Obras completas de Fígaro, Tomo 2
Part 32
Hay hombres que dan su nombre á su siglo, hombres privilegiados que, calculada la fuerza de cuanto los rodea, y la suya propia, saben hacer á la primera tributaria de la segunda; que se constituyen manivelas de la gran máquina en que los demás no saben ser más que ruedas. Dan el impulso, y su siglo obedece. Hombres fascinadores, como la serpiente, que hacen entrar cuanto miran en la periferia de su atmósfera; hombres reverberos, cuya luz se proyecta toda al exterior sobre los demás objetos y les da vida y color. Son los grandes mojones que el Criador coloca á trechos en la creación para recordarle su origen: por ellos se ha dicho sin duda que Dios ha hecho el hombre á su semejanza.
¡¡¡Sesóstris, Alejandro, Augusto, Atila, Mahoma, Tamurbec, León X, Luis XIV, Napoleón!!! ¡Dioses en la tierra! Sus épocas participaron de su energía y de su grandeza: en derredor suyo y á su ejemplo se produjeron, á modo de emanaciones de ellos, multitud de hombres notables, que recorrieron como satélites su misma carrera. Después de ellos nada. Después del coloso los enanos.
Actualmente empezamos á dejar atrás una época que tendrá nombre; el último hombre reverbero ha desaparecido. Después del hombre grande, todo hombre es chico. Uno solo falta, y se necesitan cien mil para llenar su vacío. ¡Y aún!!! Espirado el reino del hombre entran los hombres. Agotados los hechos nacen las palabras.
¡Si habrá épocas de palabras, como las hay de hombres y de hechos! ¡Si estaremos en la época de las palabras!
Acababa de hacer estas reflexiones, cuando sentí sobre mí algo, más fuerte que yo; oí sin ver, y mudé de sitio sin andar.
--Ven conmigo, dame la mano. ¿Ves esa mancha enorme que se extiende sobre la tierra, y crece y se desparrama como la gota de aceite que ha caído en el papel de estraza? Es la segunda Babel. Estás sobre París. Mira los mortales de todos los países. Cada cual se apresura á traer aquí una piedra para contribuir al loco edificio. ¿No oyes ya la confusión de las lenguas? El Inglés, el Alemán, el español, el Italiano, el... ¡Babel la nueva! Empiezan á no entenderse. Ya en una ocasión se han tirado unos á otros á la cabeza los materiales de la grande obra; el suelo ha salido de madre como un río de su álveo; las casas se han desmoronado... era el amago de la confusión, de la no inteligencia. ¡Una cadena nos pesa! dijeron: y en vez de añadir: ¡Fuera cadena! clamaron: ¡Otra que no pese! _Risum teneatis?_ El lobo los comía, y en lugar de comerse ellos al lobo, se comieron unos á otros. Raro modo de entenderse. Corrió la sangre, y hoy están como estaban.
Sube á lo más alto, y oirás el ruido inmenso, el ruido del siglo y de sus palabras, y oirás sobre todas ellas la gran palabra, la palabra del siglo.
--Lo que veo es los hombres muy pequeños; pero la distancia sin duda...
--¡Ba! de aquí no se ve más que la verdad. ¿Los ves pequeños? Ahora es únicamente cuando los ves como ellos son. De cerca la ilusión óptica (ésta es la verdadera física) te los hace parecer mayores. Pero advierte que esas figuras que semejan hombres, y que ves bullir, empujarse, oprimirse, retorcerse, cruzarse y sobreponerse, formando grupos de vida como los gusanos producidos por un queso de Roquefort, no son hombres tales, sino palabras. ¿No oyes el ruido que se exhala de ellos?
--¡Ah!
--Palabras del derecho, palabras del revés, palabras simples, palabras dobles, palabras contrahechas, palabras mudas, palabras elocuentes, palabras-monstruos. Es el mundo. Donde veas un hombre, acostúmbrate á no ver más que una palabra. No hay otra cosa. No precisamente á palabra por barba; tampoco. Despacio. Á veces en uno verás muchas palabras, tantas, que aquél solo te parecerá cien hombres; en cambio otras veces, y será lo más común, donde creas ver cien mil hombres, no habrá más que una palabra.
