Part 6
Los opuestos caracteres de las dos hijas de la condesa, Ida y Lea, están bien trazados y seguidos. Ida, con un marido vanidoso y ligero, y ella vanidosa y ligera también, se deja arrebatar por la manía del esplendor y de la magnificencia; se arruina, es abandonada por el marido, que se va á California á buscar oro; y ella muere al cabo míseramente en el hospital. Lea es una santa; pero, con franqueza, yo hubiera deseado más justificación en el lance que la decide á ser Hermana de la Caridad. Lea no tiene tiempo, ocasión, ni razonable y suficiente motivo para amar de tal suerte á su novio, que le produzca desilusión tan profunda el que éste la abandone, la plante, por otra señorita que tiene cuatro ó cinco veces más dote. Hablemos claro, aunque no sea _comm’il faut_: lo que hizo el novio de Lea fué una verdadera porquería; no tiene otro nombre. Pero, ¿qué diantre? ¿No se había tratado su matrimonio con Lea, contando previamente los ochavos de él y la dote de ella? Lo feo del caso estuvo en faltar á la promesa de un convenio de aparcería porque se halla otro convenio que trae más ventaja; pero la fe amorosa quebrantada y los mismos amores apenas se descubren.
Como quiera que sea, la vocación acude: Lea se hace Hermana de la Caridad; es una heroína y una santa, y todo ello está narrado con amor, con ternura, con fervor y caridad de cristiano.
El libro de mi antiguo amigo el Sr. Hidalgo es muy moral, muy devoto y algo melancólico; mas no por eso deja de entretener y de interesar. Además de ser el libro moral y devoto, y asimismo ameno, es, como queda dicho, de alta elegancia, lo cual no está en oposición tampoco con la devoción, con la moralidad y con la limpieza de costumbres.
Ya que el Sr. Hidalgo se lanzó, es de desear que persevere en el camino que ha tomado. Su cabeza ha de estar llena de noticias y de recuerdos de casos novelescos de la sociedad elegante de París, de aquella _high life_ central en que hace tantos años vive. ¿De qué variada cantidad de aventuras, amores, anécdotas y sucedidos de todo género, no podría valerse, si quisiese el señor Hidalgo, para componer, por docenas, novelas divertidísimas, sobre todo si no siguiese aislando mucho su _monde_ correcto y plenamente _comm’il faut_, y dejase que de vez en cuando hubiera en él irrupciones de los otros _mondes_, _interlope_, _camelotte_, etc., etc.? Hasta su misma calidad de extranjero haría que el Sr. Hidalgo viese y representase los objetos con mayor imparcialidad que los parisienses de nacimiento.
No dudo que llegará ahí la novela del Sr. Hidalgo, y aconsejo á V. que la lea. Es lectura propia de señoras, y está dedicada á una que lo es muy principal: discreta y elegante hija de nuestra España: á doña Mercedes Alcalá Galiano, baronesa de Beyens.
TABARÉ
_30 de Septiembre de 1889._
(A D. LUIS ALFONSO)
Mi distinguido amigo: No puede usted figurarse cuán grande es mi gratitud á usted por las generosas alabanzas que ha dado á mis _Cartas Americanas_. Y, si bien yo soy algo egoísta, como cada hijo de vecino, no se lo agradezco tanto porque alabándome aumenta usted mi crédito de escritor, cuanto porque une usted sus esfuerzos á los míos en un trabajo que considero utilísimo.
España y las que fueron sus colonias en América, convertidas hoy en dieciséis Repúblicas independientes, deben conservar una superior unidad, aun rotos los lazos políticos que las ligaban. El importante papel que España ha hecho en la Historia del mundo, sobre todo desde que su nacionalidad apareció plenamente á fines del siglo XV, imprime á cuanto proviene de España, por sangre, lengua, costumbres y leyes, un sello exclusivo y característico que no debe borrarse.
