Napoleón en Chamartín

Part 6

Chapter 64,164 wordsPublic domain

--¡Ese miserable me amenaza! ¡Dice que si su hija no está hoy en su poder lo estará mañana!

--Vuecencia recordará lo que ocurrió cuando la familia toda vino de Andalucía. Yo formaba en la escolta que acompañó a sus mercedes desde Bailén hasta Santa Cruz de Mudela, y contribuí a poner en fuga a la canalla que detuvo los coches.

--Eran ladrones.

--Sí; pero su intento no era despojar a los viajeros. Usía recordará que nos fue muy fácil darles una severa lección; pero lo que sin duda ignora es que allí estaba el Sr. de Santorcaz, escondido entre las cercanas malezas, pues él y no otro mandaba aquella brillante tropa de forajidos. Yo, que había leído la carta y además tenía sospechas por ciertas palabras que en Bailén oí a ese D. Luis, solicité un puesto en la escolta que al señor Marqués concedió el General, y en ella formaron también algunos de mis buenos compañeros. Pero todavía falta a vuecencia el leer la más curiosa de las tres cartas que en aquella ocasión memorable vinieron a mis manos. Aquí está, y ella le hará ver la infame deslealtad de un criado de su propia casa.

Tomó la Condesa la carta en que Román daba a Santorcaz noticia circunstanciada de lo ocurrido con motivo de la legitimación de Inés; y mientras la leía, tan pronto la rabia hacía brotar lágrimas de sus ojos, como los inflamaba con vivo resplandor.

--Ya sospechaba yo la infidelidad de ese vil, que todo nos lo debe --exclamó--; pero mi tía le tiene cariño y por eso sigue en la casa... ¡Qué infamia! Pero tú, necio mozalbete, ¿para qué has leído estas cosas? Vete, quítate de mi presencia... no, no, ven acá: tú no eres culpable.

--Señora --respondí--, ningún nacido sabrá de mí lo que usía no quiere que se sepa. Yo esperaba una ocasión de entregar a vuecencia esas cartas, y mientras han estado en mi poder, nadie, absolutamente nadie más que yo las ha leído.

--¡Oh! ya sé lo que debo hacer para defenderme, y defender a mi hija de tan miserables asechanzas.

--Santorcaz es íntimo amigo de D. Diego, le acompaña a todas partes, le aconseja y le dirige. Yo he sorprendido sus conversaciones íntimas, y por ellas veo que el pérfido amigo y consejero de Rumblar no ha desistido de sus proyectos.

--Yo estoy trastornada, yo estoy confusa --dijo Amaranta levantándose de su asiento--. No, no, Gabriel, no te vayas. Tú eres un buen muchacho: yo quiero recompensarte de algún modo, dándote lo necesario para que vivas con el decoro que mereces... Pero no pienses en Inés, ¿sabes? Es una demencia que pienses en ella. ¡Pobre hija mía! La hemos sacado de la miseria; la hemos dado nombre, fortuna, posición, y no podemos hacerla feliz. ¡Esto me vuelve loca! Cuando la veo indiferente a todas las distracciones que le proporcionamos; cuando veo la imposibilidad de hacerme amar por ella, como yo quiero que me ame; cuando la observo pensativa y muda, y considero que echa de menos la apacible estrechez y contento que disfrutaba viviendo con el cura de Aranjuez, me siento morir de pena y paso llorando largas horas. ¡Pobre hija mía! ¡Ni siquiera le puedo dar este nombre, pues hasta con los de casa he de guardar secreto! ¡Ella y yo somos igualmente desgraciadas! ¿Por qué no haces lo que te propuse, Gabriel? ¿A qué vienes con humos caballerescos? ¿Eres acaso más que un infeliz? Pero no: tienes razón; no te degrades a sus ojos: tú tienes sentimientos nobles; tú eres un caballero, aunque no lo parezcas. Tú mereces mejor suerte; Dios no es justo contigo... ¡Ay! voy viendo que tú también eres muy desgraciado.

Esto decía la Condesa con muestras no solo de gran dolor, sino también de cierta confusión mental, hija de las diversas sensaciones a que se había visto sometida; y sentándose luego, permaneció en silencio gran rato. Así estaba cuando creí sentir lejano ruido de voces en lo interior de la casa; rumor que apenas se percibía, y que para mí hubiera pasado inadvertido, a no haber corrido Amaranta súbitamente hacia una de las puertas, prestando atención a lo que tan débilmente se oía.

