el pensamiento_; ni excitan a disfrutar de los placeres de los sentidos; ni ponderan el valor de las riquezas; ni se quejan con desprecio de los dioses; ni siempre están dando clamores, llenos de harapos, hambrientos y sedientos, deplorando sus años y el trabajo que les cuesta andar. Si el coro es en Esquilo y en Sófocles el intérprete de los sentimientos morales del pueblo, siempre presente, que en las luchas y conflictos de los personajes entre sí los contiene y refrena, y simboliza los ejes del mundo moral, que no pueden desaparecer, siempre interesados en la acción y necesarios para su cumplimiento, en Eurípides se convierte en simple adorno, que filosofa, discute, canta o poetiza, como mejor le place, sin acordarse muchas veces de los últimos sucesos, y solo da tiempo para que salgan o entren los personajes principales. Ni Esquilo ni Sófocles predican en la escena las ventajas de la moralidad, y sin embargo, no son inmorales en último término, al paso que Eurípides siempre tiene en los labios la palabra sabiduría, y el efecto de sus tragedias no es muchas voces ni sabio ni moral. Es también probable que ni Sófocles ni Esquilo fuesen desdichados en su matrimonio, puesto que ni el uno ni el otro se vengan, como Eurípides, en todas las mujeres de las infidelidades de las suyas.[20] Como Esquilo y Sófocles no alteran las fábulas tradicionales que andan en los labios del pueblo, solo evocan recuerdos, y no necesitan de largos y pesados prólogos, llenos de noticias genealógicas, en oposición con las tradiciones admitidas. El estilo del primero de estos poetas es vigoroso y enérgico como su alma, ampuloso a veces, pero gráfico siempre y descriptivo; lleno de felices y pintorescas expresiones; exuberante en imágenes atrevidas; torrente, en fin, de inagotable poesía, que llena la imaginación y asombra al alma. El del segundo, natural, bello y elegante, siempre sobrio y contenido, fácil y fluido, lleno de encanto y de armonía, castizo y puro sin afectación, reflejo evidente de su gusto y buen juicio literario. El de Eurípides, en fin, es desigual y afeminado a veces; abunda en pensamientos y expresiones rebuscadas; no observa siempre las leyes de la versificación; no se sostiene en el mismo tono largo tiempo, y raya a veces en familiar y cómico. Como ninguno de los dos primeros tiene pretensiones de orador, no defienden causas en la escena, ni se ven obligados a dividir sus oraciones en diversas partes, ni a emplear exordios ni pruebas ordenadas como Eurípides, que no pierde ocasión de hacerlo. El teatro es para ellos un templo venerable en donde el pueblo cree y aprende, no cátedra de filosofía ni escuela de relajación. En una palabra, y usando una frase repetida muchas veces, pero que pinta el genio de estos tres poetas: Esquilo representa el nacimiento de la tragedia, pero el nacimiento de un gigante; Sófocles su más acabada perfección, y Eurípides su decadencia.

Sin embargo, discurriendo sin pasión, debemos decir que Eurípides poseía grandes cualidades, como ingenio e inventiva inagotables y fácil y amena poesía, y que sus tragedias se distinguen, ya por lo patético, ya por sus felicísimos rasgos, ya, en fin, porque su autor es el que más se acerca a nosotros y más se ajusta a nuestras ideas. Su diálogo es animado y vivo; bellísimas sus descripciones; sentencioso y profundo a veces; gran poeta en sus coros; variado y nuevo en sus fábulas, y hábil en la elección de las situaciones dramáticas de sus personajes. Era griego al fin, y contemporáneo de muchos de los hombres más eminentes de su patria en la política, en la filosofía, en las letras y en las artes. Ninguno como él ha representado pasiones vehementes, de esas que rayan en la locura; ninguno conmueve a sus lectores con tanta fuerza; ninguno, en fin, ha sondeado como él el corazón humano, ofreciéndolo sin disfraz a la expectación de las gentes. Hasta en sus defectos es admirable, y así se explica la estimación que le dispensaron sus contemporáneos y la fama que logró en toda la Grecia, lo cual ni allí ni en parte alguna suele adquirirse sin dotes eminentes.

