Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3)

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* También se han modernizado los nombres propios de personas y lugares, y los gentilicios.

* Los nombres de los dioses y héroes no aparecen con la denominación latina, utilizada por el traductor, sino con la griega, como hizo el autor. Es decir, Venus y Hércules aparecen como Afrodita y Heracles.

* Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final del libro.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

OBRAS DRAMÁTICAS DE EURÍPIDES

BIBLIOTECA CLÁSICA TOMO CCXXI

OBRAS DRAMÁTICAS DE EURÍPIDES

VERTIDAS DIRECTAMENTE DEL GRIEGO AL CASTELLANO POR EDUARDO MIER Y BARBERY Traductor del alemán de las obras dramáticas de Schiller de la «Biblioteca Clásica».

Grajis ingenium, Grajis dedit ore rotundo Musa loqui.

HORAC., _Epist. ad Pis._

TOMO I

MADRID LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO Calle del Arenal, núm. 11. — 1909

Es propiedad.

Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.

PRÓLOGO DEL TRADUCTOR

Esta versión castellana de Eurípides no se publicaría ahora, si antes no hubiese costeado don José Gutiérrez de la Vega la impresión de parte de ella, en 1865, si el señor don Cayo Ortega, catedrático de Bibliología de la Universidad Central, no la hubiera elegido para la BIBLIOTECA CLÁSICA, asesorándose previamente de don Marcelino Menéndez y Pelayo, autoridad tan acatada por todos en tales materias; y si, por último, no existiese la Empresa editorial que, con tanto acierto como justicia, ha encargado la dirección literaria de la misma a dicho señor Ortega. Verdadero, justo y digno es declararlo así primero.

El traductor, a quien desagrada sobremanera llamar la atención del público hacia su persona, se limita solo a anunciarle que, al hacer esta versión, se propuso llenar un vacío sensible de nuestra literatura, contribuir en escala mínima al conocimiento y estudio de los grandes modelos dramáticos griegos, en cuanto es posible en nuestros tiempos, y formar y depurar el gusto de los aficionados y cultivadores de la literatura dramática. Su plan, magnífico y soberbio como suelen serlo todos en su principio, puesto que se extendía a todo el Teatro Helénico, hubo después de reducirse, por las exigencias invencibles de la realidad, al postrero de los trágicos, el que menos vale en absoluto, a su juicio, pero el más importante para cuantos hoy vivimos, por ser el lazo de unión de la dramática griega con la de los pueblos modernos, y por haber sido, por lo mismo, el más estudiado, conocido e imitado por los autores dramáticos posteriores. Siempre, sin embargo, para sus compatriotas y para los demás, ha sido y será un poeta de primer orden.

Presentarlo, por consiguiente, tal cual es, sin exageraciones ni aditamentos extraños que lo desfiguren; elegir y comparar los mejores textos; consultar a sus traductores más fidedignos; atenerse así al espíritu como a la letra de sus escritos en cuanto es esto hacedero a las lenguas modernas, e inspirarse, en fin, en el ambiente más helénico posible, sin olvidarse nunca de que respira otro muy distinto, e insistiendo siempre en aquello que más distingue a la buena literatura griega, y es y será eterno en todas las literaturas sanas, no caducas y enfermizas, de todos los pueblos y de todos los tiempos, ha sido, en resumen, su principal o su única tarea, porque el aticismo y el buen gusto, la claridad, el orden y disposición acertada, sobria y fácil al parecer de las partes de cualquier conjunto literario, sea el que fuere, son y serán siempre leyes eternas de la estética literaria, como los rebuscamientos, las perífrasis, el desorden y la confusión y el afán insano de innovar ligeramente a costa de la verdadera y eterna belleza, son y han sido también siempre los escollos tan seguros como inevitables y mortales que caracterizan a las literaturas decaídas, y en donde se estrellan con harta frecuencia así los grandes como los pequeños ingenios.

