Part 42
»En estas consideraciones se pasó la noche, y se vino el dia, que nos halló á los dos en mitad del patio: ella no vuelta en sí, y á mí junto á ella en cuclillas, atento mirando su espantosa y fea catadura. Acudió la gente del hospital, y viendo aquel retablo, unos decian: Ya la bendita Cañizares es muerta, mirad cuán desfigurada y flaca la tenia la penitencia: otros mas considerados la tomaron el pulso, y vieron que le tenia, y que no era muerta, por do se dieron á entender que estaba en éstasis y arrobada de puro buena: otros hubo que dijeron: Esta puta vieja sin duda debe de ser bruja, y debe de estar untada, que nunca los santos hacen tan deshonestos arrobos, y hasta ahora, entre los que la conocemos, mas fama tiene de bruja que de santa: curiosos hubo, que se llegaron á hincarle alfileres por las carnes desde la punta hasta la cabeza; ni por eso recordaba la dormilona, ni volvió en sí hasta las siete del dia, y como se sintió acribada de los alfileres y mordida de los carcañares, y magullada del arrastramiento fuera de su aposento, y á vista de tantos ojos que la estaban mirando, creyó, y creyó la verdad, que yo habia sido el autor de su deshonra: y así arremetió á mí y echándome ambas manos á la garganta, procuraba ahogarme, diciendo: Oh bellaco, desagradecido, ignorante y malicioso, y ¿es este el pago que merecen las buenas obras que á tu madre hice, y de las que te pensaba hacer á tí? Yo que me vi en peligro de perder la vida entre las uñas de aquella fiera arpía, sacudíme, y asiéndola de las luengas faldas de su vientre, la zamarreé y arrastré por todo el patio, y ella daba voces, que la librasen de los dientes de aquel maligno espíritu.
»Con estas razones de la mala vieja, creyeron los mas que yo debia de ser algun demonio de los que tienen ojeriza continua con los buenos cristianos, y unos acudieron á echarme agua bendita, otros no osaban llegar á quitarme, otros daban voces que me conjurasen, la vieja gruñia, yo apretaba los dientes, crecia la confusion, y mi amo, que ya habia llegado al ruido, se desesperaba, oyendo decir que yo era demonio: otros, que no sabian de exorcismos, acudieron á tres ó cuatro garrotes, con los cuales comenzaron á santiguarme los lomos: escocióme la burla, solté la vieja, y en tres saltos me puse en la calle; y en pocos mas salí de la villa perseguido de una infinidad de muchachos que iban á grandes voces diciendo: Apártense, que rabia el perro sabio. Otros decian: No rabia, sino que es demonio en figura de perro. Con este molimiento á campana herida salí del pueblo, siguiéndome muchos que indubitablemente creyeron que era demonio, así por las cosas que me habian visto hacer, como por las palabras que la vieja dijo cuando despertó de su maldito sueño: díme tanta priesa á huir y á quitarme delante de sus ojos, que creyeron que me habia desparecido como demonio: en seis horas anduve doce leguas, y llegué á un rancho de jitanos, que estaba en un campo junto á Granada: allí me reparé un poco, porque algunos de los jitanos me conocieron por el perro sabio, y con no pequeño gozo me acogieron y escondieron en una cueva, porque no me hallasen si fuese buscado, con intencion, á lo que despues entendí, de ganar conmigo, como lo hacia el atambor mi amo. Veinte dias estuve con ellos, en los cuales supe y noté su vida y costumbres, que por ser notables, es forzoso que te las cuente.
