Novelas Cortas

Chapter 6

Chapter 63,766 wordsPublic domain

Y, a la verdad, motivo tienen para enorgullecerse de semejantes motes; pues es el caso que aquella tierra de Rota que 25 tanto produce (me refiero a la de las huertas); aquella tierra (p68) que da para el consumo y para la exportación; aquella tierra que rinde tres o cuatro cosechas al año, ni es tal tierra,[68-1] ni Cristo que lo fundó,[68-2] sino arena pura y limpia, expelida sin cesar por el turbulento Océano, arrebatada por los furiosos 05 vientos del Oeste y esparcida sobre toda la comarca roteña, como las lluvias de ceniza que caen en las inmediaciones del Vesubio.[68-3]

Pero la ingratitud de la Naturaleza está allí más que compensada por la constante laboriosidad del hombre.--Yo no conozco, ni creo que haya en el mundo, labrador que trabaje 10 tanto como el roteño.--Ni[68-4] un leve hilo de agua dulce fluye por aquellos melancólicos campos.... ¿Qué importa? ¡El _calabacero_ los ha acribillado materialmente de pozos, de donde saca, ora[68-5] a pulso, ora por medio de norias, el precioso humor que sirve de sangre a los vegetales!--La arena carece de 15 fecundos principios, del asimilable _humus_[68-6].... ¿Qué importa? ¡El _tomatero_ pasa la mitad de su vida buscando y allegando sustancias que puedan servir de abono, y convirtiendo en estiércol hasta las algas del mar!--Ya poseedor de ambos preciosos elementos, el hijo de Rota va estercolando 20 pacientemente, no su heredad entera (pues le faltarla abono para tanto), sino redondeles de terreno del vuelo de un plato chico,[68-7] y en cada uno de estos redondeles estercolados siembra un grano de simiente de tomate o una pepita de calabaza, que riega luego a mano con un jarro muy diminuto, como quien da 25 de beber a un niño.

Desde entonces hasta la recolección cuida diariamente una por una las plantas que nacen en aquellos redondeles, tratándolas con un mimo y un esmero sólo comparables a la solicitud con que las solteronas cuidan sus macetas. Un día le añade a tal mata[68-8] 30 un puñadillo de estiércol; otro le echa una chorreadita de agua; ora las limpia a todas de orugas y demás insectos dañinos; ora cura a las enfermas, entablilla a las fracturadas, y pone parapetos de caña y hojas secas a las que no pueden resistir los rayos del sol o están demasiado expuestas a los (p69) vientos del mar; ora, en fin, cuenta los tallos, las hojas, las flores o los frutos de las más adelantadas y precoces, y les habla, las acaricia, las besa, las bendice y hasta les pone expresivos nombres para distinguirlas e individualizarlas en su 05 imaginación.--Sin exagerar: es ya un proverbio (y yo lo he oído repetir muchas veces en Rota) que el hortelano de aquel país _toca por lo menos cuarenta veces con su propia mano a cada mata de tomates que nace en su huerta_.--Y así se explica que los hortelanos viejos de aquella localidad lleguen a quedarse 10 encorvados, hasta tal punto que casi se dan[69-1] con las rodillas en la barba[69-2]....

¡Es la postura en que han pasado toda su noble y meritoria vida!

II

Pues bien: _el tío Buscabeatas_ pertenecía al gremio de estos 15 hortelanos.

Ya principiaba a encorvarse en la época del suceso que voy a referir: y era que[69-3] ya tenía sesenta años... y llevaba[69-4] cuarenta de labrar una huerta lindante con la playa de la [_Costilla_.]

20 Aquel año había criado allí unas estupendas calabazas, tamañas[69-5] como bolas decorativas de pretil de puente monumental, y que ya principiaban a ponerse por dentro y por fuera de color de naranja, lo cual quería decir que había mediado el mes de Junio. Conocíalas perfectamente _el tío Buscabeatas_ por la forma, por su grado de madurez y hasta de nombre, 25 sobre todo a los cuarenta ejemplares más gordos y lucidos, que ya estaban diciendo _guisadme_, y pasábase[69-6] los días mirándolos con ternura y exclamando melancólicamente:

--_¡Pronto tendremos que separarnos!_

Al fin, una tarde se resolvió al sacrificio; y señalando a los 30 mejores frutos de aquellas amadísimas cucurbitáceas que tantos afanes le habían costado, pronunció la terrible sentencia. (p70) --Mañana (dijo) cortaré estas cuarenta, y las llevaré al mercado de Cádiz.--¡Feliz quien se las coma![70-1]

Y se marchó a su casa con paso lento, y pasó la noche con las angustias del padre que va a casar una hija al día siguiente.

