Novelas ejemplares

Part 26

Chapter 264,246 wordsPublic domain

--Predicador te has vuelto, dijo el de Sevilla, y segun llevas la retahila, no acabarás tan presto, y yo no te puedo aguardar; y esta noche no vayas á posar donde sueles, sino en la posada del Sevillano, porque verás en ella la mas hermosa fregona que se sabe: Marinilla la de la venta Tejada es asco en su comparacion; no te digo mas sino que hay fama que el hijo del corregidor bebe los vientos por ella: uno desos mis amos que allá van, jura que al volver que vuelva al Andalucía, se ha de estar dos meses en Toledo y en la misma posada solo por hartarse de mirarla: ya le dejo yo en señal un pellizco, y me llevo en contracambio un gran torniscon; es dura como un mármol y zahareña como villana de Sayago, y áspera como una ortiga; pero tiene una cara de pascua y un rostro de buen año: en una mejilla tiene el sol y en la otra la luna; la una es hecha de rosas y la otra de claveles, y en entrambas hay tambien azucenas y jazmines; no te digo mas sino que la veas, y verás que no te he dicho nada, segun lo que te pudiera decir acerca de su hermosura: en las dos mulas rucias que sabes que tengo mias, la dotara de buena gana, si me la quisieran dar por mujer; pero yo sé que no me la darán, que es joya para un arcipreste ó para un conde; y otra vez torno á decir que allá lo verás, y adios, que me mudo.

Con esto se despidieron los dos mozos de mulas, cuya plática y conversacion dejó mudos á los dos amigos que escuchado la habian, especialmente Avendaño, en quien la simple relacion que el mozo de mulas habia hecho de la hermosura de la fregona, despertó en él un intenso deseo de verla: tambien le despertó en Carriazo; pero no de manera que no desease mas llegar á sus almadrabas, que detenerse á ver las pirámides de Egipto, ó otra de las siete maravillas, ó todas juntas.

En repetir las palabras de los mozos y en remedar y contrahacer el modo y los ademanes con que las decian, entretuvieron el camino hasta Toledo, y luego siendo la guia Carriazo, que ya otra vez habia estado en aquella ciudad, bajando por la Sangre de Cristo, dieron con la posada del Sevillano; pero no se atrevieron á pedirla allí, porque su traje no lo pedia.

Era ya anochecido, y aunque Carriazo importunaba á Avendaño que fuesen á otra parte á buscar posada, no le pudo quitar de la puerta de la del Sevillano, esperando si acaso parecia la tan celebrada fregona. Entrábase la noche, y la fregona no salia: desesperábase Carriazo, y Avendaño se estaba quedo, el cual por salir con su intencion, con escusa de preguntar por unos caballeros de Búrgos que iban á la ciudad de Sevilla, se entró hasta el patio de la posada, y apénas hubo entrado, cuando de una sala que en el patio estaba vió salir una moza, al parecer de quince años poco mas ó ménos, vestida como labradora, con una vela encendida en un candelero. No puso Avendaño los ojos en el vestido y traje de la moza, sino en su rostro, que le parecia ver en él los que suelen pintar de los ángeles: quedó suspenso y atónito de su hermosura, y no acertó á preguntarle nada: tal era su suspension y embelesamiento. La moza, viendo aquel hombre delante de sí, le dijo:

--¿Qué busca, hermano? ¿Es por ventura criado de alguno de los huéspedes de casa?

--No soy criado de ninguno, sino vuestro, respondió Avendaño todo lleno de turbacion y sobresalto.

La moza, que de aquel modo le vió responder, dijo:

--Vaya, hermano, norabuena, que las que servimos no hemos menester criados.

Y llamando á su señor, le dijo:

--Mire, señor, lo que busca este mancebo.

Salió su amo, y preguntóle qué buscaba. Él respondió que á unos caballeros de Búrgos que iban á Sevilla, uno de los cuales era su señor, el cual le habia enviado delante por Alcalá de Henáres, donde habia de hacer un negocio que les importaba, y que junto con esto le mandó que se viniese á Toledo y le esperase en la posada del Sevillano, donde vendria á apearse, y que pensaba que llegaria aquella noche ó otro dia á mas tardar. Tan buen color dió Avendaño á su mentira, que á la cuenta del huésped pasó por verdad, pues le dijo:

--Quédese, amigo, en la posada, que aquí podrá esperar á su señor hasta que venga.

