Part 10
Y usted añade con razón: «En materia de besos, bastantes disparates han dicho otros poetas; pero no hemos visto ni tenemos noticia de que ninguno haya llegado al extremo del autor de estos versos.»
Mucha culpa de semejante disparatar la tiene, según usted, «el prurito de mostrarse descontento de la propia suerte, de lamentarse de males que no se sabe dónde están, de pintar una tristeza que está bien lejos del corazón, de fingir pasiones imposibles y deseos fuera de toda ley racional, y de llamar á la muerte cuando acaso menos se la desea».
«Muchos amantes, dice usted en otro lugar, reconvienen á sus Nices, Lais ó Maritornes, dirigiéndoles billetes de eterna despedida, donde campean junto á un piropo desabrido una amarga burla, al lado de un mentiroso recuerdo una picante ironía, é ingerta en una tonta promesa una amenaza aún más tonta. Espronceda, con su canción delirante ó crapulosa, si así puede decirse, dirigida á Jarifa, es el maestro de nuestros poetas eróticos; pero los discípulos han sobrepujado tanto al vate español, que, si viviera, se avergonzaría de la frialdad de sus versos.»
Justo y saludable es el enojo con que truena usted contra el afán de imitar al ya citado Espronceda, á Byron, á Lamartine y á Víctor Hugo, exagerando sus faltas y no acertando á reproducir sus bellezas. Los ejemplos que pone usted son curiosos. Hay un poeta que, para combinar bien lo fúnebre con lo orgiástico, nos describe un banquete celebrado por él en el cementerio, donde turba el augusto silencio de las tumbas con música irónica y carcajadas infernales. Hay otro que, en el día del juicio final, se presenta delante de Dios con su querida de la mano, le dice que aquélla es su señora, que es muy guapa, que su amor es su virtud, que no quiere más cielo que ella, y amenaza al que se atreva á disputársela. Y hay otro, por último, que escribe una leyenda, ó fragmento de una leyenda imitando _El Estudiante de Salamanca_, y dando á luz á un D. Félix Joaquín Zavala, que pretende echar la zancadilla á D. Félix de Montemar, nuestro compatriota.
En suma, salvo algunas atenuaciones, salvo varias dedaditas de miel que suministra usted de vez en cuando, poco tienen que agradecer á usted los poetas de su tierra.--«Todo es pura palabrería, ruido insustancial, brillo falso.»--«La lengua está impíamente maltratada.»--«Ninguno reflexiona que cuando no hay verdad en los afectos, cuando las expresiones nacen de la cabeza y no del corazón, cuando se desecha lo natural por arrimarse sólo á los caprichos de la imaginación, propia ó extraña, no hay poesía, sino vano ruido de palabras; que no causa ninguna impresión agradable, sino mucho desabrimiento.»--Tales lindezas dice usted de su Parnaso.
Movido usted quizás por el patriotismo, echa la culpa de tamaños males al materialismo, á la impiedad, á la carencia de ideales, al pesimismo, y á otros errores, con que contaminan á los poetas ecuatorianos los poetas europeos, que se les presentan como dechados y objetos da admiración. Pero acaso ¿son satánicos, impíos y desesperados todos los poetas que en Europa están de moda? No: las causas deben de ser otras, y no esas. Y por otra parte, aun siendo impíos, y satánicos y tétricos, lo cual es de lamentar, no se sigue que sean malos todos los poetas europeos. Buenos, egregios, eminentes pueden ser, á pesar de su satanismo y de su misantropía.
Las causas verdaderas de los malos versos usted mismo las expone, rasgando sin compasión el vendaje y levantando los apósitos para catar las llagas.
El capítulo XVIII de la _Ojeada_ es sangriento. Suelta usted la pluma y se arma del látigo para azotar á cuantos tienen los defectos, ó son causa ó resultado, ó ambas cosas, del mal estado de los estudios en esa república.
