Novelas ejemplares y amorosas

Part 24

Chapter 244,244 wordsPublic domain

—No es razón que a tan noble condición como la tuya haga yo ninguna ofensa, pues solo con ver que te quitas la vida porque yo no muera (pues no hay muerte para mí más cruel que privarme del bien que tanto me cuesta, pues he dado por precio el alma), me ha obligado de suerte que no una sino mil perdiera por no ofenderte: tu esposa está ya libre de su obligación, que yo la alzo la palabra; goce Constanza a Carlos, y Carlos a Constanza, pues el cielo los crió tan conformes que solo él es el que la merece y ella la que es digna de ser suya; y muera don Jorge, pues nació tan desdichado que no solo ha perdido gusto por amar, sino la joya que le costó a Dios morir en una cruz.

A estas últimas palabras de don Jorge se les apareció el demonio con la cédula en la mano; y dando voces les dijo:

—No me habéis de vencer, aunque más hagáis, pues donde un marido, atropellando su gusto y queriendo perder la vida, se vence a sí mismo dando licencia a su mujer para que cumpla lo que prometió, y un loco amante obligado de esta suerte a palabra que le cuesta no menos que el alma, como en esta cédula se ve que me hace donación de ella, no he de hacer menos yo que ellos; y así, para que el mundo se admire de que en mí pudo haber virtud, toma, don Jorge, ve ahí tu cédula, yo te suelto la obligación, que no quiero alma de quien tan bien se sabe vencer.

Y diciendo esto le arrojó la cédula, y dando un grande estallido se desapareció y juntamente el jardín, quedando en su lugar un espeso y hediondo humo.

Al ruido que hizo, que fue tan grande que parecía hundirse la ciudad, Constanza y Teodosia, con su madre y las demás criadas que absortas y embelesadas habían quedado con la vista del demonio, volvieron sobre sí, y viendo a don Jorge hincado de rodillas, dando con lágrimas gracias a Dios por la merced que le había hecho de librarle de tal peligro, creyendo que por secretas causas solo a su Majestad Divina reservadas había sucedido aquel caso, le ayudaron todos haciendo lo mismo.

Acabada don Jorge su devota oración, se volvió a Constanza y la dijo así:

—Ya, hermosa señora, conozco cuán acertada has andado en guardar el decoro que es justo al marido que tienes; y así, para que viva seguro de mí, pues de ti lo está y tiene tantas causas para ello, después de pedirte perdón por la opinión que te he quitado con mis importunas pasiones, te pido lo que tú ayer me dabas, deseosa de mi bien, y yo como loco desprecié, que es a la hermosa Teodosia por mujer, que con esto el noble Carlos quedará seguro y esta ciudad enterada de tu valor y virtud.

Oyendo esto, Constanza se fue con los brazos abiertos a don Jorge, y echándoselos al cuello dijo:

—Tomad este favor que os doy como a mi hermano, siendo el primero que alcanzáis de mí desde que me amáis.

Este mismo día fueron desposados don Jorge y la bella Teodosia con general contento. Y otro día hicieron las bodas, siendo padrinos Carlos y la bella Constanza: hiciéronse muchas fiestas en la ciudad, solemnizando el dicho de tales sucesos, en los cuales don Jorge y Carlos se señalaron, dando muestras de su gallardía.

Vivieron muchos años con hermosos hijos, sin que jamás se supiese que don Jorge hubiese sido el matador de Federico, hasta que, después de muerto don Jorge, Teodosia contó el caso, a la cual cuando murió la hallaron escrita de su mano esta maravilla, dejando al fin de ella por premio al que dijese cuál hizo más de estos tres, Carlos, don Jorge o el demonio, el laurel de bien entendido. Cada uno lo juzgue si le quiere ganar, que yo quiero dar aquí fin al Jardín engañoso, título que da el suceso referido a esta maravilla.

Dio fin la discreta Laura a su maravilla, y todas aquellas damas y caballeros principio a disputar cuál había hecho más, por quedar con la opinión de discreto; y porque la bella Lisis había puesto una joya para el que acertase, cada uno daba su razón: unos alegaban que el marido y otros que el amante, y todos juntos que el demonio, por ser en él cosa nunca vista el hacer bien.

