Part 10
Apasionose tanto por ella cuanto ella desdeñosa le desfavorecía, por tener ocupado el deseo en otro caballero de la ciudad (lástima por cierto bien grande que llegase un hombre de las cualidades de don Fadrique a querer donde tenga otro tomada la posesión); no ignoraba don Fadrique el amor de Serafina, mas parecíale que con su riqueza vencería mayores inconvenientes, y más siendo el galán que la dama amaba ni de los más ricos ni de los más principales.
Seguro estaba don Fadrique de que apenas pediría a Serafina a sus padres, cuando la tendría; mas Serafina no estaba de ese parecer, porque esto del casarse tras el papel, el desdén hoy, y mañana el favor, tiene no sé qué sainete que enamora y embelesa el alma y hechiza el gusto.
Y por esta misma causa procuró don Fadrique granjear primero la voluntad de Serafina que la de sus padres, y más viendo competidor favorecido, si bien no creía de la virtud y honestidad de su dama, que se extendía a más su amor que amar y desear.
Empezó con estas esperanzas a regalar a Serafina y a sus criadas, y ella a favorecerle más que hasta allí, porque aunque quería a don Vicente (que así se llamaba su amado) no quería ser aborrecida de don Fadrique; y las criadas a fomentar sus esperanzas, por cuanto creía el amante que era cierto su pensamiento en cuanto a alcanzar más que el otro galán; y con este contento, una noche que las astutas criadas habían prometido tener a su ama en un balcón, cantó al son de un laúd este soneto:
Que muera yo, tirana, por tus ojos, Y que gusten tus ojos de matarme, Que quiera con tus ojos consolarme, Y que me den tus ojos mil enojos.
Que rinda yo a tus ojos por despojos Mis ojos, y ellos en lugar de amarme, Pudiendo en mis enojos alegrarme, Las flores me conviertan en abrojos.
Que me maten tus ojos con desdenes, Con rigores, con celos, con tibiezas, Cuando mis ojos por tus ojos mueren.
¡Ay dulce ingrata, que en los ojos tienes Tan grande ingratitud como belleza Contra unos ojos que a tus ojos quieren!
Agradecieron y engrandecieron a don Fadrique las que escuchaban la música la gracia y destreza con que había cantado, mas no se diga que Serafina estaba a la ventana, porque desde aquella noche se negó de suerte a los ojos de don Fadrique, que por diligencias que hizo no la pudo ver en muchos días, ni por papeles que la escribió pudo alcanzar respuesta, y la que le daban las criadas a sus importunas quejas era que Serafina había dado en una melancolía tan profunda que no tenía una hora de salud.
Sospechoso don Fadrique que sería el mal de Serafina el verse defraudada de las esperanzas que quizá tenía de verse casada con don Vicente, porque no le veía pasear la calle como solía, creyó que por su causa se había retirado. Y pareciéndole que estaba obligado a restaurarle a su dama el gusto que le había quitado, fiado en que con su talle y riqueza le granjearía la perdida alegría, la pidió a sus padres por mujer.
Ellos que (como dicen) vieron el cielo abierto, no solo le dieron un sí acompañado de infinitos agradecimientos, mas se ofrecieron a ser esclavos suyos. Y tratando con su hija este negocio, ella que era discreta, dio a entender que se holgaba mucho y que estaba presta para darles gusto si su salud le ayudase; que les pedía entretuviesen a don Fadrique algunos días hasta que mejorase, que luego se haría cuanto mandaban en aquel caso.
Tuvieron los padres de la dama esta respuesta por bastante, y a don Fadrique no le pareció mala; y así pidió a sus suegros que regalasen mucho a su esposa para que cobrase más presto salud, ayudando él por su parte con muchos regalos, paseando su calle aún con más puntualidad que antes, tanto por el amor que la tenía cuanto por los recelos con que le hacía vivir don Vicente.
Serafina tal vez se ponía a la ventana, dando con su hermosura aliento a las esperanzas de su amante, aunque su color y tristeza daban claros indicios de su mal, y por esto estaba lo más del tiempo en la cama; y las veces que la visitaba su esposo, que con este título lo hacía algunas, le recibía en ella y en presencia de su madre, por quitarle los atrevimientos que este nombre le podía dar.