Ahí viene usted á declarar que no se estudia nada bien, ni nada útil, que «no hay más que tres malos caminos y un despeñadero: la jurisprudencia desacreditada, el sacerdocio profanado, la medicina mal entendida y peor aplicada, y la vagancia.» Los más, prosigue usted, van al despeñadero, «por los malos hábitos adquiridos con los peores estudios.» Los que se dedican á la teología, á la abogacía ó á la medicina «carecen, en su mayor parte, de las aptitudes para tales ciencias.»
Deplora usted luego que nadie se dedique á seguir otras carreras. Pero, ¿cómo han de seguirlas, si en los colegios y Universidades sólo se enseña eso y mal? «Las ciencias exactas y naturales, la industria, las artes, los oficios tan necesarios al pueblo, no han merecido la atención de nuestros legisladores ó han sido mirados con frío desdén.»
Eso mismo que se enseña puede inferirse de las palabras de usted que no se enseña bien ó que no se aprende. «¿Qué importa, exclama usted, con acerba ironía, que después de conquistados los grados y adquirido el pomposo título de _doctor_, subsista la ignorancia grande, redonda y cerrada? Este título da derechos que pueden convertirse en oro, aunque sea á despecho de toda razón y justicia.»
Del capítulo que voy analizando, si le diésemos crédito y no viésemos acritud y exageración, deduciríamos que ahí bulle un enjambre de doctores sin doctrina, que no leen sino malas novelas, coplas inmorales, y cuanto de peor y de más desatinado, moral, social y racionalmente, se imprime en Europa, y sobre todo en Francia.
Y aquí debo advertir que usted, si bien es anti-español á veces, por sobrado americanismo, es siempre ultraconservador, ferviente católico, y en política lo que hemos llamado por aquí _clerical_ ó _neocatólico_. Tal calidad debe tenerse en cuenta á fin de mitigar las diatribas de usted contra sus propios contemporáneos y paisanos.
Termino esta carta aquí no sin asegurar á usted que, si bien me parece usted hombre apasionado, también me parece instruído, inteligente y dotado de muy briosa elocuencia, la cual resplandece en no pocas páginas de la _Ojeada_, y les presta animación y brillantez nada vulgares.
IV.
El suelto de _La Epoca_, acusando á usted de odiar á los españoles, ha dado ocasión á no poco de lo que he dicho en las anteriores cartas, y ha convertido casi en polémica lo que no quiero yo que lo sea. El Sr. Merchán, á quien cito en una de dichas cartas, se da por aludido y me honra dirigiéndome un escrito de 65 páginas de impresión á las que tendré que contestar. Quedo, pues, empeñado en disputas, contra toda mi intención y propósito, que no era otro que el de dar á conocer, hasta donde alcanzasen mis fuerzas, las obras literarias de los hispano-americanos, entre sus hermanos los españoles.
Y ya que voy á empeñarme en esta controversia con el Sr. Merchán, quiero dar por terminado el amago de controversia que con usted he tenido, mas no sin poner antes las siguientes explicaciones ó aclaraciones.
1.ª Que yo no creo en el odio de ustedes contra nosotros, sino en que la moda, la corriente de las ideas y sentimientos del día y nuestra propensión á dejarnos guiar por cuanto se les antoja decir, hasta contra nosotros mismos, á franceses, ingleses y alemanes, hace que ustedes vayan á veces más allá de lo justo en ponderar las crueldades y horrores de la conquista de América, sin advertir acaso que más culpados fueron los antepasados de ustedes que los nuestros, pues no es de creer que cuantos martirizaron, asesinaron y vejaron á los indios se volvieron á España, y sólo se quedaron por ahí los que los amaban y mimaban.
2.ª Que fuesen los que fuesen los crímenes y atrocidades de nuestros antepasados (de ustedes y nuestros), al apoderarse de ese vasto continente, dado el punto de civilización moral que los europeos alcanzaban entonces, no es de presumir que hubieran sido más blandos otros europeos, si les hubiera tocado en suerte hacer lo que hicimos.
