Part 8
Esto me contaron dentro de la galeota de mi amo, donde me habian puesto sin que yo lo sintiese; mas cuando volví de mi desmayo, y me vi solo en la galeota, y que la otra tomando otra derrota, se apartaba de nosotros, llevándose consigo la mitad de mi alma, ó por mejor decir toda ella, cubrióseme el corazon de nuevo, y de nuevo maldije mi ventura, y llamé á la muerte á voces; y eran tales los sentimientos que hacia, que mi amo enfadado de oirme, con un grueso palo me amenazó que si no callaba me maltrataria: reprimí las lágrimas, recogí los suspiros, creyendo que con la fuerza que les hacia reventarian por parte que abriesen puerta al alma, que tanto deseaba desamparar este miserable cuerpo; mas la suerte, aun no contenta de haberme puesto en tan encogido estrecho, ordenó de acabar con todo, quitándome las esperanzas de todo mi remedio, y fué que en un instante se declaró la borrasca que ya se temia, y el viento que de la parte de mediodía soplaba y nos embestia por la proa comenzó á reforzar con tanto brio, que fué forzoso volverle la popa y dejar correr el bajel por donde el viento queria llevarle, con harto riesgo de los que en él llevaban puesta la confianza de sus vidas.
Llevaba designio el arraez de despuntar la isla, y tomar abrigo en ella por la banda del norte; mas sucedióle al reves su pensamiento, porque el viento cargó con tanta furia, que todo lo que habíamos navegado en dos dias, en poco mas de catorce horas nos vimos á seis millas ó siete de la propia isla de donde habíamos partido, y sin remedio alguno íbamos á embestir en ella, y no en alguna playa, sino en unas muy levantadas peñas que á la vista se nos ofrecian, amenazando de inevitable muerte nuestras vidas: vimos á nuestro lado la galeota de nuestra conserva, donde estaba Leonisa, y todos sus turcos y cautivos remeros haciendo fuerza con los remos para entretenerse y no dar en las peñas: lo mismo hicieron los de la nuestra con mas ventaja y esfuerzo á lo que pareció, que los de la otra, los cuales cansados del trabajo, y vencidos del teson del viento y de la tormenta, soltando los remos se abandonaron y se dejaron ir á vista de nuestros ojos á embestir en las peñas, donde dió la galeota tan grande golpe, que toda se hizo pedazos: comenzaba á cerrar la noche, y fué tamaña la grita de los que se perdian y el sobresalto de los que en nuestro bajel temian perderse, que ninguna cosa de las que nuestro arraez mandaba se entendia ni se hacia; solo se atendia á no dejar los remos de las manos, tomando por remedio volver la proa al viento y echar dos áncoras á la mar para entretener con esto algun tiempo la muerte que por cierta tenian; y aunque el miedo de morir era general en todos, en mí era muy al contrario, porque con la esperanza engañosa de ver en el otro mundo á la que habia tan poco que deste se habia apartado, cada punto que la galeota tardaba en anegarse ó en embestir en las peñas, era para mí un siglo de mas penosa muerte: las levantadas olas que por encima del bajel y de mi cabeza pasaban, me hacian estar atento á ver si en ellas venia el cuerpo de la desdichada Leonisa.
No quiero detenerme ahora, oh Mahamut, en contarte por menudo los sobresaltos, los temores, las ansias, los pensamientos que en aquella luenga y amarga noche tuve y pasé, por no ir contra lo que primero propuse de contarte brevemente mi desventura; basta decirte que fueron tantos y tales que si la muerte viniera en aquel tiempo, tuviera bien poco que hacer en quitarme la vida.
