Part 26
Mi amante me entretenía diciendo que en haciéndole Su Majestad merced de un hábito de Santiago que le había pedido, para que más justamente mi padre le admitiese por hijo, se cumplirían mis deseos y los suyos; si bien, aunque yo sentía mucho estas dilaciones y casi temía mal de ellas, por no disgustarle no apuraba más.
En este tiempo, en lugar de un criado que mi padre había despedido entró a servir en casa un mancebo que, como después supe, era aquel caballero pobre que jamás había sido bien visto de mis ojos (¿mas quién mira bien a un pobre?); el cual no pudiendo vivir sin mi presencia, mudado hábito y nombre, hizo esta transformación: pareciome cuando le vi la primera vez que era el mismo que me había antes querido, mas no hice reparo en ello, por parecerme imposible.
Bien conoció Luis (que así dijo llamarse) a los primeros lances la voluntad que yo y don Manuel nos teníamos, pero no creyó de la entereza de mi condición que pasase a más de honestos y recatados deseos, dirigidos al conyugal lazo: y él estaba cierto que no había de alcanzar aunque fuera conocido por don Felipe más que los despegos que siempre callaba, y por no privarse de verme sufría como amante aborrecido y desestimado, dándose por premiado de su amor con poderme hablar y ver a todas horas.
De esta manera pasé algunos meses, pues aunque el amor de don Manuel no era verdadero, sabía tan bien las artes de fingir que yo me daba por contenta y pagada de mi voluntad: así me duraran estos engaños; ¿mas cómo puede la mentira pasar por verdad sin que al cabo se descubra?
Acuérdome que una tarde que estábamos en el estrado de su hermana, chanceándonos y diciendo burlas y entretenidos festejos como otras veces, le llamaron; y él, al levantarse del asiento, me dejó caer la daga en las faldas, que se la había quitado por el estorbo que le hacía para estar sentado en bajo; a cuyo asunto hice este soneto:
Toma tu acero cortador, no seas Causa de algún exceso inadvertido, Que puede ser, Salicio, que sea Dido, Si por mi mal quisieres ser Eneas.
Cualquiera atrevimiento es bien que creas De un pecho amante, de tu valor rendido, Muy cerca está de ingrato el que es querido, Llévale, ingrato, si mi bien deseas.
Si a cualquiera rigor de aquellos ojos Te lloro, Eneas, y me temo Elisa, Quítame la ocasión de darme muerte.
Que quieres la vida por despojo, Que me matas de amor, mi amor te avisa; Tú ganarás honor, yo dulce suerte.
Alabaron doña Eufrasia y su hermano más la presteza de hacerle que el soneto; si bien don Manuel tibiamente; ya parecía que andaba su voluntad achacosa, y la mía temerosa de algún mal suceso en los míos, y a mis solas daban mis ojos muestra de mis temores, quejándome de mi mal pagado amor, dando al cielo quejas de mi desdicha: y cuando don Manuel, viéndome triste y los ojos con las señales de haberles dado el castigo que no merecían, pues no tuvieron culpa en mi tragedia, me preguntaba la causa, por no perder el decoro a mi gravedad, desmentía con él los sentimientos de ellos, que eran tantos que apenas los podía disimular; enamoreme, rogué, rendime; vaya, vengan penas, alcáncense unas a otras.
Mas por una violencia estar sujeta a tantas desventuras, ¿a quién le ha sucedido sino a mí? ¡Ay, damas hermosas y avisadas, y qué desengaño es este si le contempláis! ¡Ay, hombres, y qué afrenta para vuestros engaños! ¿Quién pensara que don Manuel hiciera burla de una mujer como yo, supuesto que aunque era noble y rico, aun para escudero de mi casa no le admitieran mis padres?, que este es el mayor sentimiento que tengo, pues estaba segura de que no me merecía y conocía que me desestimaba.
Fue el caso que había más de diez años que don Manuel hablaba a una dama de la ciudad, ni la más hermosa ni la más honesta, y aunque casada, no hacía ascos de ningún galanteo, porque su marido tenía buena condición; pues comía sin traerlo, y por no estorbar se iba fuera cuando era menester; y aunque aquí había reprensión para los hombres, mas los comunes y bajos que viven de esto no son hombres, sino bestias.