3.ª Que yo lamento, como lamenta el más americano de los americanos, que los españoles, por fanatismo ó por desdén, destruyesen monumentos y perdiesen documentos de las semi-civilizaciones peruana, azteca y chibcha: pero ¿qué le hemos de hacer? _Sunt lacrimæ rerum._ Las conquistas, las invasiones y las revoluciones y cambios, no suelen hacerlos, ni nunca los hicieron, los hombres mansos y suaves, sino los más duros y fuertes. En estos casos, hay poco cuidado en conservar y hay no pequeño prurito de destruir: lo cual en los venideros tiempos se irá remediando; pero entonces ¿cómo se ha de extrañar que causasen graves daños los españoles? ¿Cuántos templos, cuántas estátuas magníficas, cuántos libros no destruirían los cristianos, al acabar con el gentilismo clásico? ¿Qué horrores no harían las hordas del Norte cuando pusieron término en España á la dominación romana? ¿Qué no harían los berberes contra los monumentos y documentos de la civilización romano-bizantino-visogótica que en España había, cuando destrozaron ellos el Imperio fundado por Alarico? Sería cuento de nunca acabar si siguiésemos con estas citas y comparaciones. Baste lo dicho para que recapacite todo hombre de buena fe y confiese, al menos allá en sus adentros, que valía bien poco lo que nosotros destruímos en América en cambio de lo que en América fundamos, creamos é importamos.
4.ª Que la guerra de independencia y separación de esas Repúblicas y la Metrópoli no se puede comparar con la reconquista de España y expulsión de los moros, ni con la separación de Portugal de España, ni menos aun con las guerras entre España y los Países Bajos. Ahí lo que hubo fué una guerra civil de emancipación, entre gente de la misma casta, lengua y costumbres. Todo lo que ustedes ensalcen las hazañas, las virtudes y los talentos militares de Bolivar, Sucre, San Martín y demás héroes, nos halaga, en vez de ofendernos, y nos halaga por dos razones: porque nuestra derrota queda cohonestada, y porque esos héroes, que nos vencieron, hijos de España eran, España los había criado y educado, y á España habían ellos servido hasta el día en que se levantaron en armas contra ella.
Y 5.ª Que yo no he sido impulsado por nadie para contradecir algo de lo que usted dice, sino que, al leerlo y al criticarlo, no podía menos de contradecirlo, sin que desee yo renovar la antigua polémica de usted con el Sr. Llorente Vázquez, ministro que fué de España en esa República: antes bien huyo de intervenir en dicha polémica. No he visto ni estátua ni pintura del Gran Mariscal de Ayacucho, que tenga á sus pies ó el león de España ó la bandera de España: pero, si algo tiene de enojoso para nosotros este modo de representar ustedes su triunfo, no pocos de los versos de usted, tan entusiastas de España y de sus antiguas glorias, nos desagravian por completo.
Estas palabras, que usted pone en boca de Bolivar, nos deben dejar satisfechos:
Ver con audaz mirada un nuevo mundo De ignoto mar dormido en el regazo, Y venciendo olas y enemigos vientos, Y avasallando dudas é ignorancias, Venir, tomarle, alzarle, y á otro mundo, Asombrado decir: ¡He aquí tu hermano! Y á las puntas fiar de cuatro aceros De sojuzgar naciones la árdua empresa, Gentes prostrando en número infinitas; Y arrancar al error millones de almas Y á la cruel barbarie; las sangrientas Aras despedazar, do el pecho humano En atroz agonía se agitaba; Quitar al sol el usurpado culto Y devolverle al Criador: triunfante La cruz alzar en los dorados templos: ¡Qué hazañas! ¡qué grandeza! ¡cuánta gloria! ¿Quién á envidiarlas no se inclina?
Sobra con lo citado para probar que usted no es enemigo, ni denigrador de los españoles, sino encomiador y amigo de ellos, como español de sangre, de origen, de religión y de lengua.
Por mi parte, terminada queda la discusión con usted. Si más adelante, la siguiere yo con el Sr. Merchán, más me excitará á ello la cortesía que el prurito de refutar sus opiniones.
Ahora quiero hablar de _Cumandá_ y de otra novelita de usted. _Entre dos tías y un tío_, que he leído con grande interés y contento.
Empezaré por la novelita, pues, aunque obra más reciente, es de menos importancia.