En estas ideas se apoyan cuantos juicios favorables o adversos se emiten acerca de Eurípides, y en mostrarlo tal como es a los lectores. Las notas y aclaraciones, a veces repetidas para comodidad de quienes lo leen, no tienen otro objeto que facilitar su inteligencia, esquivando lo que puede enaltecer y vanagloriar al traductor a costa de la paciencia y del bolsillo del lector, porque atender y contemplar al bien y a la satisfacción lícita ajenas con mengua de la propia, hasta en literatura es seguramente, y más ahora que en otras edades, una soberana y rara virtud.

¿Habrá conseguido su fin, o lo duda tanto como lo desea?

INTRODUCCIÓN

OJEADA GENERAL HISTÓRICO-CRÍTICA SOBRE LAS TRAGEDIAS DE EURÍPIDES

La más grave dificultad con que tropieza el historiador o el crítico al censurar las obras de Eurípides, proviene de la imposibilidad en que uno y otro se hallan de trasladarse mentalmente a la época en que se escribieron, desprendiéndose de las ideas de la presente. Añádase a esta la no menor que ofrece el examen de las opiniones de los distintos escritores que se han propuesto juzgarlas, sus apasionados apologistas los unos, ya por falta de gusto y de instrucción suficiente, ya por exagerado amor nacional, y sus acerbos censores los otros, movidos de ordinario por causas análogas a las indicadas, por su oposición a los primeros, o acaso por su deseo de llevar la verdad al ánimo del público en medio de tan encontrados extremos. Así es que Aristófanes, Aristóteles, Quintiliano y otros autores de la antigüedad, y las escuelas literarias modernas de Francia y Alemania, han emitido de ordinario diversos y opuestos juicios, elevándolo estas últimas hasta la cúspide de la perfección, y presentándolo como perpetuo e inimitable modelo, o ensañándose en él sin piedad, deteniéndose en sus faltas con placer, y atacando realmente a sus imitadores y a la nación a que pertenecen con el achaque de criticar al maestro. Nosotros, igualmente alejados de esos campos de enconadas pasiones; en una época literaria más tranquila; amantes de la verdad; sin antipatías ni simpatías por esta ni aquella nación, ni por una ni otra escuela, y con la calma y la tranquilidad necesarias para pesar con ánimo imparcial los móviles que guiaron a los mantenedores de esos pareceres contrarios, nos esforzaremos en exponer el nuestro, humilde, sin duda, y poco autorizado, pero hijo de la convicción más profunda, fruto de algunos estudios y reflexiones, y resultado de tareas tan oscuras como prolijas y molestas. Ya es tiempo también de que España tome parte en esas luchas de la erudición y del ingenio con la gravedad y el juicio que le son propios, sin exageración ni petulancia, y sin olvidar que la Historia es de ordinario la madrastra, no la madre de la verdad; la Crítica, hija de la pasión, de la debilidad o de la envidia, y máscara la Erudición de la ignorancia, de la vanidad o de la ligereza.

Con tal propósito, y para formar idea exacta del mérito dramático de Eurípides, echaremos antes una ojeada rápida sobre el estado de su patria; apreciaremos la situación del teatro griego en su tiempo, y, por último, descenderemos a dar algunas noticias de su vida, que acaso nos expliquen después satisfactoriamente no pocos pasajes de sus tragedias.