Mira las palabras de dos caras, palabras-bifrontes, Janos: son las palabras de honor, llamadas así por apodo; según te necesiten las verás del bueno ó del mal frente. Á su lado las _palabras-promesas_, _palabras-manifiestos_, regularmente coronadas, siempre escuchadas y creídas, pero tan ambiláteras como las otras; _palabras-callos_, endurecidas, incorregibles, que han de arrancarse de raíz si han de dejar de doler.
¿Ves esa multitud de figurillas que se agitan, se muerden, se baten, se matan?... Todo eso es la palabra _Honor_. ¿Ves ese sinnúmero, muchedumbre armada, toda erizada y hostil? Lo llamáis ejército, y no es más que _ambición_; _palabra-monstruo_, _palabra-puerco-espín_, llena de púas: _palabra-percebe_, toda patas y manos. Mira qué de furiosos; teas encendidas, sangre, saqueo, confusión: todo ese ruido son nueve letras: _fanatismo_, _palabra-loco de atar_; sin embargo, nadie la ata.
¡Ah! Aquí viene la _palabra-arlequín_, la _palabra-camaleón_. ¡Qué de faces, qué soltura! todos corren tras ella: inútilmente. Mira cómo la quiere coger la _palabra-pueblo_, gran palabra. La primera tiene ocho letras, _libertad_. Siempre que el _pueblo_ va á cogerla, se mete entre las dos la _palabra promesa_, la _palabra manifiesto_; pero la _palabra-pueblo_ es de las que llamé palabras-contrahechas; ciega, sordomuda, se deja guiar é interpretar, sin hacer más que dar de cuando en cuando palo de ciego; como no ve, da ciento en la herradura, y ninguna en el clavo: por lo regular se da á sí misma.
Pero todo ese vano ruido se apaga y se confunde. ¡Sitio, sitio! ¡Plaza, plaza! La gran palabra, la nuestra, la de nuestra época, que lo coge y lo atruena todo. En ella se cifra nuestro siglo de medias tintas, de medianías, de cosas á medio hacer: de todas las palabras que reinan en figura de hombres y cosas por allá bajo, ésta es en el día la que reina sobre todas, CUASI. Ése es todo el siglo XIX. Obsérvala: á cada una de sus facciones le falta algo; no es más que un perfil: ni está de pie, ni sentada. Vestida de blanco y negro, día y noche. Más breve: _palabra-cuasi_, _cuasi-palabra_.
Empecemos por aquí. Mira al suelo perpendicularmente. Á tus pies está la Francia. Un pueblo _cuasi-libre_ la ocupa. En otro siglo hubiera hecho una revolución entera: en éste, y en su año 30, no ha podido hacer más que una _cuasi_ revolución; en el trono un _cuasi_ rey, que representa una _cuasi_ legitimidad. Una cámara _cuasi_ nacional, que sufre en el país de nuevo una _cuasi_ censura, _cuasi_ abolida, por la _cuasi_-revolución; un rey _cuasi_ asesinado: una gran nación _cuasi_ descontenta, y otra conmoción política _cuasi_ próxima.
¿Qué ves en Bélgica? Un estado _cuasi_ naciente y _cuasi_ dependiente de sus vecinos, mandado por otro _cuasi_ rey.
Mira la Italia. Tantos estados _cuasi_, como ciudades: _cuasi_ presa del Austria. La antigua Venecia _cuasi_ olvidada. Un supremo pontífice, en el día _cuasi_ pobre, y del cual _cuasi_ nadie hace caso.
Vuélvete al norte. Pueblos _cuasi_ bárbaros, regidos por un emperador _cuasi_ déspota en un país _cuasi_ despoblado y desierto. En Alemania los pueblos _cuasi_ más civilizados con un gobierno _cuasi_ absoluto, _cuasi_ temperado por sus dietas, instituciones _cuasi_ representativas. En Holanda, nación _cuasi_ toda mercantil y navegante, un rey _cuasi_ rabioso, y cuyo poder _cuasi_ se desmorona.
En Constantinopla mismo, un imperio _cuasi_ agonizante, una civilización _cuasi_ naciente, y un sultán _cuasi_ ilustrado, con costumbres _cuasi_ europeas.
En Inglaterra, una industria y un comercio, monopolio _cuasi_ del mundo; un orgullo nacional _cuasi_ insufrible; y otro _cuasi_ rey que no decide _cuasi_ nada, una mayoría _cuasi_ whig. Un gobierno _cuasi_ oligárquico, que tiene la audacia de llamarse liberal.
