Novelas ejemplares y amorosas

Part 43

Chapter 434,232 wordsPublic domain

No te acabo de entender, Ni a mí misma no me entiendo; Solo entiendo que te adoro, Solo entiendo que padezco.

Mis lágrimas te endurecen, Y viene a ser caso nuevo, Caer sobre el hielo el agua, Y no dejarle deshecho.

Solo en ti, porque yo muera, Permite amor tal extremo; Pues debieras conocer Que me pierdes si te pierdo.

Seguro estoy que tendrás Quien te quiera; pero advierto Que quien te quiera hallarás; Mas no más que yo te quiero.

Muy avaro estás conmigo, Muy pocos gustos te debo, Que aun por negarme el cariño, Siempre estás fingiendo sueño.

Frío me dijiste ayer Que tenías: alto cuento; ¿Pues cuándo tienes calor Para darme a mí consuelo?

No me mates tan aprisa, Hasta que me maten celos; Penas, que cuando hay amor, Son más que las del infierno.

Disimula las tibiezas, Que, si no amor, es respeto; No te precies de cruel Cuando de tuya me precio.

Di a la Circe que te encanta Algo de lo que merezco; Y pídele facultad Para no ser tan grosero.

¿Quién me dijera algún día Esta ingratitud que veo? ¡Ah, finezas de hombre ingrato, Y cómo en humo se fueron!

Yo me acuerdo cuando el sol Te halló en la calle, viniendo Más de alguna vez a ver Lo que estás aborreciendo.

Y veo que ahora estás Tú reposando en el lecho; Y yo sintiendo y llorando Tu tibieza y mi desprecio.

Pues espero que algún día Te ha de castigar el cielo, Y que la misma que estimas Ha de ser el instrumento.

Y entonces conocerás Lo que tienes en mi pecho. Que cual pelícano está Para regalarte abierto.

Y aún estás tan riguroso, Tan ingrato y tan severo, Que no conservas mis brazos, Por si te faltan aquellos.

Mis penas me han de matar, Porque ya mi sufrimiento Está tan falto de fuerzas Que casi a vivir no acierto.

No es gran victoria matarme, Cuando ves que estoy muriendo A manos de tu rigor Y a la fuerza de mis celos.

Préciate de tu crueldad, Cantarás como otro Nero, Viendo que se abrasa el alma En donde tienes tu imperio.

¡Oh si estuviera en mi mano Aborrecerte! Aunque pienso Que, en lugar de castigarte, Lisonja te hubiera hecho.

Mas es carácter del alma El amor con que te quiero; Pues quien desea imposibles No podrá lograr su intento.

Mas si piensas ostentar El rigor de que me quejo, Morir a fuerza de agravios Será el último remedio.

Así canta y llora Blanca, Mas no la escucha su dueño, Que lágrimas en ausencia Son de muy poco provecho:

Y más con un ingrato, Que en otra más dichosa está adorando:

Y aunque la ve llorar no se enternece, Porque es cruel, y lágrimas no siente.

No acertaba en nada doña Blanca, aunque fuese la más acertada, porque como era mal recibida, enfadaba de todas maneras; y así, entrando a este punto el príncipe y su padre que venían de fuera, como a los últimos versos decía que sería el último remedio el morir, respondió:

—Así será, que de otra manera no me puedo librar de tus enfados.

Y prosiguiendo con grandísimo enojo, dijo:

—¿Qué locuras o qué mentiras son estas, Blanca, que así en verso y prosa, con achaque y color de lamentarte, estás diciendo contra mí? ¡Qué!, ¿no basta en secreto cansarme y atormentarme con ellas, sino que cantando las publicas? Cansadísimas mujeres sois las españolas, gran castigo merece el extranjero que mezcla su sangre con la vuestra.

A esto, como doña Blanca estaba cierta de que había sido, como quien la tenía tan ilustre, mayor su engaño que no el del príncipe, respondió con brío:

—Mayor le merece la española, que entendiendo viene a ser señora, deja su patria, donde lo es, por hacerse esclava de quien no la merece.

