Part 10
No conocíamos en aquella época los españoles la sutil invención de la policía, mas en cambio teníamos la Inquisición, que no le va en zaga, y aun le lleva ventajas, y no pocas.
Gracias a las luces del siglo, la policía encuentra pocos delatores fuera de la clase abyecta de la sociedad, y aun en ella se avergüenzan los hombres de ser ministros de tal institución.
Por el contrario, el difunto Santo Oficio, desde el monarca hasta su último vasallo, contaba con otros tantos servidores. Las personas reales se honraban llevando un hacecito de leña para freír algún desventurado hereje; una junta de sus calificadores decidió de la suerte del príncipe de Asturias don Carlos.
Los grandes de España ansiaban verse alguaciles mayores, y desempeñar otros oficios del nefando tribunal.
La cruz verde de familiar deshonraba el pecho de un número considerable de nobles y funcionarios públicos.
En una palabra, no parece sino que eclesiásticos y seculares, nobles y plebeyos, toda la nación, en fin, quiso hacerse cómplice de los millares de asesinatos jurídicos cometidos por la Inquisición, al paso que la mayor afrenta que hoy puede hacérsele a un hombre es llamarle _esbirro_.
Fray Miguel, después de haber sufrido valerosamente la más cruel de las persecuciones, y llevado con resignación la reclusión en que se le tuvo algunos años, aprendió a ser cauto. Cesó de hablar de su malogrado rey, e interpretándose su silencio como prueba de hallarse convencido de la muerte de don Sebastián, lograron sus valedores, no sin trabajo, que se le pusiera en libertad y se le agraciase con el vicariato de Santa María, destino, a la verdad, poco apetecible para un provincial, pero preferible siempre a un encierro.
Allí, como hemos dicho, encontró a la señora doña Ana, y se interesó por ella vivamente tan luego como llegó a conocer sus excelentes prendas.
La hija de don Juan de Austria se consideraba, con razón, como víctima de la política de su tío el rey, y así fray Miguel llevaba en el mero hecho de ser perseguido por el mismo una gran recomendación para ella.
Las conversaciones entre el portugués proscrito y la religiosa versaban constantemente sobre dos solos puntos: la gloria y desgracia del vencedor de Lepanto, y la aciaga batalla de Tánger.
Insensiblemente, las opiniones del vicario sobre esta última materia fueron inculcándose en doña Ana, de modo que a muy poco tiempo llegó a ser tanto o más celosa sebastianista que él mismo. Si fray Miguel hacía una penitencia, una oferta cualquiera a un santo para lograr por su mediación la deseada vuelta de su rey, doña Ana no solo le imitaba, sino que en ocasiones llegaba a sobrepujarle en celo. Una rica lámpara de plata ardía de continuo en el coro alto de su monasterio, ante una imagen de nuestra Señora, en muestra del ardiente deseo que la hija de don Juan de Austria tenía de ver restituido a su trono al rey don Sebastián. Jamás oraba sin dirigir al cielo repetidas súplicas con el mismo fin; y, en resumen, su pensamiento dominante, único más bien, era el del regreso de aquel malhadado príncipe a su país.
Pero la verdad nos obliga a decir que, además de la compasión que las desgracias del rey de Portugal inspiraban al sensible corazón de la augusta religiosa, y del cariño que le profesaba por ser hijo de la princesa doña Juana, hermana predilecta de su padre, había un motivo, tal vez más poderoso, para que doña Ana se interesase tanto en que don Sebastián viniese y volviese a reinar.
Era este motivo la persuasión en que se hallaba, gracias a los continuos y repetidos esfuerzos que para ello hizo fray Miguel, de que en el caso de verificarse lo que tanto deseaba, y de contribuir aquella señora tan eficazmente como pensaba hacerlo al restablecimiento de la independencia de Portugal, don Sebastián obtendría del sumo pontífice que dispensaría a la señora doña Ana de sus votos, y se uniría a ella con el lazo del matrimonio.