Cuando más engolfada estaba Alejandra, que así se llamaba esta dama, en la amistad de don Manuel, quiso el cielo, para castigarla, o para destruirme, darla una peligrosa enfermedad, de la que, viéndose en peligro de muerte, prometió a Dios apartarse de tan ilícito trato, haciendo voto de cumplirlo: sustentó esta devota promesa, viéndose con la deseada salud, año y medio, que fue el tiempo en que don Manuel buscó mi perdición, viéndose despedido de Alejandra; bien que, como después supe, la visitaba por cortesía y la regalaba por la obligación pasada.
¡Ah, mal hayan estas correspondencias corteses que tan caras cuestan a muchas! Entretenido en mi galanteo faltó a la asistencia de Alejandra, conociendo el poco fruto que sacaba de ella, pues esta mujer en faltar de su casa, como solía mi ingrato dueño, conoció que era la ocasión otro empleo, y buscando la causa, o que las criadas pagadas de la casa de don Manuel, o mi desventura que se lo debió de decir, supo como don Manuel trataba su casamiento conmigo: entró aquí alabarle mi hermosura y su rendimiento, y como jamás se apartaba de idolatrar en mi imagen, que cuando se cuentan los sucesos, y más si han de dañar, con menos ponderación son suficientes.
En fin, Alejandra, celosa y envidiosa de mis dichas, faltó a Dios lo que había prometido, para sobrarme a mí en penas; que si faltó a Dios, ¿cómo no me había de sobrar a mí? Era atrevida y resuelta, y lo primero a que se atrevió fue a verme. Pasemos adelante, que fuera hacer este desengaño eterno, y no es tan corto el tormento que padezco en referirle, que me saboree tan despacio en él; acarició a don Manuel, solicitó que volviese a su amistad, consiguió lo que deseó y volvió de nuevo a reincidir en la ofensa, faltando en la enmienda que a Dios había prometido.
Parecerá, señores, que me deleito en nombrar a menudo el nombre de este ingrato, pues no es así, sino que como ya para mí es veneno, quisiera que trayéndole en mis labios me acabara de quitar la vida.
Volviose en fin a adormecer y transportar en los engañosos encantos de esta Circe, y como una división causa mayores deseos entre los que se aman, fue con tanta puntualidad la asistencia en su casa que fue fuerza hiciese falta en la mía. Tanto que, ni en los pesarosos días del verano, ni en las cansadas noches del invierno, no había una hora para mí; y con esto empecé a sentir las penas que una desvalida y mal pagada mujer puede sentir, porque si a fuerza de quejas y sentimientos había un instante para estar conmigo, era con tanta frialdad y tibieza que se apagaban en ella los encendidos fuegos de mi voluntad; no para apartarme de tenerla, sino para darle las desazones que merecía: últimamente empecé a temer, del temer nace el celar, y del celar buscar las desdichas y hallarlas.
No le quiero prometer a un corazón amante más perdición que venir a tropezar en celos, que cierto es que la caída será para no levantarse más, porque si calla los agravios, juzgando que los ignora, no se recatan de hacerlos, y si habla más descubiertamente, pierden el respeto, como me sucedió a mí; que no pudiendo ya disimular las sinrazones de don Manuel, empecé a desenfadarme y reprenderle, y de esto pasar a reñirle, con que me califiqué por enfadosa y de mala condición, y a pocos pasos que di me hallé en los lances de aborrecida.
Ofréceseme a la memoria un soneto que hice, hallándome un día muy apasionada; que, aunque os canse, le he de decir.
No vivas, no, dichosa, muy segura De que has de ser toda la vida amada; Llegará el tiempo que la nieve helada Agote de tu dicha la hermosura.
Yo, como tú, gocé también ventura; Ya soy, como me ves, bien desdichada; Querida fui, rogada y estimada, Del que tu gusto y mi dolor procura.
Consuela mi pasión, que el dueño mío, Que ahora es tuyo, fue conmigo ingrato; También contigo lo será, dichosa.