Eurípides, en efecto, alcanzó los días venturosos en que su patria llegó al apogeo de su grandeza, y pudo aspirar el aire que daba la vida a Pericles y Aspasia, a Sócrates y Anaxágoras, a Sófocles, Aristófanes, Lisias, Tucídides y Heródoto, a Metón e Hipócrates, a Ictino y Calícrates, a Fidias, Zeuxis, Polignoto y Parrasio. Atenas era el estado más poderoso de la Grecia por su disciplina militar y su marina;[1] metrópoli de numerosas colonias; cabeza de una liga helénica, cuyo tesoro manejaba y cuyos litigios resolvía; más humanitaria y simpática que su rival Esparta; floreciente por su ciencia, por su filosofía, por su comercio, por sus letras y sus artes; cuna y teatro de grandes oradores; civilizada hasta un extremo que hoy nos parece fabuloso; madre natural o adoptiva de los hombres eminentes en todos los ramos del saber; y por sus fiestas solemnes, por su culto a la belleza bajo todas las formas, por sus gloriosas tradiciones, por la ilustración y buen gusto de sus habitantes,[2] la ciudad mirada por toda la Grecia con envidia o con entusiasmo. Y, sin embargo, si este bosquejo que acabamos de trazar nos parece verdadero, no lo es menos que en él se observan ciertas sombras que habían de extenderse poco a poco, hasta envolverlo todo en tinieblas. Su religión politeísta, riquísima vena explotada por los poetas, adolecía, considerada filosófica y moralmente, de dos graves defectos, que con el tiempo habían de producir amargos frutos. A medida que se fuese propagando y perfeccionando la ciencia, había de llegar la época en que fuese menester atacar en su base a la religión, puesto que los hombres pensadores, remontándose de los efectos a las causas, solo por la luz natural, y sin el auxilio de la revelación, debían reconocer una sola, así en el mundo espiritual como en el físico, y contribuir al descrédito o abolición del politeísmo. He aquí lo que sucedió a Anaxágoras de Clazomene, maestro de Eurípides, y más tarde a Sócrates y Platón. Considerada moralmente, era también imposible que dejase de influir en las costumbres una religión cuyos dioses participaban de todas las flaquezas humanas y eran reos de los mayores crímenes. Por otra parte, las escuelas filosóficas, que en último término hubieron de fundarse, no se detuvieron en su carrera después de arruinar lo existente, como no podía menos de acontecer en un pueblo tan vivo y apasionado, y tan propenso a la exageración. En las letras como en la filosofía, cuando se alcanza cierta altura, marcada por la Providencia en sus impenetrables designios, la fragilidad humana cae y se precipita como un torrente desde ella. Parece que se apodera el cansancio de los hombres y que el amor a la novedad gana todos los corazones, no contentos ya, como antes, con lo que es solo verdadero, natural y sencillo. Brotan entonces, como por encanto, genios audaces llenos de orgullo o de vanidad que, sin acertada elección en los medios, tienden, como a su principal objeto, a conseguir aplausos, y no se paran en las consecuencias fatales que puede producir su conducta; y como los abusos humanos, a semejanza de los astros del cielo, recorren en giro fatal el estadio señalado; después de los sublimes principios de Anaxágoras, admitiendo la existencia de un Espíritu Supremo, árbitro del mundo, vienen los sofistas, que todo lo niegan y discuten, que baten en brecha las nociones capitales de la filosofía, de la religión, del gobierno y de la moral pública, y que siembran por todas partes el escepticismo, la desconfianza y la muerte. Además, la organización social de la Grecia, dividida en tantos Estados y ciudades independientes, regidas por distintas formas de gobierno, contribuyó también no poco a su propia decadencia, puesto que era punto menos que imposible fundar entre ellas lazos armónicos de tal naturaleza que, sin faltar a la unidad, las dejara moverse en un círculo desahogado. Alguna había de descollar más que las otras; y si en los momentos de común y gravísimo peligro pudo el miedo reunir todos los brazos y hacer palpitar a un tiempo todos los corazones, una vez pasados, o intentaría la más poderosa ejercer una supremacía tiránica, o había de estrellarse contra alguna rival más fuerte o más afortunada. Así comprendemos fácilmente las guerras de Atenas y de Esparta, que terminaron en la ruina de toda la Grecia.

