Nuevas cartas americanas

Part 7

Chapter 74,044 wordsPublic domain

Como quiera que sea, pues no nos incumbe dilucidar la verdad científica del alma de _Tabaré_, el valor estético de la creación es grande, y el arte y el ingenio que se requieren para dar forma, vida y movimiento á esta creación, tienen que ser poco comunes.

Juan Zorrilla posee este arte y este ingenio. Ni el poeta penetra en lo profundo del alma de _Tabaré_, y se pone á analizarla, como haría un novelista psicológico; ni _Tabaré_ habla ni se explica á sí mismo, lo cual sería inverosímil. Y no obstante, el lirismo de Juan Zorrilla, como un ensalmo, como un conjuro mágico, evoca el espíritu de _Tabaré_, y nos le deja ver claramente, en su vida interior, en el móvil oculto de sus acciones, en sus afectos, en su vago pensar y en su complicada naturaleza.

En la confluencia de los ríos San Salvador y Uruguay han fundado los españoles una aldea, fortaleza ó puesto avanzado. D. Gonzalo de Orgaz es el joven capitán de los valientes que mantienen allí la bandera de España. D. Gonzalo, á pesar del peligro del puesto, tiene consigo á su esposa Doña Luz, y á Blanca, su linda hermana.

De vuelta D. Gonzalo de una excursión guerrera, trae á varios prisioneros charrúas. Entre ellos viene Tabaré. Tabaré ve á Blanca. Las raras emociones que al verla agitan su pecho están descritas con tal sutileza, con arte tan delicado, que se comprende y se admira su vaga intensidad. Su idealismo parece real, naturalista y vivido. Se diría que todo el elemento materno de hombre civilizado que había en el espíritu de Tabaré, surge, á la vista de Blanca, desde el tenebroso fondo de su sér de salvaje. Es sentimiento sin nombre, arrobo indefinible, recuerdo confuso de allá de la infancia, cuando su madre vivía y le llevaba en sus brazos. Todo esto no lo dice el indio, porque sería falso que se entendiese él por reflexión, y que se explicase la devoción, la pureza, la limpia castidad, el religioso acatamiento y la admiración que Blanca le inspira. Todo esto no lo dice el poeta tampoco, como si el héroe, mudo ó incapaz de explicarse, tuviese intérprete ó comentador constante que le fuese traduciendo y glosando. Y todo esto, sin embargo, se ve y resulta de la poesía de Juan Zorrilla, por dificultad vencida y por arte pasmoso, que le dan, en mi sentir, extraordinario mérito y novedad inaudita. Es la más alambicada metafísica de amor puesta en cifra, y por instinto, en el estilo de los salvajes, y puesta con tal claridad, que la comprende el hombre civilizado capaz de comprenderla. No parece sino que el poeta guardaba en ánfora sellada el antiguo elixir amoroso con que se embriagaba Petrarca, y que, depurado por los siglos, le derrama en las selvas primitivas y entre las breñas y malezas, embalsamando el aire del recién descubierto país uruguayo.

Tabaré, que está enfermo, infunde piedad y simpatía á Blanca y al P. Esteban,

«Encarnación de aquellos misioneros Que del reguero de su sangre hacían La primer senda en medio del desierto, Y marcaban el sitio Hasta el cual penetraba el Evangelio, Con el cadáver solo y mutilado De algún mártir sin nombre y sin recuerdo.»

Por intercesión del misionero y de Blanca, Tabaré queda libre, bajo su palabra de no fugarse de la colonia.

Como Tabaré anda melancólico y ensimismado, excita más la piedad y el interés de Blanca, que le habla á veces. Si responde el indio, rompiendo su obstinado silencio, ó si el poeta responde por él, interpretando su mirada y sus ademanes, queda en esfumada indeterminación lírica. Á la verdad que lo que dice el indio es el sentir y el pensar del indio; pero apenas se concibe que el indio pudiera expresarlo. El encanto de la poesía vence esta dificultad, y aun saca de ella más hermosura.

Blanca habló á _Tabaré_.