—No seáis atrevida, doña Blanca —respondió el suegro—, que os cortaré yo las alas: ¿con qué soberbia os remontáis, que no sé yo cómo pensasteis vos, ni vuestro linaje, llegar a merecer ser esposa de mi hijo?

Finalmente, por no cansar, diciendo los unos y respondiendo los otros, se encendió el suegro de suerte que el príncipe se descompuso con doña Blanca, no solo de palabras, mas de obras, maltratándola tanto que fue milagro salir de sus manos con la vida, y esa se la pudo deber, después de Dios, a la señora Marieta, que con su autoridad puso treguas, aunque no paces; al disgusto de este día, pasándose muchos que ni el príncipe la vio, ni doña Blanca se levantó de la cama; mas al cabo tuvieron fin estos enojos, haciéndose las amistades, no sé si para mayor enemistad; porque doña Blanca quedó, como tan gran señora, descontenta con el desprecio pasado, y el príncipe menos cariñoso que antes; porque entre la vulgaridad, estas rencillas entre casados, en llegando a acabarse los enojos, no se acuerdan más de ellas; mas en la grandeza de los señores es diferente, que aunque sean casados, tienen duelo; y así se lo decía doña Blanca a doña María, pues aunque amaba ternísimamente a su esposo, todas las veces que le veía le salían al rostro los colores que habían puesto en él sus atrevidas manos.

Sucedió dentro de pocos meses un caso, el más atroz que se puede imaginar, y fue, en primer lugar, amanecer dentro del mismo palacio una mañana muerto a puñaladas un gentilhombre de la señora Marieta, que le daba la mano cuando salía fuera, mozo de mucha gala y nobleza; y luego, pasados dos días, en que aún no estaba moderado el sentimiento que tuvieron de esta violenta y desaliñada muerte la señora Marieta y doña Blanca, y más viendo que el príncipe viejo no había consentido hacer las diligencias que fuera muy justo en un suceso tan desastrado, antes mandó que no se hablase más en ello, por donde se pensó que había sido hecho por gusto suyo: como digo, dentro de dos días envió su padre a llamar a su cuarto a la señora Marieta, que fue al punto, y entrando donde estaba, le halló con su esposo y primo.

No se pudo saber lo que entre ellos pasó, más de que se cerraron las puertas del cuarto se oyó por un espacio llorar a la señora Marieta, después de esto llamar a Dios, y luego quedar todo en silencio; y fue que, a lo que después se vio, tenían atado al espaldar de una silla un palo, y haciéndola sentar en ella, su propio marido delante de su padre la dio garrote, que esta tan cruel sentencia contra la hermosa y desgraciada señora salió de acuerdo de los dos, suegro y yerno; y de más de una hora que habían estado hablando a solas, no se pudo saber nada; y solo se sospechó por haber muerto a su gentilhombre, que sería por algún testimonio, porque la señora Marieta era tan noble y tan honesta que no se podía pensar de ella liviandad alguna, si ya no la dañó el ser tan noble y el amar tanto a doña Blanca, que en todas ocasiones volvía por ella. En fin, murió apenas de veinte y cuatro años, siendo el juez su padre y el verdugo su mismo esposo.

Estaba doña Blanca cuidadosa de qué haría allá dentro la señora Marieta, que ya sabía de sus damas que había sido llamada por su padre; y no habiéndose hasta medio día abierto la puerta de la sala donde se había ejecutado la cruel maldad, que era en la que comía, entraron, y como se abrió, los criados pusieron las mesas; mas aunque vieron el triste espectáculo, ninguno hablaba, porque se lo habían así mandado o porque todos eran unos.

Vino el príncipe de fuera, que no se halló al lastimoso caso ni le sabía, que fuera cierto no lo consintiera o la salvara, porque amaba mucho a su hermana y no era el que había sentido menos la muerte del gentilhombre.