Dicen que yo soy muy escéptico; pero creo en multitud de cosas en que los que pasan por creyentes no creen; y entre otras creo (por manera vaga y confusa, es verdad) en los espíritus colectivos. Mi fantasía transforma en realidad sustantiva lo que se llama el genio de un pueblo ó de una raza. Lo que es figura retórica para la generalidad de los hombres, para mí es ser viviente. Y al incurrir en tan atrevida prosopopeya, no me parece que incurro en paganismo ni en hegelianismo. ¿Acaso no cabe mi suposición dentro del pensar cristiano? ¿No consta del Apocalipsis que tenían sendos ángeles tutelares las siete iglesias del Asia? ¿No es piadosa creencia la de que cada individuo tiene su ángel custodio? Pues entonces, ¿por qué no ha de tener cada pueblo y cada raza un ángel custodio de más alta categoría y trascendencia, que ordene las acciones de los hombres todos que á dicha raza pertenecen, en prescrita dirección y cierto sentido, para que formen, dentro de la obra total de la humanidad entera, una peculiar cultura? Esta, combinándose con el producto mental de otras grandes razas y nacionalidades constituye la civilización humana, varia y una en su riqueza, la cual, desde hace más de dos mil años, cinco ó seis predestinados pueblos de Europa han tenido y tienen la misión de crear y de difundir por el mundo.
Mi razonamiento, y le llamo mío, no porque no le hayan hecho otras personas, sino porque yo le hago ahora, me induce y mueve, sin el menor escrúpulo de que alguien me acuse de herejía, á dar adoración y culto al genio, ó, si se quiere al ángel custodio de la gente española. Así es que yo, si bien deploro que aquel grande Imperio de España y sus Indias se desbaratase, todavía absuelvo á los insurgentes que se rebelaron contra el señor rey D. Fernando VII y acabaron por triunfar de él y sustraerse á su dominio; pero no absuelvo, ni absolveré nunca á los insurgentes contra el genio de España, y ora se rebelen en Ultramar, ora en nuestra misma Península, los tendré por rebeldes sacrílegos y lanzaré contra ellos mil excomuniones y anatemas.
Disuelto ya el Imperio, no hay más recurso que resignarse; pero no debe disolverse, ni se disuelve, la iglesia, la comunidad, la cofradía ó como quiera llamarse, que venera y da culto al genio único que la guía y que la inspira. Todos debemos ser fieles y devotos á este genio. Yo, además, me he atrevido á constituirme, al escribir las _Cartas Americanas_, en uno de sus predicadores y misioneros. ¡Ojalá se me perdone el atrevimiento en gracia del fervor que le da vida en mi alma!
Sea por lo que sea, pues no es del caso entrar aquí en tales honduras, la madre España, desde hace más de dos siglos, ha decaído, no sólo en poder político, sino en aquel otro poder de pensamiento que se impone á los espíritus y domina en el mundo de la inteligencia. Francia, Inglaterra y Alemania, son ahora reinas y señoras en esto, así como en las cosas materiales. De aquí algo como un vasallaje intelectual en que nos tienen. Van delante de nosotros por el camino del progreso, y como en la ciencia positiva y exacta no hay más que un camino, tenemos que seguir las huellas de dichas naciones. Esto ni puedo ni quiero negarlo yo. Ni negaré tampoco que, en todo lo que es _ciencia inexacta_, deslumbrados nosotros por los adelantamientos reales de los extranjeros, también solemos seguirlos ciegamente, y aceptar y aun exagerar sus sistemas, sofismas y especulaciones, los cuales acostumbran ellos á forjar con más primor, con más arte, y, sobre todo, con mayor autoridad, gracias al descaro, á la frescura y al aplomo soberbio que les presta la confianza de ser más atendidos por pertenecer á nación dominadora ó preponderante en el día. Parece, pues, inevitable y fatal que, desde hace dos siglos, nos mostremos como discípulos, como imitadores de los extranjeros, en teorías y doctrinas políticas y filosóficas. Las modas de todo esto vienen de París, como las modas de trajes, de muebles y de guisos.
Entretanto, el genio de nuestra raza, ¿duerme, nos abandona ó qué hace? Aunque renegamos bastante de él, aunque olvidamos ó desdeñamos por anticuado y absurdo lo que nos inspiró en otras edades, yo entiendo que nos asiste y nos inspira aún, especialmente en todo aquello menos sujeto á progreso ó en que no se progresa; en todo aquello que flota, ó, más bien, vuela independiente y con plena libertad sobre el río impetuoso por donde van navegando los espíritus humanos.
