Part 11
La verdad es que, dado el género, aunque rabien los _naturalistas_, la novela _Cumandá_ es mil veces más real, más imitada de la naturaleza, más producto de la observación y del conocimiento de los bosques, de los indios y de la vida primitiva, que casi todos los poemas, leyendas, cuentos y novelas, que sobre asunto semejante se han escrito.
En mi sentir, usted ha producido en _Cumandá_ una joya literaria, que tal vez será popularísima cuando pase esta moda del _naturalismo_, contra la cual moda peca la heroina, aunque no pecan, sino que están muy conformes los demás personajes.
Las dos novelas, que de usted conozco, me incitan á desear leer otras que haya usted escrito, ó que escriba usted otras para que las leamos.
TRADICIONES PERUANAS
(Á D. RICARDO PALMA)
Muy estimado señor mío: Grandísimo gusto me ha dado el recibir y leer el libro que usted me envía, recién publicado en Lima con el título de _Ropa vieja_; lo que me aflige es la segunda parte del título: _Última serie de tradiciones_. En esas historias, que usted refiere como el vulgo y las viejas cuentan cuentos, donde hay, según usted afirma, algo de verdad y algo de mentira, yo no reconozco ni sospecho la mentira sino en las menudencias. Lo esencial y más de bulto es verdad todo, en mi sentir, salvo que usted borda la verdad, y la adorna con mil primores que la hacen divertida, bonita y alegre. Por esto me duele la frase amenazadora _Última serie de tradiciones_. Quisiera yo, y estoy seguro de que lo querrían muchos, que escribiese usted otros tres ó cuatro tomos más sobre los ya escritos. Yo tengo la firme persuasión de que no hay historia grave, severa y rica de documentos fehacientes, que venza á las _Tradiciones_ de usted, en dar idea clara de lo que fué el Perú hasta hace poco y en presentar su fiel retrato.
Soy andaluz, y no lo puedo remediar ni disimular. Soy además y procuro ser optimista. Y como me parece esa gente que usted nos pinta, la flor y nata del hombre y de la mujer de Andalucía, que se han extremado y elevado á la tercera potencia al trasplantarse y al aclimatarse ahí, todo me cae en gracia y no me avengo con las declamaciones que hacen algunos críticos americanos, al elogiar la obra de usted como sin duda lo merece.
¿Para qué he de ocultárselo á usted? Aunque soy muy entusiasta de la América _española_ ó dígase _latina_, ya que por no llamarla _española_ le han puesto ustedes ese apodo, confieso que me aburre, más que me enoja, la manía de encarecer, con lamentos ó con maldiciones, todas las picardías, crueldades, estupideces y burradas, que dicen que los españoles hicimos por ahí. Se diría que los que fueron á hacerlas, las hicieron, y luego se volvieron á España, y no se quedaron en América sino los que no las hicieron. Se diría que la Inquisición, los autos de fe, las brujas y los herejes achicharrados, la enorme cantidad de monjas y de frailes, la afición á la holganza y á los amoríos, la ninguna afición á trabajar, y todos los demás vicios, horrores y defectos, los llevamos nosotros ahí, donde sólo había virtudes y perfecciones. Se diría que nada bueno llevamos nosotros á América, ni siquiera á ustedes, ya que, en este supuesto, ó no serían ustedes buenos, ó serían indios, ó nacerían ahí, no de padres y madres españoles, sino por generación espontánea. Y se diría, por último, que de todos los milagros que hicieron los santos que hubo en el Perú, tiene España la culpa, como si sólo en España y en sus colonias se hubieran hecho milagros, se hubieran quemado brujas, y hubiera sido la gente más inclinada al bureo que al estudio, al despilfarro que al ahorro, á divertirse, que á atarearse.
Si aquellos polvos traen estos lodos; si de resultas de no haber filosofado bien, de haber sido holgazanes y fanáticos, y de los otros mil pecados de que se nos acusa, somos hoy más pobres, más débiles, más desgobernados y más infelices nosotros que los franceses y que los ingleses y alemanes, y ustedes que los yankees, no está bien que toda la culpa caiga sobre nosotros, y que los discursos de esos críticos sean una paráfrasis de aquello que dijo el cazo á la sartén: «quítate que me tiznas.»