Venido pues, avisaron a doña Blanca saliese a comer, como lo hizo bien apriesa por ver si veía a la señora Marieta y saber qué enigmas eran los que en aquella casa pasaban, y sucedió que a un mismo tiempo entraba el príncipe por una puerta y doña Blanca salía por otra que correspondía a su cuarto, que también había estado cerrada hasta entonces, con otras dos más adentro; y así que vio el triste cadáver, diciendo «¡Jesús sea conmigo!» cayó de un mortal desmayo.

Sus damas, que con ella habían salido, aunque bien desmayadas de lo que presente veían, acudieron; y el príncipe, que, como digo, había entrado al mismo tiempo, viendo por una parte a su hermana muerta, por otra a doña Blanca desmayada, y a su padre y cuñado sentados a la mesa, no hay duda sino que traspasado de dolor y asustado de un caso semejante, con el color mortal acudió a doña Blanca, diciendo a su padre:

—¿Qué crueldades son estas, señor, o qué pretendes de esta triste española, que la has llamado para que vea tan lastimoso caso?

A lo que respondió el padre:

—Calla, cobarde, que más pareces hijo de algún español que no mío, que luego te dejas vencer de hazañerías españolas.

Retiraron las damas a doña Blanca a su cámara, acompañándola el príncipe, que no quiso sentarse a comer con su padre; antes mostrando tierno sentimiento de la muerte de su hermana y mal de su esposa, asistiendo a los remedios que se le hacían para tornarla en sí; al cabo de una hora, creyendo todos era muerta y llorándola por tal, cobró el sentido con tantos suspiros y lágrimas que enterneciera a un mármol, y viendo al príncipe que la tenía por una de sus hermosas manos, alentándose lo más que pudo, le dijo:

—¿Qué quiere, señor, de mí vuestro padre, o qué es su pensamiento, que ya que hizo una crueldad como la que hoy ha hecho en su hija, siendo tan santa, honesta y virtuosa, me mandase llamar para que la viese?

Si es que me quiso dar ejemplo, no hay para qué, supuesto que mi real sangre y mi honor no le han menester, por ser todo como mi nombre; demás que en el de la señora Marieta vuestra hermana, por ser más puro que el sol, no hay que poner dolo, que para mí más la ha muerto la malicia que no la razón.

Si es que ni vos ni él os halláis bien conmigo, enviadme a España con mi hermano, que yo os doy palabra que, en deshaciendo Su Santidad el matrimonio y llegando a ella, me entraré religiosa, pues no será muy dificultoso romper un lazo que tan dulcemente nos aprieta.

No la dejó la pena decir más, de lo cual el príncipe, enternecido, la consoló, asegurando estar él tan ajeno de lo que había pasado con su hermana como ella; mas que creyese que, pues su padre y esposo se habían determinado a tal crueldad, que alguna secreta y bastante causa los obligaría, y con algunas tibias caricias comió con ella, y dejándola más quieta, a su parecer, se fue, porque le llamó Ernesto su privado.

Ido el príncipe, llamó doña Blanca a doña María y la mandó que trajese un escritorio donde ella tenía sus más ricas y preciosas joyas, y que llamase a todas las damas que habían venido con ella de España, que eran seis, pues todas las demás eran flamencas, y habiéndolas mandado cerrar la puerta, llorando con mucha terneza, les dijo:

—Ya he visto, queridas amigas mías, en el cruel y desastrado suceso de la señora Marieta que mi muerte no se dilatará mucho, porque quien con su hija ha sido tan cruel, mejor lo será conmigo, y más con el poco amparo que tengo en mi esposo; y por si me cogiere de susto como a ella, no quiero que quedéis sin algún premio del trabajo que habéis tomado por acompañarme, dejando vuestra patria, padres y deudos; y así, estas joyas que ahora os daré traedlas siempre con vosotras en parte donde no os las vea nadie, para que si Dios os volviere a España, sacándoos de entre estos enemigos, tengáis con que tomar estado: toma tú, doña María, esta cadena y collar de diamantes, y esta sarta de perlas, que era de mi madre, que bien vale todo dos mil escudos, y cásate con don Gabriel, pues yo hasta ahora, por mis desdichas, no he podido cumplir lo que te prometí; y dichosa tú, que tendrás marido de tu natural, y no como yo, que me entregué a un enemigo; y vosotras, estas que quedan las podréis repartir entre todas, y perdonadme que no vale más mi caudal, que de otra suerte os pensé yo pagar lo que me habéis servido.