HÉCUBA

ARGUMENTO

Cuando los griegos pusieron sitio a Troya y Príamo se vio acometido de tantos y tan fuertes enemigos, no solo acudió a la defensa de su reino poniendo al frente de sus tropas a sus numerosos hijos, que podían manejar las armas, sino que, presintiendo el fatal desenlace que esta guerra podría tener para su familia, confió su hijo impúbero Polidoro a la custodia de Poliméstor, rey del Quersoneso de Tracia, y depositó en sus manos al mismo tiempo un cuantioso tesoro. Poliméstor, mientras resistieron los troyanos, fue fiel a los deberes que le imponían sus antiguas relaciones con Príamo, en cuya mesa había apurado tantas veces la copa de la hospitalidad; pero cuando pereció el anciano rey de Ilión y los griegos la tomaron e incendiaron, repartiéndose su rico botín y las cautivas que habían hecho, según las leyes de la guerra entonces vigentes, codicioso del oro que guardaba, o por congraciarse con los vencedores, o sin temor ya a los parientes de su tierno pupilo, lo asesinó con alevosía, apoderándose de sus riquezas. A los tres días de muerto, y deseosa la sombra de Polidoro de que se diese sepultura a su cadáver, se apareció a su madre Hécuba, que, en compañía de las esclavas troyanas, esperaba en el Quersoneso vientos favorables a la navegación de los griegos. Hallábanse estos detenidos allí, aterrados con el fantasma de Aquiles, que, derecho sobre su túmulo, situado enfrente, había rogado que se le sacrificase Políxena, hija también de Príamo y de Hécuba, y hermana de Polidoro; y con tal premura que, a no hacerlo, no podrían navegar hacia su patria. Esta tragedia de Eurípides se propone representar dramáticamente los dolores de Hécuba, herida en su corazón por la muerte de sus dos hijos Políxena y Polidoro, y la venganza que toma de Poliméstor, cegado por ella y por sus esclavas, que matan también a sus hijos.

He aquí su argumento. Es fácil de observar que abraza dos acciones distintas, la venganza de Poliméstor por Hécuba, y la muerte de Políxena, si bien su centro de unidad es la mísera exreina de Troya, dolorosamente afectada por la muerte de sus hijos, corona de sus terribles infortunios. Es eminentemente trágico, quizá demasiado, y su desarrollo, aparte del defecto de la duplicidad de la acción, trazado con la maestría que caracteriza a Eurípides. Pertenece al ciclo troyano, y expone dramáticamente un episodio posterior a la guerra de Troya. Ofrece, por tanto, algunos puntos de contacto con _Las Troyanas_, si bien la fábula de esta última tragedia es anterior a la de HÉCUBA. El coro se compone en ambas de cautivas troyanas, y así en la una como en la otra describen los horrores del asalto y los males que la esclavitud les promete lejos de su patria. En _Las Troyanas_ se reparten los griegos las esclavas, y en la HÉCUBA sirven ya a sus distintos dueños, como dice el verso 95, τὰς δεσποσύνους σκηνὰς προλιποῦσα. En ambas es también Hécuba la protagonista, perdiendo en una a su mísera hija Políxena y a Polidoro, y en la otra a su nieto Astianacte, hijo de Andrómaca y de Héctor.