Esta opinión sustentó divinamente don Juan, llevando la joya prometida, no con pocos celos de don Diego y gloria de Lisarda, a quien la rindió al punto, dando a Lisis no pequeño pesar.

En esto entretuvieron parte de la noche, y por no ser hora de representar la comedia, se quedó para el día de la Circuncisión, en que se habían de desposar don Diego y la hermosa Lisis; y así se fueron a cenar con mucho gusto, dando fin a la quinta noche, y yo a mi entretenido sarao; prometiendo segunda parte, y en ella el castigo de la ingratitud de don Juan, mudanza de Lisarda y bodas de Lisis; si, como espero, es estimado mi trabajo, agradecido mi deseo, y alabado, no mi tosco estilo, sino el deseo con que va escrito.

SEGUNDA PARTE.

INTRODUCCIÓN.

Para el primer día del año quedaron en la primera parte de mi entretenido sarao concertadas las bodas de la gallarda Lisis con el galán don Diego, tan dichoso en haber merecido esta suerte, como prometían las bellas prendas de la hermosa dama, y nuevas fiestas para solemnizarlas con más aplauso.

Mas cuando las cosas no están otorgadas del cielo, poco sirve que las gentes concierten si Dios no lo otorga; que como quien mira desapasionado lo que no está bien, dispone a su voluntad, y no a la nuestra, aunque nosotros sintamos lo contrario: y así, o que fuese algún desorden, como suele suceder en los suntuosos banquetes, o el pesar de considerarse Lisis ya en poder de extraño dueño, y solamente por vengarse del desprecio que le parecía haberle hecho don Juan amando a su prima Lisarda, usurpándole a ella las glorias de ser suya, mal hallada con dueño extraño de su voluntad y ya casi en poder del no apetecido, se dejó rendir a tan crueles desesperaciones, vertiendo tantas perlas sus divinos ojos, que amaneció otro día la hermosa dama con una mortal calentura, y tan desalentada y rendida a ella que los médicos, desconfiando de su vida, antes de hacerle otros remedios le ordenaron los importantes al alma, mandándola confesar y recibir el Santísimo Sacramento como la más cordial medicina, y luego procuraron con su ciencia hacer las importantes al cuerpo; con cuya alteración y nuevos cuidados cesaron las fiestas ya dichas, y volvió la alegría de las pasadas noches en llanto y tristeza de su noble madre y queridas amigas, que lo sentían ternísimamente, y principalmente don Diego; y no hay que maravillar, pues cuando se veía casi en posesión de su belleza, se hallaba temeroso de perderla para siempre.

Bien sentía el ingrato don Juan ser él la causa de la enfermedad de Lisis; pues el frío de sus tibiezas era la mayor calentura de la dama, y sentía faltase del mundo una estrella que le daba ser: tal era la belleza y discreción de Lisis, junto con otras mayores virtudes de que era dotada; mas estaba tan rendido a la hermosura de Lisarda que presto hallaba en ella el consuelo de su pena: y aunque muchas veces proponía, para alentarla, hacerle más caricias, y con esta intención la visitaba, como Lisarda jamás se apartaba de su prima, en viéndola él afectuosamente, no se acordaba de los propósitos hechos.

Aumentábase el mal de Lisis, faltando en todos las esperanzas de su salud, y más a la bien entendida señora, que como era quien le sentía y sabía mejor las circunstancias de él, pues unas veces se hallaba ya entre las manos de la muerte, ya otras (aunque pocas) con más alivio, tuvo lugar su divino entendimiento de obrar en su alma nuevos propósitos, si bien a nadie lo daba a entender, guardando para su tiempo la disposición de su deseo, mostrando a don Diego y a la demás familia, cuando se hallaba con notable mejoría, un honesto agrado con que enfrenaba cualquier deseo, y solo le tenían puesto en verla con salud.

