Part 9
Esta noticia era bien escasa y vaga. Lo natural hubiera sido volverse a Madrigal y tomar informes de fray Miguel, pero la impaciencia de Vargas no conoció límites. Así pues, envió a Pedro al monasterio con un recado para el vicario, suplicándole que valiéndose del mismo conducto le hiciese saber por escrito lo que pudiese sobre el viaje de Inés, y él continuó el suyo para Medina.
[Ilustración]
CAPÍTULO IV
Hagamos un esfuerzo generoso, Algún auxilio en nuestro mal busquemos; Si el cielo nos le niega, perezcamos, Que menos malo, y doloroso menos, Es de una vez el renunciar la vida, Que ser esclavos y existir sufriendo.
Cuatro leguas de Castilla que andar en un caballo, cansado ya de correr durante un día entero, es pesada tarea, y más para el que aun volando hubiera creído andar despacio. Pero, mal que le pese a don Juan, le fue menester tardar seis horas en su camino, llegar por consiguiente a su destino pasada la media noche, hora en que ya no se veía alma viviente por las calles, ni puerta alguna que no estuviera cerrada.
Ni el jinete ni el caballo habían tomado alimento alguno en todo aquel día, y uno y otro estaban desfallecidos. Don Juan, con el aturdimiento, perdió el tino al ir a la posada en que acostumbraba a parar, y cuando después de andar media hora por calles y encrucijadas quiso recordar, ya se halló fuera de camino y enteramente desorientado. Lo peor del caso fue que a fuerza de dar vueltas se había salido de la villa, y estaba, a su parecer, en el extremo opuesto al de su entrada.
¿Qué remedio? Volverse atrás; pero el caballo dijo que no podía más y se tendió. Don Juan, que felizmente no recibió lesión alguna en la caída, hubo de resignarse a esperar que con el alba pasara algún alma compasiva que ayudándole a desembarazar la pierna derecha que tenía debajo del caballo le sacase del purgatorio.
Dejamos a la consideración del lector la desesperación, las imprecaciones y penas del buen caballero, y por él y por nosotros nos apresuraremos a referir cómo salió de tan mala posición.
Empezaba apenas a iluminar el horizonte la dudosa luz del crepúsculo cuando el ruido de los pasos de algunos caballos en el extremo de la calle en que estaba tendido Vargas le anunció que se aproximaba el instante de su libertad.
—¿Qué diablos está haciendo ahí? —preguntó uno de los que venían.
—¿No lo ve, pese a mi vida? —respondió don Juan—: estoy preso debajo de este maldito rocín, que Dios confunda.
—¡Ah!, ¡ah!, ¡ah! Y es verdad. Divertido está el buen hombre.
—Lo que importa es que usted, señor hidalgo, me ayude a salir de aquí.
—Vamos de prisa, hermano, no puede ser. Adiós.
—No daré un paso más antes de que se ayude a ese caballero a ponerse en pie —dijo en voz baja, pero con firmeza, una mujer que con los caminantes iba.
Oído esto, los que la acompañaban sin replicar palabra echaron pie a tierra, y en breves instantes pusieron en pie al pobre Vargas. Este, a pesar de lo mohíno y maltrecho que se hallaba, se acercó inmediatamente a la dama, que permanecía a caballo, y con las más corteses expresiones agradeció el favor recibido.
Mientras él hacia su arenga, montaban a caballo los que le habían auxiliado, y la dama, aprovechándose para no ser oída de ellos del ruido que hacían, dijo en tono apenas inteligible a Vargas:
—El domingo próximo a la oración en el Carmen de Valladolid; si no, el siguiente en la ermita de Madrigal.
Dicho esto, sin esperar respuesta, se alejó con viveza, y en seguimiento suyo fueron los demás, que eran tres hombres a caballo.
«Es Inés, no tiene duda. El domingo próximo... Bien; ¿pero no sería mejor seguirla ahora mismo? Sí, por cierto... El caballo no puede con su pellejo... Esperemos, no hay otro remedio».
En ejecución tan loable y necesario proyecto echó Vargas a andar en busca de la posada, con la cual dio por fin, no sin trabajo, y por aquella vez triunfaron el cansancio y el hambre del amor y la inquietud.