Pagarasme el agravio en su desvío; No pienses que has feriado muy barato, Que tú has de ver como yo estoy celosa.
Admitía estas finezas don Manuel como quien ya no las estimaba, antes con enojos quería desvanecer mis sospechas, afirmándolas por falsas; y dándose más cada día a sus desaciertos, venimos él y yo a tener tantos disgustos y desasosiegos que más era muerte que amor el que había entre los dos, y con esto me dispuse a averiguar la verdad de todo, porque no me desmintiese; y de camino, por si podía hallar remedio a tan manifiesto daño, mandé a Claudia seguirle, con que se acabó de perder todo; porque una tarde que le vi algo inquieto, y que ni por ruegos ni lágrimas mías, ni pedírselo su hermana, no se pudo estorbar que saliese de casa, mandé a Claudia viese dónde iba, la cual le siguió hasta verle entrar en casa de Alejandra; y aguardando a ver lo que resultaba, vio que ella con otras amigas y don Manuel se entraron en un coche y se fueron a un jardín; y no pudiendo ya la fiel Claudia sufrir tantas libertades cometidas en ofensa mía, se fue tras ellos, y al entrar en el vergel, dejándose ver, le dijo lo que fue justo si, como fue bien dicho, fuera bien admitido: porque don Manuel, si bien corrido de ser descubierto, afeó y trató mal a Claudia, riñéndola más como dueño que como amante mío; con lo cual la atrevida Alejandra, tomándose licencia de valida, se atrevió a Claudia con palabras y obras, dándose por sabedora de quién era yo, cómo me llamaba y, en fin, cuanto por mí había pasado, mezclando entre estas libertades las amenazas de que daría cuenta a mi padre de todo; y aunque no cumplió esto, hizo otros atrevimientos tan grandes o mayores, como era venir a la posada de don Manuel a todas horas, entraba atropellándolo todo y diciendo mil libertades; tanto que en diversas ocasiones se puso Claudia con ella a mil riesgos.
En fin, para no cansaros lo diré de una vez. Ella era mujer que no temía a Dios ni a su marido, pues llegó su atrevimiento a tratar de quitarme la vida con sus propias manos.
De todos estos atrevimientos no daba don Manuel la culpa a Alejandra sino a mí, y tenía razón, pues yo por mis peligros debía sufrir más: estaba ya tan precipitada que ninguno se me hacía áspero ni peligroso, pues me entraba por todo sin temor de ningún riesgo: todo era afligirme, todo llorar y todo dar a don Manuel quejas; unas veces con caricias y otras con despegos, determinándome tal vez a dejarle y no tratar más de esto, aunque me quedase perdida; y otras pidiéndole hablase a mis padres, para que siendo su mujer cesasen estas revoluciones: mas como ya no quería, todas estas desdichas sentía y temía doña Eufrasia, porque había de venir a parar en peligro de su hermano: mas no hallaba remedio aunque le buscaba.
A todas estas desventuras hice unas décimas, que os quiero referir, porque en ellas veréis mis sentimientos mejor pintados y con más finos colores, que dicen así:
Ya de mi dolor rendida, Con los sentidos en calma, Estoy, deteniendo el alma, Que anda buscando salida; Ya parece que la vida, Como la candela que arde, Y al verse morir cobarde Vuelve otra vez a vivir, Porque aunque desea morir, Procura que sea más tarde.
Llorando noches y días Doy a mis ojos enojos; Como si fueran mis ojos Causa de las ansias mías: ¿Adónde estáis, alegrías? Decidme, ¿dónde os perdí? Responded, ¿qué causa os di? ¿Mas qué causa puede haber Mayor, que no merecer El bien que se fue de mí?
Sol fui de algún cielo ingrato, Si acaso hay ingrato cielo; Fuego fue, volviose hielo; Sol fui, luna me retrato, Mi menguante fue su trato; Mas si la deidad mayor Está en mí, que es el amor, Y este no puede menguar, Difícil será alcanzar Lo que intenta su rigor.
