Obras completas de Fígaro, Tomo 2

Part 31

Chapter 313,950 wordsPublic domain

Al dejar Mérida el conde de ***, joven de una ilustración y un talento poco comunes en su edad, de un patriotismo que ha probado en varias ocasiones, y de un trato superior á todo elogio, en cuya compañía había salido de Madrid, me invitó á pasar unos días en una de sus mejores posesiones, famosa en el país por la abundancia de caza mayor y menor que encierra. No llevando en mi viaje ni prisa, ni objeto determinado, siéndome del todo indiferente matar el tiempo en una dehesa, en Badajoz y fuera de España, y costándome por otra parte algún trabajo separarme tan pronto de una persona cuya amistad había hecho para mí de un viaje árido un paseo delicioso, me decidí á admitir un convite que podía proporcionarme además una ocasión de estudiar la caza y los cazadores.

No tardamos en llegar al desierto que íbamos á habitar por algunos días: una dehesa inmensa, empotrada en medio de otras inmensas dehesas; el suelo alfombrado de cuantas flores y yerbas de diversos y vivísimos matices se pueden imaginar, cubierto de altísimos jarales, salpicado de robustas encinas y hormigueando por todas partes la caza; jabalíes, venados, ciervos, gamos, lobos, zorros, liebres, conejos, águilas, buitres, milanos, grullas, perdices, palomas, búhos, urracas, cucos, alondras, multitud de otras aves, aves de todas especies y colores, todo esto junto, revuelto, y casi mezclado, volando, saltando, corriendo, aullando, bramando, cantando, una figura humana alguna vez; un sol de justicia dando de día color y calor al cuadro, y una argentada luna rodeada de lucientes estrellas, dándole de noche sombras y misterio: figúrese usted todo esto, añádale usted algún rebaño de ovejas y cabras trepando por la colina, tal cual vaca al parecer sin dueño, alguna yegua de un pastor seguida de sus potros, alguna mula, algún otro cuadrúpedo que no nombraré, diversas castas de perros, mastines, caseros y de caza, un gallinero en la cabaña de los guardas y un arroyo de cuando en cuando poblado de ruidosas ranas, y tendrá usted la representación perfecta de la creación.

La vivienda humana, la población más inmediata, está á dos leguas, Ornachos, célebre en el país por sus naranjas, que pueden realmente competir, si no en el número, en la calidad con las mejores de Valencia, de Andalucía y de Portugal. Tanto éste como los demás pueblos del alrededor son enteramente cazadores, lo cual no puede menos de resultar en grave perjuicio de la misma caza, que diariamente se disminuye, y que acabará por desaparecer del todo.

El aspecto de uno de esos hombres que viven de la caza, llamados vulgarmente _corsarios_, no es menos original que su lenguaje. Un mal sombrerillo gacho amarillento, curtido del polvo y del sol; una zamarra de piel; calzón de paño burdo; polaina ó botín de cuero; sajones de cuero pendientes de la cintura; por calzado un pedazo de piel sin curtir, sujeto á la pierna con cordeles; una canana al rededor del cuerpo; un morral de piel; perdigonera y polvorín de cuerno y una escopeta sencilla, vieja, antiquísima, de cañón largo, de chispa, llena toda de remiendos y composturas, escopeta sin embargo que ninguno de ellos cambiaría por otra de dos cañones y pistón del mismo _Delpire_, y escopeta que jamás les falta. Barba crecida; las pestañas y las cejas comidas de la intemperie, las manos y la cara como las de las fieras que persiguen, curtidas, sin pasiones, sin sentimientos, sin expresión: seres de los montes, sus facciones parecen rayas indeterminadas semejantes á los de la corteza de los árboles. No pregunte usted á este hombre si hay rey ó reina en Madrid, si es carlista ó liberal; sino, si hay caza en el monte. Después de su frugal almuerzo, el corsario se lanza fuera de su choza alguna vez con reclamo, más comúnmente con perro, tan fiero y tan campesino como él, y, nuevo Robinson del monte, le recorre, le devasta, le saquea, y corre á vender al pueblo inmediato por siete ú ocho cuartos el fruto del sudor de un día, que él nunca come, sea por hastío, sea por remordimiento. ¿Por remordimiento? Precisamente: no puedo hallar otro origen á la diferencia que el hombre establece entre matar hombres y animales que su infinito amor propio: sin embargo, hay animales que valen más que hombres, y hombres que deberían darse la enhorabuena si no fueran más que animales.