Más de un año duró la enfermedad con caídas y recaídas, sin tratarse en todo este tiempo de otra cosa sino de acudir a la presente causa, padeciendo don Diego el achaque de desesperado; tanto que ya quisiera de cualquier suerte fuera suya Lisis por estar seguro de él; mas si alguna vez lo proponía, hallaba en la dama un enojo agradable y una resistencia honesta, con que le obligaba a pedir perdón de haberlo intentado.

En esta ocasión le trajeron a Lisis una hermosísima esclava, herrada en el rostro, mas no porque la S y clavo que esmaltaba sus mejillas manchase su belleza, que antes la descubría más; era mora y su nombre Zelima, de gallardo entendimiento y muchas gracias, como era leer, escribir, cantar, tañer, bordar y, sobre todo, hacer excelentísimos versos. Este presente le hizo a Lisis una tía suya, hermana de su madre, que vivía en la ciudad de Valencia; y aunque pudiera desdorar algo la estimación de tal prenda el ser mora, sazonaba este género de desabrimiento con decir quería ser cristiana.

Con esta hermosa mora se alegró tanto Lisis que, gozándose con sus habilidades y agrados, casi se olvidaba de la enfermedad, cobrándose tanto amor que no era como de señora y esclava, sino de dos queridas hermanas: sabía muy bien Zelima granjear y atraer a sí la voluntad de Lisis, y Lisis pagárselo en quererla tanto que apenas se hallaba sin ella.

Entretenía Zelima a su señora, haciendo alarde de sus habilidades, ya cantando y tañendo, ya recitando versos, ya contándole cosas de Argel, su patria; y aunque muchas veces la veía Lisis divertida y tan transportada que sin sentir se le caían las lágrimas de sus divinos ojos, creía Lisis serían memorias de su tierra; y tal vez que le preguntaba la causa, le respondía la discreta Zelima:

—A su tiempo, señora mía, lo sabrás y te admirarás de ella.

Con que Lisis no la importunaba más. Sanó Lisis, convaleció Lisis, y volvió el sol de su hermosura a recobrar nuevos rayos, y apenas la vio don Diego con entera salud cuando volvió de nuevo a sus pretensiones, hablando a Laura y pidiendo cumpliese la palabra de darle a Lisis por esposa.

Comunicó la discreta señora con su hermosa hija lo que don Diego le había propuesto, y la sabia dama dio a su madre la respuesta que se podía esperar de su obediente proceder, añadiendo que pues se allegaban los alegres días de las carnestolendas y en ellos se habían de celebrar sus bodas, que tenía gusto de que se mantuviese otro entretenido recreo como el pasado, empezando el domingo para que el último día se desposasen, y que le diese licencia para que lo dispusiese; de lo que se alegró mucho su madre con la fiesta que quería hacer Lisis.

Concedida facultad para ordenarlo, se dispuso de esta suerte: en primer lugar, que habían de ser las damas las que novelasen (y en esto acertó con la opinión de los hombres, pues siempre tenían a las mujeres por noveleras). Y en segundo, que los que refiriesen fuesen casos verdaderos y que tuviesen nombre de desengaños (en esto no sé si los satisfizo, porque como ellos procuran siempre engañarlas, sienten mucho se desengañen).

Fue la pretensión de Lisis en esto volver por la fama de las mujeres, tan postrada y abatida por su mal juicio que apenas hay quien hable bien de ellas. Y como son los hombres los que presiden en todo, jamás cuentan los malos pagos que dan sino los que les dan: y si bien lo miran, ellos cometen la culpa y ellas siguen tras su opinión, pensando que aciertan, y lo cierto es que no hubiera malas mujeres si no hubiera malos hombres.

No hablo con los que no lo fueren, que de la misma manera que a la mujer falsa, inconstante, liviana y sin reputación no se le ha de dar nombre de mujer sino de bestia fiera, así el hombre cuerdo, bien intencionado y que sabe en los mismos vicios aprovecharse de la virtud y nobleza a que está obligado, no será comprendido en mi reprensión: mas hablo de los que, olvidados de sus obligaciones, hacen diferente de lo que es justo: estos tales no serán hombres sino monstruos, y si todos lo son, con todos hablo, advirtiendo que las mujeres que hablaré en este libro no son de las comunes, y que tienen por oficio y grangería el serlo, que esas pasan por sabandijas; sino de las no merecedoras de desdichados sucesos.

