Part 38
--Pues hay en esto otra cosa, dijo el alférez, que como yo estaba tan atento y tenia delicado el juicio, delicada, sotil y desocupada la memoria (merced á las muchas pasas y almendras que habia comido), todo lo tomé de coro, y casi por las mismas palabras que habia oido, lo escribí otro dia, sin buscar colores retóricas para adornarlo, ni que añadir ni quitar, para hacerle gustoso. No fué una noche sola la plática, que fueron dos consecutivamente, aunque yo no tengo escrita mas de una, que es la vida de Berganza; y la del compañero Cipion pienso escribir (que fué la que se contó la noche segunda) cuando viere ó que esta se crea, ó á lo ménos no se desprecie: el coloquio traigo en el seno; púselo en forma de coloquio, por ahorrar de _dijo Cipion, respondió Berganza_, que suele alargar la escritura.
Y en diciendo esto, sacó del pecho un cartapacio, y le puso en las manos del licenciado, el cual le tomó riyéndose, y como haciendo burla de todo lo que habia oido, y de lo que pensaba leer.
--Yo me recuesto, dijo el alférez, en esta silla, en tanto que vuesa merced lee si quiere esos sueños ó disparates, que no tienen otra cosa de bueno, sino es el poderlos dejar cuando enfaden.
--Haga vuesa merced su gusto, dijo Peralta, que yo con brevedad me despediré desta letura.
Recostóse el alférez, abrió el licenciado el cartapacio, y en el principio vió que estaba puesto este título:
COLOQUIO QUE PASO ENTRE CIPION Y BERGANZA,
PERROS DEL HOSPITAL DE LA RESURRECCION,
QUE ESTÁ EN LA CIUDAD DE VALLADOLID, FUERA DE LA PUERTA DEL CAMPO, Á QUIEN COMUNMENTE LLAMAN LOS PERROS DE MAHUDES.
CIPION. Berganza amigo, dejemos esta noche el hospital en guarda de la confianza, y retirémonos á esta soledad y entre estas esteras, donde podremos gozar sin ser sentidos desta no vista merced que el cielo en un mismo punto á los dos nos ha hecho.
BERGANZA. Cipion hermano, óyote hablar, y sé que te hablo, y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de naturaleza.
CIPION. Así es la verdad, Berganza, y viene á ser mayor este milagro, en que no solamente hablamos, sino en que hablamos con discurso, como si fuéramos capaces de razon, estando tan sin ella, que la diferencia que hay del animal bruto al hombre, es ser el hombre animal racional, y el bruto irracional.
BERGANZA. Todo lo que dices, Cipion, entiendo, y el decirlo tú y entenderlo yo, me causa nueva admiracion y nueva maravilla; bien es verdad, que en el discurso de mi vida, diversas y muchas veces he oido decir grandes prerogativas nuestras, tanto que parece que algunos han querido sentir que tenemos un natural distinto, tan vivo y tan agudo en muchas cosas, que da indicios y señales de faltar poco para mostrar que tenemos un no sé qué de entendimiento, capaz de discurso.
CIPION. Lo que yo he oido alabar y encarecer, es nuestra mucha memoria, el agradecimiento y gran fidelidad nuestra, tanto que nos suelen pintar por símbolo de la amistad; y así habrás visto (si has mirado en ello) que en las sepulturas de alabastro, donde suelen estar las figuras de los que allí están enterrados, cuando son marido y mujer, ponen entre los dos, á los piés, una figura de perro, en señal que se guardaron en la vida amistad y fidelidad inviolable.
BERGANZA. Bien sé que ha habido perros tan agradecidos, que se han arrojado con los cuerpos difuntos de sus amos en la misma sepultura: otros han estado sobre las sepulturas donde estaban enterrados sus señores, sin apartarse dellas, sin comer hasta que se les acababa la vida: sé tambien que despues del elefante, el perro tiene el primer lugar de parecer que tiene entendimiento: luego el caballo, y el último la jimia.