Pero llega el domingo, día anhelado por los empleados de la ciudad inmediata. ¿Es una pascua? Mejor: la batida durará tres días: el sábado por la tarde se ensillan los caballos, se hacen provisiones, y en marcha. Se convocan los mejores escopetas y corsarios, aquéllos para darles _ojeos_ en competente número y cubrir todos los _puestos_, y éstos para dirigirlos y reconocer las _manchas_ ó espesuras donde se alberga la caza. Aquella noche se pasa al hogar al rededor de una encina, oyendo al corsario más experimentado: él explica la caza de la perdiz como la más divertida y honorífica: la de los conejos al _aguardo_ es pesada, y no se puede hacer sino á la madrugada y á la caída de la tarde: en tiempo de su cría, la mejor es la _chilla_: la _mancha_ de la _tristeza_, que cae al oriente, es la mejor para liebres; en otro _manchón_ hay venado ó _cochino_; pero ése no se puede cazar sin gran _recoba_, y todavía no se han traído todos los perros: él arregla los ojeos para el día siguiente, y asainetea en fin su conversación con el relato útil de mil anécdotas de caza, con la variedad de los lances de su vida.

Á la mañana con la aurora todo el mundo está alerta: los corsarios y escopetas de pie y en rueda, hunden en un enorme caldero, después de haberse santiguado, su cuchara de cuerno sin mango, sacan con ella una cucharada de migas, la cual hacen pasar á la mano y de ésta á la boca; repetida esta operación hasta apurar el caldero, todo el mundo se dirige al sitio donde se va á dar la batalla: momento de confusión: nadie pide parecer, cada cual da el suyo: uno pide pólvora: otro perdigones, otro postas por si sale alguna res: en fin, se carga; los ojeadores, precedidos de un corsario, van á tomar la vuelta de la _mancha_ ó espesura designada, y á rodearla, en tanto que los escopetas y cazadores, capitaneados por otro corsario inteligente, van á ocupar con el mayor silencio los puestos á la parte contraria; allí estatuas de sí mismos, y árboles entre otros árboles, esperan traidoramente á las víctimas, que ahuyentadas y encaminadas á ellos por los palos y las voces de los ojeadores, vienen á ofrecerse al tiro, no teniendo otra salida que los puestos. Apurada una mancha se pasa á otra, y así sucesivamente. Á media mañana se comen unas naranjas y se echa un trago: á las tres ó las cuatro se recoge la gente á la casa, y se devora con apetito parte de la mortandad de la mañana: con el bocado en la boca, y con todo el calor del sol, se vuelve á la caza, se cena, se sueña con la caza, hombres y perros, y al día siguiente se repite la misma función.

Los escopetas y cazadores ejercitados matan; pero los aficionados principiantes ó se sobrecogen á la salida del _bicho_ y pierden el momento favorable, ó se mueven y hacen torcer de su camino los animales maliciosos, ó tiran por fin demasiado pronto sin calcular el tiempo y la distancia, el vuelo recto de la perdiz, ó torcido de la paloma; en una palabra, no logran hacer dar á una liebre la vuelta de _campana_.

Concluida la batida se suman las piezas, se reúnen las tropas, se cruzan apuestas sobre el número de vencejos que matarán en el pueblo en el día siguiente: hay quien se atreve á matar con bala, de doce nueve: se suceden las burlas y los denuestos entre los peritos y los pobres aficionados se muerden los labios de despecho, y se vuelven á la ciudad con una insolación ó un tabardillo, la piel tostada, y con la perspectiva ante los ojos de los sarcasmos y de las chanzas de las damas que los esperan con impaciencia para vengarse de la soledad en que las ha dejado una diversión que por lo regular aborrecen como una rival que les roba sus víctimas y adoradores.