Preciso es confesar que el vicario, en esta ocasión, prescindió un poco de su carácter habitualmente candoroso, y fue político en toda la extensión de la palabra, ofreciendo a la vista de la reclusa una perspectiva tan halagüeña que no podía menos de obligarla a entrar en sus planes, y prometiendo más acaso de lo que hubiera podido cumplir aun cuando don Sebastián no hubiese en efecto muerto y pudiera recobrar su corona, ambas cosas por lo menos harto problemáticas.
Pero háblesele a un amante de estrechar entre sus brazos a la que ama; a un prisionero de la libertad: por más incierto, por más peligroso, y acaso imposible, que al indiferente parezca conseguir lo uno o lo otro, a los interesados no les parece nunca que ofrece la menor dificultad, y apenas tocando la barrera de diamante que el destino opone a sus deseos, creen en ella.
Tal fue el caso de la señora doña Ana. A las primeras insinuaciones que el vicario la hizo sobre la materia, su fantasía se inflamó. Aquel corazón, a quien jamás la idea del amor se había presentado sino asociada con la del crimen, pudo, en fin, conseguir la esperanza de amar un día sin delito, y de amar a un guerrero esforzado, célebre por su valor y sus desgracias, y rey en fin.
Recobrar de una vez la libertad, sus derechos de mujer, la clase en que su ilustre nacimiento la colocó, salir de la estrechez del claustro al esplendor del trono, y sacudir las cadenas de Felipe, eran para doña Ana consecuencias inmediatas y precisas de la aparición de don Sebastián.
¿Qué mucho que con tales esperanzas no dejase en sosiego a un solo santo del cielo para conseguir se realizasen?
Sin embargo, empezó por oponer algunas resistencias al proyecto del matrimonio, y como fray Miguel, conociendo que aquello solo era por el bien parecer, insistiese sin cesar en ello, acabó por convenir en que se prestaría, _aunque con repugnancia, a los deseos de su augusto primo, y a las órdenes del santo padre_.
Conformidad admirable, tanto más cuanto su augusto primo probablemente no existía, y el _santo padre_ en lo que menos pensaba era en sacarla de su monasterio.
Además de la señora doña Ana, contaba fray Miguel en el monasterio con el amor de casi todas las religiosas, a quienes su vida austera y penitente había inspirado una veneración sin límites; y desde que se hallaba en Madrigal había vuelto a anudar algunas relaciones en Portugal con la mayor cautela y tan buena maña, que logró sustraer su correspondencia a la vigilancia de los agentes de Felipe.
Valiose para ello de un médico portugués establecido en el mismo Madrigal, de quien en lo sucesivo tendremos ocasión de hablar.
Este era el estado de fray Miguel y la señora doña Ana cuando don Juan de Vargas se presentó en Madrigal por la vez primera.
[Ilustración]
CAPÍTULO VI
Los días que apresurado Quieres hora apresurar Un tiempo te ha de pesar Que hayan tan presto llegado.
Los días que transcurrieron hasta el domingo en que Inés había prometido a don Juan de Vargas verse con él a la hora de la oración en el Carmen de Valladolid, caminaron para el impaciente amante con una lentitud insoportable.
Todas las tardes su paseo, sin preceder deliberación, era hacia el lugar de la cita, y en él su ocupación calcular hasta por minutos el tiempo que debía transcurrir hasta el deseado instante. Triste condición la del hombre que con ridícula inconsecuencia desea abreviar el curso de su corta vida por acelerar tal época de placer que acaso nunca llega.
Cinco días mortales se pasaron hasta que amaneció el domingo señalado. Don Juan oyó misa en el Carmen, paseó hasta la hora de comer por sus inmediaciones, y por la tarde volvió también al mismo paraje.
La oración sonó: en lo que menos pensó Vargas fue en rezar. Recorrió con la vista la larga extensión del Campo Grande, que así se llama el paraje en que se halla en Valladolid el convento del Carmen; pero aunque en él vio diferentes personas, ninguna se acercó al punto convenido en largo tiempo.
Por fin, dos hombres embozados hasta los ojos, y dejando ver por debajo de las capas cada uno una espada de tremenda longitud, se dirigieron al pórtico del convento con aire, aunque resuelto, cauteloso.