Procuremos enmendarnos aquí y ahí; arrepintámonos de nuestras culpas, y no juguemos con ellas á la pelota, arrojándonoslas unos á otros. ¿Quién sabe entonces, si es que la elevación de unas naciones sobre otras y el predominio nacen de merecimientos y no de circunstancias y de leyes históricas, que tal vez se sustraen á la voluntad humana, y que tal vez ni se prevén ni se explican por los entendimientos más agudos; quién sabe, digo, si volveremos á levantarnos de la postración y hundimiento en que nos hallamos ahora?
Entretanto, lo mejor es que cesen las recriminaciones que á nada conducen; y lo peor es que cada español ó cada hispano-americano se crea ser excepcional y reniegue de su casta, en la cual se considera el único discreto, hábil, listo, laborioso, justo y benéfico.
Va todo esto contra los críticos de ahí, que, al elogiar su obra de usted, nos maltratan. Nada va contra usted, que describe la época colonial como fué, pero con amor, piedad, é indulgencia filiales.
Su obra de usted es amenísima: el asunto está despilfarrado, tan conciso es el estilo. Anécdotas, leyendas, cuentos, cuadros de costumbres, artículos críticos, todo se sucede con rapidez, prestando grata variedad á la obra, cuya unidad estriba en que todo concurre á pintar la sociedad, la vida y las costumbres peruanas, desde la llegada de Francisco Pizarro hasta casi nuestros días.
En la manera de escribir de usted hay algo parecido á la manera de mi antiguo y grande amigo Serafín Estébanez Calderón, _El Solitario_; portentosa riqueza de voces, frases y giros, tomados alternativamente de boca del vulgo, de la gente que bulle en mercados y tabernas, y de los libros y demás escritos antiguos de los siglos XVI y XVII, y barajado todo ello y combinado con no pequeño artificio. En _El Solitario_ había más elegancia y atildamiento: en usted mucha más facilidad, espontaneidad y concisión.
Por lo menos, las dos terceras partes de las historias que usted refiere, me saben á poco: me pesa de que no estén contadas con dos ó tres veces más detención y desarrollo. Algunas hay en las que veo materia bastante para una extensa novela, y que, sin embargo, apenas llenan un par de páginas de su libro de usted.
Aunque es usted tan conciso, tiene usted el arte de animar las figuras, y dejarlas grabadas en la imaginación del lector. Los personajes que hace usted desfilar por delante de nosotros, vireyes, generales, jueces, frailes, beatas, mozas regocijadas, inquisidores, insurgentes y realistas nos parecen vivos y conocidos, como si en realidad los tratásemos.
De cuanto queda dicho, infiero yo, y doy por cierto, que es usted un escritor muy original y de nota, cuya popularidad por toda la América española es fundadísima, cunde y no ha de ser efímera, sino muy duradera.
Confieso que no sé á qué narración he de dar la preferencia. Apenas hay una que no me haya divertido ó interesado.
Á la Protectora y á la Libertadora, ó dígase, á las amigas favoritas de San Martín y de Bolívar cuyas vidas y lances de amor y fortuna usted refiere, no me parece sino que las estoy viendo, cuando andaban triunfantes al lado de sus respectivos héroes.
_El Clarin de Canterac_, que con su incesante toque á degüello se creía que iba á dar en Junin la victoria á los españoles, y que prisionero él, y ya vencidos los españoles, tuvo que meterse fraile para no ser fusilado, es historia tan singular, que apenas parece verdadera.
Aun es más singular y más característica la historia de Fr. Pedro Marieluz, acérrimo enemigo de los insurgentes, á quienes creía herejes y excomulgados vitandos. Un jefe militar realista, cuyo nombre no quiero poner aquí, porque él ha figurado después mucho en España y usted le atribuye una crueldad espantosa, descubrió cierta conjuración, y prendió á trece de los principales conjurados. Por más que hizo, no logró el general arrancarles los secretos de la conjuración. Mandó entonces fusilarlos, no sin que antes el P. Marieluz los confesara. Los confesó, y fueron fusilados.