Vino el dia con muestras de mayor tormenta que la pasada, y hallámos que el bajel habia virado un gran trecho, habiéndose desviado de las peñas un buen espacio, y llegádose á una punta de la isla; viéndose tan á pique de doblarla turcos y cristianos con nueva esperanza y fuerzas nuevas, al cabo de seis horas doblámos la punta, y hallámos mas blando el mar y mas sosegado, de modo que mas fácilmente nos aprovechámos de los remos, y abrigados con la isla tuvieron lugar los turcos de saltar en tierra para ir á ver si habia quedado alguna reliquia de la galeota que la noche ántes dió en las peñas; mas aun no quiso el cielo concederme el alivio que esperaba tener de ver en mis brazos el cuerpo de Leonisa, que aunque muerto y despedazado holgara de verle, por romper aquel imposible que mi estrella me puso de juntarme con él como mis buenos deseos merecian; y así rogué á un renegado que queria desembarcarse, que le buscase y viese si la mar lo habia arrojado á la orilla; pero, como ya he dicho, todo esto me negó el cielo, pues al mismo instante tornó á embravecerse el viento de manera que el amparo de la isla no fué de algun provecho: viendo esto Fetala, no quiso contrastar contra la fortuna que tanto le perseguia; y así mandó poner el trinquete al árbol y hacer un poco de vela, volvió la proa á la mar y la popa al viento; y tomando él mismo el cargo del timon, se dejó correr por el ancho mar, seguro que ningun impedimento le estorbaria su camino: iban los remos igualados en la crujía, y toda la gente sentada por los bancos y ballesteras, sin que en toda la galeota se descubriese otra persona que la del cómitre, que por mas seguridad suya se hizo atar fuertemente al estanterol: volaba el bajel con tanta ligereza que en tres dias y tres noches, pasando á la vista de Trápana, de Melazo y de Palermo, embocó por el Faro de Mesina, con maravilloso espanto de los que iban dentro y de aquellos que desde la tierra los miraban.
En fin, por no ser tan prolijo en contar la tormenta como ella lo fué en su porfía, digo que cansados, hambrientos y fatigados con tan largo rodeo, como fué bojar casi toda la isla de Sicilia, llegámos á Tripol de Berbería, donde á mi amo (ántes de haber hecho con sus levantes la cuenta del despojo, y dádoles lo que les tocaba, y su quinto al rey, como es costumbre), le dió un dolor de costado tal, que dentro de tres dias dió con él en el infierno: púsose luego el rey de Tripol en toda su hacienda, y el alcaide de los muertos que allí tiene el Gran Turco (que como sabes es heredero de los que no le dejan en su muerte), estos dos tomaron toda la hacienda de Fetala mi amo, y yo cupe á este que entónces era virey de Tripol; y de allí á quince dias le vino la patente de virey de Chipre, con el cual he venido hasta aquí sin intento de rescatarme, porque aunque él me ha dicho muchas veces que me rescate, pues soy hombre principal, como se lo dijeron los soldados de Fetala, jamas he acudido á ello, ántes le he dicho que le engañaron los que le dijeron grandezas de mi posibilidad: y si quieres, Mahamut, que te diga todo mi pensamiento, has de saber que no quiero volver á parte donde por alguna via pueda tener cosa que me consuele, y quiero que juntándose á la vida del cautiverio los pensamientos y memorias que jamas me dejan de la muerte de Leonisa, vengan á ser parte para que yo no la tenga jamas de gusto alguno: y si es verdad que los continuos dolores forzosamente se han de acabar ó acabar á quien los padece, los mios no podrán dejar de hacerlo, porque pienso darles rienda de manera que á pocos dias den alcance á la miserable vida que tan contra mi voluntad sostengo.
Este es, oh Mahamut hermano, el triste suceso mio: esta es la causa de mis suspiros y de mis lágrimas, mira tú ahora y considera si es bastante para sacarlos de lo profundo de mis entrañas, y para engendrarlos en la sequedad de mi lastimado pecho. Leonisa murió, y con ella mi esperanza; que puesto que la que tenia ella viviendo, se sustentaba de un delgado cabello, todavía, todavía...
Y en este todavía se le pegó la lengua al paladar, de manera que no pudo hablar mas palabra ni detener las lágrimas que, como suele decirse, hilo á hilo le corrian por el rostro en tanta abundancia que llegaron á humedecer el suelo. Acompañóle en ellas Mahamut; pero pasándose aquel parasismo causado de la memoria renovada en el amargo cuento, quiso Mahamut consolar á Ricardo con las mejores razones que supo; mas él las atajó diciéndole:
--Lo que has de hacer, amigo, es aconsejarme qué haré yo para caer en desgracia de mi amo y de todos aquellos con quien yo comunicare, para que siendo aborrecido dél y dellos, los unos y los otros me maltraten y persigan de suerte, que añadiendo dolor á dolor y pena á pena, alcance con brevedad lo que deseo, que es acabar la vida.
