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Part 39

Chapter 394,129 wordsPublic domain

CIPION. ¿Qué modo tenias para entrar con amo? porque segun lo que se usa, con gran dificultad el dia de hoy halla un hombre de bien señor á quien servir: muy diferentes son los señores de la tierra del Señor del cielo: aquellos para recebir un criado primero le espulgan el linaje, examinan la habilidad, le marcan la apostura, y aun quieren saber los vestidos que tiene; pero para entrar á servir á Dios, el mas pobre es mas rico, el mas humilde de mejor linaje, y con solo que se disponga con limpieza de corazon á querer servirle, luego le manda poner en el libro de sus gajes, señalándoselos tan aventajados, que de muchos y grandes apénas pueden caber en su deseo.

BERGANZA. Todo eso es predicar, Cipion amigo.

CIPION. Así me lo parece á mí, y así callo.

BERGANZA. Á lo que me preguntaste del órden que tenia para entrar con amo, digo que ya tú sabes que la humildad es la basa y fundamento de todas virtudes, y que sin ella no hay ninguna que lo sea: ella allana inconvenientes, vence dificultades, y es un medio que siempre á gloriosos fines nos conduce; de los enemigos hace amigos, templa la cólera de los airados y menoscaba la arrogancia de los soberbios: es madre de la modestia y hermana de la templanza: en fin, con ella no pueden atravesar triunfo que les sea de provecho los vicios; porque en su blandura y mansedumbre se embotan y despuntan las flechas de los pecados: desta pues me aprovechaba yo, cuando queria entrar á servir en alguna casa, habiendo primero considerado y mirado muy bien ser casa que pudiese mantener, y donde pudiese entrar un perro grande: luego arrimábame á la puerta, y cuando á mi parecer entraba algun forastero, le ladraba, y cuando venia el señor, bajaba la cabeza, y moviendo la cola me iba á él, y con la lengua le limpiaba los zapatos: si me echaban á palos, sufríalos, y con la misma mansedumbre volvia á hacer halagos al que me apaleaba, que ninguno segundaba, viendo mi porfía y mi noble término: desta manera á dos porfías me quedaba en casa: servia bien, queríanme luego bien, y nadie me despidió, sino era que yo me despidiese, ó por mejor decir, me fuese; y tal vez hallé amo, que este fuera el dia que yo estuviera en su casa, si la contraria suerte no me hubiera perseguido.

CIPION. De la misma manera que has contado, entraba yo con los amos que tuve, y parece que nos leimos los pensamientos.

BERGANZA. Como en esas cosas nos hemos encontrado, si no me engaño, y yo te las diré á su tiempo, como tengo prometido, y ahora escucha lo que me sucedió despues que dejé el ganado en poder de aquellos perdidos. Volvíme á Sevilla, como dije, que es amparo de pobres y refugio de desechados, que en su grandeza no solo caben los pequeños, pero no se echan de ver los grandes: arriméme á la puerta de una gran casa de un mercader, hice mis acostumbradas diligencias, y á pocos lances me quedé en ella: recebiéronme para tenerme atado detras de la puerta de dia, y suelto de noche: servia con gran cuidado y diligencia, ladraba á los forasteros y gruñia á los que no eran muy conocidos: no dormia de noche, visitando los corrales, subiendo á los terrados, hecho universal centinela de la mia y de las casas ajenas: agradóse tanto mi amo de mi buen servicio, que mandó que me tratasen bien, y me diesen racion de pan y los huesos que se levantasen ó arrojasen de su mesa, con las sobras de la cocina, á lo que yo me mostraba agradecido, dando infinitos saltos cuando veia á mi amo, especialmente cuando venia de fuera, que eran tantas las muestras de regocijo que daba, y tantos los saltos, que mi amo ordenó que me desatasen y me dejasen andar suelto de dia y de noche: como me vi suelto, corrí á él, rodeéle todo, sin osar llegarle con las manos, acordándome de la fábula de Esopo, cuando aquel asno tan asno, que quiso hacer á su señor las mismas caricias que le hacia una perrilla regalada suya, que le granjearon ser molido á palos: parecióme que en esta fábula se nos dió á entender que las gracias y donaires de algunos no están bien en otros: apode el truhan, juegue de manos y voltee el istrion, rebuzne el pícaro, imite el canto de los pájaros, y los diversos gestos y acciones de los animales y los hombres el hombre bajo que se hubiere dado á ello, y no lo quiera hacer el hombre principal, á quien ninguna habilidad destas le puede dar crédito ni nombre honroso.