CIPION. Antes, Berganza, que pases adelante, es bien que reparemos en lo que te dijo la bruja, y averigüemos si puede ser verdad la grande mentira á quien das crédito. Mira, Berganza: grandísimo disparate seria creer que la Camacha mudase los hombres en bestias, y que el sacristan en forma de jumento la sirviese los años que dicen que la sirvió: todas estas cosas y las semejantes son embelecos, mentiras ó apariencias del demonio; y si á nosotros nos parece ahora que tenemos algun entendimiento y razon, pues hablamos siendo verdaderamente perros, ó estando en su figura, ya hemos dicho que este es caso portentoso y jamas visto, y que aunque le tocamos con las manos, no le habemos de dar crédito hasta tanto que el suceso dél nos muestre lo que conviene que creamos. ¿Quiéreslo ver mas claro? Considera en qué vanas cosas y en cuán tontos puntos dijo la Camacha que consistia nuestra restauracion, y aquellas que á tí te deben parecer profecías no son sino palabras de consejas ó cuentos de viejas, como aquellos del caballo sin cabeza, y de la varilla de virtudes, con que se entretienen al fuego las dilatadas noches del invierno, porque á ser otra cosa ya estaban cumplidas; si no es que sus palabras se han de tomar en un sentido, que he oido decir se llama alegórico, el cual sentido no quiere decir lo que la letra suena, sino otra cosa, que aunque diferente, le haga semejanza, y así, decir:
Volverán en su forma verdadera, Cuando vieren con presta diligencia Derribar los soberbios levantados, Y alzar á los humildes abatidos Con poderosa mano para hacello:
Tomándolo en el sentido que he dicho, paréceme que quiere decir que cobraremos nuestra forma, cuando viéremos que los que ayer estaban en la cumbre de la rueda de fortuna, hoy están hollados y abatidos á los piés de la desgracia y tenidos en poco de aquellos que mas los estimaban: y asimismo cuando viéremos que otros que no há dos horas que no tenian deste mundo otra parte que servir en él de número que acrecentase el de las gentes, y ahora están tan encumbrados sobre la buena dicha, que los perdemos de vista; y si primero no parecian por pequeños y encogidos, ahora no los podemos alcanzar por grandes y levantados: y si en esto consistiera volver nosotros á la forma que dices, ya lo hemos visto y lo vemos á cada paso, por do me doy á entender que no en el sentido alegórico, sino en el literal se han de tomar los versos de la Camacha; ni tampoco en este consiste nuestro remedio, pues muchas veces hemos visto lo que dicen, y nos estamos tan perros como ves: así que, la Camacha fué burladora falsa, y la Cañizares embustera, y la Montiela tonta, maliciosa y bellaca, con perdon sea dicho, si acaso es nuestra madre de entrambos, ó tuya, que yo no la quiero tener por madre. Digo pues que el verdadero sentido es un juego de bolos, donde con presta diligencia derriban los que están en pié, y vuelven á alzar los caidos, y esto por la mano de quien lo puede hacer. Mira pues si en el discurso de nuestra vida habremos visto jugar á los bolos, y si hemos visto por esto haber vuelto á ser hombres, si es que lo somos.
BERGANZA. Digo que tienes razon, Cipion hermano, y que eres mas discreto de lo que pensaba; y de lo que has dicho vengo á pensar y creer que todo lo que hasta aquí hemos pasado, y lo que estamos pasando, es sueño, y que somos perros; pero no por esto dejemos de gozar deste bien de la habla que tenemos y de la escelencia tan grande de tener discurso humano todo el tiempo que pudiéremos; y así no te canse el oirme contar lo que me pasó con los jitanos que me escondieron en la cueva.
CIPION. De buena gana te escucho por obligarte á que me escuches, cuando te cuente, si el cielo fuere servido, los sucesos de mi vida.
