Obras completas de Fígaro, Tomo 2

Part 15

Chapter 153,970 wordsPublic domain

He aquí una clase de establecimientos planteados varias veces en nuestro país á imitación de los extranjeros, y que sin embargo rara vez han prosperado. Los filósofos, moralistas, observadores, pudieran muy bien deducir extrañas consecuencias acerca de un pueblo, que parece huir de toda pública diversión. ¿Tan grave y ensimismado es el carácter de este pueblo, qué se avergüence de abandonarse al regocijo cara á cara consigo mismo? Bien pudiera ser. ¿Nos sería lícito, á propósito de esto, hacer una observación singular, que acaso podrá no ser cierta, si bien no faltará quien la halle _ben trovata_? Parece que en los climas ardientes de mediodía el hombre vive todo dentro de sí: su imaginación fogosa, emanación del astro que le abrasa, le circunscribe á un estrecho círculo de goces y placeres más profundos y más sentidos: sus pasiones más vehementes le hacen menos social: el Italiano, sibarita, necesita aislarse con una careta en medio de la general alegría; al Andaluz enamorado bástanle, no un libro y un amigo, como decía Rioja, sino unos ojos hermosos en que reflejar los suyos, y una guitarra que tañer; el Árabe impetuoso es feliz arrebatando por el desierto el ídolo de su alma á las ancas de su corcel; el voluptuoso Asiático para distraerse se encierra en el harén. Los placeres grandes se ofenden de la publicidad, se deslíen; parece que ante ésta hay que repartir con los espectadores la sensación que se disfruta. Nótese la índole de los bailes nacionales. En el norte de Europa, y en los climas templados, se hallarán los bailes generales casi. Acerquémonos al mediodía; veremos aminorarse el número de los danzantes en cada baile. La mayor parte de los nuestros no han menester sino una ó dos parejas: no bailan para los demás, bailan uno para otro. Bajo este punto de vista, el teatro es apenas una pública diversión, supuesto que cada espectador de por sí no está en comunicación con el resto del público, sino con el escenario. Cada uno puede individualmente figurarse que para él, y para él solo se representa.

Otra causa puede contribuir, si ésa no fuese bastante, á la dificultad que encuentran en prosperar entre nosotros semejantes establecimientos. La manía del buen tono ha invadido todas las clases de la sociedad: apenas tenemos una clase media, numerosa y resignada con su verdadera posición; si hay en España clase media, industrial, fabril y comercial, no se busque en Madrid, sino en Barcelona, en Cádiz, etc.; aquí no hay más que clase alta y clase baja: aquélla, aristocrática hasta en sus diversiones, parece huir de toda ocasión de rozarse con cierta gente: una señora tiene su jardín público, su sociedad, su todo, en su cajón de madera, tirado de dos brutos normandos, y no hay miedo que si se toma la molestia de hollar el suelo con sus delicados pies algunos minutos, vaya á confundirse en el Prado con la multitud que costea la fuente de Apolo: al pie de su carruaje tiene una calle suya, estrecha, peculiar, aristocrática. La clase media, compuesta de empleados ó proletarios decentes, sacada de su quicio y lanzada en medio de la aristocrática por la confusión de clases, á la merced de un frac, nivelador universal de los hombres del siglo XIX, se cree en la clase alta, precisamente como aquél que se creyese en una habitación, sólo porque metiese en ella la cabeza por una alta ventana á fuerza de elevarse en puntillas. Pero ésta, más afectada todavía, no hará cosa que deje de hacer la aristocracia que se propone por modelo. En la clase baja, nuestras costumbres, por mucho que hayan variado, están todavía muy distantes de los jardines públicos. Para ésta es todavía monadas exóticas extranjeriles, lo que es ya para aquélla común y demasiado poco extranjero. He aquí la razón por qué hay público para la ópera y para los toros, y no para los jardines públicos.

