Part 7
--¡Oh lamentables ruinas de la desdichada Nicosia, apénas enjutas de la sangre de vuestros valerosos y mal afortunados defensores! Si como careceis de sentido, le tuviérades ahora, en esta soledad donde estamos, pudiéramos lamentar juntamente nuestras desgracias, y quizá el haber hallado compañía en ellas aliviaria nuestro tormento: esta esperanza os puede haber quedado, mal derribados torreones, que otra vez, aunque no para tan justa defensa como la en que os derribaron, os podeis ver levantados; mas yo desdichado ¿qué bien podré esperar en la miserable estrecheza en que me hallo, aunque vuelva al estado en que estaba ántes deste en que me veo? tal es mi desdicha, que en la libertad fuí sin ventura, y en el cautiverio ni la tengo ni la espero.
Estas razones decia un cautivo cristiano, mirando desde un recuesto las murallas derribadas de la ya perdida Nicosia, y así hablaba con ellas, y hacia comparacion de sus miserias á las suyas, como si ellas fueran capaces de entenderle (propia condicion de afligidos, que llevados de sus imaginaciones hacen y dicen cosas ajenas de toda razon y buen discurso).
En esto salió de un pabellon ó tienda, de cuatro que estaban en aquella campaña puestas, un turco mancebo de muy buena disposicion y gallardía, y llegándose al cristiano le dijo:
--Apostaria yo, Ricardo amigo, que te traen por estos lugares tus continuos pensamientos.
--Sí traen, respondió Ricardo (que este era el nombre del cautivo); mas ¿qué aprovecha si en ninguna parte á do voy hallo tregua ni descanso en ellos, ántes me los han acrecentado estas ruinas que desde aquí se descubren?
--Por las de Nicosia dirás, dijo el turco.
--Pues ¿por cuáles quieres que lo diga, repitió Ricardo, si no hay otras que á los ojos por aquí se ofrezcan?
--Bien tendrás que llorar, replicó el turco, si en esas contemplaciones entras; porque los que vieron habrá dos años á esta nombrada y rica isla de Chipre en su tranquilidad y sosiego, gozando sus moradores en ella de todo aquello que la felicidad humana puede conceder á los hombres, y ahora los ven, ó contemplan ó desterrados della, ó en ella cautivos y miserables, ¿cómo podrán dejar de no dolerse de su calamidad y desventura? Pero dejemos estas cosas, pues no llevan remedio, y vengamos á las tuyas, que quiero ver si le tienen; y así te ruego por lo que debes á la buena voluntad que te he mostrado y por lo que te obliga el ser entrambos de una misma patria, y habernos criado en nuestra niñez juntos, que me digas ¿qué es la causa que te trae tan demasiadamente triste? que puesto caso que sola la del cautiverio es bastante para entristecer el corazon mas alegre del mundo, todavía imagino que de mas atras traen la corriente tus desgracias; porque los generosos ánimos como el tuyo no suelen rendirse á las comunes desdichas tanto que den muestras de estraordinarios sentimientos: y háceme creer esto, el saber yo que no eres tan pobre que te falte para dar cuanto pidieren para tu rescate; ni estás en las torres del mar Negro, como cautivo de consideracion que tarde ó nunca alcanza la deseada libertad: así que no habiéndote quitado la mala suerte las esperanzas de verte libre, y con todo esto verte rendido á dar miserables muestras de tu desventura, no es mucho que imagine que tu pena procede de otra causa que de la libertad que perdiste, la cual causa te suplico me digas, ofreciéndote cuanto puedo y valgo; quizá para que yo te sirva ha traido la fortuna este rodeo de haberme hecho vestir deste hábito, que aborrezco. Ya sabes, Ricardo, que es mi amo el cadí desta ciudad (que es lo mismo que ser su obispo); sabes tambien lo mucho que vale y lo mucho que con él puedo: juntamente con esto no ignoras el deseo encendido que tengo de no morir en este estado que parece que profeso, pues cuando mas no pueda tengo de confesar y publicar á voces la fe de Jesucristo, de quien me apartó mi poca edad y ménos entendimiento, puesto que sé que tal confesion me ha de costar la vida, que á trueco de no perder la del alma, daré por bien empleado perder la del cuerpo: de todo lo dicho quiero que infieras y que consideres que te puede ser de algun provecho mi amistad, y que para saber qué remedios ó alivios puede tener tu desdicha, es menester que me la cuentes como ha menester el médico la relacion del enfermo, asegurándote que la depositaré en lo mas escondido del silencio.
Á todas estas razones estuvo callando Ricardo, y viéndose obligado dellas y de la necesidad le respondió con estas:
--Si así como has acertado, oh amigo Mahamut (que así se llamaba el turco), en lo que de mi desdicha imaginas, acertaras en su remedio, tuviera por bien perdida mi libertad, y no trocara mi desgracia con la mayor ventura que imaginarse pudiera; mas yo sé que ella es tal que todo el mundo podrá saber bien la causa de donde procede, mas no habrá en él persona que se atreva no solo á hallarle remedio, pero ni aun alivio: y para que quedes satisfecho desta verdad, te la contaré en las ménos razones que pudiere; pero ántes que entre en el confuso laberinto de mis males, quiero que me digas ¿qué es la causa que Azam bajá mi amo ha hecho plantar en esta campaña estas tiendas y pabellones ántes de entrar en Nicosia, adonde viene proveido por virey, ó por bajá como los turcos llaman á los vireyes?
--Yo te satisfaré brevemente, respondió Mahamut; y así has de saber que es costumbre entre los turcos, que los que van por vireyes de alguna provincia no entran en la ciudad donde su antecesor habita hasta que él salga della y deje hacer libremente al que viene la residencia; y en tanto que el bajá nuevo la hace, el antiguo se está en la campaña esperando lo que resulta de sus cargos, los cuales se hacen sin que él pueda intervenir á valerse de sobornos y amistades, si ya primero no lo ha hecho: hecha pues la residencia se la dan al que deja el cargo en un pergamino cerrado y sellado, y con ella se presenta á la Puerta del Gran Señor, que es como decir en la corte ante el gran consejo del turco: la cual vista por el visir bajá, y por los otros cuatro bajáes menores (como si dijésemos ante el presidente del real consejo y oidores), ó le premian ó le castigan segun la relacion de la residencia; puesto que si viene culpado, con dineros rescata y escusa el castigo; si no viene culpado y no le premian, como sucede de ordinario, con dádivas y presentes alcanza el cargo que mas se le antoja, porque no se dan allí los cargos y oficios por merecimientos, sino por dineros: todo se vende y todo se compra: los proveedores de los cargos roban á los proveidos en ellos y los desuellan: deste oficio comprado sale la sustancia para comprar otro que mas ganancia promete: todo va como digo, todo este imperio es violento, señal que prometia no ser durable; pero á lo que yo creo, y así debe de ser verdad, le tienen sobre sus hombros nuestros pecados: quiero decir, los de aquellos que descaradamente y á rienda suelta ofenden á Dios como yo hago: él se acuerde de mí por quien es él. Por la causa que he dicho pues, tu amo Hazan bajá ha estado en esta campaña cuatro dias, y si el de Nicosia no ha salido como debia, ha sido por haber estado muy malo; pero ya está mejor y saldrá hoy ó mañana sin duda alguna, y se ha de alojar en unas tiendas que están detras deste recuesto que tú no has visto, y tu amo entrará luego en la ciudad: y esto es lo que hay que saber de lo que me preguntaste.
--Escucha pues, dijo Ricardo; mas no sé si podré cumplir lo que ántes dije, que en breves razones te contaria mi desventura, por ser ella tan larga y desmedida, que no se puede medir con razon alguna; con todo eso haré lo que pudiere y lo que el tiempo diere lugar: y así te pregunto primero, si conoces en nuestro lugar de Trápana una doncella á quien la fama daba nombre de la mas hermosa mujer que habia en toda Sicilia: una doncella, digo, por quien decian todas las curiosas lenguas y afirmaban los mas raros entendimientos, que era la de mas perfecta hermosura que tuvo la edad pasada, tiene la presente y espera tener la que está por venir: una por quien los poetas cantaban que tenia los cabellos de oro, y que eran sus ojos dos resplandecientes soles, y sus mejillas purpúreas rosas, sus dientes perlas, sus labios rubíes, su garganta alabastro: y que sus partes con el todo, y el todo con sus partes hacian una maravillosa y concertada armonía, esparciendo naturaleza sobre todo una suavidad de colores tan natural y perfecta, que jamas pudo la envidia hallar cosa en que ponerle tacha. Que, ¿es posible, Mahamut, que ya no me has dicho quién es y cómo se llama? Sin duda creo, ó que no me oyes, ó que cuando en Trápana estabas carecias de sentido.