En Portugal, una _cuasi_ nación, con una lengua _cuasi_ castellana, y recuerdos de una grandeza _cuasi_ borrada. Un _cuasi_ ejército, y una _cuasi_ protección á España, de _cuasi_ seis mil hombres, _cuasi_ todos portugueses.
En España, primera de las dos naciones de la Península (es decir, de la _cuasi-ínsula_), unas _cuasi_ instituciones reconocidas por _cuasi_ toda la nación: una _cuasi-Vendée_ en las provincias con un jefe _cuasi_ imbécil: conmociones aquí y allí _cuasi_ parciales: un odio _cuasi_ general á unos _cuasi_ hombres, que _cuasi_ sólo existen ya en España. _Cuasi_ siempre regida por un gobierno de _cuasi_ medidas. Una esperanza _cuasi_ segura de ser _cuasi_ libres algún día. Por desgracia muchos hombres _cuasi_ ineptos. Una _cuasi_ ilustración repartida por todas partes. Una _cuasi_ intervención, resultado de un _cuasi_ tratado, _cuasi_ olvidado, con naciones _cuasi_ aliadas. El _cuasi_ en fin en las cosas más pequeñas. Canales no acabados: teatro empezado: palacio sin concluir: museo incompleto: hospital fragmento; todo á medio hacer... hasta en los edificios el _cuasi_.
Por último, tiende la vista por doquiera: una lucha _cuasi_ eterna en Europa de dos principios: reyes y pueblos, y el _cuasi_ triunfante de ella y resolviéndola con su justo medio de tener _cuasi_ reyes y _cuasi_ pueblos. Época de transición, y gobiernos de transición y de transacción: representaciones _cuasi_ nacionales, déspotas _cuasi_ populares: por todas partes un justo medio, que no es otra cosa que un gran _cuasi_ mal disfrazado.
--¡Oh!, dejadme respirar, por Dios; estoy _cuasi_ mareado.
--Plutarco ha dicho que los pueblos serían felices _cum reges philosopharentur, aut cum philosophi regnarent_. Respetando la opinión de Plutarco, yo me atrevería á decir que los pueblos no serán nunca felices, ni más ni menos que los individuos que los componen. Pero pudieran al menos ser hombres y ser pueblos si no fueran en el día _cuasi-nada_. Luchando entre principios contrarios, sufren el tormento del que descuartizan cuatro caballos que corren en direcciones opuestas.
Concluido este _cuasi_ sermón, cesé de oir: y á poco cesé de ver: dejado de la mano del ser fantástico que me sostenía sobre Babel la nueva, volví á caer en París, donde me encontré rodando entre la confusión de palabras vestidas de frac y de sombrero, que á pie y en coche corren las calles de la gran capital. Volví á ver los hombres de nuevo, grandes como no son; y abrí los ojos buscando mi cicerone.
No vi nada, sino el gran _cuasi_ por todas partes.
FÍGARO DE VUELTA CARTA Á UN SU AMIGO RESIDENTE EN PARÍS
Puesto que ni comisión ni objeto mercantil me llamasen á los países extranjeros, quise visitarlos sólo por gusto, ó comodidad, á expensas propias y campando por mi respeto.
CURIOSO PARLANTE. Panorama matritense. _La vuelta de París._
Madrid, 3 de enero de 1836.
Se vuelve á España desde París, querido amigo: es cosa probada, y, lo que es más, es cosa buena. Ni soy yo solo quien ha llevado á cabo tan ardua empresa. Loco estoy del gozo y del contento. Digan lo que quieran acerca de la superioridad de estos países, la patria es para un español más necesaria que una iglesia; ya sabes que á la vuelta de cada esquina se encuentran todavía una ó dos en nuestro país, pues se tropiezan por las calles aún más gentes que han vuelto de París. Por lo que hace á mí, no me queda la menor duda de que estoy de vuelta. Después de darme por ello el parabién, es mi primer cuidado el escribirte.
¿No lo podías creer? ¿Eh? ¿Á qué has de volver, decías? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Cómo? ¿Por dónde? ¿En qué? Despacio con tantas preguntas.