Dicho esto, dándole todas mil agradecimientos, llorando como si ya la vieran muerta, pidió recado de escribir y escribió una carta a su hermano, dándole cuenta de lo que pasaba, y después de cerrada la dio a doña María, para que de su parte dándola a don Gabriel, le mandase la despachase a España con persona confidente, y abrazándolas a todas les dio su bendición, besándole ellas las manos.

Cuatro días estuvo doña Blanca en la cama, mientras se dio sepultura a la señora Marieta, al cabo de los cuales se levantó tan cubierta el alma de luto como el cuerpo; porque apenas se le enjugaban los ojos ni se alegraba de nada, ni aun con la vista de su esposo; mas esto no era mucho, porque él estaba tan seco y despegado con ella que daba gracias a Dios el día que no la veía.

De esta suerte pasó más de cuatro meses, estando ya las cosas más quietas, y que parecía que los disgustos estaban más moderados y doña Blanca más consolada: mas, aunque ella estaba con algún descuido, no lo hacía así su fatal desdicha y la estrella rigurosa de su nacimiento, que no le prometía más alegre fin que a sus hermanas; porque en el tiempo que parecía había más quietud quiso ejecutar su sangriento golpe, y así dispuso que una tarde después de comer, no habiendo entrado el príncipe, como solía otras, a dormir la siesta al estrado, extrañando doña Blanca que de la mesa se hubiese retirado a su cuarto, que era en bajo, preguntó a una de las damas flamencas si había salido el príncipe fuera, y respondiéndole que no, y que con Ernesto se había ido a su cuarto; sospechando que tenía en él la dama, causa de sus celos, sacando de un escritorio una llave de que estaba apercibida, que un corazón celoso de todo está prevenido, bajó por una escalera de caracol que de su cuarto correspondía al del príncipe y que jamás se abría; y abriendo despacio y entrando con mucho sosiego por no ser sentida, llegó hasta la cama del príncipe, en que dormía ordinariamente, pues con ella por gran milagro, y halló... ¿qué hallaría?

Quisiera, hermosas damas y discretos caballeros, ser tan entendida que, sin darme a entender, me entendiérades, por ser cosa tan enorme y fea lo que halló. Vio acostados en la cama a su esposo y a Ernesto, en deleites tan torpes y abominables que es bajeza, no solo decirlo, mas pensarlo.

Doña Blanca, a la vista de tan horrendo y sucio espectáculo, quedó más difunta que cuando vio el cadáver de la señora Marieta, mas con más valor, pues apenas lo vio, cuando más apriesa que había ido se volvió a salir, quedando ellos, no vergonzosos ni pesarosos de que los hubiese visto, sino más descompuestos de alegría, pues con gran risa dijeron:

—Mosca lleva la española.

Llegó doña Blanca a su cuarto, y sentándose en su estrado, puesta la mano en la mejilla, se estuvo gran espacio de tiempo tan embelesada como si hubiera visto visiones de la otra vida. Llegó, viéndola así, su dama doña María, y puesta ante ella de rodillas, la dijo:

—¿Qué hallaste, señora mía, que tan cuidadosa te veo?

—Mi muerte hallé, doña María —respondió doña Blanca—; y si hasta aquí la veía en sombras, la veo ya clara y sin ellas: bien sé que lo que he visto me ha de costar la vida; y supuesto que ya no se me excusa el morir, ya que esto ha de ser, será con alguna causa o dejaré de ser quien soy.