--En verdad, Ricardo, respondió Mahamut, que si la que has pintado con tantos estremos de hermosura no es Leonisa, la hija de Rodolfo Florencio, no sé quién sea, que esta sola tenia la fama que dices.
--Esa es, oh Mahamut, respondió Ricardo, esa es, amigo, la causa principal de todo mi bien y de toda mi desventura: esa es, que no la perdida libertad, por quien mis ojos han derramado, derraman y derramarán lágrimas sin cuento, y la por quien mis suspiros encienden el aire cerca y léjos, y la por quien mis razones causan al cielo que las escucha, y á los oidos que las oyen: esa es por quien tú me has juzgado por loco, ó por lo ménos por de poco valor y ménos ánimo: esta Leonisa, para mí leona, y mansa cordera para otro, es la que me tiene en este miserable estado; porque has de saber que desde mis tiernos años, ó á lo ménos desde que tuve uso de razon no solo la amé, mas la adoré y serví con tanta solicitud como si no tuviera en la tierra ni en el cielo otra deidad á quien sirviese ni adorase: sabian sus deudos y sus padres mis deseos, y jamas dieron muestras de que les pesase, considerando que iban encaminados á fin honesto y virtuoso; y así muchas veces sé yo que se lo dijeron á Leonisa, para disponerle la voluntad á que por su esposo me recebiese, conociendo mi calidad y nobleza: mas ella, que tenia puestos los ojos en Cornelio, el hijo de Ascanio Rótulo, que tú bien conoces (mancebo galan, atildado, de blancas manos y rizos cabellos, de voz melíflua y de amorosas palabras, y finalmente todo hecho de ámbar y de alfeñique, guarnecido de telas y adornado de brocados), no quiso ponerlos en mi rostro no tan delicado como el de Cornelio, ni quiso agradecer siquiera mis muchos y continuos servicios, pagando mi voluntad con desdeñarme y aborrecerme; y á tanto llegó el estremo de amarla, que tomara por partido dichoso que me acabara á pura fuerza de desdenes y desagradecimientos, con que no diera descubiertos aunque honestos favores á Cornelio: mira pues si llegándose á la angustia del desden y aborrecimiento la mayor y mas cruel rabia de los celos, cuál estaria mi alma de dos tan mortales pestes combatida: disimulaban los padres de Leonisa los favores que á Cornelio hacia, creyendo, como estaba en razon que creyesen, que atraido el mozo de su incomparable y bellísima hermosura, la escogeria por su esposa, y en ello granjearian yerno mas rico que conmigo: y bien pudiera ser, si así fuera; pero no le alcanzarán, sin arrogancia sea dicho, de mejor condicion que la mia, ni de mas altos pensamientos, ni de mas conocido valor que el mio. Sucedió pues que en el discurso de mi pretension alcancé á saber que un dia del mes pasado de mayo, que este de hoy hace un año, tres dias, y cinco horas, Leonisa y sus padres, y Cornelio y los suyos se iban á solazar con toda su parentela y criados al jardin de Ascanio, que está cercano á la marina en el camino de las salinas.
--Bien lo sé, dijo Mahamut, pasa adelante, Ricardo, que mas de cuatro dias tuve en él, cuando Dios quiso, mas de cuatro buenos ratos.