--Es mi tía --dijo después de una larga pausa--; es mi tía que no cesa de reñirla. Porque no quiere someterse a las majaderías de un ridículo maestro de baile, ni hacer dengues ante los petimetres que nos visitan, la tratan de este modo. ¡Y yo no puedo impedirlo, Dios mío! --añadió juntando las manos con mucha aflicción--. ¡Pero si no soy nada aquí, ni tengo autoridad alguna sobre ella! He de presenciar sus martirios, fingiendo aprobarlos, y estoy condenada a aplaudir las violencias, las intolerancias, las imposiciones, el proceder suspicaz y mezquino, que la hacen tan infeliz.

Amaranta hizo ademán de salir; contúvose junto a la puerta; retrocedió luego, indicando en su marcha y ademanes una grandísima agitación. Después me miró con asombro, como si se hubiese olvidado de mi presencia y de improviso me viera.

--Gabriel --me dijo--. Vete, vete al punto de aquí, y no vuelvas más. ¡Ay! ¿Por qué no querrá Dios que, en vez de ser quien eres, seas otra persona?

La conmoción me impedía hablar, y sin decir sino medias palabras, despedime de ella, besándole respetuosamente las manos. Entonces Amaranta me tomó una de las mías, y mirándome con calma, derramando lágrimas de sus bellos ojos, me dijo esto, que no olvidaría aunque mil años viviese:

--Gabriel, eres un caballero; pero Dios no ha dispuesto darte el nombre y la condición que mereces. Si quieres darme una prueba de la nobleza de tus sentimientos y de la rectitud de tu juicio, prométeme que has de desaparecer para siempre de Madrid, y no presentarte jamás donde ella te vea. Se le dirá que has muerto.

--Señora --respondí--, ignoro si me permitirán salir de Madrid; pero si algo impide esta mi resolución, yo prometo a usía, por Dios que nos oye, salir de Madrid; y entre tanto que aquí esté, juro que no me presentaré a ella, ni haré por verla, ni consentiré en cosa alguna por la cual venga a conocer que estoy en el mundo. Este es mi deber.

--Tendré presente lo que me has jurado --dijo ella--. No te arrepentirás de tu conducta. Adiós.

IX

Estrechome entre las suyas mis manos la Condesa, con muestras de vivo agradecimiento, y salí de aquella estancia y del palacio con tan profunda emoción, que no era dueño de mí mismo. Cuando llegué a mi casa, después de vagar por Madrid toda la tarde, arrojeme sobre mi lecho, donde en vela pasé la noche entera, revolviendo en mi mente las palabras del diálogo con Amaranta: llorando a veces, a veces profiriendo gritos de rabia, y tan excitado, que mis buenos patronos creyéronme atacado de violenta fiebre.

A la mañana siguiente, después que rendido a la fatiga dormí con sueño irregular y espantoso durante algunas horas, Doña Gregoria llegose a mí y me despertó diciendo:

--¿Qué es esto? Durmiendo a las diez de la mañana. Arriba, arriba, mocito. ¡Y se ha acostado vestido! Vamos, que son las diez... Pero, chiquillo, ¿qué haces, en qué piensas? Por ahí ha pasado la quinta compañía de voluntarios, tan majos y tan bien puestos con sus uniformes nuevos, que darían envidia a un piquete de guardias walonas. ¡Ay, qué monísimos iban! A los franceses les dará miedo solo de verlos. Nada les falta, si no es fusiles, pues como en el Parque no los había, no se los han podido dar; pero llevan todos unos palitroques grandes que les caen a las mil maravillas, y de lejos parece que llevan escopetas. Vamos, levántese el Sr. Gabrielito: ¿no eres tú de la quinta compañía? Levántate, que ya dicen que está Napoleón Bonaparte a las puertas de Madrid, montado en una mula castaña y con la lanza en el ristre para venir a atacarnos.

--Mujer, ¿qué disparates estás diciendo? --observó el Gran Capitán--. Napoleón no está en Madrid, sino que parece entró ya en España y anda sobre Vitoria. Por cierto que dicen ha habido una batallita... Pero, chico, ¿no vas a coger tu fusil?

--Hoy mismo me voy de Madrid, señor D. Santiago.

--¿Que te vas de Madrid, después de alistado? Pues me gusta el valor de este mancebo.