El cazador generalmente es infatigable: á la larga le sucede siempre alguna avería, ó pierde un ojo ó un dedo, ó se rompe un brazo, y diariamente por lo regular se hiere y se estropea bregando entre la maleza: el sol y el aire, el agua y el frío le combaten; los peligros le cercan; pero todo ello es nada á sus ojos. Haya que matar, y vamos viviendo. En eso se parece al militar y al médico. Hay cierta felicidad en su vida envidiable para aquéllos que no comprenden todas sus delicias. Desnudo de ambición y de otras pasiones mundanas, nada le impide satisfacer la suya, porque la afición á la caza es como el amor, que donde está ha de dominar. Es como ciertas enfermedades que se apoderan hasta de los huesos del enfermo: el cazador es todo caza. Una puerta cerrada de golpe es un tiro para él: en medio de su frenesí su podenco mismo entre las matas es un zorro: un compañero que bulle entre la jara es un ciervo: y el burro del ganadero que corre espantado de los tiros entre las encinas, recibe más de una vez una posta que se le dispara, haciéndole los honores de jabalí. La escopeta es el amigo del cazador, amigo hasta en faltarle alguna vez: su amigo perro es su querida, su compañera, su mujer. En cuanto á las ventajas apelamos á todo cazador viudo. La verdad, ¿cuál cuesta menos? ¿cuál vale más?

Se entiende que estas circunstancias sólo corresponden al verdadero cazador, al cazador de batida, de ninguna manera al cazador de Madrid, que equipado de los pies á la cabeza de instrumentos de caza, seguido de dos podencos y dos galgos, sale al amanecer del domingo, por la puerta de Atocha, con su hermosa escopeta debajo del brazo y su gorra de visera reluciente, asusta á los gorriones de la pradera del Canal, y se vuelve molido y sudado al anochecer, después de haber tenido que comprar algún conejo y una caña de alondras para

Volver, como suele el conde á casa De Toledo, vencedor.

Este simulacro de cazador le ha descrito ya mejor que pudiera yo hacerlo mi antecesor _el Curioso Parlante_, y le dejaré por lo tanto descansar sobre sus comprados laureles.

Después de haber sufrirlo á la intemperie ratos que hubieran sido muy pesados á no haberlos aligerado la compañía del conde, y de habernos ocupado seriamente unos cuantos días en matar aquellos animales, que ni nos hacían daño, ni nos estorbaban ni podían oponernos resistencia (si bien á mí me podía tocar muy poca parte de culpabilidad y de remordimiento), me despedí de mi amigo, proponiéndome no volver á probar mis fuerzas en un ejercicio para el cual sin duda no debo de haber nacido, y que reclamará, como todas las habilidades del mundo, su poco de vocación, que yo no tengo, y su mucho de perseverancia, de que yo no me siento capaz.

IMPRESIONES DE UN VIAJE ÚLTIMA OJEADA SOBRE EXTREMADURA--DESPEDIDA Á LA PATRIA

Por fin, debía dejar la España, pero bien como el que se separa de una querida á quien ha debido por mucho tiempo su felicidad, no podía menos de volver frecuentemente la cabeza para dar una última ojeada á esta patria donde había empezado á vivir, porque en ella había empezado á sentir.

Uno de los puntos que antes de mi partida se ofrecieron á mi vista fué Alange, pueblecillo situado á la falda de una colina, y en una posición sumamente pintoresca: esta villa, que dista pocas leguas de Mérida, posee una antigüedad sumamente curiosa: un baño romano de forma circular y enteramente subterráneo, cuya agua nace allí mismo, y se mantiene en el propio estado en que debía de estar en tiempo de los procónsules; recibe su luz de arriba, y los habitantes, no menos instruidos en arqueología que los Meridenses, le llaman también el _baño de los Moros_. (Véase nuestro artículo sobre antigüedades de Mérida.)