--Súpelo, replicó Ricardo, y al mismo instante que lo supe me ocupó el alma una furia, una rabia y un infierno de celos con tanta vehemencia y rigor, que me sacó de mis sentidos, como lo verás por lo que luego hice, que fué irme al jardin donde me dijeron que estaban, y hallé á la mas de la gente solazándose, y debajo de un nogal sentados á Cornelio y á Leonisa, aunque desviados un poco: cuál ellos quedaron de mi vista no lo sé; de mí sé decir que quedé tal con la suya que perdí la de mis ojos, y me quedé como estatua sin voz ni movimiento alguno; pero no tardó mucho en despertar el enojo á la cólera, y la cólera á la sangre del corazon, y la sangre á la ira, y la ira á las manos y la lengua: puesto que las manos se ataron con el respeto á mi parecer debido al hermoso rostro que tenia delante; pero la lengua rompió el silencio con estas razones:
--Contenta estarás, oh enemiga mortal de mi descanso, en tener con tanto sosiego delante de tus ojos la causa que hará que los mios vivan en perpetuo y doloroso llanto: llégate, llégate, cruel, un poco mas, y enrede tu yedra á ese inútil tronco que te busca: peina ó ensortija aquesos cabellos de ese tu nuevo Ganimédes, que tibiamente te solicita: acaba ya de entregarte á los banderizos años dese mozo en quien contemplas; porque perdiendo yo la esperanza de alcanzarte, acabe con ella la vida que aborrezco: ¿piensas por ventura, soberbia y mal considerada doncella, que contigo sola se han de romper y faltar las leyes y fueros que en semejantes casos en el mundo se usan? ¿Piensas, quiero decir, que ese mozo altivo por su riqueza, arrogante por su gallardía, inesperto por su edad poca, confiado por su linaje, ha de querer, ni poder, ni saber guardar firmeza en sus amores, ni estimar lo inestimable, ni conocer lo que conocen los maduros y esperimentados años? No lo pienses, si lo piensas, porque no tiene otra cosa buena el mundo, sino hacer sus acciones siempre de una misma manera, porque no se engañe nadie sino por su propia ignorancia: en los pocos años está la inconstancia mucha, en los ricos la soberbia, la vanidad en los arrogantes, y en los hermosos el desden, y en los que todo esto tienen la necedad, que es madre de todo mal suceso: y tú, ó mozo, que tan á salvo piensas llevar el premio mas debido á mis buenos deseos que á los ociosos tuyos, ¿por qué no te levantas dese estrado de flores donde yaces, y vienes á sacarme el alma que tanto la tuya aborrece? y no porque me ofendas en lo que haces, sino porque no sabes estimar el bien que la ventura te concede: y vese claro que le tienes en poco, en que no quieres moverte á defenderle por no ponerte á riesgo de descomponer la afeitada compostura de tu galan vestido: si esa tu reposada condicion tuviera Aquíles, bien seguro estuviera Ulíses de no salir con su empresa, aunque mas le mostrara resplandecientes armas y acerados alfanjes: véte, véte, y recréate entre las doncellas de tu madre, y allí ten cuidado de tus cabellos y de tus manos, mas dispuestas á devanar blando sirgo, que á empuñar la dura espada.
Á todas estas razones jamas se levantó Cornelio del lugar donde le hallé sentado; ántes se estuvo quedo, mirándome como embelesado sin moverse: y á las levantadas voces con que le dije lo que has oido, se fué llegando la gente que por la huerta andaba, y se pusieron á escuchar otros mas improperios que á Cornelio le dije, el cual tomando ánimo con la gente que acudió, porque todos ó los mas eran sus parientes, criados ó allegados, dió muestras de levantarse; mas ántes que se pusiese en pié puse mano á mi espada y acometíle no solo á él, sino á todos cuantos allí estaban; pero apénas vió Leonisa relucir mi espada cuando le tomó un recio desmayo, cosa que me puso en mayor coraje y mayor despecho; y no te sabré decir, si los muchos que me acometieron atendian no mas de á defenderse, como quien se defiende de un loco furioso, ó si fué mi buena suerte y diligencia, ó el cielo que para mayores males queria guardarme, porque en efecto herí siete ú ocho de los que hallé mas á mano: á Cornelio le valió su buena diligencia, pues fué tanta la que puso en los piés huyendo, que se escapó de mis manos.