Don Juan los miró un momento; pero preocupado con la idea de ver venir a Inés, apenas paró la atención en aquellos dos hombres. Por su parte los embozados parece que tampoco hicieron reparo en él, y dieron vuelta a aquellos alrededores registrándolos escrupulosamente, con el objeto sin duda de buscar en ellos a alguna persona, o de asegurarse de que ninguna había oculta. Terminado este examen, que fue de bastante duración, uno de ellos se acercó a Vargas, que también iba embozado, y sin saludarle, ni andar en más ceremonias, le dijo:
—Amigo, háganos el gusto de despejar el campo, que habemos menester estar solos.
El hermano del marqués, impaciente con la tardanza de su amada, contrariado además con la importuna llegada de aquellos hombres, y poco acostumbrado a verse tratar con tan poca cortesía, sintió impulsos de responder a estocadas a tan grosera intimación; pero reflexionando que empeñar entonces una querella era lo mismo que imposibilitarse de ver a Inés, se contuvo, no sin trabajo, y respondió con aparente flema:
—Caballeros, un negocio de importancia me impide darles gusto por ahora. Tal vez me convendría a mí también estar solo; mas por amor de la paz me convendré a que vuesas mercedes estén aquí también.
Iba el que dio principio a esta conversación a responder no sabemos qué, cuando el otro embozado, que hasta entonces había permanecido a alguna distancia, acercándose precipitadamente a su compañero, le dijo:
—O el oído me engaña, o ese hombre es don Juan de Vargas, y a fe que me alegrara.
—Alegraos, pues, replicó el amante de Inés mostrándole el rostro a descubierto, que yo soy en persona.
—¿Qué vais a hacer? —exclamó el que primero había hablado de los dos.
—Lo veréis —respondió el segundo; y separándose de él, y dirigiéndose a don Juan, continuó diciendo—: Si no ando errado, señor don Juan, vos amáis a una mujer que tiene por nombre el de Inés.
Toda la sangre de Vargas se inflamó al oír tal interpelación. El que entonces le hablaba, ni era Espinosa, ni fray Miguel, y solo ellos dos y su criado Pedro tenían algún indicio de sus amores. ¿Cómo, pues, aquel desconocido se mostraba tan al corriente de ellos?
«Es un rival —dijo para sí—; solo un rival, y rival favorecido, puede saber que yo amo a Inés».
El raciocinio no era muy exacto; pero de tal modo se le asentó en la cabeza a don Juan aquella idea que, desde luego, se resolvió a reñir con aquel hombre, y así le contestó con sobrado desabrimiento:
—Señor mío, no estoy acostumbrado a dar cuenta de mis pensamientos al primer impertinente que tiene la osadía de venir a interrogarme; y así, si no queréis llevar respuesta de que os pese, iros norabuena, y dejadme en paz.
—Esa arrogancia podrá convenir con vuestros criados, pero no con los que cuando menos son tanto como vos.
—Si en efecto sois caballero —replicó Vargas lleno de ira—, yo os responderé como conviene.
Y al acabar estas palabras echó mano a la espada. No anduvo perezoso su contrario, pues empuñó la suya diciendo:
—A esto quería yo venir a parar.
—Hubiéraislo dicho desde luego, y ahorráramos palabras —repuso don Juan ya riñendo.
Su enemigo, para pelear, hubo de desembozarse y dejar ver un rostro de hombre en extremo blanco. El cabello era rubio y rizado, los ojos azules, y la fisonomía, aunque podía pasar por bella, sin embargo carecía de viveza y gracia.
Vargas reñía con serenidad, pero airado; su antagonista con valor, pero sin gran vehemencia. Ambos eran jóvenes, robustos, y diestros, al parecer, en el manejo de las armas.
El embozado que primero habló, aunque daba de cuando en cuando algunas muestras de descontento por lo que presenciaba, permaneció inmóvil en su puesto, hasta que después de dos minutos de pelea, su compañero, estrechado vivísimamente por Vargas, empezó a perder terreno. Entonces sin consideración alguna sacó también su espada y cerró con don Juan. Este, viéndose de repente con dos enemigos en vez de uno, se sorprendió algún tanto, y dio lugar a que su nuevo adversario le hiriese, aunque levemente, en la mano izquierda. Empero, al ver correr su sangre tan alevosamente derramada, la ira le dio nuevas fuerzas, y echando prontamente mano a la daga, de que hasta allí desdeñó de hacer uso, se dio tan buena maña que no solo mantuvo a suficiente distancia de su cuerpo los aceros de sus enemigos, sino que tuvo la fortuna de desarmar al que provocó la riña, haciendo saltar su espada a más de cuarenta pasos.
Pero aquel triunfo hubo de serle funesto, pues el desarmado, furioso con el desmán que le sucedía, corrió en busca de su arma, y volviendo con ella iba a atacar a Vargas por un costado, esperando que, ocupado en combatir con su compañero, no lo echaría de ver. Engañose en esto. El hermano del marqués no era novicio en las armas, y como más de una vez se había visto en Flandes en lances cuando menos tan apurados como aquel, conservaba la misma serenidad que si estuviera sentado a la mesa de su hermano. Calculando con razón que de hombres que peleaban dos contra uno todo lo malo podía esperarlo, no perdió de vista al desarmado, y observando su marcha le conoció la intención. Reconociendo, pues, el terreno con una rápida ojeada, empezó a retirarse con tanto acierto, que en un instante se halló con las espaldas guardadas por el convento, y su enemigo vio frustrarse la esperanza de acabar con él traidoramente.
La pérfida conducta de aquellos dos hombres se avenía muy mal con el valor con que peleaban, porque en realidad lo hacían como hombres decididos, y que no empezaban entonces a manejar la espada.
Más de siete minutos duró aquella lucha desigual; en ella recibió don Juan la herida de que hemos hablado, y sus dos enemigos no se hallaban mejor parados, pues el rostro de uno estaba cubierto de sangre, y el otro recibió una estocada en un muslo.
Sea por las heridas, sea por cansancio, ambos se retiraron simultáneamente al cabo de este tiempo como a unos seis pasos de Vargas, y este, demasiado fatigado para perseguirlos, aprovechó con gusto aquella ocasión de recobrar sus fuerzas.
Los tres con las puntas de las espadas apoyando en tierra, respirando apenas, y con la vista clavada en el enemigo, hubieran parecido estatuas si la sangre que corría por sus vestidos no demostrara que eran hombres.
Es probable que la pelea se hubiera renovado, y tal vez terminado con fatal éxito para Vargas, si a poco de hallarse los tres actores de aquella escena en la disposición que hemos dicho, no apareciera entre ellos una mujer, cubierta con un manto negro, pero que a pesar de él conoció desde luego Vargas por Inés.
La pastelera de Madrigal, que no esperaba hallar en aquel sitio a don Juan cubierto de sangre, y en disposición tan hostil, dio muestra de su sorpresa y sentimiento con un profundo suspiro, que fue el que advirtió de su presencia a su amante y a sus dos enemigos.
—Señor don Juan, ¿qué es esto, que es esto? —preguntó Inés.
—Esto es, señora —dijo el provocador de Vargas, sin dar lugar a que este respondiese—, esto es un efecto de vuestra acertada elección.
—Decid más bien —replicó la morena con dignidad y fuerza—, de vuestra inconcebible imprudencia, de vuestra ridícula obstinación, por no decir otra cosa.
—Podéis gloriaros, Inés —exclamó don Juan—, de tener un amante en ese hombre digno de figurar en una banda de salteadores. Mirad el denuedo con que esos hombres han tirado la espada contra uno solo; y es lástima, en verdad, que no hayáis presenciado el valor con que trataban de asesinarme por la espalda.
La acusación era demasiado cierta, y en el fondo de sus corazones era imposible que los embozados dejaran de conocer su justicia; pero hallándose una mujer presente no les pareció decoroso convenir en ella, y así el que primero riñó contestó lleno de ira real o aparente:
—Mentís como un bellaco.
—Miserable —gritó don Juan—, yo castigaré tu imprudencia.