El estilo y manera que tiene usted de escribir novelas, son verdaderamente originales porque son naturales. No hay género de literatura en que sea más difícil no caer en la imitación de lo francés ó de lo inglés, á no adoptar algo de arcáico y afectado, tomando por modelo nuestras antiguas novelas de los siglos XVI y XVII. Por dicha, usted evita ambos escollos. La naturalidad espontánea y sencilla salva á usted de remedar á nadie, y sin aspirar á la originalidad, la tiene usted, sin nada de rebuscado y de raro. En las narraciones de usted no se ve el arte, aunque sin duda le hay. Se diría que usted cuenta lo que ha visto ó lo que le han contado, como Dios le da á entender, y como si jamás hubieran contado otros ó usted los hubiera leído ú oído.
Las descripciones de la gira campestre, de la quinta á orillas del río, de los amores de Juanita y Antonio, tan candorosos é inocentes, y del egoísmo de las tías, y de la casi irresponsable brutalidad del tío don Bonifacio, siempre borracho, parecen la pura realidad.
Para que no sigan los amores de Juanita, porque Antonio es pobre, y doña Tecla cobra y disfruta la pensión de orfandad de su sobrina, doña Tecla envía á la muchacha, desde Ambato, donde vive, á Quito, donde reside Marta, su hermana. Doña Marta es una beata escrupulosa y asustadiza, que atormenta y muele á la pobre Juanita, más aún que doña Tecla. Un joven militar ve á Juanita en misa, la persigue, la piropea y la pretende, delante de doña Marta, que no le infunde respeto. Doña Marta, entonces, que es egoísta en extremo, y no quiere compromisos ni desazones, escribe á su hermana para que venga el tío Bonifacio y se lleve á Juanita á Ambato otra vez.
En esta vuelta de Quito á Ambato, en este viaje, están el más vivo interés y la acción de la novela. Se nota que el autor, aunque ligero y sobrio en las descripciones, conoce á palmos el terreno: aquello no es fantástico, es real, y esta realidad hace que todo sea más interesante.
Antonio, que sabe el viaje, ha dispuesto robar, durante el viaje, á Juanita. Todo lo ha preparado para robarla y casarse en seguida con ella, y se lo ha dicho á ella por medio de una carta.
Sorprende el tío la carta, mientras Juanita duerme, en una posada en que hacen noche, y, como es un borracho crónico que presume de agudo y listo, toma con Juanita por atajos y veredas extraviadas, á fin de no tropezar con el raptor á quien debían acompañar dos amigos. La resistencia de Juanita á salirse del camino que debían seguir; la brutal violencia con que el tío pega al caballo de Juanita para que vaya por donde él quiere; y el cansancio y el terror de Juanita cuando la noche llega de nuevo y los sorprende cerca del río, que viene muy crecido, todo aumenta la ansiedad del lector y la compasión que Juanita inspira.
Ya están cerca de Ambato: pero es menester antes vadear el río. Don Bonifacio, más valeroso que de costumbre, merced á frecuentes libaciones, halla á un hombre conocido suyo que le muestra el vado. Juanita se aterra más que nunca y no quiere pasar: pero el tío castiga el caballo de Juanita que al fin se echa al agua.
Así llegan á la orilla opuesta. Don Bonifacio oye la voz de Juanita, que dice: ¡Jesús me valga! pero ve que el caballo de Juanita ha pasado y le sigue.
De repente aparecen tres hombres á caballo. Don Bonifacio cree que son Antonio y sus dos amigos y se llena de terror. Los tres de á caballo corren en otra dirección que la que lleva don Bonifacio, quien ve, sin poderlo evitar, que el caballo de Juanita va con ellos.
Desesperado llega don Bonifacio á Ambato. Cuenta el rapto á doña Tecla, cuyo furor es terrible. Se pone en movimiento la policía, y don Bonifacio con ella, y á la mañana siguiente encuentran á Antonio y á sus amigos en una quinta. Piden la entrega de la mujer robada, y niega el rapto Antonio. La buscan y no la encuentran. Por último, unos indios, en parihuelas hechas de ramaje, traen el cadáver de la infeliz Juanita, que han encontrado á la orilla del río. El caballo de Juanita, ya sin jinete, había seguido á los de los tres caminantes que ninguna relación tenían con Antonio y sus amigos.
