Obras completas de Fígaro, Tomo 1
Part 15
«Y no fué lo peor que hablase, señor don Andrés, porque al fin si siempre hubiera hablado á cien leguas de sus interlocutores como en un principio le acontecía, ¡santo y bueno! que hay cosas que ó no se deben decir ó se deben decir desde muy lejos... Pero ¡ay de mí! el señor Bachiller la quiso echar de fanfarrón: supo que en las Batuecas no todos le agradecían los elogios que de ellos hacía y había hecho continuamente, porque cuatro lectores de mala fe le daban tormento á las expresiones y exprimían el limón hasta sacar lo amargo. ¡Vea usted qué injusticia! Bien sabe Dios, y lo sé yo también por más señas, que nunca fué la intención del señor Bachiller hablar mal de su país. ¡Jesús! ¡Dios nos libre! Antes queríalo como un padre á su hijo; bien se echa de ver que este cariño no es incompatible con cuatro zurras más ó menos al cabo del año. Además de ser él persona muy bien intencionada, de una pasta admirable y ajena de toda malicia, tanto que todo lo que decía lo decía de buena fe y como lo sentía. Ni él quisiera ofender á nadie, porque amaba á su prójimo poco menos que á sí mismo, y toda la dificultad solía ponerla en saber cuál era su prójimo, porque ha de saber usted que no todos se lo parecían. Fué, pues, el caso, y tenga usted paciencia con mis digresiones, porque yo nunca acerté á escribir de otra manera, antes suelo distraerme y salirme del camino como bestia hambrienta para meterme por los sembrados de las laderas y ver si cojo alguna espiga; así llevando viaje para Alcalá suelo salir junto á Zaragoza, y como de esas veces me anochece en Huete y salgo á la mañana por los cerros de Úbeda: digo, pues, fué el caso que supo mi señor las habladurías que de su persona andaban, y como se corría en las Batuecas que después de tanto como había hablado y tan malo no le sería posible dar la vuelta para allá, aunque quisiera, puesto que tendría miedo. _Miedo_, decía cuando lo supo. ¡Voto á tal! que nunca le vi la cara al miedo, y tengo de ir á las Batuecas sólo por ver si comen bachilleres esos señores tragaldabas.--¡Ay! no haga usted, señor Bachiller, tal disparate, le dijimos á una voz: mire que aunque tuviera miedo á los tontos no haría nada de más, porque no hay nada más terrible que un tonto. Pero, señor don Andrés Niporesas, dió en pensar en ello, y se pasaba los días de claro en claro, y las noches de turbio en turbio, dando y tomando en lo del viaje, hasta que hubo de efectuarlo. Fuímonos, señor de mi alma, á las Batuecas... Sosiéguese usted, porque nada le aconteció por entonces que digno de contar sea.
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«Llegó por fin un viernes, que viernes había de ser él para ser bueno, y fué preciso meter entre sábanas al señor Bachiller, Q. S. G. H. Sintiéndose allí morir por momentos, no quiso espirar sin practicar todas aquellas diligencias que á su conciencia debía como buen cristiano, porque ha de saber usted que _bueno_ no diré, pero cristiano sí sé que era. Practicadas estas diligencias, para las cuales le dejamos largo rato solo y recogido, llamónos á todos, y luego que nos tuvo en derredor:
«Hijos míos, dijo con voz bien diversa de la que solía tener cuando hablaba claro, porque es de advertir que á lo último ya apenas se le entendía: hijos míos, os reúno porque no quiero que se diga de mí que morí sin hacer disposición alguna, ni declaré mi verdadero modo de pensar, que si no fuese el verdadero, porque esto ni yo lo sé, será por lo menos el último; pues os advierto que yo también tuve varios modos de pensar, y tuviera más, si más lugar me diera la muerte, que me siento aquí, que me aprieta en la misma garganta. Ni menos quiero que se diga que murió sin decir oxte ni moxte quien sólo de hablar vivió, que esto fuera mengua.