¿Á qué he de volver? Á mis antiguas mañas, amigo mío. Te confieso que no lo puedo remediar. ¡Diez meses sin murmurar! ¿Fígaro diez meses sin curiosear los enredos de su barrio, sin hacer la oposición á nadie, sin criticar á cómico viviente, sin probar un buen garbanzo, sin tomar una mediana jícara de legítimo chocolate, ni ver el sol de Castilla? ¿Fígaro diez meses sin divisar una mantilla madrileña, ni una palidez valenciana, ni un solo pie andaluz? ¿Un año casi sin pararse en la Puerta del Sol, ni en otra puerta alguna, embozado en la _nube_[4], sin ir al café del Príncipe, sin asistir á una sesión del Estamento; diez meses en fin, sin ver una real orden, ni columbrar un prócer? Eso es morirse, amigo, la vida que ustedes hacen. ¿Qué á mí tanta ciencia y tanta industria, tanto progreso, tanto teatro, y tanto camino de hierro? Hombres hay aquí que tienen ciencia, y la mayor por cierto, la ciencia del vivir, y la de hablar después de vivir; hombres que no pudieron llegar á saber en todo un París ganar un real, y que han hallado en Madrid á un dos por tres con que pasar una real vida. Y no te figures, no sirviendo y adulando á los demás, sino mandándolos y haciéndose de ellos adular y servir. ¿Qué más ciencia, ni qué más industria? Si es por progreso, amigo, esto va que vuela. Si por teatro, ¿dónde más cosas que parezcan lo que realmente no son? ¿Dónde hay nada más parecido á un gobierno representativo que el que rige felizmente á España en nuestros días?
¿Dónde hay telón que se parezca á un árbol, ni cómico que más se asemeje á un príncipe, más que lo que se parece un estatuto á una constitución? Pues, Dios mediante, han de parecerse aún más. En punto á camino de hierro, ¿de qué otra materia parece hecho el durísimo por donde, á más no poder, venimos caminando desde que salimos ha dos años de la Granja, que todo ese tiempo hemos necesitado para volver otra vez á doña María de Alagón[5]?
¿_Por qué_ me había de volver? Por la misma razón, amigo mío, que de aquí me fuí, y por la misma idéntica que me forzó toda mi vida á mudar de continuo casa y domicilio; por la misma que me vió pasar en otros tiempos del _Hablador_ á _la Revista_, de _la Revista_ al _Observador_, de los periódicos á la escena, de las comedias á las novelas; por esta venturosa organización que para variar me dió naturaleza, y que en el número 94 de _la Revista_ me hacía escribir:
«La necesidad de viajar y de variar de objetos... logró hacer de mí el ser más veleidoso que ha nacido... Esto me hace disfrutar de inmensas ventajas, porque sólo se puede soportar á las gentes los quince primeros días que se las conoce... Si alguna cosa hay que no me canse es el vivir, y si he de decir la verdad, consiste esto en que á fuerza de meditar, he venido á conocer que sólo viviendo podré seguir variando... Nadie, pues, más feliz que yo; porque en cuanto á las habladurías y murmuraciones del mundo perecedero, así me cuido de ellas como de ir á la Meca».
_¿Para qué?_ Para escribir, ahora que la libertad de imprenta anda ya en España en proyecto. ¡Y qué proyecto! Tal y tan bueno, que acerca de él sólo he de escribirte una gran carta, por no caber en ésta los muchos y francos encomios con que le pienso glosar y comentar. ¡Yo, que de Calomarde acá rabio por escribir con libertad, no había de haber vuelto aunque no hubiera sido sino para echar del cuerpo lo mucho que en estos años se me queda en él, sin contar con lo mucho con que se quedaron los censores, que rejalgar se les vuelva! Viniera yo cien veces, aunque no fuera sino para hablar, y volverme.
¿_Cómo_, me decías, _por dónde, en qué_? Á tales preguntas contestará sobradamente la relación de mi viaje, si estuviera más despacio. No niego que el _por dónde_ me apuraba. El camino de Vizcaya no está para todo el mundo, sobre todo desde que anda por él _un faccioso más_; que aunque no es más que uno, como ha dicho muy bien alguien, debe de ser sin duda tan grande que lo ocupa todo. Bueno era no hace mucho en defecto de eso el de Cataluña; pero de poco tiempo á esta parte hay también en él algunos facciosos más y algunas diligencias menos. Bien me decían que el de Olerón era incómodo; pero ¿qué remedio? Volver por Portugal, como había ido, ni era lo más derecho, ni menos para mi carácter versátil; además de que hay países que no son para vistos dos veces; y aunque alguien me incitaba á tomar con el vapor del Mediterráneo la vía de Marsella, Argel, Cádiz y Sevilla, eso de volver á España por Argel, más lo tuve yo por pulla y atrevida, que por consejo razonable.