Dejémosle descansar, que bien lo necesita, y veamos cómo Pedro desempeñó su comisión.
Inmediatamente que se separó de su amo se dirigió al monasterio, mas le fue imposible ver por entonces al vicario, pues se le dijo que en aquel momento se hallaba en el locutorio con la señora doña Ana de Austria.
Pedro, paciente como el que más, dijo que estaba bien, que esperaría; y en efecto esperó nada menos que dos horas, al cabo de las cuales salió de su conferencia fray Miguel, pero no solo, sino acompañado de Gabriel de Espinosa.
Como criado en casa de un título de Castilla, y acostumbrado por consiguiente a ver desde la infancia observadas rigorosamente las leyes de la etiqueta y distinción de jerarquías, no pudo menos de sorprender extraordinariamente al sirviente de Vargas que un pastelero gozase de tan alto favor, que una persona de sangre real le admitiese en su presencia, y nada menos que por más de dos horas.
No tuvo sin embargo tiempo de hacer reflexiones el criado, pues apenas le hubo visto el vicario se acercó a preguntarle qué se le ofrecía.
Como Gabriel estaba presente, Pedro no quiso decir el verdadero objeto que allí le tenía, y se contentó con decir que su amo le enviaba a informarse de la salud de su reverencia.
—Buena, a Dios gracias —dijo Espinosa, riéndose maliciosamente—, muy buena: desde esta mañana acá, no ha sufrido alteración. Hermano Pedro, desempeñad vuestra comisión, que yo, que soy quien lo impide, me apartaré lo suficiente para no oíros, aunque es inútil, pues antes de que habléis sé ya lo que vais a decir.
Quedose Pedro al oír estas palabras como petrificado, y como el pastelero continuaba mirándole con cierta expresión burlona, y hasta el fraile mismo, a pesar de su gravedad, dejaba ver en el rostro no poco de mofa, el pobre criado no acertaba a hablar.
Viendo esto, volvió Gabriel a tomar la palabra:
—Andad, Pedro, y decid a vuestro amo que se vuelva a Valladolid, que no tardará mucho en tener noticias de la que desea.
Mientras que Espinosa hablaba así, Pedro, recobrando su espíritu y llenándose del orgullo que la librea de la casa ilustre de los Vargas le inspiraba, se indignó de qué aquel miserable quisiese darle órdenes a su noble amo.
—Señor Gabriel —dijo en tono bastante animado—, mi amo el señor don Juan de Vargas no me ha dado para vos comisión ninguna, ni sé yo qué relaciones pueda un pastelero tener con él para tener la osadía de mandarle a decir lo que ha de hacer o no hacer.
En tanto que hablaba Pedro se obró en la fisonomía de Espinosa una revolución completa. A la expresión irónica sucedieron instantáneamente la gravedad, el desprecio y la cólera.
Sus cejas largas y pobladas se unieron por un movimiento de contracción en los músculos de la frente; los ojos le brotaban fuego, los labios se le pusieron lívidos, y los dientes empezaron a chocar entre sí con violencia.
—Es claro —exclamó, no pudiendo ya contenerse—: calla, o pagas con la vida tu atrevimiento.
Y hablando así echaba mano a la daga de que ya hemos hecho mención.
Pedro, que no era cobarde, y también llevaba una especie de cuchillo de monte, lo empuñó para defenderse, y sabe Dios cuál hubiera sido el resultado de aquella escena, a no haber interpuesto el fraile su mediación.
—¡Qué imprudencia, señor, qué imprudencia! —dijo, dirigiéndose al pastelero—. ¿Sabe acaso con quién habla?
—Tenéis razón; pero esto ya es insufrible. Prefiero mil veces la muerte a vivir así envilecido.
—No está lejos el día. Y vos, Pedro, retiraos, y dad a vuestro amo de mi parte el recado que habéis oído de boca del señor Espinosa.
Obedeció el criado, pero no fue sin extremada repugnancia y mayor admiración.
