Chapter 10
Pensaba, pues, que la paloma, paraninfo del amor, que por tan raro caso puso en mis manos el billete, podría haber hecho vuelo para otro amante, y que yo, desgraciadamente afortunado, habría interceptado el inocente correo y sorprendido un secreto tan amorosamente interesante. Entonces, envidioso de esta dicha aun desconocida para mí, celoso de un rival imaginario, frenético contra la beldad incógnita que podría amar a otro que yo, me entregué a todos los desvaríos del furor, cual si existiesen en verdad para mi daño una mujer infiel y un amante preferido.
El aliento consolador del ambiente de la noche, perfumado y empapado con las flores, y el frescor de las márgenes del Darro, serenó mi frente y templó el ardor fatigoso de mis sienes. ¿Con qué razón presumía yo envidiar los amores de otros más afortunados, a quien el cielo pudo premiar con ellos sus virtudes, y el Profeta su valor y constancia?
¡Oh Abenzeid!, bien mostraban estas razones el conocimiento más claro a mi mente preocupada, pero nunca lograron arrancar de ella el primer sello del enojo, o no sé qué otro sentimiento indefinible. ¿Será que el corazón humano se fije siempre como centro del universo, y que juzgue que todas las ideas de grandeza, de beldad, de sublime, han de ir a él exclusivamente? ¿Será que yo, vano y orgulloso (me avergüenzo al decirlo), me creyese con derecho sólo en el mundo al amor de aquella belleza invisible, por lo mismo que mi imaginación me la pintaba con dotes tan celestiales? ¿O bien, querido Abenzeid, el poder de esta sangre abrasada de la Arabia que anima mi pecho, tendrá, cual en toda nuestra tribu, el don fatal de encender desde la más leve idea de amor el volcán horroroso del delirio y de los celos? ¿Qué hubiera yo dado por tenerte a mi lado en aquellos instantes de anhelos y congojas, y hallar alivio en tus consejos y mejor experiencia?
Pero era en vano; la soledad era mi única compañía; no te ocultaré, que en alas de mis pensamientos venía, cual iris consolador, la esperanza más lisonjera a disipar aquellos enojos.
No podía dar a mero acaso el incierto abrir de los ajimeces, el divagar de las palomas y el rondar en torno de mí aquella del listón y de la carta. Embebido en tales desvaríos, y más amante que nunca del cuadro de las flores donde tuvo lugar escena tan halagüeña, volvíme a gozar de su frescura, realzada más en aquel punto con los raudales de mansa luz que la luna, en todo el lleno de su disco, derramaba por entre los festones de verdura que formaba tan florida mansión.
¡Oh querido amigo! Aquel era para mí el día de las ilusiones; todavía erraba mi fantasía en tan contrarios pensamientos, sin saber cuántas horas de la noche habrían corrido, cuando tuve otra aparición no menos extraña que la primera.
CATUR Y ALICAK
O DOS MINISTROS COMO HAY MUCHOS
Podrá el triste ser retirado de su tristeza, pero nunca el malvado de su maldad.
_Sentencia árabe._
Caleb cabalgaba gentilmente en un magnífico asno egipcio, dirigiéndose por el camino que, desde Esbilia, derecho guía a la ciudad de Córdoba, morada entonces del Califa.
A proporción que la distancia del camino se abreviaba, el asno mostrábase muy ligero y andarín, como si el olor de una gran población y famosísima corte le anunciase el próximo encuentro de algunos individuos de su numerosa familia.
El asno, digo, picaba tan sereno y con un pasitrote tan reposado y suave, que el jinete, entregándose a su fantasía, iba diciendo en sus adentros de esta manera:
"En las escuelas de Cuf pocos igualaron, y ninguno descolló, sobre la reputación mía: sé con puntos y comas las Suras[15] del Alcorán, las decisiones de la Zuna[16] y los dichos de los Cadís.
"Mis versos se cantan por las hermosuras del harén, mis apuntes de historia el Visir los lee; nadie puede afrentarme por mis acciones, y para mayor fortuna, los buenos me quieren y los malos me odian. ¡Oh, buen Alá! ¡Cuán bien hice de aplicarme al estudio y no imitar al imbécil Catur! Y ¡cuánto mejor me fué el seguir los principios del justo que no la perversidad de Alicak! ¡Oh, buen Alá, qué dicha tan completa me espera!"