BERGANZA. La que tuve con los jitanos fué considerar en aquel tiempo sus muchas malicias, sus embaimientos y embustes, los hurtos en que se ejercitan así jitanas como jitanos desde el punto casi que salen de las mantillas y saben andar: ¿ves la multitud que hay dellos esparcida por España? pues todos se conocen y tienen noticia los unos de los otros, y trasiegan y trasponen los hurtos destos en aquellos, y los de aquellos en estos: dan la obediencia mejor que á su rey, á uno que llaman conde, el cual y todos los que dél suceden, tienen el sobrenombre de Maldonado; y no porque vengan del apellido deste noble linaje, sino porque un paje de un caballero deste nombre se enamoró de una jitana muy hermosa, la cual no le quiso conceder su amor si no se hacia jitano y la tomaba por mujer: hízolo así el paje, y agradó tanto á los demas jitanos, que le alzaron por señor, y le dieron la obediencia; y como en señal de vasallaje le acuden con parte de los hurtos que hacen, como sean de importancia. Ocúpanse, por dar color á su ociosidad, en labrar cosas de hierro, haciendo instrumentos con que facilitan sus hurtos; y así los verás siempre traer á vender por las calles, tenazas, barrenas, martillos, y ellas, trébedes y badiles: todas ellas son parteras, y en esto llevan ventaja á las nuestras, porque sin costa ni adherentes sacan sus partos á luz y lavan criaturas con agua fria en naciendo; y desde que nacen hasta que mueren se curten y muestran á sufrir las inclemencias y rigores del cielo; y así verás que todos son alentados, volteadores, corredores y bailadores: cásanse siempre entre ellos, porque no salgan sus malas costumbres á ser conocidas de otros: ellas guardan el decoro á sus maridos, y pocas hay que les ofendan con otros que no sean de su generacion: cuando piden limosna, mas la sacan con invenciones y chocarrerías que con devociones, y á título que no hay quien se fie dellas, no sirven, y dan en ser holgazanas; y pocas ó ninguna vez he visto, si mal no me acuerdo, ninguna jitana al pié del altar comulgando, puesto que muchas veces he entrado en las iglesias: son sus pensamientos imaginar cómo han de engañar y dónde han de hurtar: confieren sus hurtos y el modo que tuvieron en hacellos: y así un dia contó un jitano delante de mí á otros un engaño y hurto que un dia habia hecho á un labrador: y fué que el jitano tenia un asno rabon, y en el pedazo de la cola que tenia sin cerdas le ingirió otra peluda, que parecia ser suya natural: sacóle al mercado, comprósele un labrador por diez ducados, y en habiéndosele vendido y cobrado el dinero, le dijo que si queria comprarle otro asno hermano del mismo, y tan bueno como el que llevaba, que se le venderia por mas buen precio. Respondióle el labrador que fuese por él y le trujese, que él se le compraria, y que en tanto que volviese llevaria el comprado á su posada. Fuése el labrador, siguióle el jitano, y sea como sea, el jitano tuvo maña de hurtar al labrador el asno que le habia vendido, y al mismo instante le quitó la cola postiza y quedó con la suya pelada: mudóle la albarda y jáquima, y atrevióse á ir á buscar al labrador para que se le comprase: hallóle ántes que hubiese echado ménos el asno primero; y á pocos lances compró el segundo: fuésele á pagar á la posada, donde halló ménos la bestia á la bestia; y aunque lo era mucho, sospechó que el jitano se le habia hurtado, y no queria pagarle: acudió el jitano por testigos, y trujo á los que habian cobrado la alcabala del primer jumento, y juraron que el jitano habia vendido al labrador un asno con una cola muy larga y muy diferente del asno segundo que vendia. Á todo esto se halló presente un alguacil, que hizo las partes del jitano con tantas veras, que el labrador hubo de pagar el asno dos veces. Otros muchos hurtos contaron, y todos ó los mas de bestias, en quien son ellos graduados, y en lo que mas se ejercitan. Finalmente, ella es mala gente, y aunque muchos y muy prudentes jueces han salido contra ellos, no por eso se enmiendan.
»Al cabo de veinte dias me quisieron llevar á Murcia: pasé por Granada, donde ya estaba el capitan, cuyo atambor era mi amo: como los jitanos lo supieron, me encerraron en un aposento del meson donde vivian: oíles decir la causa, no me pareció bien el viaje que llevaban, y así determiné soltarme como lo hice, y saliéndome de Granada, di en una huerta de un morisco que me acogió de buena voluntad, y yo quedé con mejor, pareciéndome que no me queria para mas que para guardarle la huerta, oficio á mi cuenta de ménos trabajo que el de guardar ganado; y como no habia allí altercar sobre tanto mas cuanto al salario, fué cosa fácil hallar el morisco criado á quien mandar, y yo amo á quien servir. Estuve con él mas de un mes, no por el gusto de la vida que tenia, sino por el que me daba saber la de mi amo, y por ella la de todos cuantos moriscos viven en España. ¡Oh cuántas y cuáles cosas te pudiera decir, Cipion amigo, desta morisca canalla, si no temiera no poderlas dar fin en dos semanas! Y si las hubiera de particularizar, no acabara en dos meses; mas en efeto habré de decir algo, y así oye en general lo que yo vi y noté en particular desta buena gente.
»Por maravilla se hallará entre tantos uno que crea derechamente en la sagrada ley cristiana: todo su intento es acuñar y guardar dinero acuñado, y para conseguirle trabajan y no comen: en entrando el real en su poder, como no sea sencillo le condenan á cárcel perpetua y á escuridad eterna: de modo que ganando siempre, y gastando nunca, llegan y amontonan la mayor cantidad de dinero que hay en España: ellos son su hucha, su polilla, sus picazas y sus comadrejas: todo lo allegan, todo lo esconden y todo lo tragan: considérese que ellos son muchos y que cada dia ganan y esconden poco ó mucho, y que una calentura lenta acaba la vida como la de un tabardillo, y como van creciendo se van aumentando los escondedores, que crecen y han de crecer en infinito, como la esperiencia lo muestra: entre ellos no hay castidad ni entran en religion ellos ni ellas: todos se casan, todos multiplican, porque el vivir sobriamente aumenta las causas de la generacion; no los consume la guerra, ni ejercicio que demasiadamente los trabaje; róbannos á pié quedo, y con los frutos de nuestras heredades que nos revenden se hacen ricos; no tienen criados, porque todos lo son de sí mismos; no gastan con sus hijos en los estudios, porque su ciencia no es otra que la del robarnos: de los doce hijos de Jacob que he oido decir que entraron en Egipto, cuando los sacó Moysen de aquel cautiverio, salieron seiscientos mil varones sin niños y mujeres: de aquí se podrá inferir lo que multiplicarán las destos, que sin comparacion son en mayor número.
CIPION. Buscado se ha remedio para todos los daños que has apuntado y bosquejado en sombra, que bien sé que son mas y mayores los que callas, que los que cuentas, y hasta ahora no se ha dado con el que conviene; pero celadores prudentísimos tiene nuestra república, que considerando que España cria y tiene en su seno tantas víboras como moriscos, ayudados de Dios hallarán á tanto daño cierta, presta y segura salida: dí adelante.
BERGANZA. Como mi amo era mezquino, como lo son todos los de su casta, sustentábame con pan de mijo, y con algunas sobras de zahinas, comun sustento suyo; pero esta miseria me ayudó á llevar el cielo por un modo tan estraño, como el que ahora oirás. Cada mañana juntamente con el alba amanecia sentado al pié de un granado, de muchos que en la huerta habia, un mancebo al parecer estudiante, vestido de bayeta, no tan negra ni tan peluda, que no pareciese parda y tundida: ocupábase en escribir en un cartapacio, y de cuando en cuando se daba palmadas en la frente, y se mordia las uñas, estando mirando al cielo: y otras veces se ponia tan imaginativo, que no movia pié ni mano, ni aun las pestañas: tal era su embelesamiento. Una vez me llegué junto á él sin que me echase de ver: oíle murmurar entre dientes, y al cabo de un buen espacio dió una gran