Celos tuve, mas, querida, De los celos me burlaba, Antes en ellos hallaba Sainetes para la vida: Ya sola y aborrecida Tántalo en sus glorias soy, Rabiando de sed estoy: ¡Ay qué penas, ay qué agravios! Pues con el agua en los labios Mayor tormento me doy.
¿Qué mujer habrá tan loca, Que viéndose aborrecer, No le canse el padecer, Y esté como firme roca? Yo sola, porque no toca A mí la ley de olvidar, Venga pesar a pesar, A un rigor otro rigor, Que ha de conocer amor Que sé cómo se ha de amar.
Ingrato, que al hielo excedes; Nieve, que a la nieve hielas, Si mi muerte no recelas, Desde hoy más temerla puedes: Regatea las mercedes, Aprieta más el cordel, Mata esta vida con él, Sigue tu ingrata porfía, Que te pesará algún día De haber sido tan cruel.
Sigue, cruel, el encanto De esa engañosa sirena, Que por llevarte a su pena Te adormece con su canto; Huye mi amoroso llanto, No te obligues de mi fe, Porque así yo esperaré Que has de ser como deseo De aquella arpía, Fineo, Para que vengada esté.
Préciate de tu tibieza, No te obliguen mis enojos, Pon más capote a los ojos, Cánsate de mi firmeza: Ultraja más mi nobleza, Ni sigas a la razón, Que ya en mi corazón Amor carácter ha sido, Pelearé con tu olvido, Muriendo por tu ocasión.
Bien sé que tu confianza Es de mi desdicha parte, Y fuera mejor matarte A pura desconfianza, Todo, cruel, se me alcanza, Que como te ves querido, Tratas mi amor con olvido, Porque una noble mujer, O no llegar a querer, O ser lo que siempre ha sido.
Ojos, llorad, pues no tiene Ya remedio vuestro mal, Ya vuelve el dolor fatal, Ya el alma a la boca viene: Ya solo morir conviene, Porque triunfe el que me mata; Ya la vida se desata Del lazo que el alma dio, Y con ver que me mató, No olvido al que me maltrata.
Alma, buscad dónde estar, Que mi palabra os empeño, Que en vuestra posada hay dueño Que quiere en todo mandar; ¿Ya qué tenéis que aguardar, Si vuestro dueño os despide, Y en vuestro lugar recibe Otra alma que más estima, No veis que en ella se anima, Y con más contento vive?
¡Oh cuántas glorias perdidas En esa casa dejáis! ¿Cómo ninguna sacáis? Pues no por mal adquiridas, Mal premiadas, bien servidas, Que en eso ninguna os gana; Pero si es tan inhumana La impiedad del que os arroja, Pues veis que en veros se enoja, Idos vos de buena gana.
Sin las potencias salís; ¿Cómo esos bienes dejáis? Que a cualquier parte que vais No os querrán si lo advertís: Mas oigo que me decís, Que sois como el que se abrasa, Que viendo que el fuego pasa A ejecutarle en la vida, Deja la hacienda perdida, Que se abrase con la casa.
Pensando en mi desventura, Casi en la muerte he llegado; Ya mi hacienda se ha abrasado, Que eran bienes sin ventura: Oh tú, que vives segura Y contenta en casa ajena, De mi fuego que la llena, Y algún día vivirá, Y la tuya abrasará Como escarmiento en mi pena.
Mira, y siente cuál estoy, Tu caída piensa en mí, Que ayer maravilla fui, Y hoy sombra mía no soy: Lo que va de ayer a hoy Podrá ser de hoy a mañana; Estás contenta y lozana, Pues de un mudable señor El fiarse es grande error, No estés tan alegre, Juana.
Gloria mis ojos llamó, Mis palabras gusto y cielos: Diome celos, y tomelos Al punto que me los dio: Ah, mal haya quien amó Celosa, firme y rendida, Que cautelosa y fingida Es bien sea una mujer, Para no llegarse a ver Como estoy, aborrecida.
¡Oh amor, por lo que he servido A tu suprema deidad, Ten de mi vida piedad! Esto por premio te pido; No se alegre este atrevido En verme por él morir; Pero muriendo vivir, Muerte será, que no vida, Ejecuta amor la herida, Pues yo no acierto a pedir.