CIPION. Ansí es; pero bien confesarás que ni has visto ni oido decir jamas que haya hablado ningun elefante, perro, caballo ó mona: por donde me doy á entender que este nuestro hablar tan de improviso, cae debajo del número de aquellas cosas que llaman portentos, las cuales cuando se muestran y parecen, tiene averiguado la esperiencia que alguna calamidad grande amenaza á las gentes.
BERGANZA. Desa manera no haré yo mucho en tener por señal portentosa lo que oí decir los dias pasados á un estudiante, pasando por Alcalá de Henáres.
CIPION. ¿Qué le oiste decir?
BERGANZA. Que de cinco mil estudiantes que cursaban aquel año en la universidad, los dos mil oian medicina.
CIPION. Pues ¿qué vienes á inferir deso?
BERGANZA. Infiero, ó que estos dos mil médicos han de tener enfermos que curar (que seria harta plaga y mala ventura), ó ellos se han de morir de hambre.
CIPION. Pero sea lo que fuere, nosotros hablamos, sea portento ó no, que lo que el cielo tiene ordenado que suceda, no hay diligencia ni sabiduría humana que lo pueda prevenir: y así no hay para qué ponernos á disputar nosotros cómo ó por qué hablamos: mejor será que este buen dia ó buena noche la metamos en nuestra casa, y pues la tenemos tan buena en estas esteras, y no sabemos cuánto durará esta nuestra ventura, sepamos aprovecharnos della, y hablemos toda esta noche, sin dar lugar al sueño que nos impida este gusto, de mí por largos tiempos deseado.
BERGANZA. Y aun de mí, que desde que tuve fuerzas para roer un hueso, tuve deseo de hablar para decir cosas que depositaba en la memoria, y allí de antiguas y muchas, ó se enmohecian, ó se me olvidaban; empero ahora, que tan sin pensarlo me veo enriquecido deste divino don de la habla, pienso gozarle y aprovecharme dél lo mas que pudiere, dándome priesa á decir todo aquello que se me acordare, aunque sea atropellada y confusamente, porque no sé cuándo me volverán á pedir este bien, que por prestado tengo.
CIPION. Sea esta la manera, Berganza amigo, que esta noche me cuentes tu vida, y los trances por donde has venido al punto en que ahora te hallas; y si mañana en la noche estuviéremos con habla, yo te contaré la mia, porque mejor será gastar el tiempo en contar las propias, que en procurar saber las ajenas vidas.
BERGANZA. Siempre, Cipion, te he tenido por discreto y por amigo, y ahora mas que nunca, pues como amigo quieres decirme tus sucesos y saber los mios, y como discreto has repartido el tiempo, donde podamos manifestallos; pero advierte primero, si nos oye alguno.
CIPION. Ninguno, á lo que creo, puesto que aquí cerca está un soldado tomando sudores; pero en esta sazon mas estará para dormir que para ponerse á escuchar á nadie.
BERGANZA. Pues si puedo hablar con ese seguro, escucha, y si te cansare lo que te fuere diciendo, ó me reprende, ó manda que calle.
CIPION. Habla hasta que amanezca, ó hasta que seamos sentidos, que yo te escucharé de muy buena gana, sin impedirte, sino cuando viere ser necesario.
BERGANZA. Paréceme que la primera vez que vi el sol, fué en Sevilla, y en su matadero, que está fuera de la puerta de la Carne; por donde imaginara (si no fuera por lo que despues diré) que mis padres debieron de ser alanos de aquellos que crian los ministros de aquella confusion, á quien llaman jiferos: el primero que conocí por amo, fué uno llamado Nicolas el Romo, mozo robusto, doblado y colérico, como lo son todos aquellos que ejercitan la jifería: este tal Nicolas me enseñaba á mí y á otros cachorros, á que en compañía de alanos viejos arremetiésemos á los toros, y les hiciésemos presa de las orejas: con mucha facilidad salí un águila en esto.
CIPION. No me maravillo, Berganza, que como el hacer mal viene de natural cosecha, fácilmente se aprende el hacerle.