Por otra parte, demasiado poco despreocupados aún, en realidad, nos da cierta vergüenza inexplicable de comer, de reir, de vivir en público: parece que se descompone y pierde su prestigio el que baila en un jardín al aire libre, á la vista de todos. No nos persuadimos de que basta indagar y conocer las causas de esta verdad para desvanecer sus efectos. Solamente el tiempo, las instituciones, el olvido completo de nuestras costumbres antiguas, pueden variar nuestro oscuro carácter. ¡Qué tiene éste de particular en un país en que le ha formado tal una larga sucesión de siglos en que se creía que el hombre vivía para hacer penitencia! ¡Qué después de tantos años de gobierno inquisitorial! Después de tan larga esclavitud es difícil saber ser libre. Deseamos serlo, lo repetimos á cada momento; sin embargo lo seremos de derecho mucho tiempo antes de que reine en nuestras costumbres, en nuestras ideas, en nuestro modo de ver y de vivir la verdadera libertad. Y las costumbres no se varían en un día, desgraciadamente en un día, ni con un decreto, y más desgraciadamente aún, un pueblo no es verdaderamente libre mientras que la libertad no está arraigada en sus costumbres, é identificada con ellas.

No era nuestro propósito ahondar tanto en materia tan delicada: volvamos, pues, al objeto de nuestro artículo. El establecimiento de los dos jardines públicos, que acaban de abrirse en Madrid, indica de todos modos la tendencia enteramente nueva que comenzamos á tomar. El jardín de las Delicias, abierto hace más de un mes en el paseo de Recoletos, presenta por su situación topográfica un punto de recreo lleno de amenidad; es pequeño, pero bonito: un segundo jardín más elevado, con un estanque y dos grutas á propósito para comer, y una huerta en el piso tercero, si nos es permitido decirlo así, forman un establecimiento muy digno del público de Madrid. Para nada consideramos más útil este jardín que para almorzar en las mañanas deliciosas de la estación en que estamos, respirando el suave ambiente embalsamado de las flores, y distrayendo la vista por la bonita perspectiva que presenta, sobre todo, desde la gruta más alta; y para pasear en él las noches de verano.

El jardín de Apolo, sito en el extremo de la calle de Fuencarral, no goza de una posición tan ventajosa, pero una vez allí el curioso reconoce en él un verdadero establecimiento de recreo y diversión. Domina á todo Madrid, y su espaciosidad, el esmero con que se ven ordenados sus árboles nacientes, los muchos bosquetes enramados, llenos por todas partes de mesas rústicas para beber, y que parecen nichos de verdura ó verdaderos gabinetes de Flora; sus estrechas calles y el misterio que promete el laberinto de su espesura, hacen deplorar la larga distancia del centro de Madrid á la que se halla colocado el jardín, que será verdaderamente delicioso en creciendo sus árboles y dando mayor espesura y frondosidad.

En nuestro entender, cada uno de estos jardines merece una concurrencia sostenida; las reflexiones con que hemos encabezado este artículo deben probar á sus respectivos empresarios, que si hay algún medio para hacer prosperar sus establecimientos en Madrid es recurrir á todos los alicientes imaginables, á todas las mejoras posibles. De esta manera nos lisonjeamos de que el público tomará afición á los jardines públicos, que tanta influencia pueden tener en la mayor civilización y sociabilidad del país, y cuya conservación y multiplicidad exige incontestablemente una capital culta como la nuestra.

REPRESENTACIÓN DE TANTO VALES CUANTO TIENES

Comedia original en tres actos y en verso DE DON ÁNGEL SAAVEDRA

Humilde y cabizbajo presentaba un ingenio novel á un gran poeta, más desvergonzado aún que poeta, un manuscrito suyo, y pedíale su parecer. Llegó el maestro á un trozo más oscuro que otros.--¿Qué ha querido usted decir aquí?, le preguntó con sorna de hombre satisfecho de sí mismo.--Señor, respondió el novel, ahí quise decir tal cosa. Á lo cual respondió el desvergonzado:--Pues si tal cosa quiso usted decir, ¿por qué no la dijo usted?