Sucedió en este tiempo nombrar Su Majestad por virrey de Sicilia al señor almirante de Castilla, y viéndose don Manuel engolfado en estas competencias que entre Alejandra y yo traíamos, y lo más cierto, con poco gusto de casarse conmigo, considerando su peligro en todo, sin dar cuenta a su madre y hermana, diligenció por medio del mayordomo, que era muy íntimo amigo suyo, le recibiera el señor almirante por gentilhombre de su cámara, y teniéndolo secreto, sin decirlo a nadie, solo a un criado que le servía, y había de ir con él hasta la partida del señor almirante.
Dos o tres días antes mandó prevenir su ropa, dándonos a entender a todos quería ir por seis u ocho días a un lugar donde tenía no sé qué hacienda; que esta jornada la había hecho otras veces en el tiempo que yo le conocía.
Llegó el día de la partida, y despedido de todos los de su casa, al despedirse de mí, que de propósito había pasado a ella para despedirse, que como inocente de su engaño, aunque me pesaba, no era con el extremo que si supiera la verdad de él, vi más terneza en sus ojos que otras veces; porque al tiempo de abrazarme no me pudo hablar palabra, porque se le arrasaron los ojos de agua, dejándome confusa, tierna y sospechosa; si bien no juzgué sino que hacía amor algún milagro en él y conmigo; y de esta suerte pasé aquel día, ya creyendo que me amaba, vertiendo lágrimas de alegría, ya de tristeza de verle ausente: y estando ya cerrada la noche, sentada en una silla, la mano en la mejilla, bien suspensa y triste, aguardando a mi madre que estaba en visita, entró Luis, el criado de mi casa, o por mejor acertar, don Felipe, aquel caballero pobre que por serlo había sido tan mal mirado de mis ojos que no había sido ni antes ni en esta ocasión conocido de ellos, y que servía por solo servirme. Y viéndome como he dicho me dijo:
—¡Ay señora mía, y cómo si supieses tu desdicha, como yo la sé, esa tristeza y confusión se volvería en pena de muerte!
Asusteme al oír esto, mas por no impedir saber el cabo de su confusa razón, callé, y él prosiguió diciéndome:
—Ya no hay que disimular, señora, conmigo, que ha muchos días que yo imaginaba estos sucesos, mas ahora es diferente, que ya sé toda la verdad.
—¿Vienes loco, Luis? —le repliqué.
—No vengo loco —volvió a decir—; aunque pudiera, pues no es tan pequeño el amor que como a señora mía te tengo, que no me pudiera haber quitado el juicio, y aun la vida, lo que hoy he sabido; y porque no es justo encubrírtelo más, el traidor don Manuel se va a Sicilia con el almirante, con quien va acomodado por gentilhombre suyo; y además de haber sabido, de su criado mismo, que por no satisfacerte a la obligación que te tiene ha hecho esta maldad, yo le he visto por mis ojos partir esta tarde: mira qué quieres que se haga en esto; que a fe de quien soy, y que soy más de lo que tú imaginas, como sepa que tú gustas de ello, que aunque piense perder la vida te ha de cumplir lo prometido o que hemos de morir él y yo por ello.
Disimulando mi pena, le respondí:
—¿Y quién eres tú, que cuando aqueso fuese verdad, tendrías valor para hacer lo que dices?
—Dame licencia —respondió Luis—, que después de hecho lo sabrás.
Acabé de enterarme de la sospecha que al principio dije había tenido de ser don Felipe, como me lo había dado a entender su aire; y queriéndole responder, entró mi madre, con que cesó la plática; y después de haberla recibido, porque me estaba ahogando en mis propios suspiros y lágrimas, me entré en mi aposento y arrojándome sobre la cama no es necesario contaros las lástimas que dije, las lágrimas que derramé y las determinaciones que tuve, ya de quitarme la vida, ya de quitársela a quien me la quitaba, y al fin admití la peor y la que ahora oiréis, que estas eran honrosas; y la que elegí, con la cual me acabé de perder, fue levantarme con más ánimo que mi pena prometía, y tomando mis joyas y las de mi madre y muchos dineros en plata y en oro, porque todo estaba en mi poder, aguardé a que mi padre viniese a cenar, y habiendo venido, me llamaron, mas yo respondí que no me sentía buena, que después tomaría una conserva.