—¡Ah, señora mía! —dijo doña María—, y como es bueno vivir aunque sea padeciendo, siquiera hasta que tu hermano ponga el remedio a estos trabajos. Y pues desde que le escribiste, dándole cuenta de ellos, tenías su remedio puesto en él, ¿por qué lo quieres aventurar todo? Mejor es disimular, haciéndote desentendida, hasta que venga, como te avisó, a estos estados, y entonces con su amparo podrás mejor ejecutar tu venganza. Muchas veces te he suplicado con muchos ruegos que disimules tu pasión con esta cruel gente, tan poderosos, con ser tan grandes señores, que ni temen a Dios ni al mundo, y ahora te lo vuelvo a pedir con más veras, y ya que no lo quieras hacer por ti, pues no me espanto que tengas con tanto padecer aborrecida la vida, a lo menos por tus tristes criados, que quedaremos sin tu amparo en perpetuo cautiverio, si ya no hacen con ellos lo mismo que tú dices esperas harán contigo.

—Ya no puede ser —dijo doña Blanca—, que si bien juzgo que es verdad lo que dices, lo que yo he visto, sin haber más delito que verlo, me ha condenado a muerte; y supuesto que ya no hay que aguardar, era degenerar de quien soy si entendiese esta infame gente que paso por un mal tan grande. Yo tengo de morir vengada, ya que no en los reos, que esos quedan reservados para ser mis verdugos hasta que la justicia de Dios lo sea suyo, a lo menos en el teatro donde se comete su ofensa y la mía con tan torpes y abominables pecados, que aun el demonio se avergüenza de verlos; y pues el delito que ellos hacen me condena a mí a muerte, no hay que aconsejarme, que servirá de darme enfado y no se conseguirá fruto alguno.

Diciendo esto, sin querer declararse más, dejando a doña María tan confusa como descontenta, sabiendo que el príncipe había salido fuera con su padre y que Ernesto se había quedado escribiendo, en el mismo cuarto de su señor, unos despachos que le habían mandado, bajó a él, y llamando ella misma los criados más humildes, que no quiso que ninguna de sus criadas quedase comprendida en la ejecución de su venganza, mandó sacar la cama al patio y quemarla.

Preguntola el atrevido paje que por qué causa se hacía aquel exceso. A quien respondió doña Blanca que la causa era su gusto, y que agradeciese no hacía en él otro tanto; mas que algún día lo haría, o no sería doña Blanca.

Recogiose con esto a su cuarto a disponerse para morir, que bien sería cierto; porque cuando volvió las espaldas, habiéndole dicho a Ernesto lo que se ha contado, le oyó decir entre dientes:

—Bien harás, española, si puedes; mas no te daré yo lugar para ello.

Como lo hizo, pues apenas vinieron los príncipes, padre e hijo, cuando Ernesto les contó cuanto había pasado, ponderándolo con tales razones que hinchó de venenosa furia los pechos dañados de sus señores, y más el del viejo que, ardiendo en ira, respondió:

—No temas eso, que antes de mañana a estas horas pagará la española atrevida estos excesos.

En fin, se resolvieron a quitarla la vida antes que su hermano llegase, que ya tenían aviso venía a gobernar las armas de aquellos reinos.

Esa misma noche habló doña María a don Gabriel por una reja, por donde otras veces le hablaba, dándole cuenta de lo que pasaba, diciéndole cómo, si Dios no la remediaba, era indudable la muerte de doña Blanca; y porque no ejecutasen con él lo mismo, como a quien sabían que doña Blanca estimaba tanto, se escondiese en parte que estuviese seguro hasta ver en qué paraba, pues sus fuerzas ni las de los demás criados españoles no eran poderosas contra tan soberbios y poderosos enemigos, y más estando dentro de su estado; y dándole las joyas que doña Blanca le había dado, se despidió de él con muchas lágrimas, pidiendo a Dios los librase. Don Gabriel al punto, tomando un caballo, se partió sin avisar a nadie, por no alborotar, la vuelta de Amberes, donde si no había llegado, llegaría muy presto el hermano de doña Blanca.

Aquella noche no vio doña Blanca a su esposo ni la llamaron, como las demás, para cenar, en que se conoció la ira que con ella tenían; y por estar más apercibida no se acostó; antes, en siendo de día, como quien tan cierta tenía su muerte, envió a llamar a su confesor y se confesó, recibiendo con mucha devoción el Santísimo Sacramento; y dándole al confesor una cadena y las sortijas que traía en las manos, le dijo se saliese luego de aquel lugar, porque, por ser español, no le iría en él mejor que a ella, y le pidió que si veía a su hermano le dijese por lo que moría.