--Es que voy a ver si me permiten pasar al ejército del Centro, que está en Calahorra, y creo que me lo concederán.

--¡Oh! no lo esperes, porque aquí, según me dijeron en la oficina, lo que quieren es gente y más gente, pues como algunos dan en decir que hay malas noticias... Yo creo que todo es cosa de los papeles públicos, y a mí no me digan: los papeles públicos están pagados por los franceses.

--¿Conque malas noticias?

--Paparruchas... En primer lugar, ahora salen con que lo de Zornoza, que creíamos fue una gran victoria, es una medianilla derrota, y que el general Blake ha tenido que escapar, refugiándose en las montañas. No se pueden oír estas cosas con calma, y yo mandaría que se le arrancara la lengua al que las repite.

--¡Mentiras, todo mentiras! --exclamó Doña Gregoria--. Si no sé cómo la Junta no manda ahorcar en la plazuela de la Cebada a todos los que se divierten con tales disparates.

--Has hablado muy bien --dijo el Gran Capitán--. Ahora han dado en decir que si en Espinosa de los Monteros ha habido o no ha habido una batalla.

--¿En que también hemos perdido? --preguntó Doña Gregoria.

--¡Así lo dicen; pero quiá! Bonito soy yo para tragarme tales bolas. Ahora encontré al volver de la esquina al Sr. de Santorcaz, el cual me lo dijo, fingiéndose muy apesadumbrado... ¡Pícaro marrullero! Como si no supiéramos que es espía de los franceses.

--¿Conque en Espinosa de los Monteros? ¿Y hemos tenido muchas pérdidas? --pregunté yo.

--¿También tú? --dijo Fernández sin poder disimular el pésimo humor que tenía--. Te voy descubriendo que tienes muy malas mañas, Gabriel.

--No hagas caso de este chiquillo mal criado --dijo Doña Gregoria.

--Es preciso que aprendas a tener respeto a las personas mayores --afirmó el Gran Capitán, mirándome con centelleantes ojos--. ¿Qué es eso de pérdidas? ¿He dicho acaso que nos han derrotado? No mil veces, y juro que no hay tal derrota. ¿Hombres como yo pueden dar crédito a las palabras de gente desconsiderada y vagabunda?

Calleme por no irritar más a mi ingenuo amigo, y mientras me daban de almorzar, entró una visita que en mí produjo el mayor asombro. Vi que avanzaba haciéndome pomposos saludos, y mostrándome en feroz sonrisa su carnívora dentadura, un hombre de espejuelos verdes, en quien al punto reconocí al licenciado Lobo. Lo que más llamaba mi atención eran los extremos de cortesía y benevolencia que en él advertí, y el desusado respeto hacia mi persona que en todos sus gestos y palabras mostrara aquel implacable empapelador, y antes enemigo mío.

--¿Qué bueno por aquí, Sr. de Lobo? --díjele ofreciéndole junto a mí una silla en que se repantigó.

--Quería tener el gusto de ver al señor D. Gabriel.

--¿_Señor Don_ tenemos? _Malum signum._

--Y de poner en su conocimiento algo que le importa mucho --añadió--. ¿Pero cómo no ha ido a verme el Sr. D. Gabriel?

--Ya le he encontrado a usted muchas veces en la calle, y como no ha tenido a bien saludarme...

--Es que no habré visto a usted --me contestó melosamente--. Ya sabe el Sr. D. Gabriel que soy más que medianamente ciego... Pues bien: como decía... El Gobierno ha tenido a bien remunerar los buenos servicios de usted.

--¡Mis buenos servicios! --exclamé asombrado--. ¿Y qué buenos ni malos servicios he prestado yo al Gobierno?

El Gran Capitán y su esposa, con medio palmo de boca abierta, prestaban gran atención.

--Modestito es el joven --prosiguió Lobo con aquel artificioso sonreír, que le hacía más feo, si es que cabía aumento en las dimensiones infinitas de su fealdad--. Yo he oído que usted se lució mucho en la batalla de Bailén, y no sé si también en la de Trafalgar, donde parece que mandó un par de fragatitas o no sé si un navío.

Prorrumpí en risas, y los dos ancianos, mis amigos, miráronse uno a otro con espontánea admiración por mis inéditas hazañas.

--Sí... algo de esto ha llegado a oídos del justiciero Gobierno que nos rige, y las Comisiones ejecutivas de la Junta se disputan cuál de ellas echará el pie adelante en esto del recompensar a usía.