Por otra parte, el Gobierno democrático de la primera de estas ciudades, por su veleidad e inconstancia, por la ingratitud con que pagó en ocasiones a sus hombres más eminentes y necesarios, presa de osados demagogos, que hacían girar al pueblo en todos sentidos, lisonjeando solo sus pasiones o sus caprichos, sin cuidarse de la prosperidad de la patria,[3] y exclusivista, sin embargo, hasta el extremo de conceder el ejercicio de los derechos de ciudadanía a una parte mínima de su población, no ofreció nunca las condiciones de estabilidad que logró después Roma haciendo lo contrario.[4] Aunque los historiadores que han discurrido sobre los sucesos a que nos referimos se complazcan en enumerar las distintas causas que contribuyeron, en su juicio, a la caída de Atenas, no se detienen, sin embargo, en una de las más importantes en el nuestro; a saber: en la falta de unidad de miras que en el gobierno de esta república se observa durante la guerra del Peloponeso, ya nombrando y destituyendo continuamente nuevos generales, ya dirigiendo hoy los esfuerzos de todos en un sentido, para emplearlos mañana en el opuesto. ¿Cómo, si no, se explican sus derrotas por mar y por tierra, cuando en realidad era más poderosa que Esparta, más simpática y humanitaria, el emporio de la civilización, del comercio, de las artes y las letras helénicas, y sus recursos al empezar la guerra muy superiores a los de su rival? Y si tan espantoso era el desorden que se había introducido en la inteligencia y en el gobierno, ¿qué podremos decir también sobre las costumbres áticas, cuando los cuadros que de ellas nos ofrecen las comedias de Aristófanes con su escandalosa licencia, solo pueden compararse con los no menos picantes y licenciosos que hallamos de Roma en las sátiras de Juvenal? Si la gestión de los negocios de la república exigía la constante asistencia de los hombres a la ágora, era natural que cuidasen mientras tanto de la fidelidad de sus esposas, condenándolas al encierro de los gineceos, y que la sociedad en general se resintiese de esta ausencia del bello sexo y del saludable influjo que suele ejercer en el decoro de todos. La esclavitud, admitida en Atenas como en todos los demás Estados de la Grecia, y causa innegable de corrupción, primero en el seno de las familias y después en más vasta esfera, no dejó también de contribuir a la perversión de las costumbres; y como, por otra parte, afluían a Atenas por su importante comercio multitud de extranjeros, quienes, al mismo tiempo que importaban nuevas riquezas, traían consigo sus vicios, patrocinados a veces por los mismos dioses, encontrando no pocos incentivos en las fiestas religiosas, en el culto de Afrodita y de Dioniso, y hasta en su singular afición a la belleza, bajo todas las formas y en los dos sexos, no se extrañará que en los tiempos en que vivió Eurípides no fuese la moral pública modelo perfecto de compostura y de decencia.