[Nota 15: Son capítulos o párrafos.]
[Nota 16: Es el Código civil.]
Por mucha recreación que Caleb tuviese con sus locos pensamientos, al entrar por una alameda que sombreaba la senda por donde caminaba, le sacó de su cavilación una voz que de este modo iba cantando:
Cada cual busca su igual: tal para cual, tal para cual, fortuna sentada adentro al saber que un necio llega, sin duda vendrá a mi encuentro; que el leño al leño se allega, y todo busca su centro. _Cada cual busca su igual, tal para cual, tal para cual._
Caleb no tanto se sorprendió por el sentido filósofo de la cantinela cuanto por el acento del que cantaba, que le sonó como a cosa muy de su conocimiento y familiaridad; así quiso aguijar a su compañero de viaje, pero ello no fué necesario, pues el asno, por un superior instinto, se resolvió a trotar muy gentil y poderosamente.
A poco trecho se reunieron caminante y caminante, y cuál no sería la agradable sorpresa de entrambos cuando se reconocieron por dos antiguos compañeros de escuela, Caleb y Catur.
Desde los bergantines cuadrúpedos que montaban se alargaron la mano con el mayor estrecho, y de pies cayeron en un diálogo, si instructivo, más edificante todavía, y que sentimos no poder trasladar en su totalidad por no poderlo recoger a las márgenes estrechas de este reducido cuadro. Pero al último, nuestro Caleb, que se picaba de sentencioso y moderador ajeno, enderezando la palabra al compañero, le dijo:
--Catur, ¡cuánto me place verte caminar para Córdoba! Prueba es ésta de que al fin te resolviste a dejar tu pereza y flojedad, y que adelantando con el ansia y sed laudable de ahora la desaplicación pasada, vas a poner la última mano a tus estudios, ganando a un tiempo gloria y provecho. Catur, ¡cuánto me agrada la resolución tuya!
--¡Oh, Caleb!--replicó el otro--; yo pensé que el conocimiento que dan los años te desviaría de la mala senda por donde entraste, y senda que no te llevará sino a tu perdición. ¿Estudios, eh?; más valiera que tomaras solimán corrosivo, pues si te hicieras superior a tan agradable horchata, todo el mundo te miraría como ángel o diablo; pero con estudios te darán por loco y se burlarán en tus barbas, y si es céfiro lo que necesita el bajel de tu fortuna, no te asaltarán sino los más recios vendavales. ¡Oh, Caleb, cuánto me aflige la resolución tuya!
--Eres un necio, Catur.
--Eso, Caleb, que tú me das por apodo, lo tomo yo de buen talante por alto título y dictado, y al fin veremos quién se engaña. Mira, Caleb, no he procedido de rebato para ser tonto, sino que para ello he caminado con un tino y con un rigor lógico que te pasmaría, pues no hay raciocinio más rígido que el mío. O los estudios son fáciles o son dificultosos: si lo primero, poca gloria se gana en aprender, y si lo segundo, ¿hemos nacido acaso para andar a cachetes con los libros en el mundo? Esto no tiene vuelta; además, que aunque toda comparación es odiosa, y que es género de argumentación que no te agrada, según recuerdo cuando tú estudiabas, y yo paseaba por la Dialéctica, ello es cierto que siempre los necios...
--Calla, bárbaro...
En este coloquio iban los dos antiguos estudiantes, cuando hubieron de soltar un tanto la disputa para atender y dar oídos a la aguda y penetrante voz de cierto caminante que picaba por alcanzarlos y que cantaba de esta manera:
Con espuela y paso a paso llega el asno a la jornada; pero víbora o culebra dando saltos más alcanza. _Ora se arrastra entre la hierba verde, luego sube, y por do subió más muerde_.
En esto llegó a los dos primeros otro interlocutor de prolongadísima persona y mala catadura, color entre cerote y hollín, y ojos hundidos, aunque relucientes, con ciertas binzas de sangre, que venía montado en alta mula burdégana, tan aviesa y resabiada como su amo.
Los tres, al verse, prorrumpieron en un grito de admiración, conociendo el nuevo huésped en los dos viandantes a nuestros Caleb y Catur, y éstos en él al señor Alicak, célebre en sus primeros años por sus malicias y enredos.