Víneme, pues, por Olerón, adonde no creí llegar por entre tantos gendarmes como andan por la frontera, defendiendo el paso á los carlistas para la facción. Como yo no tengo traza de príncipe, ni me parezco á don Carlos, ni á don Sebastián, como no traía conmigo ni armamento ni municiones, ni caballos, me costó mucho trabajo introducirme en España.
Los Pirineos, esos montes que no existen desde la cuádruple alianza, esas barreras que allanó para siempre entre Francia y España nuestro ministerio del justo medio, se pasan sin embargo á caballo en un mulo, ó por decir mejor, en compañía de un mulo, á lo cual llaman _diligencia de Zaragoza á Olerón_, sin que yo haya podido dar con la verdadera causa de esta denominación en dos largos días que con dicho mulo viví, solo con él en aquellos vericuetos, considerándole yo á él, y considerándome él á mí. Era tanto el hielo, y tan malo el paso, que no sé decirte quién llevaba á quién.
Posteriormente he oído hablar mucho en el Estamento, y aun por todo Madrid, de aduanas. Hombres eminentes hay que aseguran ser las tales un gran recurso para el Estado, y todos por aquí están creídos, hasta el gobierno, de que tenemos una en la frontera: se dice que está en Canfrang. Así debe de ser. Lo cierto es que cuando yo pasé, la tal aduana habría salido á dar una vuelta con el cura y el cirujano del pueblo, porque nunca la vi, ni ella vió jamás mis baúles. Lo que sí vi fué varios carabineros, con quienes contraje relaciones de dinero; pero de peseta en peseta me vi á lo mejor en Madrid, en donde ya no sirve para no ser registrado dar una peseta, sino que es preciso dar dos por ser la capital, y á casa luego con el contrabando. Yo no lo traía casualmente, que lo sentí; pero te juro que el ramo está perfectamente organizado para el que lo quiera traer. Esto te lo digo por si te vienes. Tráete medio París en la maleta, y no vayas á creer al pie de la letra, como yo, que todo está reformado, y que andan todos derechos, aunque lo veas impreso, porque oficio es nuestro imprimir, y no ignoras que los periodistas el día que no imprimimos no comemos. De todos modos, hagas uso ó no del aviso, bueno es que esto quede entre los dos.
Te acordarás que en principios de agosto remití á _la Revista_ un artículo en que, presumiendo á fuer de Fígaro lo que iba á suceder, encomendaba á nuestro buen gobierno de entonces que se recogiesen con tiempo las riquezas artísticas encerradas en los conventos: imprimióse en efecto, aunque mal parado por algún benigno censor. No habrás olvidado que á pocos días, por una rara coincidencia sin duda, pareció una real orden en _la Gaceta_ dando providencia en el particular. Parece que se nombraron efectivamente comisionados por aquí y por allí, con sus dietas correspondientes, para la colección y resguardo de aquellos objetos: la cosa se ha llevado tan á punta de lanza, y con tal zelo, que yo mismo vi y toqué no muy lejos de Madrid objetos de ésos, que paran en casa de quien los ha querido tomar. Códices viejos por ejemplo, manuscritos, ediciones raras de obras antiguas y otras bagatelas. ¿Para qué quiere el gobierno esas tonterías?, ¡librotes de frailes!, _¡chucherías de las madres!_
La quinta se ha realizado con entusiasmo indecible; y pues viene á cuento, te he de contar otra cosa que debe influir mucho en el buen espíritu de los pueblos, y en especial de la tropa. En cierto pueblo, no lejos de esta corte, me hallaba yo casualmente no ha muchos días cuando acertaron á pasar los quintos que venían de Extremadura. ¡Qué bien se trata á la tropa! ¡Qué bien á esos dignos labradores que dejan su arado para defender nuestros empleos con su sangre! ¡Á no estar ya en una época en que se reconoce la dignidad del hombre! ¡Yo mismo vi también á un oficial asentar su mano fuertemente sobre la mejilla de un quinto, y yo vi á un cabo medir á otro con su vara, insignia por cierto militar! Y esto á la faz del pueblo, y en medio de la plaza pública, y en día de sol claro. Con todo, si ese hombre se insolenta irá al cepo; si deserta al palo, y si pasa á la facción le llamaremos _caribe_. Ya ves que se van corrigiendo los abusos.