Entonces quiso el general que el P. Marieluz le descubriese toda la trama, que sin duda en la confesión le habían dicho los trece. El fraile se negó, á pesar de halagos y amenazas.
--De rodillas, fraile,--dijo entonces el general.
El fraile se puso de rodillas.
El general exclamó luego:
--¡Preparen, apunten!
Y, volviéndose á la víctima, dijo con voz imponente:
--Por última vez, en nombre del Rey, le intimo que declare.
--En nombre de Dios, me niego á declarar,--contestó el Fraile con acento débil, pero reposado.
--¡Fuego!...
Y Fr. Pedro Marieluz, noble mártir de la Religión y del deber, cayó destrozado el pecho por las balas.
Las historias cómicas y alegres abundan más, por dicha, que las trágicas, descollando por lo gráfico de las costumbres de por ahí, en otros días, _El motín de limeñas_, _La victoria de las camaroneras_ y _La querella de los barberos_.
La historia de _El Capitán Zapata_, que no ocupa dos páginas enteras del libro de usted, se presta y aun convida á escribir una novela de aventuras extraordinarias, de dos ó tres volúmenes. ¿Vivió ese Capitán Zapata, ó le ha inventado usted? ¿Fué de cierto al Perú y se hizo rico con una mina del Potosí que descubrió y á la que dió su nombre? ¿Volvió rico á Cádiz y desapareció luego? El desenlace, real ó imaginado, no se sospecha. Peláez, el amigo y protegido de Zapata, vuelve á España también, y busca en balde á su protector y antiguo amigo. Cae, por último, Peláez en poder de corsarios, que le llevan á Argel, ¡Cuál no sería su sorpresa al encontrarse con que el Gran Visir era Zapata, morisco y musulmán disimulado antes, que, huyendo de la Inquisición, se había pasado á tierra de moros, con todo lo que en el Perú había ganado!
Casi estoy por decidirme y declarar á usted que de cuantas tradiciones contiene esta última serie, ninguna me agrada tanto como _El alacrán de Fray Gómez_.
Figura de verdad, en el siglo XVI, es el honrado castellano viejo, buhonero arruinado, que no tiene con que sustentar á su mujer é hijos, que no halla quien le preste quinientos duros, con los cuales entiende que lograría rehacerse, y que no se desespera, sino que, lleno de fe, y de confianza en Dios, acude á su siervo Fr. Gómez, que estaba en olor de santidad, y que es pobre, pero que sabe y suele hacer milagros.
Fr. Gómez se compadece del buhonero; pero en su pobre celda no hay dinero ni alhajas, ni trasto que valga dos reales.
De pronto ve Fr. Gómez cerca de la ventana, sobre la pared encalada, un alacrán que va corriendo. Arranca Fr. Gómez una hoja del libro devoto que leía, coge bonitamente el alacrán, y le envuelve en aquel papel.
--Tome, hermano, esta prenda, y acuda á un joyero que le prestará sobre ella el dinero que necesita.
El buhonero llevó la prenda al joyero, que al verla se quedó pasmado. Era un alfiler ó prendedor magnífico, de oro con esmalte, el cuerpo una esmeralda, un enorme diamante la cabeza y dos rubíes los ojos.
El joyero hubiera dado miles de duros sobre tan rica prenda: pero el castellano viejo no quiso tomar ni tomó sino quinientos, y por seis meses.
Con aquel corto capital, en verdad bendito, prosperó y se enriqueció pronto el buhonero; desempeñó la joya y la devolvió á Fr. Gómez.
Éste la sacó del papel, la puso en el sitio en que la había hallado, y dijo:
--¡Animalito de Dios, sigue tu camino!
El alacrán echó á correr, y se largó á sus asuntos como si tal cosa.
Para mi modo de sentir, este cuento es precioso, simbólico, instintivamente filosófico, de la más sana y alegre filosofía.
Los juicios literarios, el discurso académico, todo lo demás, en suma, que el libro contiene, me parece muy bien asimismo. Sólo me pesa de su aborrecimiento de usted á los Jesuítas y de lo mal que los quiere y los trata. Pero, en fin, no hemos de estar de acuerdo en todo.