Pasáronse algunos meses, al cabo de los cuales don Fadrique, desesperado de tanta enfermedad y resuelto a casarse, estuviese con salud o sin ella, una noche, que como otras muchas estaba a una esquina velando sus celos y adorando las paredes de su enferma señora, vio a más de las dos de la noche abrir la puerta de su casa y salir una mujer, que en el aire y hechura del cuerpo le pareció ser Serafina.
Admirose, y casi muerto de celos se fue acercando más, donde claro conoció ser la misma, y sospechando que iba a buscar la causa de su temor, la siguió y vio entrar en una como corraliza en que se solía guardar madera, y por estar sin puertas, solo servía de esconder y guardar a los que por algunas travesuras amorosas entraban dentro.
Aquí pues entró Serafina; y don Fadrique, ya cierto de que dentro estaría don Vicente, irritado a una colérica acción como a quien le parecía que le tocaba aquella venganza, dio la vuelta por la otra parte, y entrando dentro vio como la dama se había bajado a una parte en que estaba un aposentillo derribado, y que tragándose unos gemidos sordos, parió una criatura, y los gritos desengañaron al amante de lo mismo que estaba dudando.
Pues como Serafina se vio libre de tal embarazo, recogiéndose un faldellín, se volvió a su casa, dejándose aquella inocencia a lo que sucediese.
Mas el cielo, que a costa de la opinión de Serafina y de la pasión de don Fadrique, quiso que no muriese sin bautismo por lo menos, llegó donde estaba llorando en el suelo, y tomándola, la envolvió en su capa, haciéndose mil cruces de tal caso, coligiendo que el mal de Serafina era este y que el padre era don Vicente, por cuyo hecho se había retirado, y dando infinitas gracias a Dios que le había sacado de su desdicha por tal modo, se fue con aquella prenda a casa de una comadre y la dijo que pusiese aquella criatura como había de estar y le buscase una ama, que importaba mucho que viviese.
Hízolo la comadre, y mirándola con grande atención vio que era una niña tan hermosa que más parecía ángel del cielo que criatura humana. Buscose el ama, y don Fadrique luego el siguiente día habló con una señora deuda suya para que en su propia casa se criase Gracia, que aqueste era el nombre que se le puso en el bautismo.
Dejémosla criar, que a su tiempo se tratará de ella como de la persona más importante de esta historia, y vamos a Serafina, que ya guarecida de su mal, dentro de quince días, viéndose restaurada en su primera hermosura, dijo a sus padres que cuando gustasen se podía efectuar el casamiento con don Fadrique, el cual temoroso y escarmentado de tal suceso, se fue a la casa de su parienta, la que tenía en su poder a Gracia, y la dijo que a él le había dado deseo de ver algunas tierras de España y que en esto quería gastar algunos años, y que la quería dejar poder para que gobernase su hacienda, que hiciese y deshiciese en ella, y que solo la suplicaba tuviese grandísimo cuidado con doña Gracia, haciendo cuenta que era su hija, porque en ella había un grandísimo secreto, y que si Dios la guardaba hasta que tuviese tres años, que la pedía encarecidamente la pusiese en un convento donde se criase, sin que llegase a conocer las cosas del mundo, porque llevaba cierto designio que andando el tiempo le sabría.
Y hecho esto, haciendo llevar toda su ropa en casa de su tía, tomó grandísima cantidad de dineros y joyas, y escribiendo este soneto se le envió a Serafina, y con solo un criado se puso a caballo, guiando su camino a la muy noble y riquísima ciudad de Sevilla.
Recibió Serafina el papel, que decía:
Si cuando hacerme igual a ti podías, Ingrata, con tibiezas me trataste; Y a fuerza de desdenes procuraste Mostrarme el poco amor que me tenías;
Si a vista de ojos, de glorias mías, El premio con engaño me quitaste, Y en todas ocasiones me mostraste Montes de nieve en tus entrañas frías;
Ahora que no puedes, ¿por qué quieres Buscar el fuego entre cenizas muertas? Déjale estar, ten lástima a mis años.