En las demás peripecias de ambas tragedias hay ya notables divergencias, que podrán conocer los estudiosos, si quieren compararlas. Los caracteres, tales como se representan en el teatro griego, están bien sostenidos, y tanto Agamenón como Odiseo y Poliméstor conservan sus diferencias y cualidades tradicionales. El de Políxena, su heroica resolución y su muerte, es de gran mérito artístico, y ofrece esa belleza plástica de primer orden en que fueron inimitables los griegos. No podemos decir lo mismo de Hécuba, vengativa, furiosa y cruel, hasta el punto de apelar para el cumplimiento de su venganza (en el verso 789) a la deshonra de su hija Casandra, para conciliarse el favor de Agamenón, diciendo:

ποῦ τὰς φίλας δῆτ᾽ εὐφρόνας δείξεις, ἄναξ, ἢ τῶν ἐν εὐνῇ φιλτάτων ἀσπασμάτων χάριν τίν᾽ ἕξει παῖς ἐμή, κείνης δ᾽ ἐγώ;

ni aprobar sus sangrientos sarcasmos contra Poliméstor, ya ciego, y la ira insensata que la domina, la cual, si bien disculpable en cierto modo por su especial y desgarradora situación, no por eso nos parece hoy de buen gusto, ni creemos que tampoco lo fuese entre los griegos. La mitad o algo más de esta tragedia es de lo mejor que ha escrito Eurípides por su patético; lo restante vale mucho menos. Entre sus escenas dramáticas más curiosas debemos citar la de la llegada de Odiseo para llevar a Políxena al sacrificio; y entre sus más bellos trozos, por el aroma helénico que respira, la descripción de la muerte de Políxena hecha por el heraldo Taltibio. Los dos poetas latinos Ennio y L. Accio y el erudito Erasmo de Rotterdam la han traducido en versos latinos; Lodovico Dolce en italiano, y nuestro Fernán Pérez de Oliva ha escrito una traducción de ella; Racine ha copiado algunos versos en su _Iphigénie_, y Voltaire en su _Mérope_.

En cuanto a la época en que se representó, parece lo más probable que fuera en la olimpiada 88, 4. Así lo hace presumir la parodia de los versos 162 y 173 de esta tragedia, hecha por Aristófanes en los 708, 709 y 1148 de su comedia titulada _Las Nubes_; y como esta se representó en la olimpiada 89, 1, parece lo más verosímil fijar la de la HÉCUBA en el año anterior, porque esas alusiones del cómico griego no podían referirse sino a tragedias representadas poco tiempo antes, cuya memoria conservaba todavía el público. Esto debe entenderse dando por supuesto que Aristófanes no retocase su comedia, como todo lo hace sospechar, en cuyo caso viene a tierra todo el edificio levantado con tanto trabajo por los eruditos, puesto que la parodia indicada pudo ser muy bien una adición posterior. Teobaldo Fix, en su _Chronologia fabularum Euripides_, pág. 9, añade que debió ser en la época que hemos fijado, y da como razón que en el verso 558 y siguientes se alude a la fiesta instituida por los atenienses después de la toma de Delos, de que habla Tucídides (III, 104) y Plut. (_Nic._, c. 3); pero es poco convincente, porque la alusión, si existe, es tan vaga, que nada prueba. Aun sin haberse instituido esas fiestas, pudo Eurípides decir muy bien lo que aparece en los versos citados. Lo mismo sucede con lo que ha creído ver M. Artaud (_Tragédies d’Euripide_, tomo I, pág. 15) en los versos 649 y 650, alusivos, en su concepto, a la derrota de los espartanos en Pilos. Aun suponiendo que los espartanos no hubiesen sido derrotados, era natural que Helena llorase a las orillas del Eurotas, acordándose de Paris y de sus goces en Troya. Algo más vale lo que añade después, fundándose en la versificación de esta tragedia, indicio de ser de las más antiguas de Eurípides.

PERSONAJES

LA SOMBRA DE POLIDORO, _hijo de Hécuba._ HÉCUBA, _reina cautiva de Troya._ CORO DE CAUTIVAS. POLÍXENA, _hija de Hécuba._ ODISEO. TALTIBIO, _heraldo griego._ UNA ESCLAVA DE HÉCUBA. AGAMENÓN, _general de los griegos._ POLIMÉSTOR, _rey de Tracia._

El lugar de la acción es la costa meridional del Quersoneso de Tracia, frente a la Frigia.