Si el señor Saavedra, autor conocido, que apreciamos, y en quien reconocemos dotes muy aventajadas, quiso hacer una comedia suya, ¿por qué no huyó al emprender su obra de toda coincidencia con comedias anteriores? Tanto más sensible es esto, cuanto que había encontrado un argumento enteramente nuevo; y procuraremos probar esta que parece paradoja.

Creemos que el señor Saavedra tenía fuerzas más que suficientes para crear en el teatro un argumento original: estamos muy seguros de que ni ha imitado, ni tratado de imitar; y así juzgamos que el no haber desentrañado bastante la idea feliz que concibió, ha sido causa de que su obra tenga puntos de contacto con otras de otros ingenios. Verdad es que ha cumplido con la máxima latina _non nova, sed nove_; si, habiéndose apartado desde un principio de la senda trillada, se ha visto enredado en un argumento también trillado, halo presentado á lo menos con novedad. Para los que creen que en el siglo XIX todo está dicho en literatura, no le quedaba otra corona que alcanzar al señor Saavedra. Falta ahora considerar si aquel principio es absolutamente cierto. Las pasiones son las mismas en todos tiempos, es verdad, y los vicios y los extravíos; buscar, pues, caracteres nuevos fuera ardua empresa. Un avaro siempre apagará de dos luces una: un usurero siempre será cruel: un enamorado siempre será sublime en la tragedia, ridículo en la comedia; pero las preocupaciones sociales varían, porque siguen la marcha de los siglos, y cada siglo tiene sus preocupaciones, como cada hombre su cara, según ya creemos haber dicho en otra ocasión. Un supersticioso, un fanático por religión podía ser un carácter cómico hace un siglo: en el día apenas hay público que encierre modelos suficientes para encontrar el efecto: _Tanto vales cuanto tienes_ no debía ser una comedia de carácter: lo era de costumbres. Ahora bien, en el siglo XIX; siglo harto matemático y positivo; siglo del vapor; siglo en que los caminos de hierro pesan sobre la imaginación como un apagador sobre una luz, en que Anacreonte, con su barba bañada de perfumes, Petrarca con sus eternos suspiros, y aun Meléndez con todas sus palomas, harían un triste papel, al lado, no de un Rothschild ó un Aguado, pero aun de un mediano mecánico, que supiese añadir un resorte á cien resortes anteriores; en un siglo en que se avergüenza uno de no haber inventado algún utensilio de hierro, en que no se puede hacer alarde de una pasión caballeresca, ó de una vida poética y contemplativa, sin ser señalado como un ser de otra especie por cien dedos especuladores; en un siglo para el cual el amor es un negocio, como otro cualquiera, de conveniencia y acomodo; en un siglo en que no se puede amar sin hacer reir; en que la ciencia está reducida á periódicos, la guerra á protocolos, el valor á disciplina, el talento á manufacturas, la literatura á declamaciones políticas, el teatro á decoraciones y _fioriture_, no se nos diga que no hay argumentos nuevos para comedias. Molière no podía haber agotado estos asuntos. Un filarmónico ocupado todo el día en casar armonías y en combinar puntos, un diplomático redactando notas ambiguas, un periodista haciendo párrafos y colocando frases, un mecánico moviendo ruedas, son seres tan ridículos por lo menos como un poeta apareando consonantes que tiren de una idea cual un juego de caballos de un carruaje. En este siglo, pues, _Tanto vales cuanto tienes_ prometía una inmensa originalidad. Que el hombre es interesado, ciertamente ya estaba dicho: añadir que cuando tiene dinero todos le hacen buena cara, y cuando es pobre todos le llaman pícaro, era verdad sabida en tiempo de Homero, porque está grabada en el corazón del hombre, animal perfecto por otra parte; es verdad en una palabra que tiene olvidada todo rico, y que todo pobre tiene presente. Pero manifestar lo ridículo de un ser racional y poético, como el hombre; de un ser espiritual, que se empeña en despojarse á sí mismo de su imaginación para limitar el círculo de sus goces; que se vuelve máquina él mismo á fuerza de hacer máquinas, y que no sabe dejar de creer en una divinidad, en un cielo, en una vida de gloria y de idealismo, sino para creer en lo que toca; de un ser siempre extremado que no puede abarcar en uno la imaginación y la habilidad; que ha de ser todo fanático en el siglo XIV, ó todo despreocupado, árido y desnudo en el siglo XIX; de unos hombres que, como los Israelitas, no saben dejar de creer en un Dios, de que son hechura, sino para creer en un becerro de oro, hechura suya; eso es lo que no está dicho, ni está hecho; eso es lo que nos atrevimos á esperar de _Tanto vales cuanto tienes_; y eso, en fin, lo que queda por hacer, si es que hay un ingenio que se salve de la irrupción de las artes y del martilleo de las fábricas.