Imposibles me ofreces, falsa eres, No avives estas llamas que no aciertas, Que a tu pesar ya he visto desengaños.
Este papel, si bien tan ciego, dio mucho que temer a Serafina, y más que aunque hizo algunas diligencias por saber qué se había hecho la criatura que dejó en la corraliza, no fue posible, y confirmando dos mil sospechas con la repentina partida de don Fadrique, y más sus padres, que decían que en algo se fundaba, viendo que Serafina gustaba de ser monja, ayudaron su deseo, y así se entró en un monasterio, harto confusa y cuidadosa de lo que había sucedido, y más del desalumbramiento que tuvo en dejar allí aquella criatura, creyendo que se habría muerto o la habrían comido perros, cargando su conciencia con tal delito, motivo para que procurase con su vida y penitencia no solo alcanzar perdón de su pecado sino el nombre de santa, y así era tenida por tal en Granada.
Llegó don Fadrique a Sevilla, tan escarmentado en Serafina que por ella ultrajaba a todas las demás mujeres, no haciendo excepción de ninguna: cosa tan contraria a su entendimiento, pues para una mala hay ciento buenas.
Mas, en fin, él decía que no había de fiar de ellas, y más de las discretas, porque de muy sabias y entendidas daban en traviesas y viciosas, y que con sus astucias engañaban a los hombres; pues una mujer no había de saber más de hacer su labor y rezar, gobernar su casa y criar sus hijos, y lo demás eran bachillerías y sutilezas, que no servían sino de perderse más presto.
Con esta opinión, como digo, entró en Sevilla y se fue a posar en casa de un deudo suyo, hombre principal y rico, con intento de estarse allí algunos meses, gozando de las grandezas que se cuentan de esta ciudad, y como muchos días la pasease en compañía de aquel su deudo, vio en una de las más principales calles de ella, a la puerta de una hermosísima casa, bajar de un coche una dama en hábito de viuda, la más bella que había visto en toda su vida: era, sobre hermosa, muy moza y de gallardo talle, y tan rica y principal, según dijo aquel su deudo, que era de lo mejor y más ilustre de Sevilla; y aunque don Fadrique iba escarmentado del suceso de Serafina, no por eso rehusó el dejarse vencer de la belleza de doña Beatriz, que este es el nombre de la bellísima viuda.
Pasó don Fadrique la calle, dejando en ella el alma, y como la prenda no era para perder, pidió a su camarada que diesen otra vuelta. A esta acción le dijo don Mateo (que así se llamaba):
—Pienso, amigo don Fadrique, no dejaréis a Sevilla tan presto, pues sois demasiado tierno. A fe que lo ha puesto bueno la vista de esta dama.
—Yo siento de mí lo mismo —respondió don Fadrique—, aun gustaría, si pensase ser suyo, los años que el cielo me diese de vida.
—Conforme fuera vuestra pretensión —dijo don Mateo—, porque la hacienda, nobleza y virtud de esta dama no admite si no es la del matrimonio, aunque fuera el pretendiente el mismo rey, porque ella tiene veinte y cuatro años; cuatro estuvo casada con un caballero igual, y dos ha que está viuda; y en este tiempo no ha merecido ninguno sus paseos doncella, ni su vista casada, ni su voluntad viuda, con haber muchos pretendientes de este bien. Mas si vuestro amor es de la calidad que me significáis y queréis que yo le proponga vuestras prendas, pues para ser su marido no os faltan las que ella puede desear, lo haré, y podrá ser que entre los llamados seáis el escogido. Ella es deuda de mi mujer, a cuya causa la hago algunas visitas, y ya me prometo buen suceso, porque veisla allí, se ha puesto en el balcón, que no es poca dicha haber favorecido vuestros deseos.
—¡Ay, amigo! —dijo don Fadrique—, ¡y cómo me atreveré yo a pretender lo que a tantos caballeros de Sevilla ha negado, siendo forastero! Mas si he de morir a manos de mis deseos, sin que ella lo sepa, muera a manos de sus desengaños y desdenes; habladla, amigo, y demás de decir mi nobleza y hacienda le podréis decir que muero por ella.