--Ahora he hallado ser verdadero, dijo Mahamut, lo que suele decirse, que lo que se sabe sentir se sabe decir, puesto que algunas veces el sentimiento enmudece la lengua; pero como quiera que ello sea, Ricardo (ora llegue tu dolor á tus palabras, ora ellas se le aventajen), siempre has de hallar en mí un verdadero amigo ó para ayuda ó para consejo; que aunque mis pocos años y el desatino que he hecho en vestirme este hábito, están dando voces que de ninguna destas dos cosas que te ofrezco se puede fiar ni esperar cosa alguna, yo procuraré que no salga verdadera esta sospecha, ni pueda tenerse por cierta tal opinion; y puesto que tú no quieras ni ser aconsejado ni favorecido, no por eso dejaré de hacer lo que te conviniere, como suele hacerse con el enfermo que pide lo que no le dan y le dan lo que le conviene: no hay en toda esta ciudad quien pueda ni valga como el cadí mi amo, ni aun el tuyo, que viene por visorey della, ha de poder tanto: y siendo esto así, como lo es, yo puedo decir que soy el que mas puedo en la ciudad, pues puedo con mi patron todo lo que quiero: digo esto, porque podria ser dar traza con él para que vinieses á ser suyo, y estando en mi compañía, el tiempo nos dirá lo que habemos de hacer, á tí para consolarte si quieres ó pudieres tener consuelo, y á mí para salir desta á mejor vida ó á lo ménos á parte donde la tenga mas segura cuando la deje.
--Yo te agradezco, contestó Ricardo, Mahamut, la amistad que me ofreces, aunque estoy cierto que con cuanto hicieres no has de poder cosa que en mi provecho resulte; pero dejemos ahora esto, y vamos á las tiendas, porque á lo que veo, sale de la ciudad mucha gente, y sin duda es el antiguo virey que sale á estarse en la campaña por dar lugar á mi amo que entre en la ciudad á hacer la residencia.
--Así es, dijo Mahamut; ven pues, Ricardo, y verás las ceremonias con que se reciben, que sé que gustarás de verlas.
--Vamos en buen hora, dijo Ricardo, quizá te habré menester, si acaso el guardian de cautivos de mi amo me ha echado ménos, que es un renegado corso de nacion, y de no muy piadosas entrañas.
Con esto dejaron la plática, y llegaron á las tiendas á tiempo que llegaba el antiguo bajá, y el nuevo le salia á recibir á la puerta de la tienda.
Venia acompañado Alí bajá (que así se llamaba el que dejaba el gobierno) de todos los genízaros que de ordinario están de presidio en Nicosia despues que los turcos la ganaron, que serian hasta quinientos: venian en dos alas ó hileras, los unos con escopetas, y los otros con alfanjes desnudos; llegaron á la puerta del nuevo bajá Hazan, la rodearon todos, y Alí bajá inclinando el cuerpo, hizo reverencia á Hazan, y él con ménos inclinacion le saludó: luego se entró Alí en el pabellon de Hazan, y los turcos le subieron sobre un poderoso caballo ricamente aderezado, y trayéndole á la redonda de las tiendas y por todo un buen espacio de la campaña, daban voces y gritos, diciendo en su lengua:
--Viva, viva Soliman sultan, y Hazan bajá en su nombre.
Repitieron esto muchas veces, reforzando las voces y los alaridos, y luego le volvieron á la tienda, donde habia quedado Alí bajá, el cual con el cadí y Hazan se encerraron en ella por espacio de una hora solos.
Dijo Mahamut á Ricardo, que se habia encerrado á tratar de lo que convenia hacer en la ciudad acerca de las obras que allí dejaba comenzadas.