05 --¡Lástima[70-2] de mis calabazas!--suspiraba a veces sin poder conciliar el sueño.--Pero luego reflexionaba, y concluía por decir:--Y ¿qué he de hacer,[70-3] sino salir de ellas?[70-4] ¡Para eso las he criado!--Lo menos van a valerme quince duros....

Gradúese, pues, cuánto sería[70-5] su asombro, cuánta su furia y 10 cuál su desesperación, cuando, al ir a la mañana siguiente a la huerta, halló que, durante la noche, le habían robado las cuarenta calabazas....--Para ahorrarme de razones,[70-6] diré que, como el judío de Shakespeare, llegó al más sublime paroxismo trágico, repitiendo frenéticamente aquellas terribles palabras 15 de Shylock, en que tan admirable dicen que estaba el actor Kemble:[70-7]

--_¡Oh! ¡Si te encuentro!_[70-8] _¡Si te encuentro!_

Púsose luego _el tío Buscabeatas_ a recapacitar fríamente, y comprendió que sus amadas prendas no podían estar en Rota, 20 donde sería imposible ponerlas a la venta sin riesgo de que él las reconociese, y donde, por otra parte,[70-9] las calabazas tienen muy bajo precio.

--¡Como si lo viera, están en Cádiz! (dedujo de sus cavilaciones.) El infame, pícaro, ladrón, debió de robármelas[70-10] 25 anoche a las nueve o las diez y se escaparía con ellas a las doce en el _barco de la carga_[70-11].... ¡Yo saldré para Cádiz hoy por la mañana en el _barco de la hora_,[70-12] y maravilla será que no atrape al ratero y recupere a las hijas de mi trabajo!

Así diciendo, permaneció todavía cosa de veinte minutos en 30 el lugar de la catástrofe, como acariciando las mutiladas calabaceras, o contando las calabazas que faltaban, o extendiendo una especie de _fe de livores_[70-13] para algún proceso que pensara incoar hasta que, a eso de las ocho, partió con dirección al muelle.

Ya estaba dispuesto para hacerse a la vela[70-14] el _barco (p71) de la hora_, humilde falucho que sale todas las mañanas para Cádiz a las nueve en punto, conduciendo pasajeros, así como el _barco de la carga_ sale todas las noches á las doce, conduciendo frutas y legumbres....

05 Llámase _barco de la hora_ el primero, porque en este espacio de tiempo, y hasta en cuarenta minutos algunos días, si el viento es de popa, cruza las tres leguas que median entre la antigua villa del Duque de Arcos y la antigua ciudad de Hércules[71-1]....

III

Eran, pues, las diez y media de la mañana cuando aquel día 10 se paraba _el tío Buscabeatas_ delante de un puesto de verduras del mercado de Cádiz, y le decía a un aburrido polizonte que iba con él:

--¡Estas son mis calabazas!--¡Prenda V. a ese hombre!

Y señalaba al revendedor.

15 --¡Prenderme a mí! (contestó el revendedor, lleno de sorpresa y de cólera.)--Estas calabazas son mías; yo las he comprado....

--Eso podrá V. contárselo al Alcalde--repuso _el tío Buscabeatas_.

20 --¡Que no![71-2]

--¡Que sí!

--¡Tío ladrón![71-3]

--¡Tío tunante!

--¡Hablen Vds. con más educación,[71-4] so indecentes![71-5] ¡Los 25 hombres no deben faltarse[71-6] de esa manera!--dijo con mucha calma el polizonte, dando un puñetazo[71-7] en el pecho a cada interlocutor.