«En cuanto á bienes, harto sabéis, queridos míos, que nada tengo que dejar sino el mundo en que he vivido, y ése bien sabe Dios que no le dejo yo, sino que me le hacen dejar mal que me pese. Ni necesito hacer ninguna declaración de pobre, porque bien público y notorio es que he sido poeta, que me dediqué desde chiquito á las letras en este país, que he sido hombre de bien y de honor, que no he sido intrigante ni adulador, ni yo anduve nunca en empréstitos ajenos y ganancias propias, ni tuve mujer bonita ni hija que lo pareciese, ni tío obispo ó padre covachuelo. Así que, ¿por dónde he de ser rico?
«Dejo, pues, lo poco que se halla, si se halla algo, para misas por mi ánima, porque no las tengo todas conmigo; y si se quejase mi hijo que le dejo por ello sin eso poco que le quedaría, que tenga paciencia, que primero son mis gustos que sus necesidades, y mi alma que su cuerpo.
«Declaro y confieso en la hora de mi muerte, y como si me hallase en ella, que tengo miedo, y que de miedo muero; lo cual no me da vergüenza, así como hay otras cosas que tampoco se la dan á otros; antes me da mucha pena y estoy muy arrepentido de no haberlo tenido un poco antes. ¡Cómo ha de ser! Todo no se puede hacer á un tiempo.
«Ítem más: en consideración á que conozco muchas personas que están buenas y gordas y bien establecidas que se han retractado de sus opiniones ó expresiones, siempre que han creído serles conveniente ó venir muy al caso, en consideración á esto, me retracto no sólo de todo lo que he dicho, sino también de lo que me he dejado por decir, que no es poco. Y esta retractación deberá entenderse reservándome el derecho de volverme á retractar cuanto y como me acomodare, si vivo, y así sucesivamente hasta el fin de los siglos; porque ésta es mi voluntad, y en cosas de cada uno nadie tiene que mezclarse; siempre tuve mis opiniones como mis vestidos, y cada día me puse uno, en lo cual batuecos hay que no tienen nada que echarme en cara.
«Á propósito de batuecos, declaro que los batuecos no son tales batuecos por más que lo parezcan: me arrepiento de habérselo llamado, siendo ésta una de las primeras cosas de que me retracto, y agradeciéndoles sin embargo la bondad con que han llevado esta impertinencia mía.
«Arrepiéntome en la hora de la muerte, y me pesa de lo poquillo que en esta vida he sabido, porque no me ha servido sino de dogal; y hago voto de no volver á saber cosa de provecho si de ésta me saca con bien la divina Majestad; y si hubiese de resucitar, como ya por su gran poder en ocasiones se ha visto, lo cual sin embargo no creo que se guarde para pecadores como yo, prometo de no volver á mirar libro alguno sino por defuera, dando siempre mi voto por la pasta».
«Aquí fué preciso reforzarle algo, lo que logramos leyéndole algunos rengloncitos de las últimas loas, por ser muy espirituosas: moríasenos por instantes, pero algo repuesto siguió:
«En cuanto á mi amigo, que dice lo es, Andrés Niporesas, que no firme en mis disposiciones testamentarias, aunque fuere de ellas testigo, sin embargo de que ya veo que no está presente. Insisto con todo en lo dicho, porque he conocido testigos ausentes. Si da cuenta al público de mi fallecimiento, como es de esperar, que no firme tampoco. Y esto lo dispongo así, porque no parezca burla ó chacota mi muerte ni mi arrepentimiento si ve el público malicioso que concluye con lo de _Niporesas_.
«Mándole que me agradezca esta satisfacción que de mi voluntad le doy, puesto que pudiera excusármela; á muchos conozco yo que cuando mandan no dan nunca satisfacciones, y tengo para mí que no van descaminados.
«Ítem más: digo que hay amigos en el mundo (si bien yo he dicho lo contrario), pues los tengo yo, que es cuanto hay que decir en la materia, y es la prueba de las pruebas.
«Ítem: digo que en la corte no hay vicios, á pesar de mi segundo número, donde me dió por decir que sí. ¡Válgame Dios por decírmelo todo!
«Ítem: confieso que el público es ilustrado, imparcial, respetable, y demás zarandajas que de él se cuentan. Y si he dicho lo contrario, preciso es que haya estado loco para desconocer simplezas de tanto bulto. Verdades serán cuando todo el mundo las dice.