De allí á poco tiempo salió el cadí á la puerta de la tienda, y dijo á voces en lengua turquesca, arábiga y griega, que todos los que quisiesen entrar á pedir justicia, ó otra cosa contra Alí bajá, podrian entrar libremente, que allí estaba Hazan bajá, á quien el Gran Señor enviaba por virey de Chipre, que les guardaria toda razon y justicia. Con esta licencia los genízaros dejaron desocupada la puerta de la tienda, y dieron lugar á que entrasen los que quisiesen. Mahamut hizo que entrase con él Ricardo, que por ser esclavo de Hazan no se le impidió la entrada.
Entraron á pedir justicia, así griegos cristianos como algunos turcos, y todos de cosas de tan poca importancia, que las mas despachó el cadí sin dar traslado á la parte, sin autos, demandas ni respuestas, que todas las causas (si no son las matrimoniales) se despachan en pié y en un punto, mas á juicio de buen varon que por ley alguna: y entre aquellos bárbaros, si lo son en esto, el cadí es el juez competente de todas las causas, que las abrevia en la uña, y las sentencia en un soplo, sin que haya apelacion de su sentencia para otro tribunal.
En esto entró un chauz, que es como alguacil, y dijo que estaba á la puerta de la tienda un judío, que traia á vender una hermosísima cristiana: mandó el cadí que le hiciese entrar: salió el chauz, y volvió á entrar luego, y con él un venerable judío que traia de la mano á una mujer vestida en hábito berberisco, tan bien aderezada y compuesta, que no lo pudiera estar tan bien la mas rica mora de Fez ni de Marruecos, que en aderezarse llevan la ventaja á todas las africanas, aunque entren las de Argel con sus perlas tantas: venia cubierto el rostro con un tafetan carmesí; por las gargantas de los piés que se descubrian, parecian dos carcajes (que así se llaman las manillas en arábigo), al parecer de puro oro; y en los brazos, que asimismo por una camisa de cendal delgado se descubrian ó traslucian, traia otros carcajes de oro sembrados de muchas perlas: en resolucion, en cuanto al traje, ella venia rica y gallardamente aderezada.
Admirados desta primera vista el cadí y los demas bajáes, ántes que otra cosa dijesen ni preguntasen, mandaron al judío que hiciese que se quitase el antifaz la cristiana: hízolo así, y descubrió un rostro que así deslumbró los ojos y alegró los corazones de los circunstantes, como el sol que por entre cerradas nubes despues de mucha escuridad se ofrece á los ojos de los que le desean: tal era la belleza de la cautiva cristiana, y tal su brio y su gallardía; pero en quien con mas efecto hizo impresion la maravillosa luz que habia descubierto, fué en el lastimado Ricardo, como en aquel que mejor que otro la conocia, pues era su cruel y amada Leonisa, que tantas veces y con tantas lágrimas por él habia sido tenida y llorada por muerta. Quedó á la improvisa vista de la singular belleza de la cristiana, traspasado el corazon de Alí, y en el mismo grado y con la misma herida se halló el de Hazan, sin quedarse exento de la amorosa llaga el del cadí, que mas suspenso que todos, no sabia quitar los ojos de los hermosos de Leonisa. Y para encarecer las poderosas fuerzas de amor, se ha de saber que en aquel mismo punto nació en los corazones de los tres, una á su parecer firme esperanza de alcanzarla y de gozarla: y así, sin querer saber el cómo, ni el dónde, ni cuándo habia venido á poder del judío, le preguntaron el precio que por ella queria.
El codicioso judío respondió que cuatro mil doblas, que vienen á ser dos mil escudos; mas apénas hubo declarado el precio, cuando Alí bajá dijo que él los daba por ella, y que fuese luego á contar el dinero á su tienda: empero Hazan bajá, que estaba de parecer de no dejarla, aunque aventurase en ello la vida, dijo:
--Yo asimismo doy por ella las cuatro mil doblas que el judío pide, y no las diera ni me pusiera á ser contrario de lo que Alí ha dicho, si no me forzara lo que él mismo dirá que es razon que me obligue y fuerce, y es que esta gentil esclava no pertenece para ninguno de nosotros, sino para el Gran Señor solamente; y así digo que en su nombre la compro: veamos agora quién será el atrevido que me la quite. Yo seré, replicó Alí, porque para el mismo efeto la compro, y estáme á mí mas á cuento hacer al Gran Señor este presente por la comodidad de llevarla luego á Constantinopla, granjeando con él la voluntad del Gran Señor; que como hombre que quedo (Hazan, como tú ves) sin cargo alguno, he de buscar medios de tenerle, de lo que tú estás seguro por tres años, pues hoy comienzas á mandar y á gobernar este riquísimo reino de Chipre: así que por estas razones y por haber sido yo el primero que ofrecí el precio por la cautiva, está puesto en razon, oh Hazan, que me la dejes.