«Él se detuvo, sin alzar la frente, Cual llamado á lo lejos; Cual si la voz tardara largo espacio En ir desde el oído al pensamiento. Quedó fijo; temblaba como el arpa Que ha sacudido el viento; Como el corcel que en su carrera escucha El bramido del tigre en el desierto. Así como una piedra, Al fondo del abismo descendiendo, Despierta temerosas resonancias, Voces lejanas, quejas y lamentos, La voz de la española Descendió al alma del salvaje enfermo, Y en ese abismo despertó la vida, La queja, el grito del dolor y el tiempo.»

_Tabaré_ habla entonces á Blanca. Sus palabras carecen de orden y concierto. Brotan de sus labios como tropel de sombras y luces. El poeta es, pues, quien ordena este caos, y le trueca en bellas canciones americanas:

«¡Oh! ¡sí! yo sé que acechas Mis horas de dolor; Sé que remedas alas de jilgueros Donde yo estoy. Yo sé que tú el secreto Conoces de mi sér, Y sé que tú te escondes en las nieblas... ¡Todo lo sé! Que gimes en el viento; Que nadas en la luz; Que ríes en la risa de las aguas Del _Iguazú_; Que miras en las altas Hogueras de _Tupá_, Y en las lunas de fuego fugitivas Que brillan al pasar. Tú, como el algarrobo, Sueño das á beber, Y das la sombra hermosa que envenena Como el _ahué_. Yo, temiendo tu sombra, Tiemblo y huyo de tí, Y tú en el despertar de mis memorias Vas tras de mí.»

Luego habla el indio del recuerdo de su madre, que Blanca reanima en su mente:

«Era así como tú... blanca y hermosa; Era así... como tú: Miraba con tus ojos, y en tu vida Puso su luz.

Yo la ví sobre el cerro de las sombras Pálida y sin color. El indio niño no besó á su madre... No la lloró.

* * * * *

Hoy vive en tu mirada transparente Y en el espacio azul... Era así como tú la madre mía; Blanca y hermosa...; pero no eres tú.»

El amor singular del indio hace que despunte en el alma de Blanca, como en el cielo sereno y puro, una remotísima é indecisa aurora de amor, tan indefinida, que se confunde con la piedad, con la conmiseración, con la caridad cristiana.

En tal estado vaga _Tabaré_ en silencio por la colonia; y, de día, le juzgan loco, y por la noche, la gente crédula le imagina alma en pena ó fantasma.

Varios soldados persiguen al fantasma y le acometen; _Tabaré_ se defiende, y quiebra entre sus fuertes dedos el asta de la lanza de un soldado. Hubiera muerto entonces, si no acude el P. Esteban y le salva.

El lance ocurrido y la singular y sombría condición del indio, avivan las sospechas de Doña Luz y de otros sujetos de la colonia, que no creen posible que un charrúa se civilice y deje de ser una fiera, y, á pesar de la generosa y confiada resistencia de D. Gonzalo, éste cede al fin y despide á _Tabaré_, para que vuelva á los bosques, á su vida de indio bravo.

La compasiva Blanca ve al indio antes de partir. En la mente del indio, Blanca sigue siendo un sér ideal:

«Con alas invisibles en la espalda»,

y en los ojos, con la luz de la aurora,

«Que el seno oscuro de la noche aclara»;

pero la arisca fiereza del indio, y su sér de charrúa indómito, que lucha dentro de su pecho con la suave y amorosa condición que heredó de su madre, se oponen en esta ocasión á que Blanca comprenda que el indio la quiere bien. Blanca cree que la odia y que odia á todos los cristianos.

Después hay un momento supremo en el combate interior entre las dos naturalezas de Tabaré. Va á vencer la ternura, y el charrúa, el charrúa que nunca llora, ni se queja en medio de los más horribles suplicios, se abraza al P. Esteban y vierte en su sayal una lágrima. La reacción es más violenta entonces. La vergüenza, la ira de haber incurrido en aquel acto de debilidad, deshonroso para su casta, hace que Tabaré ruja como un tigre, se desprenda del fraile y huya á la selva.

Los cantos siguientes del poema tienen el carácter de una epopeya trágica y sombría.