En esto ya había acudido alguna gente, no tardando en presentarse también allí el Regidor encargado de la policía de los 30 mercados públicos, o sea[71-8] _el Juez de abastos_, que es su verdadero nombre. (p72) Resignó[72-1] la jurisdicción el polizonte en Su Señoría, y enterada esta digna autoridad de todo lo que pasaba, preguntó al revendedor con majestuoso acento:

--¿A quién[72-2] le ha comprado V. esas calabazas?

05 --Al tío Fulano,[72-3] vecino [72-4] de Rota....--respondió el interrogado.

--¡Ése había de ser! (gritó _el tío Buscabeatas_.) ¡Muy abonado[72-5] es para el caso! ¡Cuando su huerta, que es muy mala, le produce poco, se mete a robar en la del vecino!

10 --Pero, admitida la hipótesis de que a V. le han robado anoche cuarenta calabazas (siguió interrogando el Regidor, volviéndose al viejo hortelano), ¿quién le asegura a V. que éstas, y no otras, son las suyas?

15 --¡Toma! (replicó _el tío Buscabeatas_.) ¡Porque las conozco como V. conocerá a sus hijas, si las tiene!--¿No ve V. que las he criado?--Mire V.: ésta se llama _rebolonda_;[72-6] ésta, _cachigordeta_;[72-7] ésta, _barrigona_;[72-8] ésta, _coloradilla_; [72-9] ésta _Manuela_..., porque se parecía mucho a mi hija la menor....

20 Y el pobre viejo se echó a llorar amarguísimamente.

--Todo eso está muy bien... (repuso el Juez de abastos); pero la ley no se contenta con que usted reconozca sus calabazas. Es menester que la autoridad se convenza al mismo tiempo 25 de la preexistencia de la cosa, y que V. la identifique con pruebas fehacientes....--Señores, no hay que sonreírse....--¡Yo soy abogado!

¡Pues verá V. qué pronto le pruebo yo a todo el mundo, sin moverme de aquí, que esas calabazas se han criado en mi huerta!--dijo _el tío Buscabeatas_, no sin grande asombro de 30 los circunstantes.

Y soltando en el suelo un lío que llevaba en la mano, agachóse, arrodillándose hasta sentarse sobre los pies, y se puso a desatar tranquilamente las anudadas puntas del pañuelo que lo envolvía. (p73) La admiración del Concejal, del revendedor y del corro subió de punto.[73-1]

--¿Qué va a sacar de ahí?--se preguntaban todos.

Al mismo tiempo llegó un nuevo curioso a ver qué ocurría 05 en aquel grupo, y habiéndole divisado el revendedor, exclamó:

--¡Me alegro de que llegue V., tío Fulano! Este hombre dice que las calabazas que me vendió usted anoche, y que están aquí oyendo la conversación, son robadas....--Conteste 10 V....

El recién llegado[73-2] se puso más amarillo que la cera, y trató de irse; pero los circunstantes se lo[73-3] impidieron materialmente, [73-4] y el mismo[73-5] Regidor le mandó quedarse.

En cuanto al _tío Buscabeatas_, ya se había encarado con el 15 presunto ladrón, diciéndole:

--¡Ahora verá V. lo que es bueno!

El tío Fulano recobró su sangre fría, y expuso:

--Usted es quien ha de ver[73-6] lo que habla; porque si no prueba, y no podrá probar, su denuncia, lo llevaré a la cárcel 20 por calumniador.--Estas calabazas eran mías; yo las he criado, como todas las que he traído este año a Cádiz, en mi huerta del _Egido_,[73-7] y nadie podrá probarme lo contrario.

--¡Ahora verá V.!--repitió _el tío Buscabeatas_ acabando de desatar el pañuelo y tirando de él.[73-8]

25 Y entonces se desparramaron por el suelo una multitud de trozos de tallo de calabacera, todavía verdes y chorreando jugo, mientras que el viejo hortelano, sentado sobre sus piernas y muerto de risa, dirigía el siguiente discurso al Concejal y a los curiosos:

30 --Caballeros: ¿no han pagado Vds. nunca contribución? Y ¿no han visto aquel libraco[73-9] verde que tiene el recaudador, de donde va cortando recibos, dejando allí pegado un tocón o pezuelo,[73-10] para que luego pueda comprobarse si tal o cual [73-11] recibo es falso o no lo es? (p74) --Lo que V. dice se llama el _libro talonario_--observó gravemente el Regidor.