--Tanto mas es de agradecerme á mí, respondió Hazan, el procurarla y enviarla al Gran Señor, cuanto lo hago sin moverme á ello interes alguno; y en lo de la comodidad de llevarla, una galeota armaré con sola mi chusma y mis esclavos, que la lleve.
Azoróse con estas razones Alí, y levantándose en pié, empuñó el alfanje, diciendo:
--Siendo, oh Hazan, nuestros intentos unos, que es presentar y llevar esta cristiana al Gran Señor, y habiendo sido yo el comprador primero, está puesto en razon y en justicia que me la dejes á mí, y cuando otra cosa pensares, este alfanje que empuño defenderá mi derecho y castigará tu atrevimiento.
El cadí, que á todo estaba atento, y que no ménos que los dos ardia, temeroso de quedar sin la cristiana, imaginó cómo poder atajar el gran fuego que se habia encendido, y juntamente quedarse con la cautiva sin dar alguna sospecha de su dañosa intencion y traidoras entrañas; y así, levantándose en pié, se puso entre los dos, que tambien lo estaban, y dijo:
--Sosiégate, Hazan, y tú, Alí, estáte quedo, que yo estoy aquí, que sabré y podré componer vuestras diferencias de manera que los dos consigais vuestros intentos, y el Gran Señor, como deseais, sea servido, y quede juntamente agradecido y obligado á ambos.
Á las palabras del cadí obedecieron luego; y aun si otra cosa mas dificultosa les mandara, hicieran lo mismo (tanto es el respeto que tienen á sus canas los de aquella dañada secta); prosiguió pues el cadí, diciendo:
--Tú dices, Alí, que quieres esta cristiana para el Gran Señor, y Hazan dice lo mismo: tú alegas que por ser el primero en ofrecer el precio, ha de ser tuya: Hazan te lo contradice, y aunque él no sabe fundar su razon, yo hallo que tiene la misma que tú tienes, y es la intencion que sin duda debió de nacer á un mismo tiempo que la tuya, en querer comprar la esclava para el mismo efeto; solo le llevaste tú la ventaja en haberte declarado primero, y esto no ha de ser parte para que de todo en todo quede defraudado su buen deseo; y así me parece será bien concertaros en esta forma: que la esclava sea de entrambos, y pues el uso della ha de quedar á la voluntad del Gran Señor, para quien se compró, á él toca disponer della; y en tanto pagarás tú, Hazan, dos mil doblas, y Alí otras dos mil, y quédese la cautiva en poder mio para que en nombre de entrambos yo la envíe á Constantinopla, porque no quede sin algun premio, siquiera por haberme hallado presente: y así me ofrezco de enviarla á mi costa, con la autoridad y decencia que se debe á quien se envía, escribiendo al Gran Señor todo lo que aquí ha pasado, y la voluntad que los dos habeis mostrado á su servicio.
No supieron, ni pudieron, ni quisieron contradecirle los dos enamorados turcos; y aunque vieron que por aquel camino no conseguian su deseo, hubieron de pasar por el parecer del cadí, formando y criando cada uno allá en su ánimo una esperanza que, aunque dudosa, les prometia poder llegar al fin de sus encendidos deseos. Hazan, que se quedaba por virey de Chipre, pensaba dar tantas dádivas al cadí, que vencido y obligado, le diese la cautiva. Alí imaginó de hacer un hecho que le aseguró salir con lo que deseaba, y teniendo por cierto cada cual su designio, vinieron con facilidad en lo que el cadí quiso, y de consentimiento y voluntad de los dos, se la entregaron luego, y pagaron al judío cada uno dos mil doblas.