«Este Gabriel —iba diciendo entre sí—, Dios me lo perdone, pero no puede ser cosa buena; y el padre, el padre, fuera de la corona, tampoco me fío mucho de él. Dios quiera que no le den que sentir a mi pobre amo. En fin, yo soy mandado; con obedecer cumplo, y sea lo que Dios quiera».
—Fray Miguel —dijo gravemente Espinosa después que Pedro se hallaba a suficiente distancia para no poder oírlo—, ya lo veis, es preciso que terminéis de una vez.
—Señor...
—Hablad con Espinosa.
—Pues bien, señor Espinosa, usted sabe que no se perdona medio para llegar al deseado término. La señora doña Ana...
—No hablemos de ella: ¡ojalá todos tuvieran su celo!
—Yo...
—Estoy satisfecho de vuestros servicios.
—Ahora los demás...
—Los demás, los demás, en todos hay morosidad, tibieza, y miedo sobre todo. Felipe y su Inquisición hacen temblar a los que yo tenía por más valientes.
—Cierto es que así sucede; pero no por eso debemos desalentar.
—Gracias a los sacrificios que la señora doña Ana está pronta a hacer, habrá fondos con que hacer frente a los primeros gastos.
—Yo no quiero que doña Ana se desprenda de sus alhajas.
—Sin embargo, es indispensable que así sea, so pena de renunciar para siempre a lo que de derecho es del señor Gabriel de Espinosa. La comunicación con nuestros amigos de Portugal es tan difícil, que raya en lo imposible. Los agentes del monarca español tienen minada toda la nación, y, dolor da decirlo, hay portugueses tan viles, que les sirven de espías. Usted sabe tan bien como yo las inmensas dificultades que han tenido que vencer los pocos que hasta aquí han llegado, y que estos vienen en estado de no poder contribuir más que con su persona. Cuanto había ilustre y amigo de usted en aquel reino ha sido proscrito, ya con un pretexto, ya con otro, y si alguno se ha salvado maravillosamente del naufragio común, se halla más en disposición de necesitar auxilio que de prestarlo. Todo esto es notorio a usted; tampoco se oculta a su penetración que son muchas las razones que le autorizan; y más diré, le obligan a aceptar las ofertas de la señora doña Ana. Señor, no hacerlo desde luego no solo es desacertado, sino criminal.
—¡Criminal, fray Miguel! Os olvidáis...
—No me olvido, no señor; pero mi celo, mi santo ministerio, y la urgencia de las circunstancias exigen que diga la verdad desnuda, aun a riesgo de enojar a usted, cosa que en otro caso no haría por cuanto hay en el mundo.
Durante el largo razonamiento de fray Miguel, se paseaba Espinosa por el claustro en que se hallaban, y el vicario le seguía hablando, sí con energía, pero no con menos respeto. Gabriel dejaba ver en toda su persona el aire de un hombre acostumbrado a tales deferencias, y que por consiguiente las recibe sin orgullo ni admiración.
Después de algunos instantes de meditación rompió el silencio el pastelero.
—Fray Miguel, meditaremos detenidamente esta noche vuestra proposición, y sabréis mañana lo que resolvemos.
Por toda contestación el vicario se inclinó humildemente, en señal de quedar enterado.
Espinosa, sin mirarle siquiera, continuó diciendo:
—La adquisición de Vargas nos va a ser preciosa. Su familia tiene prestigio y dinero; él es entusiasta y valiente, y estas dotes son muy a propósito para casos de esta especie.
—Ciertamente —contestó el fraile—; pero usted sabe sin duda que don Juan desea...
—¿Y qué me importa a mí lo que don Juan desea? Sírvanos, que después a cargo de nuestra munificencia queda el recompensarle.
—Es que para que nos sirva como usted desea, no hay más que un medio.
—Inés. Lo sé, lo he visto antes que vos. Desde el instante en que la vio se le trastornó la cabeza. Con mi larga peregrinación he aprendido, fray Miguel, a conocer a los hombres. No es el oro, ni la gloria, ni las recompensas, la manera de gobernarlos; cada uno de ellos lleva dentro de sí el medio para servir de juguete al que sabe estudiarlos. Las pasiones, padre mío, son el resorte que hay que tocar: ser diestro en la fantasmagoría. Enseñad a cada uno, en perspectiva y abultado, el objeto a que su corazón le inclina, y los veréis corriendo tras de una sombra, abandonar todas las realidades posibles. La dificultad está en graduar la luz proporcionalmente a la vista de cada uno. Los hay que en una piedra ven un trono, o un tesoro, o una belleza, porque todo lo miran a través del prisma de sus deseos. Para otros es necesario más artificio; pero al cabo pocos son los que no caen en la red.