La carrera frenética de Tabaré cuando vuelve ya á sus nativos bosques, es de gran riqueza de imaginación. Ni falta lo sobrenatural, como en los antiguos poemas. Juan Zorrilla llama á los espíritus, á los genios elementales del mundo americano primitivo, y todos acuden á su briosa evocación. Ellos que son inmortales y conocieron y trataron la raza extinguida de los huraños charrúas, salen de sus cavernas, descienden de las nubes, se hacen visibles en el aire, y, sacudiendo las osamentas y los cráneos, hundidos

«En el profundo limo En que tienen las algas sus amores, Se arrastra el yacaré, duerme la raya, Y la tortuga sus nidadas pone»,

revelan al poeta los ignorados pensamientos y sentimientos de aquellos salvajes. Es más: estos seres extra-humanos animan la naturaleza, intervienen como máquina en el poema y dan forma visible al delirio de Tabaré, errante por el bosque.

No gusto de citar, porque lo que se cita, aislado y dislocado, pierde toda la belleza que nace del acorde en que está con el resto de la composición. Afirmo, pues, sin citar casi, que todo el vagar por el bosque del indio Tabaré es enérgica poesía, y de un brío gráfico y fantástico notables, donde lo real y lo ideal, lo observado y lo soñado, se mezclan y se funden íntimamente.

«Al sentirlo pasar, las lagartijas Hacia sus cuevas corren, Y asoman las cabezas puntiagudas Y el largo cuerpo sin calor encogen. Y las ranas se callan un instante Mientras pasa, y sus voces, Como largos quejidos, á su espalda, Cuando ha pasado nuevamente se oyen. Y los nocturnos pájaros lo siguen En negras procesiones; El chajá dando saltos por el suelo, Chirriando esos murciélagos enormes, Que, como manchas de la misma sombra, La oscuridad recorren, Persiguiendo los átomos, ó huyendo Atolondrados de invisible azote. Detrás de cada tronco acurrucada Parece que se esconde Alguna cosa que, al pasar el indio, Sigue tras él con movimiento torpe. Él siente á sus espaldas ese mundo Que su alma sobrecoge; Mas no se vuelve, y apresura el paso, Y sigue, y sigue sin saber adónde.»

Al fin, Tabaré se para rendido por la fiebre, y empieza su delirio, en que todos los espíritus de la naturaleza toman activa parte.

Sigue después otro cuadro, que excede acaso en belleza al anterior. La inspiración del poeta, lejos de menguar, crece, según adelanta en su obra. Es un cuadro del más pujante naturalismo. No puede imaginarse aquelarre más espantoso que la escena real y vivida que el poeta ofrece á nuestros ojos. Ha muerto el cacique supremo de los charrúas, y éstos celebran los funerales. El sueño frío se entró por las venas del viejo cacique, y en balde los médicos le chuparon el vientre para arrancar el dardo que causaba su mal. Muerto ya, le preparan para el último viaje, embijándole horriblemente la cara con jugo de _urucú_ para que asuste á _Añang_ y á _Macachera_ y á los genios del aire. Los indios danzan ebrios en torno de diez hogueras. La descripción de las mujeres es de mano maestra. Danzan y cantan las mozas: las viejas, de cuclillas, mastican entre sus mandíbulas sin dientes algo que echan en el brebaje que está fermentando. Los parientes del difunto se cortan dedos, ó se arrancan pedazos de carne ó túrdigas de pellejo para mostrar su pesar. Todo esto no se refiere: casi se ve. Se huele la sangre vertida; se respira el humo de las hogueras; se perciben los cuerpos desnudos; y se oyen los cantares bárbaros, los aullidos y el resonar de los pies que bailan, y el silbar de las bolas y de las flechas y el choque de las lanzas. Los indios arman brava y fantástica pelea con los hijos del aire y de la noche, con los perros que roen las lunas, y con los vestiglos malditos que acuden á llevarse el espíritu del cadáver.

Como digno remate de las ceremonias fúnebres, aparece el indio Yamandú, reclamando que le eleven al cacicato supremo. Sus méritos y servicios son notables. Nadie hace muecas más diabólicas para espantar al enemigo; nadie da en la lucha alaridos más feroces. En su toldo cuelgan cien cabelleras de adalides muertos por su propia mano; su pecho está adornado con largas sartas de dientes y de muelas de los _arachanes_ vencidos de cuya piel retorcida ha formado la cuerda de su arco.