«Ítem: declaro que á veces he dicho las cosas como no las quería decir. No importa mucho, porque creo que de cualquiera manera que se digan es como si no se dijeran. Hay cosas que no tienen remedio, y son las más.
«Ítem: afirmo ahora que los versos de circunstancias nunca son malos, si vienen á pelo, por malos que sean, porque cada cosa es relativa á otra cosa, y si no me entendiesen lo que quiero decir en esto, ¡cómo ha de ser! Ahora estoy muy de priesa para detenerme á explicarme más claro.
«Ea pues, hijos, yo me muero todo: tomad para vos este escarmiento: antes de hablar, mirad lo que vais á decir; ved las consecuencias de las habladurías. Si apego tenéis á la tranquilidad, olvidad lo que sepáis; pasad por todo, adulad de firme, que ni en eso cabe demasía, ni por ello prendieron nunca á nadie: no se os dé un bledo de cómo vayan ó vengan las cosas; amad á todo el mundo con gran cordialidad, ó á lo menos fingidlo si no os saliere de corazón, con lo cual pasaréis por personas de muy buena índole, y no como yo, que muero en olor de malicioso porque he querido dar á entender que de algunos países nunca puede salir nada bueno... En fin... muero... á Dios, hijos... ¡de miedo!!!».
«De esta manera, habló lo que tenía que hablar, y expiró á poco rato. Vímosle caer en la almohada, y no se le volvió á oir palabra: sólo sí debió rendir el alma á manos del último accidente del miedo, pues se tapaba la cabeza con la ropa como si viera fantasmas; huía, temblaba, se escondía y se ponía el dedo en la boca, postura en que murió. ¡Oh inescrutables fines de la Providencia, que castigas sin palo ni piedra! Apostara yo, señor don Andrés, que no veía en aquel terrible momento sino duros enemigos, censuras amargas, y encarnizados criticadores de su vida y hechos... En fin, expiró, lo cual conocimos en que dejó de hablar.
«El facultativo, sin embargo, dudando si tendría algún resto de vida, se acercó poco á poco á su oído, y le decía á grandes voces: ‘¡Señor Bachiller! vuelva en sí y repare qué versos tan malos andan por esos mundos, qué autorcillos tan miserables, y qué traducciones tan malas el público aplaude, y qué de cosas buenas desprecia... Mire usted que tiene aquí á media docena de necios; éste es un elegante, aquél un enamorado, el otro un amigo, el de más allá dice que es un sabio, el otro es un militar, y el otro un abogado; todos se tienen por hombres de importancia. ¿No les decís nada?’. Entonces, haciendo el último esfuerzo, cogió algunos periódicos españoles; púsoselos sobre la cara, y esperó un momento; pero no rebullendo mi amo, el doctor exclamó con la mayor pena, dejando caer la ropa sobre el difunto: ‘Muerto está, cuando nada dice á todo esto; ni un soplo de vida le queda. En paz descanse’.
«Ésta fué la muerte de mi señor Bachiller, que lloraré hasta que llegue el momento de la mía.
«Registráronse sus papeles en cuanto murió; pero hallamos medio quemado un gran legajo que los contenía; dímonos á entender que habría tratado en sus últimos momentos de juntarlos y dar con ellos en el fuego; acaso las fuerzas le habrían faltado, y así quedaban varios fragmentos enteros que el público conocerá tal vez algún día si aciertan á caer en manos de algún editor escrupuloso que los expurgue de la mucha cizaña que deben necesariamente tener. La imaginación de quemarlos nos hizo caer en la cuenta de que su arrepentimiento habría sido verdadero, y válida su retractación.
«Nada diré del entierro, que fué muy común: sólo advertiré que nadie se atrevió á hablar en él, antes todos mirábamos atentamente al féretro por ver si hablaría aun después de muerto.
«Queda con esto, señor don Andrés de mi alma, muy de usted el escribiente privado más afligido que nunca tuvo escritor público. Ruego á usted que encomiende al señor Bachiller, que tan amigo suyo era, y mande á su criado,
«_El ex escribiente del Bachiller_».