—¿Y está ya el señor Espinosa resuelto a servirse de don Juan?
—El tiempo dirá lo que debe hacerse. Fray Miguel, quedad con Dios.
—Él os guarde, como yo se lo ruego sin cesar.
Humillose el fraile al decir esto; Gabriel inclinó ligeramente la cabeza, y saludando graciosamente con la mano, salió a paso largo del claustro.
Contemplábale el vicario inmóvil, y al perderlo de vista exclamó en tono bajo y doloroso:
«¿Cuándo se moderarán esa impetuosidad y ese orgullo excesivo, que son los que nos han traído a este punto? Jamás».
En tanto caminaba Pedro a Medina del Campo, adonde llegó mucho antes que su amo se presentase en la posada, lo que le inquietó sobremanera, y sin duda se hubiera puesto en marcha de nuevo para adquirir noticias de él si su montura, no menos cansada que la de Vargas, se lo hubiera permitido. Gracias a esta circunstancia, halló don Juan a su sirviente en la posada, y supo de él cuanto había ocurrido con fray Miguel y Espinosa; y como el aviso de este convenía con la cita de Inés, desde luego resolvió el hermano del marqués regresar a Valladolid; sin embargo, antes pasó por la hacienda a que supuso se dirigía su viaje, y dando en ella las disposiciones convenientes se encaminó a la residencia de su hermano.
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CAPÍTULO V
. . . . ¿Y su frente Pudo orlar impudente La vil posteridad con lauros de oro?
(Quintana: _Oda a Padilla_).
Don Juan de Austria, hijo natural del emperador Carlos V, primer rey de su nombre en España, tuvo fuera también de matrimonio, en una señora madrileña, dos hijas, de las cuales una era la señora doña Ana, monja profesa en el monasterio de Santa María la Real de la villa de Madrigal.
La misma política estrecha, mezquina y tiránica que jamás concedió al vencedor de Lepanto las prerrogativas de infante de España, que impidió siempre los distintos enlaces que se le ofrecían a aquel príncipe, verdaderamente grande, y que por último abrevió acaso sus días en medio de la juventud y de la gloria de que en Flandes se estaba cubriendo, esa misma hizo monja a doña Ana.
Bien conocía el malogrado héroe el carácter suspicaz, sombrío y cruel de su hermano, y la prueba de ello es que tuvo siempre oculta la existencia de sus hijas, hasta que en la hora de la muerte confió aquel secreto a su digno amigo el duque de Parma Alejandro Farnesio, capitán insigne, príncipe magnánimo, y sobre todo modelo de los caballeros de su siglo.
Imposible hubiera sido ocultar a Felipe II que su hermano dejaba dos hijas, por razones que, sobre ser muy obvias, serían harto prolijas de explicar; hízoselo, pues, saber Farnesio, recomendándoselas en su nombre, y en el del difunto príncipe. La conducta del rey fue en aquella ocasión precisamente la misma que había sido la de don Juan de Austria. Recibió la noticia con agrado, acogió a las huérfanas con hipócrita habilidad, y al poner su mano sobre sus cabezas, como para bendecirlas, puede asegurarse que impuso sobre el cuello de aquellas dos inocentes el yugo de hierro que había de agobiarlas toda su vida.
Cobarde, como su padre valiente; cruel, como aquel generoso; y fanático, como religioso era Carlos, ningún crimen arredraba a Felipe cuando se trataba de su seguridad, de su venganza, o de los mal entendidos intereses de su religión.
Parricida en el príncipe don Carlos, fatricida en don Juan de Austria, ¿qué podía esperarse que hiciese con sus sobrinas?
Relativamente hablando, su conducta con ellas fue excelente, pues se limitó a sepultar a ambas en el claustro, contentándose con extinguir así la descendencia de un hombre que aun muerto le causaba celos.
Por lo demás, la señora doña Ana había recibido la promesa de ser prelada de su monasterio, y entre tanto vivía en él con la posible independencia. En vez de estar reducida como las demás religiosas a una sola celda, tenía una habitación espaciosa y decorosamente amueblada. Concediósela un locutorio aparte para dar audiencia en él; conservó el tratamiento de excelencia, y sus obligaciones se limitaron a la asistencia al coro, y aun de esta se podía dispensar siempre que le acomadaba. Dos religiosas profesas, ambas nobles de nacimiento, servían inmediatamente a su persona, y otras varias legas desempeñaban los oficios mecánicos de su obligación. En una palabra, sus grillos se doraron con esmero, mas no por eso dejaron de ser grillos.
La figura de la señora doña Ana era como la de la mayor parte de las hembras de la casa de Austria, más bien imponente que bella, más agradecida que afable; pero no así su carácter, verdaderamente angelical.
Educada por su madre en el mayor recogimiento, y habituada a una vida monótona y silenciosa, de la cual salió para entrar en el claustro, su espíritu había tomado cierta tendencia a la meditación, que, dejándose ver en su rostro, hacía muy a menudo parecer que estaba en éxtasis.
No hallando en el momento de desenvolverse la sensibilidad en su corazón objeto en que emplearla, naturalmente recayó toda ella en su madre y en sus augustos parientes; pero esto no bastaba. La juventud buscaba siempre un objeto ideal, no siendo suficiente la imperfección de los que le rodean a satisfacer sus inmensos deseos. Para los que viven en libertad se encarga el amor de realizar estas ilusiones, y las realiza en efecto, si bien suele pagarse la corta felicidad que proporciona con amargos desengaños; pero la infeliz religiosa, ¿qué recurso tiene? La devoción.
Cuando esta es sincera, cuando no se limita a prácticas ridículamente supersticiosas, sino que va acompañada de una fe pura, de una conciencia tranquila y un corazón sencillo, ¡dichoso el que la ejerce! En ella encuentra refugio y esperanza, consuelo y remedio para todas las calamidades de la vida.
Doña Ana, pues, era devota, sinceramente devota; y si bien tenía todas las supersticiones que pocos dejaban de tener en España en aquel siglo, había por lo menos en lo íntimo de su corazón un fondo inagotable de piedad, y aun de tolerancia, virtud verdaderamente rara en la época en que vivió.
Sin embargo, a pesar de toda su devoción, de haber estado en su mano decidir sobre su suerte, no hubiera seguramente tomado el hábito. La naturaleza la había hecho más para madre de familia que para religiosa, y ella misma lo conocía. La vista de un niño producía en aquella señora una sensación difícil de explicar. Sin que la reflexión bastase a impedirlo, suspiraba, contemplando cuán sin culpa ni voluntad se veía obligada a renunciar hasta a su esperanza de recibir nunca las inocentes caricias de que veía colmadas por sus hijos a otras mujeres.
Entonces hubiera querido haber debido el ser a un oscuro jornalero, y ser dueña de su persona, más bien que ser hija de un príncipe de la ilustre casa de Austria, a tanta costa.
Por más esfuerzos que hagan la superstición y el fanatismo para violentar la naturaleza, su voz se dejará siempre oír en el fondo de nuestros corazones; y las desdichadas víctimas de las instituciones de los hombres, luchando entre la fuerza de sus propios sentimientos y los horrores en que una educación viciosa les ha imbuido, vivieron en perpetua y espantosa agonía.
¿No es ya tiempo de que desaparezcan de las naciones cultas tan monstruosos abusos?
Tales eran las disposiciones y situación de doña Ana cuando fray Miguel, nombrado vicario de su monasterio y su confesor, se presentó en Madrigal.
Uno y otro tardaron poco en hacerse justicia respetuosamente, y de aquí resultó entre ambos la más estrecha y sincera amistad.
Fray Miguel amaba a doña Ana como un padre a su hija, y no podía menos de ser así porque aquella señora había heredado todas las excelentes cualidades del infeliz príncipe a quien debía el ser.