--Muchas mercedes, señor huésped, respondió Avendaño, y mande vuesa merced que se me dé un aposento para mí y un compañero que viene conmigo, que está allí fuera, que dinero traemos para pagarlo tan bien como otro.

--En buen hora, respondió el huésped.

Y volviéndose á la moza, dijo:

--Costancica, dí á la Argüello que lleve á estos dos galanes al aposento del rincon, y que les eche sábanas limpias.

--Sí haré, señor, respondió Costanza, que así se llamaba la doncella.

Y haciendo una reverencia á su amo, se les quitó delante, cuya ausencia fué para Avendaño lo que suele ser al caminante ponerse el sol y sobrevenir la noche lóbrega y escura: con todo esto salió á dar cuenta á Carriazo de lo que habia visto y de lo que dejaba negociado. El cual por mil señales conoció cómo su amigo venia herido de la amorosa pestilencia; pero no le quiso decir nada por entónces, hasta ver si lo merecia la causa de quien nacian las estraordinarias alabanzas y grandes hipérboles con que la belleza de Costanza sobre los mismos cielos levantaba.

Entraron en fin en la posada, y la Argüello, que era una mujer de hasta cuarenta y cinco años, superintendente de las camas y aderezo de los aposentos, los llevó á uno que ni era de caballeros ni de criados, sino de gente que podia hacer medio entre los dos estremos. Pidieron de cenar, respondióles la Argüello que en aquella posada no daban de comer á nadie, puesto que guisaban y aderezaban lo que los huéspedes traian de fuera comprado; pero que bodegones y casas de estado habia cerca, donde sin escrúpulo de conciencia podian ir á cenar lo que quisiesen. Tomaron los dos el consejo de la Argüello, y dieron con sus cuerpos en un bodegon, donde Carriazo cenó lo que le dieron, y Avendaño lo que con él llevaba, que fueron pensamientos y imaginaciones.

Lo poco ó nada que Avendaño comia admiraba á Carriazo. Por enterarse del todo de los pensamientos de su amigo, al volverse á la posada, le dijo:

--Conviene que mañana madruguemos, porque ántes que entre la calor estemos ya en Orgaz.

--No estoy en eso, respondió Avendaño, porque pienso, ántes que desta ciudad me parta, ver lo que dicen que hay famoso en ella, como es el Sagrario, el artificio de Juanelo, las vistillas de San Agustin, la huerta del Rey y la Vega.

--Norabuena, respondió Carriazo, eso en dos dias se podrá ver.

--En verdad que lo he de tomar despacio, que no vamos á Roma á alcanzar alguna vacante.

--Ta, ta, replicó Carriazo, á mí me maten, amigo, si no estais vos con mas deseo de quedaros en Toledo que de seguir nuestra comenzada romería.

--Así es la verdad, respondió Avendaño, y aun tan imposible será apartarme de ver el rostro desta doncella, como no es posible ir al cielo sin buenas obras.

--¡Gallardo encarecimiento, dijo Carriazo, y determinacion digna de un tan generoso pecho como el vuestro! ¡Bien cuadra un D. Tomas de Avendaño, hijo de D. Juan de Avendaño, caballero lo que es bueno, rico lo que basta, mozo lo que alegra, discreto lo que admira, con enamorado y perdido por una fregona que sirve en el meson del Sevillano!

--Lo mismo me parece á mí que es, respondió Avendaño, considerar un D. Diego de Carriazo, hijo del mismo, caballero del hábito de Alcántara el padre, y el hijo á pique de heredarle con su mayorazgo, no ménos gentil en el cuerpo que en el ánimo, y con todos estos generosos atributos verle enamorado, ¿de quién, si pensais? ¿De la reina Ginebra? no por cierto, sino de la almadraba de Zahara, que es mas fea á lo que creo que un miedo de Santo Anton.

--Pata es la traviesa, amigo, respondió Carriazo, por los filos que te herí me has muerto, quédese aquí nuestra pendencia, y vamos á dormir, y amanecerá Dios y medraremos.

