Chapter 9
Este espacioso camarín está labrado en lo más hondo de los palacios mágicos y ocultos de la Alhambra: son necesarias veinte semanas para descender a ellos por las dos escaleras: una, de mármol negro, y otra, de jaspe blanco, que tienen en sus dos extremos. En los jardines crecen árboles y plantas cuyas hojas y frutos son topacios, emeraldas, zafiros y otras cien especies de piedras preciosas, según la familia y naturaleza de cada planta y árbol. El Dauro riega estos verjeles desconocidos por canales fabricados de cristales y beriles, y de entre sus arenas, en redes de seda, sacan incesantemente los genios copiosos granos de oro, que van atesorando en silos de inapreciable riqueza. De los desperdicios de estas arenas son con los que ese hermoso río suele enriquecer a los buenos muslines que en los placeres y remansos del álveo buscan medios para remediar sus necesidades y dar limosna a los pobres.
Pues has de saber, hermano Mohamad, que esos tesoros están encomendados a la custodia de dos genios: el uno, malo, y de la especie de los Alafrits, y el otro, bueno, de condición noble y de aspecto hermoso, que se llama Najum-Hasam.
En esos tesoros hace muchos siglos que faltaban dos inestimables joyas, que andaban todavía en manos de los hombres; la una era la mesa de Salomón, hecha de una sola esmeralda, y la otra, y más preciosa, que era el collar de perlas, que, conservado en tu ilustre familia, lo llevaba ayer en su cuello de cisne por regalo de boda la bellísima Híala, que en sueño profundo se encuentra recostada en ese riquísimo lecho.
Cuando el fundador de tu dinastía arrojó de estos países a los últimos príncipes de los Almohades, no pudieron éstos, en el rebato de aquellos sangrientos sucesos, transportar de aquí los inmensos tesoros de su casa, tesoros que habían venido acreciendo y aumentándose incesantemente de sultán en sultán y de dinastía en dinastía, ya por las herencias y conquistas, y ya por las artes y maravillas de las ciencias ocultas, en que eran muy versados. En el despecho de perder todo este imperio que la fortuna regalaba a tu familia en fraude de la suya propia, los príncipes Almohades dejaron invisibles todos sus tesoros y riquezas en las mansiones subterráneas de estos inmensos alcázares y palacios, con tales artes y por tales secretos cabalísticos, que sólo Soleimán, o quien su anillo posea, pudiera haber a la mano y apoderarse de tanto encantado tesoro.
Es el caso que el collar maravilloso de Híala estuvo antiguamente entre los tesoros de los Almohades, y mientras allí estuvo, por el prodigioso poder y virtud de tal joya, el imperio y la ventura de aquella dinastía fueron en aumento, no habiendo comenzado a eclipsarse su gloria hasta extinguirse, cual ya sabes, sino desde el punto en que por una aventura de amores, que no es del caso entretenerte ahora con ella, salió el collar de aquella familia, y vino a posesión de la tuya, que desde entonces comenzó a engrandecerse en la corriente de los años y con los favores de la fortuna.
Pues el Alafrit, que es guarda de esos tesoros, que es favorecedor eterno de la familia de los Almohades, así como enemigo jurado de la tuya, sabe las virtudes del collar maravilloso. Según los decretos de los sabios y magos que lo ligaron a la vigilante custodia de tanta riqueza por las fórmulas y figuras nigrománticas de las ciencias ocultas, preveía que estando en continuo acecho pudiera ofrecerse ocasión oportuna y valedera para volver a poseer la inestimable joya del collar. El Alafrit deseaba tal favor de la fortuna para quedar libre y franco de esa centinela continua, que desempeña con honores también de escucha y de atalaya trescientos años hace, y poder así volar a las montañas de Kaf, su habitual residencia.
Es el caso que allí trata de amores con una muchacha de su especie, algo pequeña de persona, pues no tiene más que tres farasangas del tobillo a la frente, pero no fea. Su nariz es bien encantada y tornátil, así como la Giralda de Esbilia; sus ojos son algo rasgados, pero que cada uno será mayor que la bahía de Gadir; sus cejas son dos hermosas selvas de robles y jarales, y todos sus demás adherentes a este tenor. La muchacha quiere casarse, el Alafrit otro que tal, y tu imprevisión le ha llevado la sopa a la miel, el bocado a la boca.