Mil gracias por el envío de su divertidísimo libro.
UN POLÍGRAFO ARGENTINO
(AL SEÑOR DON SANTIAGO ESTRADA)
I.
Muy señor mío y distinguido amigo: Harto difícil es para mí el honroso encargo, que usted me da y que tanto me lisonjea, de poner algo como Prólogo en el tomo de sus obras que lleva por título Miscelánea. No extrañe usted, pues, y perdone mi tardanza en cumplir dicho encargo, aunque le acepté complacidísimo.
Sé que usted hace imprimir y va á publicar á la vez en Barcelona otras varias obras suyas. El conjunto de ellas formará seis tomos, de los cuales sólo he leído aquel en que mi crítica debe emplearse.
A usted mismo más le conozco de fama que de trato. Si no recuerdo mal, una vez sola tuve el gusto de estar conversando con usted por espacio de poco más de media hora. Esto y el decir de las gentes bastan á demostrarme la bondad de usted, su discreción y su ilustrado juicio: pero, como yo sigo mal la historia contemporánea de todos los países, ignoro qué partido es el de usted en la República de que es ciudadano, qué papel ha desempeñado en su política, y cuáles son sus aspiraciones é ideas.
El tomo Miscelánea, que usted me envía, parece, por consiguiente, como reunión de datos para resolver un problema y para despejar una incógnita, ya que incógnita era para mí, antes de recibir dicho tomo, la importancia literaria de usted en su tierra.
Para persona de mayor agudeza y de más honda penetración que las que yo poseo, esta ignorancia previa traería ventajas y contribuiría á dar superior lucimiento al desempeño de su tarea. Por el hilo, como se dice vulgarmente, sacaría el ovillo: y, sólo en vista de la Miscelánea formaría exacto y cabal concepto de la personalidad de usted y la expondría al público con firmeza. Lo que es yo, ó tengo que limitarme á hablar aisladamente del tomo Miscelánea ó me expongo á extraviarme al pretender adivinar.
De sobra se me alcanza el propósito de usted al pedirme el Prólogo. Ha llegado á mi noticia que usted ha pedido también Prólogos para otros de sus libros á otros escritores españoles. Y en esto, así como en la circunstancia de imprimir usted todas sus obras en Barcelona, se ve patente el intento de que la edición que usted hace sea como muestra ó símbolo de la fraternidad de hispano-americanos y de españoles peninsulares y de la unidad indestructible de la civilización ibérica, cuyo lazo no rompen ni todas las ondas del Atlántico que entre nosotros se agitan, ni los recuerdos de una guerra, inevitable aunque fratricida, pero cuya sangre y cuyas lágrimas se orearon ya, dejando limpio y no marchito el lauro.
Para usted, que es tan creyente y fervoroso católico, ha de ser de indiscutible verdad el criterio que me guía al considerar los acontecimientos humanos, porque sin suprimir en cada individuo la responsabilidad de las acciones, ya nobles y generosas, ya egoístas y perversas, y nacidas siempre de libre albedrío, veo en el conjunto algo de divina é indefectiblemente ordenado con soberana presciencia, por donde todo cuanto ocurre es lo mejor que puede ocurrir y todo cuanto se realiza y consuma es para bien, aunque parezca mal por lo pronto; de suerte que el refrán más verídico y piadoso es el que dice: «no hay mal que por bien no venga.» Aplicado esto á los casos particulares me compone una filosofía de la historia, en germen sin duda, poco sutil, nada profunda é ingeniosa, pero muy optimista y rica de esperanzas y de consuelos.
La emancipación de las colonias españolas en el continente americano fué, pues, cuando debió ser, y no pudo ser ni después ni antes. España carecía de fuerza para mantener tanto imperio y era menester que se desbaratara. No hay que discutir si cada uno de los desmembrados fragmentos hubiera alcanzado más tarde mayor eficacia, á fin de constituir, sin largas convulsiones, dictaduras, tiranías y guerras civiles, un Estado libre, próspero y fuerte. Sin discutirlo yo, por fe en la invicta civilización europea, y en que la raza á que pertenezco fué y seguirá siendo una de las más hábiles y activas para crearla, conservarla y difundirla, jamás desconfié de nuestro destino; y, en los instantes más tristes y ominosos, cuando, al ver, en las nuevas Repúblicas, discordias, desquiciamiento y feroces tiranos, se pronosticaban ruinas, sobre las cuales otra raza de más valer vendría á entronizarse, jamás desesperé, no ya de la salud de la patria, sino de algo más amplio y sublime: de la salud de _mi gente_.
Por lo expuesto comprenderá usted y ponderará mi alegría, al notar la naciente grandeza, la prosperidad, el brío y el orden, que se van mostrando en algunas de las Repúblicas que fueron colonias de España. Hay en ello, para todo español, no una satisfacción, sino un enjambre de satisfacciones de amor propio: la del padre que conoce en el hijo la nobleza de su sangre, anhelando que valga más que él y le supere: la del maestro ó tutor, que, cuando el discípulo ó pupilo se luce, se engríe imaginando que es parte en el triunfo la educación que le ha dado: y para mí, además, la del vidente que se deleita jactándose de que no salieron falsos sus vaticinios.
En la situación actual de las Repúblicas hispano-americanas, y singularmente de la Argentina, concretándonos á aquella que cuenta á usted entre sus ilustres patricios, hay no poco de pueblo naciente y no poco también de prolongación de otro pueblo, que tuvo ya extensa vida y representó lucido papel en el teatro del mundo. Idioma, religión, leyes, costumbres, ciencias, letras y artes, todo lo han recibido ustedes de España. Este tesoro, que no debe desdeñarse para crear otro nuevo, sino aprovecharse para que crezca y se centuplique, consta de dos clases de riqueza; una exclusiva y peculiar de nuestra raza: otra común á toda la civilización europea. Conato de lo imposible sería prescindir de esto ó trastrocarlo adrede para hallar la originalidad y la novedad sin precedentes. Todo esto es harto sólido para que sirva de base sobre la cual pueda erigirse soberbio y nuevo edificio. Nada de esto debe desecharse para levantar desde los cimientos edificio nuevo.
Por lo dicho, lo primero que elogio y lo primero que me es simpático en los escritos de usted es el espíritu conservador y castizo de que están impregnados. Ni tal espíritu perjudica á la originalidad individual del escritor. Para ser original no es necesario desfigurarse, ni disfrazarse, ni descastarse, ni dejar uno de ser quien es y ser otro. Y en cuanto á la originalidad colectiva, en cuanto al sello nacional y distinto, es seguro que ha de ponerse sobre la propia y común sustancia española y no sobre otro elemento de importación ó sobre materia extraña y prestada.
La Miscelánea de usted es una colección de artículos de varios géneros, pero en todos prevalece lo moral y religioso.
Más bien que de crítico-literarios pueden calificarse de filosóficos y doctrinales. En esto se asemejan, aunque van por opuesto camino, á los del ecuatoriano Juan Montalvo: á su _Espectador_ y á sus _Siete Tratados_. Montalvo y usted han escrito _ensayos_, como los que Montaigne llamó _ensayos_, y no como los ingleses, que suelen ser extractos y críticas de libros. Ustedes, con más libertad y sin tomar siempre ocasión de libro alguno, discurren sobre puntos diversos y componen sobre cada punto un tratadito ó disertación breve.
En las tendencias, Montalvo y usted son muy distintos y en el estilo más aún. Montalvo es artificioso y afectadísimo: usted, espontáneo y natural. Montalvo aspira en demasía á decir cosas nuevas y á decirlas como nadie las ha dicho: quiere ser un primor, un dechado de forma. Usted aspira sólo á decir lo que siente y piensa, aunque sea lo que sienten y piensan los demás hombres; y á decirlo con orden y claridad, sin rebuscamiento ni rarezas.
No hay que decir que yo prefiero lo último.