Si el señor Saavedra había asido una idea tan feliz, si quería hacer una comedia enteramente original que á nada anterior se pareciese, ¿por qué no lo ha hecho, teniendo sobre todo un talento distinguido para llevarlo á cabo?

Dirásenos ahora que hay cierta injusticia en juzgar á un autor, no por lo que ha hecho, sino por lo que uno cree que debía haber hecho. Esto es verdad hasta cierto punto.

El célebre ideólogo Destutt-Tracy remitió en una ocasión á un príncipe alemán una obra suya consultándole sobre su desempeño. Respondióle el príncipe con un largo cartapacio en que, á fuer de decirle lo que él hubiera dicho en tales y tales casos, y lo que en tales y tales otros hubiera dejado de decir, desbaratábale la obra, no perdonando en ella cosa que Destutt-Tracy hubiese imaginado.--Decid al príncipe, respondió Destutt-Tracy al que traía el mensaje, que en ese caso no hubiera hecho yo mi obra, sino la suya.

Esto podría respondernos el señor Saavedra: juzguemos, pues, su obra tal cual es suya, y no tal cual nosotros la hemos imaginado, quién sabe si equivocadamente.

Doña Rufina, viuda de un marqués, que sólo le dejó al morir una hija de ella de nupcias anteriores y su vanidad, vive en Sevilla míseramente. Tiene un hermano, cuya cualidad principal es un uniforme de comisario ordenador, y un primo militar, jugador y petardista. En Indias existe un hermano suyo, riquísimo, merced á cuyos envíos pecuniarios suele reponer de cuando en cuando el mal estado de sus intereses. La hija es obsequiada por el hijo de un mercader rico. Al principiar la comedia se recibe una carta en que el Indiano avisa cómo debe llegar en breve, y que piensa repartir con sus hermanos sus cuantiosos caudales. Con este motivo doña Rufina despide afrentosamente al novio de la niña, cuyo origen plebeyo no conviene ya á su futura posición social, y la familia toda sobre la promesa de la carta se arroja en brazos del usurero don Simón, que al ciento por ciento les presta un poco de dinero. De allí á poco llega el Indiano don Blas, y encuentra á la familia ocupada en preparar su recibimiento. Prodígansele las finezas y los más escrupulosos obsequios, pero don Blas parece haberse arruinado, gracias á ciertos piratas berberiscos: esta peripecia fatal atrae sobre la casa los insultos del usurero, y sobre el adulado Indiano la execración y los ultrajes, rota ya la máscara del interés. Sólo la niña procede generosa con el desgraciado. Sin embargo, don Blas tenía asegurados sus caudales, y precisamente uno de los comerciantes de Cádiz, á quien arruina el reintegro de los bienes robados por los piratas, es el padre del amante de la hija de doña Rufina. Éste viene á zanjar cuentas; al conocerse en la casa la fortuna renaciente, quieren comenzar de nuevo las adulaciones, pero ya es tarde. Don Blas, indignado, rompe con su hermana, con el comisario y con el primo militar, dota á la niña virtuosa, casándola con su amante, y da fin la comedia.