Tú deberías saber que ese collar maravilloso, esperanza de tu porvenir, así como ha sido origen de la grandeza de tu familia, hace perfecta balanza y forma, por inseparable, con tu famoso alfanje Dul-Cahir, que fué un tiempo la victoriosa espada de Alí, bendígalo Alá. Si tú hubieses llevado el collar, si Híala siquiera llevara el alfanje, ya que pensabas separarte de su lado, la catástrofe no tuviera lugar; pero te separaste, o, por mejor decir, apartaste por un momento a Dul-Cahir del collar, y la ocasión se le presentó al Alafrit por el copete, no siendo él ni necio, ni manco para dejar de asirlo de buena manera. El fué quien envió a la mariposa azul para provocar a Híala y a su esclava Encirnún a que para cazarla y perseguirla se desviase de su séquito y comitiva, y se acercasen a sitio conveniente para el sobresalto.
A propósito de esto te recordaré, hermano Mohamad, el olvido en que como monarca has tropezado respecto a la hermosa Encirnún, esclava, que puede ser reina en cualquier parte en donde se dé culto a la hermosura. El Alafrit, en cuanto la vió, si con la una mano empuñó el collar, con la otra engarfió a la hermosísima persiana, aficionado de su donosa figura, como tú pudieras estarlo si te encontraras jugando entre las flores con unos esclavillos tamaños como alfileres. Aquel jayán piensa llevarle presente tan cuco a la señora que le está otorgada en las montañas de Kaf, para que montando a Encirnún sobre su oreja siniestra, la rasque mansamente con un almocafre aquel lado de la cabeza, operación que la halaga muy dulcemente. Encirnún se resignó desde luego a fracaso tan grande, como debe hacerlo todo esclavo que cae por su culpa en situación tan triste; pero, o yo me equivoco mucho, o esta muchacha ha de volver loco al noble Najum-Hasam, el genio que con el Alafrit guarda los tesoros, y no será extraño que de esclava se convierta en Reina de las Hadas. Esto, por otra parte, a ti te estaría bien, hermano Mohamad, pues así tendrías esperanzas de recobrar tu collar por el buen afecto de la esclava; pues te advierto, hermano mío, que faltando de tu familia esta joya maravillosa, este talismán de tanta virtud, tarde o temprano ha de perder el imperio. Pero volvamos a Híala.
Píntate en tu imaginación, hermano Mohamad, cuál se quedaría tu bellísima y tierna esposa al ver súbito delante de sí al jayán de ese descomunal Alafrit con su disforme estatura, casi doble que la de la novia, cuya descripción te he hecho; con sus ojos semejantes, cada cual al corral de Belet, si estuviese ardiendo con azufre; con los hornillos de sus narices iguales a dos caleras humeantes e hirvientes; con sus dos piernas de figura salomónica, cada una formada de dos enormes serpentones enroscados; con su barba tejida de breñales y raíces de antiquísimos árboles, y con otros primores de tal jaez. La muchacha hubiera expirado en el punto, si la virtud poderosa del collar no la hubiese asistido. El collar resistió en parte la fascinación infernal de aquel demonio; pero como al punto fué arrebatado del blanquísimo cuello, Híala cayó, no muerta, pero sí desvanecida, en profundo paroxismo, pero conservando en el desmayo su interior conocimiento.
En suma, Híala, cuando no duerme en el mismo desvanecimiento en que se encuentra sumergida, oye, entiende y conoce. Todas las demás facultades de su mente están en suspenso, pero el lograr que vuelvan al manso curso que animaba regaladamente esa infantil, y casi divina existencia, es lo difícil, es lo casi imposible; pero en manos está el adufe, Mohamad hermano, que bien lo sabrá repicar.
Si tuviéramos a mano una pluma de los pájaros de rosa que vuelan en el paraíso, sólo con halagar con ella un poco la nariz de nieve de la desmayada, estornudaría tres veces y despertara contenta y salva como de un sueño desapacible; pero como esto no es posible, fuerza será optar entre dos remedios solos que restan. Si quieres, hermano Mohamad, ver entrar a la muchacha por estos salones, danzando y triscando como una hurí celeste, con sus frescas mejillas hechas rosas, y dos soles por ojos, cantando como un ruiseñor y parlando como una mujer hecha y derecha, deja que me la lleve por tres días...