--Pues eso es lo que yo traigo aqui: el _libro talonario_ de mi huerta, o sea[74-1] los cabos a que estaban unidas estas calabazas 05 antes de que me las robasen.--Y, si no, miren Vds.--Este cabo era de esta calabaza.... Nadie puede dudarlo....

--Este otro..., ya lo están Vds. viendo..., era de esta otra.--Este más ancho..., debe de ser de aquélla.... ¡Justamente!--Y éste es de ésta.... Ése es de ésa.... 10 Ésta es de aquél....

Y en tanto que[74-2] así decía, iba adaptando un cabo o pedúnculo a la excavación que había quedado en cada calabaza al ser arrancada, y los espectadores[74-3] veían con asombro que, efectivamente, la base irregular y caprichosa de los pedúnculos 15 convenía del modo más exacto con la figura blanquecina y leve concavidad que presentaban las que pudiéramos llamar cicatrices de las calabazas.

Pusiéronse, pues, en cuclillas los circunstantes, inclusos 20 los polizontes y el mismo Concejal,[74-4] y comenzaron a ayudarle al _tío Buscabeatas_ en aquella singular comprobación, diciendo todos a un mismo tiempo con pueril regocijo:

--¡Nada! ¡Nada! ¡Es indudable! ¡Miren Vds.!--Éste es de aquí.... Ése es de ahí.... Aquélla es de 25 éste.... Ésta es de aquél....

Y las carcajadas de los grandes se unían a los silbidos de los chicos, a las imprecaciones de las mujeres, a las lágrimas de triunfo y alegría del viejo hortelano y a los empellones que los guindillas daban ya al convicto ladrón, como impacientes por 30 llevárselo[74-5] a la cárcel.

Excusado es decir que los guindillas tuvieron este gusto; que el tío Fulano vióse obligado desde luego a devolver al revendedor los quince duros que de él había percibido; que el revendedor se los entregó en el acto al _tío Buscabeatas_,(p75) y que éste se marchó a Rota sumamente contento, bien que fuese diciendo[75-1] por el camino:

--¡Qué hermosas estaban en el mercado! ¡He debido traerme[75-2] a _Manuela_, para comérmela[75-3] esta noche y guardar 05 las pepitas!

Noviembre de 1877.

MOROS Y CRISTIANOS (p76)

(CUENTO)

I

La antes famosa y ya poco nombrada villa de Aldeire forma parte del marquesado del Cenet, o como si dijéramos, del respaldo de la Alpujarra,[76-1] hacia Levante,[76-2] y está medio colgada, medio escondida, en un escalón o barranco de la formidable 05 mole central de Sierra Nevada, a cinco o seis mil pies sobre el nivel del mar y seis o siete mil por debajo de las eternas nieves del Mulhacen.

Aldeire, dicho sea con perdón de su señor cura, es un pueblo morisco. Que fué moro, lo dicen claramente su nombre, su 10 situación y su estructura; y que no ha llegado aún a ser enteramente cristiano, aunque figure en la España reconquistada y tenga su iglesita católica y sus cofradías de la Virgen, de Jesús y de no pocos santos y santas, lo demuestran el carácter y costumbres de sus moradores, las pasiones terribles cuanto 15 quiméricas que los unen o separan en perpetuos bandos, y los lúgubres ojos negros, pálida tez y escaso hablar y reír de mujeres, hombres y niños....

Porque bueno será recordar, para que ni dicho señor cura ni nadie[76-3] ponga en cuarentena[76-4] la solidez de este 20 razonamiento, 20 que los moriscos del marquesado del Cenet no fueron expulsados en totalidad como los de la Alpujarra, sino que muchos de ellos lograron quedarse allí agazapados y escondidos gracias a la prudencia o cobardía con que desoyeron el temerario y heroico grito de su malhadado príncipe Aben-Humeya;[76-5] de donde 25 yo deduzco que el tío Juan Gómez (a)[76-6] _Hormiga_, (p77) alcalde constitucional de Aldeire en el año de gracia de 1821, podía muy bien ser nieto de algún Mustafá, Mahommed o cosa por el estilo.

Cuéntase, pues, que el tal Juan[77-1] Gómez, hombre a la sazón de más de media centuria, rústico muy avisado aunque no entendía 05 de letra,[77-2] y codicioso y trabajador con fruto, como lo acreditaba, no solamente su apodo, sino también su mucha hacienda, por él adquirida a fuerza de buenas o malas artes, y representada en las mejores suertes de tierra de aquella jurisdicción, tomó a censo enfitéutico[77-3] del caudal de Propios, 10 [77-4] y casi de balde, mediante algunas gallinas no ponedoras que regaló al secretario del Ayuntamiento, unos secanos situados a las inmediaciones de la villa, en medio de los cuales veíanse los restos y escombros de un antiguo castillejo,[77-5] morabito o atalaya árabe, cuyo nombre era todavía _La Torre del Moro_.

15 Excusado es decir que el tío Hormiga no se detuvo ni un instante a pensar en qué moro sería aquél, ni en la índole o pristino objeto de la arruinada construcción; lo único que vió desde luego más claro que el agua fué que con tantas desmoronadas piedras, y con las que él desmoronara, podía hacer allí un hermoso 20 y muy seguro corral para sus ganados; por lo que[77-6] desde el día siguiente, y como recreo muy propio de quien tan económico era, dedicó las tardes a derribar por sí mismo, y a sus solas,[77-7] lo que en pie quedaba del vetusto edificio arábigo.

--¡Te vas a reventar!--le decía su mujer, al verlo llegar 25 por la noche lleno de polvo y de sudor, y con la barra de hierro oculta bajo la capa....

--¡Al contrario!--respondía él.--Este ejercicio me conviene para no podrirme como nuestros hijos los estudiantes, que según me ha dicho el estanquero, estaban la otra noche en el 30 teatro de Granada y tenían un color de manteca que daba asco[77-8] mirarlos....

--¡Pobres! ¡De tanto estudiar! Pero a ti debía de darte vergüenza de trabajar como un peón siendo el más rico del pueblo, alcalde por añadidura. (p78) --Por eso voy solo.... ¡A ver!... Acércame esa ensalada....

--Sin embargo, convendría que te ayudase alguien. ¡Vas a echar un siglo[78-1] en derribar la Torre, y hasta quizá no sepas 05 componértelas[78-2] para volcarla toda!...

--¡No digas simplezas, Torcuata! Cuando se trate de construir la tapia del corral pagaré jornales, y hasta llevaré un maestro alarife....--¡Pero derribar sabe cualquiera! ¡Y es tan divertido[78-3] destruir!... ¡Vaya!... ¡quita la mesa y 10 acostémonos!...

--Eso lo dices porque eres hombre. ¡A mí me da miedo y lástima todo lo que es deshacer![78-4]

--¡Debilidades de vieja! ¡Si supieras tú cuántas cosas hay que deshacer[78-5] en este mundo!

15 --¡Calla, francmasón![78-6] ¡En mal hora te han elegido alcalde! ¡Verás cómo, el día que vuelvan a mandar los realistas, te ahorca el Rey absoluto!

--¡Eso... lo veremos! ¡Santurrona! ¡Beata! ¡Lechuza! ¡Vaya!: apaga esa luz, y no te santigües más..., 20 que tengo[78-7] mucho sueño.

Y así continuaban los diálogos hasta que se dormía uno de los dos consortes.

II

Una tarde regresó de su faena el tío Hormiga, muy preocupado y caviloso, y más temprano que de costumbre.

25 Su mujer aguardó a que despachase a los mozos de labor para preguntarle qué tenía, y él respondió enseñándole un tubo de plomo con tapadera por el estilo del cañuto[78-8] de un licenciado del ejército; sacó de allí, y desarrolló cuidadosamente, un amarillento pergamino escrito en caracteres muy enrevesados, y 30 dijo con imponente seriedad:

--Yo no sé leer, ni tan siquiera[78-9] en castellano, que (p79) es lalengua más clara del mundo; pero el diablo me lleve si esta escritura no es de moros.

--¿Es decir, que la has encontrado en la Torre?

--No lo digo sólo por eso, sino porque estos garrapatos no 05 se parecen a ninguno de los que he visto hacer a gente cristiana.