--Hola, hola, ¿también soy usía? Pues esto sí que me llena de asombro.

--Pero sea lo que quiera, amigo mío --continuó el leguleyo--, ello es que se ha decidido darle a usía un empleo en América, al inmediato servicio del señor virrey del Perú.

--¿Trae usted mi nombramiento? --dije comprendiendo al fin de dónde venía todo aquello.

--No: hoy solo vengo a notificarle a usía este gran suceso, y a advertirle que cualquier cantidad que necesite para preparar su viaje, me la pida con franqueza, pues tengo orden de la... digo, del Gobierno, para entregar a usted lo que tenga a bien pedirme, previo recibito que me extenderá vuecencia.

--¿También soy vuecencia? --dije recreándome en la estupefacción de mis dos amigos.

--El nombramiento --prosiguió-- lo tendrá usía dentro de dos o tres días; pero le advierto que es voluntad de la Junta Suprema que el señor D. Gabriel se haga a la vela al punto para las Américas, donde pienso que es de gran necesidad su presencia.

--Bueno --repuse--; pero entre tanto, yo le ruego al Sr. de Lobo diga a la Junta que no me hace falta dinero, y que muchas gracias.

--Eso no está bien --dijo Doña Gregoria muy incomodada--. Pero, tonto, si te lo dan, recíbelo y guárdalo sin averiguar de dónde viene. Estas cosas no pasan todos los días. Apuesto a que la Junta ha sabido lo de tus latines y te manda allí para que enseñes esa lengua a los salvajes, con lo cual se convertirán todos. ¿No es verdad, Sr. de Zorro, que así ha de ser?

--No me llamo Zorro, sino Lobo --repuso este--, y hará muy bien el Sr. D. Gabriel en tomar lo que le haga falta, pues a su disposición lo tiene.

--Pues bien --dije yo--: vaya usted de mi parte a la señora Junta que le dio tan buen recado para mí, y dígale que para servir a la patria y al rey, yo no pensaba pasar a América, sino al ejército del Centro y de Aragón, en cuyo reino pienso quedarme y no volver a Madrid mientras viva. Para este viaje no se necesitan gastos.

--¿Y qué va a hacer el Sr. D. Gabriel en el ejército de Aragón? Aquello está mal --dijo Lobo--. Por el de la izquierda no andan mejor las cosas, y después de la batalla que hemos perdido en Espinosa de los Monteros, nuestras tropas quedan reducidas a nada, y Napoleón vendrá a Madrid.

--¡Eso será lo que tase un sastre! --exclamó el Gran Capitán echando chispas--. ¿Quién hace caso de los papeles?

--Desgraciadamente --continuó Lobo--, esa sensible derrota no puede ponerse en duda.

--Pues yo la pongo --afirmó Fernández rompiendo un plato que al alcance de la mano tenía sobre la mesa--. Sí, señor: yo la pongo en duda; y es más, yo la niego.

--El señor --dijo Doña Gregoria-- seguramente no sabe quién eres tú y el cómo y cuándo de lo bien enterado que estás de todo.

--Yo sé la noticia por buen conducto y aseguro que es indudable --indicó Lobo--. El Secretario del ramo de Guerra me lo ha dicho.

--Buen caso hago yo del Secretario del ramo de Guerra --dijo Fernández amoscándose en grado supino.

--Vamos, no porfíes, Santiago... --añadió Doña Gregoria--. Estás más encarnado que pimiento de Calahorra, y no está bien que te dé el reúma en la cara por una batalla de más o de menos.

--Pues que no me falten al respeto. ¡Esto de que le insulten a uno en su propia casa...! --dijo Fernández dando un puñetazo en la mesa--. Porque digan lo que quieran, donde menos se piensa salta un espía de los franceses, ¡y Madrid está lleno de traidores!

Asustado Lobo del enérgico ademán de Don Santiago, no quiso insistir en lo de la derrota, y proclamó muy alto que la batalla de Espinosa de los Monteros había sido ganada y reganada y vuelta a ganar por los españoles, oyendo lo cual se apaciguó nuestro veterano de las portuguesas campañas y habló así:

--Me parece que tiene uno autoridad para decir quién gana y quién pierde en esto de las batallas... y todos no entienden de achaque de guerra... y una acción parece derrota de diablos, hasta que viene una persona inteligente y la explica, y resulta victoria de ángeles... y no digo más, porque sé dónde me aprieta el zapato; y en Espinosa de los Monteros lo que hubo fue que todos los franceses echaron a correr, y el hi... de mala mujer que me desmienta, sabrá quién es Santiago Fernández.