Se sentaron a cenar, y como vi acomodado lugar para mi loca determinación, por estar los criados y criadas divertidos en servir la mesa, y si aguardara más fuera imposible surtir efecto mi deseo, porque Luis cerraba las puertas de la calle y se llevaba las llaves; sin dar parte a nadie, ni a Claudia, con ser la secretaria de todo, por una que daba desde mi aposento a un corredor, me salí y puse en la calle.
A pocas de mi casa estaba la del criado que he dicho había despedido mi padre cuando recibió a Luis, la que yo sabía medianamente, porque lastimada de su necesidad, por ser anciano, le socorría y aun visitaba las veces que sin mi madre salía fuera: fuime a ella, donde el buen hombre me recibió con harto dolor de mi desdicha, que ya sabía él por mayor, habiéndole dado palabra que, en haciéndose mis bodas, le traería a mi casa.
Reprendió Octavio, que este era su nombre, mi determinación; mas viendo que ya no había remedio, hubo de obedecer y callar, y más cuando supo que traía dineros y que le di a él parte de ellos. Allí pasé aquella noche cercada de penas y temores, y a otro día le mandé fuese a mi casa y, sin darse por entendido, hablase a Claudia y la dijese que me buscaba a mí, como hacía otras veces, y viese qué había y si me buscaban.
Fue Octavio y halló, ¿qué halló?, el remate de mi desventura. Cuando llego a acordarme de esto no sé cómo no se me hace pedazos el corazón. Llegó Octavio a mi desdichada casa, y vio entrar y salir toda la gente de la ciudad, y admirado entró él también con los demás, buscando a Claudia, y hallándola triste y llorosa, le contó cómo acabando de cenar entró mi madre donde yo estaba para saber qué mal me afligía, y como no me halló preguntó por mí; a lo que todos respondieron que sobre la cama me habían dejado cuando salieron a servirla; y que habiéndome buscado por dentro y fuera de la casa, como hallasen las llaves de los escritorios sobre la cama y abierta la puerta que salía al corredor, que siempre estaba cerrada, y mirasen los escritorios y viesen la falta de ellos, luego vieron que no faltaba en vano. A cuyo suceso empezó mi madre a dar gritos; acudió mi padre a ellos y sabiendo la causa, como era hombre mayor, con la pena y susto que recibió dio una caída de espaldas, privado de todo sentido; y que ni se sabe si de ella o si del dolor había sido el desmayo tan profundo que no volvió más de él.
De todo esto fue causa mi facilidad: díjole también que aunque los médicos mandaban se tuviese sin enterrar las horas que mandaba la ley, que era excusado, y que ya se trataba de hacerlo; que mi madre estaba poco menos, y que con estas desdichas no se hacía caso de la mía, si no era para afear mi mal acuerdo; que mi madre había sabido lo que pasaba con don Manuel; que en volviendo yo las espaldas todos habían dicho lo que sabían, y que no había consentido buscarme, diciendo que pues yo había elegido el marido a mi gusto, que Dios me diese más dicha con él que había dado a su casa.
Volvió Octavio con estas nuevas, bien tristes y amargas para mí, y más cuando me dijo que no se platicaba por la ciudad sino de mi suceso. Dobláronse mis pasiones y casi estuve en términos de perder la vida; mas como aún no me había bien castigado el cielo por ser causa de tantos males, me la quiso guardar para que pasase los que faltaban.
Animeme algo con saber que no me buscaban, y después de coser todas mis joyas y algunos doblones en parte donde los trajese conmigo sin ser vistos, y dispuesto lo necesario para nuestra jornada, pasados cuatro o seis días, una noche nos pusimos Octavio y yo en camino, y partimos la vía de Alicante, donde iba a embarcarse mi ingrato amante. Llegamos a ella, y viendo que no habían llegado las galeras, tomamos posada hasta ver el modo que tendría en dejarme ver de don Manuel.