La mujer de Juan Gómez miró y olió el pergamino, y exclamó con una seguridad tan cómica como gratuita:

--¡De moros es!

Pasado un rato, añadió melancólicamente.

10 --Aunque también me estorba a mí lo negro,[79-1] juraría que tenemos en las manos la licencia absoluta[79-2] de algún soldado de Mahoma,[79-3] que ya estará en los profundos infiernos.

--¿Lo dices por el cañuto de plomo?

--Por el cañuto lo digo.

15 --Pues te equivocas de medio a medio,[79-4] amiga Torcuata; porque ni los moros entraban en quintas,[79-5] según me ha dicho varias veces nuestro hijo Agustín, ni esto es una licencia absoluta. Esto es... un....

El tío Hormiga miró en torno suyo,[79-6] bajó la voz y dijo con 20 entera fe:

--¡Estas son las señas de un tesoro!

--¡Tienes razón!--respondió la mujer, súbitamente inflamada por la misma creencia.--¿Y lo has encontrado ya? ¿Es muy grande? ¿Lo has vuelto a tapar bien? ¿Son monedas de 25 plata, o de oro? ¿Crees tú que _pasarán_ todavía? ¡Qué felicidad para nuestros hijos! ¡Cómo van a gastar y a triunfar en Granada[79-7] y en Madrid! ¡Yo quiero ver eso! Vamos allá.... Esta noche hace luna....

--¡Mujer de Dios! ¡Sosiégate! ¿Cómo quieres que haya 30 topado ya con el tesoro guiándome por estas señas, si yo no sé leer en moro ni en cristiano?

--¡Es verdad! Pues, mira.... Haz una cosa: en cuanto Dios eche sus luces,[79-8] apareja un buen mulo; pasa la sierra por el puerto[79-9] de la Ragua, que dicen está bueno, y llégate a (p80) Ugíjar,[80-1] a casa de nuestro compadre[80-2] D. Matías Quesada, el cual sabes entiende de todo[80-3].... El te pondrá en claro ese papel y te dará buenos consejos, como siempre.

--¡Mis dineros me cuestan todos sus consejos a pesar de 05 nuestro compadrazgo!... Pero, en fin, lo mismo había pensado yo. Mañana iré a Ugíjar, y a la noche estaré aquí de vuelta; pues todo será apretar un poco a la caballería[80-4]....

--Pero ¡cuidado[80-5] que le expliques bien las cosas!...

--Poco tengo que explicarle. El cañuto estaba escondido 10 en un hueco o nicho revestido de azulejos como los de Valencia, [80-6] formado en el espesor de una pared. He derribado todo aquel lienzo, y nada más de particular he hallado. Debajo de lo ya destruido comienza la obra de sillería de los cimientos, cuyas enormes piedras, de más de vara en cuadro,[80-7] no removerán 15 fácilmente dos ni tres personas de puños tan buenos como los míos. Por consiguiente, es necesario saber de una manera fija en qué punto estaba escondido el tesoro, so pena[80-8] de tener que arrancar con ayuda de vecinos todos los cimientos de la Torre....

20 --¡Nada! ¡Nada! ¡A Ugíjar en cuanto amanezca! Ofrécele a nuestro compadre una parte..., no muy larga, de lo que hallemos, y, cuando sepamos dónde hay que excavar,[80-9] yo misma te ayudaré a arrancar piedras de sillería. ¡Hijos de mi alma! Todo para ellos! Por lo que a mí toca, sólo siento 25 si habrá algo que sea pecado en esto que hablamos en voz baja.

--¿Qué pecado puede haber, grandísima tonta?

--No sé explicártelo.... Pero los tesoros me habían parecido siempre cosa del demonio, o de duendes.... Además, ¡tomaste a censo aquel terreno por tan poco rédito al año!... 30 ¡Todo el pueblo dice hubo trampa[80-10] en el tal negocio!

--¡Eso es cuenta del secretario y de los concejales! Ellos me hicieron la escritura.

--Por otro lado, tengo entendido[80-11] que de los tesoros hay que dar parte al Rey.... (p81) --Eso es cuando no se hallan en terreno propio, como éste mío....