--Eso no--respondió el Sultán.
--¡Eso no! ¡¡Eso no!!--dijo Ben-Farding algo enfadado--. Pues, entonces, la cura será en toda forma; esto es, que será larga y bien fastidiosa. Es necesario, pues, si así lo quieres, hermano Mohamad, que Híala todas las mañanas sea conducida media hora antes que despunte el sol al propio sitio, junto a aquella fuente y debajo del mismo frondoso peral, en donde se encontró desmayada después de la catástrofe. Allí se le darán a oler, en matizados ramilletes, de todas las flores del Generalife, y aun se la acercará a los labios fruta del peral y raudales de la fuente, para que tales aromas y tan regalados como sencillos manjares produzcan en la hermosa Sultana el mágico efecto que me figuro. Después, en aquel mismo lugar, formando un cerco con cojines y almohadones de seda, y alfombrado el suelo con alcatifas de Persia, y de manera que las pueda oír la lindísima Híala, contarán sendas historias por el estilo que mejor puedan o sepan los esclavos, esclavas o personas que sobresalgan en tan peregrino como envidiable talento. Si las historias o cuentos que se relatan son por lo prodigioso y de maravillas, y la hermosa desmayada da alguna señal de admiración, o si por lo trágico y lastimoso la arrancan alguna lágrima, o siendo de donaires y chistes mueven la celestial sonrisa de Híala; Híala está salvada, y poco a poco volverá en sí dando un leve suspiro y entreabriendo sus ojos de paloma. A tu diligencia oficiosa, a la buena voluntad de estos heroicos sabios que aquí me escuchan, mis mozos de silla o porteadores, y, sobre todo, al buen arte del agradable Abu-el-Casín, capitán de la guardia africana, les toca y atañe exhumar, buscar y hallar muchos de tales recontadores de jadices e historias, o noveladores trágicos o cuenteros festivos, y que de entre ellos salga alguno que sepa por las maravillas de su relato, por las gracias de su decir o por las galas de su invención y sales de sus chistes, poner en juego las sensibles cuanto delicadas facultades del ánimo de la simpar Híala.
Y con esto me despido, que vivo lejos,
hermano Mohamad, haciendo gracia por ahora de las ceremonias y procesión con que aquí se me condujo, y del andamio, atalajes, cuadrigas y tiros con que se me porteó, pues ya está harta la locura de ir en cuestas de la sabiduría.
Diciendo esto Ben-Farding, saltó de su huronera, dió tres o cuatro carrerillas por la estancia, sacudió de papirotes y sardinetes a los deslumbrados wazires, cadíes y altos dignatarios del diván, y salió rehilando de la Alhambra, como Bodoque disparado por fuerte brazo de bien templada ballesta.
NOVELA ARABE[2]
CARTA PRIMERA
DE ABENZEID A VELID NAZAR
¡Tú bañado en el rocío de los placeres, y tu amigo cubierto de polvo y sudor en la frontera! ¡Tú vencido por una mujer, y tu amigo triunfando de los castellanos!
[Nota 2: Algunas personas han sospechado que esta novela era una traducción a secas del francés; para descargo de su conciencia, se les dirá que, entre los manuscritos antiguos de donde se ha copiado, se encontraron varios fragmentos de versos y sentencias árabes y nada más, única circunstancia que puede presentarse contra la originalidad de la novela, pudiendo decirse que sea traducida o imitada de algún libro oriental: dejando este punto para la investigación de los curiosos, lo único que afirmamos es que no es traducción de ningún idioma vulgar. Para inteligencia de algunos pasajes, hemos creído útil añadir notas.]
Cuando me arranqué de tu lado para la alcaldía de Zahara[3], me prometiste venirte a mí antes de la luna de Zefar[4], y dos meses han volado sin verte. Dícenme que del valle de Lecrín[5] bajaste a Granada con intento de acudirme con una banda de jinetes en la jornada a que sin tu ayuda vengo de poner fin. Mas en vez de verte llegar al frente de tus caballeros, te oigo rendido a los pies de una mujer. ¡Fuera ella más hermosa que la que cautivó a Abdalazis, debieras tú abandonar a tu amigo, a tu hermano, a la gloria, en fin, por tan mezquino objeto!