--Mira, Carriazo, hasta ahora no has visto á Costanza; en viéndola te doy licencia para que me digas todas las injurias ó reprensiones que quisieres.

--Ya sé yo en qué ha de parar esto, dijo Carriazo.

--¿En qué? replicó Avendaño.

--En que yo me iré con mi almadraba, y tú te quedarás con tu fregona, dijo Carriazo.

--No seré yo tan venturoso, dijo Avendaño.

--Ni yo tan necio, respondió Carriazo, que por seguir tu mal gusto deje de conseguir el bueno mio.

--En estas pláticas llegaron á la posada, y aun se las pasó en otras semejantes la mitad de la noche; y habiendo dormido á su parecer poco mas de una hora, los despertó el son de muchas chirimías que en la calle sonaban. Sentáronse en la cama, y estuvieron atentos, y dijo Carriazo:

--Apostaré que es ya de dia, y que debe hacerse alguna fiesta en un monasterio de Nuestra Señora del Cármen que está aquí cerca, y por eso tocan estas chirimías.

--No es eso, respondió Avendaño, porque no ha tanto que dormimos que pueda ser ya de dia.

Estando en esto sintieron llamar á la puerta de su aposento, y preguntando quién llamaba, respondieron de fuera, diciendo:

--Mancebos, si quereis oir una brava música, levantáos y asomáos á una reja que sale á la calle, que está en aquella sala frontera, que no hay nadie en ella.

Levantáronse los dos, y cuando abrieron no hallaron persona ni supieron quién les habia dado el aviso; mas porque oyeron el son de una arpa, creyeron ser verdad la música, y así en camisa como se hallaron, se fueron á la sala donde ya estaban otros tres ó cuatro huéspedes puestos á las rejas; hallaron lugar, y de allí á poco, al son de la arpa y de una vihuela, con maravillosa voz oyeron cantar este soneto, que no se le pasó de la memoria á Avendaño.

Raro humilde sugeto, que levantas Á tan escelsa cumbre la belleza, Que en ella se escedió naturaleza Á sí misma, y al cielo la adelantas.

Si hablas, ó si ries, ó si cantas, Si muestras mansedumbre ó aspereza (Efeto solo de tu gentileza) Las potencias del alma nos encantas:

Para que pueda ser mas conocida La sin par hermosura que contienes, Y la alta honestidad de que blasonas,

Deja el servir, pues debes ser servida De cuantos ven tus manos, y tus sienes Resplandecer con cetros y coronas.

No fué menester que nadie les dijese á los dos que aquella música se daba por Costanza, pues bien claro lo habia descubierto el soneto, que sonó de tal manera en los oidos de Avendaño, que diera por bien empleado por no haberle oido haber nacido sordo y estarlo todos los dias de la vida que le quedaba, á causa que desde aquel punto la comenzó á tener tan mala, como quien se halló traspasado el corazon de la rigurosa lanza de los celos, y era lo peor que no sabia de quién debia ó podia tenerlos. Pero presto le sacó deste cuidado uno de los que á la reja estaban, diciendo:

--¡Que tan simple sea este hijo del corregidor, que se ande dando músicas á una fregona! Verdad es que ella es de las mas hermosas muchachas que yo he visto, y he visto muchas, mas no por esto habia de solicitarla con tanta publicidad.

Á lo cual añadió otro de los de la reja:

--Pues en verdad que he oido yo decir por cosa muy cierta que así hace ella cuenta dél, como si no fuese nadie: apostaré que se está ella agora durmiendo á sueño suelto detras de la cama de su ama, donde dicen que duerme, sin acordársele de músicas ni canciones.

--Así es la verdad, replicó el otro, porque es la mas honesta doncella que se sabe, y es maravilla que con estar en esta casa de tanto tráfago, y donde hay cada dia gente nueva, y andar por todos los aposentos, no se sabe della el menor desman del mundo.

Con esto que oyó Avendaño tornó á revivir y á cobrar aliento para poder escuchar otras muchas cosas que al son de diversos instrumentos los músicos cantaron, todas encaminadas á Costanza, la cual, como dijo el huésped, se estaba durmiendo sin ningun cuidado.