Estando en este tan manifiesto peligro, cercado de mis enemigos, que ya como ofendidos procuraban vengarse, me socorrió la ventura con un remedio, que fuera mejor haber dejado allí la vida, que no restaurándola por tan no pensado camino venir á perderla cada hora mil y mil veces: y fué que de improviso dieron en el jardin mucha cantidad de turcos de dos galeotas de cosarios de Viserta, que en una cala que allí cerca estaba habian desembarcado sin ser sentidos de las centinelas de las torres de la marina, ni descubiertos de los corredores ó atajadores de la costa: cuando mis contrarios los vieron, dejándome solo, con presta celeridad se pusieron en cobro: de cuantos en el jardin estaban, no pudieron los turcos cautivar mas de á tres personas, y á Leonisa que aun se estaba desmayada: á mí me cogieron con cuatro disformes heridas, vengadas ántes por mi mano con cuatro turcos que de otras cuatro dejé sin vida tendidos en el suelo.
Este asalto hicieron los turcos con su acostumbrada diligencia, y no muy contentos del suceso se fueron á embarcar, y luego se hicieron á la mar, y á vela y remo en breve espacio se pusieron en la Fabiana: hicieron reseña por ver qué gente les faltaba, y viendo que los muertos eran cuatro soldados de aquellos que ellos llaman levantes, y de los mejores y mas estimados que traian, quisieron tomar en mí la venganza, y así mandó el arraez de la capitana bajar la entena para ahorcarme.
Todo esto estaba mirando Leonisa, que ya habia vuelto en sí, y viéndose en poder de los cosarios derramaba abundancia de hermosas lágrimas, y torciendo sus manos delicadas, sin hablar palabra estaba atenta á ver si entendia lo que los turcos decian: mas uno de los cristianos del remo le dijo en italiano cómo el arraez mandaba ahorcar aquel cristiano, señalándome á mí, porque habia muerto en su defensa á cuatro de los mejores soldados de las galeotas: lo cual oido y entendido por Leonisa, la vez primera que se mostró para mí piadosa, dijo al cautivo que dijese á los turcos que no me ahorcasen, porque perderian un gran rescate, y que les rogaba volviesen á Trápana, que luego me rescatarian: esta, digo, fué la primera, y aun será la última caridad que usó conmigo Leonisa, y todo para mayor mal mio. Oyendo pues los turcos las razones que el cautivo italiano les decia, le creyeron fácilmente, y mudóles el interes la cólera. Otro dia por la mañana, alzando bandera de paz volvieron á Trápana: aquella noche la pasé con el dolor que imaginarse puede, no tanto por el que mis heridas me causaban, cuanto por imaginar el peligro en que la cruel enemiga mia entre aquellos bárbaros estaba.
Llegados pues como digo á la ciudad, entró en el puerto la una galeota, y la otra se quedó fuera: coronóse luego todo el puerto y la ribera toda de cristianos, y el lindo de Cornelio desde léjos estaba mirando lo que en la galeota pasaba: acudió luego un mayordomo mio á tratar de mi rescate, al cual dije que en ninguna manera tratase de mi libertad sino de la de Leonisa, y que diese por ella todo cuanto valia mi hacienda, y mas le ordené que volviese á tierra, y dijese á los padres de Leonisa, que le dejasen á él tratar de la libertad de su hija, y que no se pusiesen en trabajo por ella. Hecho esto, el arraez principal, que era un renegado griego llamado Yzuf, pidió por Leonisa seis mil escudos, y por mí cuatro mil, añadiendo que no daria el uno sin el otro: pidió esta gran suma, segun despues supe, porque estaba enamorado de Leonisa, y no quisiera él rescatarla sino darla al arraez de la otra galeota, con quien habia de partir las presas que se hiciesen por mitad, á mí en precio de cuatro mil escudos, y mil en dinero que hacian cinco mil, y quedarse con Leonisa por otros cinco mil: y esta fué la causa porque nos apreció á los dos en diez mil escudos.