Con estas breves indicaciones acerca del estado de Atenas en la época en que vivió el último de sus grandes trágicos, es fácil comprender la degeneración de la tragedia griega. El gusto del público no era ya el mismo, ni los poetas dramáticos podían lisonjearse de rivalizar con las obras maestras de Sófocles, modelos acabados de grandeza y sencilla sublimidad, severas y profundas en sus argumentos, religiosas siempre y morales en su fondo, sin ostentación ni aparato, monumentos eternos del más puro aticismo y del genio poético más completo que en este género encontramos en la antigüedad. Ni el destino, ni los dioses, ni los héroes significaban ya lo que antes. Las tradiciones heroicas se habían agotado en parte, y era menester alterarlas para que se acomodasen al gusto del público; ya no existían esos grandes caracteres que se retrataban en las obras dramáticas, ni se comprendían tampoco por el vulgo; se iba perdiendo poco a poco la idea moral, inherente al coro, y solo se le miraba como un accesorio agradable; y al mismo tiempo que se concedía al poeta mayor libertad para hablar de lo divino y lo humano, se le prescribían formas más mecánicas y constantes, y se le exigía que conmoviese más a los espectadores, en detrimento del buen gusto y de la tradición dramática. Con semejantes estímulos podía temerse, con razón, que apareciese un poeta más dado a ganar aplausos que gloria verdadera; más propenso a conciliarse las buenas gracias de los espectadores que a mirar por el prestigio y la grandeza del arte. Por desgracia, en esas ocasiones solemnes se encuentran pocos hombres que, desentendiéndose de las voces de su vanidad personal, tengan la entereza y el ánimo necesarios para contrarrestar la opinión, no para adularla; y ya que los impulsen causas exteriores más fuertes que la débil voluntad humana, ya que el heroísmo y la abnegación sean dotes raras y excepcionales, la Historia nos enseña que pocas veces o ninguna se ha contenido la humanidad cuando ha comenzado a recorrer este resbaladizo sendero. Al mismo tiempo penetraban en todas partes los adelantos de la filosofía, y con mayor motivo en el teatro. Ya los dioses no eran seres sobrenaturales, terribles por su poder y por su inmensa superioridad sobre los hombres, ni sus bienhechores y maestros. El libre examen analizaba su naturaleza, pesaba el valor moral de sus acciones, y aunque todavía no le era dado aniquilarlos, por ignorar lo que había de sustituirlos, los hacía descender gozoso del Olimpo a la tierra, les echaba en cara sus faltas, presumía que en sus atributos y en las tradiciones poéticas admitidas hasta entonces había mucho que era obra exclusiva de los hombres, sin existencia en la realidad; y como no era posible desterrarlos por completo de la tragedia, por la índole especial de esta clase de composiciones, parecía que se vengaba desacreditándolos. Zeus, con sus interminables aventuras amorosas; el sensible Apolo, Dioniso, las vanas diosas del cielo, se mostraban ya en ella a los mortales sin disfraz alguno que las encubriera. El destino había perdido también su poder sobre los habitantes del Olimpo, y estos aparecían muchas veces como juguetes de la Fortuna, diosa llena de veleidad y de caprichos, no misteriosa, justa e inexorable como el Hado. Débiles unas veces, crueles e injustos otras, ingratos las más, son soberanos sin cetro y sin corona a quienes cobija miserable solio. Las tradiciones heroicas comienzan a parecer fábulas; los héroes, hombres como los demás, y aun inferiores algunos a los de aquella época; se desvanece poco a poco la brillante aureola que los adorna, y desde el momento en que se miran como fábulas las tradiciones más venerandas, no se rehúsa al poeta la facultad de alterarlas a su arbitrio, o la de componer otras, contrarias en todo a las admitidas. Así descendía la tragedia de su altura ideal, y de la misma manera que los demagogos en la ágora conseguían honores y aplausos adulando a la multitud, el poeta seguía también sus huellas en el teatro, y no perdía ocasión de enaltecer a su patria, con razón o sin ella, y por tanto al pueblo que la gobernaba; hablábales también de libertad y de filosofía; ridiculizaba a los dioses; se burlaba del bello sexo; representaba en el teatro las disputas y litigios de los ciudadanos; pronunciaba largos discursos como si se hallara en la tribuna de los oradores, y confundiendo muchas veces lo trágico y lo cómico, hacía presentir que no tardaría en colmarse el profundo abismo que los había separado hasta entonces. Hácense más rebuscados los pensamientos; apura el poeta los recursos de su ingenio para conmover profundamente a su auditorio, más gastado ya y menos sensible que en épocas anteriores, y prefiere las situaciones dramáticas de efecto. Ya no se atiende principalmente a inspirar al pueblo nobles y patrióticos sentimientos, ni a hacerlo comprender con una fábula adecuada la inmensa distancia que separa al cielo de la tierra, ni a purificar su corazón con grandes y vivos ejemplos, ni a tirar por tierra el miserable orgullo humano, extendiendo sobre sus insensatas aspiraciones la mano de hierro del destino, que todo lo nivela y destruye. La mansión sombría de esta deidad temida se ve ya alumbrada por la razón, y la casualidad hace las veces del Hado o de la Providencia. Si antes se contenían todos en límites prudentes y se guardaba respeto y veneración a ciertas formas, consagradas desde tiempos anteriores, ya el poeta no se cree obligado a atenderlas, las desecha con desdén cuando le estorban, y convierte al teatro en cátedra de crítica filosófica y literaria.