Por venir el dia se fueron los músicos, despidiéndose con las chirimías. Avendaño y Carriazo se volvieron á su aposento, donde durmió el que pudo hasta la mañana. La cual venida, se levantaron los dos, entrambos con deseo de ver á Costanza; pero el deseo del uno era deseo curioso, y el del otro deseo enamorado. Pero á entrambos se los cumplió Costanza, saliendo de la sala de su amo tan hermosa, que á los dos les pareció que todas cuantas alabanzas le habia dado el mozo de mulas, eran cortas y de ningun encarecimiento.

Su vestido era una saya y corpiños de paño verde, con unos ribetes del mismo paño. Los corpiños eran bajos, pero la camisa alta, plegado el cuello con un cabezon labrado de seda negra, puesta una gargantilla de estrellas de azabache sobre un pedazo de una coluna de alabastro, que no era ménos blanca su garganta: ceñida con un cordon de S. Francisco, y de una cinta pendiente al lado derecho un gran manojo de llaves: no traia chinelas, sino zapatos de dos suelas, colorados, con unas calzas que no se le parecian, sino cuanto por un perfil mostraban tambien ser coloradas: traia trenzados los cabellos con unas cintas blancas de hiladillo, pero tan largo el trenzado, que por las espaldas le pasaba de la cintura: el color salia de castaño, y tocaba en rubio; pero al parecer tan limpio, tan igual y tan peinado, que ninguno, aunque fuera de hebras de oro, se le pudiera comparar: pendíanle de las orejas dos calabacillas de vidrio que parecian perlas; los mismos cabellos le servian de garbin y de tocas.

Cuando salió de la sala, se persignó y santiguó, y con mucha devocion y sosiego hizo una profunda reverencia á una imágen de nuestra Señora que en una de las paredes del patio estaba colgada; y alzando los ojos vió á los dos que mirándola estaban, y apénas los hubo visto, cuando se retiró y volvió á entrar en la sala, desde la cual dió voces á la Argüello, que se levantase.

Resta ahora por decir qué es lo que le pareció á Carriazo de la hermosura de Costanza, que de lo que le pareció á Avendaño, ya está dicho, cuando la vió la vez primera. No digo mas sino que á Carriazo le pareció tan bien como á su compañero; pero enamoróle mucho ménos, y tan ménos, que quisiera no anochecer en la posada, sino partirse luego para sus almadrabas.

En esto á las voces de Costanza salió á los corredores la Argüello, con otras dos mocetonas tambien criadas de casa, de quien se dice que eran gallegas, y el haber tantas lo requeria la mucha gente que acude á la posada del Sevillano, que es una de las mejores y mas frecuentadas que hay en Toledo. Acudieron tambien los mozos de los huéspedes á pedir cebada: salió el huésped de casa á dársela, maldiciendo á sus mozas, que por ellas se le habia ido un mozo que la solia dar con muy buena cuenta y razon, sin que le hubiese hecho ménos á su parecer un solo grano. Avendaño que oyó esto, dijo:

--No se fatigue, señor huésped, déme el libro de la cuenta, que los dias que hubiere de estar aquí yo la tendré tan buena en dar la cebada y paja que pidieren, que no eche ménos al mozo que dice que se le ha ido.

--En verdad que os lo agradezco, mancebo, respondió el huésped, porque yo no puedo atender á esto, porque tengo otras muchas cosas á que acudir fuera de casa: bajad, daros he el libro, y mirad que estos mozos de mulas son el mismo diablo, y hacen trampantojos un celemin de cebada con ménos conciencia que si fuese de paja.

Bajó al patio Avendaño, y entregóse en el libro, y comenzó á despachar celemines como agua, y asentarlos por tan buena órden, que el huésped, que lo estaba mirando, quedó contento, y tanto, que dijo:

--Pluguiese á Dios que vuestro amo no viniese, y que á vos os diese gana de quedaros en casa, que á fe que otro gallo os cantase, porque el mozo que se me fué vino á mi casa habrá ocho meses roto y flaco, y ahora lleva dos pares de vestidos muy buenos y va gordo como una nutria; porque quiero que sepais, hijo, que en esta casa hay muchos provechos, amen de los salarios.