Habíale pedido a Lisis Zelima por merced le fuese concedido que los versos que se cantasen los diese ella, de que Lisis se holgó por excusarse de este trabajo, y que la primera que desengañase fuese ella; y Lisis, imaginando la petición no por acaso, lo tuvo a bien; y así nombró para la primera noche a Zelima, y tras ella a su prima Lisarda, luego a Nise, y tras ellas a Filis.

Para la segunda noche puso la primera a su madre, segunda a Matilde y tercera y cuarta a doña Luisa y doña Francisca, dos señoras hermanas que poco había vivían en su casa, la primera viuda y la otra doncella, mozas hermosas y muy bien entendidas.

Y la tercera noche puso primero a doña Estefanía; esta era una prima suya que tenía religiosa, que había con licencia salido del convento a curarse de unas peligrosas cuartanas, y ya sana de ellas no aguardaba para volverse a él más de que se celebrasen las bodas de Lisis, y ella tomó para sí el postrero desengaño, para que hubiese lugar para su desposorio.

Ordenado esto, convidó a todos los caballeros y damas, citados en la primera parte, y muchos más que vinieron avisados unos de otros. Con esto se sacó licencia del nuncio para que se desposasen sin amonestaciones, o por más secreto, o por mayor grandeza (que está ya el gusto tan empalagado de lo antiguo, que buscan lo más moderno, y lo tienen por sainete).

Se previnieron músicos y entoldaron las salas de ricas tapicerías, suntuosos estrados, curiosos escritorios, vistosas sillas y taburetes, aliñados braseros, tanto de buenas lumbres como de diversas y olorosas perfumaderas, claros y resplandecientes faroles, muchas bujías, y sobre todo sabrosas y costosas colaciones, sin que faltase el amigo chocolate (que en todo se halla como la mala ventura).

Todo tan en su punto que la hermosa sala no parecía sino un abreviado cielo, y más cuando empezaron a ocuparla tantas jerarquías de serafines, presidiendo a todas la divina Lisis, de negro, con muchos botones de oro: y si bien esta dama no era la más linda de todas, en la gallardía y entendimiento las excedía.

Acomodados todos en sus lugares, sin que faltasen de los suyos el ingrato don Juan y el dichoso don Diego, y todos los hombres mal contentos, quienes por no serles concedido el novelar no podían dar muestra de sus intenciones, y quizá los que escriben deseosos de verse en ocasión de vengarse, como si a mí me importase algo, pues no les quito el entendimiento que Dios les dio, si acaso escribir esto fuese presunción y no entretenimiento, no obstante las damas contentas de que les llegaba la ocasión de satisfacerse de tantos agravios como les hacen en sentir mal de ellas y juzgar a todas por una, Zelima, que junto a Lisis estaba, se levantó, y haciendo una cortés y humilde reverencia (habiendo prevenido a los músicos de lo que habían de hacer, como a quien tocaba dar los versos), se entró en una cuadra y los músicos dieron principio a la fiesta con este romance:

Mentiroso pastorcillo, Que a los montes de Toledo Llevasteis mis alegrías, Y me dejaste mis celos:

Dueño de quien soy esclava, Y a quien reconoce imperio, Por confrontación de estrella, Mi cautivo pensamiento:

Deidad, a cuyos altares, Sacrificando en deseos El alma, víctima humilde, Es holocausto e incienso:

¿Qué dichosa te entretiene, Que faltando el plazo puesto, Consientes que estén mis ojos Bañados en llanto tierno?

Si los rigores de ausencia Hicieran mella en tu pecho, Ni tú estuvieras sin mí, Ni yo estuviera con ellos.

Si cuando te despediste Callé el dolor que padezco, Ya que no por sentirle, Porque tú fueses contento.

Y con aqueste seguro, Ignorando mis tormentos, La rienda a la ausencia alargas, Pensando que no la siento.

Vuelve a mirarte en los ojos, Que sueles llamar espejos, Y los verás por tu causa Caudalosas fuentes hechos.

Vuelve, y verás que las horas Las llamo siglos eternos; Los días eternidades, Tanto es el dolor que tengo.