[Nota 3: ZAHARA.--Fortaleza que tenían los moros, fronteriza al adelantamiento de Andalucía.]
[Nota 4: ZEFAR.--Es el nombre de la luna que nace en agosto.]
[Nota 5: LECRÍN.--Valle frondoso a tres leguas Poniente de Granada; era muy rico en tiempo de moros; tenía veinte pueblos y lo bañaban seis ríos.]
Mas ¿quién es? ¿Cuál es su nombre? ¿Cómo la viste?... Porque me hayas ofendido con tu abandono, ¿quieres ofenderme más con tu culpable silencio y criminal reserva?
La hora del peligro pasó ya, y las entradas y algaradas en tierra de cristianos las guardo hasta mejor tiempo; para hacer más doloroso el mal es fuerza dar a los hombres algún aliento y descanso. Así mis fronterizos dormirán en la confianza hasta que los despierte el hierro y el fuego en las flores de la primavera. Por lo tanto, goza el primer verdor de tu juventud en esa ciudad paraíso, y no me encuentres con tus valientes hasta la luna de Delhex[6], propia para la guerra.
[Nota 6: DELHEX.--Nombre de la luna que nace en mayo.]
Goza la vida, querido Velid; investiga la estancia de tu belleza; lánzala y persíguela en los laberintos en que sabrás empeñarla; en ello hallarás más placer que demandando el venado por los precipicios de Jorail[7], mas tu corazón quedó siempre ileso y limpio: la gloria y la amistad son las únicas joyas que deben llenar vaso tan precioso. Alá te guarde. Del Alcázar de Zahara, en 9 de Gumín[8].
[Nota 7: JORAIL o HOLAIS.--Es lo mismo que Sierra Nevada, y la misma a quien los antiguos llamaron Oróspeda.]
[Nota 8: GUMÍN.--Luna que nace en noviembre.]
DEL MISMO AL MISMO
El Alí de Haquín, tu mensajero, me entregó la carta en que me das cuenta de la enfermedad de tu padre Abunazar y de los ruegos y oraciones que has prodigado para aplacar el ángel airado de la muerte. ¡Cuán bien conozco en tu tierna inquietud, en tu oficioso esmero por quien te dió el ser, el espíritu generoso y de fuego que te anima!
Aunque me fuese forzoso pasar un año sin abrazarte, por bien cumplido lo daría entendiéndote empleado en obligaciones tan sagradas. No te maraville que el rey Ismael tome tan sobre su corazón el mal de padre: dos veces fué salvado por éste; una en el campo y otra en los disturbios de la Alhambra, y en ambas nada ambicionó, contentándose con sus tierras de Lerín y su alcaidía hereditaria. Sin embargo, fuerza es poner tocando en las estrellas el favor excelso de cederle para su recobro y recreación la huerta de los Alijares[9], mansión real y de todo deleite. ¡Qué apacibles horas habrás gustado por aquellas arboledas, razonando con tu buen padre, oyendo el idioma de las aves o cultivando acaso las rosas de Egipto o el tulipán de Persia!
[Nota 9: ALIJARES.--Huerta de hermosa recreación, que los reyes de la Alhambra tenían a la espalda del monte del Sol, que llaman hoy de Santa Elena: aun todavía se ven sus ruinas. Este palacio, dice un historiador antiguo, estaba cercado de grandes estanques, fuentes y verjeles; las labores de sus techos eran iguales a las que se ven todavía en la Torre de Comares o Comaresch. De esta mansión es de quien canta el romance morisco:
.......... .......... Los otros los alijares labrados a maravilla. El moro que los labraba, cien doblas ganaba al día; el día que no labraba otras tantas se perdía.
El P. Echevarría, que tachó primeramente de exagerada esta suma, en un libro que publicó después, dijo haber visto las cuentas y sumas de la obra en los papeles de una familia descendiente del arquitecto morisco, y dió por exacto al romance.--Nadie saldrá fiador de lo fiado ni del fiante.]