Dijo y levantose, cantando entre dientes un toquecillo de corneta; y dirigiéndose luego a donde desde lueñes edades tenía su lanza, la cogió, y con un paño la empezó a limpiar del cuento a la punta, dándole repetidas friegas, pases y frotaciones, sin atender a nosotros ni cesar en su militar cantinela. En tanto Lobo, que en todo pensaba menos en llevarle la contraria, continuó hablándome así:

--Ahora, Sr. D. Gabriel, me resta tocar otro punto, y es que me diga usted algo de su parentela y abolengo, porque es preciso sacarle una ejecutoria. Con diligencia, el Becerro en la mano, y un calígrafo que se encargue del árbol, todo está concluido en un par de días.

--Mi madre entiendo que lavaba la ropa de los marineros de guerra --le contesté--, y hágamela su merced Duquesa del Lavatorio, o para que suene mejor de _Torre-Jabonosa_, o de _Val de Espuma_, que es un lindísimo título.

--No es broma, señor mío. Al contrario, el destino que usted lleva al Perú, no puede dársele sin una información de nobleza. Es cosa fácil. Y de su papá de usted, ¿qué noticias se pueden encontrar en la tradición o en la historia?

--¡Oh! Mi papá, Sr. de Lobo, si no mienten los pergaminos que se guardan en el archivo de mi casa, y están todos roídos de ratones (lo cual es muestra de su mucha ranciedad), fue cocinero a bordo de la goleta _Diana_, por lo cual le cae bien un título que suene a cosa de comida... pero ahora recuerdo que un mi abuelo sirvió de alquitranero en la Carraca, y puede usted llamarle el Archiduque de las _Hirvientes Breas_, o cosa así.

--Usted se chancea, y la cosa no es para burlas. ¿Su apellido...?

--Los tengo de todos colores. Mi madre era Sánchez.

--¡Oh! Los Sánchez vienen de Sancho Abarca.

--Y mi padre López.

--Pues ya tenemos cogidos por los cabellos a D. Diego López de Haro y a D. Juan López de Palacio, ese famosísimo jurisconsulto del siglo XV, autor de las obras _De donatione inter virum et uxorem, Allegatio in materia hæresis, Tractatum de primogenitura..._

--Pues de ese caballero vengo yo como el higo de la higuera. También me llamo Núñez.

--Por las alturas genealógicas de usted, debe de andar el juez de Castilla Nuño Rasura. ¿Y no hubo algún Calvo en su familia?

--¿Pues no ha de haber? Mi tío Juan no tenía un pelo en la cabeza. También me llamo _Corcho_, sí, señor: yo soy nada menos que un _Corcho_ por los cuatro costados.

--Feísimo nombre del cual no podemos sacar partido. Si al menos fuera Corchado... pues hay en tierra de Soria un linaje de Corchados, que viene de la familia romana de los _Quercullus_. En lugar del _Corcho_ le podemos poner al Sr. Gabrielillo un _Encina_ o _Del Encinar_, que le vendrá al pelo.

--A mi madre la llamaban la señora María de Araceli.

--¡Oh, bonitísimo! Esto de Araceli es bocado de príncipes, y más de cuatro se despepitarían por llevar este nombre. Suena así como Medinaceli, _Cœlico Metinensis_, que dijo el latino. No necesito más.

A todas estas, Doña Gregoria no sabía lo que le pasaba oyendo el diálogo de linajes; y absorta y suspensa aguardaba en silencio en qué vendría a parar todo aquel belén de mis apellidos.

--Que es de buena sangre el niño, no lo puede negar --dijo al fin--, porque bien se conoce en la nobleza de su condición; que hartos hoy por ahí llenos de harapos, y a lo mejor salen con la novedad de que son hijos de un Duque. Aquí estoy yo, que tampoco doy mi brazo a torcer, pues los Conejos de Navalagamella no son ningún saco de paja.

--¿Qué Conejos son esos, señora mía?

--El mejor linaje de toda la tierra. Yo soy Coneja por los cuatro costados. El señor licenciado sabrá de qué fuentes antiguas vendrá este arroyo genealógico de la Conejería.