voz, diciendo: Vive el Señor, que es la mejor octava que he hecho en todos los dias de mi vida; y escribiendo á priesa en su cartapacio, daba muestras de gran contento: todo lo cual me dió á entender que el desdichado era poeta: hícele mis acostumbradas caricias, por asegurarle de mi mansedumbre: echéme á sus piés, y él con seguridad prosiguió en sus pensamientos, y tornó á rascarse la cabeza, y á sus arrobos, y á volver á escribir lo que habia pensado. Estando en esto entró en la huerta otro mancebo galan y bien aderezado, con unos papeles en la mano, en los cuales de cuando en cuando leia: llegó donde estaba el primero, y díjole: ¿Habeis acabado la primera jornada? Ahora le di fin, respondió el poeta, lo mas gallardamente que imaginarse puede. ¿De qué manera? preguntó el segundo. Desta, respondió el primero. Sale su Santidad el papa vestido de pontifical, con doce cardenales, todos vestidos de morado, porque cuando sucedió el caso que cuenta la historia de mi comedia, era tiempo de _mutatio caparum_, en el cual los cardenales no se visten de rojo, sino de morado; y así en todas maneras conviene para guardar la propiedad, que estos mis cardenales salgan de morado, y este es un punto que hace mucho al caso para la comedia, y á buen seguro dieran en él, y así hacen á cada paso mil impertinencias y disparates: yo no he podido errar en esto, porque he leido todo el ceremonial romano por solo acertar en estos vestidos. ¿Pues de dónde quereis vos, replicó el otro, que tenga mi autor vestidos morados para doce cardenales? Pues si me quita uno tan solo, respondió el poeta, así le daré yo mi comedia, como volar: ¡cuerpo de tal! ¿esta apariencia tan grandiosa se ha de perder? Imaginad vos desde aquí lo que parecerá en un teatro un sumo pontífice con doce graves cardenales, y con otros ministros de acompañamiento que forzosamente han de traer consigo: ¡vive el cielo que sea uno de los mayores y mas altos espectáculos, que se haya visto en comedia, aunque sea la del _Ramillete de Daraja_!
»Aquí acabé de entender que el uno era poeta, y el otro comediante. El comediante aconsejó al poeta que cercenase algo de los cardenales, si no queria imposibilitar al autor el hacer la comedia. Á lo que dijo el poeta, que le agradeciesen que no habia puesto todo el cónclave que se halló junto al acto memorable que pretendia traer á la memoria de las gentes en su felicísima comedia. Riyóse el recitante, y dejóle en su ocupacion, por irse á la suya, que era estudiar un papel de una comedia nueva. El poeta, despues de haber escrito algunas coplas de su magnífica comedia, con mucho sosiego y espacio sacó de la faldriquera algunos mendrugos de pan, y obra de veinte pasas, que á mi parecer entiendo que se las conté, y aun estoy en duda si eran tantas, porque juntamente con ellas hacian bulto ciertas migajas de pan, que las acompañaban: sopló y apartó las migajas, y una á una se comió las pasas y los palillos, porque no le vi arrojar ninguno, ayudándolas con los mendrugos, que morados con la borra de la faldriquera, parecian mohosos, y eran tan duros de condicion, que aunque él procuró enternecerlos, paseándolos por la boca una y muchas veces, no fué posible moverlos de su terquedad: todo lo cual redundó en mi provecho, porque me los arrojó diciendo: To to, toma, que buen provecho te hagan. Mirad, dije entre mí, que néctar ó ambrosía me da este poeta, de los que ellos dicen que se mantienen los dioses y su Apolo allá en el cielo: en fin, por la mayor parte grande es la miseria de los poetas; pero mayor era mi necesidad, pues me obligó á comer lo que él desechaba. En tanto que duró la composicion de su comedia, no dejó de venir á la huerta, ni á mí me faltaron mendrugos, porque los repartia conmigo con mucha liberalidad, y luego nos íbamos á la noria, donde yo de bruces y él con un cangilon satisfacíamos la sed, como unos monarcas. Pero faltó el poeta, y sobró en mí la hambre tanto, que determiné dejar al morisco, y entrarme en la ciudad á buscar