La colocación de este baño hace presumir que los Romanos debieron de conocer las virtudes de las aguas termales de Alange. En el día son todavía muy recomendadas, y hace pocos años se ha construido en el centro de un vergel espesísimo de naranjos á la entrada de la población una casa de baños, donde los enfermos, ó las personas que se bañan por gusto, pueden permanecer alojados y asistidos decentemente durante la temporada. El agua sale caliente, pero no se nota en su sabor, ni en su olor, ninguna diferencia esencial del agua común. Los naturales me refirieron una de sus primeras virtudes populares. Los arroyos y pequeñas charcas que se forman en el país de las aguas llovedizas, crían infinitas sanguijuelas, las cuales se introducen muchas veces en la boca de las caballerías y las desangran: en tales casos parece que con sólo llevar el animal, acometido mal su grado del régimen brusista, al manantial termal y hacerle beber del agua, los bichos sanguinarios sueltan la presa y dejan libre al paciente. En una nación donde hay tanta sanguijuela, que como la de Horacio no se separa de su empleo, _nisi plena cruoris_, no parece inútil la publicación de este sencillo modo de hacerles soltar la presa. Sólo es de temer que no haya en todo Alange agua bastante para empezar.

Este pueblo, de fundación árabe, posee además en lo alto de un cerro eminente los restos de un castillo moro, y á sus pies corre el Matuchel, riachuelo ó torrente notable por la abundancia de adelfas que coronan sus márgenes.

Considerada la Extremadura históricamente ofrece al viajero multitud de recuerdos importantes y patrióticos, y hace un papel muy principal en nuestras conquistas del nuevo mundo; de ella salieron la mayor parte de nuestros héroes conquistadores. Hernán Cortés reconoce por patria á Medellín y Pizarro á Trujillo. Este último pueblo conserva un carácter severo de antigüedad que llama la atención del viajero; los restos de sus murallas, y multitud de edificios particulares repartidos por toda la población, tienen un sello venerable de vejez para el artista que sabe leer la historia de los pueblos y descifrar en sus monumentos el carácter de cada época.

Pero considerada la Extremadura como país moderno en sus adelantos y en sus costumbres, es acaso la provincia más atrasada de España, y de las que más interés ofrecen al pasajero.

Si se exceptúa la Vera de Plasencia y algún otro punto, como Villafranca, en que se cultiva bastante la viña y el olivo, la agricultura es casi nula en Extremadura. La riqueza agrícola de la provincia consiste en sus inmensos yermos, en sus praderas y encinares, destinados á pastos de toda clase de ganados. Antes de la guerra de la independencia y del decaimiento de la cabaña española, las dehesas eran un manantial de riqueza para el país, y sobre esa base se han acumulado fortunas colosales. Aún en el día, produciendo más la tierra de las dehesas que la puesta á labor, fácilmente se concibe que la provincia debe de ser sumamente despoblada; y reasumida la poca riqueza en unos cuantos señores ó capitalistas, resulta una desigualdad inmensa en la división de la propiedad. El sistema de las dehesas es sumamente favorable además á la caza, de suerte que el pobre no halla más recurso que ser guarda de una posesión, cuando tiene favor para ello, ó darse á aquel ejercicio. Así es que hay pueblos enteros que se mantienen como las sociedades primitivas, y que están á dos dedos del estado de la naturaleza: ejercen su profesión así en los terrenos de los _propios_ como en los de pertenencia particular: en ninguna provincia puede estar más desconocido el derecho de propiedad.

El hombre del pueblo de Extremadura es indolente, perezoso, hijo de su clima, y en extremo sobrio. Pero franco y veraz, á la par que obsequioso y desinteresado. Se ocupa poco de intereses políticos, y encerrado en su vida oscura, no se presta á las turbulencias. Animada en el día la provincia del mejor espíritu por la buena causa, si no hará gran peso en la balanza liberal, tampoco ofrecerá un foco ni un asilo á los traidores.