Fuerza era que en tan deliciosos cuidados te asaltase la ocasión del amor; pero en tu carta, imponiéndome menudamente de lo que tú juzgas por más sustancial, callas, acaso con malicia, la relación más interesante para tu amigo. Tú me dices que adoras y que te idolatran, que has entrado en el palacio del amor por la puerta del misterio, que no cambiarás tu estado por el reino de Fez... Pero, en fin, no responderás a mis preguntas: ¿Quién es?, ¿cómo la viste?, ¿dónde se encuentra? El compañero de tu niñez, tu amigo Abenzeid te lo suplica.
Aunque los pocos años que tengo más que tú no me hagan salir de la edad de mancebo, todavía no los viví en balde. Antes que tú visité a Granada; experiencia precoz de mi juventud la compré a trueque de sinsabores sin término, y esto me da sobre ti una autoridad que serás necio desatendiéndola y no mostrándome el sendero peligroso por donde caminas. Adiós.
CARTA DE VELID A ABENZEID
A ti el delantero en el esfuerzo, el hermoso de los mancebos, consuelo y amigo de su amigo. Velid Nazar, a ti te saluda, valiente Abenzeid:
Sólo tus cartas pudieran despertarme del sueño encantado del placer en que vivo; pero despertándome me encuentro en los brazos de otros sentimientos aún más dulces, cual es la amistad; ¿más dulce dije? ¿si habré proferido alguna blasfemia? ¡pueda mi pecho servir de anillo y unión eterna a pasiones tan celestiales! Tú quieres saber el principio de este delirio... pues oye la historia.
Una tarde paseaba con mi padre por las calles de frutales del huerto espacioso donde moramos, y que el Rey cedió a su antiguo amigo para alivio de su enfermedad, y recreación en su tristeza. A un lado se levantaban las torres de la Alhambra, y más cerca los chapiteles elevados de Generalif[10], que reflejaban los rayos del sol, debilitados en las blancas cumbres de Belet y Muley Hacen[11].
[Nota 10: GENERALIF.--Huerto y palacio a un tiro de ballesta a Levante de la Alhambra; quiere decir jardín de las Zambras o del festejador.]
[Nota 11: BELET y HACEN.--Son las dos crestas más elevadas de Sierra Nevada, que conservan todavía su nombre arábigo con muy corta corrupción: en la geografía de Antillón y en el viaje Bowles se encuentran noticias interesantes sobre estos picos.]
Mi padre me dejó solo por aquellos vergeles, que yo recorría desvanecido y soñando en la hora de precipitarme en pos de ti, querido amigo. En estas imaginaciones acaso comencé a entonar, como solía, las letrillas melancólicas de los cantores del Cairo y de Córdoba, a punto de pasar frontero al palacio de Generalif. Entonces el ajimez más elevado lo vi abrirse y cerrarse inciertamente dos o tres veces sin aparecer nadie en el antepecho, hasta que al fin soltáronse por él varias palomas que revolaban caprichosamente por los adarves de las murallas y los cogollos de los árboles: poco o nada me movió la imaginación aquel azar, que yo di por la diversión inocente de algún cautivo infeliz o de alguna esclava desdichada. Seguí, pues, mi vuelta y recogíme en el cuadro de flores que yo mismo cultivo a gozar del triste y dulce abandono que inspira una tarde serena, un agua viva sonante y el verdor delicioso del abedul y del avellano.
Sentéme, pues, y adormí los ojos para disfrutar voluptuosidad tan suave, cuando sentí entre las hojas algo que pasaba y bullía: tendí la vista curioso en derredor, y vi, pasmado, una de las palomas del ajimez misterioso que blandamente me rondaba casi hasta besarme con su pluma, sin azorarse por mi presencia. Ya más cuidadoso, comencé a halagarla con mi voz, fingiendo su arrullo, cuando para mi mayor asombro la miro pararse en mis hombros, trayendo pendiente del cuello, con un listón de color de lirio, un billete recogido con delicados pliegues y empapado en aromas de rosas. Lo desaté (voló la paloma) y veo en los más bellos caracteres cúficos estas razones lisonjeras y misteriosas:
"Bello sol, encanto de las vírgenes y delicia de las que miran tus ojos, sé discreto y oye mi voz: una hurí más amable que las del paraíso de los creyentes se abrasa por ti en un fuego más puro que la luz del oriente, padece y calla, suspira y es por ti: cuando te acercas a ella se tiñe con el color de la rosa del desierto, y si la hablas, su corazón se agita como las hojas de los árboles al acercarse la tempestad: su voz es suave como el incienso de Etiopía, sus ojos son de gacela, tímidos y vivos en un propio punto, y el tacto de sus miembros es más fino que las telas de cachemira. Merece ser tuya, porque merece el reino de la Arabia, y tú debes ser suyo, porque eres virtuoso. Su amor lo tiene oculto en la urna del decoro: sácalo, pues, como se saca la perla de Ormuz del nácar de la concha, y serás feliz.