Con esto dieron los dos vuelta a la calle, haciéndola al pasar una cortés reverencia; a la cual la bellísima doña Beatriz, que al bajar del coche vio con el cuidado que la miró don Fadrique, pareciéndole forastero y viéndole en compañía de don Mateo, con cuidado, luego que dejó el manto, ocupó la ventana, y viéndose ahora saludar con tanta cortesía, habiendo visto que mientras hablaban la miraban, hizo otra no menos cumplida.
Dieron con esto la vuelta a su casa muy contentos de haber visto a doña Beatriz tan humana, quedando de acuerdo que don Mateo la hablase otro día en razón del casamiento; mas don Fadrique estaba tal que quisiera que luego se tratara.
Pasó la noche, y no tan presto como el enamorado caballero quisiera; dio prisa a su amigo para que fuese a saber las nuevas de su vida o muerte; y así lo hizo.
Habló en fin a doña Beatriz, proponiéndole todas las calidades del novio; a lo cual respondió la dama que le agradecía mucho la merced que le hacía, y a su amigo el desear honrarla con su persona; mas que ella había propuesto el día que enterró a su dueño no casarse hasta que pasasen tres años, por guardar más el decoro que debía a su amor, que por esta causa despedía cuantos le trataban de esto; mas que si este caballero se atrevía a aguardar el año que le faltaba, que ella le daba su palabra de que no sería otro su marido; porque si había de tratar verdad, le había agradado su talle sin afectación, y sobre todo las relevantes prendas que le había propuesto, porque ella deseaba que fuese así el que hubiese de ser su dueño.
Con esta respuesta volvió don Mateo a su amigo, no poco contento, por parecerle que no había negociado muy mal.
Don Fadrique cada hora se enamoraba más, y si bien le desconsolaba la imaginación de haber de aguardar tanto tiempo, determinó estarse aquel año en Sevilla, pareciéndole buen premio la hermosa viuda, si llegaba a alcanzarla: y como iba tan bien abastecido de dineros, aderezó un cuarto en la casa de su deudo, recibió criados y empezó a echar galas para despertar el ánimo de su dama; a la cual visitaba tal vez en compañía de don Mateo, que menos que con él no se le hiciera tanto favor.
Quiso regalarla, mas no le fue permitido, porque doña Beatriz no quiso recibir un alfiler: el mayor favor que le hacía, a ruegos de sus criadas (que no las tenía el granadino mal dispuestas, porque lo que su ama regateaba el recibir ellas lo hicieron costumbre, y así no le desfavorecían en este particular su cuidado), era, cuando ellas le decían que estaba en la calle, salir al balcón, dando luz al mundo con la belleza de sus ojos; y tal vez acompañarlas de noche por oír cantar a don Fadrique, que lo hacía diestramente.
Y una, entre muchas, que le dio música, cantó este romance que él mismo había hecho, porque doña Beatriz no había salido aquel día al balcón, enojada de que le había visto en la iglesia hablar con una dama.
En fin, él cantó así:
Alta torre de Babel, Edificio de Nembrot, Que pensó subir al cielo, Y en un grande abismo dio.
Parecen mis esperanzas, Que según atendí yo, Al cielo de mis deseos, Llegará su pretensión.
Mas como fue su cimiento El rapacillo de Amor, Sin méritos, para ser Reverenciado por dios.
Mudó como niño al fin Su traviesa condición, Siendo ciego para ver De mi firmeza el valor.
¡Ay mal logrados deseos, Caídos como Faetón, Porque quisisteis subiros Al alto carro del sol!
Esperanzas derribadas, Marchitas como la flor, Horas alegres, que ahora Seréis horas de dolor.
¿Dónde pensabas subir, Gallarda imaginación, Si tus alas son de cera, Y este signo es de León?
Bien pensaste que te diera Manos y brazos afición; Vano fue tu pensamiento, Si en eso se confió.