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Ésta fué la carta: ¡murió el que dijo la verdad, y murió dejándose tanto por hablar! ¿No tenías, oh muerte, algún inútil sordo-mudo que sustituir á tan interesante víctima? ¿Quién nos dirá de aquí en adelante que no hay más que sinrazón en la tierra? ¿Quién nos dirá que el que no es tonto en el mundo es pícaro, y que los más son tontos-pícaros? ¿Quién nos dirá que no hay orgullo nacional, que no hay quien conozca sus deberes y cumpla con ellos, que no hay literatura, que no hay teatros, que no hay autores, que no hay actores, que no hay educación, que no hay instrucción? ¿Quién, en fin, nos dirá tanto como se ha dejado por decir?
Juzgue ahora el lector desapasionado si tan horroroso golpe me deja espacio ni humor de hacer más largas reflexiones.
No; mi silencio dirá más que mis amargas quejas.
Yo te consagraré una memoria, mi querido y malogrado bachiller, siempre que un abuso, siempre que una ridiculez se atraviese delante de mis ojos, siempre que la injusticia me hiera, que me ofenda la maldad, que me desconcierte la intriga, y que el vicio me horrorice. Yo en defecto tuyo, cuya censura podría reprimir en algo á los batuecos, rogaré á Dios y á santa Rita, abogada de imposibles, por la prosperidad de nuestra patria, que tantos nos anuncian con tan fáciles como inconsideradas promesas.
_Andrés Niporesas._
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CARTA PANEGÍRICA DE ANDRÉS NIPORESAS
Á UN TAL DON CLEMENTE DÍAZ GRAN POETA Y LITERATO EN CONTESTACIÓN Á CIERTA SÁTIRA CONTRA EL POBRECITO HABLADOR
Válgame Dios, señor don Clemente Díaz, y qué vehementes deseos tenía yo de que saliera á la palestra, armado de punta en blanco, todo un paladín, como V. M. parece, contra mi amigo el buen bachiller Munguía. ¡Ya decía yo! Alguna desgracia debe de haberle ocurrido á don Clemente Díaz cuando ni su conocida reputación, ni su espíritu caballeresco, ni su mucho fondo de literatura han sido parte para obligarle á manchar cuatro páginas contra el impertinente Bachiller. ¡Gracias á Dios que nos ha quitado vuestra merced tan grande duda y sobresalto! Yo le juro como soy Niporesas que su enemistad y su intervención hacían falta notable á la buena fama de mi amigo Munguía.
¿V. M. tan comedido y tan mesurado en toda su vida, como ha dicho cierto autor moderno, que nadie le conocía por poeta ni por literato hasta la presente? Verdad es que esto de no conocerle nadie ni por uno ni por otro, más que de no ser digno de verse como tal por todas las Españas pregonado, dependía de esa fatalidad que han de tener todos los hombres de pro de ir acompañado su mérito de la más perfecta modestia. Ésta es la causa que ha debido tenerle hasta ahora tan atrasado en el concepto público. Pero no hay cuidado, todavía es tiempo de remediar, mal que bien, el daño que le ha causado su modestia referida; hase roto la nube caliginosa donde estaba malamente escondido su mérito, que sólo puede ganar con ser bien conocido, y ya amanece vuestra merced, como un astro apagado, por las puertas del oriente de la literatura.
Mi primera idea, cuando tuve la primera noticia de que un literato (entonces no sabía yo todavía que había de ser V. M.) iba á escribir contra el Bachiller, sépase que fué acribillarle á sátiras y folletos, y no dejar en sus escritos pedazo entero y sano tamaño como una avellana, ó como la especulación de vuestra merced, que todo es comparar. Pero luego que supe que era el impugnador un hombre tan conocido como don Clemente Díaz, guardárame yo muy bien, dije para mí, de seguir en tan loco empeño; á más de respetarle como si fuera el mismo cólera-morbo, vínome á la imaginación que debía de haberse hecho con su bien parlado folleto un numeroso partido, compuesto todo de los ofendidos por el Hablador. ¡Qué de usureros prestamistas y qué de calaveras tramposos no miro ya en derredor suyo dispuestos á defenderle, qué de libreros mandrias, qué de autores silbados, qué de autores éticos de circunstancias, qué de capitanes de ocho años y de vistas ciegos, qué de queridas de intendentes, qué de públicos de todas especies, qué de perezosos de aquéllos de _Vuelva usted mañana_, qué de autores batuecos, qué de batuecos convidadores, qué de gentes, en fin, que ni escriben ni leen, ni leen ni escriben, ni hablan ni oyen, tendrá dispuestos á sacar la cara por sus escritos!