La desesperación de Antonio y la bestial estupefacción del tío Bonifacio no tuvieron límites con este desenlace. Doña Tecla lloró la muerte de Juanita. Su dolor crecía cuando llegaban los últimos días del mes y no podía cobrar la pensión.
Contado todo esto, como yo lo cuento, no tiene gracia: pero, ¿cómo dar de otra suerte idea de una novela? Claro está que en Juanita y en Antonio, fuera del amor inocente y profundo que los anima y de la bondad de ambos, no hay muy marcada y distinta fisonomía, ni era posible dársela en tan corta novela: pero las dos tías y el tío, como caracteres cómicos, más fáciles de individualizar, están hábil y graciosamente pintados. Los usos y costumbres lo están también; y, durante la lectura, imagina uno que vive en el Ecuador, treinta ó cuarenta años hace.
Muchísimas novelas se han escrito y se siguen escribiendo en toda la América española. No pocas de ellas merecerían ser más conocidas y leídas en España y por todo el mundo. Hay novelas chilenas, argentinas, peruanas, colombianas y mejicanas. Yo he leído ya bastantes, pero declaro que ninguna me ha hecho más impresión hasta ahora, y me ha parecido más española y más americana á la vez, mejor trazada y escrita que _Cumandá_. Aquello es en parte real y en parte poético y peregrino.
El teatro, en que se desenvuelve la acción, es admirable y grandioso y está perfectamente descrito. El autor nos lleva á él, trepando por la cordillera de los Andes, pasando el río Chambo de rápida é impetuosa corriente, oyendo el ruido de la catarata de Agoyan, y mostrándonos, desde la cumbre del Abitahua, por una parte la ingente cordillera, coronada de hielo, y, á nuestros pies, la inmensa y verde llanura, la soledad sin límites, las selvas primitivas, frondosas y exuberantes, por donde corren, regándolas y fecundizándolas, el Napo, el Naray, el Tigre, el Morona, el Chambira, el Pastaza y otros muchos ríos caudalosos, que van á acrecentar la majestuosa grandeza del Amazonas.
El autor nos hace penetrar en aquellos misteriosos y fértiles desiertos, por donde vagan tribus de indios salvajes. Allí, si por un lado oye el hombre una voz que le dice, ¡cuán pequeño, impotente é infeliz eres!; por otro lado, oye otra voz que le dice: eres rey de la naturaleza; estos son tus dominios. Excepto Dios y tu conciencia, aquí nadie te mira ni sojuzga tus actos.
Tal es el sublime teatro de la acción de _Cumandá_. Las sombras de la espesa arboleda, las sendas incultas, la fragancia desconocida de las flores, el sonar de los vientos, el murmurar de las aguas, todo está descrito con verdadera magia de estilo.
Se diría que el autor templa, excita y prepara el espíritu de los lectores, para que la extraña narración no le parezca extraña, sino natural y _vivida_.
No me atrevo á contar la acción en resumen. No quiero destruir el efecto, que á todo el que lea la hermosa novela de usted debe causar su lectura.
Los jesuítas, á costa de inmensos sacrificios, de valor y de sufrimiento, habían cristianizado á muchos de los más indómitos y fieros salvajes de aquellas regiones; y en ellas habían fundado no pocas aldeas. La pragmática sanción de Carlos III, expulsándolos, vino á deshacer en 1767, la obra de civilización tan noble y hábilmente empezada.
El tiempo de la novela es á principios del siglo presente, en pleno salvajismo de aquellas apartadas comarcas.
Hay, no obstante, una misión ó aldea de indios cristianos. El sacerdote que la dirige, es un rico hacendado, á quien, en una sublevación, los indios habían incendiado hacienda y casa, dando muerte á su mujer y á su hija.
El hijo del misionero, que se había salvado y vivía con él en la misión, es el héroe de la novela. Sus castos amores con Cumandá, y las extraordinarias aventuras, á que dan ocasión estos amores, forman la bien urdida trama de la novela.