La escena representa el campamento de los griegos, y se ven en ella dos tiendas, a la izquierda la de Hécuba y las cautivas troyanas, y a la derecha la de Agamenón y Casandra. Empieza a romper el día.

LA SOMBRA DE POLIDORO

Vengo de la mansión de los muertos y de las puertas de las tinieblas, en donde Hades habita, separado de los demás dioses; soy Polidoro, hijo de Hécuba, cuyo padre fue Ciseo,[21]y del rey Príamo. Este, viendo el peligro que corría la ciudad de los troyanos de caer al empuje de las lanzas griegas, me llevó ocultamente de Ilión al palacio de Poliméstor, huésped suyo tracio que siembra las muy fértiles llanuras del Quersoneso,[22] rigiendo con su cetro a un pueblo cabalgador. Mucho oro envió también conmigo mi padre, para no dejar sumidos en la miseria a los hijos que le sobreviviesen, si alguna vez se hundían las murallas de Ilión; y como yo era el más joven de los Priámidas, secretamente me alejó de mi patria, cuando ni podía soportar el peso de las armas,[23] ni sostener la lanza con mi infantil brazo. Mientras no variaron las lindes troyanas y sus torres no se derrumbaron, y mientras mi hermano Héctor venció con su lanza, como a tierno renuevo me alimentó el varón tracio, huésped de mi padre. Pero cuando Troya sucumbió y exhaló el alma Héctor, y fue derribado mi hogar paterno, pereciendo Príamo junto al ara consagrada a manos del sanguinario hijo de Aquiles, el huésped de mi padre me mató sin compasión, codicioso del oro, y me arrojó a las ondas del mar, para guardar en su palacio mis riquezas. Yazgo, pues, en la ribera, a merced de las tempestades, agitado por las movibles olas, no llorado, insepulto.[24] Ahora recurro a Hécuba, mi amada madre, habiendo abandonado mi cuerpo, y después de vagar durante tres días por el aire, ya que esa desgraciada ha venido desde Troya a esta región del Quersoneso. Todos los aqueos, que tienen naves, hállanse en esta costa tracia, porque Aquiles, el hijo de Peleo, apareciéndose sobre su túmulo, detiene a la armada griega, que movía hacia su patria los marinos remos, pidiendo que se le sacrifique sobre el túmulo mi querida hermana Políxena. Y lo conseguirá, y le harán esa ofrenda sus amigos, porque el destino ha fijado para este día la muerte de mi hermana. Mi madre verá dos cadáveres de dos hijos: el mío y el de esa infeliz doncella. Me apareceré, pues, para que me sepulten, a los pies de una esclava, en brazos de las olas. He rogado a los que imperan en el infierno que me concedan la sepultura y que me vea mi madre; se cumplirá mi mayor deseo; pero me apartaré un poco, que sale ahora la anciana Hécuba hacia la tienda de Agamenón,[25] asustada de mi sombra. (_Sale Hécuba de la tienda_).

¡Ay, madre mía, que de reina te has convertido en esclava, y de feliz en infortunada! Algún dios te castiga hoy por tu ventura anterior. (_Sale Hécuba apoyada en sus esclavas, y se dirige con tardo paso a la tienda de Agamenón_).

HÉCUBA

Llevad delante de la tienda a esta anciana, ¡oh vírgenes troyanas!; sostened a vuestra consierva, antes vuestra reina; coged mi arrugada mano; guiadme, llevadme, ayudadme, que yo, apoyado en el corvo báculo, aceleraré cuanto pueda mi tardo paso. ¡Oh relámpagos de Zeus! ¡Oh tenebrosa noche! ¿A qué me despertáis con terrores y apariciones? ¡Oh tierra veneranda, madre de los sueños de negras alas!;[26] libradme de esta visión nocturna, de la sombra de mi hijo, que vive en Tracia, y de la terrible aparición de mi hija Políxena, que he visto con mis ojos durante mi insomnio. ¡Dioses indígenas, proteged a mi hijo, áncora de mi linaje y el único que de él queda en la fría Tracia bajo la tutela del huésped de su padre!

