Part 41
BERGANZA. Tenle, y escucha. Como sea cosa fácil añadir á lo ya inventado, viendo mi amo cuán bien sabia imitar el corcel napolitano, hízome unas cubiertas de guadamacil, y una silla pequeña que me acomodó en las espaldas, y sobre ella puso una figura liviana de un hombre con una lancilla de correr sortija, y enseñóme á correr derechamente á una sortija que entre dos palos ponia; y el dia que habia de correrla pregonaba que aquel dia corria sortija el perro sabio, y hacia otras nuevas y nunca vistas galanterías, las cuales de mi santiscario, como dicen, las hacia, por no sacar mentiroso á mi amo. Llegámos pues por nuestras jornadas contadas á Montilla, villa del famoso y gran cristiano marqués de Priego, señor de la casa de Aguilar y de Montilla. Alojaron á mi amo, porque él lo procuró, en un hospital: echó luego el ordinario bando, y como ya la fama se habia adelantado á llevar las nuevas de las habilidades y gracias del perro sabio, en ménos de una hora se llenó el patio de gente. Alegróse mi amo viendo que la cosecha iba de guilla, y mostróse aquel dia chocarrero en demasía. Lo primero en que comenzaba la fiesta, era en los saltos que yo daba por un aro de cedazo que parecia de cuba: conjurábame por las ordinarias preguntas, y cuando él bajaba una varilla de mimbre que en la mano tenia, era señal del salto, y cuando la tenia alta, de que me estuviese quedo. El primero conjuro deste dia (memorable entre todos los de mi vida) fué decirme: Ea, Gavilan amigo, salta por aquel viejo verde que tú conoces, que se escabecha las barbas, y si no quieres, salta por la pompa y aparato de Doña Pimpinela de Plafagonia, que fué compañera de la moza gallega que servia en Valdeastillas. ¿No te cuadra el conjuro, hijo Gavilan? pues salta por el bachiller Pasillas, que se firma licenciado sin tener grado alguno. ¡Oh! perezoso estás; ¿por qué no saltas? pero ya entiendo y alcanzo tus marrullerías: ahora salta por el licor de Esquivias, famoso al par del de Ciudad-Real, San Martin y Ribadavia. Bajó la varilla, y salté yo, y noté sus malas entrañas. Volvióse luego al pueblo, y en voz alta dijo: No piense vuesa merced, senado valeroso, que es cosa de burla lo que este perro sabe: veinte y cuatro piezas le tengo enseñadas, que por la menor dellas volaria un gavilan: quiero decir, que por ver la menor se puede caminar treinta leguas: sabe bailar la zarabanda y chacona mejor que su inventora misma: bébese una azumbre de vino sin dejar gota: entona un sol, fa, mi, re, tan bien como un sacristan: todas estas cosas y otras muchas que me quedan por decir, las irán viendo vuesas mercedes en los dias que estuviere aquí la compañía, y por ahora dé otro salto nuestro sabio, y luego entraremos en lo grueso. Con esto suspendió al auditorio, que habia llamado senado, y les encendió el deseo de no dejar de ver todo lo que yo sabia. Volvióse á mí mi amo, y dijo: Volved, hijo Gavilan, y con gentil agilidad y destreza deshaced los saltos que habeis hecho; pero ha de ser á devocion de la famosa hechicera, que dicen que hubo en este lugar. Apénas hubo dicho esto, cuando alzó la voz la hospitalera, que era una vieja, al parecer, de mas de sesenta años, diciendo: Bellaco, charlatan, embaidor y hijo de puta, aquí no hay hechicera alguna: si lo decís por la Camacha, ya ella pagó su pecado, y está donde Dios se sabe: si lo decís por mí, chocarrero, ni yo soy ni he sido hechicera en mi vida; y si he tenido fama de haberlo sido, merced á los testigos falsos y á la ley del encaje, y al juez arrojadizo y mal informado: ya sabe todo el mundo la vida que hago en penitencia, no de los hechizos que no hice, sino de otros muchos pecados, ó otros que como pecadora he cometido: así que, socarron tamborilero, salid del hospital; si no, por vida de mi santiguada que os haga salir mas que de paso: y con esto comenzó á dar tantos gritos, y á decir tantas y tan atropelladas injurias á mi amo, que le puso en confusion y sobresalto: finalmente, no dejó que pasase adelante la fiesta en ningun modo. No le pesó á mi amo del alboroto, porque se quedó con los dineros, y aplazó para otro dia y en otro hospital lo que en aquel habia faltado. Fuése la gente maldiciendo á la vieja, añadiendo al nombre de hechicera el de bruja, y el de barbuda sobre vieja. Con todo esto, nos quedámos en el hospital aquella noche, y encontrándome la vieja en el corral solo, me dijo: ¿Eres tú, hijo, Montiel? ¿eres tú, por ventura, hijo? Alcé la cabeza, y miréla muy despacio: lo cual visto por ella, con lágrimas en los ojos se vino á mí, y me echó los brazos al cuello, y si la dejara, me besara en la boca; pero tuve asco, y no lo consentí.