La industria no existe más adelantada que la agricultura: alguna fábrica de cordelería, de cinta, de paño burdo, de bayeta, de sombreros y de curtidos (sobre todo en Zafra) para el consumo del país, son las únicas excepciones á la regla general: por lo demás tampoco sus habitantes echan mucho de menos sus productos; las casas, míseramente alhajadas, no admiten superfluidad ninguna: si se exceptúan las pocas habitaciones de algunas personas de dinero y gusto, que en los pueblos principales hacen venir de fuera á gran costa cuanto necesitan, se puede asegurar que la vivienda de un extremeño es una verdadera posada, donde el cristiano no puede menos de tener presente que hace en esta vida una simple peregrinación, y no una estancia.

Una vez conocido el estado de la agricultura y de la industria, fácil es deducir de cuán poca importancia será el comercio. Encerrada entre Castilla la Nueva, Portugal y Andalucía, sin ríos navegables, sin canales, sin más caminos que los indispensables para no ser una isla en medio de España, sin carruajes, ni medios de conducción, ¿quién podría traer á una provincia despoblada, y acostumbrada á carecer de todo, sus productos, en cambio de los cuales sólo puede ofrecer á la exportación alguna lana (porque es sabido que los más de los ganados que gozan sus pastos no son extremeños), algún aceite que envía al Alentejo, algún cáñamo, miel, cera, piaras de cerdos y embuchados hechos de este precioso animal? El comercio de importación es casi nulo; y la exportación se podría reducir á la que se hace de ganados en la feria famosa de Trujillo, y á la que practican sus célebres choriceros en los mercados de Madrid. En el mismo Badajoz está muy expuesto el viajero á no encontrar nada de lo que necesite; si desgraciadamente no lleva consigo cuanto puede hacerle falta, ni encontrará un sombrero de buena calidad, ni calzado bien hecho, ni un sastre regular, ni unos guantes, en fin, cosidos en la capital. Algunas producciones excelentes de su suelo, como son las frutas, entre las cuales se distinguen las naranjas, el melón y la sandía, sólo pueden servir al consumo del país.

La carrera de Madrid á Badajoz, principal camino de Extremadura, es una de las más descuidadas é inseguras de España. En primer lugar no hay carruajes; una endeble empresa sostiene la comunicación por medio de galeras mensajerías aceleradas, que andan sesenta leguas en cinco días; es decir, que para llegar más pronto el mejor medio es apearse. Por otra parte son tales, que galeras por galeras, se les pudieran preferir las de los forzados; sólo de quince en quince días sale una especie de _coche-góndola_ con honores de diligencia. Servida además esta empresa por criados medianamente selváticos é insolentes, no ofrece al pasajero los mayores atractivos; añádase á esto que por economía, ó por otras causas difíciles de penetrar, durante todo el viaje paran sus carruajes en la posada peor de todo pueblo donde hay más de una.

En segundo lugar esas posadas, fieles á nuestras antiguas tradiciones, son por el estilo de la que nos pinta Moratín en una de sus comedias; todas las de la carrera rivalizan en miseria y desagrado, excepto la de Navalcarnero, que es peor y campea sola sin émulos ni rivales por su rara originalidad y su desmantelamiento; entiéndase que hablo sólo de la que pertenece á la empresa de las mensajerías; habrá otras mejores tal vez; no es difícil.