Alicak saltó de su cabalgadura así como reparó en Catur, y aferrándose de la estribera siniestra, en actitud humilde y con eco melifluo, le dijo:
--¡Oh, mi caro, mi antiguo y único amigo, y oh, mi irremediable futuro e indefectible apoyo y favorecedor! Tú caminas para Córdoba: tu frente la veo de berroqueña, como antaño, y por último y feliz horóscopo, tus luengas orejas no han menguado ni un negro de la uña... ¡Oh, qué suerte tan dichosa te espera!; dame paz en el rostro y prométeme tu gracia y favor...
Caleb, que, conociendo la condición maligna de Alicak, no le caía en gracia aquella pantomima burlesca, pensó ejercitar su humor moralista y severo, y así, con tono dogmático, le habló de este modo:
--Alicak, ya juzgué que tus inclinaciones al mal se hubieran debilitado, cuando no destruído de todo punto; por eso me aflijo al mirarte con tan poca enmienda, siendo así que donde vamos, tus artes te harán mucho mal y bien ninguno. La justicia, la sabiduría y la austeridad de costumbres allí presiden; ¿y qué será de ti si por ventura?...
-Perdón, perdón, y mil veces perdón--gritó Alicak--; perdón, repito, sol de la sabiduría, fuente de la doctrina, león contra el engaño, justo, sabio, valiente Caleb, dame los pies para los besar.
Y así diciendo, dejando a Catur, se acercó al doctor, haciendo las muecas y visajes más picarescos.
Catur renegaba porque le hubiesen interrumpido el oír sus propias alabanzas; Caleb predicaba contra la bestialidad del uno y la infamia del otro, y el señor Alicak en esto ponía bajo la corona de la cabalgadura del orador moralista, un sendo aguijón, que comenzó a lastimar el asno, y éste a brincar, y el jinete a castigarle, y los otros a gritarle como fiera en coso; lo cierto es que a poca pieza del camino Caleb se derrumbó sobre un prado de ortigas, donde no lo hubiera pasado del todo mal si Catur, sobreviniendo allí, no le hubiera sacudido cuatro topetadas con su testa maciza, y si el señor Alicak, después de desnudarle para que mejor sintiera el halago de la alfombra donde reposaba, no le hubiese aliviado de los zequíes y doblas zahenes que llevaba.
Después de esta aventura (que por ser tan común en el mundo no tiene nada de nuevo puesta en historia), Catur y el señor Alicak entraron en Córdoba, y Caleb, como mejor supo y pudo, también llegó a la gran ciudad, prometiendo en sus adentros, cuando llegase al poder, que a Catur lo pondría en sitio tal que pudiese comer y roncar potentemente, sus dos favoritas distracciones, y que al señor Alicak lo pondría encerrado en palacio tan espacioso y rico, que sin pensar él que estaba en prisión, no pudiese hacer el mal a que lo inclinaba su condición intrigante y pícara.
Y ya en Córdoba, y antes de todo, comenzó a visitar las bibliotecas y curiosidades de la ciudad celeste.
Anduvo largos días Caleb en tales entretenimientos y recreaciones, cuando, dando punto en ellos, trató de pensar en su futura suerte. Algún tiempo estuvo meciéndose entre las más dulces esperanzas, ya fiado en los títulos que él contaba tener en sí propio (vanidad culpable), y ya contando en la benevolencia de ciertos favorecedores (confianza necia); pero viniendo semanas y andando meses nada conseguía, sólo recogiendo humo entre sus brazos cuando más cerca pensaba tener la fantasía de la fortuna.
En esto se le vino a recordar que desde Cuf traía cierta carta para el sabio Lokman[17], famoso en los reinos muslímicos por las obras que escribía, y más aún en Córdoba, por sus verídicos vaticinios; y se propuso, sin falta, el visitarlo a la siguiente mañana.
[Nota 17: Este Lokman no puede confundirse con el que tanta fama ganó en Oriente con sus apólogos o fábulas.]
Puesto por obra su pensamiento, llegó a la morada del sabio, que era un pequeño vergel en cierto ángulo retirado de la ciudad, y allí llamando, fué recibido muy cordial y amorosamente por un anciano de faz venerable y de bellida y argentada barba.
Aún no habían los dos recién conocidos finalizado los primeros capítulos de la plática, cuando le anunciaron al sabio que allí estaban dos jóvenes que ansiaban por saber de su boca las dichas o desdichas de su estrella.
Lokman entonces hizo ocultar a Caleb entre unas mosquetas del jardín, y mandó que entrasen los dos curiosos, que para mayor maravilla del escondido, no eran otros que Catur y el señor Alicak.
El sabio, instruído de la demanda de entrambos, se acercó primero a Catur y luego al señor Alicak, leyéndoles, y observándoles la faz a cada cual con escrupulosidad nimia, y de pronto, postrándose ante los dos al uso oriental, exclamó:
"¡Oh, poderoso Alá, tus juicios son insondables! Pero fuerza es adorar tu obra."
Levantándose después, le dijo a Catur:
"¡Oh, hijo mío!, esta tarde y otra y otra pasea por las alamedas del río entre los otros árabes, lleva alzada, muy alzada la frente y duerme con descanso; al cuarto día serás Emir y poseerás grandes riquezas: sólo te pido, en premio de mi noticia, que me dejes en paz."
Y luego, volviéndose al señor Alicak, añadió, mirándole con miedo a la frente:
"Tú, ser afortunado, retírate a tu casa y nada más."
Catur y Alicak, oyendo estas palabras, se retiraron alegres, echando antes el primero una mirada de antojo al vergel, y el segundo una mirada de codicia a los anillos de oro y piedras preciosas que tenía Lokman en la mano.
Caleb, que observó toda esta escena, salió para abrazar al sabio y pedirle que también a él le relatase su porvenir, contando sin falencia sacar mejor partido que sus dos inferiores compañeros de estudio; Lokman le miró entre gozoso e incierto, y abrazándole estrechamente, le dijo:
--¡Oh, hijo mío! Ninguna de las líneas de tu frente te anuncian fortuna, al menos para la edad en que vivimos. El letrero privilegiado no lo alcanzo a ver en ella, por más cuidado que en ello pongo.
--¿Y cuál es ese letrero, padre mío?--repuso afligido Caleb.
--Joven querido, son tal y tal--y pronunció dos palabras árabes desconocidas para nosotros.
--¿Y qué quieren decir tales palabras?...
La historia no dice si se llegó o no a saber la clave de estas dos misteriosas palabras; pero sí se sabe, y consta por las crónicas de aquel tiempo, que Catur y el señor Alicak llegaron al estado prometido por Lokman, siendo al propio tiempo nombrados visires por el Califa.
Cuál fuese el feliz régimen y honradas acciones de estos dos ministros, se concebirá fácilmente sabiéndose que desde aquel punto entró en los habitantes tal prurito por peregrinar, que los pueblos quedaron casi desiertos.
Algunos viajeros, después de luengos años, relataron en sus escritos que cierto anciano de faz venerable y bellida y argentada barba, y otra persona de menos edad, huyendo de los dos visires, vivieron solos y apartadamente en una isla desierta.
Muchos sospecharon que tales solitarios no pudieron ser sino Lokman y Caleb.
DON EGAS EL ESCUDERO Y LA DUEÑA DOÑA ALDONZA
_Fecho es de burlas._
Dueñas, déselas Dios a quien las desee: mirando estoy dónde las echaré.
QUEVEDO, _Visita de los chistes_.
Meterte a sacomano me atreviera; mas ante Elvira aféitate la cara, y tal tu dura enjundia me prepara, que en ti abra cala un espetón siquiera.
_Desperdicios de un soneto_.
Horas de vísperas eran cuando en largo de la cal de Sant Romant, de Toledo, paso a paso divagaba un escudero en continente reposado, ansí como pavón atildándose en la sombra. Sus calzas de entray atacadas a rico jubón colorado, capa palmilla revuelta al brazo, e gorra aceituni con sendas plumas blancas e negras, bien demostraba que aquel gentil hombre presumía de caballero, bien que el no calzar borceguíes bermejos, tachonados con sendas espuelas, aina decía no haber alcanzado tanta honra.
En cambio requería a menudo la luenga espada que pendía del talabarte, autorizando así la minúscula persona, que no semejaba más que cusibel allegado a senda pértiga.
A poco trecho de casa donde el paseante enclavaba afincadamente los ojos, se abrieron los lienzos de la encumbrada fenestra, e una mano gentil que no cristiana arrojó una letra que el paseante, a guisa de can, que con boca abierta atiende coger la mariposa que pasa, pensó atrapar antesacando el pecho y abriendo los brazos en aspa de Sant Andrés; pero el papel avieso, como fecho de materia liviana, hizo cortes y ruedas, y ruedas y vueltas por el aire, pasando y repasando por entre los dedos del penitente para luego revolar e posarse en lo más alto del dintel de la puerta.
Don Egas, que tal fué su nombre de este hidalgo, para conquistar aquel joyel apellidó en su ayuda los ingenios de guerra que están en uso para asaltar los torreones de las cercas y muros; pero al postre, acopiando sendos guijos lisos y escuetos de la corriente, trepando por ellos con su luengo acero, pescó el billete, que, desdoblándole de sus tres dobleces y aplicándolo como ensalmo a los ojos, sobre el calletre y por bajo de la higadilla (salvos sea la parte), leyó, después de la cruz negra del comienzo con capirotes encarnados, las siguientes razones:
"A vos, el magnífico escudero, salteador de mi albedrío: Magüer la entereza de mi honestidad afincóse en resistir la delectación de vuestros requebrados amores, tan de antuvión entrástedes por el rastrillo de trasparamento de mi corazón, que sin más estar en mí, me siento astreñida en rendir el mi homenage, y me juro en deliquios de imaginaciones vuestras. Otrosí, el vuestro talante que pasea de continuo frontero a mis fenestras, magüer encogido e diminuto, halló medra en mi aspereza, e sepades (e en tal punto se me enrova bermejo el rostro), que campeará en el mi alvedrío _in sæcula sæculorum_. E como el mi linage es de enjundia e añejo, inquirí que sedes de los buenos e viejos, sin ser retejado (Dios vos libre), ni conocer la Atora ni el sábado, ni mirades a furto el lardo; e otrosí supe, y vala por todo, que sedes de Solares de Carriedo, todo para gloria de esta mi persona ataviada hoy día en fecha con saboyana carmesí y verdugado de seda, y la toca con volante blanco pinjado con pinjantes ricos, visión en forma que si queredes reverenciar, acudir habedes a media noche por filo por el arcaduz del jardín. Subid por el tapial, y de allí por el abedul tomad tierra: catad de non caer, e si caedes catad de lastimaros razonablemente e nada más."
Tres veces se le agolparon lágrimas de gozo a los ojos de aquel menguado lector, compañero tuyo en aquel trance de lición, ¡oh, benévolo leyente!, e tres veces suspiró e desahagóse el pecho. El aina rebozóse en la capa, e asomando el rostro como cauto ballestero por saetir, repasó la calle, ojeando la fenestra de suso nombrada, e trasflor de verdes vidrios de Venecia, atisbó la figura de la enjaulada, que ni punto más ni punto menos semejaba a don Satanás enfaldado, e faciendo gentil mesura, volvió el cantón de la vecina calle enderezando a su casa para atender la escura noche.
Eran las doce muy corridas e la rua estaba negra como malos pecados, cuando dos gentiles hombres así fablaban en puridad andando su camino:
--Paréceme, amigo Egas, que no andades tan suelto por la calle sonando la queda como a sol tendido.
--Oh, don Malicioso, ¿e non sabedes que el jaco de malla, e la cota, e el broquel, e el montante, e otros arrequives de tal guisa, algún tanto empescen e perturban los miembros? Más aosadas que el ánimo, más despejado va que nunca, e resuelto a todo. Más dígame, dómine Tomillas, ¿traedes el discante y la letra para cantar?
--Sí traigo.
--Mas hemos llegado al lugar: vos faredes la escucha, buen Tomillas, mientras yo guindo mi persona por el tapial, ansí como me hagan la seña. Rasgad empero el instrumento, e apuntadme la letra.
Entonces el enamorado Egas, con voz entonada y ronquilla, cantó de tal manera con ayuda de vecino:
Cuando contemplo en tal hora el blanco envés de tu espalda, y que recoges tu falda para subir tan sonora; don Cupido, o don Demonio, entra a rebato en mi pecho, y grito, un sátiro hecho, yo requiero matrimonio. ....................