CIPION. Basta; adelante, Berganza, que ya estás entendido.

BERGANZA. ¡Ojalá que como tú me entiendes, me entendiesen aquellos por quien lo digo! que no sé qué tengo de buen natural, que me pesa infinito cuando veo que un caballero se hace chocarrero y se precia que sabe jugar los cubiletes y las agallas, y que no hay quien como él sepa bailar la chacona: un caballero conozco yo que se alababa que á ruegos de un sacristan habia cortado de papel treinta y dos flores para poner en un monumento sobre paños negros, y destas cortaduras hizo tanto caudal, que así llevaba á sus amigos á verlas, como si los llevara á ver las banderas y despojos de enemigos, que sobre la sepultura de sus padres y abuelos estaban puestas. Este mercader pues tenia dos hijos, el uno de doce, y el otro de hasta catorce años, los cuales estudiaban gramática en el estudio de la Compañía de Jesus: iban con autoridad, con ayo y con pajes que les llevaban los libros, y aquel que llaman _vade mecum_: el verlos ir con tanto aparato, en sillas si hacia sol, en coche si llovia, me hizo considerar y reparar en la mucha llaneza con que su padre iba á la lonja á negociar sus negocios, porque no llevaba otro criado que un negro, y algunas veces se desmandaba á ir en un machuelo aun no bien aderezado.

CIPION. Has de saber, Berganza, que es costumbre y condicion de los mercaderes de Sevilla, y aun de las otras ciudades, mostrar su autoridad y riqueza, no en sus personas, sino en las de sus hijos; porque los mercaderes son mayores en su sombra que en sí mismos, y como ellos por maravilla atienden á otra cosa que á sus tratos y contratos, trátanse modestamente; y como la ambicion y la riqueza muere por manifestarse, revienta por sus hijos, y así los tratan y autorizan como si fuesen hijos de algun príncipe; y algunos hay que los procuran títulos, y ponerles en el pecho la marca que tanto distingue la gente principal de la plebeya.

BERGANZA. Ambicion es, pero ambicion generosa, la de aquel que pretende mejorar su estado sin perjuicio de tercero.

CIPION. Pocas ó ninguna vez se cumple con la ambicion, que no sea con daño de tercero.

BERGANZA. Ya hemos dicho que no hemos de murmurar.

CIPION. Sí, que yo no murmuro de nadie.

BERGANZA. Ahora acabo de confirmar por verdad lo que muchas veces he oido decir. Acaba un maldiciente murmurador de echar á perder diez linajes, y de calumniar veinte buenos, y si alguno le reprende por lo que ha dicho, responde que él no ha dicho nada, y que si ha dicho algo, no lo ha dicho por tanto, y que si pensara que alguno se habia de agraviar, no lo dijera: á la fe, Cipion, mucho ha de saber y muy sobre los estribos ha de andar el que quisiere sustentar dos horas de conversacion sin tocar los límites de la murmuracion; porque yo veo en mí, que con ser un animal como soy, á cuatro razones que digo, me acuden palabras á la lengua como mosquitos al vino, y todas maliciosas y murmurantes: por lo cual vuelvo á decir lo que otra vez he dicho, que el hacer y decir mal lo heredamos de nuestros primeros padres, y lo mamamos en la leche: vese claro en que apénas ha sacado el niño el brazo de las fajas, cuando levanta la mano con muestras de querer vengarse de quien á su parecer le ofende: y casi la primera palabra articulada que habla, es llamar puta á su ama ó á su madre.

CIPION. Así es verdad, y yo confieso mi yerro, y quiero que me le perdones, pues te he perdonado tantos: echemos pelillos á la mar (como dicen los muchachos), y no murmuremos de aquí adelante, y sigue tu cuento, que le dejaste en la autoridad con que los hijos del mercader tu amo iban al estudio de la Compañía de Jesus.