Los padres de Leonisa no ofrecieron de su parte nada, atenidos á la promesa que de mi parte mi mayordomo les habia hecho: ni Cornelio movió los labios en su provecho; y así despues de muchas demandas y respuestas, concluyó mi mayordomo en dar por Leonisa cinco mil, y por mí tres mil escudos. Aceptó Yzuf este partido forzado de las persuasiones de su compañero y de lo que todos sus soldados le decian; mas como mi mayordomo no tenia junta tanta cantidad de dineros, pidió tres dias de término para juntarlos, con intencion de malbaratar mi hacienda hasta cumplir el rescate. Holgóse desto Yzuf, pensando hallar en este tiempo ocasion para que el concierto no pasase adelante, y volviéndose á la isla de la Fabiana, dijo que llegado el término de los tres dias volveria por el dinero. Pero la ingrata fortuna, no cansada de maltratarme, ordenó que estando desde lo mas alto de la isla puesta á la guarda una centinela de los turcos, bien dentro á la mar descubrió seis velas latinas, y entendió, como fué verdad, que debian ser ó la escuadra de Malta, ó algunas de las de Sicilia: bajó corriendo á dar la nueva, y en un pensamiento se embarcaron los turcos que estaban en tierra, cuál guisando de comer, cuál lavando su ropa, y zarpando con no vista presteza dieron al agua los remos y al viento las velas, y puestas las proas en Berbería, en ménos de dos horas perdieron de vista las galeras; y así cubiertos con la isla y con la noche que venia cerca, se aseguraron del miedo que habian cobrado.
Á tu buena consideracion dejo, oh Mahamut amigo, que consideres cuál iria mi ánimo en aquel viaje tan contrario del que yo esperaba; y mas cuando otro dia habiendo llegado las dos galeotas á la isla de la Pantanalea por la parte del mediodía, los turcos saltaron en tierra á hacer leña y carne, como ellos dicen, y mas cuando vi que los arraeces saltaron en tierra, y se pusieron á hacer las partes de todas las presas que habian hecho; cada accion destas fué para mí una dilatada muerte: viniendo pues á la particion mia y de Leonisa, Yzuf dió á Fetala (que así se llamaba el arraez de la otra galeota) seis cristianos, los cuatro para el remo, y dos muchachos hermosísimos, de nacion corsos, y á mí con ellos, por quedarse con Leonisa, de lo cual se contentó Fetala; y aunque estuve presente á todo esto, nunca pude entender lo que decian, aunque sabia lo que hacian, ni entendiera por entónces el modo de la particion, si Fetala no se llegara á mí y me dijera en italiano:
--Cristiano, ya eres mio, en dos mil escudos de oro te me han dado; si quieres libertad, has de dar cuatro mil, si no acá morir.
Preguntéle, si era tambien suya la cristiana: díjome que no, sino que Yzuf se quedaba con ella con intencion de volverla mora y casarse con ella: y así era la verdad, porque me lo dijo uno de los cautivos del remo que entendia bien el turquesco, y se lo habia oido tratar á Yzuf y á Fetala. Díjele á mi amo que hiciese de modo como se quedase con la cristiana, y que le daria por su rescate solo diez mil escudos de oro en oro. Respondióme no ser posible; pero que haria que Yzuf supiese la gran suma que le ofrecia por la cristiana, que quizá llevado del interese, mudaria de intencion y la rescataria.
Hízolo así, y mandó que todos los de su galeota se embarcasen luego, porque se queria ir á Tripol de Berbería, de donde él era. Yzuf asimismo determinó irse á Viserta: y así se embarcaron con la misma priesa que suelen cuando descubren ó galeras de quien temer, ó bajeles á quien robar: movióles á darse priesa, por parecerles que el tiempo mudaba con muestras de borrasca. Estaba Leonisa en tierra, pero no en parte que yo la pudiese ver, sino fué que al tiempo del embarcarnos llegámos juntos á la marina: llevábala de la mano su nuevo amo y su mas nuevo amante, y al entrar por la escala que estaba puesta desde tierra á la galeota, volvió los ojos á mirarme, y los mios, que no se quitaban della, la miraron con tan tierno sentimiento y dolor, que sin saber cómo, se me puso una nube ante ellos que me quitó la vista, y sin ella y sin sentido alguno di conmigo en el suelo: lo mismo me dijeron despues que habia sucedido á Leonisa, porque la vieron caer de la escala á la mar, y que Yzuf se habia echado tras ella y la sacó en brazos.