CIPION. Bien hiciste, porque no es regalo, sino tormento el besar ni dejar besarse de una vieja.
BERGANZA. Esto que ahora te quiero contar, te lo habia de haber dicho al principio de mi cuento, y así escusáramos la admiracion que nos causó el vernos con habla; porque has de saber que la vieja me dijo: Hijo Montiel, vente tras mí, y sabrás mi aposento, y procura que esta noche nos veamos á solas en él, que yo dejaré abierta la puerta, y sabe que tengo muchas cosas que decirte de tu vida y para tu provecho. Bajé yo la cabeza en señal de obedecerla, por lo cual ella se acabó de enterar en que yo era el perro Montiel que buscaba, segun despues me lo dijo. Quedé atónito y confuso, esperando la noche, por ver en lo que paraba aquel misterio ó prodigio de haberme hablado la vieja; y como habia oido llamarla de hechicera, esperaba de su vista y habla grandes cosas. Llegóse en fin el punto de verme con ella en su aposento, que era escuro, estrecho y bajo, y solamente claro con la débil luz de un candil de barro, que en él estaba: atizóle la vieja, y sentóse sobre una arquilla, y llegóme junto á sí, y sin hablar palabra me volvió á abrazar, y yo volví á tener cuenta con que no me besase. Lo primero que me dijo, fué:
»Bien esperaba yo en el cielo que ántes que estos mis ojos se cerrasen con el último sueño te habia de ver, hijo mio, y ya que te he visto, venga la muerte, y lléveme desta cansada vida: Has de saber, hijo, que en esta villa vivió la mas famosa hechicera que hubo en el mundo, á quien llamaron la Camacha de Montilla: fué tan única en su oficio, que las Eritos, las Circes, las Medeas, de quien he oido decir que están las historias llenas, no la igualaron: ella congelaba las nubes cuando queria, cubriendo con ellas la faz del sol; y cuando se le antojaba, volvia sereno el mas turbado cielo: traia los hombres en un instante de lejas tierras: remediaba maravillosamente las doncellas que habian tenido algun descuido en guardar su entereza: cubria á las viudas de modo que con honestidad fuesen deshonestas: descasaba las casadas, y casaba las que ella queria: por diciembre tenia rosas frescas en su jardin, y por enero segaba trigo; esto de hacer nacer berros en una artesa, era lo ménos que ella hacia, ni el hacer ver en un espejo, ó en la uña de una criatura, los vivos ó los muertos que le pedian que mostrase: tuvo fama que convertia los hombres en animales, y que se habia servido de un sacristan seis años en forma de asno real y verdaderamente, lo que yo nunca he podido alcanzar cómo se haga; porque lo que se dice de aquellas antiguas magas, que convertian los hombres en bestias, dicen los que mas saben, que no era otra cosa sino que ellas con su mucha hermosura y con sus halagos atraian los hombres de manera á que las quisiesen bien, y los sujetaban de suerte sirviéndose dellos en todo cuanto querian, que parecian bestias; pero en tí, hijo mio, la esperiencia me muestra lo contrario, que sé que eres persona racional, y te veo en semejanza de perro, si ya no es que esto se hace con aquella ciencia que llaman tropelía, que hace parecer una cosa por otra. Sea lo que fuere lo que me pesa es que yo ni tu madre, que fuimos discípulas de la buena Camacha, nunca llegámos á saber tanto como ella, y no por falta de ingenio, ni de habilidad, ni de ánimo, que ántes nos sobraba que faltaba, sino por sobra de su malicia, que nunca quiso enseñarnos las cosas mayores, porque las reservaba para ella.
»Tu madre, hijo, se llamó la Montiela, que despues de la Camacha, fué famosa: yo me llamo la Cañizares, si ya no tan sábia como las dos, á lo ménos de tan buenos deseos como cualquiera dellas: verdad es, que al ánimo que tu madre tenia de hacer y entrar en un cerco, y encerrarse en él con una legion de demonios, no le hacia ventaja la misma Camacha: yo fuí siempre algo medrosilla; con conjurar media legion me contentaba; pero con paz sea dicho de entrambas, en esto de conficionar las unturas con que las brujas nos untamos, á ninguna de las dos diera ventaja, ni la daré á cuantas hoy siguen y guardan nuestras reglas: que has de saber, hijo, que como yo he visto y veo que la vida que corre sobre las lijeras alas del tiempo se acaba, he querido dejar todos los vicios de la hechicería en que estaba engolfada muchos años habia, y solo me he quedado con la curiosidad de ser bruja, que es un vicio dificultosísimo de dejar: tu madre hizo lo mismo: de muchos vicios se apartó, muchas buenas obras hizo en esta vida; pero al fin murió bruja, y no murió de enfermedad alguna, sino de dolor de que supo que la Camacha su maestra, de envidia que la tuvo porque se le iba subiendo á las barbas en saber tanto como ella, ó por otra pendenzuela de celos que nunca pude averiguar, estando tu madre preñada, y llegándose la hora del parto, fué su comadre la Camacha, la cual recebió en sus manos lo que tu madre parió, y mostróle que habia parido dos perritos; y así como los vió, dijo: Aquí hay maldad, aquí hay bellaquería; pero, hermana Montiela, tu amiga soy, yo encubriré este parto, y atiende tú á estar sana, y haz cuenta que esta tu desgracia queda sepultada en el mismo silencio: no te dé pena alguna este suceso, que ya sabes tú que puedo yo saber que si no es con Rodriguez el ganapan, tu amigo, dias há que no tratas con otro; así que este perruno parto de otra parte viene, y algun misterio contiene. Admiradas quedámos tu madre y yo, que me hallé presente á todo, del estraño suceso. La Camacha se fué y se llevó los cachorros: yo me quedé con tu madre para asistir á su regalo la cual no podia creer lo que le habia sucedido. Llegóse el fin de la Camacha, y estando en la última hora de su vida, llamó á tu madre, y le dijo cómo ella habia convertido á sus hijos en perros por cierto enojo que con ella tuvo; pero que no tuviese pena, que ellos volverian á su ser cuando ménos lo pensasen; mas que no podia ser primero que ellos por sus mismos ojos viesen lo siguiente:
Volverán en su forma verdadera Cuando vieron con presta diligencia Derribar los soberbios levantados, Y alzar á los humildes abatidos Con poderosa mano para hacello.
»Esto dijo la Camacha á tu madre al tiempo de su muerte, como ya te he dicho: tomólo tu madre por escrito y de memoria, y yo lo fijé en la mia para si sucediese tiempo de poderlo decir á alguno de vosotros; y para poder conoceros, á todos los perros que veo de tu color los llamo con el nombre de tu madre, no por pensar que los perros han de saber el nombre, sino por ver si respondian á ser llamados tan diferentemente como se llaman los otros perros; y esta tarde como te vi hacer tantas cosas, y que te llaman el perro sabio, y tambien como alzaste la cabeza á mirarme cuando te llamé en el corral, he creido que tú eres hijo de la Montiela, á quien con grandísimo gusto doy noticia de tus sucesos y del modo con que has de cobrar tu forma primera; el cual modo quisiera yo que fuera tan fácil como el que se dice de Apuleyo en _el Asno de oro_, que consistia en solo comer una rosa; pero éste tuyo va fundado en acciones ajenas, y no en tu diligencia. Lo que has de hacer, hijo, es encomendarte á Dios allá en tu corazon, y espera á que estas, que no quiero llamarlas profecías, sino adivinanzas, han de suceder presto y prósperamente: que pues la buena de la Camacha las dijo, sucederán sin duda alguna, y tú y tu hermano, si es vivo, os veréis como deseais.
»De lo que á mí me pesa es, que estoy tan cerca de mi acabamiento, que no tendré lugar de verlo: muchas veces he querido preguntar á mi cabron qué fin tendrá vuestro suceso; pero no me he atrevido, porque nunca á lo que le preguntamos responde á derechas, sino con razones torcidas y de muchos sentidos; así que, á este nuestro amo y señor no hay que preguntarle nada, porque con una verdad mezcla mil mentiras, y á lo que he colegido de sus respuestas, él no sabe nada de lo por venir ciertamente, sino por conjeturas: con todo esto, nos trae tan engañadas á las que somos brujas, que con hacernos mil burlas, no le podemos dejar: vamos á verle muy léjos de aquí á un gran campo, donde nos juntamos infinidad de gente, brujos y brujas, y allí nos da de comer desabridamente, y pasan otras cosas, que en verdad, y en Dios y en mi ánima, que no me atrevo á contarlas segun son de sucias y asquerosas, y no quiero ofender tus castas orejas: hay opinion que no vamos á estos convites sino con la fantasía, en la cual nos representa el demonio las imágenes de todas aquellas cosas que despues contamos que nos han sucedido: otros dicen que no, sino que verdaderamente vamos en cuerpo y en ánima, y entrambas opiniones tengo para mí que son verdaderas, puesto que nosotras no sabemos cuándo vamos de una ó de otra manera; porque todo lo que nos pasa en la fantasía es tan intensamente, que no hay diferenciarlo de cuando vamos real y verdaderamente: algunas esperiencias desto han hecho los señores inquisidores con algunas de nosotras que han tenido presas, y pienso que han hallado ser verdad lo que digo.
»Quisiera yo, hijo, apartarme deste pecado, y para ello he hecho mis diligencias: héme acogido á ser hospitalera, curo á los pobres, y algunos se mueren que me dan á mí la vida con lo que me mandan, ó con lo que se les queda entre los remiendos, por el cuidado que yo tengo de espulgarlos los vestidos; rezo poco y en público, murmuro mucho y en secreto; vame mejor con ser hipócrita, que con ser pecadora declarada: las apariencias de mis buenas obras presentes van borrando en la memoria de los que me conocen las malas obras pasadas. En efeto, la santidad fingida no hace daño á ningun tercero, sino al que la usa. Mira, hijo Montiel, este consejo te doy, que seas bueno en todo cuanto pudieres, y si has de ser malo, procura no parecerlo en todo cuanto pudieres: bruja soy, no te lo niego, bruja y hechicera fué tu madre, que tampoco te lo puedo negar; pero las buenas apariencias de las dos podian acreditarnos en todo el mundo: tres dias ántes que muriese habíamos estado las dos en un valle de los montes Pirineos en una gran jira; y con todo eso, cuando murió fué con tal sosiego y reposo, que si no fueron algunos visajes que hizo un cuarto de hora ántes que rindiese el alma, no parecia sino que estaba en aquella cama como en un tálamo de flores: llevaba atravesados en el corazon sus dos hijos, y nunca quiso, aun en el artículo de la muerte, perdonar á la Camacha; tal era ella de entera y firme en sus cosas: yo le cerré los ojos, y fuí con ella hasta la sepultura: allí la dejé para no verla mas, aunque no tengo perdida la esperanza de verla ántes que muera, porque se ha dicho por el lugar que la han visto algunas personas andar por los cimenterios y encrucijadas en diferentes figuras, y quizá alguna vez la troparé yo, y le preguntaré si manda que haga alguna cosa en descargo de su conciencia.