BERGANZA. Á él me encomiendo en todo acontecimiento; y aunque el dejar de murmurar lo tengo por dificultoso, pienso usar de un remedio, que oí decir que usaba un gran jurador, el cual arrepentido de su mala costumbre, cada vez que despues de su arrepentimiento juraba, se daba un pellizco en el brazo ó besaba la tierra en pena de su culpa; pero con todo esto juraba: así yo cada vez que fuere contra el precepto que me has dado de que no murmure, y contra la intencion que tengo de no murmurar, me morderé el pico de la lengua, de modo que me duela, y me acuerde de mi culpa para no volver á ella.

CIPION. Tal es ese remedio, que si usas dél, espero que te has de morder tantas veces, que has de quedar sin lengua, y así quedarás imposibilitado de murmurar.

BERGANZA. Á lo ménos yo haré de mi parte mis diligencias, y supla las faltas el cielo. Y así digo que los hijos de mi amo se dejaron un dia un cartapacio en el patio, donde yo á la sazon estaba; y como estaba enseñado á llevar la esportilla del jifero mi amo, así del _vade mecum_ y fuíme tras ellos con intencion de no soltalle hasta el estudio: sucedióme todo como lo deseaba, que mis amos que me vieron venir con el _vade mecum_ en la boca, asido sotilmente de las cintas, mandaron á un paje me le quitase; mas yo no lo consentí, ni le solté hasta que entré en el aula, cosa que causó risa á todos los estudiantes: lleguéme al mayor de mis amos, y á mi parecer con mucha crianza se le puse en las manos, y quedéme sentado en cuclillas á la puerta del aula, mirando de hito en hito al maestro que en la cátedra leia. No sé qué tiene la virtud, que con alcanzárseme á mí tan poco ó nada della, luego recebí gusto de ver el amor, el término, la solicitud y la industria con que aquellos benditos padres y maestros enseñaban á aquellos niños, enderezando las tiernas varas de su juventud, porque no torciesen ni tomasen mal siniestro en el camino de la virtud, que juntamente con las letras les mostraban: consideraba cómo los reñian con suavidad, los castigaban con misericordia, los animaban con ejemplos, los incitaban con premios, y los sobrellevaban con cordura; y finalmente, cómo les pintaban la fealdad y horror de los vicios, y les dibujaban la hermosura de las virtudes, para que aborrecidos ellos y amadas ellas consiguiesen el fin para que fueron criados.

CIPION. Muy bien dices, Berganza, porque yo he oido decir desa bendita gente, que para repúblicos del mundo no los hay tan prudentes en todo él, y para guiadores y adalides del camino del cielo, pocos les llegan: son espejos donde se mira la honestidad, la católica doctrina, la singular prudencia, y finalmente la humildad profunda, basa sobre quien se levanta todo el edificio de la bienaventuranza.

BERGANZA. Todo es así como lo dices. Y siguiendo mi historia, digo que mis amos gustaron de que les llevase siempre el _vade mecum_, lo que hice de muy buena voluntad, con lo cual tenia una vida de rey, y aun mejor, porque era descansada, á causa que los estudiantes dieron en burlarse conmigo, y domestiquéme con ellos de tal manera, que me metian la mano en la boca, y los mas chiquillos subian sobre mí: arrojaban los bonetes ó sombreros, y yo se los volvia á la mano limpiamente y con muestras de grande regocijo: dieron en darme de comer cuanto ellos podian, y gustaban de ver que cuando me daban nueces ó avellanas, las partia como mona, dejando las cáscaras y comiendo lo tierno: tal hubo, que por hacer prueba de mi habilidad, me trujo en un pañuelo gran cantidad de ensalada, la cual comí como si fuera persona. Era tiempo de invierno, cuando campean en Sevilla los molletes y mantequillas, de quien era tan bien servido, que mas de dos Antonios se empeñaron ó vendieron para que yo almorzase. Finalmente, yo pasaba una vida de estudiante sin hambre y sin sarna, que es lo mas que se puede encarecer para decir que era buena; porque si la sarna y la hambre no fuesen tan unas con los estudiantes, en las vidas no habria otra de mas gusto y pasatiempo, porque corren parejas en ella la virtud y el gusto, y se pasa la mocedad aprendiendo y holgándose: desta gloria y desta quietud me vino á quitar una señora, que á mi parecer llaman por ahí razon de estado, que cuando con ella se cumple se ha de descumplir con otras razones muchas. Es el caso, que aquellos señores maestros les pareció que la media hora que hay de licion, á licion, la ocupaban los estudiantes no en repasar las liciones, sino en holgarse conmigo; y así ordenaron á mis amos que no me llevasen mas al estudio: obedecieron, volviéronme á casa, y á la antigua guarda de la puerta, y sin acordarse el señor viejo de la merced que me habia hecho, de que de dia y de noche anduviese suelto, volví á entregar el cuello á la cadena y el cuerpo á una esterilla, que detras de la puerta me pusieron. ¡Ay, amigo Cipion, si supieses cuán dura cosa es de sufrir el pasar de un estado felice á un desdichado! Mira: cuando las miserias y desdichas tienen larga la corriente y son continuas, ó se acaban presto con la muerte, ó la continuacion dellas hace un hábito y costumbre en padecellas, que suele en su mayor rigor servir de alivio; mas cuando de la suerte desdichada y calamitosa, sin pensarlo y de improviso se sale á gozar de otra suerte próspera, venturosa y alegre, y de allí á poco se vuelve á padecer la suerte primera, y á los primeros trabajos y desdichas, es un dolor tan riguroso, que si no acaba la vida, es por atormentarla mas viviendo. Digo en fin, que volví á mi racion perruna, y á los huesos que una negra de casa me arrojaba, y aun estos me diezmaban dos gatos romanos, que como sueltos y lijeros, érales fácil quitarme lo que no caia debajo del distrito que alcanzaba mi cadena. Cipion hermano, así el cielo te conceda el bien que deseas, que sin que te enfades me dejes ahora filosofar un poco, porque si dejase de decir las cosas que en este instante me han venido á la memoria de aquellas que entónces me ocurrieron, me parece que no seria mi historia cabal ni de fruto alguno.

CIPION. Advierte, Berganza, no sea tentacion del demonio esa gana de filosofar que dices te ha venido; porque no tiene la murmuracion mejor velo para paliar y encubrir su maldad disoluta, que darse á entender el murmurador, que todo cuanto dice son sentencias de filósofos, y que el decir mal es reprension, y el descubrir los defectos ajenos buen celo, y no hay vida de ningun murmurante, que si la consideras y escudriñas, no la halles llena de vicios y de insolencias; y debajo de saber esto, filosofa ahora cuanto quisieres.

BERGANZA. Seguro puedes estar, Cipion, de que mas murmure, porque así lo tengo propuesto. Es pues el caso, que como me estaba todo el dia ocioso, y la ociosidad sea madre de los pensamientos, di en repasar por la memoria algunos latines que me quedaron en ella de muchos que oí cuando fuí con mis amos al estudio, con que á mi parecer me hallé algo mas mejorado de entendimiento, y determiné, como si hablar supiera, aprovecharme dellos en las ocasiones que se me ofreciesen; pero en manera diferente de la que se suelen aprovechar algunos ignorantes. Hay algunos romancistas que en las conversaciones disparan de cuando en cuando con algun latin breve y compendioso, dando á entender á los que no lo entienden, que son grandes latinos, y apénas saben declinar un nombre, ni conjugar un verbo.

CIPION. Por menor daño tengo ese que el que hacen los que verdaderamente saben latin, de los cuales hay algunos tan imprudentes, que hablando con un zapatero ó con un sastre, arrojan latines como agua.

BERGANZA. Deso podremos inferir que tanto peca el que dice latines delante de quien los ignora, como el que los dice ignorándolos.

CIPION. Pues otra cosa puedes advertir, y es que hay algunos que no les escusa el ser latinos, de ser asnos.