Hecho esto, se fue a su estrado y, sentándose en él, empezó a platicar con sus damas como si no estuviera esperando la partida de esta vida, pareciéndoles a todas más linda que jamás la habían visto, porque el luto que traía por la señora Marieta la hacía más hermosa.

Así estuvo hasta cerca de media hora, que como los príncipes padre e hijo se vistieron, luego quisieron ejecutar la sentencia contra la inocente corderilla, como ya lo tenían determinado; y entrando los dos con su sangrador y Ernesto, que traía dos bacías grandes de plata, quisieron que hasta en ser él también ministro en su muerte, dársela con más crueldad.

Mandaron salir fuera todas las damas y cerrando las puertas ordenaron al sangrador ejercer su oficio, y sin hablar a doña Blanca palabra, ni ella a ellos, mas de llamar a Dios la ayudase en tan riguroso paso, la abrieron las venas de entrambos brazos para que por tan pequeñas heridas saliese el alma envuelta en sangre de aquella inocente víctima, sacrificada al rigor de tan crueles enemigos. Doña María por el hueco de la llave miraba, en lágrimas bañada, tan triste espectáculo.

A poco rato que la sangre comenzó a salir, doña Blanca se desmayó tan hermosamente que diera lástima a quien más la aborreciera, y quedó tan linda que el príncipe, su esposo, que la estaba mirando, o enternecido de ver la despojada azucena, o enamorado de tan bella muerte, volviéndose a su padre, con algunas señales piadosas en los ojos, le dijo:

—¡Ay señor, por Dios, que no pase adelante esta crueldad!; satisfecha puede estar con lo padecido vuestra ira y mi enojo; porque os doy palabra que, cuanto ha que conozco a Blanca, no me ha parecido más linda que ahora; por esta hermosura merece perdón de su atrevimiento.

A lo que respondió el cruel y riguroso viejo con voz alterada y rigurosa:

—Calla, cobarde, traidor, medio mujer, que te vences de la hermosura y tiene más poder en ti que los agravios; calla, otra vez te digo, muera, que de tus enemigos los menos; y si no tienes valor, repara tu flaqueza con quitarte de delante; salte fuera y no la veas, que mal defenderá ni ofenderá a los hombres quien desmaya de ver morir una mujer: así tuviera a todas las de su nación como tengo a esta.

Y diciendo esto, le abrió la puerta y le hizo salir fuera; a lo que el príncipe, anegado en lágrimas, no replicó: en lo que se conoció que el despego que tenía con doña Blanca le debía ocasionar su padre y Ernesto.

Ido pues el príncipe, se volvió a cerrar la puerta y se prosiguió con la crueldad, asistiendo los dos a ella con ánimo de tiranos hasta que, desangrada, como Séneca, rindió la vida a la crueldad de los verdugos y el alma a su Criador.

Murió la hermosa doña Blanca tan desgraciadamente porque no envidiase la desdicha de sus hermanas, si es don para ser envidiado, dejando bien que llorar en aquellos estados; pues los estragos, que tocaron en crueldades, que el duque de Alba hizo en ellos, fue en venganza de esta muerte.

Dejáronla en el estrado como estaba, y abriendo las puertas que correspondían al cuarto de sus damas y cerrando las de la otra parte, se salieron fuera los ministros de esta crueldad; y así que doña María y las demás pudieron salir donde estaba, no lo rehusaron, antes llorando se acercaron todas a ella, españolas y flamencas, que en el sentimiento tanto lo mostraban las unas como las otras, pues como era tan afable, de todas igualmente era amada: unas la besaban las manos, otras la estremecían, pensando que no estaba muerta, y todas hacían lastimoso duelo sobre el difunto y hermoso cuerpo, y en particular doña María, que se arrancaba los cabellos y se sacaba con sus mismos dientes pedazos de sus manos, diciendo lastimosas ternezas; y es de creer se matara a sí propia si no fuera por no perder el alma.