--Si yo me quedase, replicó Avendaño, no repararia mucho en la ganancia, que con cualquiera cosa me contentaria á trueco de estar en esta ciudad, que me dicen que es la mejor de España.

--Á lo ménos, respondió el huésped, es de las mejores y mas abundantes que hay en ella; mas otra cosa nos falta ahora, que es buscar quien vaya por agua al rio, que tambien se me fué otro mozo, que con un asno que tengo famoso me tenia rebosando las tinajas y hecha un lago de agua la casa; y una de las causas porque los mozos de mulas se huelgan de traer sus amos á mi posada, es por la abundancia de agua que hallan siempre en ella, porque no llevan su ganado al rio, sino dentro de casa beben las cabalgaduras en grandes barreños.

Todo esto estaba oyendo Carriazo, el cual viendo que ya Avendaño estaba acomodado y con oficio en casa, no quiso él quedarse á buenas noches, y mas que consideró el gran gusto que haria á Avendaño si le seguia el humor; y así dijo al huésped:

--Venga el asno, señor huésped, que tambien sabré yo cinchalle y cargalle, como sabe mi compañero asentar en el libro su mercancía.

--Sí, dijo Avendaño, mi compañero Lope, asturiano, servirá de traer agua como un príncipe, y yo le fío.

La Argüello, que estaba atenta desde el corredor á todas estas pláticas, oyendo decir á Avendaño, que él fiaba á su compañero, dijo:

--Dígame, gentilhombre, y ¿quién le ha de fiar á él? que en verdad que me parece que mas necesidad tiene de ser fiado que de ser fiador.

--Calla, Argüello, dijo el huésped, no te metas donde no te llaman, yo los fio á entrambos, y por vida de vosotras, que no tengais dares ni tomares con los mozos de casa, que por vosotras se me van todos.

--Pues ¿qué? dijo otra moza ¿ya se quedan en casa estos mancebos? Para mi santiguada, que si yo fuera camino con ellos, que nunca les fiara la bota.

--Déjese de chocarrerías, señora gallega, respondió el huésped, y haga su hacienda, y no se entremeta con los mozos, que la moleré á palos.

--Por cierto sí, replicó la gallega, ¡mirad que joyas para codiciallas! Pues en verdad que no me ha hallado el señor mi amo tan juguetona con los mozos de casa ni de fuera para tenerme en la mala piñon que me tiene: ellos son bellacos, y se van cuando se les antoja, sin que nosotras les demos ocasion alguna: bonica gente es ella por cierto, para tener necesidad de apetitos que les inciten á dar un madrugon á sus amos cuando ménos se percatan.

--Mucho hablais, gallega hermana, respondió su amo: punto en boca, y atended á lo que teneis á vuestro cargo.

Ya en esto tenia Carriazo enjaezado el asno, y subiendo en él de un brinco, se encaminó al rio, dejando á Avendaño muy alegre de haber visto su gallarda resolucion.

Hé aquí tenemos ya (en buen hora se cuente) á Avendaño hecho mozo de meson, con nombre de Tomas Pedro, que así dijo que se llamaba, y á Carriazo, con el de Lope asturiano, hecho aguador: transformaciones dignas de anteponerse á las del narigudo poeta.

Á malas penas acabó de entender la Argüello que los dos se quedaban en casa, cuando hizo designio sobre el asturiano, y le marcó por suyo, determinándose á regalarle de suerte, que aunque él fuese de condicion esquiva y retirada, le volviese mas blando que un guante. El mismo discurso hizo la gallega melindrosa sobre Avendaño, y como las dos por trato y conversacion y por dormir juntas fuesen grandes amigas, al punto declaró la una á la otra su determinacion amorosa, y desde aquella noche determinaron de dar principio á la conquista de sus dos desapasionados amantes; pero lo primero que advirtieron fué en que les habian de pedir que no las habian de pedir celos por cosas que las viesen hacer de sus personas, porque mal pueden regalar las mozas á los de dentro, si no hacen tributarios á los de fuera de casa.

--Callad hermanos, decian ellas (como si los tuvieran presentes y fueran ya sus verdaderos mancebos ó amancebados), callad y tapáos los ojos, y dejad tocar el pandero á quien sabe, y que guie la danza quien la entiende, y no habrá par de canónigos mas regalados que vosotros lo seréis destas tributarias vuestras.