"Si no lo amas, ella morirá como la flor entre arenales; búscala y descúbrela, y toma estas señales para reconocerla. El principio y fin de su nombre es el Alef[12]. Su tribu es de reyes del Yemen[13]; cuando te mira y tú no la ves, sus ojos se humedecen y vacilan como las aguas del Piélago heridas del sol.
"El cielo te conserve, joven hermoso, y goza de más dicha que Betmendí[14]. Guarda secreto como la naturaleza sus arcanos y el mar sus profundos abismos. Adiós, adiós; piensa que no es frívolo todo lo que parece tal. Adiós.
_La Reina de las Hadas._"
[Nota 12: ALEF.--Letra del alfabeto árabe, que equivale a nuestra A.]
[Nota 13: YEMEN.--Los Abencerrajes descendían de un príncipe de aquella región de la Arabia.]
[Nota 14: BETMENDÍ.--Palabra persa, y usada por los árabes en sus cuentos y poesías, y quiere decir la fortuna, la ventura.]
¡Oh, querido Abenzeid! Ni las hojas de las flores cuando rompen su corola, son tan numerosas ni de matices tan vivos y diversos como los pensamientos que abrieron mi pecho a las imaginaciones del amor, cuando acabé de beberme las razones encantadas del billete misterioso.
Un fuego hirviente giraba por mi cabeza, y un opio el más dulce señoreaba todo mi ser: mis ojos miraban todavía aquellos lindos caracteres dibujados con oro y azul, y mi mente, lanzada ya en la senda de las ilusiones, corría rápidamente tras las sombras engañosas de los paraísos aéreos: ¡oh Abenzeid, qué estado tan celestial!
Al fin arranquéme de aquel sueño de delicias, y la curiosidad me llevó fuera del recinto donde me ocultaba, para rondar las ventanas y torres de Generalif, imaginando hallarme con otras señales más significativas de mi dicha. Todo fué en vano: las tinieblas de la noche vencían ya el crepúsculo de la tarde, y la luna, suspendida en los cielos como lámpara de oro, lanzaba delante de sus rayos las sombras gigantescas de los cubos y lienzos de la muralla.
Dentro de aquellos vergeles nada se oía más que el sonar de las cascadas o los silbos de los mirlos y ruiseñores que buscaban el nido entre los sauces y madreselvas; por las almenas nada cruzaba, y sólo se veía brillar dudosamente alguna luz en este o aquel ajimez en los encumbrados camarines del palacio: ¡oh Abenzeid, qué impaciencia! ¡qué inquietud! El neblí que oye a su lado el volar de la garza y no acierta a verla, oculta por algún celaje, no padece más tormentos.
Mi imaginación delirante se forjaba mil visiones de imposibles, que se gozaba en vencerlos a su antojo, y el placer más subido y engalanado, con los mágicos colores de los deseos, se me pintaba por último término en aquel cuadro fantástico.
Mas no pienses que los acíbares faltaban en este mi primer sorbo del cáliz de los amores; no, Abenzeid; el absinto del dolor se desliza traidoramente entre los labios de la juventud, y esta sentencia tuya sonaba siempre como presagio en mis oídos.
Burlado en la idea de hallar el nuncio de mi ventura, caí en otros pensamientos tan extraños, que ni yo mismo acertaba a explicármelos, y aun con mucho esfuerzo podré descifrártelos en parte, pues cosas hay que no es posible manifestarlas como sentirlas.