BERGANZA. Pues ¿quién lo duda? La razon está clara, pues cuando en tiempo de los romanos hablaban todos latin, como lengua materna suya, algun majadero habria entre ellos, á quien no escusaria el hablar latin dejar de ser necio.

CIPION. Para saber callar en romance y hablar en latin, discrecion es menester, hermano Berganza.

BERGANZA. Así es, porque tambien se puede decir una necedad en latin como en romance, y yo he visto letrados tontos y gramáticos pesados, y romancistas vareteados con sus listas de latin, que con mucha facilidad pueden enfadar al mundo, no una, sino muchas veces.

CIPION. Dejemos esto, y comienza á decir tus filosofías.

BERGANZA. Ya las he dicho: estas son que acabo de decir.

CIPION. ¿Cuáles?

BERGANZA. Estas de los latines y romances, que yo comencé y tú acabaste.

CIPION. ¿Al murmurar llamas filosofar? así va ello: canoniza, canoniza, Berganza, á la maldita plaga de la murmuracion, y dale el nombre que quisieres, que ella dará á nosotros el de cínicos, que quiere decir perros murmuradores; y por tu vida que calles ya, y sigas tu historia.

BERGANZA. ¿Cómo la tengo de seguir si callo?

CIPION. Quiero decir que la sigas de golpe, sin que la hagas que parezca pulpo, segun la vas añadiendo colas.

BERGANZA. Habla con propiedad, que no se llaman colas las del pulpo.

CIPION. Ese es el error que tuvo el que dijo que no era torpedad ni vicio nombrar las cosas por sus propios nombres, como si no fuese mejor, ya que sea forzoso nombrarlas, decirlas por circunloquios y rodeos, que templen la asquerosidad que causa el oirlas por sus mismos nombres: las honestas palabras dan indicio de la honestidad del que las pronuncia ó las escribe.

BERGANZA. Quiero creerte, y digo que no contenta mi fortuna de haberme quitado de mis estudios, y de la vida que en ellos pasaba tan regocijada y compuesta, y haberme puesto atraillado tras de una puerta, y de haber trocado la liberalidad de los estudiantes en la mezquindad de la negra, ordenó de sobresaltarme en lo que ya por quietud y descanso tenia: mira, Cipion, ten por cierto y averiguado, como yo lo tengo, que al desdichado las desdichas le buscan y le hallan, aunque se esconda en los últimos rincones de la tierra: dígolo porque la negra de casa estaba enamorada de un negro, asimismo esclavo de casa, el cual negro dormia en el zaguan que es entre la puerta de la calle y la de en medio, detras de la cual yo estaba, y no se podian juntar sino de noche, y para esto habian hurtado ó contrahecho las llaves; y así las mas de las noches bajaba la negra, y tapándome la boca con algun pedazo de carne ó queso, abria al negro con quien se daba buen tiempo, facilitándolo mi silencio, y á costa de muchas cosas que la negra hurtaba: algunos dias me estragaron la conciencia las dádivas de la negra, pareciéndome que sin ellas se me apretarian las ijadas, y daria de mastin en galgo; pero en efecto, llevado de mi buen natural, quise responder á lo que á mi amo debia, pues tiraba sus gajes y comia su pan, como lo deben hacer no solo los perros honrados, á quienes se les da renombre de agradecidos, sino todos aquellos que sirven.

CIPION. Esto sí, Berganza, quiero que pase por filosofía, porque son razones que consisten en buena verdad y en buen entendimiento; y adelante, y no hagas soga, por no decir cola, de tu historia.

BERGANZA. Primero te quiero rogar me digas, si es que lo sabes, qué quiere decir filosofía; que aunque yo la nombro, no sé lo que es; solo me doy á entender que es cosa buena.

CIPION. Con brevedad te lo diré. Este nombre se compone de dos nombres griegos, que son: _filos_ y _sofia_: _filos_ quiere decir amor, y _sofia_ la ciencia: así que _filosofía_ significa amor de la ciencia, y filósofo, amador de la ciencia.

BERGANZA. Mucho sabes, Cipion, ¿quién diablos te enseñó á tí nombres griegos?

CIPION. Verdaderamente, Berganza, que eres simple, pues desto haces caso; porque estas son cosas que las saben los niños de la escuela, y tambien hay quien presuma saber la lengua griega sin saberla, como la latina ignorándola.

BERGANZA. Eso es lo que yo digo, y quisiera que á estos tales los pusieran en una prensa, y á fuerza de vueltas les sacaran el jugo de lo que saben, porque no anduviesen engañando al mundo con el oropel de sus gregüescos rotos y sus latines falsos, como hacen los portugueses con los negros de Guinea.

CIPION. Ahora sí, Berganza, que te puedes morder la lengua, y tarazármela yo, porque todo cuanto decimos es murmurar.

BERGANZA. Sí, que no estoy obligado á hacer lo que he oido decir que hizo un llamado Corondas, tirio, el cual puso ley que ninguno entrase en el ayuntamiento de su ciudad con armas, so pena de la vida: descuidóse desto, y otro dia entró en el cabildo ceñida la espada: advirtiéronselo, y acordándose de la pena por él puesta, al momento desenvainó su espada, y se pasó con ella el pecho, y fué el primero que puso y quebrantó la ley, y pagó la pena. Lo que yo dije no fué poner ley, sino prometer que me morderia la lengua cuando murmurase; pero ahora no van las cosas por el tenor y rigor de las antiguas: hoy se hace una ley, y mañana se rompe, y quizá conviene que así sea: ahora promete uno de enmendarse de sus vicios, y de allí á un momento cae en otros mayores: una cosa es alabar la disciplina, y otra el darse con ella; y en efecto, del dicho al hecho hay gran trecho: muérdase el diablo, que yo no quiero morderme, ni hacer finezas detras de una estera, donde de nadie soy visto que pueda alabar mi honrosa determinacion.

CIPION. Segun eso, Berganza, si tú fueras persona, fueras hipócrita, y todas las obras que hicieras, fueran aparentes, fingidas y falsas, cubiertas con la capa de la virtud, solo por que te alabaran, como todos los hipócritas hacen.

BERGANZA. No sé lo que entónces hiciera: esto sé que quiero hacer ahora, que es no morderme, quedándome tantas cosas por decir, que no sé cómo ni cuándo podré acabarlas, y mas estando temeroso, que al salir del sol nos hemos de quedar á escuras, faltándonos la habla.

CIPION. Mejor lo hará el cielo, sigue tu historia, y no te desvíes del camino carretero con impertinentes digresiones; y así por larga que sea, la acabarás presto.

BERGANZA. Digo pues, que habiendo visto la insolencia, latrocinio y deshonestidad de los negros, determiné, como buen criado, estorbarlo por los mejores medios que pudiese, y pude tan bien, que salí con mi intento. Bajaba la negra, como has oido, á refocilarse con el negro, fiada en que me enmudecian los pedazos de carne, pan ó queso que me arrojaba: mucho pueden las dádivas, Cipion.

CIPION. Mucho: no te diviertas, pasa adelante.

BERGANZA. Acuérdome que cuando estudiaba oí decir al preceptor un refran latino, que ellos llaman adagio, que decia: _habet bovem in lingua_.

CIPION. ¡Oh! que en hora mala hayais encajado vuestro latin. ¿Tan presto se te ha olvidado lo que poco ha dijimos contra los que entremeten latines en las conversaciones de romances?

BERGANZA. Este latin viene aquí de molde: que has de saber que los atenienses usaban entre otras de una moneda sellada con la figura de un buey, y cuando algun juez dejaba de decir ó hacer lo que era razon y justicia por estar cohechado, decian: este tiene el buey en la lengua.

CIPION. La aplicacion falta.

BERGANZA. ¿No está bien clara, si las dádivas de la negra me tuvieron muchos dias mudo, que ni queria ni osaba ladrar cuando bajaba á verse con su negro enamorado? por lo que vuelvo á decir que pueden mucho las dádivas.

CIPION. Ya te he respondido que pueden mucho; y si no fuera por no hacer ahora una larga digresion, con mil ejemplos probara lo mucho que las dádivas pueden; mas quizá lo diré, si el cielo me concede tiempo, lugar y habla para contarte mi vida.