En tercer lugar suele haber ladrones, y entre otras curiosidades que se van viendo por el camino (como por ejemplo el árbol en que fué ahorcado por su misma tropa el general San Juan en una época de exaltación), mal pudiera olvidar los dos amenos sitios que se descubren antes de llegar á Mérida, comúnmente llamados los _confesonarios_; el _grande_ y el _chico_; nombre verdaderamente original; él solo es la mejor pincelada con que el escritor de costumbres puede pintar á un pueblo; nombre lleno de poesía y de misterio: nombre que vale él solo más que una novela; nombre impregnado de un orientalismo singular, y á la vez terrible, sublime é irónico, dado por un pueblo religioso á un asilo de bandidos. Los confesonarios son dos hondonadas inmediatas, dos pequeños valles dominados por todas partes y protegidos de la espesura, donde los frígidos _confiesan_ á los pasajeros, donde los _pecados_ son el dinero y la vida, y donde un _puñal_ hace á la vez de absolución y de penitencia. Niéguese á nuestro pueblo la imaginación. Otros países producen poetas. En España el pueblo es poeta.

Sobre la orilla izquierda del Guadiana, al oeste y á una legua de la frontera de Portugal, se encuentra á Badajoz, antigua capital de la Extremadura, y residencia de sus reyezuelos moros. Esta plaza fuerte, cuyas fortificaciones ofrecen una rara mezcla de diversos sistemas de fortificación, ofrece al forastero en su mayor eminencia restos venerables de sus dominadores árabes: murallas, calles, casas, y hasta torres enteras, revelan otros tiempos y otras costumbres al viajero. Á la parte del río se ve el palacio llamado de Godoy.

Por lo demás Badajoz nada ofrece de curioso: ni una iglesia digna de ser vista, ni un cuadro en ellas de mediano pincel, ni una mala biblioteca, ni un colegio, ni un teatro, ni un paseo. No se puede llamar paseo á los árboles nacientes del campo de San Francisco, debidos al zelo del general Anleo, ni al campo de San Juan, pequeña plazuela en medio de la ciudad adornada de algunos árboles y bancos: ni teatro una especie de sala donde algunos aficionados, ó tal cual compañía ambulante, dan de cuando en cuando sus originales representaciones. La alameda de _Palmas_ está abandonada por mal sana desde el cólera. El billar, el ejercicio de los urbanos en el campo de San Roque, la retreta y dos ó tres cafés, son las distracciones de la población. Hay una fonda llamada, si mal no me acuerdo, de _las cuatro naciones. Menos naciones y mejor servicio_, puede uno decir al salir de ella.

La amabilidad sin embargo y el trato fino de las personas y familias principales de Badajoz compensan con usura las desventajas del pueblo, y si bien carece de atractivos para detener mucho tiempo en su seno al viajero, al mismo tiempo le es difícil á éste separarse de él sin un profundo sentimiento de gratitud por poco que haya conocido personas de Badajoz, y que haya tenido ocasión de recibir sus obsequios y de ser objeto de sus atenciones.

La costumbre que en todos los pueblos se conserva de blanquear casi diariamente las fachadas de las casas, les da un aspecto de novedad y de limpieza singulares: no hay edificio que parezca viejo; en una palabra, en Extremadura la casa es ser animado que se lava la cara todos los días.

Para pasar á Portugal se sale de Badajoz por la puerta de Palmas, y se pasa el Guadiana sobre un magnífico puente. No llamándome la atención nada en Extremadura, me decidí por fin á partir.

Era el 27 de mayo: el sol empezaba á dorar la campiña y las altas fortificaciones de Badajoz: al salir saludé el pabellón español, que en celebridad del día ondeaba en la torre de Palmas. Media hora después volví la cabeza: el pabellón ondeaba todavía: el Caya, arroyo que divide la España del Portugal, corría mansamente á mis pies: tendí por la última vez la vista sobre la Extremadura española: mil recuerdos personales me asaltaron: una sonrisa de indignación y de desprecio quiso desplegar mis labios, pero sentí oprimirse mi corazón, y una lágrima se asomó á mis ojos.

Un minuto después la patria quedaba atrás, y arrebatado con la velocidad del viento, como si hubiera temido que un resto de antiguo afecto mal pagado le detuviera, ó le hiciera vacilar en su determinación, expatriado corría los campos de Portugal. Entonces el escritor de costumbres no observaba: el hombre era sólo el que sentía.

CUASI PESADILLA POLÍTICA