Quizá a la que te detiene, Estando sin mi contento, Quitarás de los favores Que a mis espaldas le has hecho.

Que según sin mí te hallas, Puedo llamar mis contentos Censos que son al quitar, Que me los quitas tan presto.

Celos me abrasan el alma: ¡Ay de mí! Valedme, cielos, Dad agua apriesa, ojos míos, Pues veis que crece el incendio.

¿Mas es fuego de alquitrán Este en que me estoy ardiendo? Que más se aviva la llama, Mientras más lágrimas vierto.

Dicen algunos que son Los celos del amor hielo; Mas en mí vienen a ser Abrasado mongibelo.

¿Para qué quiero la vida? ¿Para qué el reposo quiero? ¡Ay, zagalejos del Tajo, No ángeles, sino infierno!

Mirad que Salicio es mío, En él vivo, y por él muero, Y quitármele es sacar El alma a mi triste cuerpo.

Violentamente gozáis Esa vida que poseo, Porque sus favores son Los bienes solos que tengo.

¡Ay, Dios! a quien me quejo, O a quien aquestas lágrimas ofrezco, Si mi ingrato Salicio está tan lejos.

Yo triste, y él contento, Él gozando otros gustos, yo con celos.

Que soy inmortal Egeo, Pues no me acaba este mortal veneno.

Largo les pareció el romance a los oyentes, y más como no sabían el designio de Zelima, la que de propósito lo había prevenido así para tener lugar de hacer lo que ahora se dirá; demás que los músicos de los libros son más piadosos que los de las salas de los señores, que acortan los romances y les quitan el ser, dejándolos sin pies ni cabeza.

A los últimos acentos de los postreros versos salió Zelima de la cuadra en tan diferente traje del que entró, que a todos puso en admiración. Traía una camisa de transparente cambray, con grandes puntas y encajes, las mangas muy anchas de la parte de la mano; unas enaguas de lama a flores, azul y plata, con tres o cuatro relumbrones que quitaban la vista, tan corta que apenas llegaba a las gargantas de los pies, y en ellos unas sandalias de muchos lazos y listones de seda muy vistosas: sobre esto, un vaquerillo o aljuba de otra telilla azul y plata muy vistosa, y asido al hombro una almalafa de la misma tela.

Tenía la aljuba o vaquerillo las mangas tan anchas que se igualaban con las de la camisa, mostrando sus blancos y torneados brazos con costosos carcajes o brazaletes: los largos, ondeados y hermosos cabellos, que ni eran oro ni ébano, sino un castaño tirante a rubio, tendidos por las espaldas, que le pasaban de la cintura una vara, y cogidos por la frente con una cinta o apretadorcillo de diamantes y luego prendido a la mitad de la cabeza un velo azul y plata, lo que unido todo al donaire, majestad y grandeza de sus airosos y concertados pasos, no parecía sino una princesa de Argel, una reina de Fez o Marruecos, o una sultana de Constantinopla.

Admirados quedaron damas y caballeros, y más la hermosa Lisis de verla con más arreos que los que ella había visto, y no acertaba a dar lugar al disfraz de su esclava, y así no hizo más de callar y admirarse (como todos) de tal deidad, porque la contemplaba una ninfa o diosa de las antiguas fábulas.

Pasó Zelima hasta el estrado, dejando a las damas muy envidiosas de su acabada y linda belleza, y a los galanes rendidos a ella, pues hubo más de dos que, con los clavos del rostro, sin reparar en ellos, la hiciera señora y poseedora de su persona y hacienda, y aun se juzgara indigno de merecerla.

Hizo Zelima una reverencia al auditorio y otra a su señora Lisis, y sentose en dos almohadas que estaban situadas en medio del estrado, lugar prevenido para la que había de desengañar, y vuelta a Lisis dijo así:

NOCHE PRIMERA.

DESENGAÑO PRIMERO.

LA ESCLAVA DE SU AMANTE.