Si bien es cierto el principio sobre que gira esta composición dramática, también es evidente que la educación hace disimular en la sociedad generalmente el interés, que á todos domina más ó menos, y que esas transiciones que por cambios de fortuna se advierten en el teatro, pocas veces son tan bruscas, que puedan, sin faltar á la verosimilitud, encerrarse en una comedia arreglada á las unidades. Por esto era necesario que el autor escogiese una familia de mala educación: doña Rufina, mujer sumamente ordinaria, no puede ocultar sus sentimientos: esta ordinariez, mirada de esta manera, no sólo es muy disculpable, sino que viene á ser un mérito. El nudo es ingenioso: no necesita don Blas fingir su ruina, supuesto que es verdadera la noticia de su robo, y que es muy verosímil que ignorase la familia que estaban sus bienes asegurados. Éste es el mérito principal de la comedia, pues produce un desenlace natural; igualmente ingenioso es haber hecho al amante de la hija víctima del reintegro del Indiano. El carácter del usurero está bien pintado; pero, siendo episódico, ni merece tanta importancia como se le da, ni habría inconveniente para la comedia en reducir la escena larguísima en que hace el principal papel. Alguna languidez hemos creído notar en toda la comedia que pudiera descargarse ventajosísimamente. No es natural que la niña, que tan generosamente se portó con su tío, sea menos generosa con su madre, y la vea salir de la casa del modo que la arroja su hermano, sin interceder por ella eficazmente. El argumento tiene el inconveniente de preverse su fin desde el principio; pero esto es más culpa del asunto que del autor. Para dar fin á nuestras observaciones, quisiéramos que el poeta eliminase algunas frases demasiado mal sonantes en el teatro, aun suponiéndolas naturales en boca de doña Rufina; y hubiéramos deseado que, aun dominados por el interés, sus interlocutores fuesen menos despreciables. Las debilidades humanas interesan; pero seres fríamente malos, corrompidos y sin ninguna especie de sentimiento ni moralidad, sólo pueden producir tedio ú horror.

El lenguaje es castizo y puro: la versificación generalmente buena, y aun tiene trozos de mucho mérito: hay gracias en el diálogo, que es bastante animado; y pinceladas verdaderamente cómicas en diversas ocasiones: citaremos en este género con placer el contraste que presenta la llegada del Indiano, solo, y mal vestido, con los halagos de su hambrienta familia.

CARTA DE FÍGARO Á UN BACHILLER SU CORRESPONSAL

Yo no sé si se acordarán todos los suscritores de nuestro decano periódico de aquel Fígaro condenado á provocar su sonrisa eternamente, tenga él ó no humor de divertirse á sí ó á los demás. Pero sí puede muy bien haber sucedido que la mayor parte de nuestros lectores no se hayan acordado más de nosotros que nuestra ilustrada junta sanitaria de surtir de medicinas á Madrid: al menos tenemos la positiva y halagüeña seguridad de que uno siquiera ha notado la falta de nuestros cándidos párrafos, durante tan largo silencio. Éste ha sido un aficionado á nuestro papel, encerrado, según nos dice, en uno de los más recónditos rincones de esta monarquía, á trozos regenerada, á trozos oprimida todavía por el oscurantismo, alimaña tan de moda de algún tiempo á esta parte en periódicos y alocuciones. Fírmase _el bachiller_, y dirige al señor Fígaro exclusivamente su carta, reducida á un sinfín de preguntas acerca de las circunstancias; á las cuales contestaríamos privadamente á no dar la funesta casualidad de que olvida nuestro bachiller lo principal, como se usa en el país, y no nos dice el pueblo de su residencia, ni la fecha á que escribe, ni el modo de ponerle el sobre, contando sin duda demasiado con la sagacidad de las redacciones de periódicos. Careciendo, pues, de un medio seguro de hacer llegar á sus manos la respuesta, y siendo por otra parte demasiado atentos para dejar á nadie sin ella, porque al fin ni somos santos ni autoridades, que son los únicos que á todo el mundo oyen y á ninguno contestan, nos decidimos á insertar en nuestro gacetín estas letras, ciertos de que allá en la librería del pueblo donde estuviere nuestro corresponsal, se las encontrará, quedando de este modo solventada con él la deuda de urbanidad que nos obliga á contraer.

En esto no hacemos sino imitar el ejemplo de un cura catalán, cuyo caso contaremos. Debíale un eclesiástico de un pueblo de Andalucía una peseta; cantidad que, si bien no era para perdida, debía considerarse como tal, por la dificultad de hacer la remesa á tanta distancia ó de girar una letra de tan módico importe. Escribíale, pues, en vista de esto el aprovechado clérigo catalán: «Muy señor mío: con respecto á la cuenta que de la citada peseta tenemos pendiente, he discurrido que por el presente aviso puede echarla en el cepillo de ánimas de la iglesia de ese pueblo, pues yo ya la he sacado del de esta á buena cuenta; y en paz. Con lo cual queda de usted su afectísimo capellán el cura de...».

Ahora bien, he aquí nuestra contestación al incógnito corresponsal. Mucho me huelgo, señor bachiller de este pueblo, de cuyo nombre mal pudiera acordarme, de haber recibido su carta benévola y preguntona.

Hónrame sobremanera la falta que nota de escritos míos en la Revista; pero ha de hacerse cargo de muchas cosas. Mis artículos en primer lugar no han de ser artículos de decreto que se fragüen á un dos por tres y á salga lo que saliere, sin perjuicio de enmendarlos luego ó de que nadie se cure de obedecerlos. Al fin tengo mi poca ó mucha reputación que perder. Por otra parte, acaso no sabrá vuesa merced que desde que tenemos una racional libertad de imprenta, apenas hay cosa racional que podamos racionalmente escribir. Si á esto se agrega, como vuesa merced no tendrá dificultad en agregarlo, que estamos ahora los periodistas tratando de tomar color, para lo cual tenemos que esperar á que lo tome primero el gobierno con el objeto de tomar otro distinto, puesto que él se ha quedado con la iniciativa, no se admirará de que callemos nosotros, bien así como él calla en puntos de más prisa y trascendencia.

Además, aunque los partes oficiales y los relatos de las sesiones en sustancia no dicen nada, no dejan por eso de ser largos; nos ocupan por consiguiente las tres cuartas partes de nuestras columnas, y no nos dejan espacio para nada. Añada vuesa merced á esas causas que yo escribo tan despacio, que cuando estoy sobre mi bufete con la pluma en la mano, no parece sino que estoy organizando la milicia urbana, ó tomando providencias contra algún motín.

Por lo demás, aquí, según usanza antigua, todo va como Dios quiere, y no puede haber cosa mejor, porque al fin Dios no puede querer nada malo. Nuestra patria camina á pasos agigantados hacia el fin para que aquel Señor la crió: que es su felicidad. Por el pronto ya tenemos el uniforme de los señores Próceres, que es manto azul rastrero, según las venerandas leyes del siglo XIV, exceptuado el terciopelo, que no alcanzaron aquellos estamentos, si bien aquí entra el modificar aquellos venerandos usos según las necesidades del día: verdad igualmente aplicable al calzón de casimir, media de seda, hebilla y tahalí, de que nada dicen Pero López de Ayala, ni Zurita, ni el Centón, pero que constituyen con la gola altibaja y demás este nuevo antico-moderno. Tiene su correspondiente espada, su gorro y su enagüilla de glacé. Dicen que cuesta mucho; pero más ha costado llegar á este punto. Si vuesa merced tiene baraja, como es de suponer, mirando al rey de espadas podrá formar una idea aproximada, y por ende verá que es bonito; y que si bastan, como es de creer, para costearle los sesenta mil reales de procerazgo, ha de ser curioso el ver á esos señores vestidos y hablando, todo á un tiempo.

Igualmente sabrá vuesa merced como todas las vísperas de alboroto, que según parece va á ser el pan nuestro de cada día, se deberán afeitar como la palma de la mano todos los que tengan bigote, por ser incompatibles estos cuatro pelos con el orden y la libertad racional. Efectivamente que muchas de sus calamidades le vienen al hombre de no saber echar pelillos á la mar. Por esas medidas conocerá vuesa merced que aquí no nos dormimos en las pajas.