Verdad es que ellos son tales que no han menester encarecedores ni abogados; ellos solos se recomiendan por ser quien son, y por ser de mi señor don Clemente Díaz, autor tan famoso en las edades futuras; porque es de advertir que si quiere llevar tan alto epíteto, sólo de esa manera ha de ser, pues que ni ya lo fué en los tiempos pasados, ni menos lo es en los presentes; culpa no de él, sino de los demás, que ignorábamos, como unos bestias, que teníamos un hombre siquiera en el país, y que ése era don Clemente Díaz.
Heme propuesto hacer su elogio, porque ha de saber que si tiene algún apasionado, ése soy yo; y para que vea si soy amigo suyo, ha de tener entendido que yo sé que ha escrito un folleto, y esto prueba el interés que por sus cosas me tomo, atendido que no lo sabe nadie sino yo, el cartelero que ha puesto los carteles, y V. M. que lo sabrá también, pues es sin duda hombre que sabe lo que hace. Y uno de los motivos que me precisan á escribir esta carta es el deseo de que lo sepa el público; en saliendo lo sabremos todos; pero sépase ó no se sepa, el caso es que V. M. ha escrito un folleto, y que este folleto es de don Clemente Díaz, lo cual será una verdad eterna, aunque nadie más que él y yo lo sepamos; porque no dejan las cosas de ser ciertas por no ser sabidas, y pondré un ejemplo: supongamos por un momento que V. M. tiene talento, pero que esto no lo sabe nadie; ¿dejará por eso de existir el talento de V. M. en su cabeza ó en cualquiera otra parte del cuerpo (que ni esto está averiguado, ni yo ignoro que cada uno tiene su poco ó mucho talento donde buenamente puede)? Dígame V. M., ¿dejará de tener el tal talento porque nadie lo haya podido traslucir hasta ahora? Ya se ve que mi argumento no tiene respuesta.
No quisiera yo, por lo mismo que soy tan apasionado suyo, que se creyera parcial mi elogio; esto es ¡vive Dios! lo que me da pena, porque si digo que es malo el folleto, y hablo mal de don Clemente Díaz, me han de responder luego, no que es gana de disimular nuestra amistad, sino que se descubre la que á mi amigo el Bachiller profeso; y si digo que es bueno, dirán que me burlo de mi señor don Clemente Díaz, y ¡voto va! que si tal dicen, mienten y remienten cuantas veces lo dijeren, que ni yo me burlo de V. M., ni yo ignoro lo que vale un don Clemente Díaz en estos tiempos tan escasos de poetas buenos y de literatos profundos.
Dígame si no: si V. M. no acertara á tomar cartas en el juego, y á sacar la cara por los abusos y necedades criticados en el Hablador, ¿quién diantres la había de haber sacado? Quedáranse los necios menesterosos sin amparo ni defensa, que fuera gran lástima.
No me dieran á mí otro trabajo que probar hasta la evidencia que V. M. no sólo es literato, en cuanto á que tiene esas letras tan gordas que dice, sino también caballero y generoso, amigo de enderezar tuertos y desfacer agravios. Prenda muy recomendable en estos tiempos tan egoístas que alcanzamos; y más para él, que de esa suerte podrá enderezar el que á sí mismo se ha hecho con su folletillo; por lo cual aunque no fuera tan literato como es, había de bastar aquella prenda para hacerle pasar por hombre de bien, ya que no por poeta, como le sucedía á don Eleuterio Crispín de Andorra; y también le juro á V. M. que vale mucho más ser hombre de bien y salvar su alma que hacer buenos versos, si no se pudieren reunir entrambas cosas, lo cual sería lo mejor. Por ejemplo, ahí tiene V. M. á un Arouet (ya sabrá quien es, y si no, yo no se lo puedo decir más claro). ¿De qué le parecerá á V. M. que le sirvió hacer su Zaira y su Mahoma, con otras frioleras de gusto, si á la hora de ésta debe de estar probablemente hecho un torrado en los profundos? Esto es lo que me da rabia cuando leo un hermoso trozo de Homero, y aun de Virgilio; siempre arrojo el libro diciendo: ¡Qué lástima que estos hombres no fuesen buenos cristianos, y hombres de bien como don Clemente Díaz! Pues ¿y cuando leo á Horacio, á Juvenal y á Persio, y á _Boaló_, como V. M. escribe, ó Boileau como se llamaba él y escribimos nosotros? Entonces me ocurre al momento la misma idea que á V. M. Si los abusos no se han de corregir por más sátiras que se escriban, ¿para qué escribirlas? Eso mismo digo yo; por ejemplo: si mi amigo el Bachiller no ha de dejar de hablar, aunque más escriba V. M. folletos, ¿para qué es cansarse escribirlos? Eso digo para mí, y ya le hubiera citado á V. M. en varias ocasiones y en diversas casas si no fuera porque, á pesar de lo famoso que ha de llegar á ser con el tiempo si sigue escribiendo folletos, no gusto nunca de hablar por boca de ganso, sino decir mis ideas tales cuales son, y más que no se asemejen á las de don Clemente Díaz, que todos no es posible tengamos las mismas ideas, como V. M. conoce mejor que yo.
¡Ay qué bien ha hecho su maestro de primeras letras en ponerle á escribir! porque yo supongo generosamente que cuando empezó el folleto ya sabría leer de corrida; no porque yo crea que necesita irse soltando su estilo, que ya anda demasiadamente suelto, sino porque si lo hemos de leer no hay otro medio sino que V. M. lo escriba. ¡Y cómo conoció el pícaro del maestro lo que podía prometerse del buen ingenio de don Clemente Díaz! ¡Apostara yo el valor del primer ejemplar del folleto de V. M., si es que se ha vendido ya, á que son para él las utilidades! ¡Y cómo lo ha entendido el muy ladino!
¿Como cuánto tiempo hará que V. M. hace versos, señor don Clemente Díaz? ¿Cómo fué el descubrir V. M. que tenía esa estupenda habilidad, en sazón de estarse publicando los Pobrecitos Habladores? Otra preguntilla, y es la última por ahora. ¿Como cuántos años podrá tener V. M.? Porque si como es de ingenioso es de precoz, ¡voto á Apolo que es una maravilla mi señor don Clemente Díaz! ¡Y qué bien pone la pluma, y cuánto sabe!
Sabe, por ejemplo, hacer él solito palabras compuestas, como: verbi-gracia, satírico-manía; sabe citar á don Manuel Bretón de los Herreros y poner su epigrafito y todo, que es un contento. Sabe que el famélico vate no debe lamentarse de lo que se lamentaron otros, sino que cada uno se lamente solo y de cosa distinta, y antes de lamentarse tenga buen cuidado de averiguar y saber si se lamentó otro de aquello mismo, y si no, no lamentarse. Si á su merced, por ejemplo, le salieran unos ladrones á robarle y le aporrearan, su merced, que es _vate famélico_, según parece, no debiera lamentarse más que le hubieran llenado de chichones el occipital ó el frontal, porque ni su merced sería el primer aporreado, ni el primero que se ha lamentado de algún aporreo. Así que todo el toque del escribir está en hacerlo con anterioridad á los que han escrito antes que uno, cosa muy sencilla mirándolo despacio. En esto sigue don Clemente Díaz su misma regla; por no repetir ideas de otros, tiene él las suyas hechas de tal manera que ni yo las vi iguales, ni parecidas, en autor alguno que le haya antecedido, ni espero, ¡qué esperar! que ningún hombre de talento pasado, presente ni futuro diga las cosas que don Clemente dice. ¡Tanta es su originalidad y su deliciosa extravagancia!
Sabe decir su merced que _gustara acaso Persio si escribiera solo_, añade que también Juvenal gustara con la misma circunstancia, y concluye diciendo que también otros ciento gustaran si escribieran solos. Me recordó este paso chistoso, capaz de hacer reir á cualquiera, como sin duda se lo ha propuesto el graciosísimo señor don Clemente, el lance aquel de los doscientos gallegos que volvían de la siega y se dejaron robar porque venían solos.