Y diciendo y haciendo acometió con no vista furia a su enemigo, quien no dejó de defenderse bizarramente. Su compañero, que como ya se ha visto, nada tenía de escrupuloso, iba también a tomar parte en la pelea; mas Inés, advirtiéndolo con tiempo, se arrojó sobre él tan de improviso, que le arrancó la espada de las manos, y separándose algún tanto le presentó la punta de su propio acero a dos dedos del pecho, diéndole:
—Cobarde, por la vida del rey te juro que te atravieso si das un paso más. No, en mi presencia no asesinaréis a un caballero. Pelee en hora buena con uno, ya que tan locos sois que buscáis vuestra perdición y la nuestra, pero con dos no será mientras yo pueda impedirlo.
Entre tanto peleaba Vargas con singular denuedo, y su enemigo no se defendía con menos. Mas como ambos estaban ya cansados, apenas tiraban golpe peligroso, y si lo hacían, no encontraban dificultad en pararse recíprocamente.
A poco de haberse empezado este nuevo combate Inés, que en medio de su singular posición conservaba una admirable serenidad, exclamó:
—La justicia, caballeros, la justicia.
Los que reñían suspendieron su combate, y el desarmado, volviendo atrás la cabeza, vio en efecto que ya a la mitad de la distancia que media entre el convento del Carmen y la calle de Santiago se percibía a la luz de una gran linterna que traían un grupo de siete a ocho personas que probablemente habrían oído el ruido de las espadas, según la prisa con que caminaban.
—La justicia es —repitió aquel hombre—; huyamos.
—Señor don Juan —dijo el otro—, ya veis que por ahora no es posible terminar este asunto; yo buscaré ocasión en que podamos hacerlo sin temor de ser interrumpidos.
—Y entonces —respondió Vargas con amarga ironía—, procurad llevar otros dos o tres amigos, por si no bastareis solo.
No replicó a esto aquel hombre, ya por no tener qué, ya, y es lo más cierto, porque los de la linterna se acercaban tan de prisa que no daban lugar a ello. Lo que hizo, pues, fue envainar su espada, y seguido por su compañero echó a andar con bastante celeridad a pesar de su herida.
Inés, llegándose a su amante, le dijo:
—Don Juan, las apariencias me condenan, pero cuando las circunstancias lo permitan yo os haré ver mi inocencia; por ahora me es fuerza retirarme.
Mientras la pastelera hablaba así, los que huían, advirtiendo que no los seguían, hicieron alto, y uno de ellos volviendo la cabeza dijo en voz alta:
—Vamos, señora.
Obedeció Inés, y don Juan despechado exclamó:
—Seguidlos, señora, seguidlos, que ya yo quedo satisfecho de vuestro amor.
Aunque hubiera querido la morena replicar no se lo permitieron sus impacientes compañeros, que asiéndola cada uno por un brazo tardaron poco en desaparecer a la vista de Vargas, gracias a la oscuridad de la noche.
Un momento después los de la linterna, haciendo alto como a unos veinte pasos de nuestro caballero, que apoyando la espalda a los muros del convento, y con la espada en la mano, permaneció inmóvil, dieron el acostumbrado grito:
—¿Quién va a la ronda?
—Un hombre solo, un caballero —respondió don Juan.
Animados con esta respuesta, los ministros de justicia, que tales eran en efecto, se acercaron a don Juan, y formaron círculo en rededor de él.
—La espada —dijo ya entonces el que capitaneaba aquella gente, y por el traje parecía magistrado.
—¿Y quién me la pide? —preguntó Vargas.
—El rey nuestro señor (aquí el juez, sus ministros y Vargas se descubrieron la cabeza respetuosamente), y en su nombre don Rodrigo Santillana, su alcalde del crimen en la real chancillería de Valladolid.
—Tomad, pues, señor alcalde, aunque ignoro la causa por que se me pide.
—Vuestro nombre y profesión.
—Don Juan de Vargas, caballero y capitán de caballos, hermano del marqués de ***, para serviros.
—Tomad vuestra espada, señor caballero, que de persona de tan honrado linaje no es de sospechar acción villana, y seguidme si os place.