--Como estos gazapos --contestó el licenciado-- no vengan de aquellos tiempos remotísimos en que a España la llaman _cunicullaria_, es decir, _tierra de los conejos_, no sé de dónde pueden venir.

--Así debe de ser. ¿Y el Sr. D. Gabriel, de dónde viene?

--Eso lo dirá el Becerro. Ahora veo que este señor de Araceli no es cualquier cosa, y aquí en dos palotadas hemos encontrado robustas columnas donde apoyar la grandiosa fábrica de su alcurnia. Pero hablando de otra cosa, Sr. de Araceli, ¿quién me abonará los gastos de la saca de ejecutoria? ¿Usted o la persona que me ha dado el encargo de hacer estas diligencias y de ofrecer el dinero?... Porque los gastos no son una bicoca. Además, esta comisión tan bien desempeñada, ¿no merece alguna recompensa? Yo creo que la dará la señora Con... quiero decir, la Junta central, que es quien aquí me ha enviado.

--Más vale que el señor licenciado no se tome el trabajo de revolver papeles ni pintar árboles; pues yo no se lo he de pagar, y ese dinero que me ofrece tampoco lo he de tomar.

--Eso sí que no lo consiento --manifestó Doña Gregoria--. No ha de ser así. Santiago, oye lo que dice este porro.

--Usted lo meditará mejor --dijo el leguleyo levantándose--. En cuanto a mí, espero ganar algo en estos jaleos, porque, amigo mío, ¿cómo se da de comer a diez hijos, mujer y dos suegras? Dentro de unos días volveré a traer a usted el nombramiento, y un poco más tarde la ejecutoria. Y en cuanto al dinero, con ponerme dos letritas...

--Bueno --respondí, considerando que me convenía disimular por de pronto mis intenciones--. Yo haré lo que me parezca, y nos veremos, Sr. D. Severo.

--Adiós, mi querido e inolvidable amigo --dijo deshaciéndose en cumplidos--. Que esto sirva para estrechar más los lazos de la dulce amistad que desde ha tiempo nos profesamos.

--Sí, desde el Escorial.

--Justamente. Desde entonces le eché el ojo al Sr. de Araceli, y comprendiendo sus excelentes prendas, lo diputé por grande amigo mío. Venga un abrazo.

Se lo di, y fuese tan satisfecho. Entre tanto, habían acudido a casa del Gran Capitán los vecinos, traídos todos por el olor de mi estupendo destino y del encumbramiento novelesco, que ninguno quiso creer si Doña Gregoria no lo jurara en nombre de todos los Conejos de Navalagamella.

--¿Que no lo creen ustedes? --decía el Gran Capitán a las niñas de Doña Melchora--. Como que me lo han hecho virrey del Perú.

--¡¡¡Virrey del Perú!!!

--Sí... y no quedó cosa que no sacó aquí ese señor de Lobo, Zorro o Leopardo --añadió Doña Gregoria--. Y ahora parece que está tan clara como la luz del sol la nobleza de este niño. ¡Si vieran ustedes la sarta de duques, condes y marqueses que han aparecido entre sus abuelos! ¡Jesús, y quién lo había de decir!... Y le dan todo el dinero que quiera pedir por esa boca... Como que pretenden que se vaya prontito para las Américas a arreglar a aquella gente, que anda toda revuelta... ¿No te lo decía yo, picaronazo? Alguna cosa gorda te tenía reservada el Señor por ese tu buen natural... ¡y que eres tú tonto en gracia de Dios!... Nada, nada, toda esa parentela que te ha salido hirviendo como garbanzos en puchero, te está muy bien merecida.

--Pues convídenos el señor perulero a piñones --dijo Doña Melchora.

--¿De modo que ya no coges el fusil? --me dijo D. Roque.

--Y ahora hace falta --añadió Cuervatón--. Pronto tendremos aquí a ese infame _córcego_.

--Sí, porque lo de Espinosa de los Monteros ha sido un menudo descalabro.

--¡Cómo descalabro! --exclamó furiosamente una voz, que no necesito decir a quién pertenecía.

--Sí, señor, un descalabro. Ya lo sabe todo el mundo. La retirada fue además desgraciadísima, y ha perecido mucha gente.

D. Santiago Fernández, que ya estaba de muy mal humor, se puso en punto de caramelo, y después de dudar durante un rato si contestaría a tales insolencias con un abrumador desprecio o con enérgicas negativas, decidiose por lo último, diciendo: