Obras completas de Fígaro, Tomo 1
Part 14
«Ya lo ves; en todas partes hay máscaras todo el año; aquel mismo amigo que te quiere hacer creer que lo es, la esposa que dice que te ama, la querida que te repite que te adora, ¿no te están embromando toda la vida? ¿Á qué, pues, esa prisa de buscar billetes? Sal á la calle, y verás las máscaras de balde. Sólo te quiero enseñar, antes de volverte á llevar donde te he encontrado, concluyó Asmodeo, una casa donde dicen especialmente que no las hay este año. Quiero desencantarte». Al decir esto pasábamos por el teatro. «Mira allí, me dijo, á un autor de comedia. Dice que es un gran poeta. Está muy persuadido de que ha escrito los sentimientos de Orestes, y de Nerón, y de Otelo... ¡Infeliz! ¿Pero qué mucho? Un inmenso concurso se lo cree también. ¡Ya se ve! ni unos ni otros han conocido á aquellos señores. Repara, y ríete á tu salvo. ¿Ves aquellos grandes palos pintados, aquellos lienzos corredizos? Dicen que aquello es el campo, y casas, y habitaciones, ¡y qué más sé yo! ¿Ves aquél que sale ahora? Aquél dice que es el grande sacerdote de los Griegos, y aquel otro Edipo; ¿los conoces tú?--Sí; por más señas que esta mañana los vi en misa.--Pues míralos; ahora se desnudan, y el gran sacerdote, y Edipo, y Jocasta, y el pueblo tebano entero se van á cenar sin más acompañamiento, y dejándose á su patria entre bastidores, algún carnero verde, ó si quieres un excelente _beefsteak_ hecho en casa de Genyeis. ¿Quieres oir á Semíramis?--¿Estás loco, Asmodeo? ¿Á Semíramis?--Sí; mírala; es una excelente conocedora de la música de Rossini. ¿Oiste qué bien cantó aquel adagio? Pues es la viuda de Nino; ya espira; á imitación del cisne, canta y muere».
Al llegar aquí estábamos ya en el baile de máscaras: sentí un golpe ligero en una de mis mejillas. ¡Asmodeo! grité. Profunda oscuridad; silencio de nuevo en torno mío. ¡Asmodeo! quise gritar de nuevo; despiértame empero el esfuerzo. Llena aún mi fantasía de mi nocturno viaje, abro los ojos, y todos los trajes apiñados, todos los países me rodean en breve espacio; un Chino, un marinero, un abate, un Indio, un Ruso, un Griego, un Romano, un Escocés... ¡Cielos! ¿Qué es esto? ¿Ha sonado ya la trompeta final? ¿Se han congregado ya los hombres de todas las épocas y de todas las zonas de la tierra á la voz del Omnipotente en el valle de Josafat?... Poco á poco vuelvo en mí, y asustando á un Turco y una monja entre quienes estoy, exclamo con toda la filosofía de un hombre que no ha cenado, é imitando las expresiones de Asmodeo, que aún suenan en mis oídos: «_El mundo todo es máscaras: todo el año es carnaval._»
CONCLUSIÓN
No tratamos de inculpar en modo alguno por los cuadros que vamos á describir al justo gobierno que tenemos: no hay nación tan bien gobernada donde no tengan entrada más ó menos abusos, donde el gobierno más enérgico no pueda ser sorprendido por las arterías y manejos de los subalternos. Contraria del todo es nuestra idea. Precisamente ahora que vemos á la cabeza de nuestro gobierno una reina que, de acuerdo con su augusto esposo, nos conduce rápidamente de mejora en mejora, nosotros, deseosos de cooperar por todos términos como buenos y sumisos vasallos á sus benéficas intenciones, nos atrevemos á apuntar en nuestras habladurías aquellos abusos que desgraciadamente, y por la esencia de las cosas, han sido siempre en todas partes harto frecuentes, creyendo que cuando la autoridad protege abiertamente la virtud y el orden, nunca se la podrá desagradar levantando la voz contra el vicio y el desorden, y mucho menos si se hacen las críticas generales, embozadas con la chanza y la ironía, sin aplicaciones de ninguna especie, y en un folleto que más tiende á excitar en su lectura alguna ligera sonrisa, que á gobernar el mundo.
Protestamos contra toda alusión, toda aplicación personal, como en nuestros números anteriores. Sólo hacemos pinturas de costumbres, no retratos.
(_Página 128 de este tomo 1.º_)
Trece números y diez meses va á hacer que, acosados del enemigo malo que nos inducía á hablar, dimos principio á nuestras habladurías. ¿Qué? ¿No queda más que hablar? nos dirán.--Mucho nos falta efectivamente que decir, pero acabamos de entrar en cuentas con nosotros mismos, y hecha abstracción de lo que no se debe, de lo que no se quiere, ó de lo que no se puede decir, que para nosotros es lo más, podemos asegurar á nuestros lectores que dejamos el puesto humildemente á quien quiera iluminar la parte del cuadro que nuestro pobre pincel ha dejado oscura. Confesamos que á acometer tan arriesgada empresa no conocíamos la cara al miedo; pero en el día no nos queremos salvar, si no es cierto que temblamos de pies á cabeza al sentar la pluma en el papel. En unos tiempos en que la irritabilidad de nuestras modernas costumbres exige que tengamos á la vez en la misma mano la espada y la pluma para convencer á estocadas al que no pueden convencer razones; en unos tiempos en que es preciso matar en duelo á los necios, uno á uno, no nos sentimos con fuerza para tan larga tarea; _mate, pues, Moros quien quisiere, que á mí no me han hecho mal_.
Considere además el juicioso lector que contra todo nuestro gusto hemos echado diez meses en verter media docena de ideas, que acaso en horas habíamos concebido, y todo para decirlas á fuerza de lagunas y paliativos, de la ridícula y única manera que las pudieran oir los mismos que no quieren entenderlas. Desconfiados ya en un principio de nuestras flacas fuerzas, nunca nos propusimos trazar un plan mucho más extendido... ¿Cómo no hemos de exclamar arrojando la pluma: «No servimos para escribir aquí; nuestras ideas están en contradicción con las buenas ó con las del mayor número?». ¿Cómo pudiera no pesarnos con verdadera atrición de haber contado ligeramente con la buena voluntad de los amigos de la verdad, que realmente no debe de tener muchos entre nosotros? Ya en otra parte dijimos que donde quiera que volvemos los pasos encontramos una pared insuperable, pared que fuera locura pretender derribar. Pongámoslo al contrario como cada uno un ladrillito más con nuestras propias manos; vivamos entre nuestras cuatro paredes, sin disputar vanamente si nos ha de sorprender la muerte como á los carneros de Casti, asados ó cocidos, y si del otro lado imaginan algunos que está la felicidad, que nosotros no vemos en el mundo por ninguna parte, Dios se la tenga muchos años por allá, y se la dé á quien más le convenga, pues ya está visto que á nosotros, pobrecitos habladores, no nos debe en manera alguna de convenir.