¿Cómo negar, no obstante, que, desde cierto punto de vista, la novela tiene un grave defecto? La heroina, Cumandá, apenas es posible, á no intervenir un milagro: y de milagros no se habla. La hermosura moral y física del ser humano es obra artificial ó sobrenatural. O nace en un estado paradisiaco y de una revelación primitiva, de que por sus pecados cayó el hombre, ó renace por virtud de revelaciones sucesivas y de progresivos esfuerzos de voluntad y de inteligencia. La hermosura moral y física de la mujer, más delicada y limpia, que la del hombre, requiere aun mayor cuidado, esmero y esfuerzo, para que nazca y se conserve. Difícil de creer es, por lo tanto, que Cumandá, viviendo entre salvajes, feroces, viciosos, groserísimos, moral y materialmente sucios, y expuestos á las inclemencias de las estaciones, conserve su pureza virginal, y sea un primor de bonita, sin tocador, sin higiene y sin artes cosméticas é indumentarias. Cloe, en las _Pastorales de Longo_, no vive al cabo entre gente tan brutal, y toda su hermosura resulta además estéticamente verosímil, ya que Pan y las Ninfas la protejen y cuidan de ella. Cloe es un sér milagroso, y, para los que creían en Pan y en las Ninfas, en perfecto acuerdo con la verdad. Pero como Cumandá no tiene santo, ni santa, Dios, ni Diosa, ni hada, que tan bella y pura la haga y la conserve, es menester confesar que resulta dificultoso de creer que lo sea.
En muestras de imparcialidad, yo no puedo menos de poner este reparo á la novela de usted: pero, saltando por cima, haciendo la vista gorda y creyendo á Cumandá posible y hasta verosímil, la novela de usted que, con el hechizo de su estilo nos induce á creer posible á Cumandá, es preciosa, ingeniosa, sentida, y llega á conmovernos en extremo.
Fuera de Cumandá, todo parece real, sin objeción alguna. Las tribus jívaras y záparas, y las fiestas, guerras, intrigas, supersticiones y lances de dichas tribus y de los demás salvajes, están presentados tan de realce, que parece que se halla uno viviendo en aquellas incultas regiones.
El curaca Yahuarmaqui, que significa el de las manos sangrientas, es como retrato fotográfico: él y los adornos de su persona y tienda, donde lucen las cabezas de sus enemigos, muertos por su mano: cabezas reducidas, por arte ingenioso de disección, al tamaño cada una de una naranjita.
Carlos, héroe de la novela y amante de Cumandá, no tiene grande energía ni mucha ventura para libertar á su amada: pero, en fin, el pobre Carlos hace lo que puede. Cumandá, en cambio, es pasmosa por su serenidad y valentía. Cuando la casan con el curaca Yahuarmaqui, la inquietud y el temor llenan el alma de los lectores. El curaca, por dicha, tenía ya más de setenta años, y muere á tiempo: muere la noche misma en que debe poseer á Cumandá. Pero la desventurada muchacha, con la muerte de Yahuarmaqui, pasa de Herodes á Pilatos. La deben sacrificar como á la más querida de las mujeres del curaca para que le acompañe en la morada de los espíritus. La fuga nocturna de Cumandá, por las selvas, es muy interesante y conmovedora. Los lances de la novela se suceden con bien dispuesta rapidez para llegar al desenlace. Cumandá es una generosa heroina. Para salvar á Carlos, que ha caído prisionero, y para evitar á la misión una guerra con el sucesor de Yahuarmaqui y su tribu, se va Cumandá de la aldea del padre Domingo, donde había buscado refugio, y se entrega á los salvajes, que la sacrifican. Luego se descubre que Cumandá era la hija del padre Domingo, á quien éste creía muerta cuando incendiaron su hacienda, y á quien una india, movida á compasión, había salvado y criado á su manera. Todos los incidentes de la catástrofe, del reconocimiento, del dolor del padre Domingo y de Carlos, están hábilmente concertados. Aceptada la posibilidad de tan sublime, casta, pura y elegante Cumandá, haciendo entre salvajes, vida salvaje, la narración parece verosímil y con todos los caracteres de un suceso histórico.