Es cierto que cuando nos hemos puesto á filosofar en sentido racionalista, ya hemos sido volterianos, ya secuaces de Condillac, ya de Cousin, ya de algún alemán en Alemania apenas estimado; ya de Kant, ya de Hegel, ya de Renouvier, ya de Comte y Littré. Es cierto que, cuando no hemos politiqueado por rutina ó pasión, sin ser los principios más que vanos pretextos, hemos tomado los guías más extraños. Los conservadores, por ejemplo, á un protestante infatuado y seco, que nos despreciaba hasta el extremo de creer que se podía explicar la historia de la civilización de Europa haciendo caso omiso de España; los ultra-conservadores ultra-católicos, á los sensualistas elocuentemente desatinados De Maistre y Bonald; y en esto han llegado á tal delirio nuestros entusiasmos y nuestro afán de ser arrendajos, que yo doy por seguro, y creo no equivocarme, que si Proudhon no se hubiera mostrado federalista en uno de sus libros, tal vez por odio y celos de francés á la unidad italiana, y si en España no hubiera habido un escritor y orador de valer y aficionadísimo á Proudhon, jamás en España le hubiera pasado á nadie por la cabeza que nos trocásemos en República federal, rompiendo la unidad nacional á tanta costa y después de tantos siglos apenas lograda.
Pero es más: tal es ó ha sido el descuído, el olvido ó la corta estimación de nosotros mismos por nuestro propio pensamiento, que para volver á ser escolásticos en la patria del Doctor Eximio, de Victoria, de Melchor Cano y de Domingo de Soto, ha sido menester que nos impulsen Kleutgen, Van Wedingen, Liberatore, Prisco y otros tudescos, belgas é italianos.
Hasta en literatura, en lo que tiene de preceptivo, crítico y teórico, hemos recibido el impulso de fuera: hemos sido clásicos á la francesa desde Luzán; y luego románticos, porque el romanticismo vino de París; y luego naturalistas para remedar á Daudet y á Zola.
Por dicha, en medio de este vasallaje, se nota ya, desde hace años, cierto prurito de emancipación. Nuestro espíritu va como barco llevado á remolque, en el mar ó río del progreso; pero ya se siente agitado por el potente soplo del Genio de la raza, que tira á romper la cadena de los que nos van remolcando, y á dejarnos sueltos para que naveguemos por nuestra cuenta y riesgo.
Traigo aquí todo esto para rectificar varias sentencias que me atribuyen, sin motivo, los pocos periódicos franceses y anglo-americanos que han hablado de mis _Cartas_. Ni yo desconozco todo el valer de la ciencia y del ingenio de Francia, ni propendo con astucia diplomática, como cree la _Revue Britannique_, á separar á los hispano-americanos de la alianza intelectual francesa, ni los acuso de imitadores de todo lo francés, como si nosotros no lo fuésemos, y como si ellos en tal imitación no nos imitasen.
De este lado y del otro del Atlántico, veo y confieso, en la gente de lengua española, nuestra dependencia de lo francés, y, hasta cierto punto, la creo ineludible; pero ni yo rebajo el mérito de la ciencia y de la poesía en Francia para que sacudamos su yugo, ni quiero, para que lleguemos á ser independientes, que nos aislemos y no aceptemos la influencia justa que los pueblos civilizados deben ejercer unos sobre otros.
Lo que yo sostengo es que nuestra admiración no debe ser ciega, ni nuestra imitación sin crítica, y que conviene tomar lo que tomemos con discernimiento y prudencia. Y sostengo además que, en Francia y en otros países, los que prestan hoy alguna atención á nuestra literatura contemporánea, la consideran más de reflejo de lo que es, y apenas nos conceden ya otra originalidad que la grotesca y villana de lo chulo y lo majo. Piensan en España, y sólo ven, en lo pasado, autos de fe y hervidero de frailes; y en lo presente, toros, navajas y castañuelas. Lo restante es francés todo.
Mi protesta es contra esto. A pesar de la ineludible imitación, existe hoy, y ha existido siempre, en nuestra literatura, un fondo de originalidad grandísimo, el cual ha dado y da razón de sí y luz brillante en la poesía.