Una duda ofensiva nos queda por desvanecer; ésta es una aclaración que nos pesará más que todo no poder hacer. Habrán creído muchos tal vez que un orgullo mal entendido, ó una pasión inoportuna y dislocada de extranjerismo han hecho nacer en nosotros una propensión á maldecir de nuestras cosas. Lejos de nosotros intención tan poco patriótica; esta duda sólo puede tener cabida en aquellos paisanos nuestros que, haciéndose peligrosa ilusión, tratan de persuadirse á sí mismos que marchamos al frente ó al nivel á lo menos de la civilización del mundo; para los que tal crean no escribimos, porque tanto valiera hablar á sordos: para los Españoles empero juiciosos, para quienes hemos escrito mal ó bien nuestras páginas; para aquéllos que, como nosotros, creen que los Españoles son capaces de hacer lo que hacen los demás hombres; para los que piensan que el hombre es sólo lo que de él hacen la educación y el gobierno; para los que pueden probarse á sí mismos esta eterna verdad con sólo considerar que las naciones que antiguamente eran hordas de bárbaros son en el día las que capitanean los progresos del mundo; para los que no olvidan que las ciencias, las artes y hasta las virtudes han pasado del oriente al occidente, del mediodía al norte en una continua alternativa, lo cual prueba que el cielo no ha monopolizado en favor de ningún pueblo la pretendida felicidad y preponderancia tras que todos corremos; para éstos, pues, que están seguros de que nuestro bienestar y nuestra representación política no ha de depender de ningún talismán celeste, sino que ha de nacer, si nace algún día, de tejas abajo, y de nosotros mismos; para éstos haremos una reflexión que nos justificará plenamente á sus ojos de nuestras continuas detracciones; reflexión que podrá ser la clave de nuestras habladurías, y la verdadera profesión de fe de nuestro bien entendido patriotismo. Los aduladores de los pueblos han sido siempre, como los aduladores de los grandes, sus más perjudiciales enemigos; ellos les han puesto una espesa venda en los ojos, y para usufructuar su flaqueza les han dicho: _Lo sois todo_. De esta torpe adulación ha nacido el loco orgullo que á muchos de nuestros compatriotas hace creer que nada tenemos que adelantar, ningún esfuerzo que emplear, ninguna envidia que tener. Ahora preguntamos al que de buena fe nos quiera responder: ¿Quién es el mejor Español? ¿El hipócrita que grita: «Todo lo sois; no deis un paso para ganar el premio de la carrera, porque vais delante»; ó el que sinceramente dice á sus compatriotas: «Aún os queda que andar; la meta está lejos; caminad más aprisa, si queréis ser los primeros?». Aquél les impide marchar hacia el bien, persuadiéndoles á que le tienen; el segundo mueve el único resorte capaz de hacerlos llegar á él tarde ó temprano. ¿Quién, pues, de entrambos desea más su felicidad? El último es el verdadero Español, el último el único que camina en el sentido de nuestro buen gobierno. Y cuando una mano poderosa y benéfica, de quien sabe mejor que los aduladores de las naciones lo que nos falta que andar, nos anima señalándonos gloriosos ejemplos, cuando una reina ilustre y un monarca bien intencionado tratan los primeros de llevarnos á la posible perfección, retardada acaso no por culpa de sus excelsos antecesores, sino tal vez por la sucesión de revoluciones desgraciadas siempre que han afligido nuestro país, en esta ocasión ¿no se nos permitirá proclamar esta luminosa verdad, que un Español fiel vierte en cooperación de los altos fines de sus reyes? ¿No se nos permitirá tampoco rendir este postrer homenaje á la verdad?
Ésta era la última reflexión que nos quedaba que hacer; el deseo de contribuir al bien de nuestra patria nos ha movido á decir verdades amargas; si nuestras pocas fuerzas, si las dificultades que en nuestra marcha hemos encontrado, si las circunstancias, en fin, hubiesen impedido resultados correspondientes á nuestras esperanzas, sírvenos al menos de consuelo y de recompensa la propia satisfacción que nos inspira nuestro objeto. ¿No se nos permitirá tampoco decir á la faz de nuestros lectores: _¿Ésta fué nuestra intención?_ ¿Qué riesgo podrá haber para nadie en decir en altas voces que deseamos lo bueno, y que por eso criticamos lo malo?
Después de este exordio, en que hemos dado la clave de nuestro Hablador, después de haber manifestado harto claramente que si números enteros han sido dedicados á objetos de poca importancia, no ha sido porque fuese tal nuestra intención, sino por la naturaleza de las cosas que nos rodean, terminemos nuestra colección como podamos; y si hubiere lector que no pareciese muy satisfecho de nuestras divagaciones, ó de la futilidad tal vez de las materias que tratemos, le rogamos que vuelva á leer el exordio que antecede para que no culpe á quien de buena gana le siguiera divirtiendo más á su placer, y recuerde que sólo el deseo de cumplir la palabra que al público tenemos dada de llenarle catorce números nos pone hoy nuevamente la pluma en la mano.
CARTA ÚLTIMA DE ANDRÉS NIPORESAS AL BACHILLER DON JUAN PÉREZ DE MUNGUÍA
Querido bachiller: Imagina tú si me será sensible el estado de tu salud y ese malhadado frenillo que te embarga la lengua y te obliga á hablar tan de tarde en tarde; echa mano de la sopa en vino, y si ésta no basta á dar tono á tu decaída máquina, avísame con tiempo para encomendarte á Dios y rogarle que te haga arrepentir en vida de tus muchos y corpulentos pecados, pues te veo ya con un pie en la sepultura, y me doy á entender que si te alcanza la muerte antes de arrepentirte, no ha de haber luego remedio humano ni divino para ti, ni te han de alcanzar oraciones de ningún cristiano. Mira estas cosas muy despacio, y considera sobre todo que hay infierno. De esta verdad, si la fe no te respondiera, te respondería yo, que llevo este punto de creencia á tal extremo que estoy para mí que no sólo le hay en la otra vida, sino en ésta también debe haberle para más de uno, según vehementes indicios que de ello tengo.
Es tanta la batahola de preguntas y confusión de encargos que en tu última carta reservada, y no vista del público, me diriges y encomiendas, que no sé si bastaré yo para dar completa satisfacción á todas tus necesidades. Conténtate, pues, con lo que buenamente te pueda ir diciendo...
Pasemos á tus largas preguntas y á tus interminables encargos.
Con respecto á la Historia de España que me pides, como me dices que ha de ser buena, no te la puedo enviar, porque no la he encontrado.
Me encargas que envíe á tu sobrinito á las cátedras públicas de historia y geografía que supones temerariamente que debe de haber en una corte como ésta; me añades que ya que tiene la fortuna de estar en el primer pueblo de la nación, que aproveche esta feliz circunstancia para ilustrarse. Te ruego encarecidamente que antes de hacerme estos encargos procures no ser tan ligero en tus juicios, porque aquí no hay semejantes cátedras; lo que hay es una Academia de la Historia, y un despacho de mapas en la calle del Príncipe. Puede ser que sean éstas las noticias que tengas, y como eres tan torpe, todo lo hayas confundido.
Soy de opinión que no aprenda taquigrafía, en atención á que aquí no hay palabra que seguir.
Lo que sí debe aprender es el arte de tener siempre razón, es decir, la esgrima, porque andan muy en boga los desafíos de algún tiempo á esta parte; de suerte que ya en el día es una vergüenza no haber estropeado á algún amigo en el campo del honor. Otra cosa no menos importante. Es de primera necesidad que se vista de majo y eche un cuarto á espadas en cualquier funcioncilla de toros extraordinaria que entre señoritos aficionados se celebre, que sí se celebrará; con estas dos cosas será una columna de la patria, y un modelo del buen tono, según los usos del día. Y aun si pudiera ser tener pantalón _colan_ y sombrero _clac_; si pudiera ser además que pasase la mañana haciendo visitas, y dejando cartoncitos de puerta en puerta, la tarde haciendo ganas de comer y atropellando amigos en un caballo cuellilargo y sin rabo, condición _sine qua non_, la primera noche silbando alguna comedia buena, y la madrugada de _raout_ en _raout_, perdiendo al écarté su dinerillo y el de sus acreedores, sería doblemente considerado de las gentes del gran mundo, y atendido de las personas sensatas del siglo...
Alguna obra de la biblioteca de las que me indicas está en lo reservado, y así te devuelvo tu encargo...
Tampoco he encontrado una colección de trajes españoles de todas las épocas, porque no la hay. Me han preguntado si estás tú seguro de que anduviesen vestidos nuestros antepasados.
No se ha encontrado quien compusiera tu reloj; sabe más que tú y que todos nosotros; por más que ha querido el relojero gobernarlo, él no se ha dejado gobernar.
La laminita que quieres, no he hallado en Madrid quien la haga; dicen que es preciso hacerla sobre acero, y para obtener buen resultado me han asegurado que debes encargarla á París.
No he dado á encuadernar el libro consabido, porque como lo quieres lujoso y preciosamente encuadernado, y aquí no hay más que uno que lo sepa hacer, está muy atareado, sobre llevar muy caro, y así es cosa larga. Si te corre prisa lo enviaré á Londres...
No he podido confiar tus comisiones á Domingo, ni á Pedro, ni á la Nicolasa: hanles sucedido á todos desgracias impensadas...
Ya te puedes poner en camino, porque en esta semana pasada no ha habido más que dos robos de diligencias...
Pero si vienes á pretender no vengas, que por ahora no tengo empeños que prestarte, y para traerte sólo contigo tus méritos, te puedes quedar con ellos por allá, que aquí nadie los ha menester...
Vengas ó no vengas, lo que debes hacer es callar; supuesto que el mundo ha de ir siempre como va, haz lo que todos, y de lo que sabes saca partido, si es que no quieres olvidarlo, lo cual sería más seguro. Cuando las cosas no tienen remedio, la habilidad consiste en convertirlas como son en provecho de uno. Déjate, pues, ya de habladurías, que te han de costar la vida, ó la lengua; imítame á mí, y escribe sólo de aquí en adelante cartas simples y serias de familia, como ésta, donde cuentes hechos, sin reflexiones, comentarios ni moralejas, y en las cuales nadie pueda encontrar una palabra maliciosa, ni un reproche que echarte en cara, sino la sencilla relación de las cosas que natural y diariamente en las Batuecas acontecen; ó lo que sería mejor, ni aún eso escribas, que para que esta habilidad no se te olvide, bastará que pongas semanalmente la cuenta de la lavandera.
_Andrés Niporesas_
_Nota._ De aquí para adelante el editor no sabe más qué ha sido de los escritos del Bachiller ni de su correspondencia con Andrés Niporesas: sólo se sabe que, como de los fragmentos de esta carta se puede barruntar, se había puesto el Pobrecito en camino para la corte de las Batuecas, y, como se infiere, Andrés seguía en Madrid. Que á poco el Bachiller murió, lo cual se supo por los últimos partes telegráficos. El editor aguarda los más recientes pormenores para darlos al público, como lo espera hacer en el número 14 de esta colección, que será _la muerte del Pobrecito Hablador_. Sólo se han hallado entre papeles viejos algunos fragmentos, como en dicho número se dirá, los cuales no se sabe si con el tiempo podrán ver la luz pública.
MUERTE DEL POBRECITO HABLADOR
ESCRÍBELA PARA EL PÚBLICO ANDRÉS NIPORESAS, SU CORRESPONSAL
Habló lo que tenía que hablar, y expiró. _Pág. 176 de este tomo 1.º_
¿Qué se hizo el rey don Juan? Los infantes de Aragón ¿Qué se hicieron? .................... .................... Mas como fuese mortal, Metiólo la muerte luego En su fragua: ¡Oh juicio divinal! Cuando más ardía el fuego Echaste agua.
_Jorge Manrique_
¡Oh fragilidad de las cosas humanas! ¿Será cierto? El fuerte, el terrible cayó. ¡No existe ya el Pobrecito Hablador! ¿Pero qué mucho? Caen y pasan los imperios, ¡y no habrán de caer y pasar los habladores! Los Asirios cayeron; los Babilonios hicieron lugar á los Persas; los Persas sucumbieron á los Griegos; los Griegos se refundieron en los Romanos. Roma humilló su altiva frente á las hordas del Norte, y á los bárbaros sus águilas imperantes... todo pasó: el recuerdo de su soberbia existe sólo para hacer más humillante su caída. ¿Qué le prestó á la colonia de Dido su mala fe? ¿Qué le prestaron sus ciencias á la ciudad de Minerva? ¿Qué á la corte de Zenobia sus altos monumentos? ¿Qué á la capital del mundo su severidad republicana ni sus fuertes muros? Todo lo destruyó el tiempo. ¿Y no podrá destruir á un hablador?
Entre lágrimas y congojas escribo estos tristes renglones que acaso la posteridad leerá; pero por si la posteridad no los leyese, porque de la posteridad no se sabe cosa cierta, léanlos á lo menos nuestros coetáneos.
Un pañuelo en la mano, apoyada en esta la mejilla, mis cabellos esparcidos, los ojos anegados en lágrimas, las huellas del dolor sobre mi frente... Heme aquí, discípulo de Apeles; pinto mi desesperación si alcanzan tus pinceles á pintar el mayor dolor que un mortal y que un Andrés han alcanzado jamás á padecer.
Tregua por fin á los sollozos: corra mi pluma sobre el papel; selle con caracteres de tinta y consigne en la eternidad tan funesto acontecimiento.
No ha dos horas aún esperaba el correo... la alegría brillaba en mis ojos. ¡Noticias de las Batuecas! exclamaba. ¡Cuánto se engaña el hombre! Llega un propio acelerado; mi mano trémula se resiste á romper el negro lema... y... ¡Qué horror! El Bachiller... ¡ha muerto! ¿Alguna alevosa pulmonía? No; no era un soplo de aire quien había de matar á un hablador. ¿Una apoplejía fulminante? ¡Ah! Un pobrecito no muere de apoplejía. ¿Murió de tener razón? ¿Murió de la verdad? ¿Murió de alguna paliza? Pero ¡ay! era su estrella dar palos y no recibirlos. ¿Dió con alguno más hablador que él? ¿Murió de algún tragantón de palabras?
No más dudas, en fin: recorro con la vista el pliego funesto, y la siguiente carta del infeliz escribiente del Pobrecito Hablador desenvuelve á mis ojos las horribles circunstancias de tan espantosa catástrofe:
«Señor don Andrés Niporesas. Aunque á riesgo de que usted no me crea, pues sé de muy buena tinta que no cree en cosa nacida ni por nacer, en lo cual hace como aquel que es experimentado y sabe cuanto viven los hombres de mentira, no dudo un momento en participarle la desgracia que en el día y aun en la noche tiene hecha un mar de lágrimas esta su casa y, lo que vale más, gran parte ya de las Batuecas.
»Bien sabe usted, y lo sabe mejor que nadie, que mi principal el señor Bachiller, que Dios haya perdonado, dió en hablar por los codos, y valga lo que valga esta frasecilla. No fueron parte, como usted sabe, á atarle la lengua, ni los respetos debidos á los necios en todo país poco menos que civilizado, ni las consideraciones que la sinrazón merece más de una vez entre nosotros, ni los gritos de su familia que los poníamos en el cielo suplicándole que no se metiese en habladurías, para lo cual le acumulábamos un sinfín de refranes, como verbi gracia: al buen callar llaman Sancho; cada uno en su casa, y Dios en la de todos; por la boca muere el pez; y otros tales y tan significativos como éstos; ya conoce usted que á mí sobre todo no me faltarían, porque soy de nacimiento castellano y de profesión batueco; pero á todo hacía mi amo orejas de mercader, ó respondía de una manera victoriosa: en cuanto al primero, que él no quería ser Sancho; en lo de cada uno en su casa, ni estaba decidido si él la tenía, ni si él era cada uno; en cuanto á lo de Dios por su casa, mucho le amaba en verdad... Y en lo de que el pez muere por la boca, añadía que tanto tenía él de pez, como los batuecos de personas. Así no había entrarle. Ya ve usted que un hombre para quien no tenían autoridad los refranes, que tienen toda la legitimidad de la antigüedad, es hombre desahuciado. Había de hablar y habló.