BERGANZA. ¿Qué te diria, Cipion hermano, de lo que vi en aquel matadero, y de las cosas exorbitantes que en él pasan? Primero has de presuponer, que todos cuantos en él trabajan, desde el menor hasta el mayor, es gente ancha de conciencia, desalmada, sin temer al rey ni á su justicia: los mas, amancebados: son aves de rapiña carniceras: mantiénense ellos y sus amigas de lo que hurtan: todas las mañanas que son dias de carne, ántes que amanezca están en el matadero gran cantidad de mujercillas y muchachos, todos con talegas, que viniendo vacías, vuelven llenas de pedazos de carne, y las criadas con criadillas y lomos medio enteros: no hay res alguna que se mate, de quien no lleve esta gente diezmos y primicias de lo mas sabroso y bien parado; y como en Sevilla no hay obligado de la carne, cada uno puede traer la que quisiere, y la que primero se mata ó es la mejor, ó la de mas baja postura; y con este concierto hay siempre mucha abundancia: los dueños se encomiendan á esta buena gente que he dicho, no para que no les hurten (que esto es imposible), sino para que se moderen en las tajadas y socaliñas que hacen en las reses muertas, que las escamondan y podan, como si fuesen sauces ó parras; pero ninguna cosa me admiraba mas ni me parecia peor, que el ver que estos jiferos con la misma facilidad matan á un hombre, que á una vaca; por quítame allá esa paja, á dos por tres, meten un cuchillo de cachas amarillas por la barriga de una persona, como si acocotasen un toro: por maravilla se pasa dia sin pendencias y sin heridas, y á veces sin muertes: todos se pican de valientes, y aun tienen sus puntas de rufianes: no hay ninguno que no tenga su ángel de guarda en la plaza de San Francisco, granjeado con lomos y lenguas de vaca: finalmente, oí decir á un hombre discreto, que tres cosas tenia el rey por ganar en Sevilla: la calle de la Caza, la Costanilla y el Matadero.
CIPION. Si en contar las condiciones de los amos que has tenido y las faltas de sus oficios, te has de estar, amigo Berganza, tanto como esta vez, menester será pedir al cielo nos conceda la habla siquiera por un año, y aun temo que al paso que llevas, no llegarás á la mitad de tu historia: y quiérote advertir de una cosa, de la cual verás la esperiencia cuando te cuente los sucesos de mi vida; y es que los cuentos unos encierran y tienen la gracia en ellos mismos, otros en el modo de contarlos: quiero decir, que algunos hay, que aunque se cuenten sin preámbulos y ornamentos de palabras, dan contento; otros hay, que es menester vestirlos de palabras, y con demostraciones del rostro y de las manos, y con mudar la voz se hacen algo de nonada, y de flojos y desmayados se vuelven agudos y gustosos; y no se te olvide este advertimiento para aprovecharte dél en lo que te queda por decir.
BERGANZA. Yo lo haré así, si pudiere, y si me da lugar la grande tentacion que tengo de hablar, aunque me parece que con grandísima dificultad me podré ir á la mano.
CIPION. Véte á la lengua, que en ella consisten los mayores daños de la humana vida.
BERGANZA. Digo pues que mi amo me enseñó á llevar una espuerta en la boca, y á defenderla de quien quitármela quisiese: enseñóme tambien la casa de su amiga, y con esto se escusó la venida de su criada al matadero, porque yo le llevaba las madrugadas lo que él habia hurtado las noches: y un dia, que entre dos luces iba yo diligente á llevarle la porcion, oí que me llamaban por mi nombre desde una ventana; alcé los ojos, y vi una moza hermosa en estremo; detúveme un poco, y ella bajó á la puerta de la calle, y me tornó á llamar: lleguéme á ella como si fuera á ver lo que me queria, que no fué otra cosa que quitarme lo que llevaba en la cesta, y ponerme en su lugar un chapin viejo: entónces dije entre mí: la carne se ha ido á la carne. Díjome la moza en habiéndome quitado la carne: Andad, Gavilan, ó como os llamais, y decid á Nicolas el Romo, vuestro amo, que no se fie de animales, y que del lobo un pelo, y ese de la espuerta. Bien pudiera yo volver á quitar lo que me quitó, pero no quise, por no poner mi boca jifera y sucia en aquellas manos limpias y blancas.
CIPION. Hiciste muy bien, por ser prerogativa de la hermosura, que siempre se le tenga respeto.