—Mandásteme, señora mía, que contase esta noche un desengaño para que las damas se avisen de los engaños y cautelas de los hombres, para que vuelvan por su fama en tiempo que la tienen tan perdida, pues en ninguna ocasión hablan ni sienten de ellas bien, siendo su mayor entretenimiento decir mal de ellas; pues ni comedia se representa ni libro se imprime que no sea todo en ofensa de las mujeres, sin que se reserve ninguna; y si bien no tienen ellos toda la culpa, que si como buscan las malas para sus deleites, y estas no pueden dar más de lo que tienen, buscaran las buenas para admitirlas y alabarlas, las hallaran honradas, cuerdas, firmes y verdaderas: mas es tal nuestra desdicha y el mal tiempo que alcanzamos que a estas tratan mucho peor; y es que como las otras no los han menester sino por algún tiempo, antes que ellos tengan tiempo de tratarlas mal ellas les dan con la ceniza en la cara.

Muchísimos desengaños pudiera traer en apoyo de esto de las antiguas y modernas desdichas sucedidas a mujeres por los hombres; mas quiero pasarlas en silencio y contaros mis desdichados sucesos, para que, escarmentando en mí, no haya tantas perdidas como hay, y tan pocas escarmentadas. Y porque lo mismo que contaré ahora es la misma reprensión, digo de esta manera:

—Mi nombre es doña Isabel Fajardo, no Zelima, ni mora, como pensáis, sino cristiana e hija de padres católicos, y de los más principales de la ciudad de Murcia, que estos hierros que veis en mi rostro no son sino sombras de los que ha puesto en mi calidad y fama la ingratitud de un hombre; y para que me deis más crédito, veislos aquí quitados: así pudiera quitar los que han puesto en mi alma mis desventuras y poca cordura.

Y diciendo esto, se los quitó y arrojó lejos de sí, quedando el claro cristal de su divino rostro sin mancha, sombra ni obscuridad, descubriendo aquel sol los resplandores de su hermosura sin nube: y todos los que colgados de lo que intimaba su hermosa boca, casi sin sentido, que apenas osaban apartar la vista por no perderla, pareciéndoles que como ángel se les podía esconder; y por fin, los galanes más enamorados y las damas más envidiosas, y todos compitiendo en la imaginación sobre si estaba mejor con hierros o sin ellos; y casi se determinaban a sentirlo viéndola sin ellos, por parecerles más fácil la empresa; y más Lisis, que como la quería con tanta ternura, dejó caer por sus ojos unos desperdicios; mas por no estorbarla los recogió con sus hermosas manos.

Con esto la hermosa doña Isabel prosiguió su discurso, viendo que todos callaban, notando la suspensión de cada uno y la de todos juntos.

—Nací en la casa de mis padres sola, para que fuese sola la perdición de ella: hermosa, ya lo veis; noble, ya lo he dicho; rica, lo que bastara, a ser yo cuerda, para poder obtener un noble marido.

Crieme hasta llegar a los doce años entre las caricias y regalos de mis padres, que claro es que, no habiendo tenido otra de su matrimonio, serían muchos, enseñándome entre ellos las cosas más importantes a mi calidad.

Ya se entenderán las virtudes que forman una persona virtuosamente cristiana, los ejercicios honestos de leer, escribir, tañer y danzar, con todo lo demás competente a una persona de mis prendas y de todas aquellas cuyos padres desean ver enriquecidas a sus hijas; y más los míos, que como no tenían otra, se aficionaban en estos extremos; salí única en todo, y perdonadme que me alabe, que como no tengo otro testigo, no es justo pasen por desvanecimiento mis alabanzas; bien se lo pagué, pero más bien lo he pagado.

Yo fui en todo extremada, mas en hacer versos era la admiración de aquel reino y la envidia de muchos no tan peritos en esta facultad, pues hay varios ignorantes que, como si las mujeres les quitaran el entendimiento por tenerle, se consumen de los aciertos ajenos. ¡Bárbaro, ignorante, si los sabes hacer, hazlos, que no te roba nadie tu caudal!: si son buenos los que no son tuyos, y más si son de dama, adóralos y alábalos; y si malos, discúlpala, considerando que no tiene más caudal y que son dignos de más aplauso en una mujer que en un hombre, por adornarlos con menos arte.