Elegido ya ó reconocido como jefe, Yamandú excita á los indios á una expedición contra los españoles. No puedo resistir á la tentación de copiar aquí parte de su discurso:

«¿Queréis matar al extranjero blanco? Seguid á Yamandú. Yo sé matarlo como al gato bravo De los bosques del Hum. Los cráneos de los pálidos guerreros Al indio servirán Para beber la chicha de algarrobas Y el jugo del palmar. Sus rayos no me ofenden, en su sangre Se hundirán nuestros pies: Sus cabelleras en las lanzas nuestras El viento ha de mover. Virgenes blancas que en los ojos tienen Hermosa claridad, Encenderán en nuestros libres valles Nuestro salvaje hogar. En esos días de las horas largas En que canta el _sabiá_, Y al pie de la barraca está el bañado Dormido en el juncal; En esas noches en que se oye á ratos El canto del _urú_, Las virgenes esclavas del charrúa Brillarán con su luz. Sus cuerpos son más blandos que el venado Que acaba de nacer, Y tiemblan como tiembla entre la hierba La verde _caicobé_. Sus cabellos parecen los renuevos Más tiernos del sauzal, Sus bocas se abren como el dulce fruto Que da el _burucuyá_. ¡Vamos! ¡Seguidme! El extranjero duerme, ¡Duerme en el Uruguay! ¡El sueño que en sus ojos se ha sentado, No se levantará!»

En efecto: Yamandú ha visto también á Blanca. Ha nacido en su pecho una pasión muy diversa de la de Tabaré y más propia del salvaje. El ansia de robar y gozar á Blanca y el deseo de matar á los españoles le inspiran el plan de una sorpresa nocturna y de un asalto á la colonia de San Salvador. Los indios caminan ya tácita y cautelosamente hacia la colonia, durante la noche, mientras duerme la guarnición descuidada.

«¿No veis entre las ramas asomarse Los temerosos rostros de los indios, Embijados de rojo, y dibujados Con trazos verdes, negros y amarillos? Las plumas de sus frentes se confunden Con las hojas del cardo; el remolino Del viento suave, al agitar las ramas, Descubre aquí y allá rostros cobrizos.»

Salen del matorral, por donde iban medio agachados, y dan ocasión para que el poeta nos nombre á algunos.

«Aquel es Ibipué. ¿Quién no conoce Al _tubichá_, tan fiero como listo, Que al avestruz alcanza y al venado, Y apresa entre las aguas al carpincho? Cayú es aquel que corre entre las chircas. Se le conoce en el profundo signo Que, con su hacha de piedra, le ha grabado En la cabeza el _arachan_ Siripo. ¿También tú, Guaycurú? De los cristianos Tú te dijiste servidor sumiso; Ese casco que llevas y esa adarga De Garay los ganaste en el servicio. Tú fuiste el mensajero de tu tribu: Rompiste en la rodilla tu macizo Arco de _ñandubay_, y en tu piragua, Ó á nado, en son de paz, cruzaste el río. ¿No es esa una mujer? Es Tabolía. Sabe arrancar la piel al enemigo, Y ya más de una de ellas ha colgado En el movible toldo de sus hijos. Ella no exprime el fruto del quebracho, Ni recoge en la selva para su indio La miel del _guabiyú_, ni lleva el toldo, Ni entona el _yaraví_ de triste ritmo. Tiene en su labio el signo del guerrero; Suena en la lucha su salvaje grito, Y en el desnudo seno apoya el arco En que viene la muerte á hacer su nido.»

La expedición tiene, al principio, el éxito que Yamandú deseaba. San Salvador es sorprendido. La lucha es terrible, y bien pintada. Arden muchas casas. Los indios dan muerte á no pocos españoles; pero éstos se rehacen, y ponen en fuga á los invasores.

Yamandú logra, no obstante, su principal objeto. En medio del tumulto, de la confusión y del horror de la batalla y del incendio, roba á Blanca, y se la lleva á la selva sagrada donde tiene su guarida.

Sucédense luego la desesperada furia de don Gonzalo al saber el rapto de su hermana, su idea de que es Tabaré quien la ha robado, y su inútil persecución para libertarla.