Estas y otras razones desta sustancia y jaez dijeron la gallega y la Argüello. Y en tanto caminaba nuestro buen Lope asturiano la vuelta del rio por la cuesta del Cármen, puestos los pensamientos en sus almadrabas y en la súbita mutacion de su estado: ó ya fuese por esto ó porque la suerte así lo ordenase, en un paso estrecho, al bajar de la cuesta encontró con un asno de un aguador que subia cargado, y como él descendia y su asno era gallardo, bien dispuesto y poco trabajado, tal encuentro dió al cansado y flaco que subia, que dió con él en el suelo, y por haberse quebrado los cántaros se derramó tambien el agua, por cuya desgracia el aguador antiguo despechado y lleno de cólera arremetió al aguador moderno, que aun se estaba caballero, y ántes que se desenvolviese y apease, le habia pegado y atentado una docena de palos tales, que no le supieron bien al asturiano.

Apeóse en fin, pero con tan malas entrañas, que arremetió á su enemigo, y asiéndole con ambas manos por la garganta dió con él en el suelo, y tal golpe dió con la cabeza sobre una piedra, que se la abrió por dos partes, saliendo tanta sangre que pensó que le habia muerto.

Otros muchos aguadores que allí venian, como vieron á su compañero tan mal parado, arremetieron á Lope, y tuviéronle asido fuertemente, gritando.

--Justicia, justicia, que este aguador ha muerto un hombre.

Y á vuelta destas razones y gritos le molian á mojicones y á palos. Otros acudieron al caido, y vieron que tenia hendida la cabeza, y que casi estaba espirando. Subieron las voces de boca en boca por la cuesta arriba, y en la plaza del Cármen dieron en los oidos de un alguacil, el cual con dos corchetes, con mas lijereza que si volara, se puso en el lugar de la pendencia á tiempo que ya el herido estaba atravesado sobre su asno, y el de Lope asido, y Lope rodeado de mas de veinte aguadores que no le dejaban menear, ántes le brumaban las costillas de manera que mas se pudiera temer de su vida que de la del herido, segun menudeaban sobre él los puños y las varas aquellos vengadores de la ajena injuria.

Llegó el alguacil, apartó la gente, entregó á sus corchetes al asturiano, y antecogiendo á su asno, y al herido sobre el suyo, dió con ellos en la cárcel, acompañado de tanta gente y de tantos muchachos que le seguian, que apénas podia hender por las calles.

Al rumor de la gente salió Tomas Pedro y su amo á la puerta de casa á ver de qué procedia tanta grita, y descubrieron á Lope entre los dos corchetes, lleno de sangre el rostro y la boca: miró luego por su asno el huésped, y vióle en poder de otro corchete que ya se les habia juntado: preguntó la causa de aquellas prisiones, fuéle respondida la verdad del suceso, pesóle por su asno, temiendo que le habia de perder ó á lo ménos de hacer mas costas por cobrarle que él valia.

Tomas Pedro siguió á su compañero, sin que le dejasen llegar á hablarle una palabra: tanta era la gente que lo impedia y el recato de los corchetes y del alguacil que le llevaba. Finalmente, no le dejó hasta verle poner en la cárcel y en un calabozo con dos pares de grillos, y al herido en la enfermería, donde se halló á verle curar, y vió que la herida era peligrosa y mucho, y lo mismo dijo el cirujano.

El alguacil se llevó á su casa los dos asnos, y mas cinco reales de á ocho, que los corchetes habian quitado á Lope.

Volvióse á la posada lleno de confusion y de tristeza, halló al que ya tenia por amo con no ménos pesadumbre que él traia, á quien dijo de la manera que quedaba su compañero, y del peligro de muerte en que estaba el herido, y del suceso de su asno: díjole mas, que á su desgracia se le habia añadido otra de no menor fastidio, y era que un grande amigo de su señor le habia encontrado en el camino, y le habia dicho que su señor por ir muy de priesa y ahorrar dos leguas de camino, desde Madrid habia pasado por la barca de Aceca, y que aquella noche dormia en Orgaz, y que le habia dado doce escudos que le diese, con órden de que se fuese á Sevilla, donde le esperaba.