Recibió don Juan su espada, y tomó con el alcalde la vuelta para Valladolid. En el tránsito le dijo don Rodrigo que habiendo salido aquella noche a hacer su ronda, y entrando en el Campo Grande, le llamó la atención oír hacia el Carmen ruido de espadas, y que como aquel era el paraje en que a tales horas salían los caballeros irritados, había acudido a él, deseoso de evitar, como era su obligación, cualquier desgracia. Don Juan contestó que él había acudido allí para cierta cita, y que sobreviniendo impensadamente dos desconocidos, y queriendo arrojarle del sitio con brutal grosería, negándose él a hacerlo, le acometieron ambos, hiriéndole, como se deja ver; que habiendo advertido uno de sus enemigos que se aproximaba la justicia, y avisádoselo al otro, echaron ambos a huir; y que él, no teniendo motivo para hacerlo, permaneció firme allí hasta la llegada de la ronda. Por último, Vargas concluyó protestando que estaba pronto a seguir a don Rodrigo a la prisión, si a ella quería llevarle, pero que no le parecía justo se atropellase a un hombre principal por haber defendido su vida contra dos asesinos.
Don Rodrigo Santillana, que era un buen magistrado, pero muy cortesano y ambicioso, aprovechó con gusto aquella ocasión de adquirir la poderosa protección de la familia de los Vargas, aunque bien conocía que era a expensas de lo que la justicia exigía, pues al cabo a don Juan se le había hallado a deshoras y casi en despoblado con la espada en la mano ensangrentada, y herido además. Su deber era retenerlo en prisión hasta averiguar su inocencia; su interés le aconsejaba creer en ella desde luego, y este, como sucede con frecuencia en tales casos, triunfó entonces también.
El alcalde, pues, dio desde luego entero crédito a cuanto don Juan le dijo, y excusándose humildemente de haberse visto precisado a tratarlo al principio con poca cortesía, no solo le declaró que estaba libre, sino que quiso acompañarle, y le acompañó en efecto con toda su ronda hasta la puerta de la casa de su hermano el marqués. Verdad es que en esto último se encerraba también el designio de cerciorarse de que don Juan era realmente la persona que había dicho ser, lo que vio confirmado plenamente con el respeto con que los criados le recibieron.
Finalmente, Vargas y Santillana se despidieron los mejores amigos del mundo, y con la promesa de volverse a ver muy presto. El primero se retiró a devorar sus penas en el silencio de su estancia, y el segundo a buscar con sus ministros en las calles de Valladolid algún plebeyo descarriado en quien compensar con el rigor la indulgencia excesiva que había usado con el noble capitán de caballos.
[Ilustración]
CAPÍTULO VII
Todo es ya por demás: ¿Qué soy ahora?
(Quintana: _Pelayo_).
Rayaba el sol en el más alto punto de su diaria carrera iluminando con sus rayos las vastas llanuras de Castilla la Vieja, cuando por tercera vez pisó el suelo de Madrigal el enamorado y malcontento don Juan de Vargas, ocho días después de la noche en que después de los acontecimientos del Campo Grande le dejó en su casa el alcalde don Rodrigo Santillana.
Empleó los siete primeros en hacer en todo Valladolid las más exquisitas diligencias para encontrar a su dama, recorriendo con este objeto cuantas posadas públicas o secretas él conocía, o sus amigos le indicaron; mas no solo no dio con ella, sino ni tampoco con el menor indicio de haberse aposentado en ninguna.
Tan cautelosa manera de proceder, las relaciones de aquella mujer con los hombres que le atacaron en las inmediaciones del convento del Carmen y, sobre todo, su dependencia del pastelero Gabriel de Espinosa no podían menos de debilitar el ventajoso concepto que otras circunstancias le habían hecho formar de ella, y no hay duda de que, a no estar tan ciegamente enamorado, bastaran a separarle de ella enteramente. Pero ya en su posición, cada reflexión que le ocurría en contra de Inés no producía otro resultado que el de hacer más penoso su estado, exasperarle, por consiguiente, y llevarle a ser capaz de cometer los mayores excesos por salir pronto de la intolerable incertidumbre en que vivía.