Entretanto, Yamandú ha llevado á Blanca á lo más esquivo del bosque, donde el terror impide que penetren los otros indios, que no son _payés_, como él. El es hechicero, y no teme; antes bien domina á los espectros y genios que siguen á Añanguazú.

La situación es desesperada. Blanca yace en el suelo sin sentido. Vuelve en sí, y se mira en el centro de la selva. En la oscuridad medrosa ve relucir las lascivas pupilas de Yamandú, que aguarda que vuelva ella de su desmayo.

Algo de inesperado ocurre entonces, sin que Blanca atine á darse cuenta. Oye crujido de ramas que se apartan con violencia; después pasos, después gritos ahogados, y al fin ruido como de una lucha muda y tremenda.

En suma; Tabaré ha venido en socorro de Blanca: ha caído sobre Yamandú, y ha logrado matarle, estrujándole el pescuezo entre sus dedos.

Contar, como quien escribe un índice, todos estos sucesos y el final desenlace, es destruir el efecto artístico, que pueden producir, y que, á mi ver, producen. Menester es, no obstante, llegar al final rápidamente.

Tabaré salva á Blanca, que está casi exánime y la lleva hacia la colonia.

D. Gonzalo, que sigue buscando á su hermana, ve al indio, que corre teniéndola en sus brazos, y á quien cree el raptor. D. Gonzalo ciego de ira se lanza sobre Tabaré y le atraviesa con su espada. Blanca, que comprende ya todo el amor, toda la sublime devoción del indio, se abraza estrechamente con él, moribundo; llora y le llama. Tabaré muere.

Así termina la acción de la leyenda, cuya trascendencia y elevación merecen que de epopeya la califiquemos. El poeta, como Hugo Foscolo ha dicho de Homero, aplacando con su cantar las afligidas almas de los vencidos, ha trazado con alto estilo la inevitable, la providencial desaparición de las razas, que llegan á ponerse con la civilización en indómita rebeldía. El poeta, español de raza, ensalza á los españoles vencedores, como Homero ensalzaba á los griegos; pero las lágrimas son para Tabaré. Las lágrimas son para Héctor y Príamo. No hay una sola página del poema de Juan Zorrilla que no esté impregnada de tierna y piadosa melancolía. Sobre el americanismo del poeta están aquellos sentimientos fervorosos de caridad cristiana, de amor á todos los hombres, tan propios del alma española, y que resplandecían en los misioneros, en los legisladores de Indias, y á veces, cuando la codicia ó la ambición no los cegaba, hasta en los mismos tremendos conquistadores, por más que no todos fueran como D. Gonzalo de Orgaz, sino foragidos y desalmados aventureros.

Lo que América debe á España es tanto é importa tanto, que el poeta, exaltado por el fervor de la sangre que lleva en sus venas, da á veces á España tales alabanzas, que, al llegar á España, tan postrada y abatida hoy, la consuelan y la sonrojan á la vez. El poeta imagina que acaso cuando en edad remotísima se hundió la Atlántida, no cabiendo su inmensidad en los mares resurgió ó sobrenadó en parte, formando ambas Américas, y separándose así de la parte capital que no se hundió: de España, que había sido y había de volver á ser su cabeza.

El pueblo español es, para el poeta,

«El pueblo altivo que, en la edad sin nombre, Era el cerebro acaso De aquel dorso gigante y misterioso, Ya sumergido en el abismo atlántico; Que, no teniendo en su profundo seno Para el coloso espacio, Dejó asomar sobre la vasta tumba, Miembro insepulto, el mundo americano.»

Sin pretensión pedantesca, sino del modo propio de la poesía, hay y se agitan en el poema _Tabaré_ grandes problemas de libre albedrío, predestinación, determinismo y vocación de las razas: psicología, teodicea y filosofía de la historia. Al leer el poema, se levanta el espíritu del lector á estas altas especulaciones.

Después de lo dicho hasta aquí, de sobra está añadir que me parece muy bueno el poema; y que hasta el severo Clarín ha de calificar á su autor, no de medio poeta sino de uno, y quizá de uno con colmo: colmo que no se atreverá á derribar su rasero, pasando sobre la medida.