»Cada cosa destas que la vieja me decia en alabanza de la que decia ser mi madre, era una lanzada que me atravesaba el corazon, y quisiera arremeter á ella y hacerla pedazos entre los dientes; y si lo dejé de hacer fué porque no le tomase la muerte en tan mal estado. Finalmente, me dijo que aquella noche pensaba untarse para ir á uno de sus usados convites, y que cuando allá estuviese pensaba preguntar á su dueño algo de lo que estaba por sucederme. Quisiérale yo preguntar qué unturas eran aquellas que decia, y parece que me leyó el deseo, pues respondió á mi intencion como si se lo hubiera preguntado, pues dijo:
»Este ungüento con que las brujas nos untamos, es compuesto de jugos de yerbas en todo estremo frios, y no es como dice el vulgo, hecho con la sangre de los niños que ahogamos. Aquí pudieras tambien preguntarme qué gusto ó provecho saca el demonio de hacernos matar las criaturas tiernas, pues sabe que estando bautizadas, como inocentes y sin pecado se van al cielo, y él recibe pena particular con cada alma cristiana que se le escapa: á lo que no te sabré responder otra cosa, sino lo que dice el refran; que tal hay que se quiebra dos ojos, porque su enemigo se quiebre uno, y por la pesadumbre que da á sus padres, matándoles los hijos, que es la mayor que se puede imaginar; y lo que mas le importa es hacer que nosotras cometamos á cada paso tan cruel y perverso pecado: y todo esto lo permite Dios por nuestros pecados, que sin su permision yo he visto por esperiencia que no puede ofender el diablo á una hormiga; y es tan verdad esto, que rogándole yo una vez que destruyese una viña de un mi enemigo, me respondió que ni aun tocar á una hoja della podia, porque Dios no queria; por lo cual podrás venir á entender, cuando seas hombre, que todas las desgracias que vienen á las gentes, á los reinos, á las ciudades y á los pueblos, las muertes repentinas, los naufragios, las caidas; en fin, todos los males que llaman de daño, vienen de la mano del Altísimo y de voluntad permitente: y los daños y males que llaman de culpa, vienen y se causan por nosotros mismos. Dios es impecable, de do se infiere que nosotros somos autores del pecado, formándole en la intencion, en la palabra y en la obra: todo permitiéndolo Dios por nuestros pecados, como ya he dicho. Dirás tú ahora, hijo, si es que acaso me entiendes, que ¿quién me hizo á mi teóloga? y aun quizá entre tí: ¡cuerpo de tal con la puta vieja! ¿por qué no deja de ser bruja, pues sabe tanto, y se vuelve á Dios, pues sabe que está mas pronto á perdonar pecados, que á permitirlos? Á esto te respondo como si me lo preguntaras, que la costumbre del vicio se vuelve en naturaleza, y este de ser brujas se convierte en sangre y carne, y en medio de su ardor, que es mucho, trae un frio que pone el alma tal, que la resfría y entorpece aun en la fe, de donde nace un olvido de sí misma, y ni se acuerda de los temores con que Dios la amenaza, ni de la gloria con que la convida; y en efeto, como es pecado de carne y de deleites, es fuerza que amortigüe todos los sentidos, y los embelese y absorte, sin dejarlos usar sus oficios como deben; y así quedando el alma inútil, floja y desmazalada, no puede levantar la consideracion siquiera á tener algun buen pensamiento; y así dejándose estar sumida en la profunda sima de su miseria, no quiere alzar la mano á la de Dios, que se la está dando por sola su misericordia, para que se levante: yo tengo una destas almas que te he pintado, todo lo veo y todo lo entiendo; y como el deleite me tiene echados grillos á la voluntad, siempre he sido y seré mala.