BERGANZA. Así lo hice yo, y así me volví á mi amo sin la porcion, y con el chapin: parecióle que volví presto, vió el chapin, imaginó la burla, sacó uno de cachas, y tiróme una puñalada, que á no desviarme, nunca tú oyeras ahora este cuento, ni aun otros muchos que pienso contarte. Puse piés en polvorosa, y tomando el camino en las manos y en los piés por detras de San Bernardo, me fuí por aquellos campos de Dios, adonde la fortuna quisiese llevarme. Aquella noche dormí al cielo abierto, y otro dia me deparó la suerte un hato ó rebaño de ovejas y carneros: así como le vi, creí que habia hallado en él el centro del reposo, pareciéndome ser propio y natural oficio de los perros guardar ganado, que es obra donde se encierra una virtud grande, como es amparar y defender de los poderosos y soberbios los humildes y los que poco pueden. Apénas me hubo visto uno de tres pastores que el ganado guardaban, cuando diciendo, to to, me llamó, y yo, que otra cosa no deseaba, me llegué á él, bajando la cabeza y meneando la cola: trújome la mano por el lomo, abrióme la boca, escupióme en ella, miróme las presas, conoció mi edad, y dijo á otros pastores, que yo tenia todas las señales de ser perro de casta. Llegó á este instante el señor del ganado sobre una yegua rucia á la gineta, con lanza y adarga, que mas parecia atajador de la costa, que señor de ganado: preguntó al pastor: ¿Qué perro es este, que tiene señales de ser bueno? Bien lo puede vuesa merced creer, respondió el pastor, que yo le he cotejado bien, y no hay señal en él que no muestre y prometa que ha de ser un gran perro: agora se llegó aquí, y no sé cúyo sea, aunque sé que no es de los rebaños de la redonda. Pues así es, respondió el señor, ponle luego el collar de Leoncillo, el perro que se murió, y denle la racion que á los demas, y acaríciale todo cuanto pudieres, porque tome cariño al hato, y se quede de hoy adelante en él. En diciendo esto se fué, y el pastor me puso luego al cuello unas carlancas llenas de puntas de acero, habiéndome dado primero en un dornajo gran cantidad de sopas en leche, y asimismo me puso nombre, y me llamó Barcino. Vime harto y contento con el segundo amo, y con el nuevo oficio: mostréme solícito y diligente en la guarda del rebaño, sin apartarme dél sino las siestas que me iba á pasarlas ó ya á la sombra de algun árbol, ó de algun ribazo, ó peña, ó á la de alguna mata, ó á la márgen de algun arroyo de los muchos que por allí corrian; y estas horas de mi sosiego no las pasaba ociosas, porque en ellas ocupaba la memoria en acordarme de muchas cosas, especialmente en la vida que habia tenido en el matadero, y en la que tenia mi amo, y todos los que como él están sujetos á cumplir los gustos impertinentes de sus amigas: ¡oh qué de cosas te pudiera decir ahora, de las que aprendí en la escuela de aquella jifera dama de mi amo! pero habrélas de callar, porque no me tengas por largo y por murmurador.
CIPION. Por haber oido decir que dijo un gran poeta de los antiguos, que era difícil cosa el escribir sátiras, consentiré que murmures un poco de luz y no de sangre; quiero decir, que señales, y no hieras ni des mate á ninguno en cosa señalada: que no es buena la murmuracion, aunque haga reir mucho, si mata á uno; y si puedes agradar sin ella, te tendré por muy discreto.