En el balcón del oriente Hoy ha salido mi sol, Encubriendo con nublados La luz de su perfección.
Caros vende amor sus gustos, Y si los da es con pensión, Que son censos al quitar, Que es la desdicha mayor.
Mueras quemado en mi fuego, Ciego lince, niño dios, Mas, perdona, Amor, mi ofensa, Que humilde a tus pies estoy.
El favor que alcanzó don Fadrique esta noche fue oír a doña Beatriz, que dijo a sus criadas que ya era hora de recoger, dando a entender con esto que le había oído, con lo que fue más contento que si le hubieran hecho señor del mundo.
En esta vida pasó nuestro amante más de seis meses sin que jamás pudiese alcanzar de doña Beatriz licencia para verla a solas, cuyos honestos recatos le tenían tan enamorado que no tenía punto de reposo.
Y así una noche que se halló en la calle de su dama, viendo la puerta abierta, por mirar de más cerca su hermosura se atrevió con algún recato a entrar en su casa, y sucediole tan bien que sin ser visto de nadie llegó al cuarto de doña Beatriz, y desde la puerta de un corredor la vio sentada en su estrado con sus criadas, que estaban velando, y dando muestras de querer desnudarse para irse a la cama, le pidieron ellas (como si estuvieran cohechadas de don Fadrique) que cantase un poco.
A lo que doña Beatriz se excusó con decir que no estaba de humor, que estaba melancólica; mas una de las criadas, que era más desenvuelta que las demás, se levantó y entró en una cuadra, de donde salió con una arpa diciendo:
—A fe, señora, que si hay melancolía, este es el mejor alivio; cante usted un poco y verá cómo se halla más aliviada.
Decir esto y ponerle la arpa en las manos fue todo uno; y ella por darlas gusto cantó así:
Cuando el alba muestra Su alegre risa, Cuando quita alegre La negra cortina Al balcón de oriente, Porque salga el día:
Cuando muestra hermosa La madeja rica, Derramando perlas Sobre clavellinas;
Y, en fin, cuando el campo Vierte alegría, Llora ausente de Albano Celos Marfisa.
Cuando alegre apresta La carroza rica, A Febo que viene De las playas indias:
Cuando entre cristales, Claras fuentecillas Murmuran de engaños, Aljófar destilan:
Cuando al son del agua Cantan las ninfas, Llora ausente de Albano Celos Marfisa.
Cuando entre claveles Con claras linfas, Guarnición de plata En sus ojos pinta:
Cuando dan las aves, Con sonoras liras, Norabuena a Febo De su hermosa vista:
Cuando en los serranos Mil gustos se miran, Llora ausente de Albano Celos Marfisa.
Fue aquesta zagala Monstruo de la villa, De los ojos muerte, De la muerte vida.
Fiero basilisco, Causa de desdichas, Porque con sus desdenes Veneno tenía:
Cuando a sus donaires, Que eran sal decían, Llora ausente de Albano Celos Marfisa.
Rindió sus desdenes A la bizarría De un serrano ingrato, Que ausente la olvida:
Y cuando él alegre, Nueva prenda estima, Bellezas defiende, Finezas publica:
Hermosuras rinde, Y a glorias aspira, Llora ausente de Albano Celos Marfisa.
Dejó con esto la arpa diciendo que la viniesen a desnudar, dejando a don Fadrique (que le tenía embelesado el donaire, la voz y dulzura de la música) como en tinieblas. No tuvo sospecha de la letra, porque como tal vez se hacen para agradar a un músico, pinta el poeta como quiere.
Y viendo que doña Beatriz se había entrado a acostar, se bajó al portal para irse a su casa, mas fue en vano, porque el cochero, que posaba allí en un aposentillo, había cerrado la puerta de la calle, seguro de que no había quien entrase ni saliese, y se había acostado.
Pesole mucho a don Fadrique, mas viendo que no había remedio se sentó en un poyo para aguardar la mañana, porque aunque fuera fácil llamar que le abriese, no quiso, por no poner en opinión ni en lenguas de criadas la honra de doña Beatriz, pareciéndole que mientras el cochero abría, siendo de día, se podía esconder en una entrada de cueva.