Algo nuevo va a ocurrir; con lúgubres lamentos se mezclarán nuestros llantos. Nunca mi alma ha sentido tanto miedo ni tanto horror. ¿En dónde encontraré al divino Heleno o a Casandra, ¡oh troyanas!, para que me interpreten estos sueños? He visto una manchada cierva, que despedazaba un lobo con sus garras llenas de sangre, arrancándola violentamente de mis rodillas, que movía a compasión. También me aterró el espectro de Aquiles sobre lo alto del túmulo, que pedía se le sacrificase algunas de las desdichadas troyanas. ¡Que no sea mi hija, oh dioses, que no sea mi hija! ¡Yo os lo suplico!

EL CORO (_apareciendo sobre la timele_).[27]

De prisa, ¡oh Hécuba!, he dejado la tienda de mi dueño para buscarte, ya que la suerte me ha hecho esclava suya, arrebatándome de Ilión, cautiva por la lanza de los aqueos, no para aliviar tus males, sino para anunciarte, mensajera de dolores, triste nueva. Dícese que en solemne asamblea han decretado los aqueos sacrificar a tu hija a los manes de Aquiles: tú sabes que se apareció sobre su túmulo con sus doradas armas, y detuvo las naves que surcaban las ondas con sus hinchadas velas, sujetas por cuerdas, exclamando así: «¿Adónde habéis de ir, ¡oh dánaos!, sin tributar antes a mi túmulo los honores debidos?».[28] Gran tempestad se promovió entre ellos, dando origen a dos opiniones opuestas en el belicoso ejército de los griegos, y creyendo unos que debía ofrecérsele una víctima, y otros lo contrario. Agamenón no se olvidaba de ti, porque la profetisa Casandra tiene la honra de frecuentar su lecho; pero los Teseidas,[29] nobles atenienses, pronunciaron dos arengas, conviniendo ambos en la necesidad de regar el túmulo de Aquiles con sangre caliente, y negando que el lecho de Casandra debiera ser nunca preferido a la lanza de Aquiles. Igual era el número de los que defendían estas dos opiniones antes que el hábil, ingenioso, elocuente y popular hijo de Laertes persuadiese al ejército, que no debía desairar al más fuerte de los griegos por víctimas serviles, no fuese que alguno de los que habitan en la mansión de Perséfone dijera que los dánaos, ingratos con sus hermanos, muertos por la Grecia, abandonaban los campos de Troya. Pronto, pues, vendrá Odiseo a arrancar de tu pecho y de tus arrugadas manos a la doncella. Acude a los templos, acude a los altares, prostérnate ante las rodillas de Agamenón y suplícale; invoca a los dioses que están en el cielo y debajo de la tierra. O tus ruegos impedirán que te arrebaten tu mísera hija, o la verás sucumbir sobre el túmulo,[30] virgen manchada con su sangre, que, como río, correrá de su aurífero[31] cuello.

HÉCUBA

¡Ay de mí, mísera! ¿A qué he de gritar? ¿De qué servirán mis voces y mis lágrimas? ¡Vejez infortunada! ¡Intolerable servidumbre, que no podré sobrellevar! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¿Quién me defenderá? ¿Qué gente? ¿Qué ciudad? Murió el anciano Príamo, y morirán también sus hijos. ¿Iré por aquí o iré por allí? ¿Adónde me encaminaré? ¿Do habrá algún dios, o algún genio, que me socorra? Ya no me será grato ver la luz. ¡Oh, troyanas, mensajeras de malas nuevas, mensajeras de calamidades; me habéis dado muerte, habéis acabado conmigo! ¡Oh pies míseros! Llevadme, conducid a esta anciana a la tienda inmediata. (_Volviendo hacia su tienda_). ¡Fruto de mis entrañas, hija de misérrima madre! Sal, sal de tu habitación; oye la voz de tu madre, ¡oh hija!, para que conozcas la amenaza contra tu vida que ha traído la fama.