Vea usted por qué me ha desazonado tanto la declaración de Clarín de que en España no hay ahora sino 2,50 poetas. ¿Qué nos queda, si la poesía se nos quita?
Para consolarme, me explico dicha declaración de cierto modo, y entonces todo va bien. Para Clarín, el concepto de poeta es tan ideal y tan alto, que sólo dos españoles llegan hoy á él, y otro á la mitad de su idealidad y de su altura. Entendido así el negocio, no hay de qué quejarse en absoluto. Y si en lo relativo caben quejas, quien menos debiera darlas, con perdón sea dicho, es Manuel del Palacio; pues, poniendo aparte á Zorrilla, y sin calificar de ceros en poesía, y concediendo siquiera el valor de céntimos á Tamayo, Ferrari, Velarde, Rubí, Verdaguer, Alarcón, Fernández-Guerra, Teodoro Llorente, Miguel de los Santos Álvarez, Querol, Cañete, Narciso Campillo, Grilo, Correa, Cabestany, Echegaray, Menéndez y Pelayo, Molins, Cánovas, Cheste y otros, resulta que Clarín ensalza á Manuel del Palacio por cima de todos los citados señores, y le da cincuenta veces más valer que á cualquiera de ellos. Y como entre ellos no hay ninguno que pase por tonto, ni que no haya mostrado habilidad en otros asuntos en que se ha empleado, de presumir es que la ha mostrado también en la poesía, á no ser que sea la poesía tan sobrenatural y tan sublime, que sólo la alcancen dos, y uno medio la alcance.
Infiero yo de aquí, no diré contra el sustancial pensamiento de Clarín sino contra los términos en que le expresa, que en España hay ahora muchos poetas; que nuestra poesía de hoy importa más que nuestra filosofía y que nuestras ciencias naturales, matemáticas, históricas y políticas; y que, tomando, no un momento solo, sino un período extenso, el siglo XIX, España no compite ni rivaliza por sus filósofos, sabios, historiadores, etc., pero sí compite y rivaliza por sus poetas, con Francia, Alemania, Inglaterra é Italia.
Hay, pues, en España abundancia de poetas que, lleguen adonde lleguen en el _poetámetro_, ó instrumento para medir poetas, que ha de tener Clarín, no quedan por bajo del nivel de los que en tierras extrañas se califican de buenos; y algunos hay, pongo por caso Quintana, que bien pueden codearse con Chénier, con Manzoni, y con los más altos líricos ingleses, sin deberles nada, ni haberlos imitado ni conocido acaso.
Lo que sí nos falta es público: lectores entusiastas. La plebe intelectual no lee, ó lee poco; le estorba lo negro, como se dice hablando con llaneza; y nuestros doctos padecen bastante de desconfianza en nuestro valer y de cierto desdén á lo español, de que nos han aficionado los extranjeros.
En esta situación de los espíritus, es harto difícil mi empresa de agradar, interesar y persuadir con las _Cartas Americanas_. ¿Cómo va á creer quien apenas cree que hay algo bueno en Madrid, ó en Barcelona, que lo hay en Valparaíso, en Bogotá ó en Montevideo? Y ¿cómo, á no ser un santo, sin chispa de emulación, no se ha de afligir un poco el poeta de por aquí, á quien tal vez nadie hace caso, y á quien Clarín no calificaría de céntimo de poeta, de que yo importe tanto género similar ultramarino, que llegue á secuestrar la escasa atención y aprecio que pudieran concederle?
A pesar de estos inconvenientes, como yo soy testarudo, he de proseguir en mi tarea. Y todo este preámbulo es para prevenir á usted favorablemente y darle á conocer á un poeta rioplatense, llamado Juan Zorrilla de San Martín, á quien, en mi sentir, no ha de tener en menos su tocayo español, nuestro laureado Zorrilla; y así, si empezamos por poner á éste, añadimos á Campoamor y á Núñez de Arce, y, adoptando la severidad de Clarín, contamos por medio-poeta al Zorrilla montevideano, sumándole con Manuel del Palacio, para componer otro entero, tendremos en todas las Españas cuatro poetas vivos y sincrónicos, lo cual se puede entender de suerte que sea muchísimo, cuando, por ejemplo, en Italia se habla con orgullo de _los cuatro poetas_, no contando más en la prolongación de una historia de seis siglos.