Dos horas habría que estaba allí, cuando sintiendo ruido en la puerta del cuarto de su dama, que desde donde estaba sentado se veía la escalera y corredor, puso los ojos donde sintió el rumor y vio salir a doña Beatriz, nueva admiración para quien creía que estaba durmiendo.
Traía la dama sobre la camisa un faldellín de vuelta de tabí encarnado cuya plata y guarnición parecían estrellas, sin traer sobre sí otra cosa más que un rebocillo del mismo tabí, aforrado en felpa azul, puesta tan al desgaire que dejaba ver en la blancura de la camisa los bordados de hilo de pita: sus dorados cabellos cogidos en una redecilla de seda azul y plata, aunque por algunas partes descompuestos, para componer con ellos la belleza de su rostro; en su garganta dos hilos de gruesas perlas, conformes a las que llevaba en sus hermosas muñecas, cuya blancura se veía sin embarazo por ser la manga de la camisa suelta, a modo de manga de fraile.
De todo pudo el granadino dar muy bastantes señas; porque doña Beatriz traía en una de sus blanquísimas manos una bujía de cera encendida, en un candelero de plata, a la luz de la cual estuvo contemplando en tan angélica figura, juzgándose por dichoso si fuere él el sujeto que iba a buscar. En la otra mano traía una salva de plata, y en ella un vidrio de conserva, y una limetilla con vino, y sobre el brazo una toalla blanquísima.
—¡Válgame Dios! —decía entre sí don Fadrique, mirándola desde que salió de su aposento, hasta que la vio bajar por la escalera—, ¿quién será el venturoso a quién va a servir tan hermosa la maestresala? ¡Ay si yo fuera, y cómo diera en cambio cuanto vale mi hacienda!
Diciendo esto, como la vio que habiendo acabado de bajar, enderezaba sus pasos hacia donde estaba, se fue retirando hasta la caballeriza, y en ella por estar más encubierto, se entró; mas viendo que doña Beatriz encaminaba sus pasos a la misma parte, se metió detrás de uno de los caballos del coche.
Entró en fin la dama en tan indecente lugar para tanta belleza, y sin mirar en don Fadrique, que estaba escondido, enderezó hacia un aposentillo que al fin de la caballeriza estaba. Creyó don Fadrique de tal suceso que algún criado enfermo despertaba la caridad y piadosa condición de doña Beatriz a tal acción; aunque más competente era para alguna de las muchas criadas que tenía, que no para tal señora: mas atribuyéndolo todo a cristiandad, quiso ver el fin de todo; y saliendo de donde estaba caminó tras ella, hasta ponerse en parte que veía todo el aposento, por ser tan pequeño que apenas cabía una cama.
Grande fue el valor de don Fadrique en tal caso, porque así como llegó cerca y descubrió todo lo que en el aposento se hacía, vio a su dama en una ocasión tan terrible para él que no sé cómo tuvo paciencia para sufrirla.
Es el caso que en una cama que estaba en esta parte que he dicho estaba echado un negro tan atezado que parecía su rostro hecho de un bocací. Parecía en la edad de hasta veinte y ocho años, mas tan feo y abominable, que no sé si fue pasión, o si era la verdad, le pareció que el demonio no podía serlo tanto. Parecía asimismo en su desflaquecido semblante que le faltaba poco para acabar la vida, con lo que parecía más abominable.
Sentose doña Beatriz en entrando sobre la cama, y poniendo sobre una mesilla la vela y lo demás que llevaba, le empezó a componer la ropa, pareciendo en la hermosura ella un ángel y él un fiero demonio. Puso tras esto una de sus hermosísimas manos sobre la frente y con enternecida y lastimada voz le empezó a decir:
—¿Cómo estás, Antón? ¿No me hablas, mi bien? Oye, abre los ojos, mira que está aquí Beatriz; toma, hijo mío, come un bocado de esta conserva, anímate por amor de mí, si no quieres que yo te acompañe en la muerte como te he querido en la vida: ¿óyesme, amores? ¿No quieres responderme ni mirarme?