POLÍXENA

Madre, ¿por qué te quejas? ¿Qué novedad anuncias, haciéndome salir de mi tienda, aterrada como un pajarillo?

HÉCUBA

¡Ay de mí! ¡Oh hija!

POLÍXENA

¿Por qué sollozas?

HÉCUBA

¡Ay, ay de tu vida!

POLÍXENA

¿Por qué dices esto?

HÉCUBA

¡Hija, hija de desdichada madre!

POLÍXENA

¿A qué llamas con esa voz de mal agüero? Nada bueno me indica. Habla, no me lo ocultes más tiempo. ¡Tengo miedo, madre, tengo miedo!

HÉCUBA

Refiero, ¡oh hija!, un rumor fatal: dicen que los argivos han decretado arrancarme tu vida.

POLÍXENA

¡Ay de mí, madre! ¿Cómo me anuncias tan horrendos males? Explícate, madre, explícate.

HÉCUBA

Los argivos, de común acuerdo, tratan, ¡oh hija!, de sacrificarte sobre el túmulo del hijo de Peleo.

POLÍXENA[32]

¡Oh, madre, que tales penas sufres! ¡Oh tú, la más infeliz de las madres! ¡Oh mujer desdichada! ¿Qué numen ha suscitado contra ti de nuevo tantas infaustas e inauditas calamidades? Ya no seré tu compañera de esclavitud; ya no podré, siendo tu hija, consolarte en tu deplorable vejez. Como a leoncilla criada en las selvas, como a ternerilla nueva, me verás separada de ti, me verás degollar, y bajaré a las subterráneas tinieblas de Hades, en donde yaceré con los muertos. Por ti lloro, ¡oh madre desdichada!, por ti me lamento amargamente. No por mi vida, llena de males y de oprobio, porque es mejor mi suerte muriendo.

EL CORO

He aquí a Odiseo, que viene con pies ligeros, ¡oh Hécuba!, a participarte sin duda alguna nueva.

ODISEO

Paréceme, ¡oh mujer!, que conoces la decisión del ejército y el resultado de sus sufragios; pero te lo diré, sin embargo. Los griegos han decretado que tu hija Políxena muera sobre el alto túmulo del sepulcro de Aquiles. Quieren que yo sea quien acompañe y conduzca a la virgen, y que el hijo de Aquiles presida y ejecute el sacrificio. ¿Sabes, pues, lo que has de hacer? No me obligues a emplear la violencia ni intentes luchar conmigo; resígnate ante una fuerza mayor y, de lo contrario, teme mayores males. Sabido es que hasta las desdichas se han de sentir con moderación.

HÉCUBA

¡Ay de mí! Gran lucha, según presumo, se prepara, y abundantes gemidos y no pocas lágrimas. ¡Y no morí cuando debía haber muerto, y Zeus no me mató; antes me conserva para que cada día sufra mayores males! Pero si es lícito a esclavas preguntar a los que son libres, sin amargura ni encono, dígnate contestarme, y que nosotras, que preguntamos, escuchemos.

ODISEO

Te es lícito; interroga; te concedo sin obstáculo este plazo.

HÉCUBA

¿Recuerdas que fuiste de espía a Ilión, disfrazado con viles harapos, y manchada tu barba con las gotas de sangre que caían de tus ojos?[33]

ODISEO

Me acuerdo; grande fue mi apuro.

HÉCUBA

Pero te conoció Helena, y a mí sola lo dijo.

ODISEO

No se me olvida que estuve en gran peligro.

HÉCUBA

Y abrazaste humildemente mis rodillas.

ODISEO

Y mi mano, fría como la de un difunto, se agarró a tus vestidos.

HÉCUBA