BERGANZA. Yo tomaré tu consejo y esperaré con gran deseo que llegue el tiempo en que me cuentes tus sucesos; que de quien tan bien sabe conocer y enmendar los defectos que tengo en contar los mios, bien se puede esperar que contará los suyos de manera que enseñen y deleiten á un mismo punto. Pero anudando el roto hilo de mi cuento, digo, que en aquel silencio y soledad de mis siestas, entre otras cosas consideraba que no debia de ser verdad lo que habia oido contar de la vida de los pastores, á lo ménos de aquellos que la dama de mi amo leia en unos libros cuando yo iba á su casa, que todos trataban de pastores y pastoras, diciendo que se les pasaba toda la vida cantando y tañendo con gaitas, zampoñas, rabeles y churumbelas, y con otros instrumentos estraordinarios: deteníame á oirla leer, y leia cómo el pastor de Anfriso cantaba estremada y divinamente, alabando á la sin par Belisarda, sin haber en todos los montes de Arcadia árbol en cuyo tronco no se hubiese sentado á cantar desde que salia el sol en los brazos de la Aurora, hasta que se ponia en los de Tétis; y aun despues de haber tendido la negra noche por la faz de la tierra sus negras y escuras alas, él no cesaba de sus bien cantadas y mejor lloradas quejas: no se le quedaba entre renglones el pastor Elicio, mas enamorado que atrevido, de quien decia que sin atender á sus amores ni á su ganado, se entraba en los cuidados ajenos: decia tambien que el gran pastor de Fílida, único pintor de un retrato, habia sido mas confiado que dichoso: de los desmayos de Sireno y arrepentimiento de Diana, decia que daba gracias á Dios y á la sabia Felicia, que con su agua encantada deshizo aquella máquina de enredos, y aclaró aquel laberinto de dificultades: acordábame de otros muchos libros que de este jaez le habia oido leer, pero no eran dignos de traerlos á la memoria.
CIPION. Aprovechándote vas, Berganza, de mi aviso; murmura, pica, y pasa, y sea tu intencion limpia, aunque la lengua no lo parezca.
BERGANZA. En estas materias nunca tropieza la lengua, si no cae primero la intencion; pero si acaso por descuido ó por malicia murmurare, responderé á quien me reprendiere, lo que respondió Mauleon, poeta tonto, y académico de burla de la academia de los Imitadores, á uno que le preguntó qué queria decir _Deum de Deo_, y respondió que: dé donde diere.
CIPION. Esta fué respuesta de un simple; pero tú, si eres discreto ó lo quieres ser, nunca has de decir cosa de que debas dar disculpa: dí adelante.
BERGANZA. Digo que todos los pensamientos que he dicho, y muchos mas, me causaron ver los diferentes tratos y ejercicios que mis pastores y todos los demas de aquella marina tenian, de aquellos que habia oido leer que tenian los pastores de los libros; porque si los mios cantaban, no eran canciones acordadas y bien compuestas, sino un _cata el lobo, do va Juanica_, y otras cosas semejantes, y esto no al son de churumbelas, rabeles ó gaitas, sino al que hacia el dar un cayado con otro ó al de algunas tejuelas puestas entre los dedos, y no con voces delicadas, sonoras y admirables, sino con voces roncas, que solas ó juntas parecia, no que cantaban, sino que gritaban ó gruñian: lo mas del dia se les pasaba espulgándose ó remendándose sus abarcas: ni entre ellos se nombraban Amarilis, Fílidas, Galateas y Dianas, ni habia Lisardos, Lausos, Jacintos ni Riselos; todos eran Antones, Domingos, Pablos ó Llorentes; por donde vine á entender lo que pienso que deben de creer todos, que todos aquellos libros son cosas soñadas y bien escritas para entretenimiento de los ociosos, y no verdad alguna: que á serlo, entre mis pastores hubiera alguna reliquia de aquella felicísima vida y de aquellos amenos prados, espaciosas selvas, sagrados montes, hermosos jardines, arroyos claros y cristalinas fuentes, y de aquellos tan honestos cuanto bien declarados requiebros, y de aquel desmayarse aquí el pastor, allí la pastora, acullá resonar la zampoña del uno, acá el caramillo del otro.
CIPION. Basta, Berganza, vuelve á tu senda, y camina.
BERGANZA. Agradézcotelo, Cipion amigo, porque si no me avisaras, de manera se me iba calentando la boca, que no parara hasta pintarte un libro entero, destos que me tenian engañado; pero tiempo vendrá en que lo diga todo con mejores razones y con mejor discurso que ahora.
CIPION. Mírate á los piés, y desharás la rueda, Berganza: quiero decir que mires que eres un animal que carece de razon, y si ahora muestras tener alguna, ya hemos averiguado entre los dos ser cosa sobrenatural y jamas vista.