Pero dejemos bromas á un lado; desechemos las medidas arbitrarias y las siempre odiosas y con frecuencia injustas comparaciones. Hablando con seriedad, y en absoluto, yo no digo que es, porque no reparto diplomas, pero digo que me parece Juan Zorrilla un excelente poeta; muy original, muy español y muy americano.
La obra que me induce á pensar así, se titula _Tabaré_. Es un extenso poema, leyenda ó novela en verso.
El autor me ha enviado de presente un ejemplar, por el que le doy encarecidas gracias.
Antes de hablar del contenido del libro, conviene decir de su parte material que nos inspira envidia. En la Península ibérica jamás poeta alguno se ha visto mejor impreso, ni tan lujosamente, ni con tan buen gusto. _Tabaré_ es un hermoso volumen de 300 páginas, excelente papel, impresión clara y limpia, y lindo retrato del poeta grabado en acero.--Fecha: Montevideo, Barreiro y Ramos, editor, 1888.
Hablemos ya del poema. Tiempo es, dirá usted, después de tan larga disertación preliminar. Y, sin embargo, lo preliminar no ha concluido. _Tabaré_ es muy americano, y yo quiero decir algo del americanismo en poesía.
Empeñarse en buscar un sello especial y exclusivo que distinga una obra poética escrita en América, sería absurdo. Este sello, ó acude sin que le busquen, ó no acude. En esta ocasión ha acudido, y con omnímoda plenitud. Quiero significar que _Tabaré_ parece inspirado por el medio ambiente, por la naturaleza magnífica de la América del Sur, y por sentimientos, pasiones y formas de pensar, que no son sencillamente españoles, sino que, á más de serlo, se combinan con el sentir, el discurrir y el imaginar del indio bravo, concebidos, no ya por mera observación externa, sino por atavismo del sentido íntimo y por introversión en su profundidad, donde quien sabe penetrar lo suficiente, ya descubre al ángel, aunque él esté empecatado, ya descubre á la alimaña montaraz, aunque él sea suave y culto. Ello es que en _Tabaré_ se siente y se conoce que los salvajes son de verdad, y no de convención y amañados ó contrahechos, como, por ejemplo, en _Atala_.
Prescindiendo de novelas como las de Cooper, y de descripciones en prosa, en libros científicos y en relaciones de viajes, yo creía que, en poesía versificada, concisa por fuerza y en que no caben menudencias analíticas, los brasileños tenían hasta ahora la primacía en sentir y en expresar la hermosura y la grandeza de las escenas naturales del Nuevo Mundo. Leído _Tabaré_, me parece que Juan Zorrilla compite con ellos y los vence.
No hay en _Tabaré_ las reminiscencias clásicas que en las epopeyas _El Uruguay_ y _Caramurú_, y todo está sentido con más originalidad y hondura y más tomado del natural inmediatamente. Carece acaso Juan Zorrilla del saber de Araujo Porto-Alegre, ó, si no carece, tiene la sobriedad y el buen gusto de no mostrar que sabe tan al pormenor y tan por experiencia y por ciencia los objetos que le rodean: las piedras, las plantas y los animales; pero no nos abruma, como Araujo Porto-Alegre, aun cuando más le admiramos, ó sea en _La destrucción de las florestas_, con tan rica enumeración descriptiva. El poema de Juan Zorrilla no es descriptivo: es acción, y muy interesante y conmovedora, por donde sus rápidas descripciones, que son el cuadro en que resaltan las figuras humanas, agradan y hieren más la imaginación, aunque sean esfumadas y vagas, y queden en segundo término. Al poeta brasileño á quien más se parece Juan Zorrilla es á Gonsalves Días.