Mi carta se va haciendo interminable; pero me asalta un escrúpulo, y aun exponiéndome á pecar de pesado, quiero discurrir sobre él, á ver si le desvanezco.

Á pesar de lo que he escrito y clamado contra el naturalismo, al fin, como soy un hombre de ahora y no de otra edad, y como las modas son contagiosas, yo, sin poderlo remediar, soy también algo _naturalista_.

Mi escrúpulo es, pues, sobre la verosimilitud y hasta sobre la posibilidad de Tabaré. El hechizo de la poesía le hace parecer verosímil; pero ¿pudo ser Tabaré en la realidad de la vida? Aunque hubiera nacido de madre española, ¿no se crió como un salvaje? ¿De qué suerte, por lo tanto, aun concediendo mucho á la transmisión hereditaria, nació en su alma inculta pasión tan delicada, tan pura y tan fecunda en actos de heroísmo y abnegación, como en el alma de Don Quijote, después de leer todos los libros de Caballerías, ó como en el alma de sublime é ilustrado cortesano, ó caballero más ó menos andante, que ha estudiado á Platón, á León Hebreo, á Fonseca y al conde Baltasar Castiglione?

Halm, el dramaturgo austriaco, nos representa un milagro por el estilo en _El hijo de las selvas_; pero aquel milagro, ó no es, ó no parece ser tan grande. La verosimilitud de lo milagroso crece en nuestra mente, no sé por qué, en razón directa de la distancia de siglos que de lo milagroso nos separa. Y por otra parte; ni los galos eran salvajes como los charrúas, ni en el alma del galo rudo y bárbaro de Halm, aparece la pasión delicada con la espontaneidad divina que en el alma de Tabaré. La joven griega le revela el amor por medio de la palabra: le explica los misterios celestiales de su espiritual pureza. Tabaré, con solo ver á Blanca, lo adivina todo.

Esto es lo que se me antoja poco creíble. Y yo no me contento con responderme que, ya que el efecto es hermoso, debo prescindir de la realidad de la causa. No me basta esclamar: _Si non é vero é ben trovato_. _El quidlibet audendi_ no me tranquiliza. Por último: lo caótico, confuso, inefable, y para el mismo Tabaré no comprendido, de los afectos de su alma, no me resuelve la dificultad.

Sólo la resuelve la teoría, expuesta ya por mí en otras ocasiones, acerca del poder revelador, religioso, suscitador de lo ideal, que ejerce la hermosura femenina.

Los clásicos griegos nos dejaron en sus fábulas los indicios de este poder de civilización repentista.

La hembra del hombre era abyecta, esclava, despreciada é inmunda. Se hace inventora de su propia beldad. Se pule, se atilda, se asea, y, añadiendo además un esfuerzo de voluntad artística é inspiradísima, crea el hechizo más grande y fascinador que cabe en los objetos materiales: crea á la mujer. Y la mujer es reina, es maga, es sibila, es profetisa desde entonces.

Su dominio sobre los hombres crudos y fieros, ya para bien, ya para mal, es desde entonces inmenso.

Yo creo en la _ginecocracia_ ó gobierno de la mujer en las edades primitivas. Donde quiera que la mujer se lava, se adorna y se pule, es reina y emperatriz de los hombres. En el país sabeo hubo reinas; reinas hubo en Otahiti. Cuando no hay reinas, hay musas que inspiran á los poetas, sibilas que columbran y manifiestan el porvenir, Egerias que dirigen á los Numas, Onfales que hacen que Hércules hile, Dalilas que cortan los cabellos á todo Sansón, y Circes que detienen, emboban y fijan á los Ulises vagabundos.

Cuando lo trascendente, lo divino, lo inmortal y puro no ha brotado aún en el alma del hombre, la mujer, que ha encontrado su hermosura física, se lo revela todo, al revelársela. Como los rayos del sol de primavera hacen brotar de la tierra fragantes rosas, las miradas de la mujer hacen que brote la flor de lo ideal en el alma de los hombres.

Así se explica la pasión de Tabaré, y queda firme como del más evidente realismo histórico y no como ensueño vano de la poesía.