BERGANZA. Eso fuera así, si yo estuviera en mi primera ignorancia; mas ahora que me ha venido á la memoria lo que te habia de haber dicho al principio de nuestra plática, no solo no me maravillo de lo que hablo, pero espántome de lo que dejo de hablar.
CIPION. Pues ahora ¿no puedes decir lo que ahora se te acuerda?
BERGANZA. Es una cierta historia que me pasó con una grande hechicera, discípula de la Camacha de Montilla.
CIPION. Digo que me la cuentes ántes que pases mas adelante en el cuento de tu vida.
BERGANZA. Eso no haré yo por cierto hasta su tiempo; ten paciencia, y escucha por su órden mis sucesos que así te darán mas gusto, si ya no te fatiga querer saber los medios ántes de los principios.
CIPION. Sé breve, y cuenta lo que quisieres y como quisieres.
BERGANZA. Digo pues, que yo me hallaba bien con el oficio de guardar ganado, por parecerme que comia el pan de mi sudor y trabajo, y que la ociosidad, raíz y madre de todos los vicios, no tenia que ver conmigo, á causa que si los dias holgaba, las noches no dormia, dándonos asaltos á menudo, y tocándonos al arma los lobos; y apénas me habian dicho los pastores, al lobo, Barcino, cuando acudia primero que los otros perros á la parte que me señalaban que estaba el lobo: corria los valles, escudriñaba los montes, desentrañaba las selvas, saltaba barrancos, cruzaba caminos, y á la mañana volvia al hato, sin haber hallado lobo ni rastro dél, anhelando, cansado, hecho pedazos y los piés abiertos de los garranchos, y hallaba en el hato, ó ya una oveja muerta, ó un carnero degollado y medio comido del lobo: desesperábame de ver de cuán poco servia mi mucho cuidado y diligencia; venia el señor del ganado, salian los pastores á recebirle con las pieles de la res muerta: culpaba á los pastores por negligentes, y mandaba castigar á los perros por perezosos: llovian sobre nosotros palos, y sobre ellos reprensiones; y así viéndome un dia castigado sin culpa, y que mi cuidado, lijereza y braveza no eran de provecho para coger el lobo, determiné de mudar estilo, no desviándome á buscarle, como tenia de costumbre, léjos del rebaño, sino estarme junto á él, que pues el lobo allí venia, allí seria mas cierta la presa: cada semana nos tocaban á rebato, y en una escurísima noche tuve yo vista para ver los lobos, de quien era imposible que el ganado se guardase: agachéme detras de una mata, pasaron los perros mis compañeros adelante, y desde allí oteé y vi que dos pastores asieron de un carnero de los mejores del aprisco, y le mataron de manera que verdaderamente pareció á la mañana que habia sido su verdugo el lobo: pasméme, quedé suspenso cuando vi que los pastores eran los lobos, y que despedazaban el ganado los mismos que le habian de guardar. Al punto hacian saber á su amo la presa del lobo, dábanle el pellejo y parte de la carne, y comíanse ellos lo mas y lo mejor: volvia á reñirles el señor, y volvia tambien el castigo de los perros: no habia lobos, menguaba el rebaño: quisiera yo descubrillo, hallábame mudo: todo lo cual me traia lleno de admiracion y de congoja: ¡Válame Dios! decia entre mí, ¿quién podrá remediar esta maldad? ¿quién será poderoso á dar á entender que la defensa ofende, que las centinelas duermen, que la confianza roba, y que el que os guarda os mata?
CIPION. Y deciais muy bien, Berganza, porque no hay mayor ni mas sutil ladron que el doméstico, y así mueren muchos mas de los confiados que de los recatados; pero el daño está en que es imposible que puedan pasar bien las gentes en el mundo, si no se fia y se confía; mas quédese aquí esto, que no quiero que parezcamos predicadores: pasa adelante.
BERGANZA. Paso adelante, y digo que determiné dejar aquel oficio, aunque parecia tan bueno, y escoger otro, donde por hacerle bien, ya que no fuese remunerado, no fuese castigado: volvíme á Sevilla, y entré á servir á un mercader muy rico.