»Pero dejemos esto, y volvamos á lo de las unturas, y digo, que son tan frias, que nos privan de todos los sentidos en untándonos con ellas, y quedámos tendidas y desnudas en el suelo, y entónces dicen que en la fantasía pasamos todo aquello que nos parece pasar verdaderamente. Otras veces acabadas de untar, á nuestro parecer mudamos forma, y convertidas en gallos, lechuzas ó cuervos, vamos al lugar donde nuestro dueño nos espera, y allí cobramos nuestra primera forma, y gozamos de los deleites, que te dejo de decir por ser tales, que la memoria se escandaliza en acordarse dellos, y así la lengua huye de contarlos; y con todo esto soy bruja, y cubro con la capa de la hipocresía todas mis muchas faltas: verdad es que si algunos me estiman y honran por buena, no faltan muchos que me dicen no dos dedos del oido el nombre de las fiestas, que es el que nos imprimió la furia de un juez colérico, que en los tiempos pasados tuvo que ver conmigo y con tu madre, depositando su ira en las manos de un verdugo, que por no estar sobornado usó de toda su plena potestad y rigor con nuestras espaldas; pero esto ya pasó, y todas las cosas se pasan, las memorias se acaban, las vidas no vuelven, las lenguas se cansan, los sucesos nuevos hacen olvidar los pasados: hospitalera soy, buenas muestras doy de mi proceder, buenos ratos me dan mis unturas, no soy tan vieja que no pueda vivir un año, puesto que tengo setenta y cinco: y ya que no puedo ayunar por la edad, ni rezar por los vaguidos, andar romerías por la flaqueza de mis piernas, ni dar limosna porque soy pobre, ni pensar en bien porque soy amiga de murmurar, y para haberlo de hacer es forzoso pensarlo primero; así que siempre mis pensamientos han de ser malos: con todo esto, sé que Dios es bueno y misericordioso, y que él sabe lo que ha de ser de mí, y basta, y quédese aquí esta plática, que verdaderamente me entristece: ven, hijo, y verásme untar, que todos los duelos con pan son ménos: el buen dia meterle en casa, pues miéntras se rie, no se llora: quiero decir, que aunque los gustos que nos da el demonio son aparentes y falsos, todavía nos parecen gustos, y el deleite mucho mayor es imaginado, que gozado, aunque en los verdaderos gustos debe de ser al contrario.
»Levantóse en diciendo esta larga arenga, y tomando el candil, se entró en otro aposentillo mas estrecho: seguíla, combatido de mil varios pensamientos, y admirado de lo que habia oido y de lo que esperaba ver. Colgó la Cañizares el candil en la pared, y con mucha priesa se desnudó hasta la camisa, y sacando de un rincon una olla vidriada, metió en ella la mano, y murmurando entre dientes, se untó desde los piés á la cabeza, que tenia sin toca: ántes que se acabase de untar me dijo, que ora se quedase su cuerpo en aquel aposento sin sentido, ora desapareciese dél, que no me espantase, ni dejase de aguardar allí hasta la mañana, porque sabria las nuevas de lo que me quedaba por pasar hasta ser hombre. Díjele bajando la cabeza, que sí haria, y con esto acabó su untura, y se tendió en el suelo como muerta: llegué mi boca á la suya, y vi que no respiraba poco ni mucho.
»Una verdad te quiero confesar, Cipion amigo, que me dió gran temor verme encerrado en aquel estrecho aposento con aquella figura delante, la cual te la pintaré como mejor supiere. Ella era larga de mas de siete piés; toda era notomía de huesos, cubiertos con una piel negra, vellosa y curtida; con la barriga, que era de badana, se cubria las partes deshonestas, y aun le colgaba hasta la mitad de los muslos: las tetas semejaban dos vejigas de vaca secas y arrugadas, denegridos los labios, traspillados los dientes, la nariz corva y entablada, desencajados los ojos, la cabeza desgreñada, las mejillas chupadas, angosta la garganta y los pechos sumidos: finalmente, toda era flaca y endemoniada. Púseme despacio á mirarla, y apriesa comenzó á apoderarse de mí el miedo, considerando la mala vision de su cuerpo y la peor ocupacion de su alma: quise morderla por ver si volvia en sí, y no hallé parte en toda ella, que el asco no me lo estorbase; pero con todo eso, la así de un carcaño, y la saqué arrastrando al patio, mas ni por esto dió muestras de tener sentido. Allí con mirar el cielo y verme en parte ancha se me quitó el temor, á lo ménos se templó de manera, que tuve ánimo de esperar á ver en lo que paraba la ida y vuelta de aquella mala hembra, y lo que me contaba de mis sucesos. En esto me preguntaba yo á mí mismo: ¿quién hizo á esta mala vieja tan discreta y tan mala? ¿De dónde sabe ella cuáles son males de daño y cuáles de culpa? ¿Cómo entiende y habla tanto de Dios, y obra tanto del diablo? ¿Cómo peca tan de malicia, no escusándose con ignorancia?