En la forma poética, Juan Zorrilla es de la escuela de Becquer, al cual, en ambos Mundos, y por donde quiera que suena ó se escribe la lengua de Cervantes, no se le ha de negar la gloria de haber creado escuela. No es fácil de explicar en qué consiste la manera _becqueriana_; pero, sin explicarlo, se comprende y se nota dónde la hay. Las asonancias del romance aplicadas á versos endecasílabos y eptasílabos alternados; la acumulación de símiles para representar la misma idea por varios lados y aspectos; una sencillez graciosa, que degenera á veces en prosaismo y en desaliñado abandono, pero que da á la elegancia lírica el carácter popular del romance y aun de la copla; el arte ó el acierto feliz de decir las cosas con tono sentencioso de revelación y misterio, y cierta vaguedad aérea, que no ata ni fija el pensamiento del lector en un punto concreto, sino que le deja libre y le solevanta y espolea para que busque lo inefable, y aun se figure que lo columbra ó lo oye á lo lejos en el eco remoto de la misma poesía que lee; de todo esto hay en Becquer, y de todo esto hay en Juan Zorrilla también.
Lo nuevo en Juan Zorrilla es que, con ser su _Tabaré_ una narración, en parte de ella, en la primera sobre todo, narra y casi no narra. Parece el poema bella serie de poesías líricas, en las cuales la acción se va desenvolviendo. Cuando los personajes hablan, queda en duda si son ellos los que hablan ó si habla el poeta, en cuyo espíritu se reflejan con nitidez los sentimientos y las ideas que tienen los personajes de modo confuso, como quien no vuelve sobre su espíritu y le examina y analiza.
Esta manera de poetizar se adapta muy bien al asunto de _Tabaré_. Tratado en prosa, dicho asunto daría lugar á un sutil análisis psicológico; tratado en verso, y como Juan Zorrilla le trata, su poesía, que no analiza ni discurre, porque no sería poesía si tal hiciera, ó sería poesía muy pesada, sobreexcita é inspira al lector para que él mismo haga los discursos y los análisis.
El argumento de la obra cabe en muy breve resumen. El tremendo cacique Caracé, allá en la época de la reconquista, roba á una noble y gallarda doncella española y la hace madre. La desventurada, á pesar del amor á su hijo, no resiste la situación horrorosa en que se halla, la abyecta servidumbre en que ha caído, y las inclemencias de la vida selvática, y muere pronto dejando huérfano al mestizo. Este mestizo es Tabaré, héroe de la leyenda. Por sus venas corre mezclada la sangre del indio bravo, de la raza más feroz, más indómita, más despreciadora de la vida y más rebelde á toda la civilización, con la sangre europea, donde van infundidos los refinamientos de una educación de dos mil años, transmitida por herencia: las virtualidades, gérmenes y aptitudes que, desenvueltos luego y llegados á su plenitud y madurez en el adulto, le hacen señor de la tierra, capaz de los más altos ideales y digno de alcanzarlos.
El poeta nos quiere pintar en su poema la desaparición irremediable de una raza, cuyo salvajismo enérgico, á par que la inhabilita para la vida civilizada, presta á su heroica lucha y á su final hundimiento el aspecto más trágico, excitando la admiración y la piedad. Esta raza es la de los _charrúas_, que combatieron fieramente contra los españoles hasta que no quedó un charrúa.
_Tabaré_ es de esta raza, pero también es español: lleva en las venas, por misterio inexplicable, la civilización de Europa; inconsciente levadura ó fermento, que hierve y agita su organismo; savia que le remueve todo, sin acabar de brotar en flores y en frutos.
_Tabaré_ quedó sin madre desde muy niño. No sabe nada; y por lo aprendido, es tan salvaje como los demás charrúas, mientras que, por lo no aprendido, por lo no formulado, ni hecho distinto y claro por virtud reveladora de la palabra, lleva en sí todos los elementos difusos é informes de las ideas y de los sentimientos más delicados y hermosos.
No entremos aquí á defender ni á refutar esta teoría de la trasmisión hereditaria. Yo me limito á decir que ha de tener mucho de cierta, á mi ver, hasta donde no destruye la libertad y la responsabilidad humanas. No hay religión que no la acepte, admitiendo merecimientos y pecados originales. El vulgo la afirma con frecuencia en sus proverbios. La ciencia experimental del día va quizá más allá de lo justo en sostenerla, cayendo en determinismo y en fatalismo.