ventura, que la halla el que se muda. Al entrar en la ciudad vi que salia del famoso monasterio de San Jerónimo mi poeta, que como me vió, se vino á mí con los brazos abiertos, y yo me fuí á él con nuevas muestras de regocijo por haberle hallado: luego al instante comenzó á desembaular pedazos de pan mas tiernos de los que solia llevar á la huerta, y á entregarlos á mis dientes, sin repasarlos por los suyos, merced que con nuevo gusto satisfizo mi hambre. Los tiernos mendrugos, y el haber visto salir á mi poeta del monasterio dicho, me pusieron en sospecha de que tenia las musas vergonzantes, como otros muchos las tienen. Encaminóse á la ciudad, y yo le seguí con determinacion de tenerle por amo, si él quisiese, imaginando que de las sobras de su castillo se podia mantener mi real, porque no hay mayor ni mejor bolsa que la caridad, cuyas liberales manos jamas están pobres; y así no estoy bien con aquel refran, que dice: Mas da el duro que el desnudo, como si el duro y avaro diese algo, como lo da el liberal desnudo, que en efeto da el buen deseo, cuando mas no tiene. De lance en lance parámos en la casa de un autor de comedias, que á lo que me acuerdo se llamaba Angulo el Malo, por distinguirle de otro Angulo, no autor sino representante, el mas gracioso que entónces tuvieron y ahora tienen las comedias. Juntóse toda la compañía á oir la comedia de mi amo, que ya por tal le tenia; y á la mitad de la jornada primera, uno á uno, y dos á dos se fueron saliendo todos, escepto el autor y yo que serviamos de oyentes. La comedia era tal, que con ser yo un asno en esto de la poesía, me pareció que la habia compuesto el mismo Satanas para total ruina y perdicion del mismo poeta, que ya iba tragando saliva, viendo la soledad en que el auditorio le habia dejado; y no era mucho, si el alma présaga le decia allá dentro la desgracia que le estaba amenazando, que fué volver todos los recitantes, que pasaban de doce, y sin hablar palabra, asieron de mi poeta, y si no fuera porque la autoridad del autor llena de ruegos y voces se puso de por medio, sin duda le mantearan. Quedé yo del caso como pasmado, el autor desabrido, los farsantes alegres, y el poeta mohino, el cual con mucha paciencia, aunque algo torcido el rostro, tomó su comedia, y encerrándosela en el seno, medio murmurando dijo: No es bien echar las margaritas á los puercos, y sin decir mas palabra, se fué con mucho sosiego: yo de corrido ni pude ni quise seguirle, y acertélo, á causa que el autor me hizo tantas caricias, que me obligaron á que con él me quedase, y en ménos de un mes salí grande entremesista y gran farsante de figuras mudas: pusiéronme un freno de orillos, y enseñáronme á que arremetiese en el teatro á quien ellos querian, de modo que como los entremeses solian acabar por la mayor parte en palos, en la compañía de mi amo acababan en zuzarme, y yo derribaba y atropellaba á todos, con que daba que reir á los ignorantes, y mucha ganancia á mi dueño. ¡Oh Cipion, quién te pudiera contar lo que vi en esta y en otras dos compañías de comediantes en que anduve! mas por no ser posible reducirlo á narracion sucinta y breve, lo habré de dejar para otro dia, si es que ha de haber otro dia en que nos comuniquemos. ¿Ves cuán larga ha sido mi plática? ¿Ves mis muchos y diversos sucesos? ¿Consideras mis caminos y mis amos tantos como han sido? Pues todo lo que has oido es nada comparado á lo que te pudiera contar de lo que noté, averigüé y vi desta gente, su proceder, su vida, sus costumbres, sus ejercicios, su trabajo, su ociosidad, su ignorancia y su agudeza, con otras infinitas cosas, una para decirse al oido, otras para aclamallas en público y todos para hacer memoria dellas, y para desengaño de muchos que idolatran en figuras fingidas, y en bellezas de artificio y de transformacion.
CIPION. Bien se me trasluce, Berganza, el largo campo que se te descubria para dilatar tu plática, y soy de parecer que la dejes para cuento particular, y para sosiego no sobresaltado.