Hace pocos días que se concedió el título de ilustrísimos señores á no sé qué individuos de no se qué corporación, consejo ó tribunal: esto es indiferente; lo que importa es el dictadillo. Estas distinciones hacen gran falta en España; señorías, excelencias, etc., etc.; esto siempre es bueno, porque establece diferencias entre los hombres, que es á lo que vamos. Bien se te alcanza que difícilmente puede tener mérito un hombre, mientras todo advenedizo le puede llamar de _usted_. Esto está en el espíritu de la regeneración que estamos llevando á cabo.
Todavía hay Estamento de próceres: y tienen sus sesiones corrientes: te lo digo porque me acuerdo de que cuando yo estaba en París había llegado á olvidarlo.
En el de procuradores ya se ha contestado al discurso de la corona; se asegura que para dentro de un par de meses ya podrán reunirse las otras Cortes, quién dice _revisoras_, quién _constituyentes_. Lo primero es lo más general, lo segundo es lo más cierto; pero si en mes y medio sólo se ha votado uno de los proyectos, ¿cuántos más se habrán votado en marzo? Es verdad que se habla mucho. Ya tiene el gobierno ganado el voto de confianza por unanimidad, como quien dice, porque sólo el señor Pardiñas votó en contra. Por fin habló el señor conde de Toreno por primera vez después de su advenimiento á la oposición: habló como si no hubiera sido ministro. El señor Martínez de la Rosa dijo mil cosas sobre la alquimia, y otras bagatelas. Éste habló como si fuera ministro todavía. Y no te digo más porque no lo son ya ni uno ni otro.
Por lo que hace al gobierno, te sabré decir que hasta ahora caminamos de milagro en milagro. En el ministerio se cuentan tres personas distintas, pero que en realidad no componen más que un solo ministro verdadero: dicen sus enemigos que no le falta más que hablar; de todas suertes, no se le puede negar á este ministerio que _promete_. ¡Así cumpla! Eso es lo que veremos. Tal cual ha empezado, confieso que si en mi organización cupiera ser alguna vez ministerial, se me había presentado una bonita ocasión; pero ya sabes que nunca pretendí ni obtuve nada de gobierno alguno, sistema en que pienso vivir por muchos años. Todo lo más á lo que podía extenderse mi ministerialismo siempre que por alguna casualidad diéramos con un buen ministerio, sería alabar lo bueno que hiciera con la misma independencia con que siempre gusté de criticar lo malo.
Á propósito, no quisiera que se me olvidase. ¿Querrás creer que á mi llegada á esta corte me encontré con personas que suponían que mi viaje había sido costeado por el gobierno? Todavía me estoy riendo de la idea. ¿Tú no lo sabías? Ni yo tampoco. Pero en este Madrid todo se sabe. Por otra parte, cuando uno va á París, es claro que no puede ser sino con algún empleo, ó con fondos del gobierno. ¿Qué fondos particulares bastarían para llegar á París? Ni yo tengo cara tampoco para ir á París por mi gusto. Esto es claro como la luz del día. ¡Qué penetración! ¡Dios los bendiga!
Mas ya echo de ver que esto es un tanto largo para carta, y un si es no es corto para folleto; á no contarte cosas que parecieran mejor secretas, había de hacer de ello un artículo de periódico, porque es bueno que sepas que llevado de mi comezón de escribir y de mi versatilidad, no bien hube llegado á Madrid cuando me eché á buscar un papel público en donde fabricar mi nido para lo que falta de invierno. Queríale grande empero, y donde cupiese yo todo, quo no cabía el año pasado en Madrid; largo, ancho, desahogado, como lo había imaginado mil veces para tanto como tengo aún que decir. Empezábame ya á desesperar, cuando he aquí que de pronto surge de la calle de las Rejas _el español_, tamaño como por el adjunto verás. Yo, que á imitación del borracho del cuento, aguardaba que pasase mi cusa para meterme en ella: «_Éste es_», esclamé en cuanto le vi:
«Extenderse, crecer, tocar al cielo»,