Si usted tratase de ciencias exactas ó de observación, el crítico debería empezar por saber dichas ciencias, y luego decidir si era la verdad lo que usted decía. Pero las materias sobre las que usted diserta, salvo ciertos principios inconcusos, _quædam perennis philosophia_, en que debemos todos convenir y en que por dicha usted y yo convenimos, tienen tanto de opinables y de controvertibles, que sería en mí exceso de petulancia, ya el declarar á usted depositario y divulgador de la verdad, ya el impugnarle, haciendo patentes sus errores. Necesitaría yo además para esto, no componer un escrito corto, sino un libro tan voluminoso como el de usted.
Si lo que usted sostiene es la recta doctrina, ya convencerán de ello las palabras de usted á quien las leyere, sin necesidad de que vengan las mías en su apoyo. Y si hubiere error en poco ó en mucho, ni yo me hallo con autoridad ni con capacidad para manifestarle, ni la misión de un _prologista_ es entrar en polémica con su _prologizado_.
Lo que sí me incumbe decir, y lo que puedo decir por fortuna, y ésta, á mi ver, es grande alabanza, es que usted escribe _corde bono et fide non ficta_, con la sinceridad, con la convicción candorosa, que atrae la atención de los lectores, que les gana la voluntad, que los convence á veces, y que, cuando no los convence, los interesa y conmueve, convirtiéndolos, si no en correligionarios del dogma que se predica, en amigos y parciales entusiastas del predicador.
Entienda usted bien que no quiero expresar con esto más de lo que expreso, ni mostrar mi escepticismo con reticencias. Lo único que yo quiero expresar y que expreso ahora es que, un libro que trata rápida y sumariamente sobre tantos y tan trascendentales asuntos sería ligereza y osadía, ora que yo en todo le declarase conforme á la verdad, ora que en poco ó en mucho le calificase de erróneo.
Lo que sí puedo hacer y hago con sumo contento, sin salir de las dudas escépticas en que la modestia me ha encerrado, es calificar el libro de usted de libro sano, fruto de un entendimiento y de una voluntad sanos también ambos.
Esta sanidad es, en mi sentir, el fundamento de toda buena obra de literatura; es la razón que ha de tener el crítico meramente literario, y no científico ni filosófico, para declarar buena la obra. Consiste dicha sanidad en no dejarse arrastrar de afectos torcidos, aunque sean sinceros; en poner por base el sentido común y no desecharle nunca, aunque sirva de trampolín para brincar por cima de él más allá de las estrellas; en no seguir una dialéctica viciosa por el empeño presuntuoso de parecer más sutil ó más profundo que el resto de los mortales; y en no incurrir en extravagancias para pasar por genios.
La insania de que hablo no impide que el escritor sea tenido por grande; pero yo no gusto de él. Tal vez lo que dice está más conforme con lo que á mí me parece la verdad que lo que dice el escritor sano: pero el error de éste es más simpático y causa menos daño que la verdad en la boca ó en la pluma del otro. Prefiero á Voltaire renegando de todo dogma cristiano á Rousseau ensalzando los Evangelios; y menos mal me parece Carducci componiendo una oda á Satanás, donde su sola afectación es llamar Satanás á la personificación del ingenio humano, que Chateaubriand levantando _El genio del Cristianismo_ sobre un cúmulo de afectaciones.
Declarado ya aquí como sentencia que es usted un escritor sincero, entusiasta sin extravío y sin empeñarse en ser entusiasta, y sano además, añadiré, como parecer individual mío, que me agrada en extremo su modo de pensar de usted, y que en lo más esencial siempre le apruebo y le aplaudo.
Desde luego coincidimos en nuestra estética, fundamento de nuestra crítica. Cuanto dice usted en defensa del poeta colombiano Jorge Isaacs, en el artículo titulado _El ideal del poeta_, es, bien dicho, lo mismo que yo pienso y siento. Usted niega, como yo, que la poesía sea don funesto, cultivo del dolor; y entiende que no es deformidad ó enfermedad el _genio_, sino salud más completa, fecunda y dichosa, que la salud de que goza el vulgo.
En el juicio que forma usted de Olegario Andrade estamos de acuerdo, si bien usted se muestra y puede mostrarse más severo que yo porque Andrade es su paisano.