No bastan, sin embargo, estas consideraciones para fundar nuestro juicio sobre las tragedias de Eurípides, si no conocemos también algunas otras circunstancias de su vida. Nuestro malogrado Balmes pensaba, con razón, que ellas nos explican a veces las obras de un escritor satisfactoriamente, y con ese fin expondremos las noticias biográficas que, desde época tan remota, se han conservado hasta nosotros.

Eurípides, hijo de Mnesarco y de Clito, nació en Salamina, adonde sus padres se habían refugiado huyendo de la invasión de Jerjes, en el primer año de la olimpiada 75[5] (480 antes de Jesucristo), y en el mismo día en que ganaron los atenienses esta célebre batalla. La condición social de su familia no fue muy distinguida en Atenas. Se cree que era oriundo de la Beocia, y que su madre fue verdulera, como dice Aristófanes en las Tesmoforiantes[6] y en otros pasajes de sus comedias. La consideración y las riquezas de que disfrutaban los artistas en Atenas le hicieron consagrarse en su juventud a la Pintura, y más tarde a la filosofía y a la elocuencia, siendo su maestro en la primera Anaxágoras de Clazomene,[7] y Pródico en la segunda. Añádese que fue amigo de Sócrates, y hasta algunos escritores han llegado a afirmar que le ayudó en la composición de sus tragedias.[8] Sus triunfos escénicos no impidieron, sin embargo, que en el hogar doméstico no encontrase la felicidad que buscaba, porque se casó dos veces y ninguna de sus dos mujeres fue modelo de castidad conyugal. Sufrió innumerables disgustos de los cómicos atenienses, que se ensañaron en él de la manera procaz y licenciosa que entonces se usaba, sin disfraz alguno, llamándole por su nombre, y atacando los defectos de sus tragedias. Sin duda huyendo de ellos se retiró dos años antes de su muerte a la corte de Arquelao, rey de Macedonia, su amigo y protector, muriendo al fin en el año 3.º de la olimpiada 93 (406 antes de Jesucristo), a los setenta y cuatro de edad, y, al parecer, pocos meses antes que Sófocles. Aquel monarca generoso le consagró un sepulcro magnífico,[9] oponiéndose a los deseos de los atenienses, que le enviaron una embajada para transportar al Ática sus restos mortales. Durante su vida llegó Atenas al apogeo de su grandeza para caer en seguida; diéronse batallas memorables, vivieron y murieron hombres inmortales, y las ciencias, las artes y las letras despidieron un resplandor tan vivo que sus destellos llegan hasta nosotros y todavía nos iluminan.

Entre los antiguos se han emitido distintas opiniones acerca de su mérito literario. Sócrates asistía siempre a la representación de sus tragedias, no sabemos si por su amistad con el autor, o por admirar su mérito.[10] Aristóteles, aunque con ciertas restricciones, le llama el trágico por antonomasia,[11] y Menandro y Filemón lo preferían a Esquilo y a Sófocles.[12] En cambio Aristófanes lo ridiculiza cruelmente en sus comedias, con especialidad en _Las Ranas_. Longinos le niega la sublimidad,[13] para Dionisio de Halicarnaso es muy inferior a Sófocles,[14] y el escoliasta de sus tragedias las critica a veces con severidad, siendo de notar que estos escolios contienen, según afirma una autoridad respetable,[15] los juicios de los críticos alejandrinos. Quinto Cicerón[16] y nuestro compatriota Quintiliano las admiraron grandemente,[17] si bien este último lo hace con ciertas limitaciones, que a veces no se han tenido en cuenta. En nuestros tiempos los escritores franceses lo celebran de ordinario, al paso que los alemanes no son parcos en exponer sus defectos, distinguiéndose entre todos Jacob[18] y A. G. Schlegel.[19]