Dijo el judío que no la habia de dar con los vestidos que tenia, porque valian otras dos mil doblas; y así era la verdad, á causa que en los cabellos (que parte por las espaldas sueltos traia, y parte atados y enlazados por la frente) se parecian algunas hileras de perlas que con estremada gracia se enredaban con ellos: las manillas de los piés y manos asimismo venian llenas de gruesas perlas: el vestido era una almalafa de raso verde, toda bordada y llena de trencillas de oro: en fin, les pareció á todos que el judío anduvo corto en el precio que pidió por el vestido, y el cadí, por no mostrarse ménos liberal que los dos bajáes, dijo que él queria pagarle, porque de aquella manera se presentase al Gran Señor la cristiana: tuviéronlo por bien los dos competidores, creyendo cada uno que todo habia de venir á su poder.
Falta ahora por decir lo que sintió Ricardo de ver andar en almoneda su alma, y los pensamientos que en aquel punto le vinieron, y los temores que le sobresaltaron viendo que el haber hallado á su querida prenda era para mas perderla: no sabia darse á entender si estaba dormido ó despierto, no dando crédito á sus mismos ojos de lo que veian; porque le parecia cosa imposible ver tan impensadamente delante dellos á la que pensaba que para siempre los habia cerrado: llegóse en esto á su amigo Mahamut, y díjole:
--¿No la conoces, amigo?
--No la conozco, dijo Mahamut.
--Pues has de saber, replicó Ricardo, que es Leonisa.
--¿Qué es lo que dices, Ricardo? dijo Mahamut.
--Lo que has oido, dijo Ricardo.
--Pues calla, y no la descubras, dijo Mahamut; que la ventura va ordenando que la tengas buena y próspera, porque ella va á poder de mi amo.
--¿Parécete, dijo Ricardo, que será bien ponerme en parte donde pueda ser visto?
--No, dijo Mahamut, porque no la sobresaltes ó te sobresaltes, y no vengas á dar indicio de que la conoces ni que la has visto; que podria ser que redundase en perjuicio de mi designio.
--Seguiré tu parecer, respondió Ricardo.
Y así anduvo huyendo de que sus ojos se encontrasen con los de Leonisa, la cual tenia los suyos en tanto que esto pasaba clavados en el suelo, derramando algunas lágrimas, cuyo valor podria competir con las orientales perlas. Llegóse el cadí á ella, y asiéndola de la mano, se la entregó á Mahamut; mandóle que la llevase á la ciudad y se la entregase á su señora Halima, y le dijese la tratase como esclava del Gran Señor: hízolo así Mahamut, y dejó solo á Ricardo, que con los ojos fué siguiendo á su estrella hasta que se le encubrió con la nube de los muros de Nicosia. Llegóse al judío, y preguntóle que adónde habia comprado, ó en qué modo habia venido á su poder aquella cautiva cristiana. El judío le respondió que en la isla de Pantanalea la habia comprado á unos turcos que allí habian dado al traves; y queriendo proseguir adelante, lo estorbó el venirle á llamar de parte de los bajaés que querian preguntarle lo que Ricardo deseaba saber; y con esto se despidió dél.
En el camino que habia desde las tiendas á la ciudad tuvo lugar Mahamut de preguntar á Leonisa en lengua italiana que de qué lugar era. La cual le respondió que de la ciudad de Trápana; preguntóle asimismo Mahamut, si conocia en aquella ciudad á un caballero rico y noble que se llamaba Ricardo. Oyendo lo cual Leonisa, dió un gran suspiro, y dijo:
--Sí conozco por mi mal.
--¿Cómo por vuestro mal? dijo Mahamut.
--Porque él me conoció á mí por el suyo y por mi desventura, respondió Leonisa.
--¿Y por ventura, preguntó Mahamut, conocisteis tambien en la misma ciudad á otro caballero de gentil disposicion, hijo de padres muy ricos, y él por su persona muy valiente, muy liberal y muy discreto, que se llamaba Cornelio?
--Tambien lo conozco, respondió Leonisa, y podré decir mas por mi mal que no á Ricardo; mas ¿quién sois vos, señor, que los conoceis y por ellos me preguntais? que sin duda el cielo, condolido de cuantos trabajos y fortunas hasta aquí he pasado, me ha echado á parte donde, ya que no se acaben, halle con quien me consuele en ellos.