Poco tardaron en no tener secretos el uno con el otro. El vicario supo de mano de doña Ana lo que sobre sus sentimientos hemos dicho ya; y la noble religiosa recibió la confianza de las pocas que atormentaban a fray Miguel, y de que aún no hemos hablado.
Ya hemos dicho que el vicario de Santa María, antes de serlo, había sido confesor del rey don Sebastián de Portugal, y todo el mundo sabe que este monarca, habiendo hecho, contra el dictamen de todos sus consejeros, o al menos de los más hábiles, una expedición a África, desapareció en una batalla que dio delante de Tánger, en la cual fueron los cristianos completamente derrotados, sin ser posible encontrar el cadáver del rey entre los demás, ni saber su paradero.
El cardenal don Enrique ocupó entonces el trono de Portugal, y habiendo muerto sin sucesión, a pesar de haber obtenido del papa dispensa de sus votos para casarse, le sucedió en la corona Felipe II, en virtud de sus derechos, apoyados en un ejército que, a las órdenes del duque de Alba, derrotó a don Antonio, prior de Crato, príncipe que los portugueses hubieran preferido con razón al rey de España.
Pero a pesar de que todo esto sucedía, suponiéndose como cierta la muerte del rey don Sebastián, no faltaban en Portugal personas que creyesen que aún existía. Y esto no solo entre el vulgo, sino en las clases más elevadas del Estado.
En el número de los que seguían esta opinión se hallaba fray Miguel, fundándola en la circunstancia positiva de que no había uno solo de los que habían escapado con vida de la batalla que dijese que había visto morir al rey, y sí alguno que aseguraba que se había retirado herido gravemente con dirección a la costa.
Además, durante el corto reinado de don Enrique corrieron distintas veces rumores de que don Sebastián se había presentado ya en un punto ya en otro de la costa, siendo de observar que tanto el rey cardenal como Felipe II, cada uno en su tiempo, castigaron con la mayor severidad no solo al que decía haber visto en vida al don Sebastián, sino aun a aquellos que se limitaban a opinar que era posible que no hubiese muerto.
Si la historia de Felipe no ofreciese en cada una de sus páginas mil pruebas de su hipocresía, su conducta en esta ocasión bastaría solo a destruir la cualidad de eminentemente religioso con que sus parciales han querido honrarle. Un hombre timorato cualquiera da a cada uno lo que legítimamente le pertenece; y cuando las circunstancias le hacen dueño de un objeto al cual pueda parecer dudoso su dominio, no descansa hasta aclararlo, porque prefiere la tranquilidad de su conciencia a cuantos tesoros encierran las entrañas de la tierra.
Tal vez se dirá que en política hay ocasiones en que los principios de la estricta justicia deben plegarse a las circunstancias del momento, y que acaso de una pequeña infracción de ellos, en perjuicio de uno o de algunos particulares, resultan bienes infinitamente superiores a la masa. Esto se ha dicho hace muchos siglos, se dice en el nuestro, y se dirá en los futuros, siempre que los gobiernos quieren, o por malicia o por ignorancia, infringir los pactos sociales, que tácitos o expresos existen en todas las naciones, inclusa la Turquía, donde lo es el Alcorán; pero como no porque todos digan una cosa por eso es buena, habrán de permitirnos que les digamos humildemente nuestra triste opinión, y es que en general jamás de una mala acción resulta un bien; que si tal vez a primera vista aparece así, es indudable que, examinada la cosa a fondo y despacio, se hallará que no es lo que parece; y por último, que al mismo resultado, aun suponiéndolo bueno, se hubiera podido llegar sin cometer el crimen, con un poco más de paciencia y de trabajo.
De cualquiera modo, Felipe procedió siempre con su severidad característica contra todos los sebastianistas, y era igual el placer que su corazón de tigre recibía viendo quemar vivo al infeliz que acaso cantó por distracción
¿Si ha venido o no ha venido El Mesías prometido? No ha venido,
o se mudó de camisa un sábado, o tuvo la desdicha de no nacer aficionado a la carne de cerdo, que al que era bastante osado para decir que su penúltimo rey acaso aún viviría.