Así cantaba Egas cuando se oyó caer una falleba, e otrosí, se oyó una voz que ceceaba desde rejas no muy altas, e luego dijo: "Ah del gentil hombre."
Allegóse el amador, dándole órdenes antes a su atalaya, e ansí fablaba a su señora:
--Tan mal parado no parástedes cuando paréme a parar los parabienes que para...
--Alto, alto, e non parareadme más, don apareador de lindezas; liso y llano e non tan alto de punto, non semejedes a saltador y surtidor de jardín que lanza agua alto, alto y se resuelve en nada. Empero esto aparte, dadme mercedes ya que os evité saltear murallas, e a riesgo de voltear os tengo aquí ni con tanto trabajo vuestro ni tanto apartamiento mío. Recogí las llaves de este zaquizamí, e vedme aquí sola e sin mancilla, que las fembras de pro no temen trasgos ni fantasmas.
--Ya que por vuestro mandato he de parlar canto llano, vos diré, señora, que esta merced que de vos recibo la acojo con más gratitud de vuestra pudicicia, cuanto hasta ahora no vos merecí que crueldades y sofrenadas.
--Así es la verdad, caballero; mas parad mientes que las doncellas treintenas, como yo, han de esquivarse con más ansia que los arrapiezos de quince a veinte: materia feble e quebradiza e que vos enloquecen a vosotros los amadores.
--No así a este vuestro servidor, que donde no ve persona entera o correosa, no ve al de provecho; además que non nací para endotrinar fija de vecino.
--Mi fe que habláis como el Conde Lucanor, e que esa discreción me captiva. También vos diré que ora miro en vos perficiones que antes no reparé en ellas. Ejempli gracia: ese vuestro naso corvo y parvo, e arremangado un tantico como quien va a la frente, me ponía un miedo cerval como a doncella asustadiza: parecíame jeme de gigante sayón desplegado por la mitad de vuestra cara, e las carnes me bullían viendo los anchos lunares como de almagre que le paraban. Empero ahora no miro en él que miembro apuesto que vos autoriza cumplidamente: e miro más, e veo a ese don Cupido de quien cantabais que cabalga en ellas, fablo narices, e que con sus viras batiéndoos a guisa de acicates, os llama la sangre en aquel lugar.
--Non me sonrojéis con los vuestros loores, mi señora...
--¿Dejástedes quien vos ficiese espaldas? Pues creí escuchar algún rumor.
--Fieme en el buen Tomillas, tañedor de laúd e dulzaina, e él dará rebato en toda aventura... _mas hele, hele por do viene_.
--Mala landre me mate si no somos acometidos. Tres campanarios armados entran por la calle, de cada paso llevándose media plaza de andadura, y en las manos menean por mazas sendos robles o palos de navío.
--El miedo vos face abultar las cosas, buen Tomillas.
--Decidme, gentil hombre, ¿sedes poeta? Que según faciedes uso de hipérbole, o yo no me apellido Aldonza, o podéis bien facer un poema: andad a vuestro puesto, don Babieca, que eso que vos semejan campañarios habían de ser los mozos gabachos del comendador Núñez, que facen burlas e escarnios ruando por el barrio, como que hoy es martes de antuejo. Idos, idos, e non conturbéis nuestros coloquios.
--Ansí será, e la peña de Francia no me desampare en este oficio de atalaya de amores...
Y fuese el escucha y prosiguió don Egas:
--¡Oh, doña Aldonza!, círculo de mis ruedas, blanco de mi cuidado, e cuento de mis vueltas e revueltas, dejadme, amparadme de vuestra diestra.
--No me retocéis la mano por entre las rejas de la fenestra, travieso mancebo, que tengo ante los ojos aquello de lo _barato dado, caro llorado_. Atended al tiempo y no quered perder el rocín y las manzanas.
--El que tiempo tiene y tiempo atiende, tiempo viene que se arrepiente; perdonad algo a la fuerza de mi amor.
--Todo home face tales añascos y marañas para burlar a nos las doncellas, e después de burladas, el duelo ajeno del pelo cuelga.